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Lecturas de ciencia y educación, por Luis Moreno Martínez
Lecturas de ciencia y educación, por Luis Moreno Martínez
Título: Historia de los metales que cambiaron el mundo.
Autor: Álvaro Martínez Camarena.
Editorial: Guadalmazán (Almuzara).
Año: 2024.
Sinopsis: Un viaje para conocer cómo los metales han modelado la historia del ser humano, desde la geopolítica hasta la religión, pasando por las pseudociencias, el arte, la medicina e incluso nuestra propia biología.
Temáticas: Química, nanociencia, nanotecnología, ciencia de los materiales, metalurgia, geología, historia de la ciencia.
Género: Divulgación científica.
Basta con levantar la vista de la pantalla para comprobar que los metales cuentan con un papel destacado en nuestra vida diaria, nuestro entorno y nuestra propia biología. Es más, sin levantar siquiera la vista de la pantalla y aceptando el término metal en su acepción química más amplia (incluyendo a los metales de transición interna), el listado de metales que conforman nuestra realidad se expande considerablemente. Esta omnipresencia de los metales está más que justificada por sus propiedades (comunes y particulares), su abundancia terrestre y la forma química en la que se encuentran, lo que junto con el desarrollo de las oportunas tecnologías permite explicar la belleza dorada del oro, el uso medicinal de la plata o la presencia del estaño en nuestros dispositivos electrónicos.
Esta triada que se establece entre las propiedades, la abundancia y la forma química de los metales es el eje explicativo de Historia de los metales que cambiaron el mundo. Su autor, Álvaro Martínez Camarena, es químico, doctor en Nanociencia y Nanotecnología y profesor de Química Inorgánica de la Universidad Complutense de Madrid. Es, asimismo, un reconocido divulgador científico, galardonado con el Premio Europeo de Divulgación Científica «Estudi General» por su obra El oxígeno: historia íntima de una molécula común (2020). Si entonces fue este elemento no metálico el protagonista, en esta ocasión han sido los elementos más abundantes en la tabla periódica, los metales, quienes protagonizan su último libro.
La elección de siete capítulos en un libro sobre metales no parece casual... y no lo es. Que la plata, el hierro, el mercurio, el estaño, el cobre, el plomo y el oro sean los protagonista principales de la obra es una clara muestra de otra característica loable de este texto: la incorporación de la dimensión histórica y social de la ciencia y la técnica al relato. Como el lector podrá comprobar al sumergirse en sus páginas, estos metales son los conocidos como siete metales de la antigüedad y tuvieron un marcado calado en nuestra historia (basta con echarle un vistazo a cualquier agenda o calendario para descubrir la química que esconde cada día de la semana, cuestión entre la historia y la mitología que encierra un gran interés pedagógico). Martínez Camarena ilustra con gran nitidez que la historia de estos metales es una historia de avances sociales (desde los albores de la medicina a la moderna electrónica o la industria aeroespacial), arte (ofreciendo nuevas miradas a los lienzos de Goya, Rubens o Van Gogh), cuestiones geopolíticas (como guerras, auge y caída de culturas diversas), geografías (desde Bolivia a Minamata pasando por las tantas veces olvidadas tierras africanas), creencias y prácticas humanas (desde las bellezas que esconden las catedrales a las esperanzas fraudulentas que las pseudociencias tratan de promover).
La obra cuenta con protagonistas secundarios que también nutren y enriquecen el relato. Así, pululan por sus páginas otros elementos (como los lantánidos o lantanoides), compuestos (algunos minerales de gran relevancia geológica y política) y mezclas (como la que ayudó al físico Niels Bohr y al químico George de Hevesy a esconder del ejército nazi las medallas de los Premios Nobel de James Franck y Max von Laue en 1940).
Son muchos los aprendizajes que el lector se llevará consigo al llegar a la página 330 de Historia de los metales que cambiaron el mundo. Los amantes de la divulgación científica encontrarán una obra original que es capaz de imbricar historias conocidas con nuevas miradas, a la par que presentar nuevas historias sobre temáticas científicas de marcado carácter social. Precisamente, la presentación aguda y reflexiva de múltiples cuestiones sociocientíficas en torno a los metales hace que esta obra presente cierto carácter de ensayo, mostrando de forma sobresaliente la valiosa miscibilidad entre el rigor que exige la ciencia, la claridad que promueve la divulgación y la mirada crítica que otorga maridar el conocimiento científico con la dimensión histórica y social de la ciencia como práctica humana.
No en vano el autor incluye en los agradecimientos al que fue su profesor de Historia de la Química, el profesor José Ramón Bertomeu (Universitat de València). Esta obra da buena cuenta de las potencialidades divulgativas de la historia de la química para humanizar esta ciencia, analizarla desde una mirada multidisciplinar, poner en valor su dimensión cultural y mostrar su impacto social lejos de imágenes naífs y de lugares comunes. Un relato basado en elementos químicos como los metales adquiere así un valor añadido que trasciende la narración sobre sus propiedades y usos. Como afirma el propio autor:
«Los metales no solo forman parte de nuestro ser y nuestro metabolismo, no solo son y fueron herramientas con las que transformar el mundo; también son partícipes desde hace decenas de miles de años de la construcción de nuestra identidad y de nuestra cultura» (pp. 313-314).
Historia de los metales que cambiaron el mundo es una obra de enorme valor para docentes de ciencias, desde los maestros que enseñan Ciencias Naturales en los colegios al profesorado que imparte Química, Tecnología o Geología en institutos y primeros cursos universitarios. El cuidado y ágil estilo narrativo de Martínez Camarena permite abordar cuestiones complejas de forma clara (sirvan de muestra los fragmentos destacados al final de estas líneas), ilustrando cómo la enseñanza y la divulgación de la ciencia comparten el oficio de hacer más sencillo lo que por naturaleza es complejo; aspecto fundamental para la democratización del conocimiento científico.
Esta lograda transposición invita al optimismo para la circulación de esta obra entre públicos del ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, especialmente para el profesorado de materias como Filosofía, Artes o Historia. Sus páginas subrayan la importancia de la ciencia y la técnica para comprender nuestra sociedad y nuestra historia, ofreciendo proscenios que van más allá de las primeras edades de la humanidad o de la Revolución Industrial, escasas ocasiones en las que aspectos cientifico-técnicos cobran protagonismo en narrativas ampliamente protagonizadas por el arte, la política, el pensamiento, la literatura, la economía y una cultura en la que la ciencia todavía pugna por encontrar su lugar. Un lugar necesario para el ejercicio de una ciudadanía crítica en el seno de una sociedad instruida científicamente donde las pseudociencias -protagonistas reseñables de la obra- languidezcan.
Historia de los metales que cambiaron el mundo es una muestra magnífica de divulgación científica de calidad y con compromiso social para contribuir a la cultura científica ciudadana. Quienes comparten esta misma finalidad en su quehacer profesional (ya sea desde un aula, un laboratorio o un documento Word en blanco) y quienes disfrutan de la divulgación científica como género literario no pueden -no podemos- sino celebrar su publicación, felicitar a su autor e incorporar esta obra a nuestras bibliotecas.
Buena lectura, buen viaje.
Madrid, 9 de agosto de 2024.
Sobre el célebre Golden Record lanzado en la Voyager 1:
«Una descripción de quienes somos, grabada en un disco de oro [Golden Record], y que lanzamos al espacio en 1977 con el propósito último de convertirnos en inmortales. Es el Disco de Oro, es la herencia de la humanidad. [...] No, el Golden Record es más bien un mensaje de esperanza para nosotros mismos, como lo es la botella para el náufrago que la lanza: la esperanza de que algo nos sobreviva, de que algo de lo que somos perdure en el tiempo. Es la negación de la nada, la huida de este vacío que tanto nos asusta. Es el deseo de que nuestra cultura y todo lo que conseguimos no desaparezca sin más, como si siempre hubiese estado carente de sentido. Es una cápsula de tiempo. Es el sueño de eternidad. [...] Se decidió que estaría hecho de cobre para que su peso no fuese demasiado elevado, y se recubriría del único metal capaz de conseguir su preservación por millones de años, el metal perfecto para soportar las temperaturas extremas a las que la sonda [Voyager 1] se vería sometida, aquel inmune a los campos magnéticos y eléctricos. El metal eterno: el oro. El oro deberá ser, por tanto, el guardián de nuestra memoria».
Capítulo I. Sobre el oro, la eternidad y las religiones (pp. 18-25).
Sobre las tierras raras y su hegemonía en nuestra tecnología actual:
«No hay mejor ejemplo para ilustrar la fruición con la que explotamos las tierras raras que un teléfono inteligente. Su pantalla, por ejemplo, contiene una finísima capa de óxido de indio que, gracias a su elevada conductividad y transparencia, la convierte en táctil. El color y la iluminación que muestra cuando la encendemos, por contra, es responsabilidad del europio, del disprosio y del lantano, entre otros. Que el teléfono vibre al recibir una notificación implica hacer trabajar al terbio, mientras que funcionen los altavoces o los micrófonos son responsabilidad del neodimio, del praseodimio y del gadolinio. No es que estos elementos sean útiles para estas funciones, es que sin ellos no se podría llevar a cabo, al menos no tal y como las conocemos» .
Capítulo V. Sobre el estaño, los minerales y la política (pp. 186-187).
Sobre las pseudociencias y sus riesgos para la sociedad:
«Parte de la responsabilidad de su éxito [el de las pseudociencias] se debe al anumerismo y el acientifismo de gran parte de nuestra sociedad, el equivalente al término analfabetismo en cuanto a conceptos científicos se refiere. Ello no deja de ser paradójico, pues nunca antes habíamos contado con tal cantidad de información ni con una facilidad comparable para acceder a ella. A esto hay que sumar que la respuesta que da la ciencia a un problema suele ser compleja, llena de matices y raramente categórica. Una respuesta simple, directa y que prometa una solución rápida suele ser mucho más fácil de aceptar. Más aún cuando los problemas que nos preocupan atañen a la salud nuestra o de algún allegado; hay momentos en los que las afirmaciones contundentes y esperanzadoras, pese a intuirse falsas, se vuelven demasiado atractivas como para no abrazarlas».
Capítulo VI. Sobre el hierro, la ciencia y las pseudociencias (p. 275).
Sobre la importancia de los metales y su estudio multidisciplinar:
«Conocer los metales, por tanto, significa conocernos a nosotros mismos. Implica profundizar en lo que somos, como seres vivos y como especie con cultura propia. Y lo más importancia, nos permite evidenciar que todas las disciplinas humanas están conectadas, que el conocimiento humano no está encajonado y fraccionado en unidades discretas e independientes, sino que para entenderlo hace falta tomar una perspectiva múltiple, multidisciplinar. La política, la religión, las supersticiones, la ciencia, la medicina, la historia, la tecnología y el arte; todos beben entre sí, los unos de los otros. Todos se influencian mutuamente, todos son hijos de todos los demás, de forma que cualquier disciplina solo se puede entender si es a la luz de todas las ramas del conocimiento humano. Los metales nos han servido para evidenciar este hecho».
Conclusiones (p. 317).