Belgrano hizo historia: remontó un partidazo ante River y se quedó con el Apertura 2026
El estadio Mario Alberto Kempes amaneció distinto. Veinticuatro horas antes de la final del Torneo Apertura 2026 entre River Plate y Belgrano, cientos de trabajadores ultimaban detalles para recibir uno de los partidos más importantes del año.
El césped fue sometido a una última inspección, se realizaron pruebas de iluminación y sonido, y los equipos de televisión terminaron de instalar sus posiciones alrededor del campo de juego. Afuera, el operativo de seguridad comenzó a tomar forma: más de mil efectivos fueron distribuidos entre accesos, rutas y alrededores del estadio para garantizar una jornada sin incidentes.
Desde temprano, las autoridades establecieron circuitos diferenciados para ambas parcialidades. Los simpatizantes de River ingresarían por el sector norte de la ciudad, mientras que los de Belgrano lo harían por el sur. El objetivo era claro: evitar cruces y asegurar una convivencia pacífica en una final que prometía convocar a más de 50 mil personas.
La previa tomó color
El domingo, varias horas antes del inicio, los alrededores del Kempes ya eran una fiesta. Banderas, bombos y camisetas comenzaron a copar los accesos. Los hinchas de River soñaban con una nueva vuelta olímpica; los de Belgrano, con escribir la página más importante de su historia.
A las 15.30, con un estadio repleto y un marco imponente, la pelota comenzó a rodar.
Un partido de emociones cambiantes
River fue el primero en golpear. A los 18 minutos, Facundo Colidio aprovechó un espacio dentro del área y definió con precisión para poner el 1-0. El sector millonario explotó de alegría y el equipo parecía tomar el control de la final.
Sin embargo, Belgrano respondió rápidamente. Ocho minutos más tarde, Leonardo Morales capturó una pelota suelta y marcó el empate. El 1-1 devolvió la incertidumbre al partido y mantuvo el suspenso hasta el descanso.
En el inicio del complemento, River volvió a adelantarse. Tomás Galván culminó una buena jugada colectiva y estableció el 2-1 que parecía encaminar el título hacia Núñez.
Pero la historia todavía guardaba sus capítulos más intensos.
A falta de pocos minutos para el final, una infracción dentro del área derivó en un penal para Belgrano. Nicolás Fernández asumió la responsabilidad y convirtió el empate a los 83 minutos.
El golpe dejó aturdido a River y envalentonó al conjunto cordobés. Cinco minutos después, nuevamente Fernández apareció en el área para empujar la pelota al fondo de la red y sellar el 3-2 definitivo.
El estallido final
Cuando el árbitro marcó el final, el Kempes se transformó en una fiesta celeste. Jugadores, cuerpo técnico e hinchas celebraron una conquista histórica. Belgrano había dado vuelta una final inolvidable y se consagraba campeón del Torneo Apertura 2026.
Mientras los futbolistas cordobeses recorrían el campo con el trofeo en alto, del otro lado predominaba el silencio y la desazón de River, que había estado dos veces arriba en el marcador y vio escapar el título en los minutos finales.
La desconcentración se desarrolló sin mayores inconvenientes gracias al amplio operativo desplegado durante toda la jornada. Horas después, el estadio comenzó a vaciarse lentamente, pero la imagen ya había quedado grabada en la memoria del fútbol argentino: Belgrano campeón, después de una remontada épica en una final que quedará para el recuerdo.
(Una crónica desde las calles de La Boca, donde el aire vibra con olor a comida, fe y fútbol)
Todavía no empezó el partido, pero ya sentís en el aire que hoy es una tarde especial. Bajás del colectivo y lo primero que te envuelve es el olor. Choripán, humo, cerveza, pólvora… todo mezclado en una nube que flota sobre las calles de La Boca. Caminás entre la gente y te cuesta avanzar: hay puestos por todos lados, banderas colgadas de los balcones, parlantes que escupen cumbia y la voz de los vendedores se mezcla con los cantos de los hinchas.
El piso está caliente, las baldosas vibran con cada bombo que suena a lo lejos. Un grupo de pibes salta en ronda, abrazados, cantando con los ojos cerrados como si ya hubiesen ganado. Un viejo pasa vendiendo vinchas y te sonríe, mostrando los pocos dientes que le quedan. “Hoy ganamos, piba, hoy ganamos seguro”, te dice, y sigue caminando.
El aire está denso, cargado de olor a humo, a cerveza, a adrenalina. Se siente pegajoso, como si el calor y la emoción se mezclaran. Cada tanto explota un petardo y la gente canta todavía más fuerte. El cielo se llena de papelitos amarillos que vuelan con el viento.
Mirá hacia el estadio. La Bombonera está ahí, imponente, enorme, pintada de azul y oro, como si respirara. Desde afuera escuchás los bombos que vienen de adentro, y se te eriza la piel. No hace falta estar adentro para sentirlo. La cancha late, y el barrio late con ella.
Mientras anotás unas frases en tu cuaderno, un hincha se te acerca y te pregunta:
—¿Primera vez acá?
Lo mirás y le decís: “La segunda vez. Mi primer clásico”.
—Esto no te lo vas a olvidar más.
Y tiene razón. Porque aunque todavía no empezó el partido, ya se juega algo en el aire: la fe, la historia, la locura compartida. Afuera de La Bombonera no hay silencio, ni descanso, ni calma. Solo una marea de voces, humo y emoción que te deja temblando el corazón.
Las gargantas explotan, las manos se mueven, el estadio tiembla. Y vos, con tu cuaderno en la mano, apenas podés escribir:
“La Bombonera no se ve, se siente.”
El domingo amaneció distinto. Desde temprano, Buenos Aires tenía esa tensión de día de superclásico. No hacía falta mirar el reloj para saber qué era ese día, el del Boca-River en la Bombonera. Con vestimenta de fútbol pero imparcial, salí rumbo a los alrededores del estadio con la ansiedad de encontrarme en la previa de un encuentro lleno de historia.
Tomé el subte hasta Constitución, donde el viaje empieza ya a iluminarse de colores azul y amarillo. Desde ahí, el colectivo 152 se convirtió en una sola bandera, familias enteras con camisetas y gorras, un par de personas mayores con radios pequeñas para escuchar a las afueras del estadio el partido, chicos cantando con los ojos brillando de emoción. Cada parada era un cántico distinto, pero en común, todos con una sonrisa por ir a alentar al club de sus vidas.
Cuando bajé cerca de Caminito, la calle se dividía en caos y fiesta. El cielo estaba cubierto de papelitos amarillos y azules que salian de pequeños tubos con polvira, iluminando con los colores de Boca. Los murales de Riquelme, Palermo y Maradona parecían cobrar vida entre los turistas y los hinchas que, con cerveza en mano, improvisaban canciones. Los vendedores ambulantes ofrecían banderines, bufandas y banderas con el 10 estampado. “Hoy ganamos, papá”, me dijo un señor con la camiseta de Boca, mientras sonreía y gritaba por la actualidad xeneize.
Seguí caminando entre un mar de camisetas, con los bombos de fondo que marcaban el ritmo de la tarde. A medida que me acercaba al estadio, el ruido se volvía ensordecedor. El barrio vibraba. Desde los balcones, las familias agitaban banderas, los parlantes tiraban cumbia y los autos, aun estando estacionados, tocaban bocina sin motivo más que la euforia del superclásico
El operativo policial fue intenso y marcaba los límites, pero nada podía frenar la marea humana que avanzaba con una sola dirección: la Bombonera. Ese estadio gigante azul y oro que, incluso desde lejos, impone respeto. No hay foto ni video que capture lo que se siente al ver tan vivo el barrio, latiendo, rodeado de miles de personas que comparten una misma pasión.
El murmullo era una mezcla de ansiedad y esperanza. Los puestos vendían choripanes, gaseosas y birras heladas. Los chicos pintaban sus caras con los colores del club. Se lograba escuchar como recordaban clásicos pasados, como si revivirlos fuera una forma de invocar suerte. Nadie hablaba de otra cosa, “Hoy hay que ganar”, se escuchaba una y otra vez, casi como un canto colectivo.
El eco del “Dale Bo, dale Bo” antes de despedirse del lugar, se mezclaba con los redoblantes y el olor a pólvora de los fuegos artificiales que ya se encendían antes del partido, “La Bombonera ya estaba jugando su propio partido”.