La mirada sinfónica


He vuelto a ver las imágenes de Suite 1 de Marcelo Cugliari. Siento que debo aun aprender a navegar en esta secuencia casi improvisada de momentos ¿Son en verdad momentos? me pregunto.

Qué difícil se hace un camino cuando no tiene principio y no tiene fin, pero también qué placentero. Las fotografías, a diferencia de las películas narran las historias en soledad, son países pequeños que contienen sus propias fronteras y que son capaces, también, de encerrar una narración completa de principio a fin. Por eso cuando la Suite 1 va de arriba hacia abajo, se detiene, regresa o vuelve a empezar, me deja perplejo. No sé qué camino tomar. Cualquiera de ellos sería el mejor.

Aunque a simple vista pareciera que la obra de Marcelo Cugliari se distrae consigo misma, que se dispersa en la auto contemplación, es un ejercicio de racional métrica, de método y de sapiencia. Una de estas voces, en medio de la Suite es un buen ejemplo de ello: ahora veo el espacio etéreo del que emana un patio que podría pertenecer a cualquier ciudad, un patio que lleva tatuado el símbolo de la soledad, la ausencia de toda forma de vida. Hay lugares como este que se repiten en toda la obra remarcando el acento de la nostalgia, del destierro, del desierto de cemento. Esa voluntad de mostrar para no dejar que pase desapercibido un hecho remarcable y a la vez poético es la que encuentro en cada una de estas fotografías, que ahora ya puedo llamarlas historias, o cuentos. Es eso, un libro de cuentos grises, blancos o negros que Marcelo Cugliari acaricia con su máquina de madera, más lenta que nunca, parado frente al escenario por minutos u horas hasta que la luz deja escrito su texto en la pared de su entraña. El testimonio del registro.

Si nos fijamos bien, todas las fotografías hablan de lo mismo pero de un modo distinto: a eso me refiero cuando siento el poder de una polifonía rotunda capaz de sonar como una sola voz.

La fuerza de ese mensaje se amplifica cuando la coral calla para dar espacio al silencio. Son también patrias del silencio, escenarios que pareciera que han quedado tan quietos que nos esperan de nuevo, que quieren llamarnos para que les habitemos otra, o al menos, alguna vez.

Pienso en un museo, en la perspectiva de los amplios salones con ese ambiente de quietud, pienso en un lago rendido en el paisaje, pienso en la arquitectura como testimonio de una civilización y por último en cómo todo eso está presente en esta Suite 1 de Marcelo Cugliari, un fotógrafo sencillo como un hombre de campo que vive la ciudad como si se la acabasen de presentar, un profesional del asombro que no repara en detenerse en los objetos para arrancarles algo del aroma que contienen, algo de la sustancia que les hace únicos. Al Marcelo que le dan igual las cámaras y que concentra su sueño en la poética de la luz, le evoco ahora cuando recorro estas fotografías de rostros que parecen patios, árboles que parecen edificios, calles que parecen ríos secos. No hay uno solo de los retratos que sugiera un nombre de persona y me atrevería a decir que tampoco una edad. El efecto atemporal que manda en esta obra hace que se les pueda sobreponer con otras imágenes y que a su vez ellos mismos luzcan como lo que son: tan solo paisajes humanos. ¿Es eso posible? Puede que en el universo de lo onírico sí se pueda dar, allí en donde nos movemos entre el no-tiempo y el no-lugar.

Antes de despertar quisiera recorrer otra vez la tierra pisada por este hombre-cámara que ha dejado para nosotros estampada su huella en la ciudad idílica, sin coches, sin tumultos, sin rastros del comercio...Marcelo Cugliari nos regala en esta preciosa serie con su ojo una parte esencial del lado oculto de las cosas. Todo gran fotógrafo ha de hacer que seamos un poco mejores después de participar en su trabajo, y él lo ha conseguido.


Daniel Isaacs

@daniel_isaacs_escribe

Milano, septiembre de 2020



Preludio

Si tenemos que relacionar la cuidadosa selección fotográfica de Marcelo Cugliari con el título que eligió, se pensaría que es casi imposible dejarlo de asociar con la música. Pero ¿qué hay detrás de ese título? ¿Qué ideas podemos ensayar al respecto?

Los preludios de una Suite, aluden a procedimientos de fuga y cierto sentido de dramatismo, más allá de las cuestiones técnicas y formales, podemos vincular la fuga con las derivas que remonta las composiciones fotográficas de Cugliari, son deslizamientos reticulares que caen en barroquismos, pero no en uno clásico, sino en el Neobarroco, esas propuestas de artistas post década del 60, que implicaron un desbordamiento estético en el campo artístico, y de ruptura con la caracterización sistemática en las producciones artísticas. Con el Neobarroco dilucidamos esa complejidad, a partir del caos por el gusto de las variaciones metamórficas, que encontramos en las figuras en movimiento retratadas en marchas, donde los cuerpos se desdoblan, en situaciones cotidianas y en reposo, con un borramiento de las formas, o una ausencia marcada por la amputación de una escultura casi en ruinas.

No obstante, Cugliari se ve fascinado en músicos como Paganini, relacionados con el Romanticismo, por suerte también hay interpretaciones de suites en Paganini. A partir de esos intereses ¿podemos trazar un deje romántico? Son apenas pequeños gestos, dado en el retrato de paseantes solitarios –pese a ser más hopperianos que otra cosa–, de naturaleza muerta urbana, la nostalgia de la ciudad vacía que también conforma un retrato de cierto escenario porteño. Una finitud empapada de un gris melancólico.

En realidad, el estudio de rostro es el que logra recrear el preludio, esta vez como capricho, ya no satíricamente como lo hizo Goya en su autorretrato, sino de forma sugerente en sus miradas, lo fantástico en esas imágenes es el sutil impacto lleno de misterio del paisaje como mancha, que aparece y desaparece detrás del fondo de granito oscuro, que no es ni más ni menos: el basamento del monumento a Juana Azurduy. El escenario no es inocente, es el momento de descanso de un grupo de trabajadorxs culturales, quien escribe puede asegurarlo porque fue una de ellxs. Imagino esos rostros aun hoy, mirando hacia al monumento, y a través del mismo al ex Palacio del Correo Argentino, el pasado y el presente se funden en un interés por el arte y la cultura. La relación con la memoria ya está implícita, hay un juego de temporalidades anacrónicas considerando esa localización. Además, la compaginación editorial, construida por el propio Cugliari, intercala por momentos rostros y paisajes urbanos, invitándonos a leerlos como una unidad visual total y textual, aunque menos sólida, propia del juego conceptual Barroco que evita la mirada directa, en la que se suspende la realidad pre-fotografiada.

A veces se olvida que la estética Neobarroca constituye la alternativa al neocolonialismo cultural. Diferenciando un abuso de tal término, desde una mirada latinoamericana, el arte Neobarroco posee ideas fundacionales del Romanticismo, Cugliari nos ofrece eso a cuotas. De todas formas, es claro que prima la poesía sobre el raciocinio técnico en sus fotografías.

La textura matérica que ofrece el producto analógico de la estenopeica viene a cuestionar el concepto de artificio, el triunfo del simulacro contemporáneo se pone en jaque en una realidad que se enmascara, y toma otras herramientas técnicas a las actuales, para evidenciar una estetización sinuosa, propia del drama teatral barroco, puesta ahora en rostros y escenarios urbanos.

Las proposiciones formales ceden de una manera a lo que vemos, lo que miran los rostros, y la visión que nos devuelve el ojo del fotógrafo. Eso me hace pensar ¿sucede lo mismo que con Goya? Relacionado a diversos movimientos, no podemos encuadrarlo con ninguno a la vez, pero sí podemos ensayar el ritmo de la poética visual que nos propone ver, y por qué no, escuchar.

Todo esto suena al compás del gris, al fulgor evanescente del gris, inunda la bella inestabilidad marcada en esas imágenes, que le da el toque final para ser una magnifica Suite.


Axelle Ferreyra Macedo

@axelleneferreyra

Buenos Aires, septiembre de 2020