La Declaración de Chiang Mai (1988) congregó a varios grupos que en su mayoría venían trabajando por separado, como las autoridades sanitarias interesadas en las plantas medicinales, biólogos preocupados por la disminución de la biodiversidad y ambientalistas inquietos por el rápido deterioro de los recursos naturales. Hubo amplio acuerdo en que las plantas medicinales son un recurso valioso, en gran medida inexplorado por la falta de infraestructura científica, técnica y comercial en los países en desarrollo. Hay razones para creer que la conservación de las plantas no sólo ayudará a salvar vidas humanas, sino que aportará también unos beneficios económicos sustanciales a los habitantes de las zonas en que las plantas crecen y, en verdad, al resto del mundo. La OMS, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos Naturales y el Fondo Mundial para la Naturaleza están finalizando unas directrices sobre la conservación de las plantas medicinales, que se distribuirán a los gobiernos y a organizaciones no gubernamentales, instituciones nacionales y organismos de las Naciones Unidas.