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Lecturas de ciencia y educación, por Luis Moreno Martínez
Lecturas de ciencia y educación, por Luis Moreno Martínez
Título: Conservar la educación.
Autor: Bianca Thoilliez.
Editorial: Ediciones Encuentro.
Año: 2025.
Sinopsis: En un tiempo marcado por la aceleración, la presión por demostrar resultados y la fascinación por lo nuevo, este libro propone una pausa crítica. No para detener el mundo, sino para mirar con atención aquello que la escuela aún puede ―y debe― sostener. Con una escritura clara y una mirada exigente, Bianca Thoilliez interroga las formas en que se habla y se piensa la educación, y plantea una defensa serena pero firme de una escuela comprometida con la formación humana, no subordinada a la lógica de la inmediatez. Conservar la educación no es una propuesta nostálgica. Es una reflexión profunda sobre la necesidad de preservar los valores, los tiempos y los vínculos que hacen posible una experiencia educativa con sentido. Pensado para un público amplio ―desde docentes hasta quienes sienten la educación como un compromiso ético y cultural―, este libro nos recuerda que, a veces, la mejor forma de avanzar es detenerse a conservar lo esencial.
Temáticas: Educación.
Género: Ensayo.
Hablar de educación se ha convertido en un asunto peliagudo. En redes sociales, medios de comunicación, conversaciones en salas de profesores o cursos de formación es frecuente encontrarnos con discursos que empujan a la polarización. Debo confesar que desde mi experiencia personal, mi formación académica y mi propio quehacer docente no puedo evitar sentirme fuera de lugar en cualquiera de los posicionamientos habituales en educación. Por ejemplo, entiendo a quienes abogan por fortalecer el Máster en Formación del Profesorado, conozco a diversos docentes que tratan de mejorarlo y reconozco el papel capital que ha de tener la formación de los docentes para la sociedad. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta desconfianza de las medidas que prometen su mejora, algo claramente sesgado por mi experiencia discente cuando lo cursé y el día a día viendo cómo compañeros egresados del mismo se enfrentan a la realidad de las aulas desprovistos de las destrezas y herramientas que el Máster pretendía proporcionarles. Por otro lado, comparto plenamente la importancia del aprendizaje significativo de los contenidos y creo que es fundamental que el alumno sea capaz de aplicarlos, pero no comulgo con una didáctica promotora de situaciones irrealizables en medios y tiempos, ni con un discurso pedagógico que enfrenta contenidos y competencias, ¡como si se pudiese ser competente en un campo sin un conocimiento profundo del mismo!
También empatizo con las voces que señalan la importancia de que los docentes tengamos nociones fundamentales sobre otras disciplinas ligadas a la educación más allá de nuestras especialidades, pero no comprendo el desdén con el que en ocasiones es contemplada la idea de que para ser profesor de cierta materia uno debe tener, ante todo, un conocimiento profundo, amplio y actualizado de dicha materia. Comparto la importancia de la oralidad, el trabajo en equipo o la realización de actividades motivadoras, pero no entiendo por qué estos aspectos han de ser incompatibles con la exigencia de trabajar en el aula copiando apuntes y haciendo problemas en silencio, la realización de exámenes escritos o el cultivo de la memoria. Creo, virtuosamente, en el término medio que concilia metodologías y acciones didácticas desde el insustituible conocimiento del contexto de nuestro alumnado, la imprescindible didáctica específica de nuestra disciplina y el irrenunciable conocimiento profundo de las materias que enseñamos.
Ante esta perplejidad y crispación, creo que se necesitan voces firmes que sosieguen, inviten al diálogo, reconcilien posturas y saturen el discurso pedagógico de realidad de aula. Así, si bien suelo aproximarme con mucho escepticismo a los ensayos pedagógicos, tantas veces desprovistos de conocimiento tácito -que diría Michael Polanyi- que da el día a día en las aulas, Conservar la educación ha sido una muy grata y honrosa excepción. Según he podido recorrer sus páginas he sentido cierto confort al descubrir que muchas cavilaciones personales nacidas de mi práctica docente y mis incursiones en la didáctica de las ciencias y los estudios históricos sobre enseñanza de las ciencias oscilan en fase con ciertas posturas procedentes de una pedagogía sensata que, debo confesar, no ha sido la más abundante hasta la fecha en estos años de periplos entre la investigación histórico-educativa y la práctica docente. En palabras de la autora, «una pedagogía más situada y atenta, más modesta» (p. 15).
Conservar la educación es obra de Bianca Thoilliez, Profesora Titular de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid con una destacada trayectoria profesional en el ámbito del análisis de las políticas educativas y la filosofía de la educación. Su libro constituye un trabajo que imbrica con claridad sobresaliente la reflexión sobre muchos problemas actuales de la educación, con una mirada crítica y un pragmatismo no siempre frecuentes en este tipo de ensayos. A través de sus páginas, la autora aboga por una escuela que conserva y varía, sin caer en modas pedagógicas ni en innovaciones vacías, ni en nostalgias estériles. Una escuela en la que el profesor transmite conocimiento, sin miedo a conjugar dicho verbo, tan denostado. Una escuela en la que el profesor, ante todo, enseña desde el conocimiento, el contagioso entusiasmo por las materias que imparte y la responsabilidad que implica el oficio docente.
Ha sido imposible leer Conservar la educación sin practicar ese ejercicio de bisturí intelectual que se ejecuta con lápiz en mano, como da cuenta la selección de citas que siguen a estas líneas. Sus páginas abogan por una restauración pedagógica que «no pretende volver nostálgicamente al pasado, sino reapropiarse de tradiciones que contienen formas de saber, de relación, de experiencia y de palabra que siguen siendo fecundas para pensar la educación» (p. 14). Thoilliez, quien considera que buena parte de la crítica reciente desde el profesorado de secundaria merecer ser escuchada, pone el foco en «el daño que hacen ciertos discursos metodológicos desvinculados de la realidad escolar» (p. 15), así como en el peligro de «ciertas formas de constructivismo ingenuo que desatienden el papel del profesor como mediador entre el alumno y el mundo» (p. 17).
Conservar la educación es una invitación a trasladar la enseñanza de la periferia al centro de la educación. En esta línea, recoge un sentir muy extendido entre diversos docentes como que «uno es profesor, sí, pero siempre de «algo»; que no debe generalizarse a todos los cursos la enseñanza por ámbitos (inicialmente sólo una acertada y necesaria medida de adaptación curricular); que la especialización disciplinar no es intercambiable» y la pertinencia de «replantear la actual formación inicial de maestros generalistas que saben un poquito de todo y un mucho de nada para retomar un modelo de especialidades curriculares» (p. 31). Proclamar esa defensa del enlace indisoluble entre docente y conocimiento, evidente para muchos que amamos y profesamos la docencia de nuestras materias, no es en absoluto un acto trivial. Es, según en qué foros, un acto valiente y necesario. En esta línea, cabe destacar la propuesta de Thoilliez para la formación del profesorado:
«En lugar de una preparación basada en competencias genéricas [...], los futuros profesores debería tener tiempo para estudiar con profundidad las disciplinas que van a enseñar, pero también para observar a otros enseñar, reflexionar colectivamente sobre lo que sucede en el aula, ensayar respuestas a situaciones imprevisibles. La artesanía se aprende junto a otros, en contextos reales, no desde manuales de instrucciones. Asumir esta perspectiva implica también que la formación inicial y continua debería estar vinculada a comunidades docentes vivas, donde el saber profesional se construya, se discuta y se renueve desde la práctica» (p. 35).
Este alegato por una formación del profesorado situada sobre el conocimiento profundo, el juicio crítico y la experiencia constituye una valiosa y necesaria línea de actuación para la mejora de la educación; interpelando a las administraciones y poniendo en valor la dimensión artesanal de la enseñanza:
«Reconocer el carácter artesanal de la enseñanza implica reconocer la pericia, el juicio situado y la sensibilidad práctica que los profesores despliegan en su trabajo cotidiano. Esto exigiría, por parte de las administraciones, un cambio de actitud: pasar de una lógica de control burocrático a una lógica de confianza en el saber profesional del profesor» (p. 41).
Asimismo, Thoilliez subraya las virtudes inherentes al loable oficio docente, tales como la honestidad intelectual, el amor por el conocimiento o la meticulosidad:
«La honestidad intelectual del profesor, por ejemplo, se manifiesta cuando un profesor reconoce lo que no sabe, cuando admite una pregunta sin respuesta inmediata o cuando corrige un error con naturalidad. [...] El amor por el conocimiento se contagia cuando el profesor muestra pasión por su disciplina, comparte sus intereses con entusiasmo y transmite la alegría de comprender algo complejo. La meticulosidad se encarna en la forma en que se preparan las clases, se cuida el lenguaje, se evalúa con justicia. Estas virtudes no son meros adornos, sino condiciones para que la enseñanza sea significativa, formativa y humana» (p. 43).
Conservar la educación también alza la voz frente a los riesgos de priorizar lo emocional frente a lo intelectual, distorsionando la figura del profesor:
«Por supuesto que la vida emocional del alumnado debe importarnos. Pero no puede ni debe convertirse en la prioridad exclusiva del trabajo de los profesores. El problema no está en reconocer la importancia de lo emocional, sino en confundir el papel del profesor con el del terapeuta. [...] El trabajo del profesor no es sino garantizar que todos los alumnos, vengan de donde vengan, sean alfabetizados e introducidos intelectualmente en el mundo» (p. 84).
Ante esta tendencia habitual en educación, Thoilliez se muestra categórica:
«La escuela no necesita coachs ni terapeutas disfrazados de educadores. Necesita profesores: personas que enseñan, que piensan, que acompañan el aprendizaje y su evaluación con criterio y responsabilidad» (p. 86)
Estas son solo algunas de las muchas reflexiones que convergen en Conservar la educación. Quizá una de las que más ha llamado mi atención, dada mi predilección manifiesta por el estudio y divulgación de la historia de la enseñanza de las ciencias, es la forma en que Thoilliez aborda la naíf pero profusamente enarbolada dicotomía entre tradición e innovación en educación. En palabras de la autora:
«Frente al olvido del pasado como lastre, reivindico la herencia como condición de posibilidad para imaginar futuros habitables. No se trata de glorificar el pasado, sino de reconocer que no partimos de cero, que somos deudores de una historia que nos precede» (p. 17).
Su apuesta por la variación frente a la exigencia constante de innovaciones para eliminar lo pretérito no por errado, sino por dar paso a la novedad, constituye una interesante propuesta para pensar la educación como un entramado de continuidad y creatividad docente:
«Lo que constituye un gran momento de enseñanza no es la invención de algo absolutamente nuevo, sino la creación de una variación significativa sobre un motivo conocido o aún por explorar. [...] Cada clase que un profesor imparte es una nueva versión, una variación situada, sensible al contexto, al grupo, al momento». (p. 126).
Como profesor de ciencias que ha encontrado en la obra de docentes pretéritos inspiraciones mucho más fecundas y próximas a la realidad de las aulas que las derivadas de la lectura de no pocos artículos en revistas contemporáneas de didáctica de las ciencias, no puedo sino subrayar la apuesta de la autora por poner en valor la variación frente a una innovación que desprecia la tradición docente. La tensión pasado-presente no es la única que se aborda en Conservar la educación. Así, ante la disyuntiva entre la actualidad y la incertidumbre del futuro, la autora aboga por el papel clave de un currículum común, frente a la fragmentación actual del conocimiento en perfiles de salida, descriptores operativos y situaciones de aprendizaje:
«Enseñar es ofrecer un mundo a quien llega, sin saber qué es lo que tomaré de él. [...] Este aspecto asincrónico del currículum es clave para pensar su función democrática: lo que no interesa ahora puede ser vital más adelante; lo que no parece útil puede devenir imprescindible en otro tiempo biográfico o social» (p. 137).
La obra concluye con una carta a la escuela española, a la que interpela a «abrir el deseo de conocer, de comprender, de pertenecer a algo más grande que uno mismo» (p. 156), señalando que la escuela no necesita ni discursos salvadores ni ser reinventada desde fuera, sino que requiere decisiones que la cuiden y ser comprendida desde dentro. Cuidar y comprender la educación, desde la puesta en valor del papel y la voz del profesor para pensar la educación y la preservación y variación de aquello que hace a la escuela ser garante de la democratización del conocimiento, son dos objetivos a los que Conservar la educación contribuye de forma excelente desde una mirada crítica y sosegada. Todo ello desde una pedagogía sin grandilocuencias y con el corazón en la escuela real, terreno desde el que debería edificarse todo discurso pedagógico que aspire a tal. La profesora Bianca Thoilliez nos ofrece en Conservar la educación un ejemplo magistral para ello.
Buena lectura, buen viaje.
Madrid, 23 de diciembre de 2025.
Sobre Ia educación por competencias:
«El paradigma de la "educación por competencias" ha contribuido de manera decisiva al vaciamiento del sentido educativo de la enseñanza. Al reducir los aprendizajes a desempeños observables y medibles, desconecta a los contenidos del contexto histórico y disciplinar que les da sentido. Se prioriza el "saber hacer" sin preocuparse por el "saber qué" ni "el saber por qué". Las competencias, entendidas como un conjunto de indicadores funcionales, convierten al profesor en un aplicador de instrumentos y al alumno en un ejecutor de tareas. Frente a esta lógica, urge recuperar una visión de la enseñanza centrada en la comprensión, la interpretación y el pensamiento crítico. Enseñar no es entrenar habilidades genéricas, sino introducir en formas de pensar, valorar y conocer que han sido culturalmente elaboradas y que dan acceso a bienes comunes».
Citado por la autora en pp. 33-34.
Sobre la transmisión de conocimientos y el papel del profesor:
«El conocimiento no puede ser únicamente autoconstruido; debe ser, ante todo, transmitido. Estoy convencida de que esto es, precisamente, lo que hacen muchos profesores hoy: sostener, con discreción y constancia, un esfuerzo por transmitir aquello que consideran valioso, aquello que han llegado a conocer y que merece ser compartido. Lo hacen, sin embargo, de manera casi clandestina, periférica, a menudo con cierta culpa o sensación de deslealtad hacia el discurso pedagógico dominante».
Citado por la autora en p. 50.
Sobre los paralelismos entre los museos y las escuelas:
«Museos y escuelas comparten una misión pública fundamental: la conservación del patrimonio, no solo para mostrarlo o exhibirlo, de modo que pueda ser admirado, sino para que cada persona tenga la posibilidad de apropiarse intelectualmente de él. Y, sin embargo, esta dimensión conservadora de la escuela es precisamente la que más está siendo desatendida».
Citado por la autora en p. 56.
Sobre los riesgos de una pedagogía de la felicidad en las aulas:
«Frente a la imposición de un ideal homogéneo de felicidad, cabe preguntarse si es posible pensar en una pedagogía de la vida buena. No aquella centrada en el bienestar como estado emocional, sino como forma de vida buena en sentido aristotélico: una vida con sentido, con otros, en relación con el mundo y con una tradición compartida».
Citado por la autora en p. 79.
Sobre el papel de la escuela en tiempos de polarización:
«En tiempos de polarización y repliegue identitario, la escuela puede seguir siendo el espacio que nos vincula con lo común, con lo heredado y con lo posible».
Citado por la autora en p. 95.
Sobre la pertinencia de preservar el patrimonio histórico-educativo:
«Conservar objetos escolares no es un gesto nostálgico, sino una apuesta formativa: permiten reconstruir saberes olvidados, revisar prácticas pedagógicas y sostener una memoria colectiva de lo que fue y puede ser la escuela».
Citado por la autora en p.150.