Día 1
17:30 - 19:00
Año 10 de la era Takakura. Un grupo variopinto de samuráis se acercaba al pontón que cruzaba el río Kiso. Atardecía y una terrible tormenta caía sobre ellos. Tenían prisa por atravesar la corriente, pues, aunque venían por separado, todos deseaban llegar al día siguiente al santuario del venerable monje Omy-o. El pontón estaba casi lleno, el río crecido, y los samuráis se detuvieron a discutir en qué orden intentarían embarcar, en caso de que no hubiera sitio para todos.
En ese momento, otro samurái llegó y dio una orden cortante a su criado.
—¡Ve y dile al barquero que tu señor debe embarcar primero! —ordenó el recién llegado.
El criado se adelantó y habló con el barquero. Uno de los que estaba esperando gruñó y corrió hacia el muelle. Su nombre era Chihiro, y vestía una mezcla de hábito de monje y armas de samurái. Tumbó al criado y le recriminó.
—¡Cómo osas intentar pasar delante de nosotros, que hemos llegado antes! —espetó Chihiro.
El samurái recién llegado, Fujiwara Itsuke, armado de pies a cabeza, avanzó con paso firme.
—¿Quién te crees que eres para desafiarme? —dijo Itsuke, con voz fría.
El barquero, con voz firme, intervino.
—Solo hay sitio para otros dos pasajeros con sus caballos. La travesía es peligrosa y será la última del día —anunció el barquero.
—No pienso ceder —gruñó Chihiro.
—Ni yo —replicó Itsuke.
La tensión crecía, y la riña amenazaba con convertirse en duelo. Entonces, Nakahara Haruki, vestido con un espléndido kimono de seda de vivos colores y un wakizashi al cinto, se adelantó. Su criado lo protegía de la lluvia con un paraguas.
—Qué honor encontrarte, querido Itsuke —dijo Haruki, con voz serena—. Creo que todos estamos aquí por el mismo motivo. Seguro que podemos resolver esta situación sin derramamiento de sangre.
—Ah, eres tú, Haruki —respondió Itsuke reconociéndolo con una sonrisa sardónica—. ¿Cómo está tu hermano?
—Recuperándose de sus heridas, gracias a los dioses, Itsuke —dijo Haruki, sin perder la compostura—. Pero no es eso de lo que hablábamos. ¿Alguno de los pasajeros ya embarcados cederá su lugar? —preguntó dirigiéndose a los demás.
Los pasajeros, entre quienes había otros dos samuráis, uno con un gran séquito, y dos damas con sus criadas y palanquines, declinaron. También querían hacer una consulta al presciente Omy-o.
—Vaya, Haruki. Parece que tus encantos no son siempre efectivos—dijo Itsuke, con una sonrisa sarcástica.
—Los cielos dirán —respondió Haruki cortésmente—. Estoy convencido de que podemos encontrar una solución.
El tercer samurái que estaba esperando, vestido humildemente y con una horrenda cicatriz visible en el brazo derecho, se acercó al pontón y se dirigió tímidamente a los pasajeros.
—Soy Isoka Kenji —se presentó, y las miradas de respeto no se hicieron esperar—. Señoras, sería más seguro no cruzar esta noche. La corriente es muy peligrosa con estas lluvias.
Tras unos momentos de duda, las damas decidieron seguir su consejo. Una de ellas, la dama Jing, que por su aspecto y modales parecía proceder de China, le pidió a Kenji que entregara a Omy-o una nota con su petición.
—Confío en que le harás llegar esto al venerable monje —dijo Jing, entregando la nota.
Una vez desembarcadas las damas con sus criadas y sus palanquines, pudieron subir los samuráis con sus caballos. Para apaciguar al barquero, Haruki pidió a su criado que se quedara y cruzara el río al día siguiente.
—Siempre tan considerado , Haruki —comentó Itsuke, con tono burlón.
—Lo más importante es que todos podamos cumplir con nuestro deber, Itsuke —respondió Haruki con una leve inclinación de cabeza.
Durante la travesía, Haruki entabló conversación con Taira Nogashi, el cortesano que viajaba con su séquito.
—Parece que esta tormenta ha puesto a prueba nuestra paciencia —comentó Haruki.
—Sin duda, Haruki —respondió Nogashi—. Aunque debo decir que tu intervención fue oportuna.
La travesía fue peligrosa, y el pontón estuvo a punto de zozobrar, pero consiguieron llegar a la otra orilla sanos y salvos. Fujiwara Itsuke, montando en su caballo, partió inmediatamente a pesar de la lluvia y la proximidad de la noche. El séquito de Taira Nogashi levantó un pabellón para su señor, mientras que el resto de los samuráis, incluyendo uno de fiero aspecto llamado Takeda Tamura, se refugiaron de la lluvia en un establo para pasar la noche.
22:00 - 22:30
Chihiro, cuya mente siempre estaba alerta ante las amenazas sobrenaturales, despertó en la noche inquieto. Vio unas luces en el río y se dirigió hacia el margen, donde el barro mostraba marcas confusas. Encontró una pieza de seda costosa que no reconocía. Despertó a Kenji, quien la miró con atención.
—Esta seda pertenece a la sirvienta de la dama Jing —dijo Kenji con certeza.
Chihiro frunció el ceño, preocupado por lo que podría haber sucedido.
—Debemos estar en guardia —dijo Chihiro en un susurro—. ¿No te parece a ti también que aquí hay cierto aroma de brujería?
Día 2
11:30 - 12:00
A la mañana siguiente, la lluvia había cesado y los samuráis refugiados en el establo se preparaban un frío desayuno antes de retomar el camino. Un criado de Taira Nogashi se acercó a ellos llevándoles unas bolas de arroz recién cocinadas.
—Nuestro señor Nogashi os envía este humilde refrigerio para que tengáis fuerzas en vuestro viaje —dijo el criado, haciendo una reverencia.
—No somos dignos de tanta cortesía de Nogashi-sama —respondió Haruki, inclinando la cabeza.
Aunque los samuráis habían pensado ir en grupo para mayor seguridad, Nakahara Haruki se sintió obligado a corresponder la cortesía de Nogashi acompañándolo en el camino, aunque el séquito del cortesano emprendería la marcha más lentamente. Así pues, Chihiro, Isoka Kenji y Takeda Tamura, estos dos últimos a caballo, partieron enseguida.
Al cabo de varias horas por el embarrado sendero de las montañas de Shimano, escucharon ruidos de choque de metal procedentes del bosque bajo el sendero.
—¿Oís eso? —preguntó Chihiro, deteniéndose.
—Parece una pelea —dijo Tamura, aferrando las riendas de su caballo.
—Debemos ver qué sucede —decidió Kenji, guiando ágilmente su corcel por la resbaladiza pendiente, seguido de cerca por Tamura y Chihiro.
Al salir de la arboleda, encontraron un claro atravesado por un arroyo, y en él unos bandidos atacando a unos bonzos. Uno de los bonzos defendía a su viejo acompañante contra tres de ellos. Detrás, el jefe de los asaltantes, que llevaba una vieja armadura y una horrenda máscara, daba órdenes a sus hombres.
—¡A por esos cobardes villanos! —gritó Tamura, cargando contra los bandidos.
Chihiro y Tamura cargaron inmediatamente, mientras Kenji avanzaba más lentamente, evaluando la situación. Tamura llegó primero, derribando a uno de los bandidos y protegiendo al joven bonzo herido.
—¡Sentid el filo de mi espada, perros sin honor! —gritaba Tamura, blandiendo su espada con furia.
—¡El viento lleva mi nombre y mi arma vuestra perdición! —exclamabaa Chihiro, trabando un furioso combate con los restantes bandidos.
El jefe de los bandidos hizo una señal. Una flecha pasó junto al sorprendido Kenji, que al instante respondió al ataque de un enemigo agazapado en el bosque.
—Ten cuidado conmigo, miserable comadreja —bramó Kenji, respondiendo al ataque del arquero.
Mientras tanto, Chihiro y Tamura estaban dando buena cuenta de sus adversarios. Ante la derrota de sus hombres, el jefe de los bandidos se unió al combate, trabando un mortífero duelo con Tamura.
—¡Vete al infierno con tus cobardes antepasados! —rugió el jefe, embistiendo a Tamura.
—¡Si conocieras a los tuyos, te habrían enseñado a callar y hablar con el acero! —respondió Tamura, arremetiendo con fuerza.
Ambos contendientes se causaron severas heridas, pero finalmente Tamura prevaleció, al tiempo que Chihiro acababa con el último de los secuaces. Kenji, que también se había deshecho de su adversario, se reunió con sus compañeros.
—Gracias por vuestra ayuda —dijo el joven bonzo, jadeante—. Soy Yoshi, y también viajaba al santuario de Omy-o.
—Nos alegra haber llegado a tiempo, Yoshi —dijo Kenji, con humildad.
Al volver todos juntos al camino con el jefe de los bandidos como prisionero, se encontraron con el séquito de Taira Nogashi. Este tuvo palabras de elogio para los guerreros.
—Habéis demostrado gran valentía y honor —dijo Nogashi—. Vuestra reputación queda demostrada.
—Sin duda sois unos auténticos guerreros —respondió Haruki con entusiasmo—. Dejadme expresar mi más sincera admiración por vuestra destreza en el combate. Sois dignos de la mayor estima y sería un placer honraros con una ceremonia del té cuando lleguemos al santuario.
Suponiendo que el prisionero era el jefe de la banda que merodeaba por las montañas, Nogashi ordenó a sus hombres que lo custodiasen para entregarlo a las autoridades.
15:00 - 18:00
Sin más incidentes, la comitiva llegó al santuario, que estaba rodeado de hermosas montañas junto a un lago en cuyas aguas se reflejaba un imponente torii. Una malhumorada anciana les comunicó que Omy-o no podría responder a las solicitudes de todos, por lo que antes este tendría que considerar cuáles atender.
—Tendréis que esperar vuestro turno y exponer vuestras peticiones al venerable Omy-o —dijo la anciana.
En el santuario se encontraba ya Fujiwara Itsuke, así como, para sorpresa de todos, la dama Jing con su criada. Kenji devolvió su nota a la dama Jing, que le agradeció su discreción.
—No quería preguntar nada en realidad —dijo Jing, sonriendo—. Solo contiene un inocente poema —y le mostró la nota para que lo comprobase, mientras la criada lo observaba con interés.
Durante la espera, Haruki ofició la prometida ceremonia del té, lo que supuso un relajante interludio.
—Este té es un humilde agradecimiento por vuestra compañía y valentía —dijo Haruki, tras servir el té a los demás con pausados y elaborados movimientos—. Admito que el chanoyu es mi pasión, y que me complace enormemente obsequiaros con las sutilezas de este ritual.
18:00 - 18:30
Por la tarde, con las nubes tiñéndose de rojo, Omy-o recibió a todos, que empezaron a defender sus solicitudes de distintas formas.
Con un elaborado kanji, Chihiro contó que deseaba saber cómo liberarse del espíritu de su maestro, que le atormentaba por haberlo matado en un ataque de ira (Ninjō).
Recitando un refinado haiku, Nakahara Haruki solicitó, por parte de su señor, conocer si este tendría descendencia (Giri).
Takeda Tamura, dejando entrever sus propios celos, contó una larga historia de su familia, pidiendo saber cómo evitar que el ambicioso hatamoto de su señor se hiciera con el control del clan a través de la última mujer de dicho señor (Ninjō).
Isoka Kenji pidió consejo para su señor sobre cómo conseguir el mejor casamiento para su hijo (Giri).
Yoshi, el joven bonzo, pidió con ciertas vacilaciones, en nombre de su abad, conocer si este debía abandonar el mundo este año o el siguiente (Giri).
Finalmente, Fujiwara Itsuke, crípticamente, deseaba conocer "cuándo el abad debe dejar de cultivar su huerto de cerezos".
El venerable monje se retiró a reflexionar. Al cabo de un rato, la anciana volvió para anunciar las peticiones que serían atendidas. Serían las de Chihiro, Haruki, Tamura y Kenji. Los cuatro compañeros se felicitaron, aunque sospechaban que el bonzo Yoshi había saboteado intencionadamente su propia petición por humildad, para que los samuráis pudiesen tener las respuestas que esperaban.
Itsuke, sin embargo, montó en cólera por ser postergado y empezó a proferir amenazas.
—¡Esto es una afrenta! ¡Exijo ser escuchado! —gritó, furioso.
Pero súbitamente, enmudeció incapaz de articular palabra y se marchó contrariado a toda prisa.
19:00 - 19:30
Omy-o recibió a los cuatro elegidos, sentado de espaldas al torii que emergía del lago Ontake. Cerrando los ojos, entró en trance para revelar las predicciones que le comunicaría el poderoso kami del lago.
—Chihiro, el espíritu de tu maestro... —empezó a decir como en un sueño.
De repente, ante la mirada de los samuráis y de la multitud de peregrinos que habían acudido, el cielo se oscureció, iluminado solo por súbitos relámpagos. Un gran viento se levantó. Omy-o comenzó a tartamudear y quedó paralizado.
La imagen de un gigantesco dragón surgió de las aguas entre los pilares del torii y se lanzó contra la espalda del monje. Los ojos de este se iluminaron y el rostro de Omy-o y del ryu del lago Ontake parecían ser el mismo. Con una voz profunda, el dragón y el monje recitaron:
"Si el prudente cae, el trono del crisantemo se tambalea. Servid a los espíritus Gongen de Kumano en Kikai-Ga-Shima (la isla del mundo del demonio)".
El ryu estalló en una lluvia de gotas que regaron a los cuatro samuráis y desapareció mientras que Omy-o se desplomaba. Las nubes se desvanecieron, el viento cesó y el sol volvió a iluminar la escena. Los samuráis y la anciana se abalanzaron a rescatar al monje, pero ya había muerto. La anciana empezó a lamentarse.
—¡Oh, Omy-o! ¡Mi amado esposo! —clamaba entre sollozos.
Todos los presentes habían quedado atónitos, pero solo los cuatro parecían haber escuchado las palabras del dragón. Itsuke, que había estado ausente, se presentó en ese momento y acusó a los samuráis de haber matado al monje.
—¡Asesinos! ¡Sabía que traeríais la desgracia a este lugar! —vociferó, señalándolos con el dedo.
Haruki dio un paso adelante, mirándole directamente a los ojos.
—Nosotros no hemos matado al monje Omy-o —dijo con firmeza—. Fue el kami del lago Ontake que se manifestó a través de él.
—Es cierto —dijo la anciana, secándose las lágrimas—. Lo que dicen es verdad. El kami se llevó el espíritu de mi esposo.
Taira Nogashi, que también llegó en ese momento, se asombró del milagro cuando se lo contaron.
—¡Un kami! —exclamó, con los ojos muy abiertos—. Verdaderamente, habéis sido elegidos por los dioses.
Los cuatro samuráis parecían haber sido escogidos para una misión, pero, ¿cuál? ¿Qué debían hacer ahora?
Día 3
Interludio
Los samuráis se despidieron en la ribera del río. El bonzo Togashi inclinó la cabeza en silencio. La dama Jing ofreció una última sonrisa formal antes de ser envuelta por su séquito. Su palanquín adornado desapareció en la lejanía. Taira Nogashi fue el último en despedirse.
—Nakahara-dono, no olvides nuestra cita en Kioto. Será un evento memorable —dijo jovialmente.
Haruki inclinó ligeramente la cabeza, agradeciendo la invitación. Mientras se separaban, el viento empezó a cambiar, y esa noche un cometa teñido de rojo cruzó el firmamento. El "Espíritu Enrojecido", como lo llamaría el pueblo, se haría cada vez más brillante, inquietando a todos.
Isoka Kenji regresó a su casa en Totomi con la cabeza llena de pensamientos. Su hogar, dominado por los amplios campos de arroz y los suaves montes, parecía ofrecer paz, pero él sabía por experiencia que no encotraría la acogida que deseaba. Su esposa, Akko, lo recibió con una frialdad que se le introdujo hasta los huesos.
—Has estado mucho tiempo fuera, Kenji, ¿y para qué? —dijo, su voz tensa mientras sus hijos pequeños se ocultaban tras su kimono—. Mi linaje, el de los Nakamura debería aspirar a cosas mejores.
Kenji, aunque avergonzado por su fracaso, se mantuvo en silencio. Su propio linaje estaba emparentado con el exemperador Sanuki, pero eso parecía no ser suficiente para los orgullosos Nakamura. Se retiró con un nervioso saludo. Un criado se acercó a informarle de la aparición de una extraña criatura blanca en el bosque. Algunos decían que era un ser sobrenatural que traía mensajes de los kami.
—¿Un kirin…? —murmuró Kenji, mirando hacia el denso bosque que se extendía más allá de su hogar.
Muy lejos de allí, Nakahara Haruki hacía su entrada en el castillo de su daimio en Omi. A pesar de sus preocupaciones, no pudo reprimir un galanteo al cruzarse con dos jóvenes doncellas de compañía que lo miraban intercambiándose susurros.
—¿Quién diría que a primavera ha florecido tan temprano en los pasillos del palacio? —dijo inclinándose hacia ellas. Las doncellas apresuraron el paso y se alejaron disimulando coquetamente sus sonrisas.
Al llegar al salón principal, los guardias lo recibieron con respeto, pero la atmósfera era tensa. El joven daimio, Watanabe Kiyosuke, no había tenido tiempo para asimilar su nuevo título tras la muerte de su padre, y la impaciencia se reflejaba en cada uno de sus gestos.
—Y bien, joven Nakahara, ¿traes buenas noticias del venerable Omy-o? —dijo, mientras, a su lado, Sugawara Michinori, el viejo consejero militar de su padre, fruncía el ceño.
—Mi señor, lamento no haber podido cumplir con la misión encomendada —admitió Haruki con humildad.
—¡Ja! —graznó el viejo Sugawara—. Excusas, más que valor y modales es lo que los jóvenes ofrendan hoy día a sus mejores.
—Pero lo que que sucedió… —prosiguió impertérrito el joven samurái—, lo que acabó con la vida del sacerdote antes de que este realizase sus augurios… podría cambiarlo todo —y procedió a contar la aparición del ryu y la profecía del kami del lago Ontaku.
—¿Qué piensas tú de todo esto, joven Nakara? —dijo el damio, intrigado, inclinándose hacia adelante.
—Que junto a la aparición en el cielo del Espíritu Enrojecido, los prodigios auguran un conflicto inminente —respondió.
—Debemos prepararnos —dijo Watanabe con aspereza—. Mi padre siempre confió en la diplomacia, pero nuestra casa es pequeña. Los tiempos requerirían aumentar nuestra fuerza militar —y miró de reojo a su consejero.
—¡Exactamente! —dijo Sugawara con un nuevo graznido.
—Haruki, te concedo permiso para viajar a la capital—resolvió el joven daimio—. Averigua todo lo que puedas sobre Kikai-Ga-Shima y los espíritus Gungen de Kumano. Y aprovecha para sondear la posibilidad de establece alianzas con casas poderosas. Necesitamos amigos, no solo espadas.
Haruki asintió, agradecido por la confianza depositada en él. Mientras abandonaba la sala de audiencias, no pudo evitar notar la reprobadora mirada de Sugawara.
Chihiro continuaba su solitario camino hacia el monte Hiei. Atravesó un río en una barca, acompañado solo por un cargamento de pescado y el sonido del viento. Una noche, mientras descansaba bajo las estrellas, escuchó una voz que lo atormentaba.
—Nunca lo lograrás —dijo la voz de su antiguo maestro, cruel y burlona—. Siempre estarás atado a tu ira.
Chihiro se estremeció, notando que algo se movía en su bolsa. El viento sopló, apagando su hoguera. Sin más opción, reanudó su viaje. Llegó a una pequeña aldea en medio de las montañas. Las casas, deterioradas por el tiempo, parecían casi deshabitadas. Llamó a una puerta y una anciana lo recibió con desconfianza.
—Este lugar está maldito, monje —le dijo la anciana—. Un espíritu merodea por aquí, y temo que se lleve al hijo de mi hija.
—Vigilaré esta noche —respondió Chihiro, sacando su espada, guardada dentro de una simple tela.
La noche caía, y el silencio era interrumpido solo por el suave crujir de las ramas. Chihiro sentía que algo estaba a punto de ocurrir.
Isoka Kenji caminó con paso vacilante hacia el castillo de su daimio en Totomi. El peso del fracaso de su misión lo acongojaba. Aunque su timidez solía mantenerlo en segundo plano, sabía que esta vez debía dar explicaciones. Al entrar en la sala de audiencias, fue recibido por un joven sirviente, quien lo condujo en silencio hasta su señor.
El daimio Isoka Tomonori, ya anciano, estaba sentado en un cojín elevado, acompañado de su hijo adolescente, Isoka Akihito, que escuchaba con una mezcla de aburrimiento y expectación. Tomonori le dirigió una mirada severa a Kenji, y el ambiente en la sala se volvió tenso.
—Kenji, —dijo el daimio con voz grave y llena de desaprobación—. Esperaba que volvieses de mejor talante. ¿Acaso no concluiste tu misión?
Kenji, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente, respondió:
—Mi señor, lamento profundamente no haber cumplido como se esperaba de mí. Sin embargo, algo extraordinario ocurrió… algo que no pudimos prever. Una aparición divina se manifestó ante nosotros en el lago Ontaku.
El daimio, sorprendido, entrecerró los ojos. Su hijo, Akihito, lanzó una mirada de curiosidad.
—¿Una aparición divina? —repitió el anciano daimio, interesado a pesar de su enfado inicial—. ¿De qué hablas?
Kenji, aún agachado, continuó:
—Un ryu, mi señor. Un dragón sagrado emergió de las aguas del lago y nos habló a cuatro samuráis. Aunque no pudimos cumplir nuestra misión como habíamos planeado, estoy seguro de que el kami nos eligió por una razón más importante. El cometa que ha aparecido en el cielo… lo llaman el Espíritu Enrojecido. Su llegada coincide con las palabras del dragón. Algo grande se avecina.
Tomonori permaneció en silencio durante unos instantes, evaluando las palabras de Kenji. A su lado, un hombre de rostro severo y cabello blanco recogido en un moño, inclinó la cabeza para susurrar algo en su oído.
—Mi señor, —dijo el consejero, Yamamoto Kenta, —si permitís que este joven continúe con esta misión, podríamos arriesgarnos innecesariamente. Ya ha fallado una vez, y sería mejor encomendar esta tarea a alguien más… experimentado.
Kenji sintió que le inundaba la indignación. Si le negaban la misión, perdería el respeto de su señor y su lugar en el clan. Respiró hondo, buscando la fuerza para hablar.
—Mi señor, —dijo, alzando la voz un poco más de lo usual—. Os lo ruego. Permitidme seguir adelante. Los otros tres samuráis y yo hemos sido los elegidos por el kami del lago Ontaku, y debe de haber una razón para ello. Los dioses no juegan a los dados.
El daimio lo observó con atención, sopesando sus palabras. Finalmente, habló con tono más suave esta vez.
—Bien, Kenji. Si el kami te ha elegido, no seré yo quien contradiga su voluntad. Pero no falles esta vez. Mucho puede depender de ello.
—Gracias, mi señor. No os decepcionaré, —respondió Kenji, con una reverencia aún más profunda.
Con el corazón palpitando fuertemente, Kenji se retiró a sus aposentos. Al entrar en su habitación, notó que las ofrendas de su altar se habían malogrado. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Sería un mal presagio o una señal con otro significado?
Nakahara Haruki llegó al modesto pabellón donde vivía su hermano mayor, Nakahara Hiroshi. La casa reflejaba un abandono inquietante: el jardín, antes impecable, estaba cubierto de hojas muertas, y el estanque había perdido su claridad.
Haruki sintió un nudo en la garganta. Recordaba a Hiroshi como un guerrero fuerte y seguro de sí mismo, pero desde que perdió la mano derecha en su duelo con Fujiwara Itsuke, se había convertido en una sombra de lo que fue. Haruki adoraba a su hermano, y ver su hogar en este estado le dolía profundamente.
Hiroshi lo recibió en la puerta, su figura encorvada y su rostro cubierto de una barba descuidada. La chaqueta de su kimono colgaba floja sobre su torso, y su brazo izquierdo parecía tan frágil como el de la mano amputada.
—Haruki, —dijo Hiroshi, con una leve sonrisa que no alcanzó a sus ojos—. No esperaba verte tan pronto.
—Hermano, —respondió Haruki, inclinándose con respeto—. Sabía que debía venir. Me preocupas.
Hiroshi lo invitó a pasar y se sentaron en la modesta sala. Un brasero encendido mitigaba el frío que se colaba por las rendijas de las puertas correderas, pero no lograba disipar la atmósfera del lugar. Haruki observó cómo su hermano vertía el té con una mano temblorosa, sin hacer comentarios, aunque la imagen le dolía. Hiroshi le ofreció la taza con la mirada fija en el vacío.
—Haruki, he pensado en dejarlo todo y convertirme en monje, —dijo con voz apagada—. ¿Qué más puedo hacer? Ya no soy útil como samurái. No puedo blandir una espada, no puedo proteger a nuestra familia, ni siquiera puedo servir a nuestro señor. Mi vida no tiene sentido. Sería mejor encontrar paz en el aislamiento.
Haruki apretó los dientes, esforzándose por mantener la calma. Sabía que su hermano sufría, pero no podía permitir que renunciase a todo. No mientras hubiera esperanza.
—Un samurái es mucho más que un guerrero, Hiroshi. Lo sabes mejor que nadie. La espada no es lo único que nos define. Tu valor, tu sabiduría… todavía pueden guiar a otros. No te rindas. Además, el futuro de la familia Nakahara tal vez dependa de ti. Si yo muriese en la misión que me han asignado, ¿quién mantendrá nuestro linaje? ¿Quién rendirá culto a nuestros antepasados?
Hiroshi lo miró con una súbita comprensión, sus ojos aún sombríos por la tristeza.
—Eso es cierto. Y, sin embargo… —replicó, mostrando su incertidumbre.
Haruki respiró hondo antes de responder.
—Hermano, lo que sucedió en tu duelo con Fujiwara Itsuke… no fue culpa tuya. Fue un duelo injusto, lo sabemos todos. Pero más allá de eso, tú sigues siendo Nakahara Hiroshi, el hermano al que admiro. No te definas por una derrota. Define tu vida por lo que has logrado y todo lo que aún puedes lograr.
Hiroshi desvió la mirada, pero Haruki vio que sus palabras lo habían tocado. Sabía que no sería fácil convencerlo, pero al menos había sembrado una semilla de duda en la decisión de su hermano.
—Fujiwara Itsuke sigue por ahí, provocando con su lengua afilada. Yo lo encontré en mi camino y decidí castigarlo con la mayor indiferencia. Y aunque su vanidad intentó herirme, no tuvo éxito. No puedes permitir que esa desgracia controle tu vida. Libérate de ella. Eres más fuerte que eso.
Hiroshi permaneció en silencio durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, con voz rota, confesó:
—Haruki… He pensado mucho en morir. Quizás no debería haber sobrevivido al duelo. Pero me temo que… no puedo dejar que también muera nuestra familia si algo te pasa.
Las palabras de Hiroshi llenaron de consternación a Haruki. Sabía que su hermano se encontraba en un pozo oscuro, pero no imaginó que su desesperación llegase a tal punto. Inclinándose hacia adelante, Haruki tomó la mano de Hiroshi con fuerza.
—Escúchame bien, hermano. Yo procuraré sobrevivir a esta misión. Y tú no te rendirás. Juntos salvaremos nuestro linaje. No necesitamos espadas ni duelos. Hay muchas formas de proteger a nuestra familia, y no estoy dispuesto a perderte.
Hiroshi no respondió de inmediato, pero Haruki pudo ver que su resolución comenzaba a aflorar de nuevo. Aún quedaba un largo camino por recorrer, pero había logrado dar el primer paso para rescatar a a su hermano de la vergüenza que lo atenazaba.
—No seré monje, —dijo Hiroshi finalmente, aunque con poca convicción—. Pero necesitaré tiempo, Haruki. Tiempo para entender qué soy ahora.
Haruki asintió, sabiendo que eso era lo más que podría esperar por el momento.
Chihiro se mantuvo despierto, sentado junto a la ventana de la destartalada cabaña, vigilando con la espada depositada en sus rodillas. La anciana roncaba suavemente en un rincón, arropada junto a su nieto bajo una manta deshilachada, mientras el viento susurraba entre las rendijas de la madera. Fuera, la noche parecía más oscura de lo normal, como si el frío hubiera engullido el paisaje.
Pasaron varias horas. Chihiro sentía la tensión en el aire. Algo que iba más allá del viento helado. Finalmente, cuando pensaba que la noche pasaría sin más, oyó un crujido fuera de la casa. Se levantó en silencio, tomando la espada con cautela, y abrió la puerta con un leve chirrido. Afuera, la nieve comenzaba a caer suavemente, cubriendo la tierra con una fría capa de silencio.
Chihiro escuchó con atención, sus sentidos alerta por años de disciplina monástica y guerrera. De repente, en el borde del bosque, vislumbró una figura, débil y desdibujada por la nevada. Una niña delgada, casi translúcida bajo la pálida luz reflejada por la nieve, sostenía una bolsa en sus manos.
El samurái se acercó lentamente a ella. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, habló con suavidad.
—No deberías estar aquí, —dijo, observando con atención cada uno de sus movimientos.
La niña se alejó súbitamente. Chihiro miró a su alrededor y la descubrió de nuevo junto a él. Sus ojos eran grandes y vacíos, su rostro consumido por la tristeza. Chihiro se quedó observándola un momento, y algo dentro de él se removió.
—No puedo dejar que te lleves al niño —dijo.
La niña lo miró en silencio, como tratando de entender. Chihiro continuó, acercándose un poco más.
—Entra en la cabaña. Allí podrás estar a salvo esta noche, y mañana veremos cómo ayudarte. No tienes que seguir así.
La niña negó con la cabeza y retrocedió un paso. Su expresión era de dolor, pero no de miedo. Chihiro sintió que algo oscuro y profundo la retenía.
Cuando habló, su voz era apenas un susurro, como si no hubiese usado sus cuerdas vocales en años.
—Tengo hambre —dijo ella, aferrando la bolsa con más fuerza.
—No puedes llevarte al niño, no puedes alimentarte así —dijo Chihiro con un escalofrío. Y rehaciéndose continuó:— Pero puedo contarte una historia, que es alimento para el espíritu. Hubo una vez un gran guerrero que perdió el rumbo —empezó—, se olvidó de su propósito y vagó por la oscuridad, buscando algo que llenara el vacío en su alma. Pero lo que encontró no era lo que esperaba. A veces, lo que necesitamos no es lo que buscamos.
—Tengo hambre —volvió a susurrar la niña.
La mente de Chihiro trabajaba rápido, buscando la manera de romper ese ciclo de sufrimiento. Con voz decidida, dijo:
—Si es comida lo que necesitas… te ofrezco mi carne.
El fantasma de la niña lo miró. Entonces, lentamente, se acercó a él. Chihiro extendió su brazo, y la niña lo mordió suavemente, apenas dejando marcas en su piel. En ese instante, algo cambió en la atmósfera. El frío se volvió más penetrante, y la niña retrocedió, mirándolo con ojos suplicantes.
—Ayúdame a librarme de las voces —pidió, su voz apenas audible entre el viento que azotaba la noche.
Chihiro asintió. Sabía que la única forma de ayudarla era enfrentar lo que la atormentaba.
—Muéstrame el camino —dijo.
La niña se giró y comenzó a caminar hacia el bosque. Chihiro la siguió, hundiendo lospies en la nieve recién caída. Tras unos minutos, llegaron a un claro. En su centro, un agujero oscuro y profundo se abría en la tierra, como una herida sin cicatrizar. El aire que emanaba de allí era gélido. No el frío natural de la nieve: era un frío antiguo, cargado dolor.
—Aquí es donde fue la batalla —susurró la niña.
Chihiro entendió de inmediato. Comenzó a recitar un sutra, preparando un ritual para comunicarse con los espíritus que moraban en el lugar. Mientras lo hacía, sintió que el suelo bajo sus pies se volvía líquido, como si estuviera chapoteando sobre los cadáveres de los caídos. De pronto, una voz fantasmal rompió el silencio de la noche.
—Quiero descansar en el lugar donde debo —dijo la voz, grave y sombría.
Chihiro, aún recitando los sutras, se detuvo por un momento para preguntar:
—¿Cómo podría ayudarte a descansar en paz?
El viento se arremolinó en el claro, y la voz respondió con un eco helado:
—Solo quien dejó aquí mis restos puede llevarlos a un lugar de honor. Si no… —la voz adoptó un tono aún más amenazante—, mataré al hijo de la mujer de toda condición.
Aquella maldición heló la sangre de Chihiro más aún que la nevada. —¿Quién eres, para que pueda encontrar a quien te dejó aquí?— dijo.
—Soy Fujiwara no Norinaga, caído por una traición.
El nombre resonó en la mente de Chihiro, pero no conocía bien la historia de las guerras pasadas. Tampoco había esperado encontrarse con un espíritu tan poderoso y lleno de ira. Sabía que la única forma de poner fin a esto era cumplir su deseo.
Chihiro volvió a la cabaña al amanecer, con el frío aún enterrado en sus huesos. Explicó a la anciana lo que había descubierto, pero cuando pidió la ayuda de los aldeanos para enterrar los restos del general y sus hombres, fue recibido con una rotunda negativa.
—No nos involucraremos con los muertos, —dijo un anciano—. No nos arriesgaremos a desatar la ira de los muertos, ahora que esta se dirige contra otros.
Frustrado, Chihiro entendió que estaba solo en esta misión y decidió tomar el asunto en sus propias manos. Regresó al claro en el bosque, donde el agujero oscuro se abría en la tierra. Aunque sin la ayuda de los aldeanos no podía dar a los muertos el entierro que merecían, al menos podía marcar el lugar de su descanso no consagrado. Reuniendo varias piedras grandes, formó un pequeño túmulo a la entrada del agujero. Luego, recitó un último sutra en silencio, pidiendo a los espíritus que aguardaran pacientemente hasta que pudiera encontrar la manera de llevarles la paz definitiva.
Con el alma apesadumbrada y la mente aún preocupada por los espíritus, Chihiro reanudó su camino hacia el monasterio donde esperaba encontrar más respuestas sobre la isla de Kikai-Ga-Shima y los espíritus Gungen de Kumano. Al llegar, sin embargo, no encontró las respuestas que buscaba. Los monjes no tenían registro alguno de Kikai-Ga-Shima, ni de espíritus con el nombre de Gungen. Chihiro resolvió entonces que debía reunirse con sus compañeros y consultar a otros sabios en Kioto.
Día 4
19:00 - 23:00
Cuando llegó el día acordado, Chihiro se encontró con Kenji y Haruki en el puente de Seta, junto al pueblo de Ishiyamadera, a pocas leguas de la capital. El puente se extendía sobre las aguas tranquilas del río Seta, y a lo lejos, los preparativos de una importante festividad llenaban el aire con risas y música. Los tres samuráis se saludaron con respeto, y Chihiro compartió su historia.
Les contó sobre el fantasma de la niña, el agujero en el claro y el espíritu atormentado que demandaba un entierro honroso. Haruki, al escuchar el nombre de Fujiwara no Norinaga, mostró un súbito interés y dijo que conocía a un historiador que podría ayudar a arrojar más luz sobre ese asunto. Decidieron ira Kioto juntos para buscar más información sobre el general caído.
Ya en Kioto, acudieron al anciano historiador, un hombre con vasto conocimiento de las guerras pasadas. Al mencionarle el nombre de Fujiwara no Norinaga, el historiador no tuvo problema en en relatarles su historia.
—Norinaga cayó en una gran batalla de las guerras entre los clanes Fujiwara y Minamoto. Durante el caos de esas guerras, nuestro canciller, Taira Kiyomori, traicionó a los Fujiwara y consiguió entronizar a Go Shirakawa, hermano del legítimo emperador Sanuki. Este último había sido apoyado por los Fujiwara y debió exiliarse en un monasterio. Con el tiempo, el piadoso Go Shirakawa también se retiró a un monasterio, aunque Kiyomori sigue manteniendo su cargo de canciller con nuestro divino emperador Takakura.
Al salir de casa del historiador, Kenji aprovechó para mencionar a Chihiro que había algo extraño en su propio hogar. Las ofrendas que había dejado en su altar se habían malogrado de alguna manera, lo que le preocupaba profundamente. Haruki, meditando sobre lo que había aprendido del historiador, se inclinó hacia sus compañeros.
—Creo que hay algo más en todo esto —dijo, su voz medida y pensativa—. El hecho de que Fujiwara no Norinaga se refiera a "la mujer de toda condición" me recuerda algo. Los kuge de la corte siempre han considerado a los Taira como inferiores. Aunque llegaron al poder, siempre fueron vistos como advenedizos, como gente “de toda condición”, lo que quiere decir que no provenían de una sola casta noble, sino que estaban mezclados con clanes menores y militares. Es posible que la mención de ese término esté relacionada con la animosidad entre los Fujiwara y los Taira, especialmente si pensamos en cómo Kiyomori consolidó su poder mediante la traición. El espíritu de Fujiwara no Norinaga puede estar atado a esa afrenta histórica.
Tras esta conversación, Haruki, Kenji y Chihiro se dirigieron a prepararse para asistir al evento al que habían sido invitados por Taira Nogashi. Sería una ocasión de gran importancia, no solo para obtener la información que buscaban, sino también para reforzar sus alianzas en la corte.
Haruki, atento a la apariencia y las normas sociales, supervisaba con cuidado cómo debían presentarse sus compañeros. Se acercó a Kenji, que lucía bastante incómodo con las prendas elegantes que le habían proporcionado.
—Kenji, debes relajarte —le dijo Haruki con una sonrisa—. Esta es una ocasión muy especial y debes lucir como un hombre seguro.
Kenji asintió con torpeza, ajustándose el obi mientras intentaba parecer digno.
—No estoy acostumbrado a esto —respondió Kenji—. Pero si crees que esto nos ayudará a resolver lo del kirin y a honrar al kami, haré lo que pueda.
Haruki, satisfecho con la actitud de su amigo, se giró hacia Chihiro, que observaba divertido.
—Chihiro, en cuanto a ti… —Haruki lo miró de arriba abajo—. Puede que la elegancia no sea necesaria en tu caso. Es mejor que mantengas ese aire de misterio, pero al menos trata de no parecer que acabas de salir del monte.
Chihiro soltó una leve risa y asintió, sabiendo que las convenciones sociales eran lo último en su lista de preocupaciones.
—No sufras, Haruki —dijo Chihiro—. Mi espada habla más que mi ropa. Pero haré lo que pueda por no desentonar demasiado.
Cuando estuvieron listos, los tres se dirigieron al palacio de Fujiwara Genosuke, donde se celebraría el evento. La magnificencia del lugar era evidente: jardines perfectamente cuidados, farolillos iluminando los caminos y guardias ataviados con armaduras ceremoniales. Una vez dentro, fueron recibidos por sirvientes que los guiaron hacia la sala donde se celebraría la función de noh.
La sala estaba llena de nobles, samuráis distinguidos y cortesanos. Haruki notó a una dama que ya había visto en una tienda de Kioto, y no pudo evitar dirigirle una mirada discreta antes de que empezarala función. Las luces se atenuaron, el silencio inundó el lugar, y la obra comenzó.
La representación narraba el ascenso de los Taira, comenzando con los primeros pasos de Kiyomori y cómo fue guiado por los kami para derrocar a un emperador mal aconsejado por los Minamoto. Las máscaras de los actores reflejaban emociones profundas, mientras que los movimientos lentos y estilizados parecían llenar el escenario. La atención de los espectadores estaba plenamente capturada.
En un momento cumbre de la obra, se representaba el momento en que Kiyomori, tras recibir la bendición de los dioses, obtenía una lanza invencible, símbolo de su poder y del favor divino. El actor que interpretaba a Kiyomori se alzó con la lanza, y el coro entonó cánticos que alababan su astucia y fuerza. El silencio entre el público era total.
En la siguiente escena, se mencionaba a "el prudente", pero sin revelar claramente quién era. Esta figura misteriosa parecía un personaje clave, cuyo papel estaba velado por el destino. Haruki, atento a los detalles, frunció el ceño al escuchar esta referencia.
La obra concluyó con una majestuosa escena en la que Kiyomori, lanza en mano, contemplaba su estrella en ascenso, mientras los kami lo observaban desde los cielos, con aprobación. Las luces de la sala se encendieron lentamente, marcando el final de la función.
Tras la representación, Haruki se mezcló entre los asistentes, fijando su atención en un grupo de damas mayores de la corte que conversaban en voz baja. Sabía que en ese tipo de círculos, donde la experiencia y la influencia a menudo se mantenían entre bastidores, era donde podía obtener la información más valiosa. Con una sonrisa educada y un tono cauteloso, comenzó a participar en la conversación.
—Una obra magnífica, sin duda. Los kami parecen haber sonreído mucho sobre la casa de los Taira —comentó Haruki, introduciendo el tema con sutileza.
Las damas, siempre encantadas de conversar con un hombre de buenos modales y refinamiento, lo observaron con interés. Una de ellas, con el cabello completamente blanco y peinada con sumo cuidado, inclinó la cabeza levemente.
—Sí, los Taira han ascendido a alturas extraordinarias. Lo que demuestra que a veces los dioses pueden volverse caprichosos —respondió ella, envolviendo con sus palabras una crítica apenas disimulada.
Haruki, atento a la indirecta, respondió con una pequeña risa.
—Cierto es que las decisiones humanas pueden a veces desafiar incluso a la benevolencia divina —dijo.
—Y, en fin, casar a su sangre con el linaje imperial debe ser, a su manera, otra audacia digna de los Taira —puntualizó otra de las damas mientras jugueteaba despreocupadamente con su abanico.
La dama del pelo blanco se inclinó ligeramente hacia las demás como si fuese a hacer una importante confesión.
—Ciertamente, Kiyomori no solo buscó la cercanía con el trono a través de alianzas y victorias militares. Colocar a su hija como esposa principal del emperador Takakura fue, sin duda, la mayor afrenta para la corte. —La dama intercambió miradas con sus compañeras, quienes asintieron discretamente.
Haruki no mostró sorpresa, pero internamente, comprendió que estaba desenterrando uno de los principales motivos de discordia en el imperio.
—En cualquier caso, los logros del señor Taira son impresionantes —alabó taimadamente Haruki—. Seguro que tanto como sus planes de futuro.
Otra dama de rostro arrugado pero con un llamativo tocado de color rojo, se animó a hablar.
—Es cierto. Se rumorea que Kiyomori está construyendo una nueva capital. La actual, dicen, ha perdido el favor de los dioses. Pero entre nosotros hay quienes piensan que es otro intento de cimentar su control sobre nuestro divino emperador. —Sonrió de manera enigmática antes de añadir—. No todos los dioses deben estar complacidos con estos movimientos. Los sueños de los adivinos del emperador hablan de disturbios. Incluso, de que los dioses podrían recompensar a quienes favorezcan la caída de quienes intenten cambiar el curso natural de las cosas.
Haruki tomó buena nota, pero simuló un calculado desinterés. Los movimientos de Kiyomori podían estar ganando enemigos en la corte, pero también entre las fuerzas espirituales. Ese tipo de tensiones eran exactamente lo que podía presagiar grandes conflictos en el futuro.
—Los dioses, con su sabiduría, a veces envían señales a través de los sueños a los que los prudentes suelen atender —dijo Haruki, deslizando sutilmente la mención al misterioso personaje.
Las damas intercambiaron miradas nuevamente, y la del cabello blanco le repuso con una sonrisa enigmática.
—Ah, si solo "El Prudente" Shigomori tomase buena nota. Así llaman al ministro de la derecha, el hijo mayor de Kiyomori. Es el único cuyo consejo su padre sigue sin dudar. Su mesura y calma son a veces un freno a la audacia de Kiyomori. Pero incluso Shigomori debe saber que los tiempos cambian, y que no siempre se puede evitar lo inevitable.
Haruki hizo una ligera reverencia. Sabía que había logrado desentrañar gran parte del entramado que rodeaba a los Taira y los conflictos que se gestaban entre bambalinas. Con el corazón palpitando de satisfacción por sus descubrimientos, se excusó cortésmente y se unió a Kenji y Chihiro, que habían permanecido al margen.
—¿Alguna novedad? —preguntó Kenji, notando la expresión pensativa de Haruki.
Haruki sonrió ligeramente, mirando a ambos.
—La obra no fue lo único revelador esta noche —dijo con un tono cargado de significado—. Kiyomori está construyendo una nueva capital, pero lo que más inquieta a la corte es que su hija es ahora la mujer principal del emperador Takakura. Y, según los sueños de los adivinos, las deidades no están contentas con la situación. Podría haber más que rumores detrás de todo esto, tal vez la razón por la que vemos tantos presagios.
Chihiro, pragmático, asintió en silencio.
—¿Y qué hay del Prudente? —preguntó.
—Shigomori, el hijo de Kiyomori, es quien mantiene a su padre bajo control, dentro de lo que cabe. Pero incluso él sabe que las aguas están turbulentas—respondió Haruki—. Debemos estar atentos. El conflicto parece inminente, y nosotros no sabemos qué papel nos han asignado los dioses.
Chihiro, tras observar cómo la velada continuaba entre conversaciones y risas, se acercó a un hombre de aspecto sabio y de porte excéntrico. Se trataba de Tenjin Chiyo, un adivino de gran reputación, que destacaba entre los demás invitados por sus modales amanerados y su trato antipático hacia quienes se dirigían a él. Para su sorpresa, junto al sabio se encontraba la dama Jing, la enigmática mujer con la que los samuráis habían coincidido en su viaje anterior.
Chihiro, calculando sus movimientos con cuidado, se volvió hacia Kenji y le susurró: —Necesito hablar a solas con el sabio. ¿Podrías llevar a la dama Jing al jardín y distraerla con una conversación agradableP
Kenji, aunque sorprendido por la petición, asintió. Se acercó a la dama Jing con una sonrisa tímida. —Dama Jing, ¿me acompañaríais al jardín? Parece una noche magnífica para observar las estrellas y reflexionar —dijo con cortesía.
La dama Jing, con su enigmática sonrisa y su aire sereno, aceptó la invitación. Caminó junto a Kenji hacia el jardín, donde los farolillos de papel iluminaban suavemente el paisaje. Kenji se inclinó para trazar unas figuras sobre la arena. Entonce, ella, con una gracia sutil, agitó una rama sobre el agua de un pequeño estanque cercano. Con un gesto casi imperceptible, creó unas gráciles formas en la superficie que se mantuvieron durante un instante.
—Vuestros dibujos tienen un encanto único, Isoka Kenji —dijo Jing—. Pero permitidme mostraros algo aún más encantador. El agua guarda sus propios secretos.
Kenji observó, maravillado, cómo las formas aparecían y desaparecían en el agua como si fuesen reflejos de otro mundo. Durante unos momentos, la conversación entre ambos fluyó con naturalidad, mientras Kenji intentaba comprender el poder que ella manejaba.
Mientras tanto, Chihiro, ya solo con el sabio adivino, comenzó su conversación. A pesar de los modales del hombre, la charla tomó un giro inesperadamente afable.
—No es común que un monje como vos se preocupe tanto por los fantasmas del pasado —comentó Tenjin Chiyo, entrecerrando los ojos mientras estudiaba a Chihiro.
Chihiro respondió con serenidad: —La vida y la muerte están entrelazadas, y los espíritus no siempre descansan como deberían. Hace poco me encontré con el fantasma de Fujiwara no Norinaga en un valle. Este espíritu busca reparación por la traición sufrida en vida. Me gustaría saber más sobre su historia, sobre cómo podemos apaciguarlo o entender mejor su tormento.
El adivino, cruzando las manos frente a sí, asintió lentamente. —Ah, Fujiwara no Norinaga… un alma inquieta. Fue un general traicionado por sus aliados, abandonado en el momento crítico. El odio que alimenta su espíritu debe de ser poderoso, y su presencia en este mundo no debería sorprenderos. Los muertos, a veces, no encuentran paz si no se les restituye el honor que se les negó en vida.
Chihiro frunció el ceño. —Sus últimas palabras hablaban de una maldición, de una amenaza sobre los vivos. Algo que puede afectar a los inocentes.
El adivino inclinó la cabeza hacia un lado, pensativo. —Es típico de los espíritus vengativos. Norinaga busca que sus restos sean tratados con respeto, pero quien debe hacerlo es aquel que lo traicionó. Hasta que eso ocurra, su maldición se extenderá como un veneno, afectando a cualquiera que esté relacionado de alguna manera con el linaje de los traidores. Si no actuáis, alguien pagará con su vida… y pronto.
Chihiro asintió, comprendiendo la gravedad de la situación. Pero antes de que pudiera hacer más preguntas, el sabio continuó: —Hay algo más que deberíais saber. Me ha parecido que conocíais de algo a la dama Jing —dijo el adivino, lanzando una mirada hacia el jardín donde ella conversaba con Kenji—. No es solo una cortesana, ni solo una mujer de noble linaje. Ella es una adivina, una poderosa vidente. Sus dones son antiguos y en ocasiones incomprensibles, incluso para los que estamos versados en estas artes. Tened cuidado, pues ella no revela sus intenciones fácilmente.
Chihiro escuchó atentamente. El comportamiento reservado de Jing, sus misteriosas habilidades y su interés por los samuráis le habían parecido sospechosos desde el principio. Sin embargo, ahora entendía que ella podía ser clave en todo lo que estaba por suceder.
Justo cuando Chihiro iba a agradecer la información, notó algo extraño. Una figura en las sombras, a cierta distancia, parecía estar observando a Kenji y la dama Jing desde el jardín. Era una mujer, vestida con discreción, pero con una postura que indicaba que no era simplemente una cortesana o servidora. Su presencia era demasiado deliberada, demasiado atenta.
Chihiro decidió no actuar impulsivamente, pero mantuvo la mirada en la mujer mientras se acercaba al jardín para reunirse con Kenji y la dama Jing.
Día 5
19:00 - 23:00
Tras la representación de noh y las conversaciones dispersas, Fujiwara Genosuke, el anfitrión de la noche, levantó con elegancia y, mirando a sus invitados, pronunció con voz serena:
—Mis estimados invitados, la luna llena brilla esplendorosa esta noche. Os invito a que la contemplemos juntos en los jardines. Es un momento perfecto para la poesía, la reflexión… y el sake —dijo, con una ligera sonrisa, animando a todos a seguirle hacia el exterior.
Haruki, que había estado en una animada conversación, asintió cortésmente y siguió al resto. Mientras el grupo se dirigía al jardín, unsonido de tambores reverberó en la distancia, anunciando una llegada inminente. La voz de un chambelán anunció ceremoniosamente:
—¡El noble señor Taira Sukemori!.
“Taira Sukemori” pensó Haruki. “Sin duda debe ser el hijo de Shigemori, el "Prudente" y, por tanto, nieto del canciller Kiyomori”..
Cuando finalmente apareció Taira Sukemori, lo hizo con una ostentación evidente, aunque sin la gracia natural que uno podría esperar de alguien de su posición. Llevaba un kimono de seda brillante, adornado con elaborados bordados dorados y un abanico lacado que sostenía sin mucha habilidad. A su lado, un viejo cortesano de su casa lo acompañaba, caminando con rigidez y una expresión impasible, como si desaprobara internamente todo lo que sucedía a su alrededor.
El jardín estaba iluminado por delicados farolillos que oscilaban suavemente con el viento. El lago reflejaba la luz de la luna, creando una atmósfera etérea. En medio de aquel silencio, la dama Jing se acercó a Kenji, quien aún contemplaba el reflejo lunar.
—Kenji-sama, ¿os gustaría que os predijera el futuro? —preguntó Jing con una sonrisa enigmática.
Kenji, sorprendido por la repentina oferta, asintió con una mezcla de curiosidad y recelo. La dama Jing sacó un papel fino y comenzó a escribir un sutra en él con movimientos elegantes y precisos. Kenji la observaba, intrigado.
Mientras tanto, en otro rincón del jardín, Tenjin Chiyo, quien había estado hablando con Chihiro, se excusó amablemente y se unió a otro grupo de cortesanos, aunque un poco más tarde se le podía ver junto al señor de la casa.
El anfitrión, recibió a Taira Sukemori con gran cortesía, inclinándose profundamente y ofreciéndole las mejores atenciones. Los murmullos entre los invitados se hicieron más evidentes, ya que la presencia de un miembro tan importante del clan Taira no era común.
El ambiente cambió nuevamente cuando se anunció una competición poética. Haruki escuchó con atención cómo uno de los poetas comenzaba un verso alabando la que luna iluminaba la gloria de Taira Kiyomori, comparando su reflejo con la magnitud de su poder. Cuando llegó el turno de Haruki para continuar el poema, su rostro mostró una leve preocupación ante lo distinguido de la concurrencia.
Sobreponiéndose al temor escénico, recitó:
"Pero las nubes de la ambición oscurecen la luz que debería guiar, Y en su sombra, el cielo se olvida de los justos. ¿Por qué esconder la gloria, si la luna no elige a los que la miran?"
Aunque sus palabras pretendían ser un sutil comentario, el ambiente quedó extrañamente frío. El público no pareció impresionado. Sin embargo, Haruki notó algo peculiar: Sukemori sonrió brevemente, y luego, de forma disimulada, dirigió una mirada a una joven que observaba la escena desde la distancia. Algo entre ellos parecía no haber sido dicho.
Jing, que aún sostenía el papel, frunció el ceño mientras sus ojos se fijaban en Kenji.
—Veo peligro —dijo en voz baja, pero lo suficientemente clara como para que Kenji la escuchara—. Está oscuro y veo que rompes la oscuridad mirando a la Dama Doji en el cielo.
Justo en ese momento, ambos miraron al estanque. Allí, el reflejo de una pequeña nube parecía deslizarse frente a la luna.
—Deberíamos regresar —continuó Jing, con un leve temblor en su voz—. Algo no está bien. Tengo un mal presentimiento.
Chihiro también notó la presencia de algo extraño en el aire, una perturbación que no podía ignorar. En ese momento, junto al palacio, Sukemori se llevó la mano al pecho, jadeando levemente.
—No me siento bien —dijo Sukemori, con voz ahogada—. Es como si el aire me faltase…. —A lo lejos, la joven que lo observaba desde la distancia se adelantó, claramente preocupada.
Chihiro se acercó rápidamente esquivando a los guardias que protegían el recinto de los invitados principales, seguido de cerca por Kenji, que había vuelto del jardín.
—Permitidme ayudar, soy médico —dijo con voz calmada mientras se inclinaba ante Sukemori—. Mi nombre es Kani Chihiro, tal vez pueda hacer algo por vos.
Haruki se acercó y susurró a Kenji y a Chihiro:
—¿Vosotros visteis también la sombra que pasó delante de la luna? Yo estaba aquí, y en ese momento no pasó nada. Fue un poco después cuando el joven Taira se sintió mal.
Chihiro, se acercó a Taira Sukemori y recitó un sutra. Inmediatamente sintió que la piel se le erizaba. Había algo más que enfermedad física. No era simplemente el cansancio o la opresión en el pecho lo que aquejaba al noble. Era algo inmaterial.
—Esto no es natural. Hay una influencia espiritual aquí. Llamad a Tenji —indicó Chihiro con un gesto decidido, su mirada clavada en Sukemori, que cada vez parecía más pálido—. Necesitamos su ayuda para disipar lo que sea que esté actuando sobre él.
La joven dama, aquella que había captado la atención de Sukemori, se acercó más, mostrando evidente preocupación en su rostro.
—Tranquila, hermosa dama —dijo Haruki con una sonrisa suave, inclinándose cortésmente—. Estoy seguro de que será atendido debidamente. No hay razón para alarmarse por ahora.
Aunque internamente, Haruki se obligaba a no mirar fijamente a la joven, cuya belleza irradiaba una delicadeza difícil de ignorar, los corteses modales del samurái no dejaron translucir este sentimiento.
Tenji llegó con rostro grave. Se arrodilló junto a Chihiro y posó una mano sobre Sukemori, cerrando los ojos para concentrarse. Chihiro le habló de la nube que habían visto deslizarse ante la luna. Al escucharlo, Tenji abrió los ojos de golpe, como si algo terrible le hubiese venido a la memoria.
—Hace 200 años —comenzó con voz baja, como si desenterrara un viejo y temido recuerdo—, una nube similar apareció sobre la capital. Se decía que portaba una sombra maligna. Fue muy difícil de expulsar, y muchos perecieron antes de lograrlo.
—Ciertamente la nube no se movía como las demás —dijo entonces Kenji, apuntando al cielo—. Es como si algo estuviera usando su sombra para ocultarse. Voy a buscarla.
Chihiro asintió, dándose cuenta de la urgencia de la situación, mientras la dama Jing se acercaba para prestar ayuda a Tenji. Mientras tanto, un guardia cercano empuñó un arco y apuntó hacia el tejado, convencido de haber visto algo moverse entre las sombras.
—Moviliza a los invitados, haz que busquen esa sombra en el jardín —gritó Chihiro a Haruki, buscando con la mirada a los guardias cercanos.
En ese instante, el torrente de emociones pareció abrumar a Haruki. De pronto, se detuvo en seco, sus manos temblando ligeramente y con la respiración acelerada. Los murmullos entre los invitados que notaron su vacilación comenzaron a hacerse más audibles.
—Haruki… —intentó decir Chihiro, pero su amigo apenas respondía.
—Chihiro, Jing —dijo Tenji con voz firme, aunque calmada—. Necesito vuestra ayuda para realizar un ritual de contención. Solo podremos detener a la sombra si trabajamos juntos.
Chihiro asintió sin dudar, sintiendo la urgencia en cada palabra de Tenji. Jing, que hasta entonces había estado mirando con inquietud la escena, también se acercó.
—Dime qué hacer, maestro —dijo Jing con seriedad inusual.
Tenji sacó de su manto un antiguo papel, ya amarillento por el paso de los años. Sobre él estaban escritos caracteres sagrados en tinta negra, un sutra protector.
—Cada uno de vosotros deberá sostener una esquina de este papel mientras recitamos el sutra juntos —explicó el shugenja—. La energía combinada formará una barrera espiritual.
Chihiro y Jing sujetaron el papel, sintiendo el poder que emanaba de los caracteres inscritos. Mientras comenzaban a entonar el sutra, Chihiro notó cómo el ambiente a su alrededor cambiaba, como si el mismo aire vibrara con cada palabra.
Mientras tanto, Haruki, atrapado en un trance de vergüenza y confusión, era sacudido por su fiel sirviente, Fukuroku. Con ojos llenos de preocupación, este intentaba devolver a su amo a la realidad.
—Amo, ¡beba esto! —insistió, poniendo un cuenco de sake en sus manos. Haruki, tembloroso, bebió instintivamente, y el calor del líquido comenzó a despejar su mente. Su respiración se calmó. Recuperando el control, miró a su alrededor, consciente de que debía hacer algo.
En el jardín, Kenji escrutaba los oscuros tejados. Entonces lo vio: una sombra se movía, rápida y sinuosa. Era más que una nube; era algo tangible y vivo.
—¡Allí! —gritó Kenji, desenvainando el arco que había tomado prestado y tensando la cuerda con velocidad. Disparó, pero la sombra era rápida y esquivó la flecha, caracoleando con sorprendente agilidad sobre el tejado.
El guardia a su lado, nervioso, disparó otra flecha, pero la oscuridad era demasiado profunda y la criatura se movía con demasiada rapidez. Los farolillos comenzaron a encenderse por todo el jardín, mientras los guardias disparaban flechas en todas direcciones.
En ese momento, la Dama Doji, la estrella más brillante de la noche, quedó oculta por la nube, y Kenji, con un gesto audaz, disparó otra flecha en su dirección. Tampoco ahora la saeta pareció dar en el blanco, pero el samurái notó que había una sombra sobrenatural alrededor de la criatura.
—¡Haruki! —gritó— ¡Hay algo sobre el tejado!
Reaccionando por fin ante la voz de su amigo, Haruki, dejó el cuenco a un lado y de un salto corrió hacia el lugar que Kenji señalaba. Ayudado por Fukuroku, trepó agilmente al tejado con un farolillo en la mano y empezó a correr sobre las vigas en dirección a la criatura. Esta saltó tras un parteaguas, pero Haruki no se desanimó y se acercó con el farol levantado para iluminar aquella parte del tejado.
Kenji aprovechó para lanzar una certera flecha a la criatura y, súbitamente se disipó la sombra que rodeaba a aquel ser. La criatura, ahora más visible bajo la tenue luz de la luna, dejó al descubierto una forma más definida. Tenía el cuerpo de un tigre, la cabeza de un simio y una cola restallante que terminaba en la cabeza de una serpiente.
Kenji la reconoció con un respingo.
—¡Es un nue! —gritó con una mezcla de asombro y temor—¡y está yendo hacia la habitación de Sukemori!
Ignorando a los dos samuráis, la criatura saltó en dirección a la habitación a donde habían llevado a Sukemori. La dama Jing se estremeció.
Desde abajo, los farolillos iluminaban la escena. Kenji soltó otra flecha con decisión y volvió a dar en el blanco. Al mismo tiempo, observó cómo Haruki se acercaba más a la criatura, corriendo por los tejados con una temeridad impresionante.
—¡Haruki, rápido! —gritó Kenji desde el suelo, alzando su arco una vez más, pero el nue, con un salto majestuoso, se arrojó al interior de la casa. Haruki frenó en seco, observando con frustración cómo la criatura desaparecía bajo el tejado..
Mientras tanto, en el interior del palacio, el ritual avanzaba. Tenji, Chihiro y Jing recitaban el sutra con sincronización perfecta, y las palabras sagradas comenzaron a rodear el papelcon una tenue luz dorada.
El aire se sentía cargado de poder espiritual mientras el sutra alcanzaba su clímax. De repente, el papel que sostenían comenzó a arder y consumirse. Con un destello final, la barrera se completó, deteniendo al nue en el momento en el que la criatura saltaba al interior. La dama Jing se apresuró a protegerse detrás de Tenji, mientras este preparaba un nuevo conjuro
Mientras el nue se preparaba para otro asalto, Kenji no perdió el tiempo. Rápidamente se dirigió hacia el interior del palacio, llegando en el momento el que el diabólico ser atravesaba la barrera con un poderoso salto.
Chihiro reaccionó rápidamente. Sacó de entre sus ropas un pequeño talismán y, con una entonación apresurada, lanzó un hechizo que cubrió al nue en llamas verdes. Aunque el fuego envolvía a la criatura, apenas logró chamuscar su pelaje.
Kenji aprovechó para disparar otra flecha al monstruo, pero el proyectil rebotó sobre su dura piel. Mientras, Haruki, asomado sobre el borde del tejado, trataba de distraer a la criatura arrojándole una teja. De nuevo, el correoso pelaje detuvo el golpe, pero Haruki notó una mancha en la piel donde la llamarada de Chihiro parecía haberla debilitado. Apretando los dientes, el joven samurái saltó con agilidad hacia una viga cercana. Su objetivo era claro: atacar a la criatura en su punto débil antes de que alcanzara a Sukemori.
—¡Maldito monstruo! —dijo Chihiro interponiéndose en ese momento entre el nue y su víctima para protegerla con su propio cuerpo— ¡Ven por mi si puedes!
La criatura gruño ferozmente y le lanzó un potente zarpazo que desgarró su piel y le hizo tambalearse. El indomable samurái, sin embargo, se mantuvo firme. Pero Tenji y la dama Jing aprovecharon el instante de confusión para huir al jardín.
Encomendándose a los dioses, Haruki saltó con temeridad desde la viga. Su kimono flotaba al viento y él cayó al suelo rodando. Se incorporó rápidamente mientras desenvainaba su wakizasi y se dirigió al nue sin vacilar.
Kenji, mientras tanto, disparó otra flecha. El proyectil silbó en el aire y, con un golpe certero, se clavó profundamente en el costado de la criatura. Desesperado por detenerla, desenvainó su wakizashi y se lanzó hacia ella, buscando el combate cuerpo a cuerpo.
A pesar de su herida, Chihiro tampoco se daba por vencido. Con voz ronca pero firme, volvió a entonar su sutra y lanzó un nuevo hechizo que envolvió al nue en llamas. Esta vez, el fuego pareció algo más intenso y dañino para el monstruo, pero también sucedió algo: Chihiro notó un hilo de energía conectando al nue con Sukemori. El ataque espiritual no solo había herido a la criatura, sino que había revelado el vínculo con su víctima.
El nue, notando como Kenji se acercaba por su espalda, movió su cola de serpiente para golpearlo, pero este logró esquivarla con agilidad en el último segundo. Viendo su ooportunidad, Haruki atacó al nue con su wakizashi, asestándole un tajo profundo que hizo sangrar profusamente a la bestia.
—¡Seguid atacando! —gritó Chihiro, con los ojos fijos en la criatura.
Pero el nue no estaba aún vencido. Esta vez atacó con su cola de serpiente a Haruki, logrando clavar sus colmillos en el brazo de Haruki, aunque por fortuna, sin inocularle el veneno.
Kenji redobló sus ataques, lanzando tajos con furia e infligiendo otra herida a la criatura. Chihiro desenvainó también su wakizasi, mientras Haruki y Kenji seguían acosando a su debilitado enemigo. En un movimiento desesperado, el nue esquivó otro ataque de Kenji saltó al techo, intentando huir.
Un brillo de determinación se reflejó en la mirada de Haruki. Concentrando su ki, invocó una técnica secreta de los monjes guerreros. Con un grito ahogado, lanzó un puñetazo al aire, golpeando directamente hacia el nue, aunque este se encontraba fuera de su alcance.
El impacto fue prodigioso. El ki de Haruki atravesó el espacio entre ambos, golpeando a la criatura en pleno vuelo. El nue, sorprendido por la fuerza del golpe, se desplomó en el tejado y rodó, hasta caer con estrépito sobre una de las estatuas de león protector que rodeaban el palacio.
El silencio cayó sobre el lugar.
Kenji y Chihiro miraron a Haruki con asombro. No podían creer que el refinado diplomático hubiese usado una disciplina que solo unos pocos monjes debían conocer..
Haruki, aún jadeando por el esfuerzo, los miró y, con una extraña seriedad, dijo:
—No habéis visto esto.
Entre los tres samuráis, incorporaron a Sukemori y salieron al patio del palacio. Los guardias, que habían permanecido fuera, se acercaron con precaución para alancear el cuerpo inerte del nue, temerosos de que pudiera revivir. El cadáver de la bestia, con su cuerpo de tigre, cabeza simiesca y cola de serpiente, yacía inmóvil bajo la luz de las linternas que parpadeaban en la oscuridad.
Fujiwara Genosuke, el señor de la casa, apareció rápidamente en el lugar acompañado de un grupo de sirvientes y algunos invitados que se habían atrevido a volver tras el estruendo del combate. Sus ojos se agrandaron de asombro cuando vio a la criatura derrotada y su mirada se desvió hacia los tres samuráis.
—Habéis mostrado un valor increíble —dijo Fujiwara Genosuke, inclinándose con respeto hacia Haruki, Kenji y Chihiro—. Nunca había visto algo así en mis tierras.
Chihiro, exhausto y herido, se apoyaba ligeramente en su wakizashi, pero mantenía a su modo la compostura. La dama Jing y el shugenja Tenji se aproximaron desde un rincón del jardín,
—Este monstruo… estaba conectado con Sukemori —murmuró Chihiro al shugenji.
—Taira Sukemori está a salvo, por ahora —dijo Tenji, dando un paso adelante—. Pero creo que la intención del nue no era originalmente atacarlo. Quería absorber su vitalidad, y probablemente lo habría conseguido si el señor Isoka Kenji no hubiera despojado a la criatura de su sombra.
El rostro de Fujiwara Genosuke palideció ante tal revelación. Sus ojos buscaron a Sukemori, ahora sentado apenas consciente, asistido por algunos de sus hombres. Los murmullos entre los presentes se intensificaron.
En ese momento, el viejo cortesano que acompañaba a Sukemori se adelantó, visiblemente irritado. Su ceño fruncido y su tono ácido indicaban su descontento.
—¡Esto es inadmisible! —exclamó el cortesano—. Que el joven Sukemori haya sido atacado en este lugar es un insulto a la familia del canciller. —Miró severamente a Fujiwara Genosuke, cuya compostura comenzó a desmoronarse.
—Mis más sinceras disculpas —respondió Genosuke, con voz de orgullo herido—. Nunca en mi casa se había presenciado tal abominación, y les aseguro que nunca volverá a suceder.
Fukuroku, el fiel criado de Haruki, le ofreció otro cuenco de sake para calmar sus nervios tras el enfrentamiento, mientras susurraba en tono bajo:
—Amo, esta hazaña será recordada. ¡Os conocerán como el temerario Nakahara!
Haruki bebió en silencio, aunque sus pensamientos iban más allá del reconocimiento que pudieran obtener. Las tensiones entre los Taira y los Fujiwara estaban a flor de piel, y este incidente, aunque sin consecuencias inmediatas, no haría nada por mejorar la situación.
Día 6
19:00 - 23:00
A la mañana siguiente, el señor Fujiwara Genosuke los recibió en su sala principal. Estaba sentado con la serenidad propia de un anfitrión acostumbrado a las intrigas cortesanas, su rostro serio, mientras a su lado se encontraba un aún perturbado Taira Sukemori.
—Gracias por lo que hicisteis anoche —dijo Genosuke, inclinando ligeramente la cabeza—. Sin vuestra intervención, mi casa y quizás todos nosotros habríamos sido víctimas del nue. Os debo una gran deuda.
Sukemori añadió:
—Y yo, mi vida. Mi amistad y mi ayuda estarán siempre a vuestro servicio, si las necesitáis.
Los tres samuráis se inclinaron profundamente, reconociendo la gravedad de la promesa del joven cortesano.
Genosuke adoptó entonces un tono más informal para decir:
—Así pues, ¿qué es lo que os trae a Kyoto, señores samuráis?
Chihiro, queriendo aprovechar el momento para sacar a relucir sus preocupaciones, tomó la palabra.
—Vinimos a la capital por algo que podría estar relacionado con la aparición de un kami... —comenzó a explicar, refiriéndose al encuentro que tuvieron en el lago Ontaki.
Sin embargo, Haruki le hizo un gesto imperceptible para los demás, pero suficiente para advertirle de que debía ser cauteloso. Chihiro comprendió al instante y midió sus palabras.
—...hemos oído rumores de extraños fenómenos y esperábamos encontrar respuestas aquí —dijo, suavizando su relato.
Genosuke asintió con lentitud.
—Los tiempos son extraños. —Hizo una pausa, reflexionando—. Muchos en la capital, incluso en mi propia casa, han tenido sueños inquietantes. Algo se está moviendo más allá de nuestro entendimiento.
Sukemori frunció el ceño y empezó a hablar con cierta inseguridad.
—A decir verdad, debía haber sido mi padre, Taira Shigemori, quien asistiera a la fiesta anoche. Pero ha estado recluido en un monasterio, afectado por unas dolencias que lo aquejan desde hace tiempo. —Se detuvo un momento, mirando a los samuráis—. Esto me hace dudar.
Chihiro, recordando lo que había visto durante la batalla con el nue, habló.
—Quizás… cuando atacamos al nue… me pareció ver un símbolo grabado en su piel, aunque no lo reconocí.
Haruki, que había estado observando con toda atención, intervino.
—Si el símbolo apuntaba a alguien, tal vez el nue no os buscaba a vos, sino a un Taira. Y podría ser que el verdadero objetivo fuera vuestro padre, Shigemori.
Sukemori asintió.
—Es una posibilidad que he estado considerando. La situación política es... delicada. —Hizo una pausa más larga esta vez—. Mi tía, la emperatriz, está embarazada, aunque esto no es público aún. Sin embargo, los adivinos han advertido que espíritus malignos rondan su sueño, atacando su cuerpo y su mente.
El ambiente en la sala se tensó al escuchar esas palabras. Chihiro rompió el silencio, contando su aventura con el espíritu de Fujiwara no Norinaga, el fantasma que habían encontrado semanas atrás.
—Norinaga era un guerrero impulsivo y su ira parece haber perdurado incluso después de la muerte. —dijo Genosuke, mientras pensaba en voz alta—. No me sorprendería que su espíritu siga vinculado a los eventos actuales, de alguna manera.
Cuando la conversación se distendió un poco, Kenji, que hasta entonces había permanecido en silencio, decidió aprovechar la oportunidad para plantear una cuestión que lo carcomía desde hacía tiempo. Aunque había cumplido su deber y luchado junto a sus compañeros, había algo que siempre le había pesado en el alma: la caida de su familia. Así que, tras tomar aire y reunir valor, habló.
—Señor Fujiwara, me permito preguntar algo más personal —dijo, su voz más firme de lo habitual—. Mi antepasado, el emperador Sanuki, fue depuesto por Kiyomori, y desde entonces mi familia ha vivido en la sombra. Quiero saber por qué ocurrió aquello, y cómo podría restaurar el honor de mi linaje.
Fujiwara Genosuke lo miró detenidamente, como si evaluara tanto la importancia de la pregunta como el valor de Kenji al formularla.
—El emperador Sanuki... —comenzó Genosuke, acariciándose el mentón—. Fue un momento de gran turbulencia política. Kiyomori, como todos sabéis, es un hombre cauteloso. Sanuki se había apoyado demasiado en los Fujiwara, y Kiyomori lo vio como una amenaza para su nuevo poder. De alguna manera, el control del Trono del Crisantemo era una lucha entre clanes, y Sanuki terminó en el bando perdedor.
Kenji bajó la mirada, mordiendo el interior de su mejilla, tratando de procesar la respuesta.
—Entonces, solo fue por la política... —murmuró.
—Así es —intervino Haruki, con inusitada franqueza—. Kiyomori necesitaba un emperador que fuera más... amigable. Alguien que le diera control sin tanta resistencia. Así que instaló a Go Shirakawa, el hermano de tu antepasado, en el trono. No fue por ninguna falta de Sanuki, sino por el interés de Kiyomori.
—Restaurar la posición de tu familia no será fácil, Kenji —añadió Genosuke—. El nombre de Kiyomori sigue inspirando respeto, y hay muchos que no verían con buenos ojos cualquier intento de reivindicar a Sanuki.
Kenji asintió, aunque un peso invisible parecía haber caído de sus hombros. Agradeció en silencio el consejo de Genosuke y las palabras de Haruki, aunque sabía que su camino estaba lleno de intrigas.
Cuando los tres samuráis se disponían a partir hacia el templo de Amaterasu, una figura conocida apareció en la entrada de la residencia de Fujiwara Genosuke: era Tenji Chiyo, el mago, envuelto en su habitual atuendo estrafalario pero imponente.
—Kenji-dono, vuestra puntería fue extraordinaria —dijo Chiyo con su voz amanerada—. Sin vuestra flecha, el nue habría seguido escondido entre las sombras. El mayor mérito de su caza, sin duda, es vuestro.
Kenji, aún con la mente distraída por sus pensamientos sobre su antepasado, solo logró sonrojarse levemente y murmurar una breve respuesta de agradecimiento.
—El nue fue abatido junto a la estatua del komainu —continuó Chiyo—. Me dispongo a ver su cadáver. Tal vez aún pueda desentrañar algún secreto oculto en la criatura.
Chihiro, recordando lo que había visto durante la batalla, aventuró:
—Tenji Chiyo, cuando la bestia cayó, creí ver un símbolo grabado en su piel —dijo, sus ojos fijos en los del adivino—. No pude distinguirlo bien, pero parecía extraño, casi... fuera de lugar.
—Un símbolo, decís... —Chiyo asintió, interesado—. Eso podría ser importante. Los símbolos en estos seres no suelen ser accidentales.
Juntos, se dirigieron al lugar donde yacía el cadáver del nue. La escena era perturbadora: la criatura, cuya monstruosa mezcla de partes de diferentes animales parecía aún más grotesca en la muerte, se estaba descomponiendo rápidamente. Gusanos y otros insectos ya comenzaban a devorar su carne, y la estatua del komainu protector que había amortiguado su caída estaba rota en mil pedazos.
Chiyo se acercó al cuerpo y lo examinó detenidamente, tocando con su bastón la carne reblandecida, buscando algo más allá de lo evidente.
—El nue... no es una criatura común —murmuró tras unos momentos—. Su naturaleza no pertenece a este mundo. Fue invocado aquí por alguien con gran conocimiento en artes oscuras. Este símbolo que mencionáis, Chihiro-dono, probablemente fuera puesto por su invocador.
Chihiro intercambió una mirada preocupada con Haruki. Todo apuntaba a que había un hechicero maligno detrás de todo esto.
Chihiro frunció el ceño y dio un paso hacia Chiyo, bajando la voz.
—Tenji Chiyo, debemos seguir nuestro camino, pero algo os advierto: tened cuidado con esa bruja.
El adivino levantó una ceja, y sonrió, pareciendo comprender la alusión a la dama Jing.
Tras intercambiar unas últimas palabras con Chiyo, los tres samuráis finalmente reanudaron su camino hacia el templo, dejando atrás el cadáver putrefacto del nue y las revelaciones inquietantes que ese encuentro les había brindado.
No mucho después, los tres samuráis se despidieron de sus anfitriones y se dirigieron hacia el templo de Amaterasu.
Los tres samuráis avanzaban por las abarrotadas calles de la capital, cada paso los sumergía más en el bullicio y la vida vibrante de Kyoto. Comerciantes voceaban sus productos, desde sedas delicadamente tejidas hasta especias exóticas; artesanos trabajaban con destreza en sus pequeños talleres abiertos, mientras cortesanos vestidos con esplendor paseaban por las calles, y nobles damas eran transportadas en lujosos palanquines cubiertos, a salvo de miradas indiscretas.
Mientras atravesaban una encrucijada, los ojos de Haruki se fijaron en un cartel clavado en un poste de madera.
—Mirad eso —dijo, señalando el pergamino con un gesto de la mano.
Kenji y Chihiro se acercaron para leerlo. En el cartel, dibujado con trazos firmes y seguros, estaba el mon de Fujiwara Itsuke. El mensaje era claro y conciso: Itsuke desafiaba a duelo a otro samurái al amanecer del día siguiente, todo debido a un supuesta ofensa en una taberna local.
—¿Por un incidente trivial? —preguntó Kenji, incrédulo.
Haruki resopló, casi con desprecio.
—Ese es Fujiwara Itsuke para vosotros. Siempre buscando oportunidades para demostrar su destreza con la espada y su orgullo. No le importa si la razón es insignificante, mientras pueda imponer su voluntad.
El sol empezaba a calentar cuando llegaron al templo, cuya fachada imponente y serenidad contrastaban con la agitada capital que quedaba detrás. Los muros estaban decorados con símbolos de la diosa del sol, Amaterasu, ancestro de los divinos emperadores. La atmósfera era tranquila, como si el tiempo mismo se detuviera al cruzar los umbrales del sagrado recinto.
Un monje joven y malhumorado les recibió con evidente desdén, a pesar de que mostraron la carta de recomendación. Les hizo esperar durante horas en una habitación oscura y fría, lo que sólo aumentó la impaciencia de Haruki, que empezó a dar vueltas en círculos, murmurando entre dientes sobre la falta de respeto de los sacerdotes.
—La paciencia es una virtud, Haruki-dono —murmuró Chihiro con una sonrisa ligera, aunque él mismo no estaba muy cómodo.
—Virtud o no, están abusando de la nuestra —respondió Haruki con un gruñido.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, fueron llamados a la presencia del abad Shingen Sojo. El anciano, con una estrecha barba blanca, los recibió en una sala de tatami, rodeado de textos y escrituras. Su mirada era penetrante, como si fuera capaz de ver más allá de lo visible, hacia los propios pensamientos de los presentes.
—Sois los enviados de Fujiwara Genosuke —dijo el abad con voz cascada, pero llena de autoridad—. ¿Qué es lo que os trae a mi templo?
Haruki, que encabezaba la comitiva, hizo una profunda reverencia y, al incorporarse, empezó a hablar con tono respetuoso.
—Honorable Shingen Sojo, venimos con varias cuestiones que requieren su sabiduría. Hemos tenido encuentros con fuerzas oscuras en esta ciudad y más allá, y deseamos orientación sobre ciertos asuntos espirituales y teológicos. En particular, hemos oído hablar de los espíritus Gongen de Kumano.
Sojo asintió lentamente, entrelazando sus dedos sobre su regazo. Su rostro permanecía impasible.
—Los Gongen... —murmuró—. Son manifestaciones de Buda que adoptan la forma de kami, para que aquellos menos versados en los caminos del budismo puedan entender mejor su divinidad. En Kumano, en las montañas de Kii, se veneran en varios santuarios. Los tres principales están dedicados a Amida, Yakushi y Kannon.
Chihiro y Kenji escuchaban con atención mientras Haruki asentía, captando cada palabra.
—¿Y qué puede decirnos sobre un lugar llamado Kikai-Ga-Shima? —preguntó Haruki con cautela.
El rostro de Sojo se tornó en una leve sombra de duda, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para responder.
—Kikai-Ga-Shima... se dice que es un lugar de destierro para los enemigos del señor Taira Kiyomori, pero desconozco su ubicación. Solo los altos cargos del gobierno y ciertos círculos de poder saben dónde está.
Haruki frunció ligeramente el ceño, percibiendo cierta reticencia en la respuesta del abad. Sabía que Shingen Sojo probablemente sabía más de lo que estaba dispuesto a revelar en ese momento, pero por ahora decidió no presionar.
—Mi compañero Chihiro también desea consultarle un asunto de índole sobrenatural— dijo, señalando a su hirsuto amigo.
Chihiro narró entonces el encuentro con el kami del lago Ontaku. Con voz clara, pero prudente, explicó los detalles de aquel extraño suceso: el agua que se había elevado como un velo, el mensaje críptico del kami y la inquietante mención de Kikai-Ga-Shima.
El abad lo escuchaba en silencio, sus manos entrelazadas sobre su regazo. Cuando Chihiro terminó, asintió despacio.
—He oído hablar de la muerte del venerable Omi-o —dijo finalmente—. No me sorprende que su partida haya tenido que ver con un desquilibrio en el mundo espiritual.
Chihiro, que había estado reflexionando en silencio, dijo entonces:
—Si me permite, honorable Sojo... por el nombre, “Kikai-Ga-Shima”... “Isla del mundo de los demonios”... ¿podría ser una isla volcánica?
La perspicaz observación dejó a todos pensando unos instantes.
Tras una noche de descanso en la tranquila residencia de Fujiwara Genosuke, los tres samuráis decidieron dividirse para continuar sus investigaciones enla ciudad de Kioto. La capital estaba envuelta en rumores sobre los sueños inquietantes que parecían afectar a varias personas de la nobleza y una atmósfera extraña se respiraba en las calles.
Haruki se dirigió a los archivos del palacio imperial, buscando rastros en las crónicas sobre la existencia de Kikai-Ga-Shima. Los registros imperiales, a menudo crípticos y cuidadosamente elaborados para ocultar tensiones políticas, requerían la lectura meticulosa de un estudioso como Haruki. Mientras revisaba pergaminos y narraciones de acontecimientos recientes, descubrió un hecho que súbitamente iluminó un poco la situación.
Apenas un año atrás, hubo un intento de alzamiento encabezado por un grupo de bonzos que descendieron a la capital desde las montañas. Al parecer, la insurrección fue rápidamente sofocada por órdenes de Kiyomori, quien no mostró piedad. Las tropas imperiales aplastaron a los rebeldes, ejecutando a un antiguo regente y desterrando a otro a Kikai-Ga-Shima, una remota isla del suroeste. También ejecutó a un monje y desterró a otros dos, a los cuales un yerno del canciller acompañó voluntariamente, lo que sugería nuevos misterios e implicaciones.
Al seguir profundizando, Haruki encontró un detalle aún más revelador: el alzamiento había sido, al parecer, provocado por una acalorada discusión entre Kiyomori y el emperador Go-Shirakawa. A raíz de la rebelión Kiomori estuvo a punto de enfrentarse directamente con el emperador. Sin embargo, Shikemori, el hijo de Kiyomori, intervino para evitar una confrontación mayor, convenciendo a su padre de no llevar las cosas a un punto de no retorno. Haruki quedó pensativo, dándose cuenta de que este detalle sobre la intervención de Shikemori tenía más peso de lo que parecía. Quizás ese acto de moderación del hijo había salvado al país de una guerra civil directa entre los Taira y el Trono del Crisantemo, pero tal vez le había granjeado otras enemistades.
Satisfecho con su descubrimiento, Haruki anotó cuidadosamente esta información, intuyendo que podía ser clave para comprender el papel de “El Prudente” y la importancia de la isla de Kikai-Ga-Shima.
Por otro lado, Chihiro también había aprovechado el día para seguir su propia investigación. Aprovechando su carisma natural y su habilidad para escuchar y contar historias, se adentró en los círculos más populares de la ciudad, desde los comerciantes de mercados hasta las tabernas donde los cantores relataban historias de lugares lejanos. Con su agudo oído para captar detalles importantes, fue ensamblando fragmentos de información sobre Kikai-Ga-Shima. Descubrió que la isla estaba ubicada muy lejos, en la provincia de Satsuma, y que los habitantes de aquel lugar eran considerados extraños, hablando incluso un idioma diferente al del resto del archipiélago.
Kenji partió en solitario hacia el puerto de Osaka, dejando atrás la majestuosidad de Kioto para sumergirse en el ajetreo costero de la ciudad portuaria. Mientras caminaba entre pescadores que descargaban redes llenas de peces, campesinos que llevaban sus productos al mercado y el bullicio constante de comerciantes y artesanos, su apariencia de samurái quedó disimulada bajo un manto sencillo, lo que le permitió pasar desapercibido en la atmósfera más mundana del lugar.
A pesar de su timidez, sabía que debía sonsacar información, y lo haría del modo más discreto posible. Se dirigió a una taberna en los muelles, el “Mar del Oeste”, donde los marineros se distraían después de una larga jornada.
La taberna era un agujero oscuro y sofocante, con el techo bajo y el aire cargado de humo y sudor. Las mesas cojas estaban llenas de cuencos de sake a medio derramar, y tenían una gruesa y brillante capa de mugre. El suelo de tierra estaba cubierto de serrín mezclado con restos de comida y suciedad. El hedor a pescado rancio y alcohol barato impregnaba el ambiente, mientras alguna rata se deslizaba entre los pies de los parroquianos. Los murmullos roncos de los marineros se mezclaban con risas ásperas, y el posadero, con un trapo sucio en mano, apenas prestaba atención a los clientes. Sobreponiéndose al hedor a humanidad, Kenji pidió un cuenco de sake y se sentó en un rincón, observando a los hombres que hablaban entre ellos sobre sus travesías. Tras unos minutos, se le acercó un marinero con la piel curtida por el sol y un gran cuenco de sake en la mano.
—¿Qué hace un hombre como tú en un lugar como este? —preguntó, sentándose a su lado sin esperar respuesta—. No pareces ser de aquí.
Kenji, sin alterarse, contestó:
—Busco un barco para viajar a una isla.
El marinero arqueó una ceja, y su sonrisa se amplió.
—¿Una isla, dices? —hizo una pausa, tomando un sorbo de su cuenco—. Islas hay muchas. Deberías ser más específico.
—Una isla... seguramente una de las islas del sur. Posiblemente con un volcán.
El marinero se dio una palmada en la pierna y soltó una risotada.
—¡Estás de suerte! Mi barco, el Yamazuki, zarpa pronto en misión oficial hacia las islas del sur.
Kenji mantuvo la compostura, sabiendo que este podía ser el hombre que buscaba.
—Yo, mis compañeros y yo, estamos interesados en ir a la isla que digo —respondió, midiendo cuidadosamente sus palabras—. ¿Cuándo partiréis con ese rumbo?
—En unos días, apenas terminemos de abastecernos —respondió el hombre, con una media sonrisa—. Si realmente estás interesado, mejor no pierdas tiempo. Habla con Fujiwara Itsuke, es él quien comanda la expedición. Sin su permiso, no irás a ninguna parte.
El nombre de Fujiwara Itsuke sorprendió a Kenji. Sabía que sus compañeros no estarían muy contentos con esta revelación, en especial Haruki, que tenía una historia amarga con ese hombre. Pero el Yamazuki parecía una forma segura de llegar a Kikai-Ga-Shima.
Kenji agradeció la información y se despidió del marinero, sintiendo que debía tomar una decisión pronto. Mientras se dirigía de regreso, entre la multitud y los puestos del mercado, escuchó una voz conocida a lo lejos.
—¡Kenji! ¡Kenji! —gritaba alguien entre la multitud, y al volverse, vio a un hombre vestido con ropas desordenadas, bailando y cantando ebrio sobre una mesa de una taberna cercana. Era Yoshi Togashi, el bonzo que habían conocido en su primera aventura, aunque ahora lucía muy cambiado.
Yoshi había dejado crecer su cabello, que caía en mechones desordenados sobre su rostro, y su complexión se veía más robusta, como si el tiempo y la experiencia lo hubieran fortalecido. A su alrededor, un grupo de hombres rudos, de aspecto patibulario, reía y bebía animando al bonzo.
—¡Kenji, amigo! —exclamó Yoshi, bajándose de la mesa y tambaleándose hacia él, con una amplia sonrisa—. ¡Ven, únete a nosotros! ¡Bebamos y comamos por nuestro encuentro!
Kenji, que al principio no sabía cómo reaccionar, sonrió con timidez ante el efusivo recibimiento de Yoshi. Aunque los hombres que lo acompañaban tenían el inquietante aspecto de unos piratas, parecía claro que sentían aprecio por el bonzo. En cuanto se alejaron para unirse a un grupo que cantaba una canción marinera, Kenji se sintió más seguro para hablar.
—Yoshi, no esperaba encontrarte aquí —dijo mientras se sentaba a la mesa—. ¿Qué te ha traído a Osaka?
Yoshi tomó un sorbo largo de sake antes de responder, sus ojos brillando con un entusiasmo algo errático.
—El destino, Kenji. El destino y la voluntad del kami. He entablado amistad con la tripulación de un barco, el Hi-Ryu, y tengo planes de navegar hacia el sur. El kami también me hablo a mí, Kenji. Me ha dijo que tenía que ir a Kikai-Ga-Shima… y yo pienso cumplir su voluntad.
Kenji arqueó una ceja, sorprendido por las palabras de Yoshi. El bonzo siempre había sido algo entusiasta, pero ahora parecía más impulsivo que nunca.
—Kikai-Ga-Shima —repitió Kenji, tratando de mantener la calma—. ¿Cómo has descubierto dónde está sa isla? No es un lugar del que muchos hablen.
Yoshi se inclinó hacia él, bajando la voz.
—Es la voluntad del kami, hermano. El destino me ha mostrado el camino. —Luego, haciendo un gesto hacia los hombres rudos que estaban con él, continuó—. Ellos estárán de acuerdo. Les diré que hay un tesoro escondido, y con eso los convenceré.
Kenji no estaba seguro de cómo tomarse aquel plan. Mientras reflexionaba sobre lo que acababa de escuchar, Yoshi, con su sonrisa desinhibida, añadió:
—Vamos, Kenji. Únete a nosotros en el Hi-Ryu. Llegaremos a la isla antes que cualquier otro barco pesado y lento. Juntos encontraremos lo que el kami nos tiene reservado.
Kenji se quedó en silencio un momento, evaluando las opciones. Sabía que tendría que consultar con Haruki y Chihiro antes de tomar una decisión definitiva, pero las palabras de Yoshi, aunque inquietantes, tenían cierto sentido. Si lograban llegar a las islas del sur antes que el barco oficial, podrían evitar problemas con las autoridades y actuar por su cuenta. Sin embargo, también estaba el riesgo de embarcarse con una tripulación de piratas, cuya lealtad podría ser cuestionable.
—Hablaré con mis compañeros —dijo finalmente Kenji—. Si estamos de acuerdo, zarparemos juntos en el Hi-Ryu.
Yoshi, aún bajo los efectos del alcohol, soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro.
—¡Eso es, Kenji! ¡Habla con ellos y únete a nosotros! El destino nos espera en Kikai-Ga-Shima. ¡Nada nos detendrá!
Kenji se despidió de Yoshi, prometiéndole que volvería pronto con una respuesta. Mientras caminaba de regreso hacia Kioto, su mente no dejaba de dar vueltas a su dilema.
Esa noche, en la casa de Fujiwara Genosuke, los tres samuráis se reunieron después del largo día de investigación por separado. Haruki y Chihiro compartieron sucintamente lo que habían descubierto. El relato sobre el intento de rebelión y los exiliado en Kikai-Ga-Shima les dio que pensar, y la confirmación de la ubicación aproximada de la isla les confirmó que seguían la pista correcta, a pesar de la desfavorable descripción de sus habitantes.
Cuando por fin llegó el turno de Kenji, este vaciló a la hora de empezar a contar su historia, lo que provocó comentarios burlones de sus compañeros. Kenji dio un suspiro y empezó a hablar de forma más decidida.
—Fui al puerto de Osaka a investigar opciones para embarcar a Kikai-Ga-Shima. Encontré dos barcos que podrían servirnos, pero hay algo que debo contaros antes de hablar de ellos. En el puerto me encontré con Yoshi Togashi —esta revelación hizo que Haruki y Chihiro arquearan las cejas—. Está en Osaka con un grupo de… digamos, piratas. Se ha enrolado en un barco llamado Hi-Ryu, y me ha propuesto que viajemos con ellos. Dice que sabe dónde está la isla y que podríamos llegar antes que cualquier otro barco, debido a que el Hi-Ryu es muy rápido y ligero.
Haruki frunció el ceño inmediatamente y respondió, casi antes de que Kenji terminara de hablar.
—No puede haber una opción peor que esa. ¿Un barco lleno de piratas? ¡De ninguna manera! —Haruki agitó la mano, como si quisiera borrar de la conversación esa posibilidad—. Eso sería una locura. Sería peor que enfrentarnos al propio nue otra vez.
Kenji suspiró, ya anticipando la respuesta de Haruki, pero prosiguió con calma.
—No te preocupes. Encontré otra opción más segura: el Yamazuki. Es un barco grande, sólido, bien abastecido y con una misión oficial. Zarpará en unos días hacia las islas del sur.
Una sonrisa iluminó entonces el rostro de Haruki.
—Eso suena mucho mejor —dijo, más tranquilo—. Un barco oficial siempre será una mejor opción. Podemos evitar problemas innecesarios y llegar de forma segura. Además, si Kikai-Ga-Shima estuviera en su ruta, tal vez nadie nos haga preguntas incómodas.
Kenji hizo una pausa deliberada. Luego, sin poder evitarlo, soltó la revelación que cambiaría todo.
—Eso sí… el barco irá comandado por Fujiwara Itsuke.
El efecto fue inmediato. Haruki, que hasta ese momento había mostrado una creciente satisfacción, se quedó completamente inmóvil. Su rostro se puso lívido, y sus ojos se abrieron de par en par, como si acabara de recibir un golpe en el estómago.
—¿Fujiwara Itsuke? —repitió, casi con incredulidad, como si no pudiera aceptar lo que acababa de oír—. ¡Ese hombre...! ¡No, no, no! ¡No hay manera! ¡No me subiré a ningún barco comandado por ese demonio de Itsuke! ¡Y desde luego no me rebajaré a pedirle un favor!
Chihiro no pudo evitar sonreír ante el cambio repentino en la actitud de Haruki. Lo que antes era una opción ideal, se había transformado en la peor de todas en cuestión de segundos.
Kenji, ya anticipando el desenlace, trató de mantener la compostura.
—Lo imaginaba —dijo con una sonrisa de disculpa—, pero debemos tener en cuenta que el Yamazuki es nuestra opción más segura… al menos en teoría.
Haruki, aún en shock, se quedó un momento en silencio. Finalmente, balbuceó:
—Tal vez… solo tal vez… deberíamos considerar esa opción de Yoshi. —Su tono era casi cómico, como si intentara convencerse a sí mismo de que el Hi-Ryu de Yoshi Togashi no era tan malo después de todo—. Al menos no tendré que soportar las humillaciones del maldito Itsuke.
Chihiro no pudo evitar reír entre dientes, y Kenji intercambió una mirada con él, sabiendo que estaban en una encrucijada más compleja de lo que parecía.
—Ir sin protección oficial es muy arriesgado —dijo Chihiro con seriedad—. Si viajamos en el Hi-Ryu, sin ningún tipo de salvoconducto, podríamos terminar arrestados o algo peor.
Haruki frunció el ceño, claramente sopesando las consecuencias, pero aún reacio a aceptar la idea de estar bajo el mando de Fujiwara Itsuke.
—¿Y si... —empezó a decir, mirando a sus compañeros— no fuera necesario que las autoridades se enteraran de nuestro viaje? Si viajamos en el Hi-Ryu, podríamos pasar desapercibidos. No tendríamos que pedir permiso ni responder ante nadie.
Chihiro arqueó una ceja, poco convencido.
—Eso suena bien en teoría. Pero eso, en teoría.
Haruki hizo una pausa, como si buscara una respuesta que no comprometiera su honor ni lo obligara a aceptar a Itsuke. Pero entonces, una idea pareció formarse en su mente.
—¿Cómo es que Fujiwara Itsuke supo tan rápido sobre la isla y la profecía? —preguntó— Nadie más aparte de Yoshi y nosotros conocíamos los detalles, ¿verdad?
Kenji, de repente sintiéndose algo nervioso, evitó la mirada directa de Haruki y Chihiro. Se removió incómodo antes de responder con una voz apenas audible.
—Bueno... yo... quizás le mencioné algo... a alguien.
Haruki y Chihiro se quedaron en silencio por un momento, claramente desconcertados.
—¿A quién? —preguntó Haruki, entrecerrando los ojos.
Kenji tragó saliva antes de confesar, su voz ahora aún más débil.
—A la dama Jing... tal vez... mencioné la profecía del kami del lago Ontaku.
El silencio que siguió se podía cortar conn una katana. Los ojos de Haruki se abrieron como platos, y su rostro, que ya había pasado por varias emociones esa noche, ahora se tornaba enrojecido por la furia contenida. Por un instante, parecía que iba a explotar.
—¡Kuso! ¡Kuso! ¡Kuso! —gritó finalmente, golpeándose la pierna con una mano—. ¿Le contaste a la dama Jing? ¡Kuso! ¡Kuso! ¡Kuso!
Chihiro intentó contener una carcajada, pero fracasó estrepitosamente. Haruki, en su arrebato, ni siquiera se dio cuenta.
—¡Y se suponía que era yo el que tenía problemas conteniéndome delante de las mujeres! —continuó Haruki, totalmente fuera de sí— ¡Y justo con la dama Jing, que podría estar trabajando para cualquiera! ¡Demonios, Kenji!
Kenji se encogió de hombros, claramente arrepentido, aunque también consciente de lo absurdo de la situación.
—Lo siento, Haruki... pensé que ella podría ayudarnos...
Haruki siguió farfullando entre dientes, soltando una retahíla de maldiciones en voz baja mientras se paseaba de un lado a otro. Finalmente, se detuvo y suspiró, como si toda la energía se le hubiera agotado de golpe.
—Esto cambia las cosas —dijo al fin, con un tono resignado—. Si Fujiwara Itsuke ya está detrás de esto... —Se llevó una mano a la frente, claramente agobiado por la situación—. Ahora sín duda deberíamos ir en el Hi-Ryu.
Chihiro y Kenji se miraron con incredulidad.
—¿En serio? —preguntó Chihiro, tratando de ocultar una sonrisa.
Haruki asintió lentamente, todavía procesando el caos.
—Sí... —respondió, resignado—. Si viajamos en el Yamazuki, Itsuke se asegurará de que nuestro viaje sea un infierno. Incluso podría ocurrir que la dama Jing embarcase con nosotros. No quiero ni imaginarme lo que podría pasar. Al menos con el Hi-Ryu podemos adelantarnos a sus maquinaciones... aunque tengamos que aguantar a su tripulación de piratas.
Chihiro sonrió, y Kenji, aún avergonzado por la reprimenda, asintió también.
—Pero... ¿cómo pagaremos nuestro pasaje? —preguntó Chihiro, con cierta preocupación.
Haruki levantó la mano, ya con una nueva determinación.
—Hablaré con mi daimyo o con Fujiwara Genosuke —dijo con firmeza—. Si es necesario, explicaré que esto es parte de nuestra misión.
Finalmente, después de varios intercambios más, todos estuvieron de acuerdo en que la mejor opción, a pesar de todo, era embarcarse en el Hi-Ryu junto a Yoshi Togashi y su pintoresca tripulación.
Durante los días posteriores, Kenji continuó indagando en el puerto de Osaka. En una taberna cerca de los muelles, escuchó a varios marineros hablar sobre los preparativos del Yamazuki. Para sorpresa de todos, el barco se dirigía precisamente a la isla de Kikai-Ga-Shima, con la orden de entregar un mensaje oficial, pero también para transportar a una persona exiliada. Esta noticia levantó nuevas sospechas entre los tres samuráis.
Mientras tanto, otro detalle llamó la atención de Chihiro. Tras varias conversaciones, descubrió que la joven a la que Taira Sukemori había estado observando durante la fiesta no era otra que Aki-no, la nieta de Fujiwara Genosuke. Este vínculo entre las dos familias más poderosas de la capital sugería que tal vez Sukemori tenía más motivos para ir a la fiesta que la indisposición de su padre.
Haruki, aún dándole vueltas a la posible filtración de la profecía del kami del lago Ontaku, recordó con sobresalto que Shingen Sojo, el anciano abad del templo, también había oído el relato de Chihiro sobre la aparición del kami. Si Shingen había compartido esa información con Fujiwara Itsuke o con sus superiores, la situación se volvía más delicada.
—¿Por qué alguien habría organizado una expedición en menos de un día? —murmuraba Haruki mientras repasaba mentalmente los últimos acontecimientos— No tiene sentido. Si la indiscreción proviene de Shingen Sojo, podríamos estar enfrentándonos a una conspiración mucho más grande de lo que pensábamos.
Día 7
19:00 - 23:00
Bajo la tenue luz del amanecer, los tres samuráis se preparaban para la misión. Haruki recibido una letra de cambio de su señor, un respaldo crucial en caso de que las cosas se complicaran. Se encaminaron al puerto de Osaka, uno de los más concurridos y bulliciosos de la región, envuelto en olor a sal y ajetreo de comerciantes, campesinos y pescadores.
Disfrazados con sombreros y capas de paja, intentaban pasar desapercibidos en medio de la actividad cotidiana del puerto. Aunque su casta samurái les daba un porte difícil de disimular, procuraban no atraer demasiadas miradas, mientras dejaban a Fukuroku, el sirviente de Haruki, vigilando las pertenencias que no podían llevar consigo. El plan era encontrarse con Unishi Manami, la capitana del Hi-Ryu, en la taberna "El Mar del Oeste".
El local, oscuro y sombrío, estaba impregnado del olor a sake y pescado. Los parroquianos hablaban en susurros y las lámparas de aceite proyectaban sombras titilantes en las paredes. Yoshi les recibió a la entrada con una sonrisa. Tras un breve saludo, les condujo a un reservado tras unas cortinas de bambú. Allí, los esperaba la capitana del Hi-Ryu, Unishi Manami. Una mujer de mediana edad, de rasgos duros y mirada penetrante. A pesar de su aspecto rudo, había en ella una elegancia que denotaba un origen noble.
Manami estaba escoltada por dos fornidos lugartenientes, ambos con cicatrices que delataban una vida de combate. Al ver entrar a los samuráis, los examinó detenidamente antes de romper el silencio.
—Yoshi me ha dicho que sois de confianza —dijo la capitana, con voz grave y firme—. Estoy dispuesta a llevaros en mi barco, pero hay una condición.
Los samuráis intercambiaron miradas antes de que Haruki preguntase:
—¿Qué condición?
Manami cruzó los brazos, su expresión se endureció.
—Una persona muy querida para mí, Iwane, ha sido secuestrada por "Las Grullas de Fuego", una troupe de artistas que la tienen cautiva. Necesito que la rescatéis antes de que partamos.
Kenji y Chihiro fruncieron el ceño. Sus instintos chocaban con la idea de involucrarse en una misión tan personal y poco relacionada con su objetivo.
—¿Dónde la tienen? —preguntó Chihiro.
—Actúa en el local de la Dama Obu, en el barrio de Tobita Shinchi. Tiene una mancha de nacimiento en el cuello. Así podréis reconocerla.
Los samuráis asintieron, comprendiendo que no había opción. Rescatar a Iwane era el precio a pagar por asegurar su travesía en el Hi-Ryu.
Osaka, con sus canales serpenteando entre las islas, ofrecía una vista pintoresca mientras se dirigían al barrio de Tobita Shinchi. En su camino, pasaron por el templo del Torii del Sol Poniente, un lugar sagrado para los marineros que buscaban la protección de los dioses antes de emprender viajes peligrosos. Desde allí, también se vislumbraba el famoso puente que conectaba Kioto con Nara, la antigua capital, y con Kumano, donde Taira Sukemori les había dicho que su padre, Shigemori, se recuperaba de sus dolencias.
Al llegar al puente que daba acceso a Tobita Shinchi, los samuráis se encontraron con un grupo de doshin—alguaciles armados con jitte—que pedían los nombres a los transeúntes. Tomando buena nota de ello, volvieron hacia donde Fukuroku estaba cuidando de sus pertenencias.
Cuando cayó la noche, los tres samuráis se vistieron de forma discreta pero sin ocultar su casta. Llevaban kimonos sobrios pero de buena factura, lo suficiente para mezclarse con la clase alta del barrio sin destacar, pero poder entrar en el local de la Dama Obu sin parecer simples plebeyos. Sabían que allí no era extraño que samuráis ricos o incluso funcionarios desearan disfrutar de las actuaciones de las Grullas de Fuego.
Al llegar de nuevo al puente de Tobita Shinchi, Haruki observó a los doshin de guardia. —¿Tenéis un plan para entrar? —dijo en voz baja—. Si alguien quiere descubrir si hemos estado aquí, no sería buena idea que sepan nuestro nombre.
—Tranquilo, yo diré que me llamo Yasuki Akira —dijo Kenji.
Haruki asintió. —Bien, pero yo no deseo ocultar el nombre de mi familia.
Tras sopesar la situación, Haruki avanzó hacia uno de los doshin, sacó discretamente unas monedas de su bolsa y las puso en la mano del guardia.
—Se ve que eres un buen servidor público —dijo con suma cortesía—. Así que sin duda tu familia debe ser compensada por tus sacrificios.
Con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza, el guardia lo dejó pasar sin hacer preguntas.
Por consejo de Yoshi, Chihiro optó por desvestirse, zambullirse en el canal y atravesarlo agarrado a una barca. Yoshi llevaría su ropa seca y entraría trepando por los tejados.
Al cabo de unos minutos, los tres se reunieron en el punto de encuentro acordado junto a una pagoda cercana al local de la Dama Obu. Chihiro se introdujo en un callejón oscuro para vestirse su kimono y después siguieron su camino.
El barrio de Tobita Shinchi brillaba bajo los faroles de papel multicolor. Los perfumes de incienso y de sake llenaban el aire, y el murmullo de las conversaciones y risas en las casas de té y las tabernas cercanas envolvía el ambiente. Un aire de decadencia y lujo que contrastaba con la austeridad de los templos y canales que habían atravesado.
El portero del local, un hombre con un kimono decorado, los recibió con una reverencia exagerada al ver sus espadas.
—Bienvenidos, samuráis. La función está por comenzar —dijo con voz melosa—. Esta noche tenemos una obra muy especial.
—Ah, sí —dijo Haruki con un guiño—. Nos gustaría, si es posible, visitar a las damas de la compañía tras el escenario.
El portero sonrió maliciosamente y dijo:
—¡Por supuesto, señores! Se ve que son unos expertos en teatro. Les llevaré a un lugar donde podrán disfrutar de la función como nadie.
Dicho esto les condujo por un pasillo decorado con cortinas bordadas y lámparas de papel hasta una amplia sala abarrotada de espectadores. El público estaba compuesto por jóvenes samuráis, mercaderes ricos y algunos funcionarios locales. El portero los llevó hasta un lugar cerca del escenario, donde tendrían una visión clara tanto del espectáculo como de lo que sucedía a su alrededor.
Justo entonces, Yoshi, que se había separado del grupo para reconocer el terreno, volvió y se inclinó hacia ellos.
—Esa cortina de ahí da paso a la parte de atrás del escenario —murmuró—.
Kenji asintió y, levantándose, desapareció tras la cortina seguido de Yoshi.
Allí, entre baúles de vestuario y decorados, escucharon el murmullo de los actores que estaban preparando la representación. Pero justo cuando iban a dar un paso más, una figura se les interpuso. Era un hombre vestido de manera extravagante, con ropas ostentosamente decoradas como si fuera un noble de la corte imperial, pero todo en su apariencia era exagerado: el kanmuri, el gorro ceremonial, era demasiado grande, y las mangas de su hitatare casi arrastraban por el suelo.
—¿Qué hacéis aquí? —demandó en voz baja, claramente desconfiado.
Kenji esbozó una sonrisa forzada y se encogió de hombros.
—Solo buscábamos el sake —dijo con fingida despreocupación, pero el actor no parecía convencido. Justo entonces, se oyó un murmullo más fuerte desde el escenario.
—¡Iwami! —gritó alguien—. ¡Te necesitan en escena!
Con un suspiro frustrado, el actor les lanzó una última mirada antes de volver al escenario, dejando a Kenji y Yoshi solos, al menos por un breve instante, mientras comenzaba el espectáculo.
La compañía de teatro abrió la obra con una entrada pomposa. El público, estaba expectante mientras los actores se deslizaban por el escenario, ocupando sus posiciones con movimientos exagerados y grandilocuentes. Iwami, en su papel de kuge, se pavoneaba de un lado a otro, moviendo sus enormes mangas con gestos altivos. El público no tardó en estallar en risas, disfrutando del espectáculo burlesco que parodiaba sin disimulo a la nobleza.
El guion de la obra era sencillo, pero astuto en su mordacidad: un joven samurái, se enfrentaba a toda clase de enemigos y obstáculos. Pero, en lugar de resolver los conflictos con valentía y honor, recurría a trucos, engaños y tácticas ridículas que, de alguna forma, le permitían salir victorioso. Cada vez que lograba superar una situación peligrosa de manera absurda, el público aplaudía, riendo a carcajadas.
Haruki, observando desde su asiento, pronto comprendió que la obra no era una simple comedia, sino una sátira que atacaba a figuras históricas. La escena en la que la lanza mágica del joven samurái se tornaba flácida al intentar golpear al kuge parecía una clara alusión a la lanza de Taira Kiyomori, y el kuge era sin duda un sosías del antiguo emperador Sanoku. La escena, sin embargo, provocó las risas más estrepitosas.
—Esto es más que un simple entretenimiento —murmuró Haruki con el ceño fruncido—. Están ridiculizando abiertamente al gobierno y a la casta samurái.
—Y los samuráis de la audiencia parece que lo están disfrutando —respondió Chihiro en voz baja, sin apartar los ojos del escenario—. Peligroso, pero…
En ese momento, Chihiro comenzó a sentir un malestar extraño. Algo en la puesta en escena le incomodaba, algo más allá de los disfraces ridículos o las burlas. Su mirada se detuvo en un actor que acababa de aparecer en escena, vestido como un kitsune, un espíritu zorro de cinco colas. El zorro saltaba con elegancia por el escenario, mientras el público lo observaba con una mezcla de diversión y curiosidad.
El kitsune parecía moverse con una gracia sobrenatural, más allá de lo que un simple actor podía lograr. Chihiro frunció el ceño y empezóa recitar un mantra en silencio, sintiendo que su energía espiritual comenzaba a agitarse.
“Ese no es un simple actor”, murmuró Chihiro para sí. Sus dedos temblaban levemente mientras intentaba contenerse. “Hay algo más en él”.
De repente, Chihiro se incorporó, incapaz de ignorar el impulso de intervenir. Comenzó a susurrar un hechizo en voz baja, dispuesto a deshacer lo que creía que era un engaño sobrenatural. El kitsune, en el escenario, giró su mirada hacia él, sus ojos centelleando con una inteligencia fría. Chihiro estaba seguro: no era un simple disfraz, sino un espíritu auténtico, quizá una doncella de la dama Jing, bajo la apariencia de un zorro.
Pero antes de que pudiera lanzar el hechizo, una risa conocida resonó en su mente. Era el espíruitu torturador de su maestro, burlándose de su impetuosidad. Chihiro vaciló y, en un instante, comprendió que había caído en un engaño. La ilusión del kitsune no era más que eso: una ilusión creada para perturbarlo. Con el rostro tenso y los ojos oscurecidos por la frustración, Chihiro se sentó pesadamente en su lugar, soltando un suspiro, derrotado.
Mientras tanto, Kenji, oculto junto a Yoshi tras las cortinas del escenario, no dejaba de notar algo raro en elenco. A excepción de los músicos, que solían ser mujeres, el reparto, estaba compuesto exclusivamente por hombres, incluso para interpretar los papeles femeninos. Sin embargo...
—¡Yoshi, observa! —dijo llamando la atención de su compañero—. El actor que hace de samurái, creo que en realidad es una mujer.
El joven bonzo miró con atención y asintió.
—Tienes razón, amigo. Y apostaría que es esa Iwane a la que estamos buscando. ¡Debemos estar preparados para abordarla cuando salga del escenario!
Kenji hizo un gesto de aprobación y comenzó a discurrir en qué forma podrían convencerla de que habían venido a rescatarla.
Al mismo tiempo, en el patio, Haruki observaba por el rabillo del ojo que algo estaba empezando a cambiar en la parte trasera de la sala. Dos grupos de samuráis, que hasta entonces habían mantenido una cierta distancia, empezaban a intercambiar miradas hostiles. Un grupo, compuesto por jóvenes samuráis provincianos, se había reído estrepitosamente de la burla dirigida al joven samurái protagonista. El otro, que había guardado un silencio sepulcral, parecía formado por samuráis de Kioto, y su expresión era cada vez más sombría.
—Esto no va a acabar bien —susurró Haruki a Chihiro, tocando la empuñadura de su espada con discreción.
Uno de los samuráis del grupo ruidoso, un hombre corpulento con cicatrices en la cara, se levantó bruscamente y comenzó a avanzar hacia el grupo contrario. Con un movimiento rápido, desenvainó su katana, el acero brillando bajo la luz de las lámparas.
Su contrincante, un hombre de apariencia más delgada pero igual de decidido, se levantó para hacerle frente. Desenvainó su wakizashi, más corto pero igualmente letal, y los dos hombres se miraron con furia, preparados para el combate.
Aunque el público seguía absorto en el espectáculo, el ambiente en la sala estaba degenerando en una trifulca. Aun así, los músicos y actores no se detuvieron, continuando con la función como si no se dieran cuenta de la tensión que crecía en la parte trasera de la sala.
En un abrir y cerrar de ojos, lo que había comenzado como un enfrentamiento entre dos samuráis se convirtió en una batalla campal. La katana del hombre corpulento silbó en el aire y chocó violentamente contra el wakizashi de su oponente, desatando un estruendo metálico que resonó por todo el local. Esa chispa de violencia fue suficiente para que otros samuráis se levantaran de sus asientos, algunos sacando sus propias armas.
La pelea se extendió entre los dos grupos. Los samuráis provincianos comenzaron a intercambiar golpes con los de Kioto, quienes respondían con igual ferocidad. El público, antes entretenido por la obra, empezó a verse en medio de una tormenta de acero y furia. Los gritos de los combatientes se mezclaron con los alaridos de pánico de los espectadores, que intentaban escapar del caos que se desataba en la sala.
Haruki, que había estado observando con atención, supo que era el momento de actuar. Se inclinó hacia Chihiro, quien seguía perturbado por su fracaso en lanzar el hechizo.
—¡Ahora debemos movernos! —dijo Haruki firmeza, observando cómo las primeras gotas de sangre comenzaban a manchar el suelo—. En cuanto la atención se centre completamente en la pelea, aprovechamos para colarnos detrás del escenario.
Chihiro asintió, aún algo agitado, pero decidido a seguir el plan. Ambos se pusieron de pie, tratando de abrirse paso entre el tumulto que se había formado. Un gordo comerciante con su rico kimono manchado de sangre pasó ante ellos lanzando aullidos de terror.
Un vigilante del local, armado con un jitte, intentó intervenir para detener la pelea, pero su valentía fue en vano. Uno de los samuráis lanzó un tajo rápido y certero que le cortó la mano. El hombre cayó al suelo gritando de dolor, mientras la sangre corría por el piso, y los gritos de pánico aumentaban a su alrededor.
Kenji, por su parte, se había alejado del escenario y se escondía entre bastidores esperando que la actriz pasara junto a él, lo que no tardó en suceder. Con un movimiento ágil, la agarró de la muñeca y observó que, efectivamente, tenía una marca de nacimiento en el cuello.
—Iwane, venimos a rescatarte de parte de la capitana Unishi —le dijo Kenji, intentando sonar razonable, aunque su tono era más bien suplicante.
Iwane, en lugar de agradecérselo, se revolvió con desesperación y trató de zafarse, luchando con todas sus fuerzas.
—¿Qué dices? ¡No! ¡De ninguna manera! ¡No pienso volver a esa vida! —gritó y, en ese momento, apareció el actor con la exagerada caracterizadción de kuge.
—¡Déjenla en paz! —gritó el actor, furioso, y empujó a Kenji con fuerza, haciéndolo retroceder unos pasos.
Pero antes de que pudiera hacer más, Yoshi, se abalanzó sobre el atacante. Con una patada infundida con una técnica que parecía envolver su pie en una energía abrasadora, lo lanzó contra Haruki, quien acababa de llegar junto a Chihiro, aprovechando la confusión en la sala.
—¡Qué le has hecho a mi amado Iwami! —empezó a gritar Iwane, al borde de la histeria. Pero Haruki no estaba dispuesto a tolerar más problemas. Con una mirada severa y la mano en la empuñadura de su wakizashi, se acercó a ella.
—Cierra la boca y haz lo que te decimos, o te aseguro que esto acabará mal para ti —le advirtió con un tono frío que no dejaba lugara dudas.
Iwane, temblando, dejó de resistirse y obedeció. El grupo comenzó a salir por la parte trasera del local, mientras el escenario comenzaba a incendiarse. Las lámparas caídas habían prendido en la madera del suelo, y el fuego se extendía rápidamente, alimentado por los decorados y las cortinas.
Chihiro, que se había quedado atrás, supo que no podía dejar a Iwami a su suerte, por más que el hombre hubiera intentado obstaculizar su misión. Al igual que los demási, había sido testigo del afecto que Iwane sentía por él. Si la mujer iba a ser arrastrada de vuelta a bordo del Hi-Ryu, no sería justo que Iwami quedara abandonado entre las llamas.
—Maldita sea... —murmuró entre dientes. El humo comenzaba a invadir la sala, y el calor se hacía insoportable.
Miró a su alrededor y vio a un joven actor que trataba de huir del desastre.
—¡Ayúdame! —le gritó gritó intentando ayudar a Iwami a levantarse, aunque este seguía inconsciente, y el peso de su cuerpo dificultaba el esfuerzo.
Sin intercambiar más palabras, los dos hombres comenzaron a levantar al actor inconsciente. El peso del hombre era considerable, y el calor del fuego hacía que sus movimientos fueran torpes y lentos. A su alrededor, el fuego crepitaba, consumiendo todo lo que encontraba a su paso.
El humo dificultaba la respiración de Chihiro, quien sentía el ardor en sus pulmones con cada bocanada de aire. Sus ropas estaban empapadas en sudor, pero no podían permitirse el lujo de detenerse. Con un último esfuerzo, lograron arrastrar a Iwami hasta una de las salidas laterales.
—¡Gracias! —jadeó el joven actor, con una mezcla de alivio y terror en los ojos—. ¡No lo habría conseguido sin ti!
Fuera del local, Iwane aún estaba en estado de shock tras el caos que se había desatado en el interior. Pero a pesar de su aparente sumisión inicial, no parecía dispuesta a aceptar su destino con tanta facilidad. Mientras la noche oscura envolvía las calles de Tobita Shinchi, Kenji intentó tranquilizarla.
—No queremos hacerte daño, Iwane —dijo en tono bajo—. La capitana Unishi solo quiere ayudarte. Ella fue quien nos pidió encontrarte.
Iwane, aunque aún temblaba, frunció el ceño y empezó a agitarse, retrocediendo unos pasos. Parecía que estaba a punto de gritar o de intentar escapar.
—¡No quiero volver con ella! —exclamó en voz baja, pero con una mezcla de furia y miedo—. No sabéis lo que estáis haciendo. ¡No quiero ayuda! ¡Dejadme ir!
Antes de que pudiera correr, Haruki desenvainó su wakizashi como un destello de acero en la oscuridad y apuntó la hoja con delicadeza, pero con una clara advertencia, hacia el rostro de Iwane.
—No pienso matar a una mujer —dijo, con voz helada—, pero créeme que no tendría reparo en dejarte una cicatriz que te acompañe el resto de tu vida. Así que, si quieres salir de aquí sin una marca en la cara, harías bien en mantener la boca cerrada.
Iwane se quedó paralizada. El temor llenó sus ojos, y aunque parecía que deseaba rebelarse, el brillo afilado de la hoja y la expresión implacable de Haruki le recordaron su desventaja. Tragó saliva y asintió lentamente, mordiéndose los labios para no gritar.
Sin embargo, el intercambio no pasó desapercibido. Desde la esquina más cercana, un grupo doshin había escuchado los murmullos y visto el destello de la wakizashi. Uno de ellos gritó:
—¡Alto ahí! ¿Qué estáis haciendo?
Yoshi, que estaba alerta, no necesitó más que un vistazo para comprender que tenían que huir de inmediato.
—¡Vamos! —exclamó, empujando a Haruki para que avanzara.
Los samuráis se lanzaron a la carrera, llevando a Iwane entre ellos, mientras los doshin comenzaban a darles caza, gritando órdenes para que se detuvieran. Las estrechas calles de Tobita Shinchi eran un laberinto, pero el conocimiento de la zona por parte de Yoshi jugaba a su favor.
—¡Por aquí! —dijo, guiando al grupo hacia una esquina más oscura. Sabía que el caos que reinaba en el barrio por el incendio atraerían a más guardias, por lo que debían moverse rápido.
A pesar de los intentos de Haruki y Yoshi de mantener el control de la situación, Iwane, desesperada y asustada, intentó resistirse e hizo tropezar a Kenji, quien cayó al suelo con un estruendoso golpe.
—¡Maldita sea! —gruñó Kenji, intentando ponerse en pie mientras veía cómo sus compañeros se alejaban rápidamente.
Los doshin no tardaron en verlo, y uno de ellos gritó mientras se aproximaban con sus jitte en mano.
—¡Eh, tú! ¡Alto!
Sin otra opción, Kenji saltó tras una esquina oscura y se ocultó en una oportuna oquedad entre dos edificios. Contuvo la respiración mientras los doshin pasaban corriendo, sin percatarse de su presencia.
Cuando estuvo seguro de que el peligro inmediato había pasado, salió de su escondite y, con paso ligero pero silencioso, se escabulló por las sombras para reunirse con Haruki, Yoshi e Iwane.
Chihiro, por su parte, sabía que su deber no estaba terminado. Mientras el actor ayudaba a Iwami a alejarse del peligro, el samurái miró hacia el interior del local, donde las llamas comenzaban a devorar el escenario por completo. Aún quedaban personas atrapadas en el interior, algunos espectadores que habían caído en medio de la estampida.
Sin pensarlo dos veces, Chihiro regresó al interior del local, cubriéndose la boca con una manga para evitar inhalar más humo. Su compasión le impedía abandonarlos, aunque sabía que debía reunirse con sus compañeros cuanto antes.
Vio a un hombre mayor atrapado bajo una viga caída. El anciano intentaba liberarse, pero sus fuerzas flaqueaban. Chihiro se arrodilló junto a él y, con gran esfuerzo, logró levantar la viga lo suficiente para que el hombre pudiera deslizarse fuera de su trampa.
—¡Corre! —le dijo Chihiro, indicándole la salida más cercana. El hombre, aún aturdido, asintió y comenzó a avanzar cojeando.
El fuego ya consumía las cortinas del escenario, y parte del techo empezaba a crujir ominosamente. Chihiro sabía que el edificio no aguantaría mucho más. Se movió rápidamente hacia un grupo de personas que estaban tratando de ayudar a otro herido. Se unió a ellos y, con rapidez, lograron sacarlo por la puerta principal, justo cuando un grupo de vecinos comenzó a organizarse fuera del local para intentar apagar el fuego.
—¡Traed agua! —gritaban algunos, mientras corrían de un lado a otro con cubos.
Los vecinos de Tobita Shinchi, armados con lo que podían, trataban de contener el incendio para evitar que se extendiera a los edificios adyacentes. Chihiro, agotado, se quedó unos momentos observando el esfuerzo colectivo, antes de darse cuenta de que ya no podía hacer más. Sabía que sus compañeros lo estarían esperando, y que debía salir de allí antes de que los doshin se dieran cuenta de su presencia.
Con una última mirada al local en llamas y a los vecinos que luchaban contra el fuego, Chihiro se giró y desapareció entre las sombras de las callejuelas de Osaka, moviéndose con rapidez para reunirse con el resto del grupo. Su respiración aún era pesada, y el sabor del humo persistía en su garganta, pero al menos sabía que había hecho lo correcto.
A medida que se alejaba del lugar, los gritos de los vecinos y el crepitar del fuego se desvanecían en la distancia, mientras una lluvia salvadora empezaba a ayudarles en sus esfuerzos
Los samuráis y su rebelde cautiva consiguieron salir de Tobita Shinchi sin mayores complicaciones. Las calles, que antes habían sido un hervidero de luces y voces, ahora parecían extrañamente tranquilas, como si el caos del local de la Dama Obu no hubiera tocado el resto de la ciudad. Haruki, Yoshi y Kenji avanzaron con paso firme, manteniendo a Iwane en el centro del grupo para que no intentara otra huida. Chihiro, aunque había llegado un poco más tarde por haber ayudado a los heridos en el incendio, finalmente se les unió antes de llegar al puerto.
Kenji, todavía conmovido por la resistencia de Iwane se inclinó para susurrarle al oído:
—Nosotros solo queremos ayudar, pero... si después de hablar con la capitana sigues queriendo volver con Las Grullas de Fuego, te prometo que haré lo posible por llevarte de vuelta.
Sin embargo, el comentario no escapó a los oídos de Haruki, que soltó un resoplido de impaciencia. No era momento para ternuras. Chihiro, mientras tanto, seguía pensativo, con una leve sensación de malestar al ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
El Hi-Ryu los esperaba como un refugio seguro. La tripulación estaba en movimiento, preparando las velas y asegurando las cuerdas, mientras la capitana Unishi Manami permanecía en la cubierta, observando con atención cada detalle. Al ver al grupo acercarse, bajó las escaleras de madera con sus dos lugartenientes a su lado, imponentes como montañas.
—Capitana —dijo Yoshi en voz baja, con una ligera inclinación de cabeza—. Como prometimos, hemos traído a Iwane.
Unishi Manami avanzó lentamente, su expresión seria y endurecida por los años de vida en el mar. Al detenerse frente a Iwane, la observó detenidamente, como si buscara algún cambio en ella. Iwane, sin embargo, levantó la barbilla y la miró con una mezcla de desafío y miedo.
—Te he dicho que no quería volver contigo —dijo Iwane, su voz temblando levemente pero con una firmeza evidente.
Unishi entrecerró los ojos, su rostro aún inmutable, aunque una chispa de emoción se encendió en sus ojos. Hizo un gesto con la mano para que sus hombres se retiraran unos pasos.
—No tienes elección —respondió la capitana en un tono bajo pero autoritario—. No puedes seguir con esa compañía de farsantes. No es vida para alguien como tú.
—¡No entiendes! —replicó Iwane, dando un paso hacia atrás—. Yo elegí esa vida. Iwami no me secuestró. ¡Yo fui porque quise!
Haruki, que había estado observando en silencio, intervino de repente, apoyando a la capitana con su acostumbrada firmeza.
—Iwami te sedujo. Un embaucador como él siempre se aprovecha de la inocencia de los demás. —Sus palabras fueron frías, calculadas para cortar cualquier resistencia que pudiera quedar en Iwane.
Unishi asintió lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible. Sin mediar más palabras, hizo un gesto a sus lugartenientes, quienes rodearon a Iwane con la clara intención de llevarla al interior del barco.
Iwane intentó resistirse, pero la fuerza abrumadora de los marineros se lo impidió. Fue escoltada rápidamente al interior del barco, desapareciendo de la vista mientras seguía gritando que no quería volver a esa vida.
—Encerradla en el camarote hasta que zarparemos —ordenó Unishi sin miramientos—. Hablaré con ella cuando estemos en alta mar.
Los samuráis intercambiaron miradas, algunos más incómodos que otros ante la escena. Chihiro y Kenji comenzaron a hablar en voz baja sobre la relación entre la capitana Unishi e Iwane. La situación les resultaba desconcertante.
—¿Crees que son madre e hija? —preguntó Kenji, frunciendo el ceño mientras miraba hacia el camarote donde Iwane había sido encerrada.
Chihiro se encogió de hombros, pensativo.
—No lo sé. La diferencia de edad encaja por poco, pero no se parecen en absoluto. Y si fueran hermanas… También es posible, pero demasiada diferencia. ¿Qué opinas tú?
Kenji asintió lentamente, evaluando la idea, pero no pudo evitar dudar también. Era una incógnita que no lograban descifrar.
Haruki, quien había estado escuchando la conversación desde un rincón de la cubierta, esbozó una sonrisa malévola. Sin decir palabra, hizo un gesto obsceno con la mano, una insinuación clara que no necesitaba explicación. Tanto Chihiro como Kenji se miraron, algo incómodos, pero la burla de Haruki parecía darles una pista sobre la naturaleza de la relación entre Unishi e Iwane.
Al amanecer, cuando la luz tenue del sol comenzó a filtrarse por el horizonte, las noticias de Osaka llegaron al barco. Los rumores viajaban rápido, y los samuráis se enteraron de que la representación en el local de la Dama Obu había sido cancelada por "ofensa pública". La sátira sobre el emperador Sanoku y Taira Kiyomori había provocado un escándalo, y el altercado entre los samuráis de Kioto y los de provincias, pertenecientes estos al pequeño clan Minamoto, había sido la gota que colmó el vaso.
Pero lo más relevante para ellos fue saber que Las Grullas de Fuego habían sido disueltas oficialmente por las autoridades. La compañía había sido declarada ilegal, y su líder, Iwami, había sido encarcelado. Kenji, al enterarse de esto, sintió una extraña mezcla de alivio y tristeza.
—Parece que no tendré que cumplir mi promesa de devolver a Iwane con ellos —comentó en voz baja, mirando hacia el mar—. Dado que la compañía ya no existe…
Poco después, el Hi-Ryu estaba listo para zarpar. Las velas se alzaron majestuosamente, capturando el viento que soplaba desde la costa. Con un crujido en las cuerdas y el leve balanceo de la cubierta, el barco soltó amarras y comenzó a alejarse del puerto de Osaka.
Mientras el Hi-Ryu se adentraba en el mar, los samuráis empezaron a sentir los efectos del movimiento del barco. La tensión de las últimas horas comenzó a dar paso a la fatiga. Kenji, quien no estaba acostumbrado a la vida en el mar, fue el primero en mostrar signos de mareo. Su rostro palideció y se apoyó en la barandilla de la cubierta, respirando profundamente para no perder la compostura. Chihiro, aunque más resistente, tampoco pudo evitar sentir un leve malestar en el estómago.
Yoshi, por el contrario, parecía completamente en su elemento, con una sonrisa divertida mientras observaba a sus compañeros tambalearse.
—No os preocupéis —dijo en tono jovial—. El cuerpo se adapta rápido. Aunque, claro, algunos lo hacen mejor que otros.
Haruki, aunque no lo admitiera, también sentía una ligera incomodidad, pero su orgullo le impedía mostrar cualquier signo de debilidad. Mientras se mantenía erguido y observaba la costa desvanecerse en el horizonte, el Hi-Ryu continuaba su curso, navegando hacia lo desconocido.
Día 8
19:00 - 23:00
La travesía comenzó con un ambiente de incertidumbre para los samuráis, ajenos al ritmo del mar y sus peculiares tradiciones. La primavera traía cielos despejados, y una fresca brisa del noreste los impulsaba con decisión rumbo a las islas de Satsuma. El buen tiempo suavizaba en parte las incomodidades de viajar en el Hi-Ryū, una embarcación robusta pero modesta, más adaptada al comercio que al transporte de pasajeros.
El bonzo Yoshi, siempre inesperado, mostró una faceta que sorprendió a todos. Con agilidad simiesca, trepaba por las jarcias con una facilidad alarmante, provocando gritos ahogados de los marineros cada vez que se colgaba de los aparejos como si jugara. Su risa resonaba por el barco, una mezcla de burla y alegría, mientras gritaba desde lo alto:
—¡¿Así es como enfrentáis al mar, hombres?! ¡Más devoción y menos miedo, o se os llevará a todos!
Los samuráis, acostumbrados a desafíos más sólidos que la inestabilidad de un barco balanceándose sin tregua, comenzaban a adaptarse con resignación. Haruki, siempre atento a las formalidades, notó que la tripulación era profundamente supersticiosa. Un día, mientras tomaba el sol en cubierta, observó cómo un marinero hacía un extraño signo con los dedos cerca del mástil principal. Al preguntar al contramaestro por su propósito, recibió una respuesta seca:
—Para los kamis. Estos perros son gente que desconfía hasta de su sombra.
Kenji, por su parte, encontró curiosos los pequeños rituales diarios de los marineros: el canto monótono al amanecer, las pequeñas ofrendas de arroz al océano, incluso el hábito de tocar el mascarón de proa al pasar cerca. Durante una noche tranquila, el joven arquero no pudo evitar murmurar a sus compañeros:
—Quizás deberíamos haber rezado en el templo del mar de Osaka. No es sabio ignorar estas cosas.
A bordo, no todos compartían las mismas preocupaciones. El primer oficial, Takahashi Shigeru, un hombre de mediana edad con un porte sereno y modales refinados, destacaba por su compostura. Vestía con cierto estilo, lo que contrastaba con la rudeza del resto de la tripulación. Cada gesto suyo, desde ajustar un cabo hasta dar órdenes, estaba impregnado de un respeto casi ceremonial hacia el barco y su capitana. Los samuráis no tardaron en deducir que era un guerrero retirado, aunque no mencionaba su pasado.
El contramaestre, Matsuda Hidetaka, era un hombre robusto, curtido por el sol y el salitre, cuyo enfoque pragmático chocaba con las supersticiones de sus subordinados. Si Takahashi representaba el orden, Matsuda encarnaba la crudeza del mar. No había superstición que lo amedrentara, y más de una vez desestimó las advertencias de los marineros con un bufido:
—Los kamis no reparan velas ni taponan vías de agua. Si los queréis contentos, trabajad más y rezad menos.
Finalmente, una revelación inesperada surgió entre las tensiones del viaje. Iwane, la joven que los samuráis habían rescatado a regañadientes, resultó ser la hermana menor de la capitana Manami. El aire hosco de la pirata se volvió glacial cuando habló del motivo detrás de su secuestro:
—Soy la cabeza de mi familia. Lo que digo, se cumple. Iwane desobedeció. Pensó que podía huir de sus deberes, pero nadie escapa a mi voluntad.
Las palabras pesaban como plomo. Haruki, siempre atento a las sutilezas, percibió en Manami un orgullo feroz que no toleraba desafíos, ni siquiera de sangre. Mientras tanto, Iwane evitaba a toda costa cruzar miradas con su hermana, su resentimiento tan palpable como la sal en el aire.
La discusión sobre la ruta dividió opiniones en la cubierta del Hi-Ryū. Manami, flanqueada por sus oficiales, escuchaba las propuestas de los samuráis con atención, aunque mantenía el semblante endurecido que la caracterizaba. Haruki se destacó en el debate, defendiendo con elocuencia tomar la ruta sur de la isla de Shikoku:
—Es más rápida y menos vigilada. Aunque el riesgo de tormentas es mayor, lo es aún más encontrarnos con indeseables en la ruta norte.
Manami asintió con una leve sonrisa, sus ojos calculadores brillando bajo el sol.
—Sabes jugar tus cartas, samurái. Por el sur, entonces.
La travesía, aunque tensa, transcurrió con cierta regularidad al principio. El barco hacía escalas en pequeños puertos de la costa sur, lugares humildes pero bulliciosos, donde el contramaestre Matsuda asumía el protagonismo. Los samuráis observaban con curiosidad cómo negociaba con los lugareños, su tono áspero transformándose en una persuasión sorprendente. Fue Kenji quien notó los sellos en algunas de las cajas más pequeñas que cargaban o descargaban: caracteres chinos marcados con tinta roja, discretos pero inconfundibles.
—¿Contrabando extranjero? —murmuró Kenji a Chihiro, señalando una de las cajas mientras los marineros la subían a bordo.
—El mar tiene su propio código —respondió el monje, con un tono casi indiferente—. Y nosotros estamos de invitados en él.
Sin embargo, la calma se rompió cuando la capitana Manami enfermó. De un momento a otro, su enérgica presencia desapareció. Se encerró en el cobertizo de popa, atendida únicamente por Takahashi y un par de marineros de confianza. Los murmullos no tardaron en recorrer el barco, especulando sobre un mal augurio.
Sin la capitana al mando, Iwane parecía recuperar confianza y libertad, moviéndose por la cubierta con una sonrisa venenosa. Aprovechaba cualquier ocasión en que se cruzaba con los samuráis para soltar comentarios llenos de odio:
—Ojalá os caigáis por la borda y os ahoguéis en el mar.— O también: —Cuando volvamos a Osaka seguro que las autoridades os estarán esperando.
Chihiro decidió tomar cartas en el asunto de la enfermedad de la capitana. Una noche, bajo el resplandor de las estrellas, realizó un ritual en la proa del barco. Con una concentración férrea, trazó símbolos en el suelo con cenizas y sal, murmurando mantras para apaciguar el mal espíritu que, según él, aquejaba a la capitana.
—¿Funcionará? —preguntó Kenji, dubitativo, observando las llamas danzarinas de las velas usadas en el ritual.
—Mi trabajo es creer que sí —respondió Chihiro, con su característico estoicismo.
Sea por el ritual o por mera casualidad, Manami empezó a mejorar al cabo de un par de días. Aunque seguía débil, retomó poco a poco el mando, reforzando su autoridad con una mirada cansada pero determinada. Mientras tanto, los samuráis y la tripulación no podían ignorar la sensación de que algo más oscuro se cernía sobre la travesía.
El Hi-Ryū se adentró en las lluvias con el casco crujiendo bajo la presión de las olas. Aunque no llegaban a ser tormentas, las ráfagas y el oleaje hacían tambalear incluso a los samuráis más firmes. Matsuda, el contramaestre, dirigía a la tripulación con la calma de un hombre acostumbrado a enfrentarse al mar.
—¡Amarra esas velas! ¡Tú, ajusta los cabos del timón! ¡El resto, estabilizad la carga! —gritaba con voz ronca, mientras la tripulación corría obediente.
Haruki, de pie en la proa, miraba las nubes moverse hacia el norte, y en un momento de reflexión compartió su pensamiento:
—Si Fujiwara Itsuke nos sigue, este temporal puede ser un aliado inesperado.
Kenji, empapado hasta los huesos, respondió en voz baja:
—Esperemos que sea tan molesto para ellos como para nosotros.
Al anochecer, el ambiente entre los samuráis era tenso. La costa había desaparecido del horizonte, y la sensación de desamparo se hacía palpable. Ya de noche cerrada, mientras intentaban dormir entre el balanceo del barco, un crujido aterrador desgarró la tranquilidad relativa. La madera del casco había cedido, y el agua comenzaba a filtrarse con rapidez.
—¡Vía de agua! —gritó Matsuda—. ¡Cubetas al frente, malditos inútiles! ¡No dejaremos que este barco se hunda!
Los marineros se movieron frenéticamente, pero la grieta era persistente. Haruki se acercó a la brecha en busca de una explicación. La luz tenue de los faroles no ayudaba mucho, pero por un instante creyó distinguir algo brillante. Sus ojos se entrecerraron, cautivados por lo que parecía ser una estructura casi artística en medio del caos.
Kenji, por su parte, se sobresaltó al mirar hacia el agua que se agitaba alrededor del barco. Algo viscoso emergió brevemente antes de desaparecer bajo las olas. Su primer impulso fue advertir a los demás, pero las historias de Ryu-Yin, el dios dragón que castiga a los barcos, se clavaron en su mente. Mantuvo el silencio, temeroso de desatar el pánico entre los supersticiosos marineros.
Chihiro, sin embargo, tuvo su propia revelación. Mirando con intensidad hacia el horizonte, vislumbró una luz oscilante, como una llama danzante en la distancia.
—¡Allí! —exclamó, señalando con firmeza—. ¡Hay tierra cercana!
—¡Voy a comprobarlo! —gritó Yoshi, trepando como un gato por los mástiles bajo la lluvia. Los movimientos del bonzo eran impresionantes, pero el barco se sacudió con fuerza, y por un momento perdió el equilibrio. Se tambaleó peligrosamente, provocando gritos de alarma, pero con un giro ágil se aferró a una jarcia y, como si no hubiese ocurrido nada, se rió.
—¡Una luz! ¡Allí está! No estoy loco.
Su risa, aunque contagiosa, no logró disipar del todo el desasosiego que se había instalado en el Hi-Ryū.
El amanecer trajo cielos despejados, pero no disipó la tensión que pesaba sobre la tripulación. El Hi-Ryū seguía maltrecho, con las maderas del casco pidiendo un respiro. La capitana Manami, algo repuesta pero todavía pálida, tomó la decisión:
—Nos dirigimos hacia la luz que visteis. Puede que haya una isla cercana donde podamos reparar esta ruina flotante.
Mientras el barco avanzaba torpemente, los murmullos entre los marineros no cesaban. Kenji sentía el peso de las miradas sobre él. Más de una vez, alguien hacía un gesto hacia la marca en su brazo, una sombra oscura que, en los ojos supersticiosos de los hombres, era prueba de un mal presagio.
Finalmente, alcanzaron su destino: una lengua de tierra entre dos promontorios rocosos. En la estrecha playa, una aldea de pescadores se alzaba con un aire de abandono, las cabañas inclinadas y maltrechas por el salitre y el tiempo. Los aldeanos, encorvados y de rostros endurecidos, miraron al Hi-Ryū con una mezcla de recelo y resignación.
La tripulación varó el barco en la playa, pero pronto quedó claro que la isla no ofrecía la madera necesaria para reparar la nave. Mientras los marineros examinaban los daños, Haruki no perdió la oportunidad de estudiar la grieta en el casco. Allí, incrustada en las fibras de la madera, encontró lo que buscaba: una lámina pétrea con la forma de una escama. Sus dedos trazaron el contorno del fragmento, como si buscara entender su origen.
—Esto no es obra del agua ni del azar —dijo en voz baja, para sí mismo.
El contramaestre, siempre práctico, mostró menos paciencia. Se dirigió a los lugareños con la intención de obligarlos a colaborar. Sin embargo, Haruki intervino antes de que la situación escalara. Con su porte refinado y su elocuencia, negoció con la anciana matriarca del lugar, una mujer menuda pero de mirada afilada. Al final, consiguió que les ofrecieran pescado fresco, ya que los aldeanos no tenían más recursos que compartir.
Al desembarcar, Manami reunió a los samuráis. Su voz era dura y acusatoria:
—Traéis mala suerte. Los kamis del mar no toleran vuestra presencia, y vuestra misión es una ofensa para ellos.
Kenji permaneció en silencio, sintiendo que las palabras de la capitana se dirigían especialmente a él. Haruki dio un paso al frente, su tono firme pero contenido:
—No hables de lo que no comprendes, Manami. La sangre de Amaterasu corre por las venas. de Kenji, y eso no es un mal presagio. Es un guerrero guiado por los kamis de la luz.
Chihiro, siempre directo, añadió su propia explicación:
—El milagro del dragón del lago Ontaku respalda esta misión. No estamos aquí contra los deseos de los kamis, sino por mandato de ellos mismos.
Manami frunció el ceño, escéptica ante las palabras del excéntrico samurái. Finalmente, señaló al grupo con un ademán seco:
—Haced lo que queráis, pero mantened a raya vuestra mala estrella. No quiero a mis hombres cerca de vosotros mientras trabajamos en las reparaciones.
Los samuráis intercambiaron miradas, conscientes de que las tensiones no harían más que crecer en esa inhóspita isla.
Intrigado por el fragmento hallado en el casco, Haruki decidió llevarlo a la anciana de la aldea para obtener respuestas. Chihiro, siempre dispuesto a interactuar con los aldeanos, lo acompañó. Al llegar a su casa, la encontraron sentada, limpiando moluscos con movimientos lentos pero metódicos. Haruki, repentinamente asqueado, evitó tocarla y dejó que fuera Chihiro quien le entregara la escama.
La anciana tomó el objeto con manos temblorosas y lo examinó con cuidado, sus ojos pequeños centelleando con asombro.
—Esto es una escama de dragón marino —murmuró, casi con reverencia. Luego, su mirada se perdió en la distancia, y su tono cambió a uno más errático—. Hace mucho que no veo arroz… Y aún más desde que los últimos samuráis llegaron aquí, muchos años atrás.
Chihiro arqueó una ceja, curioso.
—¿Samuráis?
La anciana asintió lentamente.
—Un barco naufragó aquí, lleno de guerreros heridos. Todos murieron, menos uno. Ese hombre se quedó, construyó una choza en lo alto de la isla. Era bueno con las palabras… y con los kamis.
Haruki, reflexivo, asoció las fechas mencionadas con las guerras Hōgen, una época convulsa que había cambiado el destino del Japón.
—Debió ser durante el ascenso de Taira Kiyomori —murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Siguiendo las indicaciones de la anciana, los tres samuráis emprendieron la subida hacia la cima de la isla, donde encontraron la cabaña. Junto a ella, un árbol perfectamente cuidado se alzaba como un testigo silencioso del paso del tiempo. Dentro de la modesta choza, se respiraba calma, pero también abandono reciente.
Haruki examinó unos manuscritos apilados en una esquina. Eran poemas firmados por alguien llamado Osoke, agradeciendo a los kamis del agua por haberlo salvado y expresando su deseo de devolverles el favor. Mientras tanto, Kenji encontró una flauta de hueso cuidadosamente colocada sobre un estante, su superficie lisa y pulida como si hubiera sido usada a menudo. Chihiro, menos impresionado por los objetos, encontró un hachimaki en un estuche de madera, marcado con el emblema del clan Miura.
—Esto confirma su procedencia —dijo Haruki, sosteniendo el hachimaki—. Pero parece que esta cabaña lleva días deshabitada.
El grupo descubrió un sendero que conducía desde la cabaña a un pequeño altar frente a un rústico torii que enmarcaba el horizonte marino. Allí, las ofrendas dispersas y las cenizas de incienso sugerían que el náufrago había pasado largas horas rezando ante el mar.
Regresaron a la aldea con el hachimaki y la flauta, encontrando a la anciana aún junto al fuego. Al mostrarle lo encontrado, su rostro se ensombreció de preocupación, aunque trató de ocultarlo.
—Es extraño… Él nunca deja su casa por mucho tiempo —musitó, evitando el contacto visual.
—¿Lo vistéis alguna vez tocando una flauta de hueso? — inquirió Kenji.
—Es un gran músico, pero no toca una flauta de hueso, sino una flauta de madera muy bonita—, respondió la anciana.
Cuando abandonaron la cabaña de la matriarca, una sensación de inquietud los envolvió. De entre las sombras de las casas maltratadas por el salitre, pequeñas cabezas curiosas se asomaban tímidamente. Los niños los observaban en silencio, sus ojos grandes y brillantes llenos de una mezcla de miedo y fascinación. Cada vez que uno de los samuráis les devolvía la mirada, los pequeños se escondían, como si temieran ser descubiertos.
Esa noche, una tormenta comenzó a azotar la isla con fuerza, las ráfagas de viento aullaban entre los promontorios y las olas rugían al estrellarse contra la costa. Empapado por el temporal, Haruki propuso refugiarse en la cabaña de Osoke. Chihiro y Kenji asintieron, aunque no sin cierta aprensión; esa sensación de ser observados, que había persistido desde la tarde, seguía pesando sobre ellos.
En el trayecto hacia la cabaña, apenas iluminado por relámpagos fugaces, los samuráis permanecían alerta. Sin embargo, aunque la inquietud no los abandonaba, nada ni nadie salió de entre las sombras para interceptarlos. Al llegar, Haruki, siempre metódico, ordenó a Sabu que encendiera un fuego en el interior para secarse y, de paso, alertar al samurái náufrago, si aún andaba cerca, de su presencia.
Mientras las llamas crepitaban, llenando el refugio con una calidez tenue, Chihiro decidió realizar un ritual de protección. Marcó el perímetro de la cabaña con sigilos trazados con ceniza, invocando a los kamis para que resguardaran el lugar durante la noche. Haruki, aunque respetuoso, no pudo evitar expresar su escepticismo.
—Si alguien intenta abrir esa puerta, toda la choza temblará. No creo que necesitemos más vigilancia.
Sin embargo, Chihiro insistió y llevó a cabo el ritual con toda su concentración. Durante la noche, mientras los demás dormían, Chihiro sintió un cambio sutil en el aire, un escalofrío que recorrió el límite del círculo protector. Algo invisible, pesado y hostil había intentado cruzar el umbral, pero había sido repelido. En silencio, renovó las marcas para asegurarse de que su eficacia no menguara hasta el amanecer.
Al despuntar el día, Kenji, con su habitual curiosidad, decidió explorar los alrededores. Fue entonces cuando descubrió unas huellas inusualmente grandes cerca de la cabaña, semiocultas por el barro y las hojas arrastradas por la tormenta.
—No parecen humanas —dijo, mostrando su hallazgo a los demás—. Pero tampoco las he visto antes en ningún animal.
Haruki, intrigado, volvió a los manuscritos de Osoke. Entre ellos encontró un poema que parecía contener un mensaje inquietante:
"Lástima que, quien sabe, apartado esté
y no regrese.
No me es dado el descanso
hasta que no me deshaga de este peso."
El tono críptico de los versos parecía esconder un propósito inacabado, una deuda emocional que el autor no había resuelto.
Mientras Haruki reflexionaba sobre el significado del poema, Chihiro tomó la iniciativa de conectar con el kami de las aguas de la isla, sospechando que las perturbaciones eran manifestaciones de un enojo divino. En un trance profundo, invocó al espíritu acuático y logró percibir su presencia, vasta y poderosa, como el mismo océano que rodeaba la isla.
El kami, ofendido, expresó su descontento por haber sido ignorado durante tanto tiempo. Las ofrendas que solían apaciguarlo habían cesado, y sentía que los habitantes lo habían despreciado.
—No han mostrado respeto —musitó Chihiro al regresar de su comunión, su voz cargada de solemnidad—. Está dispuesto a castigar a quienes lo han ignorado.
El mensaje del kami era claro: sin un gesto de reconciliación, las aguas no cesarían de alzarse contra ellos. La tormenta había sido solo el principio, y ni siquiera era la más acuciante de sus preocupaciones.
Día 9
19:00 - 23:00
El murmullo del aguacero era interrumpido por el crepitar del fuego que Haruki había ordenado encender a Fukuroku. Mientras los tres samuráis discutían los próximos pasos a seguir, unos golpes en la puerta hicieron que el criado, siempre diligente, se levantara con cautela. La figura empapada de un joven de aspecto humilde apareció en el umbral, cargando una bandeja cubierta con hojas grandes que protegían pescado seco envuelto en tela.
—Mis respetos, señores —dijo el joven, inclinándose profundamente—. La anciana de la aldea me envía con esta comida. No tenemos mucho, pero desea mostrar su buena voluntad.
Kenji avanzó hasta él con una sonrisa amable.
—Agradecemos el gesto. Dile a la anciana que somos sus deudores por esta bondad.
Chihiro, observándolo con curiosidad, se cruzó de brazos.
—¿Cuál es tu nombre, joven?
—Futo, mi señor —respondió el muchacho, haciendo otra reverencia.
Haruki, interesado por el inesperado mensajero, lo examinó con mirada inquisitiva.
—Futo, dime, ¿conoces al viejo Osoke?
El rostro de Futo se iluminó.
—Sí, mi señor. A veces le llevo cosas desde la aldea. Es un hombre amable, siempre me cuenta historias de guerras pasadas. Incluso... —bajó la voz, como si confesara un secreto—. Incluso me está enseñando a tocar la flauta. No su flauta, claro, que es muy bonita. Me deja usar una de hueso que tenía aquí.
Los samuráis se reunieron alrededor de la comida que Futo había traído. Pequeños pescados secos y algo de arroz sencillo. Mientras comían en silencio, cada uno reflexionaba sobre la información recién obtenida.
—Este chico es interesante —dijo Chihiro, rompiendo el silencio—. Si realmente está aprendiendo del viejo Osoke, tal vez sepa más de lo que aparenta.
Kenji terminó su bocado y asintió.
—Podría ayudarnos a entender qué ocurre en esta isla. Pero ahora debemos concentrarnos en lo que tenemos delante.
Decidieron dividirse. Kenji y Chihiro saldrían a investigar los rastros de la noche anterior, mientras Haruki permanecería en la choza para revisar más detenidamente las pertenencias de Osoke.
Kenji y Chihiro no tardaron en encontrar las huellas que habían visto antes. Estas los llevaron nuevamente al torii y al rudimentario altar de Osoke, donde una presencia invisible parecía observarlos desde el acantilado.
—El kami está inquieto —dijo con gravedad—. Algo lo ha perturbado, y creo que tiene que ver con Osoke y este altar.
Mientras tanto, en la choza, Haruki rebuscaba entre los papeles y pertenencias de Osoke. Su paciencia fue recompensada cuando, entre las hojas, encontró una serie de notas detalladas. Estas no solo confirmaban la identidad de Osoke como Miura no Osoke Yokashi, un general derrotado de los Minamoto, sino que también revelaban su obsesión con el emperador Go Shirakawa.
El pergamino relataba las amargas derrotas sufridas por su clan en las guerras contra el emperador monje, a quien acusaba de haber utilizado poderes sobrenaturales para garantizar la victoria de Taira Kiyomori, quien ya contaba con la ayuda de su lanza sagrada.
Fue entonces cuando sus ojos cayeron sobre la melodía escrita en un papel aparte. La simpleza de las notas parecía contradecir su poderoso efecto, pero Haruki sabía que las apariencias podían engañar. Los símbolos, familiares y evocadores, despertaron una memoria difusa en su interior.
Con el papel en mano, cerró los ojos y la tarareó.
—Esta canción... —dijo en voz baja, dejando que las primeras notas se formaran en su mente como una brisa antes de una tormenta.
Cuando Kenji y Chihiro regresaron, los tres compartieron lo que habían descubierto. La lluvia continuaba golpeando los tejados, pero ahora el aire dentro de la choza se sentía más cargado. Haruki alzó la vista hacia sus compañeros.
—Debemos seguir investigando. Estas pistas de Osoke ocultan un misterio mayor. Si lo encontramos, quizá encontremos el motivo de su exilio... y su propósito.
La decisión fue unánime. Evitando la aldea y sus miradas desconfiadas, tomaron el sendero que ascendía por la cima del risco, camino del promontorio al otro lado de la isla. Allí, al borde del abismo, descubrieron unos postes decorados con amuletos colgantes. La tormenta, que parecía haberse intensificado, rugía como un presagio.
—Esto no está aquí por casualidad —murmuró Chihiro, sintiendo una energía extraña, opuesta a la serenidad que había percibido en el altar de Osoke.
En ese momento, una voz conocida interrumpió sus pensamientos. Futo corría hacia ellos, su ropa empapada y su rostro lleno de preocupación.
—¡Señores, no es seguro estar aquí! —advirtió, jadeando por el esfuerzo—. Cuando el viento sopla con fuerza, puede arrastrarlos al acantilado.
Haruki se volvió hacia él con una mirada calculadora.
—Futo, dime. ¿Osoke te enseñó esta melodía?
Tarareó las primeras notas que recordaba del manuscrito, y los ojos de Futo se iluminaron con reconocimiento.
—Sí, aunque aún no la toco bien. Dice que es importante tocarla con precisión. ¿Quieren que la interprete?
Haruki alzó una mano, indicándole que no era necesario.
—No ahora, pero quizás más adelante. Gracias, Futo. Puedes volver a la aldea.
El joven hizo una reverencia, pero antes de que se marchase, Kenji se acercó a él y colocó una mano sobre su hombro.
—Quizá no lo entiendas aún, pero has empezado a aprender algo importante. Algún día serás capaz de proteger esta isla, no solo con fuerza, sino con sabiduría.
-- Es preciso a veces sacrificarse por el bien común - añadió Chihiro.
Los samuráis intercambiaron una mirada significativa mientras Futo hacía una reverencia y regresaba a la aldea. Por un momento, el mundo pareció contener el aliento, como si las notas de la melodía resonaran en el eco de la tormenta.
—Esto apenas comienza —dijo Haruki, alisándose el kimono, protegido de la creciente tormenta por el paraguas que Fukuroku sostenía.
Empezaba a anochecer y los samuráis, volvían meditabundos a la choza cuando, de repente, Fukuroku señaló hacia la aldea.
—¡Miren, señores!
Los samuráis se volvieron y contemplaron el hipnótico espectáculo de una procesión de antorchas que salía de la aldea dirigiéndose en línea recta al siniestro lugar de los postes cargados de amuletos.
Kenji entrecerró los ojos.
—Tengo un mal presentimiento —dijo—. ¡Seguid hacia la choza! Yo iré al altar del antiguo culto.
Diciendo esto, salió corriendo en dirección al punto que señalaba la procesión iluminada. A medida que avanzaba hacia los postes, su agilidad le permitía sortear las irregularidades del terreno, pero el peso de la situación ralentizaba su mente. El resplandor de las antorchas iluminaba la figura de los aldeanos, encabezados por la anciana, quien sostenía un bastón adornado con huesos y plumas que resonaban con cada paso. El aire se sentía cargado, como si la misma naturaleza estuviera en tensión.
Por su parte, Chihiro y Haruki tenían otro plan para apaciguar al kami de las aguas. Llegando junto al altar de Osoke, Haruki se sentó con la flauta de hueso entre las manos, cerró los ojos y dejó que los sonidos brotaran con fluidez. Las primeras notas emergieron con suavidad, como un susurro entre las olas.
Chihiro, mientras tanto, preparaba cuidadosamente un ritual junto al tori. Dibujó símbolos ancestrales con cenizas y hierbas, formando un patrón. Luego, colocó en el centro un cuenco con agua del mar mezclada con gotas de su propia sangre, un sacrificio simbólico para mostrar respeto al kami.
—Escucha nuestras palabras, espíritu de las aguas —murmuró Chihiro, su voz profunda y cargada de intención—. No venimos a desafiarte, sino a comprenderte.
La llama central en el altar osciló, y por un momento, pareció crecer en intensidad. La energía que el samurái proyectaba comenzó a vibrar a su alrededor.
Kenji llegó a una roca que se alzaba junto al despeñadero donde los postes se alzaban como centinelas macabros. La procesión de aldeanos se detenía justo frente a ellos. La anciana alzó la voz, un cántico grave que parecía imitar el rugido de las olas.
—¡El kami exige un precio para devolvernos la calma! —gritó, mientras levantaba un pequeño bulto envuelto en telas, que Kenji identificó como un bebé.
El joven samurái sintió que la sangre le hervía.
—¡Alto! —vociferó desde la altura, su voz cortando el aire como una flecha—. ¡Esto no es justicia, sino ignorancia!
Los aldeanos levantaron la vista, algunos retrocediendo al reconocer al samurái. Pero la anciana no flaqueó.
—¡¿Quién eres tú para juzgar nuestras tradiciones, extranjero?! Esto es lo que siempre se ha hecho. Sin los sacrificios, el kami nos destruirá a todos.
—¡El kami no necesita sangre inocente! —exclamó Kenji, señalando hacia el mar—. Mis compañeros están intentando apaciguarlo por otros medios. No es un dios el que pide esto, sino un demonio que se alimenta de vuestro miedo.
Por un instante, el murmullo entre los aldeanos mostró dudas. Pero la anciana golpeó el suelo con su bastón, imponiendo silencio.
—¡Mentiras! Los samuráis solo traen problemas. ¡Osoke también habló de otra manera, y mirad cómo acabó! —su voz se quebró al recordar al hombre que había intentado cambiar las tradiciones.
Kenji apretó los puños.
—¿Y cuántos más morirán antes de que os deis cuenta de que este camino no lleva a la paz?
En ese momento, la madre del bebé se arrojó a los pies de la anciana.
—¡El samurái tiene razón! —gritó con un gemido lastimero—. ¡Por favor, no mates a mi hija! ¡Te lo ruego!
Algunas miradas de los aldeanos vacilaron, pero la anciana golpeó a la mujer con su bastón, irritada.
—¿Y qué propones, samurái? ¿Que esperemos a que todos muramos?
Fue entonces cuando Futo, el muchacho que antes había hablado con los samuráis, dio un paso adelante. Sus ojos brillaban con determinación.
—¡He aprendido que tengo que responsabilizarme del bienestar de la isla… y de la vida de mi hermana! Si alguien debe sacrificarse, seré yo.
Antes de que nadie pudiera detenerlo, corrió hacia el acantilado y se arrojó al agua, su figura desapareciendo entre las olas.
La mirada de Kenji se nubló mientras observaba cómo Futo desaparecía bajo las aguas embravecidas, su silueta engullida por la furia del mar. El grito desgarrador de la madre de Futo resonó en el aire, ahogado solo por el viento y el estruendo de las olas. La anciana, con una sonrisa de amarga satisfacción, proclamó:
—El kami ha sido apaciguado. Este joven ha demostrado un verdadero espíritu de sacrificio.
Kenji, incapaz de aceptar aquella fría lógica, apretó los puños. Sus palabras eran un torbellino interno que no lograba salir. Finalmente, con una mezcla de rabia e impotencia, dio media vuelta y comenzó a correr hacia la choza de Osoke. Cada paso lo llevaba más lejos de los gritos y lamentos, pero no de la culpa que ahora pesaba sobre él como una roca.
Chihiro, de rodillas dentro de su círculo, sintió la presencia del kami como una ola de energía serena pero intensa que lo envolvía. Con los ojos cerrados y la respiración profunda, interpretó el mensaje de la deidad con claridad. El kami no estaba enfadado por desaires ni sacrificios interrumpidos, sino por la ausencia de la música que tanto disfrutaba. Osoke había tocado para él durante años, una melodía que aliviaba la soledad del espíritu y que ahora, con la desaparición del músico, había cesado.
Mientras tanto, la flauta de Haruki vibraba con una melodía sublime, surcando el aire como si cada nota estuviera tejida con la esencia del viento y del agua. El samurái no era consciente de nada más que de la música que fluía de sus labios, pero, sin saberlo, su arte había calmado al kami. El aire pesado que rodeaba el altar comenzó a disiparse
En ese momento, la llama central en el cuenco de Chihiro danzó con renovada viveza. Chihiro fue súbitamente consciente de lo que le había ocurrido a Futo. Abrió los ojos y, con voz solemne, imploró:
—Gran espíritu de las aguas, si la música que ahora escuchas ha complacido tu alma, te ruego que devuelvas al joven que se ofreció en sacrificio. No pido más que compasión por su valentía.
El kami no respondió con palabras, pero Chihiro sintió un cambio. La energía a su alrededor se volvió más cálida, menos tensa.
Mientras tanto, Fukuroku, que había permanecido a una prudente distancia de su señor, contempló algo increíble. A través de la bruma, divisó cómo unas manos translúcidas y ondulantes surgían del borde del acantilado. Apenas visibles, las manos levantaron a Haruki y en un instante lo hicieron desaparecer por el borde. Fukuroku retrocedió, aterrorizado, y corrió hacia la choza de Osoke, donde encontró a Chihiro y a un abatido Kenji.
—¡Señores! ¡El señor Haruki ha sido llevado por un espíritu! —gritó con la voz entrecortada—. ¡Vi cómo unas manos lo alzaban y desaparecía en el acantilado!
Kenji, que apenas había llegado y estaba aún empapado de sudor y frustración por lo ocurrido con los aldeanos, se incorporó de inmediato.
—¿Qué has dicho? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par.
Chihiro se levantó rápidamente, dejando atrás el cuenco ceremonial y las cenizas, y los tres corrieron a toda velocidad, con Fukuroku tambaleándose detrás, intentando mantener el ritmo. Al llegar al lugar, el sonido de las olas golpeando las rocas era ensordecedor.
Con ayuda de una cuerda sujetada por Fukuroku, los samuráis descendieron con cautela por el acantilado. La pared era resbaladiza, cubierta de líquenes húmedos, y el constante rugido del océano hacía aún más difícil concentrarse. Kenji, ágil como un gato, logró descender sin problemas hasta una cornisa lo suficientemente amplia como para sostenerlo. Chihiro, sin embargo, no tuvo la misma suerte. Sus dedos resbalaron en una roca mojada y cayó, golpeando su costado contra una saliente más abajo. Aunque magullado y claramente dolorido, el samurái se levantó, apretando los dientes mientras un fuego interior alimentaba su frustración.
—¡Por los dioses! ¡Esta maldita isla me odia! —dijo con los ojos inyectados en sangre mientras se incorporaba preso de la ira.
Desde la cornisa, los dos guerreros divisaron una entrada oculta, una cueva que se abría en la pared del acantilado como una boca oscura y húmeda. El sonido de las olas parecía amplificarse al resonar en su interior. A medida que avanzaban por la cueva, se encontraron con charcos de agua estancada y paredes que goteaban constantemente. El aire era frío, con un olor a sal y a algo más indescriptible, algo antiguo.
De repente, unas manos viscosas emergieron de la penumbra. Eran frías como el hielo y se cerraron con fuerza sobre sus brazos y piernas, intentando inmovilizarlos. Las criaturas que los atacaban eran bajas y encorvadas, con piel blanquecina y ojos opacos, como si hubieran pasado años en la oscuridad.
Kenji, furioso por la emboscada, desenvainó su katana con un rugido y comenzó a cortar con precisión mortal. Las criaturas chillaban y retrocedían, pero seguían intentando derribarlos. Chihiro, lleno de una ira desatada, empezó a dar mandobles con su propia espada. En medio de una tormenta de tajos y miembros amputados, los samuráis lograron liberarse dejando a su alrededor un círculo de cuerpos inertes y gimoteantes.
En ese momento, Haruki despertó de su trance. Estaba tirado en el suelo, inmovilizado por varias de aquellas criaturas. Con voz firme, pero sin alzarla, ordenó:
—¡Soltadme de inmediato!
Las criaturas, sorprendidas por el tono autoritario del samurái, obedecieron, liberándolo con torpeza. Pero al escuchar los ruidos de la batalla y ver a sus compañeros caer, huyeron aterrorizadas hacia las profundidades de la cueva.
Haruki se puso en pie y vio a sus amigos acercándose, cubiertos de sangre y con las armas en mano. Al contemplar los cuerpos de las criaturas que habían perecido, el cortesano frunció el ceño.
—¿Era esto necesario? —preguntó, con evidente disgusto.
—¡Nos atacaron! —exclamó Kenji, aún jadeando—. No íbamos a quedarnos esperando a que nos arrastraran al fondo del mar.
Chihiro, visiblemente molesto, agregó:
—Estas cosas no son humanas.
Haruki, aún desconfiado de sus propios instintos, decidió no discutir. En silencio, lideró al grupo más adentro de la cueva. El camino se ensanchaba hasta llegar a una sala amplia y encharcada, donde la humedad era tal que parecía llover desde el techo.
Allí, al fondo, vieron a Osoke, débil y tendido en una pequeña repisa de roca. A su alrededor, las criaturas que habían sobrevivido a la emboscada se apretujaban contra las paredes, como si quisieran desaparecer entre las sombras. Haruki se adelantó con cautela y se acercó a una de ellas, guardando su flauta en la cintura.
—No vamos a haceros daño —dijo, con un tono suave pero firme.
La criatura, que parecía más pequeña que las demás, tembló pero no huyó. Emitió un sonido extraño, como un susurro gutural, y después, con dificultad, comenzó a articular palabras en un lenguaje torpe pero comprensible.
Haruki escuchó con atención, intercalando preguntas con paciencia. Las respuestas que obtuvo eran desgarradoras: aquellas criaturas habían sido niños humanos, sacrificados por los aldeanos en tiempos antiguos para apaciguar al kami del agua. Pero el kami, lejos de desear su muerte, los había transformado para salvarlos de la muerte. Los dejó vivir en la cueva, alimentándose de lo que podían encontrar y en una existencia que apenas podría llamarse vida.
Cuando Osoke llegó a la isla y comenzó a tocar su música, los sonidos llegaron hasta las profundidades de la cueva, aliviando la soledad de las criaturas. Por eso lo habían tomado, deseando mantenerlo cerca para que tocara para ellos. Sin embargo, al ver el sufrimiento que habían causado, ahora estaban arrepentidas.
Haruki, profundamente conmovido, se volvió hacia Chihiro y Kenji.
—No son monstruos. Son víctimas, como Osoke. Y nosotros…
Kenji y Chihiro intercambiaron una mirada. Aunque no estaban convencidos, las palabras de Haruki tenían peso. Haruki se acercó a Osoke, comprobando que aún respiraba, aunque débilmente.
—No os preocupéis —dijo Haruki, dirigiéndose a las criaturas—. Nos llevaremos a Osoke, pero os prometo que su música no cesará.
Las criaturas, aunque temerosas, parecieron confiar en él. Mientras Haruki ayudaba a Osoke a incorporarse, las criaturas se retiraron al fondo de la cueva, observándolos con ojos vacíos pero esperanzados.
El regreso a la choza de Osoke fue silencioso, cargado de una solemnidad que parecía impregnar incluso el aire que los rodeaba. Los samuráis transportaron al anciano con cuidado, evitando cualquier movimiento brusco que pudiera agravar su ya débil estado. Una vez en su hogar, Osoke fue atendido con dedicación por Chihiro. Mientras recuperaba su salud, el viejo samurái comenzó a relatar su historia, confirmando lo que Haruki había deducido. Explicó que, en su juventud, había sido uno de los generales más leales del emperador Sutoku, un hombre justo pero trágicamente traicionado por la ambición de Go Shirakawa. En los años de la rebelión de los Taire, Osoke había sido encargado de custodiar la espada sagrada, un símbolo de la autoridad divina del legítimo emperador, con la promesa de entregarla solo a alguien digno de ella. La derrota lo había llevado a este exilio, del que no podía escapar sin terminar de cumplir su misión.
Al revelar Haruki que Kenji portaba sangre imperial, Osoke se emocionó. Aunque apenas podía levantarse, su mirada recuperó un brillo casi olvidado al contemplar al joven. Con una voz quebrada, le dijo:
—Es un alivio, joven príncipe, saber que la espada volverá a servir a un propósito noble. Custodiarla fue mi mayor honor... y mi mayor carga.
Kenji, sorprendido y algo incómodo con las palabras de Osoke, aceptó la espada con reverencia, prometiendo no solo protegerla, sino también restaurar el honor del emperador Sutoku. La ceremonia fue breve pero profunda, y mientras Kenji sujetaba el arma, algo en su interior cambió. Su postura, su mirada, todo parecía reflejar una nueva determinación.
Cuando los samuráis bajaron a la aldea, un suspiro de alivio se escuchó en sus corazones al ver a Futo ileso. Habían temido lo peor cuando el joven había desaparecido entre las olas. Pero el kami había escuchado la plegaria de Chihiro, y ahora Futo no era un mártir, sino un superviviente.
—Me alegro mucho de verte —dijo Kenji, con una sonrisa que no podía ocultar la inquietud que aún se refugiaba en sus ojos.
Futo, confundido, sonrió tímidamente. —Pensé que ya no había vuelta atrás... pero algo me devolvió a la isla.
La revelación del secreto de la cueva cayó como una losa sobre los aldeanos, quienes, sorprendidos por las palabras de Kenji, comenzaron a entender finalmente la verdad que se les había ocultado durante generaciones. Al principio, las miradas eran de incredulidad, como si los recuerdos de los sacrificios fueran demasiado profundos para ser borrados. Pero poco a poco, la confusión dio paso a la reflexión.
—Todo este tiempo… ¿era un engaño? —murmuró una de las aldeanas, con la voz quebrada por la incredulidad.
La anciana, que había encabezado la procesión, observó a los samuráis con una mezcla de rabia y pesar. —Era lo único que conocíamos. El kami exigía sacrificios, ¿qué más podíamos hacer?
—El kami no pedía sacrificios —dijo Chihiro con firmeza, acercándose al grupo. —Lo que habéis venerado era una mentira nacida del miedo, pero ya no estáis condenados a vivir bajo su yugo.
Una joven, que había estado escuchando en silencio, se adelantó con lágrimas en los ojos. —Si no era así… ¿por qué nunca nos lo dijeron? —su voz temblaba, no de miedo, sino de un dolor mucho más profundo.
—Porque no sabíais que había otra forma de vivir —respondió Kenji, con una mirada severa pero comprensiva. —Pero ahora lo sabéis.
El silencio reinó durante largos minutos, pero al fin, uno de los aldeanos dio un paso hacia los samuráis.
—Entonces, enmendaremos nuestros pecados, comenzando con la verdad —dijo, su voz llena de determinación.
Y en ese momento, algunos de los más ancianos salieron de sus casas, con miradas tristes, añorantes, cargando cestas llenas de comida en dirección a la cueva donde sus hijos habían llevado una existencia abandonada.
Durante los días siguientes, Osoke se dedicó a enseñar a Futo la melodía que calmaba al kami. El joven discípulo mostró una habilidad innata, y la música que brotaba de su flauta resonaba con una pureza que parecía limpiar el aire mismo. Cuando finalmente Futo interpretó la melodía sin errores, Osoke sonrió con una tranquilidad que no había sentido en décadas.
—Ahora puedo descansar —murmuró.
El anciano pidió entonces a Haruki su wakizashi. En agradecimiento, le entregó una flauta china de intrincado diseño, un regalo de su época como cortesano en la corte de Sanuki.
—Esto es para ti, Haruki-dono. Que su sonido te guíe en los momentos más oscuros, como guio mi alma hacia la paz.
En una ceremonia solemne, Miura no Osoke realizó el seppuku, atendido por Kenji, quien ofició con una dignidad inesperada para alguien tan joven. Los samuráis presentes, junto con Futo, observaron en silencio cómo el espíritu del viejo guerrero encontraba finalmente descanso.
Con el sol brillando en lo alto, la tripulación del Hi-Ryu dio por terminada la reparación de su nave y la travesía pudo continuar con una renovada sensación de optimismo. Kenji llevaba la espada sagrada con orgullo, mientras Haruki meditaba en silencio, tocando la flauta ocasionalmente para calmar sus pensamientos. Incluso Chihiro parecía menos irascible, como si el sacrificio de Osoke hubiera encendido en él una chispa de respeto hacia la vida y la muerte.
Pasaron varios días de navegación antes de que, al amanecer de una mañana clara, divisaran en el horizonte una nube de humo que se alzaba como un presagio oscuro. La cumbre de un volcán surgía entre las brumas, amenazante y majestuosa.
—Kikai Ga Shima —dijo Haruki, con voz grave—. Otra isla maldita nos espera.
Día 10
19:00 - 23:00
El Hi-Ryū avanzaba entre las aguas cenicientas que rodeaban la costa abrupta de Kikai Ga Shima, como una sombra escurridiza. El sol aún no se decidía a hundirse por completo en el horizonte, y la silueta volcánica de la isla se alzaba entre brumas y columnas dispersas de humo sulfuroso.
Desde el puente, la capitana Unishi Manami observaba con semblante imperturbable la línea de acantilados que se perfilaba al este. Su postura era firme, como un mascarón tallado en madera, aunque la comisura de sus labios se tensaba ligeramente al hablar:
—Nunca hemos tocado puerto en esta isla. Vosotros ya sabíais que solo los barcos oficiales tienen permiso para atracar aquí, ¿cierto?. Nosotros… no existimos para ellos —añadió, sin apartar la vista de la costa.
Haruki, de pie a su lado, ajustó su kimono con gesto pensativo. Su mirada iba del perfil de la mujer al paisaje, como si buscara leer en ambos algún presagio. Desde hacía unos días, la melodía que extraía de su flauta china —una pieza melancólica que evocaba ecos del pasado— parecía haber creado una sutil complicidad entre ambos. Haruki sabía que aquella tonada pertenecía a una vieja canción de guerra de un clan menor, derrotado durante las purgas tras la subida al poder de Taira-no-Kiyomori. Había jugado bien sus cartas: la nostalgia era un dulce veneno.
La capitana se giró hacia él, su expresión más abierta por un instante:
—¿Esa canción... la conociste en tu infancia?
—No. Me fue enseñada por alguien que llevaba un peso más grande del que podía cargar —respondió Haruki con una sonrisa enigmática—. ¿Y tú?
Manami no respondió. Solo asintió con una sombra de melancolía en los ojos antes de volver a mirar al frente.
Mientras tanto, el fornido contramaestre Matsuda Hidetaka, apretaba los dientes mientras observaba la escena desde el otro lado del puente con unos ojos oscuros como carbones mojados. Su habitual seguridad había desaparecido hacía días. Aunque no decía nada, su mirada fija en Haruki hablaba por él. Y lo que decía no era halagüeño.
La nave costeó la isla durante horas hasta encontrar una cala que apenas podía llamarse puerto: un muelle desvencijado que parecía haber sido comido por la sal. A cierta distancia del embarcadero, unas chozas bajas, hechas de maderas irregulares y techos de palma, se desperdigaban por la playa y las primeras elevaciones del terreno.
Allí los esperaban criaturas de proporciones inusuales, hombres y mujeres tostados por el sol, mal alimentados, semidesnudos, con cabelleras revueltas y miradas huidizas. Algunos llevaban lanzas toscas; otros simplemente se cubrían los ojos ante el resplandor de la vela del Hi-Ryū.
—Gaijin... —masculló Chihiro, mirando desde la borda con una mueca de disgusto.
—De la peor especie —añadió Kenji con voz baja, aunque sin rastro de desprecio, solo con fría constatación.
Cuando bajaron a tierra, Kenji y Chihiro fueron los primeros en saltar del bote auxiliar. Sus pasos resonaron en las tablas húmedas del embarcadero mientras escrutaban el entorno con gesto tenso. Haruki los siguió con una mano sobre el pecho y la cabeza gacha.
—Perdonadme, dioses del Cielo y de la Tierra —murmuró— por poner mis pies en tierra prohibida.
Los aldeanos no parecían hostiles. Se acercaron con gestos amables, extendiendo cuencos con frutas deformes, peces secos y raíces cocidas en vasijas ennegrecidas. Los samuráis, que no entendían una palabra de lo que aquellos decían, mantuvieron la compostura, pero no probaron bocado.
Mientras tanto, los marineros del Hi-Ryū aprovechaban la parada para hacer aguada en una quebrada cercana. Uno de ellos, un joven vivaz llamado Toga, se acercó a los samuráis con un gesto cómplice.
—Puedo entender algo de lo que dicen, señores. He pasado tiempo entre los isleños del sur —dijo, sonriendo con una dentadura incompleta.
Haruki le dirigió una mirada franca.
—Entonces pregunta: ¿hay japoneses en esta isla? ¿Y dónde?
Toga habló con una mujer vieja que parecía ser la matriarca del poblado. Tras una larga conversación a base de signos, monosílabos y gestos, tradujo:
—Dicen que hay tres japoneses, pero viven en el interior. Está prohibido hablar con ellos.
Kenji frunció el ceño.
—¿Prohibido por quién?
—No lo dicen. Solo repiten que los kami se enfadarán si lo hacen.
En ese momento, la capitana Manami descendió por la rampa con paso firme, acompañada de dos de sus oficiales.
—Samuráis —dijo en tono neutro—. ¿Cuánto tiempo planeáis permanecer en esta isla?
Haruki se giró hacia ella.
—Si todo va bien, regresaremos mañana a esta misma hora. Pero si no es posible, alguien volverá para informar del tiempo necesario.
Manami asintió con el rostro impasible. Pero cuando se volvió, su mano rozó el brazo de Haruki, un gesto que parecía casual… aunque Matsuda, desde más atrás, lo vio todo. Su rostro era una máscara endurecida por la sospecha y el resentimiento.
La espesura de Kikai Ga Shima se cerraba en torno a ellos como una jaula viva. A cada paso, raíces nudosas y ramas enmarañadas parecían querer retenerlos. Solo los sonidos de insectos y aves invisibles rompían el silencio de la selva. El calor era húmedo, casi tangible, y el sudor se pegaba a la piel como una túnica de castigo.
Chihiro iba delante, apartando lianas con la punta de su bastón. Haruki le seguía en silencio, los ojos atentos a cada crujido del suelo. Kenji cerraba la marcha, el arco en la mano y una flecha preparada, por precaución. Fukuroku se había quedado con los marineros, por orden de Haruki: “Este no es lugar para un sirviente ignorante ni para preguntas innecesarias”, había dicho.
Después de más de una hora de ascenso, el paisaje cambió de repente. La vegetación cedió paso a una explanada cubierta de musgo y piedras volcánicas, donde una cascada descendía desde una gran roca, formando un estanque de aguas tan limpias que se veían los peces surcándolas como cuchillas de obsidiana.
—Esta debe de ser la laguna prohibida —murmuró Haruki—. Los aldeanos dijeron que no podían pasar de aquí.
El lugar imponía. No solo por su belleza extraña y primigenia, sino por el silencio absoluto que lo envolvía. El murmullo del agua era lo único que se oía… hasta que una voz profunda y resonante rompió la quietud como un trueno lejano.
—Habéis llegado aquí siguiendo mis pasos.
Los tres samuráis alzaron la vista de inmediato.
Encima de la roca de la que manaba la cascada, Yoshi estaba sentado, con las piernas cruzadas como un monje en meditación. Sus ojos eran de un verde sobrenatural, idénticos a los del monje Omy-o-no al que una vez vieron hablar con la voz del Ryū del lago Ontaku. Su túnica ondeaba con un viento que nadie más sentía.
—Buscad a los espíritus Gongen al final de los caminos. Del que elijáis dependerá vuestro destino. ¡Mortales! De vuestras manos depende la historia de vuestra tierra. Vuestros enemigos siguen vuestros pasos. Vuestros caminos se separan aquí.
En el cielo, como si respondiera a su advertencia, una columna de humo negro brotó de una grieta en la ladera del volcán, ennegreciendo las nubes.
Yoshi aún seguía hablando… pero ahora lo hacía en un idioma desconocido. Las palabras eran antiguas y retumbaban como piedras caídas en un pozo profundo. Luego, de golpe, su cuerpo se tambaleó y cayó hacia atrás, inconsciente.
—¡Yoshi! —gritó Haruki.
Chihiro fue más rápido. Subió por la roca de un salto y sujetó el cuerpo del joven antes de que rodara por la pendiente. Haruki trepó tras él.
—¿Está vivo?
—Sí. Solo se ha desmayado —respondió Chihiro tras comprobarle el pulso.
Kenji, desde abajo, se mantenía alerta. Algo en el ambiente había cambiado. El aire olía a ceniza.
Poco después, Yoshi abrió los ojos lentamente. Su mirada había recuperado el color original. Parpadeó, confuso.
—He visto el mar… y un barco… con el emblema imperial. Ya están cerca.
Desde la explanada, donde la luz caía oblicua tras el dosel de la selva, partían cuatro senderos. Cada uno señalaba un punto cardinal. Eran estrechos y apenas visibles, como si el bosque los ocultara a propósito.
—Cuatro caminos —dijo Chihiro en voz baja.
—El kami ha dicho que nuestros caminos se separan—añadió Haruki.
Chihiro señaló hacia el oeste.
—En Kumano, hay un santuario antiguo dedicado a Amida-Amaterasu, madre de los emperadores. Está al oeste. Siempre soñé con verla. Creo que tú deberías ir por ahí —miró a Kenji—. No por azar portas esa espada.
Kenji se quedó en silencio unos segundos, luego asintió con gravedad.
—Estoy de acuerdo.
—Y al este —prosiguió Chihiro, señalando con la mirada—, se encuentra Yakushi, el Buda de la curación. El sanador. Es un lugar que te llama, Haruki, y no sé bien por qué…
—Iré, entonces —respondió Haruki, con una sombra de sonrisa—. Lo que dices tiene sentido para mí.
—Y tú, ¿adónde irás tú? —preguntó Kenji a Chihiro.
—Al sur —respondió este sin vacilar.
—¿Por alguna razón?
Chihiro bajó la vista. Su voz, apenas un susurro:
—Hay cosas que no es necesario explicar. Pero ese es mi camino.
Las tres direcciones de las Tierras Puras del Este, el Oeste y el Sur habían sido elegidas. Los tres samuráis se quedaron mirando al norte, de donde salía un último sendero, más áspero, más oscuro.
—¿Y tú, Yoshi? —preguntó Haruki.
—Yo… —el joven miró al volcán, cuyo penacho de humo ahora se elevaba sin prisa—. Yo iré hacia él. Hacia el norte. Algo me llama desde ahí.
El grupo se separó con un último saludo silencioso. El aire pareció detenerse por un momento, como si la selva contuviera la respiración.
Kenji avanzaba con paso firme por el sendero occidental. Su arco descansaba en su mano izquierda, y la otra acariciaba la cuerda de cáñamo como si necesitara recordarse a sí mismo que aún estaba en el mundo físico. La selva lo envolvía con unsilencio antiguo. Raíces elevadas como dedos de muertos, troncos cubiertos de trepadoras, pájaros que callaban al paso del samurái.
Mientras subía una suave loma, los recuerdos lo asaltaron sin pedir permiso. Volvió a ver al ciervo blanco, elegante y majestuoso, que una vez se había cruzado en su camino en los bosques de su hogar. Era una criatura rara, casi sagrada, y no había podido dispararle. Aquella elección, entonces, le pareció una debilidad. Ahora se preguntaba si no habría sido una señal. También recordó las ofrendas a sus antepasados, puestas con devoción, y cómo al día siguiente estaban podridas, llenas de gusanos. La corrupción se había acelerado… como si algo invisible y maligno impusiera su impaciencia al mundo de los muertos.
Un graznido rasgó el silencio, cortando en seco el devenir de los recuerdos.
Kenji alzó la mirada. Encima de él, sobre una rama desnuda, se posaba un cuervo negro como la noche, con los ojos fijos en él. Dio otro graznido, más profundo esta vez, y levantó el vuelo. Fue entonces cuando Kenji se percató de lo imposible: tenía tres patas.
—El cuervo sagrado… —susurró.
Una de sus matronas, en su juventud, le había contado la historia del Yatagarasu, el cuervo de tres patas que guio al emperador Jimmu hasta su destino. Siempre había creído que era una fábula. Pero ahora, en esta isla prohibida, aquella figura mitológica planeaba ante él como un mensajero de los dioses.
Kenji siguió al cuervo por una vereda apenas esbozada, sorteando raíces y troncos caídos, hasta llegar al final de la selva. El sol descendía hacia el mar en el horizonte, encendiendo el cielo con un resplandor crepuscular. En la orilla, junto a un promontorio rocoso, se alzaba una cabaña ruinosa, de paredes de caña trenzada y techo de palma.
A su lado, un hombre de aspecto andrajoso observaba el océano con la mirada fija en la línea del horizonte. Tenía la melena enmarañada y la barba sucia, pero su postura era erguida. Al oír los pasos, se giró lentamente.
—Ya estás aquí —dijo, sin asombro ni alegría—. Sabía que algo iba a suceder.
Kenji se detuvo a pocos pasos.
—¿Quién eres?
—Fujiwara-no-Naritsune, hijo de un traidor, hermano del exilio. Un hombre muerto para el imperio… aunque aún respira. —Entrecerró los ojos—. ¿Has venido a matarme?
—No. No soy amigo de Taira-no-Kiyomori —respondió Kenji con firmeza.
Naritsune suspiró.
—Entonces eres un insensato. Es mejor tener a Kiyomori a tu lado que frente a ti. Yo lo aprendí tarde.
Kenji bajó el arco.
—No he venido por él. Busco a los espíritus Gongen de Kumano. Y a la verdad que yace con los desterrados.
Naritsune asintió, como quien escucha una respuesta que intuía.
—La conjura de mi padre fue impulsada por Go-Shirakawa, aunque los libros dirán otra cosa. Yo mismo estuve en ella. Fui perdonado por la intercesión de una mujer… casada con un Taira. No por piedad, sino por diplomacia. —Lo miró con gravedad—. Se dice que Kiyomori tiene un kami que lo protege, y una lanza sagrada que nadie puede romper. Que no será derrotado jamás.
—Eso está por verse —replicó Kenji—. Yo no soy un desterrado. He venido a restaurar lo que fue profanado. El emperador legítimo es Sutoku.
Naritsune lo estudió en silencio. Algo cambió en su mirada.
—¿Sangre imperial?
Kenji no respondió. Solo sostuvo su mirada.
Naritsune asintió lentamente.
—Entonces, quizás aún haya esperanza.
Entró en su cabaña unos segundos y regresó con un bastón de bambú que usaba como señalador. Caminó hasta el borde del acantilado, donde el viento soplaba con furia. Señaló hacia lo alto, por encima de una pared rocosa.
—Ahí arriba construí un santuario de Amida-Amaterasu, inspirado en los templos de Kumano. Pero un terremoto lo aisló. Solo puede llegarse por esos riscos empinados, barridos por el viento. Nadie ha subido desde entonces.
Kenji lo miró, luego al risco.
—Entonces subiré.
—Puede que no haya camino. Puede que caigas —advirtió Naritsune.
—No sería la primera vez que los dioses me ponen a prueba.
Al principio, Kenji trepó sin dificultad, valiéndose de asideros naturales y raíces que sobresalían. Pero conforme subía, el viento se volvió de una furia ciega, arrancando hojas y azotándolo con ráfagas que lo empujaban hacia el abismo. Al llegar a una cornisa, tuvo que abrazarse a la roca para no ser arrastrado. El sudor le caía a chorros, pero no se atrevía a secárselo.
—Amaterasu… si realmente me proteges… ahora sería un buen momento —musitó, con la voz desgarrada por el esfuerzo.
Más arriba, la ruta de escalada desaparecía por completo. Solo una raíz colgante, gruesa y trenzada como una cuerda, parecía ofrecer alguna posibilidad. Kenji saltó, confiando en su instinto. El viento rugió como una bestia, pero sus dedos se aferraron la raíz. Su rugosa corteza le desgarró las palmas, pero se agarró a ella con todas sus fuerzas. Subió centímetro a centímetro, los brazos temblando. Con un último esfuerzo desesperado, se izó sobre el borde del precipicio, justo cuando el saliente por donde trepaba se desmoronaba tras él.
Allí, en la cima, sobre un suelo desnudo y batido por el viento, se alzaba un pequeño altar de madera, envejecido por el salitre pero aún firme. Detrás, el sol comenzaba a descender hacia el horizonte, tiñendo el cielo de rojo y oro.
Kenji cayó de rodillas, agotado, la frente tocando el suelo.
—Amaterasu, madre de la luz… escucha a tu hijo.
Y oró. No por poder. No por gloria. Sino por guía.
El viento se detuvo.
Y Kenji se desvaneció.
El sendero hacia el este serpenteaba bajo un dosel de árboles deformados por la humedad y el salitre. Las ramas se entrelazaban como dedos artríticos y, en algunos tramos, el camino parecía abierto a golpes de machete por la determinación de alguna mano. Haruki caminaba en silencio, con la flauta en la cintura y el wakizashi bien ceñido. Cada paso que daba parecía alejarlo de sus certezas, como si esta isla borrase con su vegetación cada huella anterior de su pensamiento.
Finalmente, la senda se abrió a una ladera abrupta, donde una cueva horadaba la piedra, a medio camino entre lo natural y lo trabajado por manos humanas. Frente a ella, unos postes clavados en el suelo sostenían una techumbre improvisada de hojas de palma. Bajo la cubierta, sentado sobre una estera de juncos, un hombre cubierto por una capa de paja y un sombrero trenzado con una corteza parecía aguardarlo. Su barba entrecana ocultaba parcialmente su rostro, pero no sus ojos, que se clavaron en Haruki con una intensidad inmisericorde.
Haruki se inclinó levemente, como dictaba la cortesía.
—Me llamo Nakahara Haruki. He venido a consultar a los espíritus Gongen de Kumano, siguiendo el mandato del kami del lago Ontaku.
—Taira-no-Yasuyori —respondió el hombre, satisfecho por la cortesía de Haruki—. Gobernador provincial de Etchū. Inspector del Norte. O lo fui. Hasta que el mundo se volvió demasiado pequeño para ciertas verdades.
Haruki lo observó, reconociendo en su tono la voz de los hombres que una vez ostentaron poder y lo perdieron sin haberlo entendido del todo.
—Reconozco tu nombre —continuó Yasuyori, señalando con el mentón—. Y el de tu hermano, Katsuro. A él también lo conocí. Un joven prometedor, hasta… en fin. Aquel duelo con Fujiwara Itsuke. —Y con una mueca de desagrado, añadio—: Entonces, debió haber hecho lo correcto.
Haruki frunció el ceño.
—¿Cortarse el vientre? ¿Por qué? Él lucho con valentía y honor.
—No hay honor en la derrota, muchacho. Solo hay justificación o vergüenza. Él eligió vivir con lo segundo.
—Él eligió vivir para seguir honrando a nuestros antepasados —replicó Haruki, airado—. Si yo muero en esta misión, ¿quién quedaría para hacerlo? Él eligió el camino más difícil, no el más fácil.
Yasuyori lo miró como quien mide a un crío.
—¿Y tú? ¿Vas a devolver el honor perdido de tu casa? ¿O solo vienes a pasear tus dudas por la isla?— El viejo samurái cambió de postura y lanzó una mirada hacia el mar. —De todos modos, yo no permaneceré en ella mucho tiempo. Te voy a contar una cosa: yo conocía a los conspiradores de Go-Shirakawa. Una noche, mientras bebíamos y nos divertíamos, una botella cayó y yo hice un comentario irónico al respecto. Pero algunos lo interpretaron como un deseo de ver caer a Taira-no-Kiyomori. Por eso estoy aquí. Sin embargo, he conseguido transmitir mi demanda de clemencia…
—¿Cómo? —dijo Haruki, sorprendido—. Creía que los desterrados estabais ferreamente incomunicados.
—La necesidad aviva el ingenio —respondió Yasuyori guiñando un ojo—. He escrito multitud de tablillas con mi petición y las he arrojado al mar con la esperanza de que alguna fuese leída. Tu presencia aquí demuestra que un kami del agua me ha escuchado.
—No soy amigo de los Taira, pero tampoco del usurpador Go-Shirakawa —replicó Haruki—. El Ryu de Ontake, no el mar, fue quien me habló. Vos lanzaste tablillas a las olas; yo fui llamado por el agua dormida. Tal vez nuestras causas no sean la misma. —Y con una sonrisa maliciosa añadió—: A pesar de vuestras palabras, creo que lo que os condenó no fue lo que dijisteis… si no lo que elegisteis no decir entonces.
Yasuyori se incorporó, despacio, como si su cuerpo arrastrara siglos de frustraciones contenidas. A su lado, apoyado en una roca, reposaba un bastón de madera negra, más arma que apoyo.
—No me gustan tus palabras, aunque puedan tener algo de verdad —dijo acariciándose la barba entrecana—. ¿Qué has venido hacer entonces, en realidad?
Haruki asintió, más para sí que para el otro.
—Yo solo quiero orar a Yakushi, pedir curación, para mí o para otros. Y por eso estoy aquí.
—¿Crees que basta con desearlo? —Yasuyori recogió el bastón y lo apoyó con fuerza en el suelo—. El altar está detrás de mí. Si lo quieres, gánatelo.
Los ojos de Haruki brillaron. En silencio, desenvainó su wakizashi.
El duelo comenzó sin ceremonia.
Yasuyori atacó primero, con una agilidad afinada por la técnica de un maestro. Su bastón se deslizaba como una serpiente entre las manos, ora lanzando estocadas rápidas, ora bloqueando con fuerza sus ataques. Haruki trataba de mantener la distancia, deslizarse como el viento, encontrar un hueco. Pero atacando como un relámpago, su oponente lo golpeó en el hombro, haciéndole tambalearse.
El samurái resistió el dolor, dio un giro inesperado y su wakizashi rozó el costado de Yasuyori, dejando un corte leve pero sangrante. El desterrado retrocedió un paso, evaluando.
—No eres un inútil. Pero tu técnica es torpe. Emocional.
—Y la vuestra es rencorosa —espetó Haruki.
Los golpes se sucedieron. No eran espectaculares, pero cada uno hablaba más de las intenciones que de la forma: Yasuyori lo provocaba, lo aguijoneaba, no solo físicamente, sino moralmente, como si cada estocada quisiera hacerle una pregunta. Haruki respondía con determinación, pero también con una creciente sospecha: este duelo no era por la victoria. Era una prueba.
Finalmente, Yasuyori retrocedió, jadeando. Tenía un tajo en el brazo y otro en el muslo. Haruki sangraba por la clavícula y tenía un golpe seco en las costillas.
—Basta. —El anciano alzó una mano—. Has demostrado tener coraje, aunque te falta aún… casi todo lo demás. Pero eso vendrá con la caída de los hombres poderosos, si sobrevives a ella.
Haruki envainó su espada. Se inclinó ante Yasuyori con respeto contenido.
—Vuestra concesión me honra más de lo que imagináis, porque puedo ver que sois sin duda un hombre de honor.
El anciano sonrió por primera vez, con tristeza.
—Fui considerado así, hace mucho.
Haruki se arrodilló ante el improvisado altar de madera. Unas tablillas colgaban de él, gastadas por el tiempo. Una pequeña imagen del buda Yakushi, sin brazos, parecía observarlo en silencio. Haruki cerró los ojos.
—Yakushi, sanador. Te invoco no por mí, sino por aquellos que aún pueden curarse. Guía mi juicio… y mi mano.
Una luz suave pareció emanar del interior del altar. O quizás fue su mente, agotada, que lo soñó.
El cansancio se impuso. Haruki cayó hacia adelante, su frente tocando la tierra. Y se desvaneció.
La noche envolvió la isla con un silencio espeso, interrumpido solo por el rumor constante del viento y el lejano retumbar de las olas. Sobre la cima azotada donde Kenji había caído rendido ante el altar de Amaterasu, una claridad sobrenatural comenzó a iluminar su rostro. En medio del sueño, su respiración se hizo pausada, profunda, mientras su cuerpo permanecía inmóvil como si se hallara en otro plano.
La luz se volvió incandescente y cálida, y de ella surgió la figura de Amaterasu-Ōmikami, radiante como el sol naciente, pero serena, majestuosa, sin dureza.
—Kenji-no-Isoka —dijo con voz que no resonaba, sino que vibraba en su pecho—. Has llegado hasta mí por caminos que pocos se atreven a recorrer. Pero llevas contigo más de lo que comprendes.
Kenji se postró, aunque en su sueño no sentía ni el suelo ni el cuerpo. Solo un peso de responsabilidad.
—Dama del cielo… habla, y haré lo que ordenes.
—El que porta la lanza de la discordia, aquel que confía en el poder sin entendimiento… ha perdido el favor de los kami. La lanza no es más que un hierro vacío si los dioses se retiran de ella. Pero eso no lo detendrá. Y sin la voz del hombre prudente, el guerrero cometerá sacrilegio tras sacrilegio. La guerra será inevitable. Y en esa guerra… mi sangre será derramada. Mis regalías desaparecerán.
Una ráfaga caliente sopló en el sueño de Kenji. La diosa se inclinó levemente hacia él.
—Tú portas ahora la espada de Sutoku, hijo del linaje imperial y sombra del resentimiento. Pero al reclamarla, te has abierto a la influencia de su antiguo portador. Su voluntad se filtrará en la tuya y lo que empezó como redención, puede acabar como maldición.
Kenji sintió un escalofrío.
—¿Qué he de hacer?
—Busca el lugar donde yacen sus restos para aplacarlo. No permitas que su furia se confunda con tu deber o él tomará en sus manos tu destino.
La visión comenzó a deshacerse en una lluvia de luz dorada.
—Cumple con tu misión, Kenji. Pero hazlo con el corazón limpio. O se perderá algo más que tu causa.
Muy lejos de allí, en la cueva húmeda de Yasuyori, Haruki dormía con el rostro cubierto de sudor, aunque la noche era fría. Su respiración se agitaba mientras la oscuridad a su alrededor se desvanecía para dar paso a un campo florido de lotos azules y un cielo sin sol, donde todo brillaba con un resplandor suave. Frente a él, sentado sobre una piedra tallada con inscripciones antiguas, estaba Yakushi Nyorai, el buda de la curación. Sus ojos eran compasivos. Su presencia, luminosa y serena.
—Haruki-no-Nakahara, has suplicado con sinceridad, y por ello he escuchado tu voz.
Haruki se arrodilló, desconcertado.
—Gran Yakushi… mi hermano está marcado por el sufrimiento, y yo...
El buda levantó la mano.
—Puede ser sanado. Su cuerpo aún no ha renunciado. Pero también debes saber que hay una persona prudente y necesaria que enfermará pronto. Y si no recibe mi curación, morirá sin remedio. Su muerte traerá desequilibrio, sufrimiento… y puede hacer naufragar la esperanza.
Haruki tuvo una fugaz visión del nombre de Taira Shigemori y sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que vendría.
—Mi poder es limitado por la red de causas y efectos que rige el mundo de los hombres —prosiguió el Buda—. Solo puedo otorgar una curación. Y debes decidir.
Haruki bajó la mirada.
—¿Qué debo hacer entonces? —dijo.
El Buda continuó hablando con benevolencia:
—Debes buscar al eremita de Nara, el que me profesa verdadera devoción. Dile cuál es tu necesidad. Y dile que tú eres el que ha visto en sueños.
Haruki abrió la boca, pero Yakushi ya se desvanecía en el brillo de los lotos, con una última advertencia:
—No se puede sanar a dos. Elige con sabiduría. Uno traerá esperanza. El otro… es tu sangre.
Cuando el alba tiñó de oro las copas de los árboles, Kenji despertó junto a la cabaña de Naritsune. Sentía el cuerpo pesado, pero algo en su interior se había clarificado. La espada de Sutoku estaba envuelta cuidadosamente a su lado. Y el viento había cesado.
Haruki, por su parte, se incorporó en la cueva de Yasuyori. Le dolía el hombro. Tenía la ropa manchada de sangre seca. Pero en su mente, las palabras del buda seguían ardiendo como brasas. La elección flotaba sobre él como una nube negra.
Día 11
El olor a azufre se desvanecía a cada paso. Chihiro avanzaba por un terreno cada vez más húmedo y pantanoso, donde las huellas se borraban al instante entre charcos y raíces enmarañadas. Atrás quedaban los vapores del centro de la isla y el páramo que hablaba de fuego y furia. Ahora lo rodeaba un mundo más salvaje, salpicado aquí y allá de ásperas rocas volcánicas que emergían de suelo selvático para lacerar sus pies mojados.
Sabía que avanzaba hacia un lugar vinculado con Kannon, el Bodhisattva de la Compasión. No había templo a la vista, ni linternas de piedra, ni estelas con sutras. Solo ramas altas que se abrían lentamente, como si algo invisible las apartara a su paso. Su cuerpo dolía, pero su alma aún más. El santo Omy-o lo había puesto en el camino de esta peregrinación para sanar, para obtener una guía espiritual… y sin embargo, la culpa seguía acumulándose en su interior, como .
El camino, en cierto momento, pareció dirigirse hacia una abertura entre rocas negras. Entonces lo oyó: el murmullo del agua, el sonido delicado y cristalino de una cascada. Aceleró el paso, impulsado por una mezcla de esperanza e impaciencia. Lo que encontró fue un rincón oculto del mundo: una poza turquesa al pie de la caída de agua, rodeada de piedras cubiertas de musgo y palmeras delgadas que se inclinaban como si estuvieran orando. El lugar rebosaba una paz sagrada.
Chihiro se acercó hasta la orilla. Iba a dejarse caer de rodillas para comenzar su meditación, cuando una voz sonó desde la sombra de las palmeras.
—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?
Chihiro se irguió con gesto alerta. Entre las palmeras se divisaba una figura regordeta, sentada sobre una roca, con la cabeza medio oculta bajo un sombrero trenzado con cañas. Vestía túnicas raídas por la sal y el tiempo, los pies descalzos hundidos en la tierra húmeda.
—No pareces pescador ni espíritu del bosque —continuó el hombre, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida—. ¿Cómo te llamas?
—Chihiro —respondió, manteniendo la calma.
—¿Solo Chihiro? —dijo el hombre, quitándose el sombrero.
Tenía la cabeza tonsurada, aunque el cabello le había crecido irregular. Los ojos, pequeños y vivos, lo examinaban con una mezcla de burla y melancolía.
—De momento, tendrá que valer con Chihiro. ¿Y tú? —preguntó el samurái.
—Soy Shunkan, sacerdote de la secta Shingon, que fui jefe de ritos del templo Hōshō-ji, y ahora honorable exiliado por hablar más de la cuenta… Pero al fin y al cabo, eran conversaciones intrascendentes. Y en una de las casas del émerito Go-Shirakawa. ¿Por qué estoy aquí, yo que soy un leal súbdito del imperio?. —Se rió con amargura—. Así que… ¿por qué estás aquí? ¿Por fin el Primer Ministro ha decidido perdonarme?
—No vengo por él. Ni por nadie que se siente en palacio.
Shunkan se inclinó hacia adelante, interesado.
—Y sin embargo, yo sigo siendo un fiel vasallo de los emperadores… si bien no de algunos ministros corruptos. Entonces, ¿a qué has venido?
—El Ryū del lago Ontake me señaló este camino.
—Ah, claro. Dragones, kami, visiones celestiales... —dijo Shunkan con un gesto burlón—. En esta isla todos terminamos hablando con animales o espíritus después de un tiempo. ¿Has hablado ya con los monos? Son más sabios que muchos ministros.
Chihiro frunció el ceño.
—Yo sí tengo fe en los kami.
—Eso te honra. Pero dime, viajero de ojos tristes… ¿qué esperas encontrar en este charco? ¿Iluminación?
—Paz. O algo que se le parezca.
Shunkan suspiró. Luego señaló la poza con un gesto teatral.
—He dedicado este lugar a Kannon, aunque no haya estatuas ni incienso. Es buena tierra. Los kami vienen. O eso me gusta creer.
Chihiro se quitó las sandalias, recogió su kimono y se arrodilló a la orilla.
—Voy a orar.
—¿Antes o después de comer? —replicó Shunkan, sacando una hoja de palma con algo que parecía carne de coco—. Compartamos, que la iluminación no llega con el estómago vacío.
—Gracias… pero ahora no.
—Pues tú te lo pierdes. —Empezó a comer ruidosamente mientras tarareaba una melodía sin tono fijo—. Te aseguro que Kannon prefiere los rezos después de un buen tentempié.
Chihiro cerró los ojos. Respiró hondo.
—Puedo ayudarte a recoger cocos, si eso te entretiene.
—No es mal trato —dijo Shunkan, sonriendo—. Y aún me gustaría más que me ayudases a fermentarlo. Todavía no lo he conseguido, y sería una alegría para mí, porque echo de menos el sake. Pero prefiero observar. A estas alturas, todavía siento curiosidad por las manifestaciones místicas.
Chihiro intentó concentrarse. Recitó mentalmente el sutra del corazón. La cascada era como un velo que lo separaba del mundo. Pero no del todo. Shunkan empezó a canturrear, ajeno al esfuerzo del samurái.
—Si quieres, recemos juntos. —ofreció Chihiro, intentando suavizar la tensión.
—Hace tiempo que no rezo —murmuró Shunkan, mirando la poza—. Pero conozco muchos rituales a Kannon. ¿Te los enseño?
Y así lo hizo. Sus manos formaron mudras, sus labios recitaron fragmentos de oraciones. Luego se quedó quieto, sin decir nada más, pero sin dejar de mirar a Chihiro.
El samurái respiró hondo e imploró con impaciencia contenida:
—Honorable Shunkan, se lo ruego: déjeme concentrarme a solas, pues solo así creo que seré capaz de comulgar con los kami.
El sacerdote se sobresaltó y volvió a mirar fijamente a Chihiro. Después se encogió de hombros y se alejó hacia el límite de la selva. De camino, se agachó a tomar una piedra del suelo e hizo ademán de querer arrojarla. Pero se contuvo y volvió a depositarla silenciosamente para continuar su paseo.
Por fin, Chihiro quedó a solas con sus pensamientos. El silencio se hizo denso. El sol tocaba el agua con un brillo irreal. El samurái se arrodilló, entrelazó los dedos, respiró hondo, y repitió en voz baja un mantra que había aprendido en sus años de estudio:
Namu Kanzeon Bosatsu.
Namu Kanzeon Bosatsu.
Namu Kanzeon Bosatsu...
El murmullo de la cascada parecía responder con un eco suave, como si el agua misma entonara la plegaria. Cerró los ojos, concentrándose en su aliento. Notó el frescor en la piel, el temblor en los músculos, el peso invisible de la culpa. El aire se hizo más frío, el tiempo, incierto.
Cuando abrió los ojos, algo había cambiado.
En el fondo de la poza, entre las piedras negras y las algas verdes brillaba un resplandor. Era un pez, dorado como el sol. Se movía con lentitud, ajeno al mundo, ajeno al dolor. Chihiro contuvo el aliento.
Sin quitarle la vista de encima, se desnudó. Entró en el agua paso a paso, sin salpicar, como si temiera romper un hechizo. El frío le mordió los tobillos, los muslos, el vientre. Pero no dudó.
Avanzó con sigilo, como un cazador. El pez nadaba en círculos, cerca del fondo. Chihiro se impulsó suavemente. Pero justo cuando sus manos rozaban el resplandor, el pez se alejó con una elegancia burlona.
Desde la orilla, la voz de Shunkan llegó amortiguada por el agua:
—¡Podrías usar una red, ya sabes! O una caña, como los ancianos. O sentarte a esperarlo con un cuenco de arroz…
Chihiro emergió con el ceño fruncido. No contestó. En su lugar, recogió unas ramas flexibles y raíces del borde del pantano. Atándolas con jirones de su propia ropa, tejió una trampa simple, como le enseñaron en su infancia, y la colocó con cuidado en una esquina de la poza. Volvió al agua. Shunkan chistó con burla contenida.
—¿En serio crees que un kami caerá en eso?
El pez nadó con lentitud hacia la trampa… y en el último momento la esquivó con un elegante giro. Luego desapareció entre las piedras.
Chihiro oyó la risa contenida del sacerdote. Entonces, haciendo un esfuerzo de concentración casi sobrehumano, el samurái se quedó inmóvil. Cerró los ojos y dejó que la cascada lo envolviera. El agua golpeaba su espalda y su nuca, con fuerza creciente. El frío le calaba los huesos. Pero no se movió. No pensó. Solo respiró.
En medio de la negrura tras sus párpados, vio al pez. Nadaba de nuevo, y entonces se acercó a sus manos, sin miedo. Chihiro no extendió los brazos. No intentó atraparlo. Solo esperó.
Y en ese instante… el mundo cambió.
Ya no estaba en la poza. O no del todo. La cascada era ahora un velo de luz. El agua resplandecía. Y delante de él se alzaba una figura imponente y serena, con mil brazos extendidos como los rayos del sol naciente.
Kannon.
Sus ojos eran lagos de compasión insondable.
—La compasión de Buda no tiene fin, hijo del dolor —dijo, y su voz era como una melodía sin instrumento—. Pero tú no puedes aceptarla. Porque no te perdonas.
Chihiro agachó la cabeza. Las palabras le devolvían sus pensamientos.
—Creí que era por la muerte de mi maestro…
—La herida más profunda no es esa. Hay otro mal que cometiste. Uno que has olvidado. Uno que aún sangra en lo más hondo de ti.
Chihiro levantó la vista, tembloroso.
—¿Qué hice?
—Eso lo sabrás cuando atravieses las ocho vallas que ocultan tu verdadero yo. Y solo cuando él te perdone, serás libre de la maldición que te atormenta. Pero tu camino ya ha comenzado. Tu compasión en el teatro de Osaka empezó a agrietar las vallas. La luz entra por las grietas.
Chihiro sintió que un gran peso empezaba a levantarse de su pech. Pero Kannon siguió hablando. Solo que sus ojos compasivos había ahora un atisbo de preocupación.
—Hay algo más, puesto que tu peregrinación no te concierne solo a ti. Los kami están preocupados por la salud del Ministro Prudente. Sufre del cuerpo y de la mente. Pero será su mente, no su cuerpo, la que acabaría con él, si no se detiene el veneno que lo consume. Y también debes ver otra cosa…
Entonces, súbitamente Chihiro tuvo otra visión. Era la imagen de un oni de fuego, en cuyos ojos ardía el deseo de imperar. De algún modo, reconoció que era el fallecido emperador Sutoku. Y también sintió que su deseo ardiente no era que sus herederos gobernasen, sino regresar. Volver a reinar desde el otro mundo.
Cuando despertó, el sol estaba en lo alto. Tiritaba. Shunkan, con expresión inusualmente grave, se agachaba junto a él y le colocaba una manta sobre los hombros.
—Creía que habías muerto. O que habías alcanzado el nirvana y te habías disuelto en el agua.
Chihiro no respondió de inmediato. El cuerpo le dolía, pero el alma… el alma respiraba.
—¿Viste algo? —preguntó Shunkan.
—Sí —dijo Chihiro, aún con la voz ronca—. Kannon me habló.
Shunkan lo miró con escepticismo, pero no dijo nada. Chihiro le devolvió la mirada. En los ojos del salvaje samurái crepitaba la tensión acumulada de su ordalía. Entonces bajó los párpados y suspiró:
—Me gusta contar historias —dijo con emoción contenida—. Y tengo muchas que narrar. Esta noche no dormiremos pronto. Hablaremos.
Y así lo hicieron. Bajo un cielo claro y una luna indiferente, Chihiro contó algunas de sus aventuras, entrelazadas con cuentos que aprendió en su infancia, a pesar de sus difusos recuerdos de la misma. El samurái se relajó poco a poco.
Por su parte, Shunkan contó historias de la corte, del templo, y de sus inclinaciones tan poco espirituales a menudo.
—Me uní al complot, ¿sabes? —dijo—. No por ideología ni por fe, sino atraído por el señuelo de dos mujeres. ¿Quién podría tomar en serio los desvaríos de una persona así?
Chihiro sonrió por primera vez en semanas. Y en ese instante, el mundo volvió a parecer menos hostil.
Al amanecer, Chihiro ascendió hacia el centro de la isla, guiado por la memoria del camino. Al llegar a la orilla del estanque donde empezaba la tierra volcánica, Kenji y Haruki lo aguardaban.
—Ya era hora —dijo Haruki—. El barco no nos va a esperar eternamente.
—¿Qué viste? —preguntó Kenji, más serio.
Chihiro relató su visión. Kannon. El agua. La compasión infinita. Y también la advertencia sobre el Ministro Prudente y la imagen del emperador Sutoku como un oni de fuego.
Cuando estaba a punto de terminar su relato, un grito rasgó el aire. Todos miraron hacia la cascada a tiempo de ver que una figura se desplomaba sobre la roca desde la que se vertían las aguas. Era Yoshi.
Chihiro corrió hacia él, lo tomó entre sus brazos. El bonzo estaba cubierto de hollín, con las manos y los brazos quemados, y jadeaba con los ojos cerrados. A su lado, había dejado caer una roca negra y candente.
—¡La roca! —murmuró Yoshi—. Se la robé al kami de la montaña...
Con sus ojos, enrojecidos por el dolor y el agotamiento, miraban con urgencia a los samuráis. —¡Echad la piedra al agua! ¡Rápido! —gimió, señalando la humeante roca negra.
Chihiro, Kenji y Haruki no lo dudaron. Se aproximaron a la piedra infernal y, con un rápido esfuerzo al unísono, la lanzaron al arroyo que alimentaba la cascada. Al sumergirse en el agua, una espesa nube de vapor se elevó donde la roca había chapoteado. Las ondas del agua parecieron retroceder.
Yoshi sonrió débilmente. Luego habló:
—El kami de la montaña… no es un guardián. Es maligno. Su santuario es una puerta al infierno. Lo vi.
Los otros escuchaban en silencio.
—En algún lugar… hay un hechicero. Uno poderoso. Alguien que quiere abrir la puerta para que un ser impío cruce desde el otro lado. Y ha tocado la regalía imperial… y la ha corrompido.
Yoshi, con el semblante crispado de dolor, calló para tomar aire. Un escalofrío recorrió a los tres samuráis.
—¿Cuál? —preguntó Kenji con la voz tensa—. ¿La espada, el espejo, la joya?
Yoshi negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero ahora tiene su poder. Y mientras lo tenga, no se le puede matar. A menos…
Señaló hacia el arroyo, donde el agua corría sobre la piedra aún humeante.
—…a menos que alguien forje una espada con esa roca. Esa piedra no es de este mundo. Viene del infierno. Y solo con ella se puede hacer un arma capaz de herir al impuro.
Chihiro, arrodillado a su lado, asentía lentamente.
—Es posible —murmuró—. Hay hechiceros como el que dices que no son como los monjes o los onmyōji. No invocan con plegarias, sino con… maho, una fuerza oscura que fluye de los kami caídos o de los que han sido corrompidos, llamados kansen. Son puentes a lo impuro. No hacen “magia” como en los cuentos, sino que manipulan las leyes naturales a través del dolor, la sangre o una voluntad retorcida.
—¿Y qué pueden hacer? —preguntó Kenji.
—Pueden invocar demonios, crear maldiciones, manipular el alma de los hombres. Usan pactos. Atan la energía del mundo como si fueran sogas. Pero cada cosa que hacen... tiene un precio.
—Invocar demonios… —musitó Haruki—. Como un nue.
Chihiro asintió, entendiendo la implicación de Haruki. Después se giró hacia Yoshi y puso sus manos sobre sus heridas, murmurando un canto de sanación. Poco a poco, el aliento de este se calmó, y aunque su piel seguía marcada, podía moverse sin desmayarse.
—Con esto bastará para que puedas andar —dijo Chihiro, secándose el sudor de la frente.
—Gracias, sensei…
Sacaron la roca negra del lecho del arroyo, ya más templada, y la envolvieron en un gran pañuelo que Haruki llevaba consigo. Kenji la cargó al hombro. El grupo descendió por la ladera hasta que el bosque se abrió ante ellos en un claro que se asomaba a un pequeño talud costero. Desde allí, por fin, vieron el mar.
Y entonces, se quedaron paralizados.
Donde antes había fondeado el Hi-Ryu, ahora no había más que olas y espuma. El barco había desaparecido.
Kenji entrecerró los ojos. A lo lejos, por el este, una figura colosal se acercaba, como una sombra creciendo en el horizonte.
—El barco de Fujiwara Itsuke... —murmuró Haruki, rechinando los dientes.
Las velas eran negras. En el mástil principal ondeaba el pabellón imperial, y en la proa, arrogante, el mon de los Taira: una roja mariposa de cola de golondrina.
—Por fin han llegado —dijo Chihiro, en voz baja.
Haruki entornó los ojos. En la cubierta principal distinguió una figura conocida, de porte marcial y expresión desafiante: Fujiwara no Itsuke. Vestía su armadura de guerra y daba órdenes con energía.
—Ese bastardo… —murmuró Haruki.
Kenji alzó el brazo y señaló hacia la popa. Allí, recortada contra la bruma, otra figura se alzaba, envuelta en una capa azul. Movía los brazos lentamente, con gestos amplios y rítmicos. Sus dedos danzaban en el aire como si tejeran hilos invisibles.
—Eso no es un monje… —dijo Kenji—. Es un hechicero.
Los tres samuráis se miraron. Sentían el aire enrarecido. Las gaviotas callaban. El mar parecía retener el aliento. Desde el talud, ocultos entre los helechos y las ramas de un viejo pino, observaban el avance lento y majestuoso del buque imperial. El emblema de los Taira ondeaba en la brisa marina con arrogante solemnidad.
—Puede que Manami simplemente haya escondido el Hi-Ryū —dijo Haruki, mirando sobre el hombro hacia el interior de la isla—. Tal vez lo ocultó al otro lado. Si cruzamos la isla por el bosque, podríamos encontrarlo.
Kenji soltó una risa nasal.
—¿Estás seguro de que tu novia haría eso? —dijo, burlón.
—No —masculló Haruki sin volverse.
—¿Recuerdas cuando me reprendiste por la dama Jing? Ahora se vuelven las tornas —siguió mofándose Kenji.
—No es lo mismo.
—No, claro. Porque esta vez eres tú el enamorado.
Chihiro no los escuchaba. Su atención estaba en la roca envuelta, que aún despedía un leve calor. Murmuraba algo en voz baja.
—¿Qué dices, Chihiro? —preguntó Haruki.
—Estoy pensando... en usar una puerta al infierno.
Haruki y Kenji lo miraron como si acabara de sugerirles cometer seppuku allí mismo.
—¿Estás loco? —exclamó Kenji.
—No más que tú si crees que podrás conservar tu honor si se descubre que has infringido una prohibición imperial —respondió Chihiro con calma—. Podríamos escapar sin que nos vean. Incluso volver a casa.
—¿Atravesando el infierno, enfrentándonos a saben los dioses qué monstruos, sin certeza de llegar a donde queremos? —replicó Haruki—. Me parece un plan sin fisuras.
—Lo valoraré como opción —dijo Chihiro, sin inmutarse.
Se hizo un breve silencio mientras las velas negras se recogían y el ancla caía con un rumor sordo.
—También podríamos atacar —volvió a proponer Chihiro—. Podríamos capturar el barco mientras está fondeado.
Haruki alzó una ceja.
—Sí, tan solo necesitamos un plan para reducir a un duelista experto como el bastardo de Fujiwara y a una docena de soldados —dijo, y continuó meditando en voz alta—. Aunque tal vez solo haya que esperar a que los hombres armados vayan en busca de los desterrados. Ahora que lo pienso, hasta es posible que hayan venido a liberarlos como acción de gracias para proteger la vida del hijo nonato del emperador. Algo de eso sabemos…
Mientras Chihiro, Kenji y Yoshi lo observaban, Haruki empezó a andar de un lado a otro, sin dejar de hablar.
—Por otra parte… pienso que tal vez no sea tan mala idea entregarnos. Podríamos decir que realmente tenemos permiso para estar en la isla. Cuando volvamos a casa… —se encogió de hombros—, tal vez alguien de la corte o de nuestras familias pueda interceder por nosotros. ¡Qué demonios! Hasta podríamos confesar que realmente actuamos por orden de los kami para preservar la paz del imperio.
—¿Les dirás que un ryu se nos manifestó en el lago Ontaku? —ironizó Kenji— Pero eso no es lo mejor. También, que un emperador quiere volver de entre los muertos para reinar. Y que un brujo ha corrompido la regalía imperial y solo podemos derrotarlo forjando una espada con una piedra infernal —hizo una pausa—. Suena más a teatro nō que a diplomacia.
—Y sin embargo —repuso Haruki intentando alisar las arrugas de su preciado aunque ahora sucio kimono— si alguien aquí es capaz de convencer a esos granujas con palabras, ese soy yo. ¡Maldición! Hasta estoy dispuesto a negociar una tregua con ese bribón de Fujiwara y batirme en duelo con él cuando todo esto acabe. —Y mirando sombrío al barco—: Si mi vida es lo que hace falta para cumplir con mi deber, podéis jurar que aceptaré el sacrificio.
—Podríamos probar todas las vías —intervino Kenji—. La fuerza, la palabra y el engaño. Como en toda guerra.
Fue entonces cuando la figura femenina apareció en la proa del barco. A pesar de la distancia, todos la reconocieron al instante.
—La dama Jing —murmuró Kenji, clavando los ojos en ella.
Iba ataviada con ropajes celestes. A su lado, su fiel criada, y un paso atrás, las dos damas jóvenes que habían compartido el ferry de Kiso.
—Sí. Ya suponía que ella también estaría aquí —dijo Haruki.
Kenji asintió, pensativo.
—Ella me dijo que no trabajaba para Kiyomori. Lo juro por mis ancestros.
—Y es lógico —dijo Haruki—. Los Taira no aman a los brujos. Los consideran peligrosos. Pero los emperadores sí los usan. Tal vez Go-Shirakawa. Aunque también podría ser el que ahora se sienta en el Trono de Crisantemo.
—O los dos —musitó Chihiro.
El viento traía ahora ecos de pasos, tambores suaves, voces formales. Un pequeño destacamento de soldados comenzaba a desembarcar, encabezados por un oficial con una tablilla. Iban hacia el interior de la isla.
—Van a por los desterrados —dijo Kenji—.
—Entonces tenemos tiempo —aventuró Haruki.
—Sí —concluyó Kenji—. Tiempo para intentar algo que solo yo puedo hacer: infiltrarme en el barco y hablar con la dama Jing. Puede que aún conserve algo de agecto por mí. O al menos, curiosidad.
Haruki le dio una palmada en el hombro.
—Entonces, ve —y guiñandole un ojo añadió—: A pesar de tu timidez, confiamos en tu juicio a la hora de decir solo aquello que más nos conviene.
Kenji sonrió y puso la mano a su vez en el hombro de Haruki.
Día 12
A la mañana siguiente, muy temprano, Kenji emprendió camino hacia el poblado del puerto. Aquella noche había soñado con Jing. La había visto caminar sobre la superficie del agua como si el mar fuera un espejo. Le tendía la mano y le reconfortaba. Ahora los tallos secos crujían suavemente bajo las pisadas del samurái mientras se alejaba de sus compañeros. El viento, con su aroma de salitre, parecía susurrarle al oído que estaba donde debía estar, aunque no podía explicarlo del todo.
La explanada junto a la playa pedregosa parecía calmada, como a la espera de una confesión. Al otro lado se divisaba la casa de madera en la que se alojaban las damas. Era una construcción humilde, aunque adecentada en el momento para acoger a sus distinguidas huéspedes.
Ya no había soldados de Fujiwara Itsuke a la vista, pero Kenji prefirió acercarse a la casa ocultándose entre la espesura. Entonces vio cómo una figura femenina salía con una cesta de ropa blanca y la tendía con parsimonia. Se movía con gracia y seguridad, aunque los rasgos de su rostro eran afilados y masculinos. Kenji reconoció a la doncella de la dama Jing. Se aproximó a ella con cautela y le hizo una señal desde los arbustos.
—¡Señor Isoka! ¿Qué hacéis en esta isla?—exclamó la doncella con una sonrisa, como si no la presencia del samurái en aquel lugar no la sorprendiese del todo.
—Sí... soy yo. —dijo el joven, sobresaliendo de entre los arbustos con la desconfianza del que no sabe si es bienvenido—. En cuanto a lo otro… necesito contárselo a la dama Jing.
La doncella sonrió con una mezcla de picardía y complicidad.
—Por supuesto. Además, ella os recuerda. Esperad aquí si no queréis que se forme un revuelo entre las otras damas.
Se marchó con ligereza y, al poco, volvió acompañada de Jing, que llevaba un sencillo kimono.
—Kenji. —La voz de Jing tenía una musicalidad cercana a la magia—. Había pensado en vos. Supuse que el destino nos reuniría de nuevo.
—Yo... he debido seguir mi camino, como osconté aquella noche. No sabía que vendría a este lugar.
—Tampoco yo. —dijo con una sonrisa—. Aunque para estar aquí hace falta un salvoconducto. No entiendo mucho de las cosas del gobierno, pero me sorprendería que no lo supierais.
—Precisamente por eso vengo a pediros ayuda. Vuestra presencia aquí podría ofrecernos una salida.
—Por vuestras palabras deduzco que os encontráis aquí con vuestros amigos. Pero ¿qué hacéis en este lugar?
Kenji bajó la mirada.
—Digamos que nos ha traído la marea del lago Ontake.
Jing se volvió un poco hacia el mar, como si hablara con él.
—Yo sin embargo estoy aquí por mis habilidades para invocar la ayuda de los kami durante la navegación. Es curioso: aún me intriga que ni yo ni Fujiwara Itsuke fuéramos elegidos para presenciar el milagro del Ryu del lago Ontake.
—¿Y el motivo de vuestro viaje? —dijo Kenji, desviando la conversación.
—Traemos el perdón para los señores Yasuyori y Naritsune. —dijo con voz serena—. El venerable Shunkan, el otro prisionero de esta isla, seguirá desterrado en ella por su comportamiento indigno de un monje. Así lo ha decretado el emperador.
Kenji frunció el ceño.
—Firmado por el emperador. Pero decretado por el canciller.
—¿Cómo sabéis quién está detrás?
—Lo intuyo. Pero vos no lo servís a él, ¿cierto?
La Dama Jing no respondió de inmediato. Tomó una rama caída del suelo y trazó líneas sobre la tierra, como si estuviera escribiendo algo.
—El emperador monje desea que su sombra no desaparezca. No perdona el olvido. Y menos aún, la humillación a la que lo somete el señor Taira Kiyomori.
—¿Acaso es Go-Shirakawa adepto al manejo las artes oscuras?
—Kenji, habláis demasiado para haberos presentado como un tímido arquero.
—Y vos ocultáis más de lo que me gustaría.
Ella lo miró entonces como si viera en él algo nuevo. No peligroso. Simplemente... imprevisto.
—Debéis marcharos. Pero yo intercederé por vosotros. Os debo al menos eso por la noche del baile.
Kenji asintió y desapareció tan silenciosamente como había llegado.
Mientras tanto, el resto del grupo había marchado a esperar a la tropa de Fujiwara Itsuke en el lugar del estanque del centro de la isla. Haruki se sentía aliviado por el sueño reparador que le había proporcionado aquel ensalmo de Chihiro. Yoshi, también algo más recuperado de su odisea infernal, comentaba inquieto un asunto de la noche anterior.
—Oí algo —murmuró—. Como un animal. Pero aquí no hay animales grandes, ¿verdad?
Chihiro alzó una ceja, pero no respondió. Sabía que en esta isla las bestias no siempre llevaban garras.
Las pisadas de los soldados comenzaron a resonar. Al escucharlas, Yoshi, se escondió entre las rocas, atento a cualquier movimiento.
—Ahí vienen. —susurró Chihiro.
Él y Haruki se plantaron erguidos en mitad del camino que salía de la jungla. Cuando los soldados los vieron, sorprendidos, les apuntaron con lanzas. Uno de ellos gritó:
—¡Eh! ¿Quiénes sois? ¡Este lugar está prohibido!
Haruki, se sacudió el polvo del haori con estudiada displicencia.
—¿Y vosotros? ¿Qué hacéis aquí? ¡Este lugar no está permitido para cualquiera!
—¡Entregaos o tendremos que prenderos! —dijo el que iba en cabeza, pero su voz delataba un tono de inseguridad.
—Llamad a vuestro superior. No hablaré con lacayos. —dijo Haruki, con voz firme.
Uno de los soldados vaciló y fue a avisar. Al poco, apareció Fujiwara Itsuke vestido con una armadura ligera y un visible aire de desdén.
—Vaya... —dijo al ver a Haruki—. No imaginaba que vuestra familia acabara aquí tan pronto.
Haruki le sostuvo la mirada con afilada cortesía.
—Y sin embargo, de algún modo, yo sí esperaba veros en ella, señor Fujiwara.
—¿Dónde está vuestro salvoconducto? —gruño Itsuke, irritado.
—Lo perdimos en la tormenta.
—Entonces deberéis aclararlo ante el magistrado de la prefectura. Os tendré que llevar ante él —y echando una mirada displicente a Chihiro añadió—: a vos y a ese compañero tan pintoresco que siempre va con vos.
En ese momento, como saliendo de un trance, Chihiro levantó la cabeza se adelantó, con los ojos brillando y el cuerpo temblando como si una llama estuviera a punto de devorar su envoltorio físico.
—¡El trono del crisantemo tiembla! —gritó—. ¡Yo lo vi! En sueños y en visiones. Yo, ¡yo que estoy maldito! Y por eso… estoy iluminado.
Sus palabras se convirtieron en teatro y canto. Narró la visión del kami, la huida, el pez dorado, el dolor de su alma rota. Cada frase era una confesión envuelta en pétalos de flor de cerezo. Cada gesto, una máscara caída.
Cuando súbitamente Chihiro terminó su representación, Itsuke se quedó mirándolo con asombro, al igual que la mayoría de sus hombres.
—Sois un actor... ¡un gran actor! —exclamó con una sincera sonrisa.
Viendo la oportunidad de aprovechar el ambiente creado por Chihiro para redirigir la conversación, Haruki trató de justificar la presencia de los tres samuráis en la isla con argumentos legales. Pero su tono era tenso en presencia de Itsuke.
—Como veis, hay una razón muy alta que nos ha traído a este lugar —dijo—. Tan alta que es divina, como nuestro propio emperador. Hablo de la voluntad del Ryu del lago Ontake.
Itsuke levantó una ceja. Su rostro adoptó una expresión sombría.
—Deberíais avergonzarós de decir eso, señor Nakahara. La ley del emperador es sagrada y deberéis responder ante ella. En cuanto a lo otro… —hizo una mueca amarga con la boca—. Ciertamente es curioso que Omy-o no quisiera decirme lo que debo hacer para recuperar la posición de mi familia, pero sí hiciera que el Ryu hablase con vos.
—Sin duda Omy-o eligió a otros por algún motivo. —dijo Haruki sin calibrar el daño que causaba .
Por un instante, la máscara de Itsuke tembló. Había en su rostro el dolor de una ofensa jamás olvidada.
—¿Tú sabes lo que que tu linaje sea ignorado? —dijo finalmente—. Ser un Fujiwara y, sin embargo, tener que manchar tus manos para que el mundo recuerde el nombre de tu familia. Sentirte obligado a vengar ofensas reales… y a veces incluso palabras solo dichas en el momento equivocado.
Haruki contempló el rostro de Itsuke. Sus rasgos nobles, su tez bien rasurada enmarcada por la cruel dureza del kabuto. Y por un instante sintió que una débil hebra de humanidad los unía. ¿Sería posible que el duelo con Katsuro solo hubiera sido fruto de un malentendido?
Fujiwara Itsuke recuperó la compostura y anunció, como Haruki y Chihiro sospechaban, que venía a traer el perdón para unos prisioneros como acción de gracias por el venturoso nacimiento de Antoko, el hijo del emperador Takakura y la emperatriz Kenreimon, hija de Taira Kiyomori.
Respondiendo a su petición, los dos samuráis accedieron a conducir al destacamento al lugar donde se encontraban los desterrados Naritsune y Yasuyori. Estos escucharon con serena humillación el pomposo edicto leído por Fujiwara Itsuke y firmado por el emperador. En la voz del samurái, Haruki creyó entrever la sincera lealtad que Itsuke profesaba al trono de crisantemo.
Shunkan no fue mencionado.
Sin ser descubierto, Yoshi volvió corriendo al campamento para reunirse con Kenji y contarle lo ocurrido. Juntos, emprendieron el descenso hacia el puerto para encontrarse con sus compañeros y los captores de los mismos.
—¿Estás seguro de esto? —murmuró Yoshi, secándose el sudor de la frente con la manga.
—No podemos hacer otra cosa. Si nos resistimos, complicaremos aún más nuestra posición.
Al llegar a la explanada frente a la playa, donde ya aguardaban Haruki, Chihiro y los otros, Kenji alzó una mano en señal de paz. Uno de los guardias les apuntó con su naginata.
—¡Alto! ¿Quiénes son?
—Compañeros nuestros —dijo Haruki, interponiéndose con paso lento pero firme—. Estaban reconociendo el terreno. No pretendíamos ocultarlos.
Fujiwara Itsuke observó a los recién llegados con un leve gesto de desprecio, aunque sin la sorna de antes. En sus ojos se adivinaba una mezcla de resignación y cansancio.
—Parece que el número de viajeros extraviados en esta isla no deja de aumentar. Confío en que todos respetaréis las condiciones de vuestro cautiverio hasta que os entregue al magistrado de la prefectura, ¿cierto?
—Tenéis nuestra palabra de que no intentaremos huir. —dijo Haruki solemnemente, y añadió—: Que el magistrado dicte su sentencia… aunque tal vez tenga que elevarla hasta la corte, donde contamos con testigos y amigos.
La embarcación imperial, adornada con los estandartes del crisantemo y cubierta con toldos de brocado, estaba ya preparada. La tripulación se movía con disciplina. El rumor de la marea colmaba el ambiente de un ritmo hipnótico.
Los samuráis fueron conducidos a bordo. La dama Jing, envuelta en un elegante kimono blanco con motivos de grullas sostuvo un instante sus miradas antes de desaparecer bajo cubierta.
Poco después, un viento suave hinchaba las velas y el barco zarpaba.
Haruki permanecía pensativo, sentado en la popa. De los pliegues de su kimono saco su extraña flauta china de madera, la sostuvo un momento entre sus manos y se la llevó a los labios. Sus dedos danzaban con triste parsimonia, extrayendo una melodía que contaba la historia del general Miura no Osoke Yokashi. La maldición de no poder morir honorablemente tras haber sido derrotado. Y sus largos años de solitaria espera hasta entregar la espada sagrada del emperador a alguien digno de ella. Una enorme melancolía se derramó sobre el barco. Incluso algunos soldados bajaban la cabeza, conmovidos.
La dama Jing se le acercó con paso silencioso.
—¿Puedo? —preguntó, extendiendo los dedos hacia el instrumento.
Haruki asintió. Ella lo sostuvo con ligereza, como si contuviera un alma dormida.
—Es un nemuranai —susurró—. Un objeto excepcional que porta la maestría y el kami de su creador. Este es un instrumento capaz de transmitir una emoción irresistible al estado de ánimo de quien la escucha. Como la tristeza de la melodía que estabais tocando.
Devolvió la flauta a Haruki, que se quedó mirándola extasiado.
—Es necesario un gran poder de concentración para resistir el encanto de este objeto —prosiguió la dama Jing—. Yo poseo ese poder y, sin embargo, reconozco que me he sentido cerca de caer bajo su hechizo.
Mas tarde, bajo cubierta, Chihiro trazaba un círculo con arena negra traída de la isla. En el centro colocaba talismanes de papel y conchas. Murmuraba palabras de protección mientras miraba de reojo hacia la puerta del camarote donde dormía la doncella de la dama Jing.
—No me fío de esa mujer —murmuraba—. Sus pasos no hacen ruido.
En otro camarote, Kenji practicaba caligrafía junto a la dama Jing. El pincel se deslizaba en silencio por el papel de arroz. Ella le observaba, el mentón apoyado en la palma.
—Me alegra que hayas vuelto, Kenji —dijo al fin, con una dulzura inesperada—. En la fiesta, dijiste que seguirías tu destino. ¿Es este?
—No lo sé —respondió él—. El camino me trajo hasta aquí. Ahora solo siento que debo seguirlo hasta el final.
Haruki y Yoshi charlaban junto a la barandilla. El mar parecía oscuro y liso como un espejo. Sólo el vaivén del barco rompía el silencio.
—Los samuráis sois gente muy complicada —dijo Yoshi, aburrido.
—¿Por qué? —preguntó Haruki.
—Habláis de honor como si fuera comida para vivir. De gloria como si fuera aire para respirar. Habláis de cosas que no existen como si fueran reales. Y os comportáis como si perderlas o ganarlas fuera lo más importante del mundo. Por eso os comportáis de forma tan extravagante.
—Bonzo —replicó Haruki—, sigue dedicándote a la teología y deja que sean tus mejores quienes se ocupen de esas cosas que no comprendes.
—¿Has oído eso? —preguntó Yoshi de repente.
—¿El qué?
—Un crujido... ahí fuera. Como el que hace a veces este barco.
Ambos aguzaron el oído. Entonces lo vieron: una luz roja que emergía del horizonte. Y un mástil.
—¡El Hi-Ryu! —exclamó Yoshi—. ¡Es el Hi-Ryu!
La silueta del barco pirata se recortaba sobre el cielo estrellado, más rápido de lo que parecía posible, con las velas tensas y la proa cortando las olas como una flecha ardiente. En cubierta, se distinguían figuras armadas. El porte erguido del oficial Takahashi. La mirada torva del contramaestre Matsuda. Y la inconfundible presencia de la capitana Manami, con la katana desenvainada, dispuesta a liberarlos.
—¡Oh, no, Manami! —gritó Haruki, sin poder contenerse— ¡En este momento no!
Día 13
La batalla comenzó con un primer grito.
—¡Sangre y gloria! —tronó la voz de Manami, mientras asomaba su cuerpo sobre la borda del barco pirata, dispuesta al asalto. La luz de las linternas centelleaba en su katana. Y también, ominosamente para Haruki, en el enorme tetsubo que el ceñudo Matsuda blandía entre las manos.
Los ashigaru imperiales, sorprendidos por el ataque, empezaron a correr de un lado a otro. Algunos intentaban formar en cubierta, otros gritaban implorando instrucciones. Los oficiales daban órdenes contradictorias.
Fujiwara Itsuke, dueño de sí mismo incluso en medio del caos, se volvió hacia Haruki y Kenji.
—Los prisioneros... Necesito su ayuda —dijo con urgencia—. Debemos rechazar el ataque. ¿Quién de ustedes puede liderar una cuadrilla?
Haruki, que ya había saltado a la borda del navío imperial y desenvainado su wakizashi, asintió sin dejar entrever su doble juego: tratar de negociar una salida incruenta con la capitana Manami.
—Yo lo haré. Tal vez hasta pueda convencer a los piratas antes de que llegue la masacre —y rezó por lo bajo para que su inexperiencia en combate no resultase demasiado evidente.
Kenji avanzó medio paso, tensando la cuerda de su arco.
—Yo también lucharé.
Fujiwara asintió y gritó:
—¡Contraatacad! ¡Formación de asalto! ¡Acabemos con los bribones antes de que aborden el navío!
Mientras Kenji ponía orden entre sus hombres, Lady Jing emergió de una escotilla y se dirigió con pasos cortos y rápidos al samurái.
—¡Kenji! ¡Por favor, ayudadnos! ¡Ese barco está tripulado por forajidos! ¡Si no los detenéis, quién sabe qué harán con nosotros!
Kenji la miró con calma, aunque una nueva preocupación empezó a tomar forma en su rostro.
—Mi señora, ¡conocemos a estos piratas! Y hay una razón para que en el pasado tomásemos su barco. El destino nos puso allí. Los designios de los kami no siempre llevan por el camino recto, pero conducen a donde deben. ¡Os ruego que me ayudéis a evitar el combate!
Ella frunció el ceño.
—¿Sugerís que use mis poderes para evitar la muerte de criminales?
—Sugiero que tal vez los dioses nos pusieron juntos para evitar un baño de sangre. Os imploro: confiad en mí.
Lady Jing miró fijamente a Kenji. Después, con un gesto decidido, se giró hacia la barandilla y levantó los brazos, como para abrazar al viento.
—¡Oh vientos del cielo, de los cuatro rincones, responded a mi ruego! ¡Separad los barcos, abrid un abismo entre nosotros!
Al otro extremo de la cubierta, Haruki gritaba a los soldados:
—¡Al asalto! ¡Pero dejad que sea yo quien se enfrente a su capitana!
En la cubierta del barco pirata, la silueta de Manami se cernía como una tempestad encarnada, su katana girando como un molino mientras vociferaba órdenes. El abordaje era inminente.
Oculto bajo las vigas del puente de popa, Chihiro observaba con mirada feroz a las doncellas de Lady Jing, que corrían hacia su señora para refugiarse.
Una de ellas centraba su atención: serena en medio del pánico, su paso era medido, sin prisa. Chihiro apretó los dientes. Sabía que esa mujer no era lo que aparentaba.
Se movió entre las sombras, invocando con voz baja a los kami de la percepción para que le mostraran la verdad oculta tras la carne.
Una sensación se le reveló: la de una presencia sobrenatural encarnada en aquel ser de apariencia inocente. Nadie más parecía percibirla. Chihiro sintió hervir la sangre.
Cuando la doncella se detuvo para mirar atrás, él se le encaró con los ojos llenos de furia.
—¡Monstruo! —espetó como un cuchillo—. ¡Muéstrate! ¡Sé lo que eres! ¡Deja de fingir tu falsa humanidad! ¡No engañarás a los hijos de los hombres! ¡No a mí!
Ella lo miró con una dulzura imposible, inclinó levemente la cabeza, y respondió con una voz tan suave que pareció calmar incluso el estruendo del combate.
—Por favor, señor Chihiro, ¡sosegaos!
En ese momento, Kenji mantenía su posición en el puente del barco, bloqueando con determinación cada embestida de los piratas, aunque su hueste comenzaba a vacilar. A su alrededor, los heridos se acumulaban como testigos de una resistencia desesperada. El ataque de Haruki, sin embargo, no prosperaba: Manami había contraatacado y sus hombres subían a bordo como una marea incontenible, aullando detrás de ella y arrollando a los hombres del cortesano como si fueran cañas secas.
Lady Jing alzó los brazos, murmurando invocaciones con la mirada fija en el cielo encapotado, pero algo fallaba en la cadencia del hechizo: el viento giraba sobre sí mismo y luego moría sin fuerza. La galerna no llegaba. Chihiro, airado, se volvió hacia la doncella que seguía junto a la hechicera. Entornó los ojos y pronunció unas palabras breves en voz baja. Los kami respondieron. Durante un instante, sólo visible para él, una cola blanca y esponjosa asomó bajo el borde del kimono de la doncella, y se desvaneció como el humo. La criatura no se percató.
Haruki seguía combatiendo, más con la intención de ser hecho prisionero que de vencer.
—¡Retiraos, idiotas! —gritaba a los suyos, mientras giraba a tiempo de ver cómo uno de sus soldados conseguía herir con su naginata a un pirata que se abalanzaba sobre el séquito de Lady Jing—. ¡Retiraos ya, si queréis vivir!
Los pocos hombres fieles a él retrocedían uno tras otro. Pero Yoshi, ágil como un mono, había pasado al barco pirata deslizándose entre las cuerdas y las vergas sin que nadie lo advirtiera.
La resistencia de Kenji continuaba cada vez con más dificultad, rodeado, jadeante. Itsuke lo observaba desde la cubierta alta, con expresión entre admirada y preocupada.
—Eres más tenaz de lo que parecías, muchacho —dijo, antes de volverse hacia Haruki—. ¿Y tú? ¿Esto es todo tu ingenio, cortesano? ¿Perder hombres para ganar tiempo? ¿Esperabas conmoverme con tu teatralidad?
Finalmente, Manami forzó a retirarse a los últimos hombres de Haruki. Uno de los piratas empujó al cortesano por la espalda. Haruki cayó de rodillas y levantó las manos, fingiendo dolor.
—Vuestras órdenes... han hecho que caiga prisionero —susurró con voz temblorosa pero audible, mientras los piratas lo llevaban al Hi-Ryu.
Al mismo tiempo, los asaltantes trepaban al castillo de Kenji. Las voces de alarma se sucedían. Desde lo alto del mástil, Yoshi miraba sin acabar de entender el comportamiento de sus amigos. El barco imperial, asediado por los abordajes, era una fortaleza a punto de caer. La tripulación estaba al borde de la rendición.
En las proximidades de Lady Jing, Chihiro se acercó a la doncella con una expresión desencajada. Ella no lo miraba; estaba vigilando a su señora, ajena al salvaje samurái. De pronto, él desenvainó su katana y la hirió con un tajo preciso entre los omóplatos. Un seco chillido escapó de la garganta de la mujer. De la herida manó un surtidor de sangre. Lady Jing, de pie junto a ella, interrumpió definitivamente su ritual, llevándose las manos al pecho, horrorizada, mientras la doncella caía al suelo, convulsionándose.
Chihiro retrocedió, aún en guardia. Pero la máscara del monstruo no se había rasgado: en su rostro palpitaba solo la expresión de una mujer llena de dolor.
Lady Jing, descompuesta, miró a ambos como si no comprendiera.
—¿Por qué has hecho eso?
Chihiro bajó el arma, pero no respondió. La sangre de la criatura seguía extendiéndose sobre las maderas del suelo.
Súbitamente, Itsuke irrumpió como un vendaval en la formación de Manami, flanqueado por dos samuráis imperiales. Sus katanas relampaguearon entre los faroles que iluminaban el combate, y varios piratas cayeron antes de que pudieran reaccionar. La capitana giró justo a tiempo para ver cómo la hoja curva del noble descendía con un silbido. Alzó su katana para detener el golpe, pero el tajo la alcanzó en el rostro. Un grito terrible atravesó el estruendo del combate. Manami cayó de rodillas, con la mano ensangrentada cubriéndose el ojo, escupiendo maldiciones entre espumarajos de rabia. Las manos de sus hombres la alzaron y la transportaron de vuelta a su barco mientras las naginatas de los piratas mantenían a raya la furia del consumado duelista.
Kenji, jadeante, cubierto de sangre y sudor, había conseguido mantener su posición con los pocos hombres que le quedaban. El suelo estaba resbaladizo con la sangre, pero los pasos del enemigo sobre la cubierta vacilaron y emprendieron el regreso a su nave en respuesta a los gritos de sus oficiales.
En el centro de la cubierta, Lady Jing se interpuso entre su doncella herida y Chihiro, con los brazos extendidos como si pudiera contener con su cuerpo la violencia del samurái aparentemente enloquecido.
—¿Qué clase de samurái ataca a una doncella indefensa? —gritó, temblorosa pero firme.
Chihiro, sin aliento, invocó a los kami, suplicando claridad. Una brisa extraña le acarició el rostro, pero los espíritus no respondieron como antes. No desvelaron el engaño. Solo él había visto las colas de zorro meneándose tras el kimono de la mujer, como una sombra inaprensible. Sabía que era un kitsune, pero no podía demostrarlo.
La doncella gimió, llevándose una mano temblorosa a la herida de la espalda:
—¡Mi señora! Ese hombre… es un hechicero… ¡Yo lo he visto invocar espíritus malignos! ¡Quiere llevarse mi alma!
Lady Jing alzó sus brazos y recitó un verso antiguo en voz baja. El aire se tornó irreal. Una ola surgió de la nada y se abatió con furia sobre la cubierta. Chihiro apenas tuvo tiempo de soltar un juramento antes de que el agua lo arrastrara. Se aferró con desesperación a la borda, mientras la espuma le golpeaba la espalda.
Kenji, aproximándose, bajó lentamente su arco. Miró a Chihiro, colgando de la borda, luego a la doncella, empapada, con el kimono rasgado pero sin señales de malicia aparente. Tragó saliva. Todo en lo que creía parecía tambalearse. Las palabras de la doncella flotaron en el aire como una acusación irrefutable.
—Chihiro... ¿qué has hecho? —murmuró Kenji.
—Ese hombre está poseído —aventuró uno de los oficiales imperiales.
Chihiro logró izarse, tosiendo agua de mar y rabia. Apenas puso un pie sobre la cubierta, levantó una mano y volvió a invocar un conjuro. Nada. Silencio. Los kami callaban. Solo el viento respondía.
Sin decir una palabra, se arrojó al mar, nadando hacia el barco pirata. El agua lo envolvió de nuevo, pero unas manos curtidas lo sacaron a bordo. Los marineros lo rodearon, entre la curiosidad y el respeto.
—Tenemos otro pasajero —dijo uno, tendiéndole una manta mojada—. O un loco. Tal vez ambas cosas.
El viento giró. Las naves se separaron. La batalla había terminado.
Los piratas, aún tensos y manchados de sangre, observaban a Haruki con una mezcla de desconfianza y desdén. No habían olvidado su intento de combatirlos, ni el modo en que su maniobra para detener el combate había resultado inútil hasta la embestida de Itsuke. Ahora lo veían arrodillado junto a Manami, murmurándole palabras suaves y tomándole la mano con delicadeza. El parche improvisado sobre el ojo izquierdo de la capitana goteaba sangre entre las vendas, pero su gesto era duro. Ella lo miraba con su único ojo sano, la vista perdida en un océano de incomprensión.
—¡Chihiro, ven! —gritó él, alzando la vista hacia el samurái, que se secaba el cabello empapado con un trapo áspero.
—¿Necesitas que la cure? —preguntó Chihiro con un susurro cansado.
—¡Haz lo que puedas! —respondió Haruki.
Chihiro se acercó, arrodillándose. Extendió las manos murmurando las antiguas palabras. Esta vez, los kami respondieron. El aire vibró levemente, y Manami exhaló un suspiro de alivio. No recuperó la vista, pero el dolor cedió, y con él, parte del odio que había en su pecho.
El Hi-Ryu puso finalmente rumbo hacia Nara. El viento era favorable, y el mar estaba en calma. Durante los días que siguieron, Haruki permaneció junto a Manami, tocando para ella suaves melodías con su flauta china. Cada nota parecía arrastrar las penas hacia el horizonte. La capitana pirata cerraba los ojos y sonreía levemente, como si aquella música pudiera remendar lo que la espada había roto.
Una noche, mientras ella dormía, Chihiro se sentó junto a Haruki y le habló en voz baja:
—La doncella de Jing. Es un kitsune. Lo sé. Vi sus colas de zorro. Pero era demasiado poderosa y nadie más podía verlo. La ataqué. Pero ella fingió debilidad. Y todos me creyeron un loco.
Haruki lo escuchó con atención, sin interrumpirlo. Luego asintió despacio.
—No sé qué es. Pero yo también he visto algo en ella y no está limpia. No estás solo.
Chihiro bajó la cabeza, aliviado. Por primera vez desde el ataque, alguien le creía.
—Ahora el destino nos espera en Nara —dijo mirando al horizonte—. ¡Que los kami nos ayuden a llegar a tiempo para salvar a Taira Shigemori!
Mientras tanto, en el barco imperial, el crepúsculo teñía de rojo las velas. Itsuke y Kenji paseaban por el puente.
—Podría entregarte al magistrado de la prefectura —dijo Itsuke, sin mirarlo—. Pero has luchado contra los piratas. Desobedeciste mis órdenes, pero mantuviste tu posición y por eso ganamos la batalla.
Kenji no respondió. Caminaba con la cabeza alta, pero el corazón le pesaba como una piedra.
—Lo que hiciste salvó muchas vidas —añadió el duelista—. No es eso lo que hace un traidor.
Se detuvo y puso una mano en el hombro del joven samurái.
—Toma esto como un indulto tácito. Pero no esperes medalla alguna.
Kenji asintió.
—Tengo que encontrar a Chihiro. No está bien. Hay algo oscuro en él, y no lo ve. Yo debo verlo por los dos.
Itsuke soltó una breve carcajada.
—Eres terco como una mula, Kenji. Y quizás el único inocente que queda en este país. Haz lo que debas hacer, pero no tardes. Las aguas se agitan, y tú amigo no estará seguro por mucho tiempo.
Kenji inclinó la cabeza y se volvió, con la espada al cinto y una idea clara en el corazón: debía salvar a su amigo, aunque eso significara⁸ enfrentarse a los dioses y a los hombres.
Día 14
La noche había caído sobre el Hi-Ryu con una calma extraña tras la violencia del combate. Algunos hombres aún trabajaban en silencio, limpiando la sangre de la madera; otros murmuraban en grupos pequeños, lanzando miradas hacia el lugar donde habían encerrado a Haruki.
Chihiro descendió por la escalerilla hacia la parte baja del barco, donde la luz de las lámparas apenas transpasaba la penumbra. Allí encontró al solemne Takashi Shigeru, erguido junto a un pilar, con las manos a la espalda y el rostro inmóvil.
—Primer oficial —dijo Chihiro con una brusca inclinación—. Es conveniente que Haruki sea liberado de su prisión.
Takashi lo observó sin moverse.
—No sois quien para pedir favores —respondió con voz baja—. Y menos después de lo que ha ocurrido.
—Entiendo vuestro enfado —dijo Chihiro —. Pero al menos podríais dejarme hablar con él.
Hubo un silencio breve. A lo lejos, una cuerda crujió con el balanceo del mástil.
—La capitana está herida —continuó Takashi—. Y también dividida. —Hizo una pausa—. Ese hombre ha ejercido una gran influencia sobre ella. Algunos dirían que la ha hechizado.
Chihiro entrecerró los ojos.
—Vos sabéis que no es un hechizo.
—No —replicó Takashi con sequedad—. Pero el efecto es el mismo. —Se volvió levemente hacia el mar—. Manami declaró ante la tripulación que atacaba el barco de los Taira por cumplir su palabra y su contrato. Y todos la seguimos. Pero yo… —negó con la cabeza—. Yo vi otras causas.
Chihiro guardó silencio.
—El contramaestre Matsuda Hidetaka y yo —continuó Takashi— le hemos aconsejado que pida rescate por él. Su familia pagaría bien. Es la salida más sensata.
Durante un instante, ambos permanecieron en silencio, escuchando el rumor constante del agua contra el casco.
—De acuerdo —añadió el primer oficial—, podéis hablar con él. Aunque no creo que cambie nada.
Chihiro hizo otra rápida inclinación de cabeza. Takashi se apartó apenas lo justo para dejarle paso.
El rincón donde habían confinado a Haruki era estrecho, delimitado por cuerdas tensas y barriles apilados. Sin grilletes, pero también sin salida. Haruki estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la madera, la cabeza baja y la flauta entre las manos.
Levantó la vista al oír los pasos.
—Seguimos vivos —dijo, con una sombra de ironía cansada.
Chihiro se acercó despacio.
—Por ahora.
Haruki dejó escapar una risa breve, sin alegría.
—Todo ha salido mal.
Chihiro no respondió.
—Podríamos haber llegado a Osaka como prisioneros de Fujiwara Itsuke —continuó Haruki, mirando al suelo—. No era una buena opción… pero al menos era un camino. —Apretó la flauta entre los dedos—. Ahora podemos ir más rápido. Pero seremos proscritos..
El barco crujió suavemente, como esperando sus palabras.
—Y ella… —añadió en voz más baja—. Ha perdido un ojo por mi culpa.
Chihiro lo observó en silencio. No resultaba fácil consolar al abatido cortesano.
—No fue por tu culpa —dijo al fin.
Haruki negó despacio.
—Fui yo quien la llevó a tomar la decisión de atacar el barco de los Taira. Si tan solo hubiésemos confiado en su palabra de que volvería a buscarnos. —Súbitamente alzó la vista—. Ahora… solo veo una salida.
—¿Cuál?
—Ofrecerle algo que valga más que un rescate. —Sus ojos brillaron un instante—. El favor de los Taira. Si logramos salvar a Taira Shigemori… —dejó la frase en el aire—. Con su amistad, podría recuperar algo de lo que ha perdido, y que todavía añora. ¿Sabías que Manami es de familia noble, verdad?
Chihiro no respondió de inmediato.
—Merece la pena intentarlo —dijo al cabo.
—Además, es lo único que puedo hacer por ella.
En ese momento, una figura apareció junto a la prisión de Haruki. Yoshi los miraba con expresión entre preocupada y divertida.
Haruki lo miró.
—¿Tú qué tienes que decir, bonzo?
—Solo pensaba… —hizo una pausa, como si midiera el efecto de sus palabras— que quizás haya otra forma de ablandar a Manami.
—Ilumíname —replicó Haruki con hastío.
Yoshi sonrió.
—A mí me parece que a la capitana le gusta vuestraflauta.
Haruki frunció el ceño.
—Si sabéis usarla con maestría—continuó Yoshi, con media sonrisa—, quizá podáis… ablandar su corazón.
—Cuidado, bonzo —respondió Haruki, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué? —replicó Yoshi—. Solo hablo de vuestra flauta mágica, noble señor
Chihiro meneó la cabeza, pero no pudo evitar una sombra de sonrisa.
Haruki, en cambio, no sonrió. Bajó la mirada hacia la flauta.
—No puede ser eso —dijo en voz baja—. No puedo añadir más injusticia a su desgracia.
Yoshi se encogió de hombros.
—Entonces escribid. Los cortesanos siempre escribís cuando no sabéis qué hacer.
Se dio la vuelta y se alejó, silbando suavemente.
El silencio volvió a caer entre los Chihiro y Haruki.
El cortesano miró la flauta un momento, como si buscara en ella una respuesta. Luego, con un gesto lento, la dejó a un lado.
—Tal vez tenga razón —murmuró—. No sobre la flauta… pero sí sobre lo otro.
Chihiro lo miró.
—¿Escribir?
Haruki asintió.
—Es lo único que puedo ofrecer sin mentir.
Esa noche no durmió.
A la luz vacilante de una lámpara escribió con trazos lentos y deliberados, como si al fijar las palabras sobre el papel pudiera ordenar el desorden de sus pensamientos.
Cuando terminó, dejó el pincel a un lado y contempló el poema en silencio.
El cuenco de oro
no pierde su brillo
aunque esté en el mar
Lo que es de metal noble
será siempre noble,
por eso cumple su palabra.
Yo estuve ciego
por eso no vi la nobleza
y desfallecí.
Y ahora el dorado cuenco
está astillado
pero conserva su nobleza
¿Qué puedo hacer
para enmendar el mal
que hice al bien más preciado?
No puedo prometer amor
puesto que mi duda
me ha hecho indigno.
Pero puedo intentar
que el tesoro brille de nuevo
en su hogar familiar.
Y la nobleza que el metal
nunca ha perdido
se reconozca en la corte
Cuando alzó la vista, el alba había llegado. Haruki entregó el poema a Chihiro sin añadir explicación alguna. El samurái lo sostuvo un instante entre los dedos y asintió antes de retirarse.
Cuando al fin regresó, Chihiro no traía el poema. Era buena señal. Se limitó a decir:
—Te llama.
Haruki salió trabajosamente de su improvisada prisión. Sabía que la espera había sido deliberada.
Encontró a Manami en el puente de popa. La capitana permanecía erguida, con el rostro más severo que de costumbre. Un vendaje cubría su ojo perdido y le daba un aire aún más impenetrable. Haruki no pudo evitar reflexionar que su belleza no era menor ahora. Solo distinta. Junto a Manami estaba Takashi Shigeru, inmóvil como una estatua, y algo más atrás, con los brazos cruzados y la mirada encendida, Iwane. La hermana de la capitana, la única vestida con ropas claramente femeninas a bordo del barco parecía una imagen incongruente con la seriedad de la situación.
La ausencia de Matsuda, ocupado en las tareas del barco, era sin embargo un alivio. Se respiraba con más libertad sin su amenazadora presencia.
Manami no le ofreció saludo alguno.
—He leído vuestro poema —dijo, sin emoción aparente—. Y he oído lo suficiente. Demasiado.
Haruki inclinó levemente la cabeza.
—Entonces mi voz ha llegado donde debía.
—Vuestra voz —replicó ella, mirando alternativamente a Haruki y a Chihiro— ya había llegado a toda la tripulación. Habíais despertado rumores. —Su mirada se endureció—. ¿Sois conscientes de lo que eso significa en un barco como este?
—Lo soy.
Hubo un breve silencio. Chihiro no se movía, pero sus ojos pasaban de uno a otra con atención contenida.
—Sois un problema —continuó Manami—. Pero también… —dudó apenas un instante—, me habéis recordado algo que había decidido olvidar. Y no sé qué hacer con vos.
Haruki respiró despacio.
—Soy un hombre al servicio de mi deber. Y ese deber me llevó a la isla… para salvar a alguien mucho más importante que yo. —Hizo una pausa, sin apartar la vista de ella—. Ahora creo que ese mismo deber me obliga a algo más: a que se reconozca el honor de vuestra casa.
La tensión cambió, casi imperceptiblemente.
—¿Mi familia? —preguntó Manami.
—Sí —confirmó Haruki—. Lo que os fue arrebatado. —Bajó ligeramente la voz—. Creo que ambos deberes… pueden ser uno solo.
Chihiro, que se había mantenido en silencio, intervino entonces con naturalidad:
—El destino que nos señaló el Ryu del lago Ontake no era en vano. No nos eligió al azar.
Manami desvió la mirada un instante. Fue entonces cuando Iwane dio un paso al frente.
—Vaya, vaya, vaya —dijo con frialdad—. Ahora resulta que el destino también favorece lo que deseas.
Manami se giró hacia ella.
—¿Qué dices?
—Cuando yo decidí seguir a mi amor, lo llamaste deshonra. Me arrastraste a esta vida de piratería. Me dijiste que no había vuelta atrás. —Sus ojos brillaban con una mezcla de ira y algo más profundo—. Pero ahora estás dispuesta a perdonar al hombre que te gusta.
El silencio cayó como una losa. Manami alzó una mano.
—Es suficiente. Vuelve a tu estancia.
Iwane sostuvo la mirada un momento, luego se volvió y salió sin decir nada más.
Durante unos instantes, solo se oyó el leve chapoteo del agua contra el casco.
—Hasta ahora —dijo Manami, con voz más baja—, he vivido como he querido. Libre. Sin responder ante nadie. —Apretó los labios—. Pero eso ya no basta.
Levantó la vista hacia Haruki.
—No negaré que deseo recuperar el lugar de mi familia, y que no puedo hacerlo sola.
Haruki no respondió. Sabía que había algo más.
—Pero necesito una garantía —continuó ella—. Firmaréis un compromiso. Vuestra familia nos respaldará si caemos apresados.
Aquella era una dura exigencia. Pero Haruki no tenía elección.
El cortesano inclinó la cabeza.
—Así lo haré.
—Entonces —concluyó Manami— tendréis vuestra oportunidad. Y yo la mía.
A la mañana siguiente el mar estaba en calma.. Chihiro permanecía en pie en cubierta, mirando hacia la costa. Haruki contemplaba el mar junto a él.
—Anoche soñé con un valle —dijo de pronto el rústico samurái—. Era Ida. Lo reconocí por sus casas colgadas en la montaña… y su bosque.
Haruki lo miró.
—¿Un buen recuerdo?
Chihiro negó levemente.
—Había una casa junto a una gruta. Allí vivía con mi maestro. —Sus ojos se entornaron—. Siempre pensé que aquel bosque era el bosque de los monstruos.
—¿Y lo era?
—Sí. —Hizo una pausa—. El monstruo era un kitsune.
El viento se levantó levemente entre ellos.
—Y he oído una voz distinta —continuó Chihiro—. Me dijo que tenía que volver para saldar cuentas.
Haruki lo miró de reojo.
—¿Y eso te inquieta?
—No. —Chihiro esbozó una sonrisa tenue—. Me da esperanza.
Se hizo un silencio más sereno.
—Las visiones me atormentan —añadió—. Pero tal vez haya una forma de afrontarlas. Si rodeamos por el mar de Corea… llegaremos a mi tierra. —Se volvió hacia Haruki—. Podría prepararme. Cumplir con lo que los kami esperan. Y liberarme.
Haruki dejó escapar un leve suspiro.
—Y evitar Osaka.
—Sería lo mejor, sin saber si Itsuke ha llegado antes.
—Alcanzaríamos Nara desde el norte —murmuró Haruki—. Lo que, ahora mismo, no me parece una mala idea.
Chihiro asintió.
—Es curioso —dijo Haruki al cabo de un momento— que siempre haya que sacrificar algo para conseguir algo.
Pasaron varios días siguiendo el nuevo rumbo antes de divisar tierra. La pequeña aldea de pescadores surgió entre la bruma, con sus tejados bajos y el murmullo de las gentes llegando hasta la orilla. Tras echar el ancla, la tripulación se movió con energía renovada. Matsuda estaba de buen humor. Su risa grave resonaba mientras daba órdenes, satisfecho con la llegada.
Manami, en cambio, se mantuvo distante. Cuando Haruki se despidió, ella apenas inclinó la cabeza.
—No olvidéis lo que habéis firmado.
—No lo haré. Y de momento, podéis contar con la carta de crédito de mi señor Watanabe por vuestros servicios.
Sus miradas se cruzaron un instante más. Luego ella se volvió, ya absorta en algo que estaba más allá de aquel momento.
El camino hacia Ida se fue estrechando a medida que se adentraban en las montañas. Viajaban a pie. Haruki había aceptado sin protesta aquel ritmo más lento, aunque Sabu no dejaba de mirar de reojo sus sandalias con una resignación muy poco discreta. Yoshi avanzaba en silencio, con la mirada baja, atento a cada piedra del sendero. Chihiro iba delante.
En más de una ocasión se cruzaron con pequeños grupos de samuráis. No eran grandes ejércitos, sino partidas dispersas, pero portaban con ostentación banderas blancas. El mon destacaba incluso entre la niebla, como una declaración innecesaria.
—Minamoto —murmuró Haruki.
Chihiro asintió, sin detenerse.
—Aquí los Taira no son bienvenidos.
Haruki observó cómo uno de aquellos hombres sostenía su estandarte con un orgullo casi desafiante.
—El viento cambia —añadió Haruki, más para sí que para los demás.
—Siempre cambia —respondió Chihiro—. Pero aquí lo hace a nuestro favor.
Cuando por fin llegaron a las montañas de Ida, el paisaje se cerró sobre ellos con una fuerza casi física. El aire era húmedo y pegajoso, con el calor de un estío temprano. Una neblina se alzaba desde el suelo, desdibujando las formas y dando a todo un aspecto incierto.
Chihiro se detuvo.
—Aquí.
Haruki miró a su alrededor.
—¿Lo reconoces?
—Sí. —Chihiro tardó un instante en continuar—. Aquí recibí mis primeras lecciones.
El silencio del lugar no parecía natural. Incluso los insectos no querían hacer ruido.
—Tened cuidado —añadió Chihiro, sin volverse—. Hay un monstruo en este bosque.
Sabu hizo un gesto involuntario.
—¿Un… monstruo, señor?
—Un kitsune —dijo Chihiro—. Vivía aquí. Nos engañó.
Sin decir más, reanudó la marcha.
El pueblo apareció de repente, como si hubiese estado oculto hasta el último momento. Casas de madera oscurecida, tejados inclinados, pequeños campos trabajados con paciencia y rebaños de cabras mordisqueando las ramas bajas de los árboles. Pero no había en él la curiosidad habitual ante los forasteros. Apenas algunas miradas rápidas, luego el desinterés.
Chihiro lo notó.
—No me conocen. Ha pasado demasiado tiempo.
Se acercó a un grupo de niños que jugaban cerca de un cercado. Estos se quedaron quietos al verlo.
—Busco a la más anciana del lugar.
Los niños se miraron entre ellos. Uno de ellos señaló cuesta arriba.
—Venid.
Subieron por la ladera, entre bancales cuidados con esmero. La casa de la anciana era más grande que las demás. Había un par de hombres trabajando en las tierras cercanas, y al verlos dejaron lo que estaban haciendo.
La puerta se abrió antes de que llamaran.
—¿Quién pregunta por mí?
La mujer era alta, encorvada por la edad, pero con una mirada viva, dura.
Chihiro dio un paso al frente.
—Busco lo que sabéis sobre mi maestro. Toba Shimoyazi.
El nombre cayó como una relámpago entre los ojos de la anciana. Su expresión se transformó al instante.
—¡Fuera! —espetó—. ¡Fuera de aquí!
Cerró la puerta con violencia.
Chihiro permaneció inmóvil un segundo. Luego dio un paso adelante y golpeó la madera.
—¡Necesito saber qué ocurrió!
—¡No tenéis derecho a volver! —gritó la voz desde dentro—. ¡Criminales! ¡Criminales!
Los hombres de las tierras se acercaron. Uno de ellos, más corpulento, levantó la voz:
—Habéis oído. Marchaos.
Haruki avanzó con calma.
—Mide tus palabras —dijo, con una cortesía que no ocultaba la amenaza—. Tenen cuenta con quién hablas.
El hombre dudó, pero la tensión ya había prendido. Más gente se acercaba.
Chihiro, de pronto, empujó la puerta y entró.
—¡Decidme qué ocurrió!
Yoshi lo siguió de inmediato.
—Chihiro, por favor…
Dentro, la anciana retrocedía, apoyándose en una mesa.
—¡No! —dijo, con un hilo de voz—. Los niños… el lago maldito…
Se desplomó mientras, fuera, el murmullo crecía.
Haruki se volvió hacia la multitud, tratando de contenerla, pero su presencia no bastaba. Aquello no era la corte ni un campo de batalla; era algo más primitivo.
Entonces lo vio. Un joven, apartado del grupo. Tenía una cicatriz extraña en el cuello, como una marca torcida. En realidad, había estado allí cerca desde que llegaron. Sus ojos se encontraron un instante con los de Haruki. Luego desapareció entre la gente. Haruki frunció el ceño.
Cuando Chihiro salió, su expresión había cambiado. No era ira, sino algo más cercano a la confusión.
—Nos vamos —dijo Haruki, en voz baja—. Aquí no sacaremos nada más. Pero hay alguien que sí sabe algo.
—¿Quién?
—Un muchacho. Cicatriz en el cuello. Observaba… y se ha ido.
Chihiro asintió.
—Alejémonos de esta gente, pero no vayamos por el camino principal. Conozco las sendas de este lugar.
Tomaron un sendero trasero, apenas visible entre la maleza. La neblina se espesaba a medida que ascendían. Al cabo de un rato pasaron junto a una choza en ruinas, apoyada contra la ladera. A su lado, una abertura oscura: una cueva.
Chihiro se detuvo.
—Aquí vivíamos.
Se acercó despacio, como si temiera alterar algo.
—Mi maestro decía que debíamos alejarnos de los hombres para aprender a cazar a los monstruos… y a los brujos.
Entró y Haruki lo siguió.
El interior estaba cubierto de polvo y abandono. Salieron y Chihiro observó una especie de asiento de piedra. Sobre ella había una mancha ennegrecida. Se agachó y pasó la mano por ella.
—Sangre.
Su voz era apenas un susurro.
—Algo ocurrió —dijo—. Algo que me hizo perder la razón.
Haruki lo observó.
—La anciana ha hablado de un lago.
Chihiro levantó la cabeza.
—Solo puede estar en el bosque de los monstruos.
Acamparon cerca de la choza. Yoshi encendió una hoguera. El fuego proyectaba sombras que danzaban sobre las piedras cercanas.
Chihiro estaba sentado en una de ellas.
—Aquí se sentaban —dijo—. Los niños.
Yoshi lo miró.
—¿Venían hasta aquí?
—Mi maestro les enseñaba. —Hizo una pausa—. Y yo… les contaba historias.
Su voz tembló apenas.
Haruki lo observó en silencio.
—La anciana ha dicho “criminales” —dijo al fin—. Pero no nos conocía a los demás, solo a ti. Y ha hablado de los niños.
Chihiro no respondió.
—¿Y si no fue un arrebato? —continuó Haruki—. ¿Y si… hiciste lo que debías hacer?
Chihiro alzó la vista.
—No.
—No lo recuerdas.
—Es imposible —repitió, con una mezcla de firmeza y vacilación.
El fuego crepitó entre ellos.
—Lo averiguaremos —dijo Haruki.
Chihiro asintió lentamente.
—En el lago.
Más tarde, cuando Chihiro se había apartado, Haruki se quedó junto al fuego con Yoshi.
El bonzo miraba las llamas.
—Tal vez… —dijo con cautela— tal vez sí fue un asesino.
Haruki no respondió de inmediato.
—No —respondió al fin—. Yo confío en Chichiro. Recuerda lo que hizo en el teatro de Osaka. Él no mata a los inocentes: los salva.
El viento se deslizó entre los árboles, como si escuchara.
Por la mañana, el bosque los recibió amenazante. Bastó que cruzaran el primer umbral de los árboles para que el mundo cambiara. Los sonidos se apagaron de golpe, como si alguien hubiese cubierto la tierra con un manto invisible. Ni pájaros, ni viento, ni el crujido habitual de las ramas. Solo el roce de sus propios pasos… y algo más. Algo que parecía deslizarse bajo las hojas del suelo.
—No miréis —dijo Chihiro, sin volverse—. Aquí, mirar es peligroso.
Aquello no tranquilizó a nadie, pero siguieron avanzando. El bosque era denso, húmedo, y tenía una forma extraña de deformar las distancias. A veces parecía que caminaban en círculos; otras, que los árboles se acercaban entre sí para cerrarse a su paso.
Chihiro empezó a hablar entonces, casi con naturalidad.
—Mi maestro decía que los monstruos no temen al acero, sino a la intención. —Señaló con el mentón hacia un grupo de raíces retorcidas—. Allí maté a uno que se alimentaba de los sueños. Y más adelante… —esbozó una leve sonrisa— había otro que se escondía en las sombras de los viajeros.
El tono de Chihiro no era jactancioso. Era casi didáctico. Poco a poco, aquella narración fue haciendo algo inesperado: devolvió un cierto ánimo al grupo.
Entonces, de repente, la luz cambió. El suelo empezó a ablandarse bajo sus pies. La tierra dio paso al agua. Una laguna. La niebla la cubría por completo, extendiéndose como un velo inmóvil. Apenas se distinguían los límites.
Chihiro se detuvo.
—Hemos llegado.
Dio un paso más y se quedó un momento pensativo.
—Se dice —añadió, más bajo— que los niños que ven la comitiva de los kitsune… no regresan.
E ese momento, vieron una luz. Pequeña, oscilante, como la llama de una antorcha. Flotaba sobre la superficie de la laguna, en el corazón de la niebla.
—¿La veis? —susurró Yoshi.
—Sí —respondió Haruki.
Rodearon la orilla, pero la luz no se movía. Siempre en el centro, siempre a la misma distancia.
—No es una ilusión —dijo Chihiro—. Nos está esperando.
Se internaron en el agua. Al principio apenas cubría los tobillos, pero pronto alcanzó las pantorrillas. El fondo era blando, traicionero. A medida que avanzaban, la niebla se espesaba. Y entonces comenzaron a distinguir una forma: un montículo en el centro de la laguna.
La luz danzaba a su alrededor.
—Allí —dijo Chihiro.
Pero no estaban solos.
Haruki fue el primero en notarlo.
—Hay más.
Otras luces. Apenas visibles al principio. Luego, cada vez más cercanas.
—¿Qué son? —empezó Yoshi.
—Mortales —respondió Chihiro secamente—. No os acerquéis a ellas.
Entonces se escuchó un chapoteo y Yoshi ya no estaba allí.
—¡Yoshi! —gritó Haruki.
El agua se agitó en la niebla. Las luces se movieron con mayor rapidez, alejándose de ellos.
—¡A la isla! —ordenó Chihiro.
Avanzaron, pero el suelo se hundía bajo sus pies. El lodo los atrapaba, tirando hacia abajo.
—No os mováis —dijo Chihiro—. Si lucháis, os tragará.
Él mismo se esforzó por liberarse, con movimientos lentos, medidos. Lo consiguió, y extendió su bastón hacia Haruki.
—Agarra.
Haruki obedeció. Con un tirón firme y preciso consiguió salir del limo.
Entonces algo surgió súbitamente del agua detrás de Chihiro. Una criatura humanoide, pero deformada. De cabellera larga y empapada, con un hocico alargado y fauces abiertas llenas de colmillos. Sus manos eran garras que aferraron al samurái sin que tuviera apenas tiempo de reaccionar. Chihiro murmuró un hechizo; una chispa azulada estalló contra la criatura, chamuscando su piel.
El monstruo rugió, mientras a lo lejos un fogonazo amarillo brillaba en la niebla con un estallido.
Haruki no se movía. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Respiraba, pero sus piernas no respondían. Su kiho estaba listo, pero él estaba desencajado. Entonces lanzó un golpe. A distancia. El aire vibró, y el impacto alcanzó a aquel ser. Apenas lodetuvo, pero en ese momento Chihiro apretó los dientes y murmuró otro conjuro. Una envoltura tenue, casi translúcida, cubrió su cuerpo. Giró y se liberó de la criatura, acercándose, herido, al aturdido cortesano.
—¡Haruki!
No hubo respuesta. Solo otro golpe invisible atravesando el aire y otro impacto inefectivo. Haruki seguía allí, inmóvil, lanzando puñetazos como un autómata. Chihiro desenvainó por fin su katana y las tornas se volvieron. El monstruo atacaba con zarpazos desordenados. Chihiro respondía con golpes precisos. La criatura lo alcanzó. Había sangre en las ropas del samurái. .
Haruki desenvainó entonces su wakizashi. El siguiente golpe de los dos hombres fue conjunto. Acero y fuerza. La criatura gritó, cayó y empezó a suplicar.
—¡Por favor! No matar!
No la remataron. Chihiro la arrastró hasta el islote. El terreno crujía bajo sus pies. No era tierra. Eran cráneos. Pequeños. Muchos.
Haruki retrocedió, horrorizado.
—Dioses…
La criatura, jadeante, levantó la cabeza.
—¡No matar! ¡Yo decir lo que quieras!
Su voz era áspera, pero inteligible.
Chihiro la miró fijamente.
—No te mataré, pero dime, ¿qué sabes de mi maestro, Toba Shimoyazi?
La criatura tembló.
—Él rezar —dijo—. Traer niños… para mí.
El silencio se hizo pesado.
—¿Para ti?
—Para comer.
Yoshi no estaba. Las luces seguían danzando en la niebla. Chihiro no dijo nada. Haruki miró a su alrededor. El islote tenía un punto más alto, un pequeño pináculo cubierto de maleza. Subió. Allí había una lápida. Los kanjis estaban gastados, pero aún legibles. No eran funerarios. Eran… otra cosa.
—Chihiro —dijo—. Ven.
El lateral de una de las lápidas estaba partido. Hendido, como por un rayo.
La criatura habló desde abajo.
—Él querer sacar.
Chihiro se volvió.
—¿Qué?
—Lo que haber dentro —el silencio alrededor se hizo más profundo—. Comitiva venir, hace mucho… —continuó—. Con vuestro jefe y sus magos… dejar aquí… un muerto… que seguir vivo…
Haruki sintió un escalofrío. Recordó las palabras de Miura no Osoke Yokashi. Recordó los rumores sobre Taira Kiyomori y sus poderes sobrenaturales. Recordó también a Go-Shirakawa y su corte de magos y adivinos. Las historias que había oído.
—Kiyomori… Go-Shirakawa… Poderes… —murmuró—. Poderes que no deberían usarse.
—Y el viejo emperador Sutoku —añadió Chihiro—. Dicen que su rabia lo convirtió en un oni.
Chihiro miró la lápida. Luego a la criatura. Luego al lago. Por fin algo encajaba. Y, al mismo tiempo, era más terrible. Durante un instante pareció que iba a decir algo, pero las palabras no llegaron. En su lugar, algo se quebró en su expresión. Fue como si una pieza olvidada hubiese encontrado su lugar.
—Ya lo recuerdo —dijo.
Su voz no temblaba. Eso era lo más inquietante.
Haruki no habló.
—Volví antes de tiempo —continuó Chihiro—. No debía haber regresado aquel día… pero lo hice.
El agua golpeaba suavemente el borde del islote.
—Llegué a la choza. —Cerró los ojos un instante—. Y lo vi. Estaba arrodillado. Y había un niño.
El silencio se hizo más profundo alrededor.
—Lo sujetaba por el cabello. —La respiración de Chihiro se hizo más lenta—. Y… —tragó saliva, apenas perceptible— le cortaba la garganta.
Haruki apartó la mirada.
—No lo pensé. No dudé —Chihiro alzó los ojos y su mano se tensó, como si aún empuñara el arma—. Lo perseguí y lo maté. El niño… huyó.
Haruki recordó entonces la cicatriz de aquel joven. Su gesto huidizo. La forma en que había desaparecido.
—El muchacho del pueblo —dijo en voz baja.
Chihiro asintió.
—Quiero verlo.
En ese momento, Chihiro escuchó una voz. Solo él.
—Has tardado.
Chihiro se tensó.
—Sí —murmuró.
La voz no venía de ningún lugar concreto, y sin embargo estaba ahí.
—Siempre fuiste débil.
Chihiro cerró los ojos.
—Y tú un asesino. Un brujo que decía cazar brujos.
—Y aun así me escuchas.
Chihiro abrió los ojos de golpe. Se volvió hacia su equipaje, lo abrió con manos firmes y sacó una pequeña muñeca, gastada por el tiempo. La sostuvo un instante y luego la arrojó por la abertura de la tumba.
—Se acabó.
El silencio volvió. Entonces, algo se movió en la niebla. Una figura emergió. Con las ropas chamuscadas y reducidas a jirones, y la piel ennegrecida por las quemaduras. Pero sus ojos seguían vivos.
—¡Yoshi! —gritó Haruki.
La figura avanzó hacia ellos.
—No eran kitsune —dijo el bonzo —, sino Okitsune. Fuegos de los cementerios. —Alzó la mirada, sonriendo—. Se acercan y estallan. ¡En verdad son peligrosos
Haruki desvió la mirada hacia el monstruo necrófago que aún temblaba a sus pies.
—¿Lo matamos ya? —preguntó a Chihiro.
—No puedo. Se lo he prometido —respondíó Chihiro, sin ocultar su repugnancia hacia la criatura.
—Pero yo no —repuso Haruki, haciendo girar la mano con la que aún sujetaba el wakizashi.
—Me gusta tan poco como a ti, pero es mi palabra —respondió el monje samurái. Y dirigiéndose a aquel abominable ser añadió—: ¡Vete lejos de aquí! ¡Y no vuelvas a ningún lugar donde vivan los humanos!
Lanzando un grito aterrador, la criatura saltó al lago y salió corriendo hacia el bosque. Corrió y corrió. Y nunca más la vieron.
A la mañana siguiente, el bosque parecía otro, como si ya no tuviera necesidad de ocultar uno de sus secretos. El camino de regreso al pueblo fue más rápido. Y esta vez no los ignoraron. La gente se reunió antes incluso de que llegaran a la primera casa. Murmullos, miradas duras, manos que se cerraban.
—Ahí está —dijo alguien.
—El asesino.
El rumor creció.
Un grupo avanzó.
Haruki dio un paso al frente, pero no sabía si sería suficiente. Entonces una voz cortó el aire.
—¡Basta!
Un hombre vestido con ropas formales apareció acompañado de varios guardias, abriéndose paso entre la multitud.
—Soy el magistrado de este distrito —dijo, sin alzar la voz—. Y aquí solo yo haré justicia.
La multitud retrocedió lo justo. El magistrado observó a Chihiro.
—Os recuerdan.
Chihiro inclinó la cabeza.
—Ahora sí.
—Y sin embargo habéis vuelto.
—Tenía que hacerlo.
El magistrado asintió levemente.
—Os escucharé. Pero no aquí.
Los condujo a un espacio abierto, bajo la vigilancia de los guardias. La gente se mantuvo cerca, formando un círculo.
—Que venga el muchacho con el que hablé antes —ordenó el magistrado.
Hubo un murmullo. Finalmente, apareció el joven de la cicatriz. Sus pasos eran firmes, pero su mirada evitaba la de Chihiro… hasta que no pudo hacerlo más. Se detuvo frente a él. El silencio era absoluto.
—Fuisteis vos —dijo al fin el joven, con una voz deformada por su cicatriz en la garganta.
Pero no era una acusación, sino una exculpación.
Chihiro asintió.
—Tú pudiste huir.
El joven tocó inconscientemente la cicatriz de su cuello.
—Me salvasteis —una pausa—. Nos salvasteis a los que quedamos.
Las palabras se extendieron entre la multitud como un susurro.
Chihiro alzó la voz.
—Durante años… desaparecieron niños. —Miró a los demás—. Decían que se habían internado en el bosque. Que los monstruos se los habían llevado. Pero no era el bosque.
Se volvió hacia la dirección de la cabaña de Toba.
—Era él. El maestro Toba Shimoyazi.
Un murmullo de horror recorrió el grupo. El magistrado permanecía inmóvil, absorbiendo cada palabra.
—¿Por qué no hablaste antes? —preguntó alguien al joven de la cicatriz.
—No podía —respondió con su voz ronca y quebradiza—. La herida no me dejaba. Y después quise olvidarlo. Pensé que solo había sido un mal sueño. Pero al ver a Chihiro… recordé.
El silencio que siguió fue distinto al de antes. No era hostil. Solo comprensivo, pero de una forma incómoda.
Chihiro desvió la mirada de la multitud y se acercó a Haruki.
—Me gustaría que aquí terminara la historia —le dijo—. Pero algún día sabremos algo más. Porque fue algún mal del bosque lo que debió corromper a mi maestro —y mirando hacia el este añadió—: En su monasterio nadie vio jamás nada perverso en él.
Día 15
Kenji esperaba en el pasillo de la casa del magistrado de Osaka. Las paredes de madera pulida reflejaban la luz tenue de las lámparas de aceite, y el murmullo de voces desde el interior de la sala principal llegaba amortiguado. Fujiwara Itsuke estaba allí, explicando al magistrado su versión de los hechos: Kenji tenía permiso para estar en la isla de Kikai-ga-shima por el simple hecho de su heroica defensa del Yamazuki frente al ataque de los piratas. La mejor mentira siempre tiene un gramo de verdad, pensó Kenji. No podía escuchar las palabras exactas, pero el persuasivo tono de Itsuke era indiscutible.
Se ajustó el cuello de su kimono, incómodo. ¿Cuánto sabría el magistrado? ¿Cuánto sospecharía Itsuke? En la pared opuesta, un cartel de colgaba junto a edictos oficiales. En el se describía claramente a tres samuráis, de aspecto inquietantemente parecido a Chihiro, Haruki y a él mismo. “Buscados por secuestro en el teatro de la Dama Obu”. Por fortuna, la descripción no tenía en cuenta que los samuráis habían desfigurado su apariencia al emprender aquella misión. Aun así, los rasgos cortesanos de Haruki seguían trasluciendo.
Itsuke salió de la sala, seguido por el magistrado, un hombre de rostro severo y barba canosa. Al ver a Kenji, Itsuke esbozó una sonrisa fría.
—Isoka Kenji. Justo hablaba de vos.
Kenji se inclinó en una reverencia.
—Un honor, Itsuke-sama.
—El magistrado ha quedado satisfecho con mis explicaciones —dijo Itsuke, como si el tema no fuera con él—. Aunque, por supuesto, el secustro de Nakahara Haruki sigue siendo un asunto grave. Su familia, aunque modesta, sigue siendo noble.
Kenji asintió, manteniendo la expresión impasible.
—Una tragedia. Espero que los responsables sean castigados.
Itsuke lo observó un momento más, como si buscara una grieta en su fachada.
—Estoy seguro de que así será. —Hizo una pausa—. Ahora, si me disculpáis, debo atender otros asuntos. Como denunciar este… desafortunado incidente del joven Nakahara.
Kenji inclinó la cabeza de nuevo, pero no se movió hasta que Itsuke y el magistrado se hubieron alejado lo suficiente. Solo entonces exhaló aliviado.
Al salir de la casa del magistrado, el sol de la tarde caía sobre las calles de Osaka. Kenji avanzaba con paso rápido, pero sin prisa aparente, cuando una voz lo detuvo.
—Isoka Kenji.
Se volvió. La Dama Jing estaba allí, vestida con un hanfu de brocado azul que brillaba bajo la luz dorada. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos, como siempre, delataban una inteligencia aguda.
—No he tenido oportunidad de agradeceros vuestra ayuda en el barco —dijo ella—. Sin vos, esos piratas…
—No fue nada —interrumpió Kenji, incómodo—. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—Modestia innecesaria —replicó Jing—. En cualquier caso, me gustaría que me acompañarais al Palacio de Clausura. Necesito un escolta de confianza para el camino.
Kenji dudó. El Palacio de Clausura de Go-Shirakawa. El nombre resonó en su mente. El emperador monje. El que depuso a mi ancestro Sutoku. Y ahora, la espada que le entregó Miura no Osoke Yokashi, oculta bajo su kimono, le recordaba su promesa.
—Acepto —dijo al fin, inclinándose—. Pero necesitaré cambiar de ropa. —Señaló su atavío, aún polvoriento del viaje.
Jing asintió.
—Por supuesto. Conozco un lugar cerca de aquí.
El taller de ropas estaba en un callejón tranquilo, lejos del bullicio del puerto. Kenji eligió un kimono de tonos apagados, con mangas amplias que le permitían ocultar la marca en su brazo. La marca de los Isoka. La marca que lo delataba como descendiente de Sutoku. Mientras se cambiaba, notó el peso de la espada contra su cadera. Protegerla. Restaurar el honor de Sutoku. Pero ahora, en el corazón de la corte de quien lo había depuesto, cada paso era un riesgo.
Tras el corto viaje hasta Kioto, finalmente se encontraron a las puertas del Palacio de Clausura. Este se alzaba tras los muros del templo Tendai, y sus techos curvados y dorados brillando bajo el cielo crepuscular. Kenji observó los detalles con disimulo: guardias armados con armaduras al estilo de las portadas por los buke custodiaban las entradas, sus naginatas relucientes bajo la luz de los faroles. Más allá, entre los jardines, distinguió a los sōhei, los monjes guerreros del templo, con sus túnicas oscuras y sus rostros impasibles. Dos barreras de protección. No era el lujo más refinado de la corte imperial, pero el poder que emanaba del lugar era innegable.
Jing lo guió por un sendero de piedras blancas, hacia una de las entradas secundarias.
—El emperador monje prefiere la discreción —comentó ella, como si adivinara sus pensamientos—. Aunque su influencia siga siendo grande.
Kenji asintió, pero su mente divagaba. ¿Reconocería alguien la espada de Osoke? La hoja, aunque envuelta en tela, delataba su antigüedad. Y en un lugar como aquel, donde el pasado y el presente se entrelazaban, cualquier detalle podía ser peligroso. Su atención se centraba en cada detalle: las puertas, los guardias, los puntos ciegos. ¿Cómo saldría si algo salía mal?
Dentro del palacio, el aire olía a incienso y pergamino. Jing lo condujo por pasillos iluminados por lámparas de aceite, donde los murales representaban escenas de la corte imperial china.
—Llegué a Japón hace diez años —dijo Jing, como si adivinara sus preguntas—. En una ocasión en la que. Taira Kiyomori organizó una recepción para establecer relaciones comerciales con China. Yo viajaba con la delegación. —Sonrió, con un dejo de amargura—. Pero al final, me quedé… como rehén, o como regalo. Las líneas entre ambas cosas son difusas en la corte.
—¿Y qué hicisteis? —preguntó Kenji, curioso a pesar de sí mismo.
—Aprendí —respondió Jing—. Magia. Adivinación. —Sus ojos brillaron con un destello de orgullo—. El emperador Go-Shirakawa tiene… interes en lo oculto. Y yo tengo habilidades para satisfacerlo.
Junto a los rumores sobre el emperador monje, Kenji no pudo evitar recordar las maledicencias sobre su propio antepasado, el exemperador Sutoku. Su rabia lo convirtió en un oni. Poderes que no deberían usarse. ¿Estaría Jing involucrada en eso? ¿O sería solo otra pieza en el juego de Go-Shirakawa?
Kenji asintió, comprensivo. Pero en su mente, la imagen de la espada de Osoke brillaba como un faro. Y un recordatorio. No podía permitirse olvidar por qué estaba allí.
Al acercarse a los aposentos de Jing, un sirviente les informó de que esa noche habría una celebración en el salón principal. Aquello significaba que, de manera inusual para el recinto del templo, hombres y mujeres podrían estar juntos. Kenji no pudo evitar pensar, no por primera vez, en lo que daría Haruki por estar en el ambiente y las intrigas de la corte de Go-Shirakawa. El cortesano habría sabido moverse entre la nobleza con la elegancia de un pez en el agua, mientras que él solo deseaba pasar desapercibido.
Lo acicalaron para la fiesta: le peinaron el cabello en un moño alto, según la moda de la corte, y le colocaron un tocado de seda negra. Aunque la etiqueta no era tan rígida como en la auténtica corte imperial, Kenji se sintió incómodo con el peso de la formalidad. Pero no tenía elección.
El salón principal era amplio, iluminado por lámparas de aceite y velas que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes decoradas con pinturas de paisajes chinos. Las mesas bajas estaban dispuestas en círculos, y los invitados, vestidos con kimonos de seda y hanfu bordados, conversaban en voz baja. Había muchas mujeres jóvenes, y Kenji notó cómo Go-Shirakawa, sentado en un estrado elevado, se mostraba excesivamente familiar con ellas. Un hombre que no descuidaba los placeres, incluso en la vejez. Incluso en un templo.
Kenji se sentó en el lugar que le indicaron, cerca de un hombre mayor de rostro severo y barba canosa. El anciano parecía airado, y no tardó en expresar su descontento en voz baja:
—Kiyomori ha hecho nombrar heredero a su nieto, el hijo del emperador. —Su tono era amargo—. ¡Qué tiempos vivimos! Nadie se resigna a ocupar el lugar que le corresponde. Quien tiene el poder impone su voluntad, pero ignora a quienes hicieron la corte grande y gloriosa.
Kenji asintió con cautela, mientras observaba la disposición del palacio: las salidas, los guardias, los puntos donde la luz era más tenue.
A su lado, un hombre de rostro delgado y mirada calculadora, vestido con un kimono de color púrpura, escuchaba con atención. Motofusa, el kampaku, el regente imperial ahora postergado. Su expresión delataba un agravio mal disimulado.
Más allá, un joven de rasgos finos y postura erguida, con un kimono de tonos azules, se reía con una risa forzada.
—¡Bueno, bueno! —exclamó, al escuchar el comentario del anciano.
Mochihito, el tercer príncipe heredero, hijo de Go-Shirakawa. No parecía más contento que los demás con la situación.
Kenji, tras un momento de duda, se atrevió a intervenir:
—Debe ser duro para el príncipe Mochihito.
El anciano asintió con un gruñido.
—Especialmente ahora que Go-Shirakawa y el primer ministro Taira no Kiyomori se han distanciado. —Bajó aún más la voz—. Eso llevó al intento de rebelión no hace tanto. El destierro de esos tres conjurados a Kikai-ga-shima fue un aviso.
Kenji contuvo el aliento. Ignoraban que algunos habían vuelto.
—Tal vez no sepáis —murmuró Kenji—, que he estado presente en la liberación de dos de ellos.
El anciano lo miró sorprendido.
—¿Ah, sí?
Kenji asintió, midiendo sus palabras.
—Estuve en el barco que trajo de vuelta a Taira no Yasuyori y Fujiwara no Noritsune. No así al venerable Shunkan. Fue un viaje… complicado. Los piratas nos atacaron, pero logramos repelerlos.
El anciano asintió, intrigado.
—Interesante. Quizás su alteza imperial estaría interesado en escuchar la historia. —Hizo una pausa—. Tal vez cuando llegue la hora de los poemas.
Kenji asintió, pero su mente ya estaba trabajando. Una oportunidad. Si lograba despertar el interés de Go-Shirakawa, quizá podría obtener información. O algo más.
El banquete avanzaba entre risas contenidas y murmullos. Kenji, sentado entre el anciano y un funcionario de rostro adusto, fingía interés en la conversación mientras observaba el salón. Las antorchas parpadeaban, y el humo de los braseros se entrelazaba con el aroma del sake y los platos de pescado y arroz.
En un momento dado, una sirvienta tropezó cerca de su mesa. Los cuencos de madera lacada que llevaba cayeron al suelo. La joven, avergonzada, se inclinó para recogerlos, pero antes de retirarse, Kenji vio cómo dejaba algo junto a su bandeja: un trozo de papel doblado con cuidado.
La sirvienta se alejó rápidamente, pero no antes de que Kenji notara cómo intercambiaba una mirada con una mujer oculta entre las sombras de la puerta. Algo no encajaba.
Con disimulo, desdobló el papel dentro de la manga de su kimono. Las palabras, escritas con tinta negra y trazo apresurado, decían:
"Isoka, debemos hablar. Altar del kami del agua."
Kenji respiró hondo. ¿Quién sabía su nombre? ¿Y por qué ahora?
Se levantó con la excusa de ir a asearse, inclinándose ante sus compañeros de mesa con una reverencia.
—Disculpadme un momento.
El pasillo estaba desierto, iluminado solo por el resplandor tenue de los faroles. Avanzó con rapidez, pero al doblar una esquina, se topó con un niño que lo miraba con curiosidad. El pequeño, de ocho o nueve años, llevaba el cabello recogido en un moño alto, al estilo de los jóvenes nobles.
—¿Quién eres? —preguntó el niño, sin apartar los ojos de él.
—Soy Isoka Kenji —respondió Kenji, sorprendido por la franqueza del pequeño—. ¿Y tú?
—Akira —dijo el niño, con orgullo—. Vivo aquí.
Kenji asintió, pero algo en la mirada del niño lo intrigó. Había una intensidad que no encajaba con su edad.
—¿Sabes dónde está el altar del kami del agua?
Akira frunció el ceño, como si la respuesta fuese obvia.
—Claro. Está al fondo del pasillo de los niños. —Hizo una pausa—. Yo estoy aquí para estudiar. No sé si seré monje, pero preferiría ser un guerrero.
Kenji lo observó con más atención. Y entonces lo vio: en el brazo del niño, apenas visible bajo la manga de su kimono, había una marca. Igual que la suya.
—¿Esa marca…? —empezó Kenji, señalando con disimulo.
Akira bajó la vista, como si la pregunta le doliera.
—Es una maldición —murmuró.
—No —replicó Kenji, con firmeza—. No es una maldición.
El niño lo miró con escepticismo.
—¿No lo es?
—No —repitió Kenji—. Es una señal de algo importante.
Akira no parecía convencido, pero su curiosidad era más fuerte que su desconfianza.
—¿Por eso te interesabas en mí? —pregunto Kenji.
Akira asintió.
—Por eso.
El niño, tras un momento de duda, le tendió la mano.
—Ven. Te llevo.
El pasillo de los niños estaba en penumbra, con solo el resplandor de una lámpara al final. Las paredes estaban decoradas con pinturas de paisajes y animales mitológicos. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba ver un pequeño altar donde un chorro de agua caía sobre una piedra plana, iluminado por la luz de la luna que entraba por una claraboya.
Kenji se postró ante el altar, como si el gesto pudiera darle tiempo a pensar. ¿Quién lo había llamado? ¿Y por qué allí?
No tuvo que esperar mucho. Al cabo de unos moentos, una mujer encorvada entró en la sala. Su pelo, oscuro y entrecano, caía sobre sus hombros, y su piel, pálida, contrastaba con sus dientes teñidos de negro, señal de rango y madurez. Llevaba un kimono sencillo, pero de buena calidad.
—Soy Isoka Ineko —dijo, con una voz que delataba años de sufrimiento—. Llevo aquí mucho tiempo. Y tenemos que hablar.
Kenji se levantó, sorprendido.
—¿Isoka?
—Como vos —confirmó ella, y lo miró con ojos que parecían ver a través de él—. Sois uno de los nuestros.
Kenji no respondió de inmediato. ¿De los nuestros?
—Ineko… ¿cómo llegaste aquí?
—Fuimos raptada en la guerra —dijo ella, con amargura—. Cuando era niña. El viejo emperador se quedó con las mujeres de la familia. —Hizo una pausa—. ¿Nunca has oído hablar de ello?
Kenji negó con la cabeza, pero su mente trabajaba a toda velocidad. La guerra Hōgen. El destronamiento de Sutoku. Las mujeres de su linaje…
—Debemos aprovechar la oportunidad de que estéis aquí —dijo Ineko, sacando un tantō de entre sus vestiduras—. Esta humillación no puede continuar.
Kenji la detuvo con un gesto.
—Mi objetivo aquí es otro. Debo ser prudente. Si actuamos sin pensar, las consecuencias serán peores que entonces.
Ineko estaba transtornada, su mirada desencajada de ira y dolor.
—¿Por qué? ¿Por qué no acabar ya con esa araña intrigante? ¡El mayor bribón de Japón!
Kenji debió usar todos sus poderes de persuasión para convencerla de la necesidad de esperar. Sin embargo, cuando ella pareció calmarse un poco, lo tomó de la mano.
—Seguidme. Quiero mostraros algo.
Con cautela, Ineko lo guió por pasillos secundarios, evitando a los guardias. Kenji, atento a cada sonido, logró esquivar a un par de sirvientes que pasaban con bandejas de comida. Finalmente, llegaron a una puerta oculta tras un biombo. Ineko encendió una vela y entraron.
La sala estaba llena de objetos antiguos: rollos de pergamino, espadas, joyas. Tesoros de los Isoka. Pero lo que más llamó la atención de Kenji fue un largo biombo lacado que ocupaba una de las paredes. Representaba una batalla: los estandartes de los Taira, Fujiwara y Minamoto ondeaban a un lado, mientras que al otro se veían los emblemas de la casa de Sutoku. En el centro, Sutoku, entonces emperador enclaustrado, estaba arrodillado ante sus vencedores. No como el oni vengativo de la leyenda posterior; simplemente como un hombre derrotado. Junto a él, su heredero, también de rodillas. Le esperaba el destierro.
Pero lo que más sorprendió a Kenji fue una figura que acompañaba a Go-Shirakawa. Un hombre vestido de negro, con cabello largo y negro, brazos rojos y… el rostro borrado. Como si alguien hubiera raspado la pintura para eliminar su imagen.
—¿Quién es ese? —preguntó Kenji, señalando al hombre de negro.
Ineko frunció el ceño, como si la pregunta le trajera recuerdos dolorosos.
—No lo sé —murmuró, pero súbitamente aquella imagen le devolvió la memoria—. ¡Ah, ahora lo lo recuerdo! Era un hombre terrible. Acompañaba a Go-Shirakawa. Alto, muy alto, y cubría su rostro con una máscara a través la cual brillaban sus ojos . —Hizo una pausa—. Lo vi cuando tomaron el palacio. Se llevaron a las mujeres prisioneras.
—¿Un shugenja? —sugirió Kenji.
Ineko asintió.
—Era terrible. Y muy poderoso.
Kenji observó el biombo con atención. Sutoku llevaba su espada al cinto. La espada que ahora él portaba.
—Go-Shirakawa usó malas artes —dijo Ineko, con voz temblorosa—. Para derrocar a Sutoku. Para tomar el poder.
Kenji asintió, pero su mente estaba en otra parte. ¿Por qué borrar el rostro de ese hombre? ¿Qué secretos ocultaba?
—Es extraño que una obra tan valiosa haya sido mancillada—comentó Kenji, casi para sí mismo.
Ineko asintió.
—Alguien no quería que se supiera quién era.
Ineko lo guió de vuelta por el mismo camino, sus pasos silenciosos sobre el suelo de madera. Al llegar a la puerta oculta, se detuvo y lo miró con ojos que brillaban en la penumbra.
—No me olvidéis —dijo, con una voz que temblaba entre la súplica y el dolor—. Ya solo quedo yo.
Kenji asintió, sintiendo el peso de esas palabras. No era solo una mujer. Era un vínculo con un pasado que él apenas comenzaba a entender.
—No lo haré.
Ineko lo observó un momento más, como si quisiera grabar su rostro en la memoria. Luego, con un suspiro, se fundió entre las sombras del pasillo.
Kenji regresó a la sala del banquete, donde el ambiente seguía animado. Las risas y las conversaciones llenaban el aire, pero él se sentía como si acabara de despertar de un sueño. ¿Cuánto tiempo había estado fuera?
Al doblar una esquina, se cruzó con Omi-o Tenji, el adivino que habían conocido en la fiesta de la primavera. El hombre, vestido con un kimono de tonos dorados, estaba rodeado por un grupo de mujeres, entre las que destacaba Tenyiko, la dama de compañía de Jing. La risa de Tenji era ligera, casi teatral, pero sus ojos, astutos, se posaron en Kenji al instante.
—¡Isoka Kenji! —exclamó Tenji, separándose del grupo con un gesto ampuloso—. He oído que serás el centro de atención durante la hora de los poemas. ¡Qué honor para nosotros!
Kenji se inclinó en una reverencia.
—No es más que un humilde relato, Tenji-sama.
Tenji se acercó, su tono cambiando de frívolo a serio en un instante. Un poeta de rostro delgado, vestido con un kimono de color verde agua, se acercó al grupo, y Tenji, con un gesto amanerado, lo recibió con una sonrisa y un abrazo.
—¡Ah, mi querido poeta de cien mil rimas! —exclamó Tenji, con una risa que resonó en el salón—. ¿Qué versos nos traes esta noche?
El poeta, halagado, comenzó a recitar un poema sobre el amor y la luna, pero Tenji, aunque sonreía y asentía, no apartaba la vista de Kenji. Cuando el poeta terminó y se alejó para buscar más admiración, Tenji volvió a la seriedad.
—Ahora, dime —dijo, bajando la voz—. Estoy ansioso por escuchar la historia de Kikai-ga-shima. Debio de ser… fascinante.
Kenji asintió, pero antes de que pudiera responder, una voz resonó en el salón.
—Isoka Kenji.
Era Go-Shirakawa. El emperador monje había bajado de su estrado y lo miraba con una sonrisa que no revelaba sus pensamientos. El hombre que había destronado a Sutoku. El hombre que, según Ineko, había usado artes oscuras.
—Adelante —ordenó Go-Shirakawa, con un gesto de la mano—. Contadnos lo de la isla donde los conspiradores fueron desterrados. Y luego perdonados por mi generosa intercesión.
En ese momento, Kenji sintió las miradas de todos sobre él. Haruki le había advertido alguna vez sobre la habilidad de los cortesanos para descubrir las verdaderas motivaciones a través de conversaciones aparentemente inocentes. Ahora lo entendía.
—Fue una experiencia… reveladora, alteza imperial —comenzó Kenji, eligiendo sus palabras con cuidado—. La isla de Kikai-ga-shima es un lugar desolador. Acantilados escarpados. Un volcán furioso. Gaijin desnudos y miserables que ni siquiera entienden nuestra lengua. Y un mar que parece no tener fin. —Hizo una pausa, como si recordara—. Pero también es un lugar de prueba. El destierro enseñó a los desterrados la importancia de la lealtad. Y la misericordia de vuestra alteza al interceder por ellos fue un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, el trono imperial vela por sus súbditos.
Go-Shirakawa asintió, pero sus ojos no se apartaban de Kenji.
—Una descripción poética. Pero dime, ¿qué más ocurrió en esa isla? ¿Hubo… incidentes?
Kenji sintió cómo el sudor le resbalaba por la espalda. ¿Sabía algo? ¿O solo estaba sondeando?
—Según los perdonados, fue una época de reflexión —respondió Kenji, manteniendo la voz firme—. Aprendieron el valor de la paciencia y la humildad. Y, por supuesto, la gratitud hacia el trono por su clemencia.
Uno de los asistentes, un hombre de rostro redondo y sonrisa amable, aplaudió con suavidad.
—¡Bien dicho, Isoka! La lealtad al trono es el camino del verdadero samurái.
Go-Shirakawa asintió, pero su expresión era inescrutable.
—Cierto, aunque no debemos olvidar que el destierro fue una merecida expiación de sus acciones. Pero la justicia debe ser equilibrada con la misericordia.
Kenji se inclinó de nuevo.
—Así es, alteza imperial. Y estamos eternamente agradecidos por vuestra sabiduría.
Go-Shirakawa lo observó un momento más, como si buscara algo en su rostro. Luego, con un gesto, lo despidió.
—Puedes retirarte, Isoka Kenji.
Kenji retrocedió unos pasos y se inclinó antes de alejarse. Pero mientras se mezclaba de nuevo entre los invitados, escuchó cómo Go-Shirakawa, en voz baja, mencionaba una palabra a alguien a su lado:
—... familia…
A la salida del palacio, Jing se despidió de Kenji con una inclinación de cabeza, sus vestiduras de seda rozando el suelo al girarse.
—Que los kamis os protejan, Isoka Kenji.
Kenji respondió con una reverencia, pero su mente ya estaba en otro lugar. Salió del Palacio de Clausura y se adentró en las calles de Kioto, donde el sol de la tarde teñía los tejados de oro. El camino de regreso a su alojamiento era largo, pero el aire fresco lo ayudó a aclarar sus pensamientos. Ineko. El biombo. Go-Shirakawa. Demasiadas piezas de un rompecabezas que sentía a punto de descifrar.
Al la mañana siguiente amaneció un día soleado, pero a la hora del caballo, el viento comenzó a soplar con fuerza. Las nubes oscuras se amontonaron en el cielo como un ejército en marcha, y la gente en las calles empezó a mirarse con inquietud. Kenji, que paseaba reflexionando sobre los acontecimientos de la noche pasada, notó cómo el aire se cargaba por momentos.
De pronto, un estruendo sacudió la ciudad. Un torbellino gigante empezó a arrasar la avenida principal, arrancando tejados, techos de paja y papeles que volaban por todas partes. La gente gritaba, señalando hacia el cielo.
—¡Es un espíritu! —gritó alguien—. ¡Un oni viene hacia nosotros!
Las primeras gotas de lluvia cayeron, gruesas y frías, y en segundos, el cielo se convirtió en un diluvio. Kenji buscó refugio bajo el alero de una casa, pero el viento era implacable. Entre el caos, vio cómo las llamas, animadas por las lámparas caídas, empezaban a prender los edificios. Incendios. Las campanas de los templos repicaron con furia, pidiendo ayuda.
Fue entonces cuando, en el cruce de dos avenidas, vio a Chihiro y Haruki. El primero, con su hábito de monje azotado por el viento, intentaba mantener el equilibrio. Haruki, con su kimono de seda ahora empapado y pegado al cuerpo, señalaba hacia algo con expresión de alarma.
—¡Chihiro! ¡Haruki! —gritó Kenji, abriéndose paso entre la multitud.
El viento aullaba cada vez más fuerte. De repente, unos caballos encabritados aparecieron a toda velocidad, sus cascos golpeando el suelo con furia. La gente gritaba, tratando de apartarse, pero los animales, ciegos de pánico, se dirigían hacia un grupo de niños que, paralizados, no sabían hacia dónde huir.
Chihiro no se lo pensó. Lanzándose hacia ellos, se interpuso en el camino de los caballos. Uno de los animales lo pateó en el costado, pero logró agarrar a un niño y apartarlo a tiempo. Cayó al suelo, jadeando, mientras el caballo seguía su carrera desbocada.
—¡Chihiro! —gritó Kenji, corriendo hacia él.
—No es nada —murmuró Chihiro, levantándose con dificultad, el niño a salvo entre sus brazos.
Haruki, mientras tanto, había visto a un grupo de ladrones que habían forzado la puerta de una casa. Con un gesto rápido, desenvainó su wakizashi y se plantó tras ellos.
—¡Largaos! —ordenó, con voz imperiosa—. ¿No veis que se aproximan los guardias, miserables bribones?
Los ladrones se volvieron alarmados. Al ver la espada y la determinación del samurái, soltaron lo que llevaban y huyeron entre la confusión.
Kenji vio a unos monjes del templo cercano luchando contra las llamas y tratando de rescatar una valiosa estatua de Buda. Corrió hacia ellos.
—¡Organizaos! —gritó—. ¡No os apelotonéis! Si no levantáis al Buda en la puerta, no podréis salir.
Los monjes, reconocible por sus túnicas grises, asintieron y alzaron la estatua sobre sus cabezas con la ayuda de Kenji. Pero una viga ardiente cayó cerca del samurái, y las chispas quemaron el dobladillo de su kimono. Con un gruñido, lo apagó con las manos, sintiendo el calor en la piel.
—Qué desgracia —gritó Haruki, tirando de él—. ¡Una seda cien kokus! Vámonos ya. ¡Esto se va a derrumbar!
No necesitaron más aviso. Entre los tres, con Chihiro aún cojeando, se abrieron paso entre la multitud que huía en todas direcciones. El viento hacía volar toda clase de objetos y animales. En su camino vieron a una mujer tendida en el suelo, con una viga aplastándole el pecho. No había nada que hacer.
Finalmente, llegaron a una famosa fonda construida en piedra, cuya fachada robusta resistía el embate del viento. Dentro, el posadero, un hombre corpulento con un delantal manchado de sake, ya estaba organizando a los refugiados.
—¡Entrad, entrad! —gritó—. ¡Aquí estaréis a salvo! ¡Y hay bebida para quien la necesite!
Los tres se dejaron caer en un rincón, jadeando. Afuera, el temporal rugía como un dragón enfurecido, pero dentro, al menos por un momento, había paz.
En un rincón de la posada, entre el murmullo de los refugiados y el crujir de las vigas de madera bajo el embate del viento, una biwa comenzó a sonar. Sus cuerdas vibraban con una melodía antigua, y pronto una voz grave, la de un monje ciego, se alzó para narrar una historia.
En tiempos de los dioses, Amaterasu, la diosa del sol, debió huir por las travesuras de su hermano Susanoo. Se ocultó en una caverna, y el mundo quedó sumido en la oscuridad. Los dioses, desesperados, plantaron una higuera frente a la entrada, colgaron un espejo —el Yata-no-kagami— y un collar de cuentas de jade —el Yasakani no Magatama—. Luego, la diosa Ame-no-Uzume bailó desnuda frente a la cueva, riendo y golpeando el suelo con los pies. Amaterasu, intrigada por el jolgorio en medio de la oscuridad, asomó la cabeza. "¿Cómo pueden celebrar si no hay luz?", preguntó. Y los dioses respondieron: "Porque hay una más bella que tú". Al salir, vio su reflejo en el espejo y, deslumbrada, los dioses la atraparon y cerraron la cueva con una soga sagrada. Ella los perdonó, pero más tarde, Susanoo fue desterrado.
En su exilio, Susanoo encontró a Yamata-no-Orochi, la serpiente de ocho cabezas, y en su cuarta cola halló la espada Kusanagi no Tsurugi. Se la regaló a Amaterasu, quien, conmovida, lo perdonó. Y así, cuando los descendientes de los dioses bajaron a la tierra, les entregaron las tres regalías sagradas: el espejo, el collar y la espada.
El monje terminó su canto con un último rasgueo de su peine sobre la biwa. El silencio que siguió fue roto por el crepitar del fuego en el hogar de la posada. Chihiro fue el primero en romper el silencio entre ellos.
—¡Querido Kenji! No sabes lo que me alegro de volver a verte. Pero antes que nada, quiero que sepas que te perdono y no creo que fueras consciente de las hechicerías de la bruja Jing.
Kenji lo miró, sorprendido.
—¿Por qué debes perdonarme? No hice nada malo.
—¡Cierto, cierto! —intervino Haruki en tono conciliador—. Kenji combatió bravamente por el emperador, como un auténtico samurái.
Chihiro frunció el ceño.
—En cualquier caso, no hay duda de las malas artes de Jing.
Haruki, siempre el pacificador, intervino con una risotada.
—¡Aunque las "malas artes" de la dama Jing resultaron ser mejores que las tuyas, Chihiro! Así fue como acabaste bebiendo agua de mar.
Chihiro le lanzó una mirada asesina, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Se pusieron al día. Chihiro y Haruki contaron a Kenji cómo los habían dejado salir del Hi-Ryū, su encuentro con el kitsune en el bosque de Ida, y la terrible revelación sobre el maestro de Chihiro y sobre el mismo samurái. Ciertamente, el guerrero parecía ahora más relajado, como si se hubiese quitado un gran peso de encima.
—Go-Shirakawa tiene tratos con fuerzas oscuras —dijo Chihiro, con gravedad, tras oír, por su parte, el relato de Kenji—. Eso está claro.
Kenji asintió.
—El emperador actual no es digno. —Su voz era firme—. No después de lo que su padre hizo a Sutoku.
Haruki y Chihiro asintieron. Por una vez, los tres estaban de acuerdo.
—Las regalías imperiales —murmuró Haruki, como si el canto del monje ciego hubiera encendido una chispa en su mente—. El espejo, la espada y el collar.
—Están ocultas en templos —dijo Chihiro—. Pero no sabemos cuáles.
—Y el bonzo Yoshi dijo que un hechicero tuvo acceso a ellas —añadió Haruki, frunciendo el ceño—. Pero eso es imposible… a menos que estuviera con el emperador.
Kenji los miró, intrigado.
—¿Y si el hechicero del biombo…?
Los tres se quedaron en silencio. La idea comenzó a tomar forma entre ellos.
—El hombre de negro —dijo Chihiro, con voz baja—. El que estaba junto a Go-Shirakawa en la batalla.
—El que tenía el rostro borrado —añadió Kenji.
Haruki asintió, sus ojos brillando con una iluminación repentina.
—Los magos lo enterraron en Ida. Pero si tuvo contacto con las regalías… —Hizo una pausa—. Tal vez no pudo morir. Tal vez por eso salió.
El viento aulló fuera, como si el demonio del aire que había asolado Kioto estuviera de acuerdo con su teoría. Go-Shirakawa. El hechicero. Las regalías.
De repente, todo empezaba a encajar.
Día 16
El huracán arreciaba y el eco de su rugido retumbaba en las paredes de piedra de la posada. El sake circulaba entre los tres samuráis. Tras un momento de silencio, los samuráis siguieron hablando de lo ocurrido en el Palacio de Clausura.
—Respecto a la coincidencia de Taira Sukemori y el regente Motofusa —dijo Haruki—, es conocido que ambos tuvieron un encontronazo hace años. El regente viajaba en su palanquín y sus guardias humillaron en público al joven Taira por la insolencia de este. Kiyomori, a pesar de las protestas de Shigemori, se vengó del regente infligiéndole una humillación aún mayor.
—Yo no dejo de pensar en el biombo que me mostró Isoka Ineko —añadió Kenji, sumido en sus propias reflexiones—. El que representa la batalla en la que Go-Shirakawa destronó a mi antepasado, el emperador Sutoku.
Chihiro asintió, añadiendo:
—Sutoku tiene ciertamente una leyenda aciaga. Su resentimiento por haber sido retirado del trono da pie a creencias extraordinarias.
Haruki pensó para sus adentros: “Por eso no se le menciona oficialmente con su nombre de emperador, sino como Sanoku”. Pero se cuidó de expresarlo en voz alta delante de Kenji.
—Me refiero al hombre dibujado en el biombo junto a Go-Shirakawa —prosiguió Kenji—. El hechicero alto, de brazos rojos y aspecto terrible, cuyo rostro había sido raspado.
Todos hicieron una pausa para volver a ponderar lo que sabían sobre esta revelación. En ese momento, el monje ciego de la biwa se acercó a ellos, su bastón golpeando el suelo con un ritmo pausado.
—Os escuché hablar antes sobre la leyenda de las regalías —dijo, con una sonrisa que arrugó sus ojos sin ver—. Si no os importa, me invitaríais a un cuenco de sake.
Haruki, siempre cortés, no dudó.
—Por supuesto. Si lo desea, incluso podemos hacer música a dúo. Yo tengo una flauta que se tocar con gran efecto.
El monje rió, sacudiendo la cabeza.
—La biwa la tocan en solitario los pobres monjes ciegos.
Haruki murmuró, solo para que sus compañeros lo escucharan:
—¿Y cómo voy a saber yo cómo viven los pobres?
El monje ciego continuó como si no hubiera oído nada. Bebió un trago de sake y dijo:
—Esta tempestad es extraña. No recuerdo nada igual en mi vida.
Haruki asintió.
—Sin duda es consecuencia de esta época caótica. Estamos cerca del fin de los tiempos. Los dioses deben estar enfadados con algunas personas.
Chihiro no pudo evitar soltar una risa amarga.
—Algunos gobernantes, querrás decir.
Kenji añadió, con gravedad.
—O la actual familia imperial, que es indigna del honor del que ahora disfruta.
El monje no discutió. Hasta él sabía que era mejor no seguir la conversación por esos derroteros.
—Los adivinos de Go-Shirakawa estarán examinando el suceso —dijo—. Muchas veces se han hecho rogativas para prevenir estos y otros acontecimientos funestos, como un posible mal embarazo de la emperatriz —hizo una pausa—. Hablando de las regalías, es como si hubiéramos perdido la protección de las mismas.
Chihiro decidió cambiar de tema.
—¿Sabe algo de los kitsune que tenga que ver con estos acontecimientos?
El monje asintió.
—Kiyomori protagonizó una historia curiosa. En una ocasión, estando de caza, asaeteó a un zorro que se convirtió en una mujer. Era un poderoso kami. A cambio de su libertad, le ofrecería lo que quisiera. Desde entonces, Kiyomori está bajo su protección.
—¿Y no era una criatura malvada? —preguntó Haruki.
—No —respondió el monje—. Era la diosa Kiko-tenno. A raíz de aquello, Kiyomori se hizo devoto del ritual Dati-niten.
—¿Hay historias de kitsune que se hagan pasar por mujeres? —preguntó Haruki.
—Claro —dijo el monje—. Algunas convencen a algunos hombres para casarse con ellas. Pero cuando se rompe el pacto de una con su marido, el matrimonio se malogra, y también los bienes obtenidos con él. También se dice que hay una corte de kitsune que caminan por el bosque. Y que si alguien los encuentra, debe ir con ellos.
Haruki sonrió, intrigado.
—¿Y qué pasa si no lo hace?
El monje se encogió de hombros.
—Nadie lo ha contado.
Chihiro, tras un momento de silencio, preguntó:
—¿Y se cuenta algo de un hechicero que aconsejó a un emperador?
El monje frunció el ceño.
—No conozco esa historia. Pero es algo difícil de creer. Los emperadores, como descendientes de los dioses, tienen poder sobre los kami de la tierra.
Chihiro pensó un momento.
—Hay algo más —dijo—. En el camino del norte había una serie de tierras que habían cambiado de dueño, causando pobreza. Al parecer Go-Shirakawa se hizo heredero de las posesiones del Shekan-ke-ohe.
—Sí —añadió Haruki—. Shekan era un cargo de los Fujiwara, como protectores del emperador. Kiyomori está casado con una Fujiwara y quería esos territorios para uno de sus descendientes. Pero se los quedó Go-Shirakawa.
El monje asintió.
—Los caminos de los poderosos son intrincados —murmuró—. Por eso, los kami los observan con desconfianza.
La tormenta se aplacó por fin, dejando tras de sí un aire fresco y el alivio de los refugiados en la posada. El monje ciego se despidió de ellos con una inclinación de cabeza, su biwa resonando una última nota antes de perderse entre la multitud.
Fuera, el sol asomaba entre las nubes dispersas, y el olor a tierra mojada llenaba el aire. Fue entonces cuando vieron a Yoshi, que se acercaba con su paso desgarbado y su sonrisa burlona.
—¡Ah, los tres samuráis! —exclamó el bonzo, con los brazos abiertos—. ¿Sobrevivisteis al fin del mundo?
—Por poco —respondió Chihiro, con sequedad.
Yoshi se sentó junto a ellos, aceptando un cuenco de sake que Haruki le ofreció. Kenji estaba pensativo.
—Chihiro, describiste un símbolo chino en la tumba del lago de Ida —dijo el samurái—. ¡Ahora lo recuerdo! Lo vi tatuado en la piel del nue que nos atacó en la Fiesta de la Primavera. Y esa criatura no era de este mundo. Tal vez el hechicero perverso lo envió.
Las sonrisas de los samuráis y de Yoshi por su reencuentro se desvanecieron por un instante. Haruki sacó un papel y una pluma de su bolsa.
—Debemos hablar con Taira Sukemori —dijo, mientras escribía con trazos rápidos—. Le enviaré una carta para que nos reciba, recordándole que nos conoce de la fiesta en el palacio de Fujiwara Genosuke.
El hijo de Taira Shigemori estaba de caza. Mientras esperaban su regreso y la respuesta a su carta, corrió el rumor por Kyoto de un oráculo sobre el significado de la extraña tormenta. Se decía que en un plazo de cien días habría un duelo por un mandatario ministerial.
Cuando Sukemori volvió de su cacería, los hizo llamar y los recibió en su pabellón, donde el olor a incienso y pergamino llenaba el aire. El joven Taira, vestido con un kimono de caza, los recibió con una sonrisa que no ocultaba su curiosidad.
—Nakahara Haruki —dijo, con un tono que delataba reconocimiento—. ¿Qué os trae por aquí?
—Debemos hablar con su excelencia Taira Shigemori, vuestro padre —respondió Haruki, cortesmente—. En relación al oráculo que circula por la capital… y a lo sucedido en la Fiesta de la Primavera en casa de Fujiwara Genosuke.
Sukemori levantó las cejas, recordando.
—Ah, esa fiesta. —dijo sonriendo—. A la que acudí en lugar de mi padre, quien no pudo asistir debido a su indisposición. Aunque creo que no se le escapó a nadie que también fui con la intención de ver a cierta doncella…
El hijo de Shigemori calló un momento, mientras pensaba con un deje de nostalgia. Después añadió.
—Ahora mi padre está de peregrinación para obtener consuelo de los dioses. Kumano-hongu, Kumano-hayatama y Kumano-nachi son algunos de los templos que visitará, como debe hacer cualquier budista devoto. Pero podría estar en cualquiera de los templos de Kumano. —Hizo una pausa—. Os daré una carta para que os reciba. Y si fueseis tan corteses de ser mis mensajeros, también podéis entregarle una carta mía, porque quiero que tenga noticias de su hijo.
Los samuráis inclinaron la cabeza aceptando el encargo y agradeciendo el salvoconducto. Entonces Kenji, sobreponiendo a su timidez, preguntó:
—Señor Sukemori, ¿creeis que alguien forzó a vuestro padre a ir en peregrinación en este momento?
Sukemori negó con la cabeza.
—Si conozco bien su carácter, lo hizo voluntariamente.
Kenji resopló.
—Disculpadme, señor —dijo—. Pero las maquinaciones de los cortesanos están por todas partes…
Sukemori asintió, con amargura.
—Se lo que decís. Y las de lo que queda de la familia Fujiwara son las peores. —Hizo una pausa—. Aunque no son las únicas.
Chihiro, que había estado en silencio, intervino:
—Sé que es una pregunta extraña pero, ¿no recordaréis por casualidad a un extraño personaje que acompañaba a Go-Shirakawa en su última con el exemperador Sutoku?
Sukemori frunció el ceño.
—Yo era muy pequeño entonces. Pero sé que el emperador monje se rodea de ese tipo de gente: magos, adivinos…
Chihiro asintió, como si eso confirmara sus sospechas.
—Volviendo a la peregrinación de vuestro padre —murmuró—, alguien pudo haber difundido el oráculo con la intención de provocarlo.
Sukemori lo miró con interés.
—¿De verdad creéis eso?
—El oráculo es demasiado conveniente —respondió Chihiro.
Sukemori reflexionó un momento.
—Ciertamente es algo a tener en cuenta… —dijo pensativo. Y luego, con una afable sonrisa añadió—: ¿No querríais seguir discutiendo estos asuntos tan interesantes durante la caza? Si así lo deseáis, estáis invitados.
Haruki negó con una reverencia.
—Gracias, señor —dijo—. Pero creemos que la situación es urgente y no hay tiempo que perder. Debemos partir sin falta.
Se despidieron con la carta de presentación a Shigemori y las promesas de amistad de Sukemori, así como una carta personal para su padre.
—Ah, y una cosa más —dijo Sukemori, cuando ya se alejaban—. Hay un adivino que no es de la corte de Go-Shirakawa. Omi-o Tenji. Ya lo conocéis. Vive en las afueras. Tal vez queráis hablar con él antes de marchar.
Kenji asintió.
—Gracias por vuestro consejo. Lo tendremos en cuenta.
Tras separarse de Sukemori, los tres samuráis coincidieron en que visitar a Omi-o Tenji sería una buena idea. Su casa, según las indicaciones, estaba entre arrozales, tras una empalizada de bambú que se alzaba como una barrera verde frente a las indiscreciones.
Al acercarse, la puerta se abrió sola, sin que nadie la tocara. Los samuráis se detuvieron, sorprendidos.
—¿Visteis eso? —murmuró Chihiro.
Haruki asintió, con los ojos fijos en la entrada.
—No hay nadie.
Pero entonces apareció una doncella, vestida con un kimono de tonos suaves, que los recibió con una sonrisa etérea.
—El señor os está esperando —dijo, sin más explicaciones.
La siguieron mientras se deslizaba a través de un laberinto de espléndidas habitaciones decoradas con objetos artísticos de exquisita factura. El aire olía a incienso y a crisantemo..
Al final, una cortina se corrió, revelando una tarima de madera donde Omi-o Tenji estaba sentado, rodeado por varias jóvenes de ricos vestidos de seda. Sus diseños no eran como los que Haruki había visto antes: en lugar de flores, parecían mariposas en vuelo, con colores que cambiaban según la luz.
Omi-o los vio y soltó una risa que resonó en la habitación.
—¡Ah, mis amigos Chihiro, Kenji y Haruki! —exclamó—. Os estaba esperando. ¡Pero sentaos, por favor, y compartid el té con nosotros!
Los samuráis se acomodaron mientras una de las jóvenes que se acercó a servirles té. Haruki no pudo resistirse a coquetear con ella. La muchacha, le ofreció la taza con una pícara sonrisa.
—Gracias —dijo Haruki, con una reverencia que era más galante de lo necesario.
Chihiro, mientras tanto, no perdía el tiempo.
—Omi-o Tenji —dijo, con seriedad—, necesitamos hablar del hechicero de Go-Shirakawa. Alguien… deliberadamente olvidado de la antigua corte.
Omi-o se sobresaltó levemente. Sus ojos, antes brillantes, se oscurecieron por un instante. Negó con la cabeza.
—No sé nada de eso.
Pero Chihiro notó el cambio en su expresión. Algo sabía.
Omi-o, como si se diera cuenta de que su reacción lo había delatado, chasqueó los dedos. Una doncella apareció con un cuenco de sake, que le tendió. Bebió un largo trago y se rehízo, como si el líquido le hubiera devuelto la compostura.
—Hay cosas —dijo, con voz más baja— que solo pueden ser habladas entre sabios.
Sus ojos se posaron en Kenji, como si algo en él lo inquietara.
—Me gustaría quedarme a solas con Chihiro —añadió, tras un momento de silencio.
Kenji frunció el ceño, pero antes de que pudiera formular una respuesta, Omi-o levantó y se llevó a Chihiro a un rincón apartado, dejando a Kenji y Haruki con las doncellas.
Kenji, ofendido, se levantó.
—Voy a dar una vuelta —anunció, con sequedad.
Haruki, sin embargo, no parecía dispuesto a moverse. Se acomodó mejor en su sitio, sonriendo encantado a las jóvenes que lo rodeaban.
Chihiro y Omi-o se sentaron en un pequeño pabellón, separados del resto por una cortina de bambú. El adivino lo miró con una expresión que mezclaba curiosidad y preocupación.
—Dime —dijo Omi-o, con voz baja—. ¿Qué sabes tú de estas cosas?
Chihiro dudó, pero al final decidió confiar en él.
—El kami del lago Ontake nos hizo una profecía —confesó, y a continuación relató la aparición del dragón, las palabras sobre la amenaza al imperio si caía ell Prudente, y la misión que el espíritu les había encomendado. Tras esto añadió —: Pero hay algo más… sospechamos que existió un hechicero. Uno que no debería haber estado cerca del emperador.
Omi-o asintio. Su rostro habitualmente jovial reflejaba ahora una seriedad extrema. Acercádose a un gabinete, sacó un pincel y un pequeño cuenco de tinta y se dirigió a Chihiro.
—Debo escribir un símbolo en vuestra piel —pidió—. No os preocupéis. De este modo sabré si lo que voy a deciros se lo reveláis a alguien. Y a quien.
Chihiro, tras un momento de duda, extendió el brazo y se dejó trazar un símbolo en él. Tras hacer esto, ell adivino cerró los ojos, como si buscara algo en su interior.
—Hubo un tiempo —empezó Omi-o, con voz grave— en el que el antiguo emperador, que confía en la magia y el feng-shui, contrató adivinos para asistirle en el conflicto que lo llevaría al poder. Yo estaba entre ellos. —Hizo una pausa—. Porque no soy tan joven como parezco.
Chihiro lo miró, sorprendido.
—Tras llegar al poder —continuó Omi-o—, se descubrió una historia terrible. Uno de los adivinos era un hechicero oscuro, seguidor del mahō. Provenía del continente y había ocultado la naturaleza de sus artes. No se habría descubierto porque era el más importante y poderoso de todos. —Su voz tembló levemente—. Pero, a pesar de su disfraz, el emperador tenía otras fuerzas a su disposición, relacionadas con la naturaleza, que lo advirtieron. Eran criaturas de los bosques, expertas en transformaciones.
—¿Kitsune? —preguntó Chihiro.
Omi-o asintió.
—En un día aciago, pero victorioso, los adivinos le plantamos cara e invocamos un arcano para capturarlo. —Hizo una pausa—. Aunque él mató a la mayoría. Yo vi morir a mi maestro.
Chihiro contuvo el aliento.
—Al final, el ser fue muerto —dijo Omi-o—. Pero el espíritu de estas criaturas es persistente. Todo esto se ocultó para que no se supiera que tal ser, Fu-Hou-Lang, había estado cerca del emperador. Pues a pesar de todo, consideramos que Go-Shirakawa había alcanzado legítimamente su poder.
Chihiro le contó a Omi-o la historia de la tumba del lago, el símbolo chino en la lápida y la criatura que habitaba en el islote de cráneos.
Omi-o escuchó en silencio, su rostro cada vez más serio.
—Como está escrito, la mancha de ese mal se transmite a quienes tratan con él —dijo al fin—. Pero el poder de resucitar… sobrepasa lo posible.
Chihiro asintió.
—Creo que ello podría estar relacionado con las regalías imperiales.
El adivino se sobresaltó.
—¿Las regalías? —Su voz delataba una mezcla de incredulidad y temor—. ¿Cómo?
Chihiro le relató su revelación en Kikai-ga-shima, de boca del Buda Kannon, que le había dicho que una de las regalías estaba contaminada.
Omi-o frunció el ceño.
—Me cuesta creerlo —admitió—. Aunque explicaría lo que sabes. —Hizo una pausa—. Tal vez pudo ocurrir cuando nadie lo viera.
El adivino miró a Chihiro con recelo y añadió:
—Debo deciros que dudo si seguir adelante. Sin duda sois consciente de la ascendencia de Isoka Kenji. Eso podría ser un problema.
Chihiro negó con la cabeza.
—Yo confío en él.
Omi-o asintió, aunque no del todo convencido. Pero prosiguió:
—Tenéis que saber que las regalías solo se reúnen para la coronación de un nuevo emperador —explicó—. Y son llevadas ocultas en cofres.
—Entonces, ¿podría ser que Fu-Hou-Lang quiera estar presente en la próxima coronación para recuperar su forma física? —preguntó Chihiro.
—De nuevo, me cuesta creerlo —respondió Omi-o—. Quien posee el poder que parece tener esa criatura no puede perderlo, aunque sí puede ser encerrado.
Volvieron al lugar donde los esperaban Kenji y Haruki. Omi-o hizo un gesto y las doncellas se retiraron, dejando a los cuatro hombres a solas.
—Creo que un gran poder quiere impedir un mal sobre la línea del Trono del Crisantemo —dijo Omi-o, con gravedad—. En dos sentidos.
Los samuráis lo miraron, expectantes.
—Por un lado —continuó el Omi-o—, como adivino, sé que el tiempo corre. Si el hechicero del que sopechamos ha creado una entrada de criaturas sobrenaturales a este mundo, es porque ha recuperado su poder.
Los samuráis se miraron entre sí con preocupación. El adivino continuó:.
—Por otro lado, los planes del primer ministro consisten en hacer emperador cuanto antes a su nieto Antoku. Para ello, habrá que reunir las regalías. Pero si han sido contaminadas, los dioses no reconocerán al emperador.
Omi-o levantó la vista, mirando con determinación a los ojos a los samuráis.
—Sin embargo, solo el emperador y algunos sacerdotes del templo de Amaterasu pueden tocarlas —añadió—. Y los lugares de culto donde pueden estar escondidas las regalías están protegidos física y sobrenaturalmente.
Chihiro se tocó la barba, pensativo.
—Aun así, tal vez Shigemori podría convencer a su padre de posponer la coronación.
—Pero se ha retirado —dijo Omi-o—. Cansado de enfrentarse a su padre por el poco respeto de Kiyomori a las tradiciones.
Kenji resopló.
—Sin duda Kiyomori quiere coronar a un niño para aumentar su poder sobre las decisiones imperiales —dijo Kenji.
Haruki negó con la cabeza.
—Es algo más. Lo que el viejo Taira desea es inaugurar una dinastía propia para su familia.
Omi-o asintió.
—En eso creo que estás en lo cierto, joven Nakahara.
Kenji y Chihiro callaron un momento, sumidos en sus propios pensamientos. Empezaban a creer que el brujo podía estar tratando de vengarse de Go-Shirakawa. “Lo cual” musitó Kenji para sí, “tampoco estaría tan mal…”
Haruki preguntó:
—Entonces, ¿qué debemos hacer respecto a "El Prudente"?
Omi-o suspiró.
—Hay incluso menos tiempo del que dice el oráculo. Se ha difundido así para no alarmar, pero en realidad la muerte anunciada es inminente. —Hizo una pausa—. Deberíais informarle. Es el único que puede convencer a su padre.
El adivino reflexionó un momento, acariciándose la barba.
—Mientras tanto, investigaré sobre cómo destruir a esa criatura inmune —dijo al fin—. La mayoría de los grandes adivinos han desaparecido, así que no será fácil. Pero ahora sabemos que no es un mago, sino un demonio presente en esta tierra y con comunicación con el otro lado.
Se despidieron de Omi-o. Al salir, Haruki no pudo resistirse a quedarse atrás, para halagar a una de las doncellas con un haiku picante:
"Parece que va a nevar,
hoy tiene cerco la luna.
Parece que va a nevar…"
En ese momento, Chihiro y Kenji se detuvieron alarmados al escuchar el inconfundible sonido de un sopapo. Al volverse, vieron que Haruki bajaba los escalones cubriéndose la mejilla con expresión avergonzada.
—Son tiempos caóticos —refunfuñó el cortesano—. Sin duda, malos tiempos para la lírica.
Por el camino de vuelta a sus aposentos, los samuráis tomaron la decisión de partir sin demora hacia Kumano para hablar con Shigemori. Aunque primero Haruki necesitaba dejar atados unos cabos.
—No podemos ir a Kumano —dijo—, sin pasar antes por Nara. Porque es imprescindible hablar con el eremita devoto de Yakushi Nyorai antes que con Shigemori. Y antes de eso —añadió, con un gesto de amargura—, debo hablar con mi hermano.
Día 17
Yoshi se detuvo al llegar a la bifurcación del camino, mirando con un ojo cómico la dirección que se disponía a tomar Haruki y la que tomarían los demás.
—Kenji y yo, a Nara —dijo Chihiro—. Y tú...
—Yo también —dijo Yoshi alegremente—, que no tengo familia que me entretenga.
—Cállate, bonzo —murmuró Haruki, volviéndole la espalda y sumiéndose en sus pensamientos.
Kenji, Chihiro guardaron silencio. También Yoshi, por una vez. Haruki se volvió hacia los tres, con la expresión dura de quien no está dispuesto a dar explicaciones.
—Nos encontraremos en el santuario de Kasuga-Taisha —dijo—. No llegaré tarde.
Dicho esto, tomó su camino.
Kenji lo siguió con la mirada y luego se dirigió a sus compañeros con preocupación:
—Lleva todo el viaje hablando de su familia, pero ahora prefiere que no la conozcamos.
—Tal vez se avergüence de ellos —dijo Yoshi, burlón.
—O tal vez me avergüence de vosotros —murmuró Haruki sin darse la vuelta, antes de desaparecer tras un recodo del camino.
Las montañas de Ōmi aparecieron cubiertas por una ligera bruma. Haruki conocía cada vuelta del camino desde la infancia, pero aquella vez todo parecía distinto. Los arrozales estaban peor cuidados de lo que recordaba. Muchos bancales permanecían sin cultivar y algunos campesinos trabajaban en silencio, con la mirada apagada.
Cuando pasaba junto a ellos, lo saludaban con respeto.
—Señor Nakahara.
Él respondía inclinando la cabeza. Pero notó que ninguno lo recibía con alegría.
La residencia de su hermano también había conocido tiempos mejores. El tejado mostraba reparaciones improvisadas y el jardín había perdido la armonía que siempre había caracterizado a la familia Nakahara. Fue su cuñada Setsuko quien salió a recibirlo. La esposa de Hiroshi hizo una profunda reverencia.
—Bienvenido a casa, Haruki.
El cortesano devolvió el saludo.
—¿Cómo está mi hermano?
Ella vaciló un instante antes de responder.
—Hoy tiene uno de sus días buenos.
Aquella respuesta bastó para que Haruki comprendiera la gravedad de la situación.
Entró en la vivienda. El olor a madera envejecida y al brasero le resultó familiar. En la estancia principal encontró a su padre, Nobumasa. El anciano contemplaba distraídamente el jardín. Su cabello era ya completamente blanco y sus ojos parecían perderse en recuerdos que solo él alcanzaba a ver.
Haruki se arrodilló.
—Padre.
Nobumasa volvió lentamente la cabeza.
—¡Haruki!
Durante un instante sonrió con la alegría de quien reconoce a un ser querido. Pero en seguida su rostro cambió como el que hace una confidencia.
—¿Has visto a esa joven sirvienta sirvienta en la puerta? —dijo el anciano— ¡Ah, quién tuviera veinte años menos!
Haruki sintió un nudo en la garganta al comprender que se refería a la esposa de su hermano mayor. Su padre ya no vivía del todo en el presente.
—Es Setsuko, padre. La mujer de Hiroshi —respondió el cortesano, pacientemente.
El anciano pareció contrariado.
—¡Ya lo sé, hijo! —replicó — Lo que digo es que tenemos que renovar el servicio.
Y volvió a perder la mirada en el jardín.
Poco después apareció Hiroshi.
Su hermano caminaba despacio. La manga de su brazo derecho, vendado desde hacía más de un año, estaba oscurecida por la humedad. La herida nunca había dejado de supurar. Pero aquel día parecía haber recuperado algo de la dignidad de un samurái, aunque el abatimiento seguía instalado en su rostro. Se saludaron en silencio antes de sentarse frente a frente. Tras intercambiar unas pocas palabras sobre el viaje, Haruki comprendió que no tenía sentido prolongar la espera.
—He venido porque he encontrado un rayo de esperanza.
Hiroshi levantó la vista.
—¿A qué te refieres?
—Durante la misión que los kami me encomendaron he sabido de un ermitaño capaz de devolver la salud a tu brazo.
Por primera vez en muchos meses, los ojos de Hiroshi brillaron.
—¿Podría curarme?
Haruki tardó unos instantes en responder.
—Sí —hizo una pausa demasiado larga—. Pero solo puede curar a una persona.
La expresión de Hiroshi cambió a una de desconcierto. Haruki continuó con voz vacilante.
—He sabido que un hombre cuya vida sostiene la paz del imperio morirá muy pronto si no recibe esa ayuda en tu lugar. Si él muere, se avecina una guerra que arrasará el imperio.
Hiroshi permaneció inmóvil.
—Así que has venido a preguntarme si prefiero sacrificar mi brazo por un desconocido.
—He venido porque no podía decidirlo sin hablar contigo.
Su hermano apartó lentamente la taza de té.
—¿Y quién es ese hombre?
—No puedo decirlo. Pero sé que su muerte traerá desgracias para todo Japón.
Hiroshi dejó escapar una amarga sonrisa.
—Qué conveniente.
Haruki abrió la boca para responder, pero su hermano levantó la mano izquierda.
—He perdido mi vida sirviendo a mi familia. Perdí mi brazo por su honor. Perdí mi reputación por ella. ¿Y ahora debo seguir sacrificándome por un hombre al que ni siquiera conozco?
—No te pido eso...
—Es exactamente lo que me estás pidiendo.
La voz de su hermano era más dura de lo que Haruki recordaba haberla oído en mucho tiempo.
—Porque si realmente quisieras salvarme, no habrías venido a consultármelo —siguió diciendo Hiroshi—. Ya habrías tomado el camino hacia ese ermitaño. Pero quieres hacer lo que crees correcto. Es lo que siempre haces.
Había resignación en sus palabras. Y también resentimiento. Entonces apostilló:
—Si eliges a ese desconocido será el final de nuestra familia. Si crees que ese es el precio que exigen los dioses... págalo.
Haruki levantó lentamente la cabeza.
—Hermano...
—Haz lo que quieras. Pero no me pidas que me alegre por ello —una sonrisa amarga cruzó fugazmente su rostro—. ¿Quieres mi bendición? La tienes... aunque a mí no me sirva para nada.
Aquellas palabras cayeron en la estancia como una piedra en un estanque inmóvil. Haruki inclinó profundamente la cabeza.
—Lo siento, hermano.
—No me digas que lo sientes —respondió Hiroshi sin mirarlo— y ve a cumplir con tu misión, ya que no lo haces con tu familia.
Setsuko acompañó a Haruki hasta el exterior.
Durante un rato caminaron en silencio por el sendero que conducía al portón de la finca. El viento hacía oscilar los bambúes y el lejano rumor de los arrozales acompañaba sus pasos.
Fue ella quien rompió el silencio.
—Mi esposo nunca os dirá esto —dijo súbitamente—, pero aún sueña con empuñar otra vez la espada.
Haruki volvió la cabeza.
—Lo sé.
Setsuko sonrió con tristeza.
—Cuando duerme, aún mueve el brazo que no puede usar… —súbitamente, agarró la manga del kimono del samurái —¡Haruki! Si existe una manera de devolverle aquello que perdió... ¡hazlo! Y cuando vuelva a sostener una espada... matará a Fujiwara Itsuke.
Haruki la miró sorprendido.
—Setsuko, incluso si Hiroshi pudiera luchar de nuevo, no podría derrotar a Itsuke —dijo el cortesano—. Es un espadachín demasiado experto para él.
—Entonces le tenderemos una trampa —dijo Setsuko con los ojos desorbitados—. Entre los podréis matarlo. Mi esposo perdió su brazo y perdió su vida el día en que ese hombre lo derrotó. Lo que respira ahora es solamente el resto.
Haruki negó despacio con la cabeza.
—Un acto deshonroso no le devolverá lo perdido.
—Tal vez no —Setsuko sonrió con una serenidad que resultaba inquietante—. Pero nos ayudará a seguir viviendo.
Haruki no encontró palabras. Se limitó a despedirse con una profunda inclinación. Mientras descendía por el camino que abandonaba la casa familiar, tuvo la sensación de que el peso de su carga se había multiplicado. Había partido buscando apoyo y regresaba con el corazón más dividido que nunca.
Durante la semana que duró el viaje de Haruki, Chihiro y Kenji habían permanecido en Nara visitandoel gran santuario de Kasuga-Taisha, cuyos corredores bermellones serpenteaban entre los cedros centenarios. Chihiro dedicó largas horas a la oración y a observar los miles de faroles de piedra cubiertos de musgo, convencido de que un lugar donde habitaban tantos kami terminaría revelándoles alguna señal. Kenji, entretanto, recorría los patios del templo hablando con monjes, peregrinos y guardianes, preguntando discretamente por historias de la era de su antepasado, el emperador Sutoku.
Cuando Haruki apareció, el cansancio del viaje no ocultaba la decepción que llevaba escrita en el rostro. Aquella misma tarde, solicitó audiencia con el abad del templo. Los monjes lo condujeron hasta las dependencias privadas del superior.
El nuevo abad no se parecía a ninguno de los religiosos que Haruki había conocido allí años atrás. Vestía sedas propias de un kuge más que de un monje. Los biombos estaban decorados con refinadas pinturas chinas y, sobre un estante lacado, destacaba discretamente el emblema de los Fujiwara.
El abad sonrió con exquisita cortesía.
—Sed bienvenido. Soy el abad Nagatone. Según mis informes, hace tiempo que no nos visita ningún miembro de vuestra familia. Espero que eso cambie ahora que estáis aquí. Pero, ¿debo el honor de vuestra presencia a algo más que la devoción a la kami de nuestro templo?
Haruki realizó una reverencia.
—Señor abad, busco a un hombre que, según me dijeron los kami, sirve verdaderamente a Yakushi Nyorai. Vive como un ermitaño.
Nagatone frunció ligeramente el ceño.
—Me temo que llegáis con unos meses de retraso. Hace poco que asumí el gobierno espiritual de este templo y no conozco a todos los ermitaños de los alrededores.
Hizo un leve ademán con la mano.
—Mi principal tarea consiste ahora en restablecer la influencia de Kasuga entre las grandes familias que durante demasiado tiempo han descuidado sus obligaciones.
Haruki percibió que aquellas palabras encerraban algo más que simple celo religioso.
—¿Entonces ignoráis donde puede encontrarse ese ermitaño?
—En efecto —el abad reflexionó un instante—. Pero quizá pueda ayudaros mi antecesor. El venerable Nobinaga conserva una memoria extraordinaria. Aunque haya abandonado el cargo, sin duda conoce a cada habitante de estos montes mejor que cualquiera de nosotros.
Haruki asintió lentamente. Mientras hablaban, observó con atención al abad. Nagatone hablaba de donaciones con la misma naturalidad que de oraciones. Mencionaba alianzas familiares con el mismo interés que las ceremonias religiosas. Había en él una ambición cuidadosamente envuelta en cortesía.
—Vuestro señor Watanabe, por ejemplo... —comentó casi distraídamente mientras servía té—. Su casa atraviesa un momento delicado. Una nueva esposa podría darle el heredero que tanto necesita. Y si la fortuna no lo permitiera... siempre sería prudente convencerlo para que nombre heredero a un hombre fuerte y leal. Naturalmente, alguien digno de semejante responsabilidad.
Sonrió con elegancia.
—Los templos también debemos velar por el buen orden del reino.
Haruki respondió con otra sonrisa igualmente correcta. Pero comprendió que aquel hombre hablaba mucho más de poder que de iluminación.
Mientras Haruki hablaba con el abad, Chihiro y Kenji, que se mantenían alerta, vieron un grupo de soldados Minamoto que recorrían los caminos del templo. Avanzaban con paso firme, sus armaduras brillando bajo el sol de la tarde. Sus rostros eran serios, casi adustos, y sus manos no se apartaban del pomo de sus espadas.
—Los soldados de los Minamoto no suelen visitar los templos. No se distinguen por su devoción —murmuró Kenji, observando cómo el grupo se perdía entre los árboles sagrados del bosque que rodeaba el templo.
—Quizás estén escoltando a alguien —respondió Chihiro, con los ojos entrecerrados—. Y con lo que se cuece en estos lugares, no es buena señal.
Al salir Haruki de su entrevista, se dirigieron hacia la pagoda del viejo abad Nobinaga. Lo encontraron en el claro donde solía dar de comer a los ciervos. El anciano, con su hábito desgastado y su bastón de madera tallada, alzó la vista al escuchar sus pasos. Sus ojos, nublados por la edad, se iluminaron al ver a Haruki.
—¡Ah, Nakahara Hiroshi! —exclamó, con una sonrisa que le arrugó aún más el rostro—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Haruki se inclinó con respeto. —Soy Haruki, venerable. Hiroshi es mi hermano.
Nobinaga parpadeó, como si intentara enfocar su mirada. —¡Ah, Haruki! —repitió, como si el nombre le trajera recuerdos más claros—. ¡Claro, claro! La señora Futsunishi Amenokohane, la kami del templo, estará encantada de saber que has venido.
Haruki sonrío, aunque su mente ya estaba en otra parte. —Venerable Nobinaga, busco al eremita que siente verdadera devoción por Yakushi Nyorai. Sé que vive cerca aquí.
Nobinaga asintió, rascándose la barba blanca. —Ah, Ikodo-san. Un hombre sabio, aunque algunos dicen que está un poco... tocado por los kami —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Sigue el camino que atraviesa el río Nuto hasta la caverna de los budas dorados. Un poco más al norte encontrarás su cabaña. Es difícil de ver, pero si prestas atención al canto de los pájaros, te guiarán.
—¿Sigue vivo? —preguntó Kenji, con un deje de escepticismo.
Nobinaga se encogió de hombros. —No lo sé. Hace mucho que no lo veo. Pero él debe ser la persona que buscas. Otros señores han acudido a su puerta por sus conocimientos. —Hizo una pausa, como si recordara algo—. Dile que Nobinaga le manda sus saludos. Y que no olvide sus deberes con el templo.
El abad les dio recuerdos para la familia de Haruki, a la que recordaba como honorable y profundamente preocupada por su espiritualidad. Les deseó suerte y se despidió con una inclinación de cabeza.
Partieron hacia la cabaña del eremita, siguiendo el camino que Nobinaga les había descrito. El sendero serpenteaba entre bosques de cedros y arces, donde la luz del sol se filtraba entre las hojas como si el propio cielo los bendijera. El aire olía a tierra húmeda y a resina fresca. Al cabo de una hora, llegaron a un estanque cristalino, lleno de peces que nadaban perezosamente bajo la superficie. El agua reflejaba el cielo como un espejo, y los peces, de colores rojos y dorados, parecían danzar en un ballet silencioso. Haruki se detuvo, fascinado. La belleza del lugar lo inspiró, y en voz baja, casi para sí mismo, compuso un poema:
Los peces rojos
nadan en el cielo.
¡Espejo del agua!
Kenji y Chihiro lo miraron con curiosidad, pero no dijeron nada. Sabían que, para Haruki, la poesía era una forma de calmar su mente.
Pasaron junto a la gruta donde se cobijaban las estatuas de Buda, talladas en la roca con una precisión que delataba la mano de un maestro. Entre ellas, la de Yakushi Nyorai, el Buda de la Medicina, destacaba por su serenidad y su aura de compasión. Haruki se detuvo un momento ante ella, como si buscara respuestas en su rostro de piedra.
Fue Kenji quien encontró un viejo camino, apenas visible entre la maleza. Lo siguieron, y al doblar una curva, la cabaña apareció ante ellos. Era una construcción humilde, de dos plantas, con las paredes de madera oscurecida por el tiempo. El tejado, cubierto de musgo, parecía fundirse con el bosque. En un claro cercano, un par de ciervos pastaban tranquilamente.
Kenji, siempre el más sigiloso, se acercó sigilosamente, pero Chihiro pisó descuidadamente una rama seca. El crujido alertó a los animales que alzaron la cabeza y, de un salto, desaparecieron entre los árboles.
—¡Qué poco cuidadoso, Chihiro! —susurró Kenji, con una mezcla de frustración y diversión.
—¡Bah! —respondió Chihiro, encogiéndose de hombros—. No son más que ciervos. No son ningún kitsune al que haya que atrapar.
En ese momento, escucharon un rumor de pasos detrás de la cabaña. Al poco, una figura emergió de entre los árboles. Era un hombre anciano, encorvado por una gran joroba que le deformaba la espalda. Llevaba un sombrero hecho de ramas de brezo entrelazadas que ocultaba la mayor parte de su rostro y, a la vez, delataba su relación con la naturaleza. Una mochila de piel colgaba de su hombro, y en su cinturón, entre otros objetos extraños, destacaba un cráneo humano, pulido y brillante. Su barba, blanca y larguísima, le llegaba casi hasta la cintura.
—¡Ah, visitantes! —dijo, con una voz que, pese a su edad, sonaba fuerte y clara—. ¡Bienvenidos a mi humilde morada!
Haruki se inclinó con respeto. —Soy Nakahara Haruki. Estos son mis amigos: Chihiro, Kenji y Yoshi. Buscamos al sabio Ikodo-san.
El anciano se rió, un sonido que resonó como el crujido de hojas secas.
—¡Ikodo-san! ¡Hace años que nadie preguntaba por mí! —se ajustó el sombrero de brezo y los observó con ojos brillantes, como si los evaluara—. Pero entrad, entrad. El bosque es generoso, pero la noche se acerca.
Yoshi, siempre el más directo, no pudo evitar preguntar: —¿Y los ciervos? ¿Son suyos?
El eremita se rio de nuevo. —¡No, no! Solo me ayudan a mantener limpio el claro. Son amigos, no sirvientes. —Hizo una pausa, como si recordara algo—. Un viejo abad, Nobinaga, me permitió establecerme aquí hace muchos años. Los monjes me ayudan a sostenerme, y yo les doy hierbas y consejos. Un acuerdo justo.
Su piel, pegada a los huesos como pergamino viejo, delataba una edad incomprensiblemente avanzada a los samuráis, pero sus movimientos eran ágiles y su vitalidad, sorprendente. Los invitó a entrar en la cabaña, un lugar que, a primera vista, parecía más el almacén de un farmacéutico que una casa.
Un olor nauseabundo los golpeó al cruzar el umbral. Era una mezcla de hierbas, carne secándose, raíces y algo más, agrio y penetrante que les hizo arrugar la nariz. La estancia estaba repleta de restos de animales, raíces colgando del techo, frascos con líquidos de colores indeterminados y ollas donde burbujeaban cocimientos de aspecto poco apetecible. En un rincón, un fuego crepitaba, y sobre él, una olla humeante despedía un aroma que, aunque fuerte, no era del todo desagradable.
—Perdonad el desorden —dijo el eremita con una despreocupación que desmentía su disculpa.
Les sirvió una sopa espesa, de un color marrón oscuro y un sabor que, aunque extraño, resultaba reconfortante. Haruki, tras el primer sorbo, se atrevió a explicar el motivo de su visita.
—Ikodo-san, he venido porque necesito su ayuda —dijo, con voz firme—. Los dioses me han encomendado una cura, pero solo puedo salvar a una persona. Y no sé a quién elegir.
El eremita lo miró con ojos penetrantes, como si intentara leer su alma.
—La cura es un regalo, pero también una carga —dijo, asintiendo lentamente—. Pero cuéntame más. ¿Quiénes son los enfermos? ¿Qué los aflige? ¿Cuáles son sus horóscopos?
Haruki hizo memoria sobre lo que sabía del nacimiento de Taira Shigemori. Al explicarlo, se dio cuenta de que ambos enfermos compartían un horóscopo muy similar, un detalle que pareció interesar especialmente al eremita. Este asintió, como si esa información confirmara algo que ya sospechaba.
—El destino a veces teje hilos que no vemos —murmuró—. Pero el horóscopo puede ser una clave.
La conversación se alargó hasta que el sol comenzó a ponerse. El eremita les ofreció quedarse a dormir dentro de la cabaña, pero el olor y el desorden los disuadieron. Prefirieron acampar fuera, bajo el cielo estrellado.
Haruki abrió los ojos cuando aún no había amanecido del todo. Desde el interior de la cabaña llegaban golpes sordos, el chirrido de una piedra contra un mortero y un murmullo ininteligible que parecía una conversación mantenida con las propias hierbas. De cuando en cuando se oía un hervor, luego un chasquido, después el sonido de algo removido con una cuchara de madera.
Yoshi se incorporó despacio.
—¿Lleva mucho despierto?
—Creo que nunca se acostó —respondió Kenji, contemplando el humo que escapaba por las rendijas del tejado.
Poco después, el extraño concierto fue sustituido por un silbido agudo.
—¡Eh! ¡Venid! ¡Las señoritas ya están aquí!
Los cuatro rodearon la cabaña.
Varias cabras blancas pastaban tranquilamente entre la hierba del claro. Parecían conocer el lugar desde hacía años y se acercaban sin miedo al anciano, que les acariciaba el lomo con una mano llena de manchas oscuras.
—Buenos días —dijo el eremita con una sonrisa desdentada—. Hoy desayunaremos bien.
Se volvió hacia Haruki.
—Necesito leche.
El cortesano miró a Sabu, su fiel criado.
—Ordeña tú las cabras —ordenó.
Sabu abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Jamás he ordeñado una cabra.
—Es fácil. ¿Nunca has apretado un pezón?
Kenji soltó una carcajada.
—No es difícil. En mi aldea lo hacíamos con frecuencia.
Sabu lo miró esperanzado.
—¿Me enseñará?
—Ven.
Tras varias indicaciones de Kenji, Sabu consiguió que empezaran a caer los primeros chorros dentro del cuenco de madera.
—¡Lo estoy haciendo!
La cabra lanzó un balido de evidente fastidio.
—Creo que ella no comparte tu entusiasmo —comentó Yoshi.
Cuando terminaron con la segunda cabra, el anciano salió de la cabaña cargando un pequeño recipiente de barro del que escapaba un olor acre.
Observó la leche con gesto satisfecho.
—Servirá.
La vertió junto a varias hierbas machacadas y removió lentamente la mezcla.
Después levantó la vista hacia los cuatro viajeros.
—Ahora os necesito a vosotros.
Haruki dio un paso adelante.
—Decidnos qué debemos hacer.
El anciano señaló hacia el sur, donde una suave colina asomaba entre las copas de los árboles.
—Hace muchos años planté allí unos frutales.
Yoshi arqueó una ceja.
—¿Vos?
—Sí. Entonces era bastante más joven.
Nadie comentó aquella evidente ironía.
—Su fruto madura precisamente en esta época. La gente del templo terminó llamándolo "el fruto de la inmortalidad".
Sonrió con cierta melancolía.
—Necesito una cesta llena —prosiguió—. Vuestros dos enfermos comparten una configuración muy poco frecuente bajo el cielo. Es una coincidencia extraordinaria. Creo que me vendrían bien esos frutos.
Kenji miró hacia la colina.
—¿Está lejos?
—No demasiado. Seguid el sendero que desciende hasta el arroyo. Después encontraréis unas piedras cubiertas de musgo. Desde allí nace un viejo camino. Nadie lo utiliza ya, pero aún conduce hasta el huerto.
El camino zigzagueaba cuesta arriba, entre rocas cubiertas de musgo y cedros centenarios que exhalaban un dulce olor a resina. Kenji, que llevaba la delantera, seguía el sendero con la precisión de un cazador experto. Chihiro, sin embargo, se detuvo de repente. Sus dedos se cerraron alrededor del mango de su espada, aún envuelta en una tela.
—Cuidado —susurró, con una tensión en la voz que hizo que los demás se detuvieran—. Hay algo ahí.
Haruki y Kenji miraron a su alrededor, escudriñando el bosque. Entre los matorrales, más arriba, el follaje crujió. Dos figuras pequeñas emergieron, vestidas con harapos hechos de hojas secas que se movían como si fueran parte del follaje. Tenían cabellos negros y enmarañados. Avanzaban cuesta arriba con pasos ligeros, casi danzantes, pero había algo en su movimiento que helaba la sangre.
La figura que iba delante se giró. Y entonces lo vieron.
Su rostro era una pesadilla: ojos rasgados como grietas, la piel de un verde enfermizo, como si la podredumbre la tiñese desde dentro. La boca, demasiado ancha, se entreabría mostrando dientes afilados como agujas.
—¿Sikome? —murmuró Kenji, con un hilo de voz.
Chihiro contuvo el aliento. Sabía las historias: las sikome eran brujas infernales, criaturas que se alimentaban de la descomposición y el caos. Pero aquellos seres parecían otra cosa. El que iba detrás llevaba una coleta.
El silencio se extendió por el bosque. Los pájaros dejaron de cantar. Incluso el viento parecía contener el aliento. Pero las criaturas no vieron a los samuráis. Siguieron caminando hacia arriba, como si supieran exactamente adónde ir.
Los tres amigos reanudaron su marcha, ahora con más cautela. Kenji, siempre el más sigiloso, avanzaba como una sombra entre los árboles. Al doblar una curva, descubrió que había más de esas criaturas. Estaban agachadas entre unos zarzales, arrancando bayas con sus dedos delgados y comiéndolas con avidez. Sus risas, agudas y desafinadas, resonaban como el crujido de ramas secas.
Kenji retrocedió sin hacer ruido y les hizo una señal a los demás. Con un gesto, les indicó que había encontrado otro camino: el lecho seco de un torrente, que serpenteaba hacia arriba entre las rocas. Lo siguieron, y al llegar a la cima de la colina, el paisaje se abrió ante ellos.
En el centro de un claro había un pequeño bosquecillo, y entre sus ramas se percibía movimiento. A la izquierda, una terraza natural se extendía hacia un huerto de frutales, bañado por la luz dorada del sol naciente. Más allá, la ladera caía abruptamente hacia el templo, como si el mundo cayese hacia el vacío. Pero no fue el paisaje lo que los dejó paralizados, sino el olor. Un hedor a carne muerta se mezcló con el aroma dulce de los frutales. Y entonces, los gritos.
Había más criaturas de aquellas. Y habían encontrado algo. Un cervatillo, muerto, estaba siendo arrastrado hacia el centro del claro con alaridos de alegría, como si fuera un trofeo. Otras llegaron con puñados de bayas, y todas se agolparon a su alrededor, comiendo con voracidad.
Entonces, del bosque emergió una figura monstruosa, más alta que un hombre, con la piel grisácea y cubierta de cicatrices. Llevaba un garrote enorme, forrado de hierro en el extremo, que arrastraba al caminar. Sus ojos, pequeños y brillantes, escudriñaron a las criaturas como si fueran de su propiedad. Arrancó un trozo de carne del cervatillo y lo devoró entre los quejidos de las criaturas más pequeñas, que, sin embargo, no se atrevieron a más. Era su líder. Y sin duda, era un oni.
Los samuráis se agacharon tras unos arbustos, observando la escena. El oni y su séquito bloqueaban el camino hacia los frutales.
—Tenemos que pasar junto a ellas —susurró Kenji, con los ojos fijos en el grupo—. Y no creo que nos dejen hacerlo sin luchar.
Chihiro asintió, con una determinación fría en la mirada. —Hay que acabar con ellas. No son criaturas naturales. Su presencia aquí no puede ser casual.
Haruki frunció el ceño, pensando. —Si las atacamos directamente, el oni nos arrollará.
—Entonces tendremos que ser listos —dijo Chihiro—. Yo me acercaré escondiéndome detrás de aquellas piedras. Kenji, cuando yo esté cerca del oni, disparale con tu arco. Que se acerque a mí. Entonces le lanzaré un encantamiento a bocajarro.
—Es un buen plan —murmuró Kenji, sin dejar de mirar el festín en el centro del claro—. Si no fuera porque hay una decena de esas criaturas. Puede que no sean muy fuertes, pero tal vez no nos dejen concentrarnos en el oni.
—Se me ocurre que podría utilizar esto —dijo Haruki, sacando la flauta de hueso que Osoke le había dado. Sabía que el sonido de aquel instrumento era capaz de alterar el ánimo de las criaturas—. Podría tocar una melodía de guerra que infunda temor en esos seres.
Chihiro y Kenji asintieron. Era una idea que podía funcionar.
Kenji tensó su arco y seleccionó una flecha mientras Chihiro y Haruki se alejaban en direcciones opuestas para ocupar sus puestos en la emboscada. Durante un momento, el arquero temió que sus amigos no fueran lo bastante sigilosos como para llegar a sus escondites sin ser vistos. Le sorprendió agradablemente que lo consiguieran, sobre todo el refinado cortesano, que había conseguido ocultarse tras unas rocas muy cerca del grupo principal de los enemigos.
Cuando los samuráis estuvieron en sus posiciones. Kenji salió de los arbustos y comenzó a insultar al oni a voz en grito, como si el miedo no formara parte de su vocabulario.
—¡Eh, monstruo de piel de sapo! ¿Es que no ves que tu padre te busca? ¡O es que, como todos los de tu especie, no conoces a tu padre!
El oni alzó la cabeza, sus ojos pequeños brillando con furia. Con un rugido que hizo temblar las hojas de los árboles, se abalanzó hacia Kenji, pasando junto a Chihiro como un torbellino de carne y rabia.
—¡Ahora! —susurró Chihiro.
Lanzó un hechizo trazando un símbolo en el aire. Por un instante, el oni se detuvo, como si el tiempo se hubiera congelado. Pero el efecto no duró. Con un gruñido, la criatura se sacudió la parálisis y se giró hacia Chihiro, escupiendo:
—¡Shugenja! —su voz era un rugido gutural—. ¡Acabaré contigo y tu magia!
Kenji no perdió el tiempo. Disparó una flecha que se clavó en el hombro del oni, pero la criatura apenas parecio notar el impacto. Con un movimiento brusco, arrancó la flecha y la tiró al suelo, como si fuera una molesta mosca.
Haruki comenzó a tocar la flauta, pero las notas iniciales no parecieron tener efecto. Algunas de las criaturas más cercanas, atraídas por el sonido, comenzaron a olfatear el aire, buscando el origen de la música. Otras, más leales al oni, se dirigieron hacia él para defenderlo.
El oni no se había detenido. Con un movimiento rápido, arremetió con su garrote contra Chihiro, que apenas pudo esquivar el golpe. El impacto lo lanzó hacia atrás y dejó un surco en la tierra.
—¡Maldita sea! —Kenji disparó otra flecha, que esta vez se clavó en el muslo del oni. La criatura rugió, más enfurecida que herida, y se giró hacia Kenji con los dientes al descubierto.
Haruki, desesperado, recordó una vieja melodía de guerra de su familia, una que su tío le había enseñado de niño. Cambió el ritmo de su flauta, y de repente, el sonido se amplificó, resonando como si un ejército entero estuviera marchando hacia ellos. Los monstruos, confundidos, comenzaron a retroceder, mirando a su alrededor como si esperaran ver aparecer a un enemigo. El oni, sin embargo, no se dejó intimidar. Con otro rugido, arremetió de nuevo contra Chihiro, que esta vez no pudo esquivar el golpe. El garrote lo impactó en el costado, y el samurái cayó de rodillas sin aliento.
Pero Chihiro no se rindió. Saltando como una centella, se reincorporó y, antes de que el oni pudiera reaccionar, le clavó su espada en el vientre. La criatura rugió, tambaleándose, y cayó de espaldas al suelo.
Chihiro avanzó hacia él, espada en alto, para rematarlo. Pero entonces, el oni, con una expresión de confusión en su rostro grotesco, se giró hacia Kenji.
—¡Ayúdame! —suplicó, con una voz que sonaba extrañamente humana—. ¡Tú... tú tienes la marca!
Kenji frunció el ceño, pero antes de que pudiera reaccionar, Chihiro dejo caer su espada con un movimiento limpio y preciso. La cabeza del oni rodó por el suelo, y su cuerpo se derrumbó, convulsionándose un instante antes de quedar inmóvil.
El silencio volvió al claro. Las criaturas monstruosas, al ver a su líder caído, emitieron chillidos agudos y huyeron en todas direcciones, desapareciendo entre los árboles como sombras.
Los samuráis se quedaron un momento en silencio, recuperando el aliento. Chihiro limpió la sangre de su espada con un trapo y la guardió.
—Eso ha sido... interesante —dijo Haruki, rompiendo el silencio.
—No sé lo que ha sido —respondió Kenji, aunque su voz delataba que no estaba del todo convencido.
Se dirigieron hacia el huerto de frutales. Las frutas eran pequeñas y de un color naranja intenso, colgando de los árboles como joyas. Kenji se acercó a una y la arrancó, examinandola con curiosidad.
—Estas... las vi en el banquete en el palacio de Go-Shirakawa —dijo, con una chispa de reconocimiento en los ojos.
Haruki, siempre refinado, asintió.
—Son mandarinas. Vienen de Kyushu. Son raras por estas tierras.
Recogieron algunas y regresaron a la cabaña, donde Yoshi y el eremita los estaban esperando. El anciano removía algo en una olla que desprendía un fuerte olor.
—¿Y bien? —preguntó Yoshi, al verlos llegar.
Kenji, con una sonrisa triunfal, sostuvo en alto la cabeza del oni.
Yoshi dio un salto hacia atrás, con los ojos como platos. —¡Por todos los budas! —exclamó.
El eremita, sin embargo observó la cabeza con cierta indiferencia.
—Un oni —dijo, como si se tratara de algo evidente—. Pero es raro que se haya acercado a este mundo. Ahora entiendo por qué aquél novicio que envié a por fruta no volvió nunca más…
Haruki, atónito, colocó las mandarinas sobre la mesa de madera de la cabaña. —Traemos esto —dijo.
El eremita tomó una de las frutas y la examino con interés. —Ah, mandarinas. Solo yo tengo este árbol por aquí. Lo traje de la China hace años. Su fruto es muy bueno y muy sano.
Entonces comenzó a pelar y comer las mandarinas con fruición, ante la mirda sorprendida de los samuráis. Al final, apenas usó una rayadura de la piel para la medicina, argumentando que aquello era suficiente para potenciar sus propiedades.
Finalmente, el anciano entregó a Haruki una pasta espesa, de color marrón oscuro y un aroma intenso a hierbas.
—Aquí tienes —dijo—. Debes prepararla como un té para desatascar el ki del enfermo. Aunque recuerda, Haruki: la cura es un regalo, pero también una elección. Tú, como médico, debes decidir a quién salvar.
Haruki asintió, sintiendo el peso de la decisión que debía tomar. Guardó la medicina con cuidado en un recipiente de cerámica que el eremita le ofreció.
El regreso al templo fue rápido. Cuando mostraron la cabeza del oni a los monjes, fueron recibidos como héroes. Los rumores sobre su hazaña se extendieron como el viento, y para cuando llegaron al salón principal, ya había una pequeña multitud esperando para ver a los valientes que habían liberado el bosque de una amenaza tan temible.
El abad del templo, con una sonrisa de alivio, les agradeció su valentía. —Habéis hecho un gran servicio al templo y a los kami —dijo—. Que vuestro nombre sea recordado aquí.
Haruki, sin embargo, no podía dejar de pensar en la medicina que llevaba consigo. Sabía que, muy pronto, tendría que tomar una decisión. Y que, fuera cual fuera, alguien saldría perjudicado.
Día 18
Los monjes del templo de Kasuga-Taisha incineraron la cabeza del oni en una hoguera sagrada, mientras entonaban cánticos para purificar el aire y alejar cualquier rastro de su maldad. Las llamas devoraron la carne corrompida, y el humo negro se alzó hacia el cielo como una ofrenda a los kami para que restauraran el equilibrio. Chihiro observó la ceremonia con el ceño fruncido, sintiendo que la impureza del contacto con la cabeza del omi aún se le pegaba la piel. Los monjes, tras la cremación, realizaron una ceremonia de purificación del templo, rociando agua bendita cada rincón y quemando incienso para limpiar el espacio. Pero, a pesar de ello, seguían mirando a Chihiro con recelo, como si su presencia fuera un recordatorio de la oscuridad que se había aproximado.
Mientras, cuando nadie lo observaba, Kenji se apartó del grupo para practicar con su espada. La hoja encantada, forjada con el acero de su linaje, brillaba bajo la luz de la luna mientras trazaba cortes en el aire, como si estuviera enfrentándose a los enemigos de su antepasado. Haruki, que lo había visto alejarse, se acercó con paso silencioso.
—¿Sueñas con el poder imperial, Kenji? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y reproche—. Pensaba que solo querías recuperar el honor de Sutoku.
Kenji bajó la espada.
—No son sueños, Haruki —respondió, con voz firme—. Es mi deber. Mi sangre me obliga a conseguir algo más que a la redención.
Haruki suspiró, sacudiendo la cabeza. —Ten cuidado, amigo. No dejes que los pájaros en la cabeza te nublen el juicio.
Al día siguiente, partieron en busca de Taira Shigemori, siguiendo las indicaciones del abad Nobinaga. La primera etapa de su peregrinación los llevaría al templo de Hōnju, la puerta de entrada a las rutas sagradas de Kumano.
—Como sacrificio, debemos ir andando —declaró Haruki, a pesar de que llevaban caballos—. El camino de peregrinación exige humildad.
Chihiro asintió, pero sus ojos se posaron en el horizonte, en la dirección de su camino.
—Allí se encuentra el monte Omine, de donde proceden los Shugenja —murmuró—. Los ascetas con quienes comparto el poder contra las criaturas malignas.
El primer tramo del camino discurría por la llanura de Nara, donde los campos de arroz se extendían como un mar dorado bajo el sol. El aire olía a tierra fértil y a hierba fresca, y el canto de los grillos llenaba el silencio. Yoshi, siempre animado, entonó algunas de las canciones picantes que había aprendido en Osaka y entre los piratas de Manami. Su voz hacía reír a Haruki y sonrojar a Kenji.
—¡Yoshi, por el amor de los kami! —protestó Haruki, aunque con una sonrisa en sus labios—. ¿No puedes cantar algo más digno?
Yoshi se rió, dando un trago a su cantimplora.
—¿Digno? ¡Haruki, la vida es demasiado bella para preocuparse de esas cosas! —Y, con una guiño, siguió cantando con más fuerza.
Al cabo de unos días, el paisaje comenzó a cambiar. Las montañas de Kumano se alzaron ante ellos, verdes y agrestes. Los caminos se volvieron más empinados y difíciles, y el aire traía el aroma de los pinos y el murmullo de los arroyos ocultos. Los mosquitos, sin embargo, no daban tregua, y el calor sofocante los obligaba a detenerse con frecuencia para beber agua y secarse el sudor.
Cuatro días después de partir, llegaron a un torii de madera, desgastado por el tiempo pero aún imponente, que marcaba el inicio del camino sagrado de Kumano. Un grupo de mendigos harapientos les pidieron limosnas, que Haruki entregó con indiferencia. Más allá del torii, el sendero se adentraba en un bosque denso, donde la luz apenas lograba filtrarse entre las copas de los árboles.
Fue entonces cuando notaron algo extraño: no habían visto a ningún peregrino en dirección contraria. Ni un solo viajero que regresara de Kumano. El silencio, solo roto por el canto de los pájaros y el crujido de las hojas, se volvía opresivo.
Más adelante, al doblar una curva, encontraron un poblado junto al río que serpenteaba por el fondo del valle. Pero algo no encajaba. No salía humo de las chimeneas. No se oían voces, ni ladridos de perros, ni balidos de cabras. El lugar estaba en un silencio absoluto.
Se acercaron con cautela. Las casas, de madera oscura y techos de paja, parecían abandonadas a toda prisa. Las puertas estaban entreabiertas, y en algunas, los cuencos de arroz estaban sin limpiar, como si sus dueños hubieran huido en medio de una comida.
Haruki recordó escenas de poblados abandonados cuando se acercaba una hueste hostil. Las pistas apuntaban a algo similar: no había víveres, ni herramientas, ni nada de valor. Solo los rastros de una huida apresurada.
—Esto no me gusta —murmuró Chihiro, con la mano en el envoltorio de su espada—. Pero pernoctar aquí será más seguro. Contra los espíritus, las casas son mejor refugio que el bosque abierto.
Yoshi, que tenía un oído muy agudo, frunció el ceño.
—Los animales han desaparecido —dijo, señalando el suelo—. Hay plumas de gallina. Y no veo huellas de lobos o zorros. Es como si... algo los hubiera asustado.
Haruki observó las plumas esparcidas en el suelo.
—Se los habrán llevado los aldeanos —respondió, aunque su voz no sonaba del todo convencida—. O quizá los animales huyeron antes que ellos.
En el fondo, todos sabían que algo no encajaba.
El amanecer llegó sin incidentes, aunque los ruidos de la noche —crujidos, susurros entre la maleza— habrían hecho saltar a cualquier otro. Chihiro se frotó los ojos, aún con el eco de esos sonidos en su mente. Kenji inspeccionó el perímetro con la espada en mano, pero no encontró nada fuera de lo común. Solo el viento meciendo las ramas y el canto de un pájaro solitario.
Haruki, que había pasado la tarde anterior leyendo un rollo de Sun Tzu a la luz de las brasas, se estiró y anunció con voz firme: —Propongo que uno de nosotros vaya por delante, para avisar si hay peligro.
Los demás se miraron entre sí.
—Absurdo —dijo Kenji, sacudiendo la cabeza—. No tiene sentido dividir nuestras fuerzas si nos enfrentamos a algún peligro.
Chihiro cruzó los brazos.
—Tú siempre con tus lecturas, Haruki —refunfuño—. No todo lo que hay que saber está en los libros.
Yoshi, que estaba dando vueltas a su shakujō, sonrió.
—Si crees que es lo mejor, claro que sí, señor Nakahara —dijo, burón—. Pero, ¿quién cuida al vigilante?
Haruki suspiró, hastiado del sarcasmo.
—¡Está bien! —exclamó irritado—. Yo iré en cabeza y no se hable más.
Y se adelantó a todos bien erguido, tratando de mostrar su pose más marcial.
Dos días más tarde, el camino los condjujo a otro pueblo desierto, esta vez en la ladera del valle. El suelo, conservaba marcas frescas, pero emborronadadas por la lluvia de la noche anterior. Kenji se agachó para examinar las huellas, pasando los dedos por ellas.
—Es imposible saber lo que ha ocurrido —murmuró—. Solo que aquí ha pasado algo.
Yoshi frunció el ceño, mirando hacia el bosque. —No me fío. Algo no cuadra.
Haruki, sin embargo, decidió seguir adelante. Acamparon un poco más allá, donde el terreno se aplanaba junto a un claro. A cierta distancia se adivinaba una pasarela de madera sostenida con gruesas cuerdas que cruzaba el río. No se veía ninguna luz en el camino, aunque en noches anteriores habían avistado destellos aislados entre los árboles.
—Sé que la noche anterior se nos acercaron criaturas pequeñas —dijo Kenji, mientras agarraba la empuñadura de su espada.
Chihiro asintió, desenvolviendo la tela en la que guardaba su katana.
Al día siguiente, apagaron el fuego de su campamento y reempredieron su camino. Mientras avanzaban, discutían si debían apresurar el paso para alcanzar a lo que fuera que los precedía.
—Si hay alguien delante, ya lo estamos alcanzando —argumentó Haruki, citando de nuevo a Sun Tzu—: "No te muevas a menos que veas una ventaja". Si apretamos el paso, podemos llegar cansados al combate.
Chihiro puso los ojos en blanco.
—O puede que dejemos escapar algún mal suelto en este mundo —replicó.
Kenji no dijo nada. Solo ajustó el cinto de su espada y siguió caminando.
Cuando se acercaron a la pasarela, el silencio se hizo más profundo. El río fluía con un murmullo constante, pero no había pájaros, ni insectos, ni el más mínimo sonido que delatara vida. Solo el sonido de sus propias sandalias sobre la tierra del camino.
Fue entonces cuando escucharon un chasquido.
Chihiro, Yoshi y Sabu, que iban en retaguardia, no tuvieron tiempo de reaccionar. Una red los envolvió dejándolos colgados de la rama de un árbol, como peces atrapados. Chihiro maldijo, forcejeando con la malla, pero la red era resistente, tejida con fibras gruesas que no cedían.
—¡Por todos los budas! —gruñó Yoshi, intentando liberars.
Kenji, que iba unos pasos por delante, se vio atrapado por una trampa similar. Antes de que pudiera reaccionar, también estaba colgado varios metros sobre el suelo. Pero había conseguido sacar su espada y comenzó a cortar las cuerdas, aunque el movimiento era difícil.
Haruki, que iba en cabeza saltó hacia un lado justo a tiempo de esquivar la red que había capturado a Kenji.
—¡Emboscada! —gritó, desenvainando su wakizashi—. ¡No os preocupéis! Enseguida os libero.
Pero no tuvo tiempo. Un enjambre de figuras pequeñas emergió de entre los arbustos, gritando en una lengua gutural. Eran similares a las que habían encontrado en la colina de los mandarinos: pequeñas, de piel verdosa, con narices ganchudas y ojos brillantes. Blandían lanzas y arcos y flechas rudimentarios.
—¡Otra vez esos sikome! —gritó Chihiro, forcejeando con la red—. ¡O lo que quiera que sean!
Con un movimiento rápido, Haruki decapitó a una de las tres criaturas que lo atacaban con lanzas. Súbitamente, la tensión acumulada durante los últimos días lo había dejado mudo y confuso, como durante el combate con el necrófago. Sus ojos, abiertos de par en par, no veían más que los enemigos, y su cuerpo solo sabía pelear.
Kenji, mientras tanto, había cortado la red que lo atrapaba y cayó al suelo sin herirse, aunque desorientado. Dos de las criaturas seguían atacando a Haruki, que se defendía como un demente, pero las pequeñas flechas que otras disparaban alcanzaron a Chihiro, Kenji y Yoshi, quienes se dolieron de sus heridas.
Chihiro, tras romper su propia trampa, cayó al suelo como un fardo. Pero su instinto, entrenado en años de combate contra lo sobrenatural, lo guió. Saltó contra un grupo de sikome, anticipando sus movimientos como si pudiera leer sus intenciones. Con una estocada precisa, mató a uno. Kenji, con la agilidad de un espía, se metió entre los matorrales tras caer, y desde allí asestó un golpe mortal a otra criatura.
Pero la suerte no estaba de su parte. Un grupo de arqueros sikome concentró sus flechas en Chihiro. Los certeros disparos terminaron haciendo que el samurái mordiese el polvo.
Yoshi, con su shakujō, logró herir a uno de sus atacantes, pero la situación se volvía cada vez más desesperada.
Haruki derribó a otro de sus adversarios, haciendo huir a un tercero. Aún mudo y confuso, escuchó gritos provenientes del camino de donde venían. Entre los bambúes, vio movimiento. Sabu, que había huido en esa dirección tras caer de la red, volvió corriendo hacia Haruki.
—¡Señor! —gritó Sabu, con voz quebrada por el pánico—. ¡Vienen más!
Haruki, con gestos frenéticos, le ordenó que avisara a los demás. Sabu, sin entender muy bien qué le pasaba a su señor, corrió hacia Kenji, que había matado a otra criatura, y Yoshi, que en ese momento ayudaba a Chihiro a levantarse.
—¡Más monstruos! —gritó Sabu—. ¡Vienen por detrás!
Kenji miró a su alrededor para evaluar la situación. Observó que el puente se bamboleaba con el viento y que, en la otra orilla, había un denso follaje que ofrecía protección.
—¡Cruzad el puente! —gritó a los demás—. ¡Allí hay cobertura y el viento desviará las flechas!
Yoshi y Sabu, con esfuerzo, ayudaron a Chihiro a cruzar la pasarela de madera. Kenji y Haruki se quedaron atrás, defendiendo el acceso. Kenji disparó su arco, matando a otro de los sikome que los perseguían. Los demás respondieron con una lluvia de flechas, que alcanzaron a Kenji y Haruki, aunque sin herirlos seriamente.
Con la ayuda de Sabu y Yoshi, Chihiro llegó al otro lado del puente y se refugiaron entre los matorrales. Haruki, viendo que el camino estaba despejado, corrió por la pasarela. Kenji, tras un último disparo, se giró y también echó a correr.
Cruzaron el puente entre una lluvia de flechas que, por fortuna, esta vez no los alcanzaron. Una vez al otro lado, se refugiaron entre los matorrales. Las criaturas, al ver que sus presas habían escapado, dudaron.
Kenji, jadeando, miró a Haruki.
—¡Hay que cortar el puente! —dijo, con urgencia.
No hizo falta repetirlo. Haruki, aunque aún conmocionado, asintió. Entre ambos, con sus espadas, cortaron las cuerdas que sostenían la pasarela. El puente se derrumbó, cayendo al río con estrépito. Algunas de las criaturas, que parecían estar planeando cruzar colgándose por debajo, se detuvieron, frustradas.
Sin perder tiempo, los peregrinos retomaron el camino aprentando el paso para alejarse de las criaturas.
Se detuvieron a descansar cuando la noche estaba a punto de caer, y entonces, solo después de alejarse del sendero y ocultar sus huellas. Antes, únicamente había parado para que Kenji, con manos firmes pero rápidas, limpiase las heridas de Chihiro con agua de su cantimplora y las vendase con tiras de tela limpia. Aunque no era un curndero, sabía lo suficiente para detener la perdida de sangre y evitar que una herida se agravase.
Chihiro, más recuperado ahora a pesar de la caminata, aprovechó el descanso para usar sus conocimientos de hierbas y hechizos en la curación de las heridas leves de Kenji y Haruki. Este último, sintió cómo la opresión de su pecho se aligeraba. La voz le volvió, y con ella, la capacidad de razonar con claridad.
—Esas criaturas... —dijo Haruki, con la mirada perdida en el horizonte—. Estoy seguro de que algunas eran las mismas que vimos en la colina con el oni. No sé cómo ni por qué habrán llegado hasta aquí, pero lo más sorprendente es que iban por delante de nosotros.
Chihiro asintió.
—Deben ser las responsables de que los aldeanos y otros peregrinos hayan huido. —Y bajando la voz, añadió—: Os digo que algo o alguien ha movido la piedra que impedía el paso de la prole de Izanami a nuestro mundo.
Las siguientes noches acamparon lejos del camino. Aunque el valle parecía tranquilo, incluso sagrado, algo en el ambiente los mantenía en un estado de alerta constante. El fuego crepitaba, pero el calor no lograba disipar la inquietud que se había instalado en sus corazones.
Dormían mal. Sus sueños eran intranquilos, llenos de sombras y presagios que olvidaban al despertar, pero que les dejaban un poso de inquietud para el resto del día. Haruki se despertó varias veces con sudores fríos. El recuerdo de su comportamiento durante el combate lo carcomía. No era la primera vez que algo dentro de él se rompía en el momento más inoportuno, y no sabía cómo repararlo.
Tras varias jornadas de camino, llegaron a un poblado que, a diferencia de los anteriores, no estaba abandonado. Sin embargo, los aldeanos que encontraron estaban preocupados. Las despensas estaban casi vacías, y la comida que les ofrecieron era escasa y cara.
—Unos soldados con estandartes blancos pasaron por aquí hace unos días —explicó un anciano, mientras les servía un té agrio—. Se llevaron todo lo que pudieron pagar, y también algo de lo que no pudieron.
Haruki y Chihiro intercambiaron una mirada. Sin duda eran los mismos soldados Minamoto que habían visto en el templo de Kasuga-Taisha.
Diez días después de haber salido de Nara, el paisaje cambió de nuevo. El río se ensanchó, y sus orillas, más amplias, dieron paso a un terreno fértil donde los árboles crecían altos y frondosos. Un torii de madera, tallado con símbolos sagrados, marcaba la entrada a un templo que se alzaba en una pequeña elevación. Al cruzar el umbral, sintieron cómo el aire se volvía más ligero, como si el propio lugar los protegiera de las malas influencias.
El santuario era sencillo pero imponente. En el centro, el altar de los kami del templo: Ketsu-niko-kami, Fusumi e Izanami, cada uno representado por estatuas de madera tallada con detalle. Junto a ellas, un lugar de ofrendas estaba repleto de frutas, arroz y sake, mientras que el área de oración estaba marcada por piedras planas donde los fieles podían arrodillarse. Sobre el templo, una bandera ondeaba con el Yatagarasu, el cuervo de tres patas, símbolo de protección y guía.
Kenji, que había estado tenso desde el combate, sintió cómo una parte de su ansiedad se desvanecía. Había algo en aquel lugar, una energía, que lo hacía sentir más seguro.
Los monjes los recibieron con sonrisas cálidas. El abad, un hombre de rostro sereno y barba blanca, se acercó con paso lento pero firme.
—Bienvenidos, peregrinos —dijo, con una voz que resonó como un canto—. Este templo ha sido un lugar de descanso para muchos viajeros en su llegada a Kumano. Agradecemos vuestra peregrinación y os ofrecemos nuestra hospitalidad.
Haruki inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Gracias, honorable abad. Hemos tenido un viaje… accidentado.
El abad asintió.
—El camino a Kumano puede serlo. Pero aquí, bajo la protección de los kami, encontraréis la paz.
“Al menos, durante algún tiempo”, pensó Haruki.
Día 19
Los principales edificios del templo estaban conectados por un pasillo cubierto, cuyos pilares de madera sostenían un techo de tejas grises. Las sombras danzaban sobre las paredes de papel washi mientras el grupo avanzaba tras el anciano sacerdote Komo-bo Genshin, quien los había recibido con una sonrisa cálida pero penetrante.
—¿Pasasteis por el torii al llegar? —preguntó Genshin, con una curiosidad que delataba algo más que simple cortesía.
—Sí, honorable sacerdote —respondió Haruki, inclinándose ligeramente.
Genshin asintió, pero su mirada se posó en Chihiro, como si lo estuviera evaluando. —¿Y tú, joven? ¿Eres un Shugenja?
Chihiro, sorprendido por la pregunta, tardó un momento en responder. —Sí, honorable. Pero también un samurái, a mi manera.
El sacerdote dio dos pasos atrás, como si necesitara distancia para observarlos mejor. —¿Y ayer... comisteis algo picante?
Los samuráis intercambiaron miradas de confusión. Kenji, siempre el más directo, respondió: —Si por picante se refiere a peligro, sí. Combatimos con unos demonios.
El rostro de Genshin palideció. Sus cejas se alzaron, y por un momento, pareció contener la respiración. —¡¿Demonios?! —exclamó, con una mezcla de escándalo y fascinación—. En un lugar sagrado como este... es inaudito.
—Fue en el camino, no aquí —aclaró Haruki, aunque el daño ya estaba hecho.
El sacerdote suspiró, como si el peso del mundo acabara de caer sobre sus hombros. —La violencia... siempre mancha el alma —dijo, sacudiendo la cabeza—. Pero si ya os habéis purificado, quizá el daño no sea irreversible.
Los samuráis no respondieron. Sabían que, en el fondo, el sacerdote tenía razón. Pero también sabían que a veces la violencia era el único camino.
Genshin, tras un momento de silencio, se recompuso. —En cualquier caso, os ofrezco asistiros en un rito completo de purificación —anunció—. Mientras, permanezcan en el poblado, fuera del templo. Después de comer, un asistente os llevará a la sala de purificación.
Tras una comida sencilla pero reconfortante —arroz, sopa de miso y verduras al vapor—, un joven monje los guió hasta la sala de purificación. El lugar era austero: paredes de madera oscura, un suelo de tatami gastado y una gran tina de cobre donde el agua caliente humeaba. Les indicó que se desvistieran y se sumergieran en el agua. El vapor los envolvió, relajando sus músculos tensos.
Luego vino el sakaki: varas de madera sagrada con las que el monje los azotó suavemente, mientras recitaba oraciones para alejar las impurezas. El ritual no era doloroso, pero sí intenso. Cada golpe de la vara parecía arrancarles capas de fatiga y duda.
—¿Cuáles son vuestros pecados? —preguntó el monje, con voz serena—. El miedo, el deseo, el remordimiento... ¿qué os aflige?
Chihiro, sin dudar, respondió: —Hemos tenido que luchar contra un oni. Y contra sikome. No fue posible evitarlo.
El monje asintió, como si aquella confesión confirmara algo que ya sospechaba. —Interesante —murmuró—. Muy interesante.
Tras el baño, Genshin regresó con un rollo de sutras en las manos. —Recitad estos durante la noche —les dijo, entregándoles el pergamino—. El aire de la noche se llevará las malas influencias. Mañana, tras una ceremonia de purificación, podréis realizar vuestras ofrendas. Pero vuestra historia... debe ser contada al abad del templo. Él sabrá qué hacer con ella.
Cuando el monje se retiró, Haruki decidió preparar una ceremonia del té para relajar los ánimos. Pero, aunque el ritual era impecable, el ambiente seguía cargado. El té, amargo y fuerte, no logró disipar las preocupaciones que pesaban sobre ellos.
Cada uno se sumió en sus propios pensamientos. Haruki, con la taza entre las manos, se perdió en sus recuerdos: la mirada de su hermano, la decepción en los ojos de su familia, la carga de la cura que solo podía salvar a uno. Kenji, práctico como siempre, sacó unas cañas de bambú y comenzó a preparar materiales de escritura, como si el acto pudiera ordenar la confusión en su mente. Chihiro, en cambio, reflexionaba sobre el rito de purificación. ¿Acaso podría lavarse el alma tan fácilmente? ¿O acaso algunas manchas eran demasiado profundas para desaparecer?
Las horas pasaban lentamente. Las velas goteaban cera sobre los pebeteros, y el humo del incienso ascendía hacia el techo como hilos de plata. Los sonidos de la noche —el canto de los grillos, el murmullo del río— deberían haberlos relajado, pero todos sabían que tenían que mantenerse alerta. No podían sucumbir al sueño.
Chihiro y Kenji lograron una meditación satisfactoria. Sus mentes encontraron un momento de paz en medio del caos. Pero Haruki no podía liberarse de sus dudas. Su cabeza era un torbellino de preguntas sin respuesta.
Fue entonces cuando, a través de la ventana abierta, vio una figura iluminada por la luna. Era una mujer, con los vestidos empapados, como si acabara de emerger del río. Tropezaba con los guijarros, asustada, y se sujetaba el kimono con una mano.
Haruki no pudo evitarlo. Interrumpió su meditación y salió al exterior, acercándose a ella con cautela.
—¿Señora? —llamó, con voz suave—. ¿Necesita ayuda?
La mujer alzó la vista, sobresaltada. Sus ojos, grandes y oscuros, brillaban con una mezcla de miedo y determinación. —Yo... me llamo Tamura Konoe —dijo, con una voz que temblaba—. Caí al agua al pasar por la pasarela. El río me arrastró hasta aquí.
Haruki, sin pensarlo dos veces, se quitó su kimono exterior y se lo colocó sobre los hombros a ella. —No se preocupe. Está a salvo ahora.
Konoe lo miró con gratitud, pero también con ansiedad. —Tengo que contarle algo —dijo, con un temblor en los hombros—. Mi marido... Watanabe Yasuki... él me tiró del puente. ¡Quiero que lo mate!
Haruki sintió cómo el peso de sus propias preocupaciones se multiplicaba. Quería ayudarla, pero la petición era demasiado grande, demasiado oscura.
—No puedo hacer eso —respondió, con voz compasiva—. Pero puedo ayudarla de otra manera.
Ella sacudió la cabeza, con lágrimas en los ojos. —No debe saber que estoy aquí. Si me ve, me matará.
Haruki reflexionó un momento. Si su marido estaba en el templo, y ella no quería que supiera que había sobrevivido...
—Le daré dinero para que se aloje en secreto en el poblado —dijo al fin—. Podrá volver con su familia cuando sea seguro.
Konoe asintió, aliviada, pero luego su expresión se volvió suplicante.
—Antes... ¿podría comprobar si mi marido está en el templo? Solo necesito saberlo. Mañana me dirá si lo ha visto.
Haruki asintió, sintiendo una nueva carga sobre sus hombros. Pero algo en el rostro de Konoe, en su vulnerabilidad, lo conmovía y atraía. Era muy bella. Él no pudo negarse.
—Lo haré —prometió—. Mañana le daré una respuesta.
Al amanecer, el tañido de la campana del templo resonó en el aire, despertando a los samuráis de su meditación. Los aprendices, con rostros somnolientos pero sonrientes, trajeron bolas de arroz envueltas en hojas de bambú. Desayunaron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Haruki, en particular, no podía apartar de su mente la imagen de Tamura Konoe y su petición. La preocupaba la promesa que había hecho, pero también la responsabilidad de descubrir la verdad.
El sacerdote Genshin se acercó a ellos con paso ligero. —¿Habéis meditado bien? —preguntó, con una sonrisa que no ocultaba su curiosidad.
—Así es —respondió Chihiro, sin alzar la vista de su taza de té.
—Entonces —dijo Genshin, entregándoles un rollo de pergamino—, leed el sutra de Amida. La paz del corazón comienza con la devoción.
Tras la lectura, entraron en una parte más amplia del templo, donde otros peregrinos ya se reunían. Entre ellos, dos figuras destacaban. Una era Kahita Shijin, un famoso poeta cuyo nombre Haruki reconoció al instante. El hombre, de barba bien cuidada y ropa elegante, llevaba un rollo de papel en la mano, sin ocultar su intención de capturar la esencia del mundo en versos. La otra era Shosuro Sanare, una joven maestra de go que viajaba por el país en peregrinación. Su porte era sereno, pero sus ojos delataban una inteligencia aguda.
Haruki notó, aliviado, que no había soldados Minamoto entre los peregrinos.
Un monje se acercó a Kenji. —Los libros sagrados por los que preguntasteis, están en la biblioteca, al final del pasillo.
Kenji asintió. El sacerdote Genshin se despidió de ellos con una inclinación.
—Aún no he podido hablar con el Hōmyō —les dijo—, pero después de vuestras ofrendas, podré presentároslo.
Mientras los demás se dispersaban, Haruki comenzó a buscar información entre los peregrinos, preguntando con sutileza, sin revelar la auténtica intención de sus pesquisas. No había indicios de que Taira Shigemori estuviera de peregrinación, y mucho menos de que estuviera en el templo. Tampoco encontró rastro de Watanabe Yasuki.
Kahita Shijin, a quien Haruki había mostrado uno de sus poemas, se acercó a él.
—Ese poema que me enseñasteis... —dijo, con una sonrisa—, tiene una inspiración que no se ve todos los días.
Haruki, sorprendido, se inclinó. —Gracias, maestro. Es un honor que lo note.
—Estoy buscando aprendices —confesó Shijin—. Alguien con tu sensibilidad... sería un desperdicio que no desarrollara su talento.
Haruki sintió un destello de orgullo, pero también de duda. No era el momento para distraerse con la poesía.
—No es la primera vez que vengo de peregrinación —continuó Shijin—. Esta vez he llegado desde el templo de Ise.
Haruki asintió, guardando la información en su mente. El templo de Ise... donde, según Chihiro, probablemente estuviera el espejo sagrado.
Shosuro Sanare, que había estado escuchando, se acercó.
—Si te interesa el go, me gustaría retarte a una partida —dijo, con una sonrisa desafiante—. Dicen que el juego refleja la mente.
Haruki, aunque halagado, respondió:
—Mucho me temo que la profundidad de mi mente no se refleje en la profundidad de mi juego. No he vuelto a jugar al go desde niño. Pero aceptaría de buena gana vuestras lecciones.
Haruki se despidió por el momento de la maestra de go y siguió realizando sus indagaciones. Para su sorpresa, pronto averiguó que, justo el día antes de su llegada, había partido del templo el honorable general Minamori Takeda. Un nombre que recordaba muy bien, pues era el otro samurái que había oído la llamada del kami del Lago Ontake aunque en aquel momento no siguiera el camino de Haruki y sus amigos. Era curioso que, tras recorridos tan distintos, hubieran terminado pasando por el mismo lugar con tan solo un día de diferencia.
Chihiro, mientras tanto, intentaba averiguar cuál sería el camino más probable que Taira Shigemori hubiera tomado en su peregrinación. No logró obtener una respuesta clara, pero sí escuchó rumores que confirmaban sus sospechas: el lugar más adecuado para guardar una de las regalías sagradas era, efectivamente, el santuario de Ise, donde probablemente se encontrara el espejo Yata-no-kagami, símbolo de la sabiduría de Amaterasu.
—Dentro de unas semanas —le comentó un peregrino mayor—, se celebrará aquí el famoso festival de Yata-nohi-matsuri. Será una buena oportunidad para ver a los dioses honrados.
Chihiro asintió, pero su mente ya estaba en otra parte. Si el espejo estaba en Ise, ¿dónde estarían las otras dos regalías?
Kenji, por su parte, se dirigió a la biblioteca. El bibliotecario, un hombre de rostro severo pero ojos amables, lo recibió con escepticismo hasta que Kenji demostró su conocimiento de caligrafía, recitando de memoria pasajes de clásicos chinos.
—Impresionante —admitió el bibliotecario, asintiendo con aprobación—. Puedes examinar los libros, pero no dañes nada.
Kenji no perdió el tiempo. Entre los rollos, encontró información fascinante sobre sus antepasados. Uno de los poemas que más lo impactó fue uno escrito por el emperador Sutoku, en el que lamentaba su derrota:
"El trono se aleja como el viento, mis enemigos, Go-Shirakawa, Kiyomori y Yoritomo, me han arrebatado lo que los dioses me dieron. La rebeldía Hōgen ha teñido de rojo el río, y mi nombre, una vez glorioso, ahora es polvo."
Kenji sintió un escalofrío. En el biombo que había visto en el Palacio de Clausura también estaba Minamoto Yoritomo, ahora desterrado. ¿Era una casualidad? No lo creía.
Más adelante, encontró otro poema que le hizo pensar en Taira Shigemori, aunque el estilo era tan críptico que costaba descifrarlo. Lo copió con cuidado en un trozo de papel, decidido a enseñárselo a Haruki más tarde.
Chihiro, mientras tanto, había llegado a una parte del templo que parecía estar fuera del tiempo. Dos piedras enormes, atadas con cuerdas sagradas, representaban el espíritu masculino y la madre de la creación. Junto a ellas, dos estatuas de leones, antiguas y talladas en madera, custodiaban el lugar bajo un pequeño tejado protector. Era, sin duda, el lugar más sagrado del templo.
Se arrodilló frente a las piedras y cerró los ojos, buscando la voz de los kami. Tras unos momentos de silencio, sintió cómo el aire a su alrededor se cargaba de energía.
—Los árboles están inquietos —susurró una voz en su mente, como si el bosque mismo le hablara—. Aquello que estaba oculto está siendo atraído hacia afuera.
Chihiro abrió los ojos. No era la voz de un kami menor, sino algo más antiguo, más poderoso.
—¿Quién habla? —preguntó, en voz baja.
—Soy el kami de la vitalidad masculina —respondió la voz—. La madre está preocupada. Sus hijos, los kami del cielo que vinieron y protegieron al emperador y al imperio, están en peligro. Los kami de la tierra, que huyeron, ahora ayudan a los poderes oscuros.
Chihiro sintió un frío en el estómago.
—¿Y los tesoros de los dioses?
—Garantizan cada una las virtudes necesarias para que el imperio no se hunda —explicó la voz—. Aquello que falle será aquello que esté roto. La espada representa el valor, el espejo la sabiduría, y el joyel la benevolencia. Si uno de ellos está corrompido, el equilibrio se romperá.
Chihiro asintió, sintiendo cómo las piezas comenzaban a encajar. Si el espejo estaba en Ise, y Fu-Hou-Lang estaba conectado con las regalías... entonces el peligro era mayor de lo que habían imaginado.
Al atardecer, un monje se acercó al grupo con una inclinación respetuosa. —Quienes no hayan recibido las órdenes —anunció—, debéis abandonarlo antes de que caiga la noche. Las criaturas espirituales se despiertan con las sombras.
Haruki asintió, aunque su mente ya estaba en otra parte. Mientras caminaba junto a Kenji hacia el poblado, le contó las historias que había leído: el emperador Jimmu, hijo de Amaterasu, había unificado Japón bajo el sol de los dioses. Pero antes de él, habían existido otros reinos, otros linajes divinos, que poco a poco fueron aniquilados. Sus dioses, derrotados, se escondieron en las montañas, en los bosques, en los lugares donde los humanos no se atrevían a entrar. ¿Acaso el oni que habían matado era uno de ellos?
Kenji le enseñó el poema que había encontrado. Haruki comprobó que la firma podría ser de Taira Shigemori. Las letras tenían un estilo que delataba una mano noble, pero también cansada. "Agradezco la hospitalidad de quienes me acogieron en esta tierra, pero me queda algo por hacer..." ¿Qué sería ese "algo"?
Yoshi, que había permanecido en el templo con Chihiro, rompió el silencio.
—Tenemos que preguntar ya por Shigemori —dijo, con impaciencia.
Chihiro asintió, mientras ambos encaminaban sus pasos hacia los aposentos que les habían asignado.
Haruki seguía pensando en Konoe. Mientras Kenji y él caminaban por el sendero que llevaba al poblado, vislumbró una tela entre los árboles. A la luz de la luna, reconoció el kimono que le había dado a Tamura Konoe. Ella lo miraba con urgencia, escondida tras un roble.
—Voy a dar un paseo por el río —anunció Haruki, separándose de Kenji sin dar más explicaciones.
Kenji frunció el ceño, pero no preguntó. En el poblado, se acercó a un grupo de ancianos que conversaban junto a una hoguera. —¿Ha llegado por aquí, en los últimos meses, un séquito de un gran señor? —preguntó, con voz casual—. Alguien importante, quizá viaciendo de incógnito.
Uno de los ancianos, tras rascarse la barba, asintió. —Sí, ahora que lo mencionas. Hace un par de meses pasó un grupo así. Llevaban estandartes cubiertos, pero se notaba que eran de alta cuna. El jefe... —hizo una pausa, como si recordara algo—, iba oculto entre los soldados, pero su porte delataba nobleza.
Kenji asintió, guardando la información. Sukemori les había dado una carta para Shigemori precisamente porque estaba inquieto por no recibir noticias de su padre. Pero puede que Shigemori hubiera pasado por allí de incógnito. No sería fácil dar con él, si se escondía.
Konoe, al ver a Haruki, salió de su escondite y se acercó a él con paso rápido. —Tengo que hablarte —susurró, con los ojos brillantes de impaciencia—. Entrémonos en el templo. Necesito que me digas quién es mi marido. Estoy segura de que usa un nombre falso.
Haruki dudó. Sabía que algo no encajaba, pero la determinación en la voz de Konoe lo hizo ceder.
—Está bien —aceptó—. Pero rápido.
Mientras tanto, Yoshi y Chihiro se dirigían a su aposento cuando el primero se detuvo en seco.
—¿Oíste eso? —preguntó Yoshi, con el ceño fruncido—. Sonó como... un fardo que caía.
Chihiro asintió, tenso. Algo no estaba bien. Siguieron el sonido hasta la parte trasera del templo, donde la ladera descendía hacia un bosquecillo oscuro. Allí, bajo la luz plateada de la luna, vieron una estatua de madera de un Buda, su rostro sereno mancillado por manchas de sangre fresca. Y a sus pies, un perro yacía agonizando, con múltiples heridas que le abrían el costado.
Chihiro se agachó, con el corazón encogido. El animal lo miró con ojos vidriosos, como si suplicara ayuda. Pero Chihiro sabía que no había tiempo para curarlo. Con un suspiro, sacó su daga y, con un movimiento rápido, le dio muerte al animal. Era un acto de compasión, pero también una ofrenda a los kami para que el espíritu del perro no vagara en dolor.
Fue entonces cuando escuchó un crujido al otro lado del templo, cerca del torii.
Mientras tanto, Haruki y Konoe se acercaban por el camino opuesto, sus pasos amortiguados por la hierba alta. El aire olía a humo.
Junto al torii, Chihiro y Yoshi encontraron a un hombre herido, arrastrándose por el suelo, con una herida de espada en el costado. Sangraba abundantemente, y su respiración era entrecortada.
—¡Ayúdenme! —suplicó, con voz quebrada—. ¡Por favor!
Haruki, que se acercaba con Konoe, escuchó el grito. Algo en su interior se tensó. Pero antes de que pudiera reaccionar, una luz repentina iluminó el cielo. Una llamarada se alzó desde uno de los edificios del templo. El fuego devoraba las paredes de madera, y el humo se elevaba como una serpiente negra hacia la luna.
Kenji, que había estado remoloneando en el camino, escuchó el escándalo y corrió hacia allí. Algo le decía que el peligro los había perseguido hasta aquel lugar sagrado.
Chihiro, sin perder la calma, se arrodilló junto al herido y comenzó a aplicar un hechizo de curación. La herida era profunda, pero no mortal. Mientras trabajaba, escuchó el sonido de un arco. Al alzar la vista, vio a tres de las criaturas —sikome— que se colaban entre las sombras del templo, sus ojos brillando con malicia.
Yoshi, sin dudar, corrió hacia el interior del templo para pedir ayuda.
De la casa de los acólitos, que ya ardía en llamas, salían monjes asustados, solo para ser recibidos por una lluvia de flechas lanzadas desde la oscuridad. Las sikome los asaeteaban desde las sombras, sus risas agudas mezclándose con el crepitar del fuego.
Chihiro esquivó las primeras flechas por poco, rodando hacia un lado. Sabía que no podía quedarse allí. Kenji llegó en ese momento, arco en mano, y disparó contra una de las criaturas. La flecha falló, y el sikome se escondió tras un pilar de madra.
—¡No hay tiempo para esto! —gritó Chihiro, levantándose con su bō en la mano. Corrió hacia las criaturas, y con un movimiento rápido, golpeó a una de ellas en el cráneo, partiendo su cabeza como una sandía podrida.
De una cabaña cercana comenzaron a salir hombres con lanzas. Eran los ashigaru del templo.
Haruki, vacilando entre el sonido de la batalla y la suplica de Konoe, sintió cómo un sudor frío le resbalaba por la espalda.
—Tengo que ir —dijo, con voz tensa—. Mis amigos necesitan ayuda.
Konoe lo agarró del brazo, con una fuerza que no parecía posible en alguien tan frágil.
—No —insistió ella—. Este es el momento. Mi marido está cerca. Si lo matas ahora, todos pensarán que fueron los atacantes. Es tu oportunidad.
Haruki la miró, con el corazón desgarrado. No quería matar a un hombre sin saber si era culpable. Pero tampoco podía ignorar el dolor en los ojos de Konoe.
—¿Sabías que esto iba a pasar? —preguntó, con voz baja—. ¿El ataque?
—¡No! —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. He estado todo el día en el poblado. Pero esto es una señal. Los dioses nos han dado esta oportunidad. ¡Aprovéchala!
Kenji, mientras tanto, había derribado a varias criaturas, algunas rematadas por los furiosos acólitos.
Chihiro, en medio del caos, recordó algo. El sonido de la campana del templo ahuyentaba a las criaturas sobrenaturales.
—¡Kenji! —gritó—. ¡La campana! ¡Tengo que hacerla sonar!
Mientras Konoe lo agarraba del brazo, Haruki sintió que el frío le helaba los huesos. No era el frío de la noche, sino algo más profundo. Al mirar su mano, vio cómo una nube de vaho salía de su boca.
Sus ojos se abrieron de par en par. No era una mujer de carne y hueso. Era un fantasma. Y, lo que era peor, un fantasma que buscaba venganza.
Mientras corría hacia la campana del templo, Chihiro los vio juntos y, con un grito, llamó a Haruki.
—¡Haruki! ¡Aquí!
Haruki intentó zafarse, pero las uñas de Konoe se clavaron en su brazo como garras de hierro.
—¡No me traiciones tú también! —siseó ella, con una voz que ya no sonaba humana, sino como el eco de un lamento de ultratumba.
Las uñas rasgaron el kimono de Haruki y se hundieron en su carne. No era solo un dolor físico lo que sintió, sino como si el veneno del resentimiento le quemara las venas. Cayó al suelo, herido de gravedad, pero antes pudo ver a un hombre de pie, que miraba a Konoe con una expresión de horror y reconocimiento.
Kenji, mientras tanto, había visto cómo los sikome se agolpaban alrededor del árbol sagrado del templo, sus manos escuálidas arrojan antorchas sobre sus ramas. Los ashigaru del templo, los soldados de a pie, intentaban apagar las llamas y proteger el árbol con sus cuerpos, pero las criaturas los asaeteaban desde las sombras.
Chihiro, con el bō en alto, llegó hasta la campana. Con un golpe certero, el bronce resonó, y el sonido se expandió como una onda por el templo. Los sikome, al escuchar el tañido sagrado, chillaron y huyeron en desbandada, desapareciendo entre los árboles como murciélagos ahuyentados por la luz.
Konoe, al oír el sonido, se tapó los oídos con un grito desgarrador. Su forma comenzó a desvanecerse y se lanzó contra Genshin, que era el sacerdote que los miraba con los ojos desorbitados. El hombre intentó apartarse, pero el fantasma lo derribó al suelo antes de desaparecer por completo.
Con el sonido de la campana, el caos comenzó a disiparse. Los ashigaru seguían luchando contra las llamas, pero las sikome ya no eran una amenaza. Chihiro y Kenji corrieron hacia Haruki, que yacía en el suelo, pálido y con la respiración entrecortada.
El sacerdote Genshin también estaba herido, con un corte en el brazo y el rostro demacrado. Se acercó a Haruki, con una mezcla de culpa y arrepentimiento en los ojos. —Lo siento —murmuró, con voz quebrada—. No sabía que...
Haruki, con los dientes apretados por el dolor, lo miró con furia.
—¿La matasteis vos?
Genshin bajó la cabeza, como si el peso de sus acciones lo aplastara.
—Ella... era una mala influencia —confesó, con voz temblorosa—. Su espíritu perturbaba mi equilibrio. Estoy arrepentido. He hecho muchos sacrificios para limpiar mi alma.
Algunos de los monjes que se acercaron asintieron, como si confirmaran sus palabras.
—Es verdad —dijo uno de ellos—. Hace tiempo que se decía que había un fantasma en el río. Era peligroso salir a la hora del buey.
Fue entonces cuando el abad del templo, Hōmyō-bo-Renkei, apareció entre la multitud, con el rostro serio pero los ojos llenos de gratitud.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, con voz firme—. ¿Quiénes sois vosotros?
Se acercó a los samuráis, observando el desorden a su alrededor: el árbol sagrado dañado, los ashigaru heridos, los animales muertos esparcidos por el suelo. Y, entre todo, la cabeza del caballo de Kenji, colocada como un trofeo macabro por los sikome.
—¿Sois los que han salvado el santuario? —dijo el abad, con una inclinación de cabeza—. Os estamos agradecidos. Y curaremos a vuestro compañero.
Al día siguiente, el abad los recibió en una sala privada. Al parecer, el arco del torii había sido quebrado, algo que, según él, era muy raro y difícil de lograr.
—Sois unos valientes —dijo Hōmyō-bo-Renkei—. Sin vuestra intervención, la desgracia de anoche habría sido mucho mayor.
—Es nuestro deber luchar contra el mal —respondió Chihiro, siempre directo.
El abad asintió, pero su rostro se volvió serio cuando Haruki le entregó la carta de Sukemori. Mandó salir de la habitación a todos, menos a los samuráis y a Yoshi.
—El señor Taira Shigemori —dijo tras leer el mensaje, con una voz más baja, casi conspirativa—. Vino de incógnito, hace unas semanas. Se retiraba para hacer algo importante... algo que solo él sabía. Dijo que debía visitar el santuario de un kami, pero no especificó cuál. Tampoco dijo adónde se dirigía.
—¿Parecía asustado? —preguntó Kenji.
El abad asintió.
—Sí. Como si sintiera que lo perseguían. —Hizo una pausa—. Desde luego, es probable que haya venido... a espaldas del primer ministro.
Les pidió, por su honor, que guardaran el secreto de la presencia de Shigemori en el templo.
—El señor Minamori Takeda también preguntó por él ayer —añadió el abad—. Traía cartas del regente Motofusa. Después, partió hacia el sur. Al parecer, venía del mismo templo desde donde emprendisteis vuestra peregrinación.
Chihiro frunció el ceño.
—Los adivinos han predicho una muerte importante tras el tornado en Kioto —dijo, con voz grave—. Algo grande se avecina.
El abad palideció. Era la primera vez que oía hablar de aquella predicción.
Chihiro intentó curar a Haruki con sus conocimientos de hierbas y hechizos, pero, a pesar de sus esfuerzos, Haruki tardó todavía una semana en recuperarse. Durante su convalecencia, el poeta Kahita Shijin lo acompañó en varias ocasiones, llevándole té y contándole historias.
—Un buen poeta debe vivir muchas experiencias —le dijo una tarde, mientras el sol se filtraba por la ventana—. Las palabras vacías no conmueven el alma. Y tú, Haruki, además debes agradecer el tener compañeros que te han salvado la vida. Eso es tan valioso como un buen poema.
Haruki asintió, aunque el dolor aún le nublaba la mente. Pero, por primera vez en días, sintió algo de alivio en el peso que lo oprimía.
Día 20
Durante los días de convalecencia de Haruki, las tormentas se sucedieron una detrás de otra sobre las montañas de Kumano. La lluvia caía con insistencia, encharcando los caminos y convirtiendo la tierra en un lodo espeso que se pegaba a las sandalias de los pocos viajeros que se atrevían a salir. Los truenos retumbaban en el valle y los relámpagos iluminaban el bosque con destellos fantasmales.
Chihiro aprovechó aquellos días para hablar con los sacerdotes del templo. Sus conversaciones, largas y de tono bajo, transcurrían en rincones apartados de la biblioteca o junto al altar de los kami. Nadie sabía exactamente de qué hablaban, ni siquiera Kenji o Yoshi, pero Chihiro salía de ellas con una luz nueva en los ojos. Uno de los sacerdotes, un anciano de manos temblorosas pero mente afilada, le enseñó un ritual de los shugenja que Chihiro practicó en secreto, una y otra vez, hasta que los movimientos se grabaron en su memoria.
A los pocos días, una noticia corrió por el templo: Genshin había muerto. Lo encontraron al pie de la ladera, junto al río, con los ojos abiertos y el rostro contraído en una mueca de terror. Había sido expulsado del templo tras la tragedia de la noche del fuego, y su muerte, decían algunos, no fue accidental. Unos murmuraban que el fantasma de Konoe había vuelto a por él. Otros, que su propia culpa lo había arrastrado a la oscura orilla. Nadie quería hablar mucho del asunto.
Haruki, aún postrado, escuchó la noticia con sentimientos encontrados. El crimen del Genshin había sido tan abominable como larga fue su penitencia hasta llegar a este final.. Pero el fantasma de Tamura Konoe, por fin, había encontrado su venganza, o su descanso.
Al cumplirse una semana del ataque, Hōmyō-bo-Renkei los recibió en su sala privada por última vez. El abad, con su porte sereno y sus ojos afables, les despidió amablemente, intentando no ofenderlos.
—Sé que vuestro deber os llama —dijo, con una sonrisa que era casi una disculpa—. Y este templo, aunque os ha acogido con gusto, no puede retener a unos enviados del destino. Los caminos de Kumano os esperan, y los dioses bendicen a quienes no se demoran.
Los samuráis se inclinaron, comprendiendo las verdaderas razones del sacerdote. El templo tenía heridas que restañar, un torii quebrado que reparar, y la memoria de los muertos que llorar. No había lugar para huéspedes que, por justificados que estuvieran, parecían traer consigo la desgracia.
—Vuestra generosidad nos honra, honorable abad —respondió Haruki, ya en pie, aunque aún pálido.
No partirían solos. A las puertas del templo los esperaban Kahita Shijin, el famoso poeta, y Shosuro Sanare, la joven maestra de go. El poeta, con su rollo de papel y su tinta siempre a punto, había cogido un cariño evidente a Haruki a lo largo de la convalecencia de este, y tenía intención de continuar extrayendo material poético de aquella peregrinación.
En cuanto a la maestra de go, rechazarla habría resultado aún más complicado. Haruki, en un momento de debilidad durante su postración, había jugado una partida con ella, accediendo a su petición de que, si ganaba, podría acompañarlos. La partida resultó inesperadamente disputada. Shosuro ganó, al final, por un margen sospechosamente estrecho. Haruki tenía la certeza de que Shosuro simplemente había decidido no avasallarlo.
—Al parecer, sois mejor jugador de lo que pensabais —dijo ella, al recoger las piedras del tablero, con una sonrisa enigmática.
—Más bien, uno que sigue el camino que sus rivales le permiten —respondió Haruki, sin saber si reír o enojarse.
Y así, cuando partieron del templo aquella mañana, eran siete: Chihiro, Kenji, Haruki, su criado Sabu, el bonzo Yoshi, un poeta famoso y una maestra de go semioculta tras un modesto aunque elegante velo.
En el primer cruce de caminos, debieron decidir por dónde continuar la peregrinación. Los tres santuarios de Kumano —Taisha, Hayatama y Nachi— se hallaban en distintas direcciones, cada uno consagrado a una manifestación de Buda.
—Si lo que falta al imperio es benevolencia —dijo Haruki, mientras dibujaba un mapa en el suelo con un palo—, entonces es el joyel el que ha sido corrompido. La Yasakani no Magatama es el símbolo de la compasión. —Alzó la vista hacia sus compañeros—. Debemos ir al templo de Nachi, donde reside Kannon, el Buda de la Compasión.
Chihiro y Kenji asintieron. Como habían discutido anteriormente, el equilibrio del imperio pendía de las tres virtudes: el valor de la espada, la sabiduría del espejo y la benevolencia del joye. El comportamiento del canciller Taira Kiyomori, así como las pistas que habían encontrado los tres samuráis, apuntaban a una corrupción de la compasión. En tal caso, Nachi era el destino obvio.
Los caminos, sin embargo, no iban a ponerles las cosas fáciles. Embarrados por las tormentas de la última semana, los viajeros se hundían en el lodo hasta los tobillos. Y habían perdido sus caballos: el de Kenji decapitado por los sikome, y el resto extraviado duante sus precipitadas huidas. Ahora tendrían que recorrer a pie los tres días de trayecto hasta Nachi.
—Podría ser peor. Podría llover —comentó Yoshi, con su eterno optimismo.
Al cabo de medio día de marcha, llegaron a un poblado minúsculo: apenas unas pocas casas de madera y techo de paja, apiñadas en torno a un pozo. Los aldeanos, con miradas asustadizas, les ofrecieron agua y un lugar para descansar.
—¿Soldados? —dijo una anciana, en respuesta a las preguntas de Kenji—. Sí, pasó un grupo hará una semana. Requisaron mucho de lo que teníamos. Arroz, gallinas, hasta el grano de la próxima cosecha. —Escupió al suelo—. Samuráis salvajes del este. No respetan ni a los dioses ni a los hombres.
—¿Sabéis adónde se dirigían? —preguntó Chihiro.
La anciana se encogió de hombros, pero un niño que estaba cerca, con un ojo vendado, se acercó.
—¡Yo los vi! —dijo—. Los samuráis del este fueron por el camino de la izquierda.
Kenji y Chihiro intercambiaron una mirada. El camino de la izquierda, hacia Hayatama. El de la derecha, directo a Nachi.
Haruki, mientras tanto, reflexionaba sobre lo que sabía de los Minamoto. Si había una virtud que valoraran por encima de todas en su código del bushidō, era el honor. Y si había una que les importaba menos, era la compasión. No era casualidad que hubieran tomado el camino que pasaba por Hayatama, en vez del que iba directamente a Nachi, donde residía el compasivo Kannon.
—Si van por Hayatama —dijo Haruki, con un destello de esperanza en los ojos—, nosotros iremos directamente a Nachi. El camino es más corto. Reduciremos la ventaja que nos llevan.
Kenji, que se había adelantado para examinar el camino de la izquierda, se detuvo en seco. Junto al borde del sendero, medio escondidos entre la maleza, había unos paquetes extraños. Al examinarlos, comprobó con desagrado que eran pedazos de carne, envueltos en telas que se le antojaron terriblemente familiares, Se agachó para verlos mejor, y su expresión se ensombreció.
—Estas telas... —murmuró, recogiendo un retal gastado—. Son de las mantas que cubrían nuestros caballos. Los que perdimos ante los sikome. Algunas están estampadas con los motivos de los arreos del caballo de Kenji.
Chihiro se acercó, observando la carne con el ceño fruncido. Lo que aquello significaba se translució en su rostro antes de que lo dijera en voz alta.
—Los bakemono —dijo, usando una nueva palabra para aquellos demonios— podrían estar acompañando a Minamori..
—¿Sugieres que los sikome siguen a los Minamoto? —preguntó Haruki, con una mezcla de intriga y preocupación.
—O que viajan con ellos, —respondió Chihiro lúgubremente—. En cualquier caso, no les hemos perdido de vista para siempre.
Tras despedirse de los aldeanos, tomaron el camino de la derecha, que ascendía hacia el sur entre colinas verdes y bosques espesos, directo hacia Nachi, El valle por el que subía fue volviéndose más sombrío a medida que avanzaban. La humedad se pegaba a la piel, y una neblina espesa reducía la visibilidad a pocos metros. El ambiente era bochornoso, sin una brizna de aire que lo moviera, y hasta los pájaros parecían adormilados en aquellos parajes. El camino estaba jalonado de tablas de madera con oraciones pintadas, exvotos dejados por peregrinos agradecidos y pequeños altares de piedra cubiertos de musgo.
—El problema de este lugar en verano es la humedad —comentó Haruki, sudando mientras esquivaba las ofrendas del camino.
Al acampar aquella noche, bajo un grupo de cedros que apenas dejaban ver el cielo, Haruki preparó la ceremonia del té con su habitual esmero. Pero de inmediato sintió que sus manos no obedecían con la calma necesaria: el agua tardaba más de la cuenta en hervir, los movimientos eran formales, pero sin gracia, su mente se confundía con la neblina que los rodeaba.
Kahita Shijin, que lo observaba con ojo de poeta, compuso un haiku al vuelo:
"La niebla turba las manos
del que sirve el té:
la taza tiembla."
Haruki esbozó una sonrisa torcida. —¿Tan evidente es?
—Un poeta ve lo que ni la niebla esconde —respondió Shijin, con una inclinación de la cabeza.
Al día siguiente, el camino empezó a descender, y el valle se fue ensanchando poco a poco, hasta que la neblina se disipó de golpe y apareció ante ellos el mar: una línea azul, inmensa, al final de la ladera. Llegaron a la costa al mediodía, a una villa de pescadores donde las redes se secaban al sol y el olor a sal y a pescado hacía olvidar el ambiente del valle.
Un anciano les indicó el camino con el dedo, escupiendo caracoles al suelo mientras hablaba:
—¿Nachi? Sigan hacia la derecha, por la orilla. Día y medio de camino, si van ligeros.
Chihiro se acercó a un grupo de niños que jugaban con cangrejos en la arena.
—¿Ha pasado por aquí un grupo de samuráis? —preguntó, con suavidad.
—¡Sí! —respondió rápidamente el mayor de ellos—. Hace un par de días. Se llevaron víveres de todas las casas. ¡Hasta le quitaron el pescado seco a mi abuela!
—¿Los viste? ¿Cómo eran?
—Uno llevaba una armadura fantástica —dijo el niño, con los ojos muy abiertos—. Brillaba con muchos colores, como los dorados de los templos. ¡Nunca vi nada igual!
Chihiro y Kenji intercambiaron una mirada. Aquella descripción encajaba con la de Minamori Takeda. Les seguía llevando ventaja, aunque ahora muy menguada.
Antes de partir, Chihiro se acercó al anciano de los caracoles. —Anciano —le dijo, con seriedad—, hay demonios sueltos por estos caminos. Criaturas pequeñas, de piel verdosa, que viajan con la niebla. Si pasan por vuestra aldea, encended fuegos y haced sonar campanas. No salgáis de noche.
El anciano lo miró con una mezcla de miedo y preocupación, pero asintió con la cabeza.
Yoshi aprovechó la pausa para sacar su cantimplora de sake y echar un buen trago. La ofreció a Kenji con un gesto ceremonioso.
—¿El honorable samurái acompañará al humilde monje?
—El honorable samurái acompañará —dijo Kenji, aceptando la cantimplora con una media reverencia, guiñando el ojo.
Chihiro y Haruki declinaron con un gesto. Haruki, de hecho, comentó con fingida seriedad:
—¿Tan temprano y ya bebiendo? Yo prefiero no acostumbrarme.
Yoshii rio y guardó la cantimplora.
Caminaron hasta que el sol empezó a acercarse al horizonte y acamparon ya a poca distancia del templo de Nachi. Después de la cena, Chihiro anunció que quería hacer un ritual de purificación, para preparar el alma antes de entrar en el templo de Kannon.
Haruki se inclinó hacia Yoshi con una sonrisa sarcástica y le murmuró algo al oído. Yoshi asintió y le dijo a Kenji como si se le acabase de ocurrir:
—Hablando de purificaciones, viejo amigo, hace mucho que no vemos a tu novia. Ya sabes, la dama Jing.
Kenji, que estaba afilando su espada, se quedó perplejo un momento.
—No sé de qué hablas. Y no deberías hablar así de una honesta dama —dijo Kenji, tratando de mantener la dignidad, aunque sus orejas se habían puesto un tanto rojas.
Haruki ahogó una risa en la manga de su kimono.
Chihiro, que ya estaba preparando el ritual, los miró con resignación y empezó a trazar símbolos en el suelo y a recitar oraciones con voz baja y monótona. El ritual era largo y pesado, y los amigos solo toleraban someterse a él por su amistad con el extraño samurái shugenja. Pero cuando terminó, ni Kenji, ni Haruki, ni ningún otro notaron nada especial. Los pájaros siguieron cantando, el aire no cambió, la noche siguió siendo la misma noche.
Chihiro, frustrado, se quedó mirando a Kenji durante un largo rato, hasta que el silencio se volvió incómodo. Al final, le hizo un gesto con la cabeza para que lo acompañara a un lado del campamento, lejos de los demás.
Kenji enfundó la espada de su antepasado y lo siguió.
—¿Qué sucede? —preguntó en voz baja.
—Tu espada está maldita —dijo Chihiro, sin rodeos—. Lo he sentido durante el ritual. Deberías exorcizarla.
Kenji retrocedió un paso, con el ceño fruncido.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Lo que oyes. La espada tiene un ki oscuro dentro. Se aferra a ella como se un espíritu que no desea marcharse. Deberíamos librarla de esa carga, cuanto antes.
—¿Y perder el poder de la espada? —preguntó Kenji, con voz más alta de lo que había pensado—. ¿Acaso no has visto lo que puede hacer?
Chihiro se puso tenso, como le sucedía cuando hablaba de estos temas, con los ojos muy abiertos y levantando los brazos.
—¡Kenji, no se puede usar la sombra para luchar contra la sombra! Tarde o temprano, la sombra te devora a ti. Es lo que dicen los sabios y las historias.
—La usaré para hacer el bien —respondió Kenji, en un tono que no admitía más discusión.
—Es indiferente usarla bien o mal. La fuente de ese poder no es tuya, y no puedes controlarla
Haruki, que había notado desde lejos el vocerío, se acercó con paso tranquilo.
—¿Qué pasa aquí? —dijo, con una sonrisa sardónica.
—Chihiro dice que mi espada está maldita y quiere destruir su poder —respondió Kenji, con voz cortante.
Haruki miró a Chihiro, que asintió con la cabeza, y luego a Kenji. Había sospechado que aquella conversación llegaría más tarde o más temprano.
—Kenji —dijo Chihiro, bajando la voz, aunque era evidente que le costaba contenerse—. En Kikai-ga-shima, cuando me arrodillé ante la estatua de Kannon, tuve una revelación. Te la conté en parte, pero hay algo más. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Creo que esa espada contiene el espíritu vengativo de Sutoku, tu abuelo.
Kenji se quedó en silencio. Chihiro continuó:
—Sutoku fue un emperador destronado, humillado, desterrado. Su resentimiento era tan grande que los monjes temían que se convirtiera en un oni. Su espada, la que tú llevas, es la que aparece en el biombo de la batalla, la que portaba cuando se arrodilló ante sus vencedores. —Chihiro hablaba ahora con una calma insólita—. El espíritu de Sutoku nos ayudará, sí, porque sus intereses coinciden en parte con los nuestros. Pero nos ayudará en su propio interés. Y su interés último no es el tuyo, Kenji. Es el de un emperador muerto que quiere vengarse de todos los que lo humillaron, y que quizás te quiera en trono porque así lo controlaría a través de ti.
—¿Y qué me importaría a mí el trono? —contestó Kenji en tono defensivo—. Lo que realmente importa ahora es destruir a Fu-Hou-Lang, y no podemos renunciar a la ayuda de un arma tan poderosa.
—No se puede destruir la sombra con la sombra —repuso Chihiro secamente.
—Necesitamos esa espada —dijo Kenji, cerrando el tema con un gesto de la mano, y apartándose unos pasos.
Chihiro se quedó mirándolo con desesperación, como quien ve a un amigo acercarse al borde del abismo y no puede detenerlo. Se sentía derrotado: su misión, la de limpiar el mundo de la corrupción espiritual, la de mantener el equilibrio, no podía cumplirse si hasta su compañero más querido se negaba a escuchar.
Al final, Chihiro suspiró y se resignó, con la mirada baja.
Haruki, hastiado de la discusión, comentó como de pasada:
—Yo propondría probar la espada en un campesino que pase por aquí, a ver qué sucede.
Kenji se giró, con el ceño fruncido.
—¿Estás loco? Solo la usaré contra un rival digno.
Haruki se encogió de hombros.
—Ir sobre seguro nunca mató a nadie. Bueno, a lo mejor en este caso sí, pero... no importa— miró a Chihiro, que seguía con la mirada baja
— ¿O por qué no os enfrentáis Kenji y tú? Para practicar. Así vemos si la espada se comporta de manera extraña.
Kenji lo miró con dureza.
—No pienso usar mi espada contra un amigo.
—Sugiero que lo penséis más bajo —interrumpió una voz nueva. Yoshi se acercaba, con Shijin y Shosuro siguiéndolo con expresiones de preocupación—. Nuestros amigos los viajeros preguntan si todo va bien, porque la discusión se oía desde el otro lado del campamento.
Chihiro y Kenji se miraron. El silencio duró unos segundos. Al final, Chihiro hizo una reverencia hacia Kenji.
—Perdóname —dijo, con voz cansada—. Solo intento protegerte.
Kenji acarició la funda de su espada con un gesto lento y asintió con la cabeza.
—Lo sé —dijo, con voz tranquila—. Y te lo agradezco.
Los ánimos se calmaron, el fuego siguió crepitando, y Yoshi distribuyó un último trago de sake entre los que quisieron. Pasaron una noche tranquila, a pocas millas del templo de Nachi, bajo las estrellas, sin hablar más del asunto.
A la mañana siguiente los tres samuráis acordaron un plan: irían al santuario de Nachi por un camino menos directo, bordeando la montaña, para evitar cualquier emboscada. No sabían las intenciones de los Minamoto que iban delante de ellos, y existía la posibilidad real de una emboscada.
—Kahita y Shosuro pueden ir por el camino principal —dijo Chihiro—. Ellos no corren peligro. Son unos simples peregrinos: nadie los buscará.
Los viajeros se separaron con una inclinación de cabeza. Los tres samuráis y Yoshi subieron por la ladera de la montaña, mientras el poeta y la maestra de go tomaban el sendero principal que descendía hacia el valle del templo.
A mediodía, los samuráis llegaron a un punto elevado desde donde se divisaba el santuario de Nachi en toda su belleza. La esbelta pagoda de tres pisos se alzaba entre el verdor de la montaña, con sus techos curvos brillando bajo el sol. Al fondo, la famosa cascada de Nachi caía por la ladera como un hilo de plata, con su estruendo suavizado por la distancia. Era una de las vistas más sagradas de todo Japón.
Desde su posición, vieron que el camino principal llegaba hasta una muralla que cerraba la entrada al templo, extendiéndose hasta el barranco por donde corría el río. El muro era alto y sólido, con una única puerta visible que parecía custodiada. Pero, observando el terreno, Kenji notó algo importante: si siguieran hacia la cascada, por el sendero de montaña, podrían llegar al templo desde atrás, evitando la entrada principal.
—Antes de llegar al templo hay un caserío —observó Kenji, señalando con la barbilla un grupo de chozas de madera y paja—. Y junto a él... tiendas de campaña.
—De soldados Minamoto —murmuró Chihiro, con el ceño fruncido.
Haruki asintió.
—Si bajamos los tres, llamaremos la atención. Iré solo.
No discutieron. Todos sabían que Haruki, con su porte elegante y su lengua de cortesano, era el indicado para aquella misión.
Haruki descendió por la ladera con paso tranquilo. Se había despojado de su colorida indumentaria de cortesano y llevaba un sobrio aunque elegante kimono, como un peregrino noble en busca de expiación en aquel santuario. Al pasar junto al caserío, vio bajo el alero de una casa a dos soldados Minamoto bebiendo sake, con sus estandartes blancos apoyados en la pared. Pero no le prestaron atención.
Siguiendo hacia la puerta del templo, junto al sagrado árbol sakaki que crecía en la explanada frente a la entrada, encontró un banco de piedra donde, para su sorpresa, estaban Kahita Shijin y Shosuro Sanare, descansando con cara de resignación.
—¡Haruki! —dijo el poeta, al verlo—. La puerta está cerrada. Nos han dicho que ahora no se puede pasar.
—¿Cerrado? —preguntó el samurái, frunciendo el ceño—. ¿Un templo cerrado a los peregrinos?
Shosuro asintió, con su calma habitual.
—Nos han tratado con cortesía, pero con firmeza. Nadie entra.
Haruki alzó la vista hacia la muralla. Sobre la puerta, un soldado con una alabarda custodiaba la entrada cerrada, observando el camino con aburrimiento.
—Esperad aquí —les dijo a sus dos compañeros de viaje—. Voy a ver si consigo que me abran.
Se dirigió a la puerta con paso firme y, desde abajo, alzó la voz hacia el guardián.
—¡Soldado! —llamó, con el tono de quien está acostumbrado a dar órdenes—. Exijo ser recibido por el abad de este templo.
El soldado lo miró desde lo alto de la muralla, perplejo.
—Cumplo órdenes —respondió, con voz insegura—. Nadie puede pasar. Ni siquiera los peregrinos.
—Mi misión es divina y urgente —insistió Haruki, sin apartar la vista—. Traigo a tu superior. Declara mi linaje: soy Nakahara Haruki, de la gloriosa casa de los Nakahara, leal servidor del poderoso Watanabe Kiyosuke. He combatido al nue que asaltó el palacio de Fujiwara Genosuki y al oni que aterrorizaba los caminos de Kumano. He sido peregrino en la isla maldita del mar del sur y he regresado. No me moveré de esta puerta hasta cumplir mi misión, aunque me muera de hambre.
El soldado, impresionado por aquella declaración y por el porte del hombre que la pronunciaba, dudó un momento. Hizo una reverencia y desapareció del borde de la muralla.
Al cabo de un buen rato, la puerta se abrió apenas lo suficiente para que saliera un monje de alto rango, de rostro serio y ojos afilados, que se presentó con una inclinación.
—Me llamo Sogake-bo-Kambai —dijo, con voz tranquila —. Soy el encargado de la portería de este templo. ¿Qué queréis del abad, noble señor?
—Traigo un mensaje de vital importancia para la paz del imperio —respondió Haruki—. Debo hablar con el abad en persona.
El monje lo miró con una mezcla de cortesía y reticencia. —El templo está cerrado para prevenir un peligro del que hemos sido advertidos —explicó, sin entrar en detalles—. Nadie entra, por orden del abad.
Haruki, viendo que la reticencia del monje parecía inquebrantable, cambió de táctica.
—Estoy en una misión divina —declaró, con voz tranquila—. Y estoy dispuesto a entrevistarme con el abad en algún lugar discreto, a las afueras del templo. De ese modo, no tendré que entrar en él. ¿Es aceptable para vos?
Sogake-bo-Kambai lo estudió durante un largo rato, sopesando la extraña propuesta. Al final, con gesto cauteloso, preguntó:
—¿Podéis darme alguna prueba de esa misión que decís?
Haruki, sin apartar la vista, metió la mano entre los pliegues de su kimono y sacó las cartas selladas que Taira Sukemori le había entregado semanas atrás, dirigidas a su padre, Taira Shigemori.
—Llevad estas cartas al abad —dijo, entregándolas con ambas manos y una inclinación de cabeza—. Solo él puede leerlas.
El monje tomó las cartas con un gesto solemne, observando los sellos de cera con atención. Ciertamente parecían proceder de alguien importante.
—Aceptaré llevar las cartas al abad —dijo al fin, guardándolas con cuidado en la manga de su hábito—. Os daré una respuesta.
—Estaré acampado en el monte, junto a mis compañeros —indicó Haruki, señalando con la barbilla la ladera—. Allí podréis comunicarme la respuesta.
Sogake-bo-Kambai hizo una reverencia y regresó al interior del templo, cerrando tras él la puerta.
Haruki se alejó con paso tranquilo, satisfecho de sí mismo. Pero apenas había dado unos pasos cuando una figura alta se interpuso en su camino.
—Nakahara Haruki —dijo una voz conocida, con un tono entre sorprendido y divertido—. Qué pequeño es el mundo.
Haruki volvió la vista y sintió un escalofrío. Ante él estaba el inconfundible Minamori Takeda: alto, impecable, con una elegante armadura lacada de varios colores que brillaba bajo el sol, acompañado por otro samurái de rostro severo que se mantenía a unos pasos de distancia.
—Minamori Takeda —respondió Haruki, inclinándose con la cortesía exacta que la situación requería—. Cuánto tiempo. Veo que habéis prosperado. Ahora sois todo un general.
—Venid —dijo Minamori, con un gesto de la mano hacia el sendero que bordeaba el caserío—. Caminemos. Seguro que hay muchas cosas de las que hablar, desde que se separaron nuestros caminos.
Los dos hombres se alejaron a paso lento por el sendero, dejando atrás al samurái de escolta. Los dos guerreros pasearon en silencio durante un rato, observando el paisaje: el caserío, las tiendas de los soldados, la pagoda al fondo, la cascada como un hilo de plata contra la montaña verde.
—El milagro del lago Ontake —dijo al fin Minamori, con voz reflexiva—. Fue allí donde todo empezó para ambos, ¿verdad? El kami os llamó a vosotros tres, y también a mí. —Hizo una pausa—. Pero nuestros caminos tomaron direcciones muy distintas desde entonces. Y sin embargo, hete aquí que los dos hemos acabado en el mismo lugar sagrado.
—El destino tiene estos caprichos —respondió Haruki, con dulce amabilidad.
Mientras caminaban, Haruki estudiaba a su antiguo compañero de revelación. Minamori había mejorado de posición durante los meses transcurridos: su armadura era de las caras, su porte era el de un hombre acostumbrado al mando, y su escolta delataba su rango y recursos. Pero Haruki era ya un cortesano avezado, y sabía cómo manejar la conversación para ir extrayendo información con preguntas aparentemente inocuas.
—¿Y vuestra vida, general? ¿Os fue bien tras el lago?
Minamori sonrió con una satisfacción serena.
—Bien no. Perfecto —dijo con orgullo, aunque sin jactancia—. Me casé.
Haruki no quiso preguntar por los detalles, aunque comprendió al instante: la esposa de su antiguo señor, la mujer que Minamori había amado en silencio durante años, era ahora su esposa. Posiblemente el señor había muerto, y el vasallo había heredado el corazón y la casa.
—Os felicito —dijo, con una inclinación de cabeza—. Ahora tendréis muchos servidores, como es el orden natural de las cosas.
—Y a la vez sirvo a un gran señor, en el mismo castillo de Minamoto Yoritomo —respondió el general, con naturalidad.
Haruki sintió cómo las piezas iban encajando en su mente. Yoritomo: el alférez Minamoto que había sido desterrado tras la rebelión Hōgen, aquella en la que los cabecillas fueron ejecutados. Pero él, por su juventud, fue perdonado y confinado. Ahora era un señor poderoso en las provincias del este, y su casa volvía a ser poderosa.
Y sus hombres estaban allí, en Nachi, sin duda buscando al mismo hombre que ellos buscaban: Taira Shigemori. Minamori no lo declaró abiertamente, pero Haruki lo infirió con la misma claridad que si lo hubiera dicho: el general andaba tras la pista del ministro prudente. ¿Para sumarlo al bando de los Minamoto, aprovechando el distanciamiento entre Shigemori y su padre, Kiyomori? ¿O para evitar que Kiyomori contara con la influencia moderadora de su hijo? Quién podía saberlo. En la partida por el poder, la posición de una pieza clave podía dar la vuelta a todo el tablero.
—Y vos, Haruki —dijo Minamori, deteniéndose y girándose hacia él—. ¿Qué os trae a este remoto rincón del imperio?
—Una peregrinación —respondió Haruki, con fingida sinceridad—. Y algunas cuestiones espirituales que resolver.
—Siempre fuisteis hombre de muchas capas, Nakahara Haruki —comentó el general, con una risa suave—. Me gustaría seguir hablando con vos. Aceptad mi hospitalidad: mi tienda está en el caserío, tengo buen sake y buena comida, y habrá otros samuráis con historias que contar.
Haruki se inclinó profundamente, con el gesto preciso de quien agradece un honor que no puede aceptar.
—Me honraría sobremanera, general —dijo—. Pero temo que debo rechazar vuestro ofrecimiento. Mi peregrinación exige penitencia: debo dormir en el monte, como los ascetas, y comer poco. Los dioses no bendicen a los que se sacrifican con el estómago lleno.
—Una lástima —respondió Minamori, sin insistir—. Si cambiáis de opinión, sabéis dónde encontrarme. Y, Haruki... —hizo una pausa, con los ojos entrecerrados—. Espero que encontréis la solución a vuestros problemas espirituales.
Haruki se inclinó de nuevo.
—Y yo, que vos sigáis disfrutando de haber solucionado felizmente los vuestros.
Se despidieron con una reverencia final, y Haruki subió de vuelta por la ladera de la montaña, hacia el campamento donde Kenji, Chihiro y Yoshi lo esperaban impacientes.
Las horas pasaron lentamente. Los tres samuráis comieron y Haruki relató con detalle su conversación con Minamori Takeda, mientras Chihiro y Kenji escuchaban con el ceño cada vez más fruncido. La presencia del general Minamoto en Nachi confirmaba que la situación de Shigemori era tan delicada como habían imaginado.
Cuando el cielo empezaba a teñirse de púrpura, se oyó el crujido de pasos subiendo por la ladera. Los tres samuráis se pusieron en pie, con las manos cerca de las armas, pero quien apareció entre los arbustos era un joven monje.
—¿Señor Nakahara Haruki? —preguntó, jadeando levemente.
—Soy yo.
El mensajero hizo una reverencia y entregó un mensaje sellado. Haruki tomó el mensaje y asintió.
—Que los dioses te acompañen en el camino de vuelta, mensajero.
El joven monje hizo otra reverencia y descendió de nuevo por la ladera, perdiéndose entre las sombras crecientes del atardecer.
Haruki miró a sus dos compañeros y abrió el mensaje que sostenía en la mano.
—El abad del templo de Nachi me recibirá mañana —anunció, tras leer la carta—. En un lugar fuera del templo, como pedí. Tengo que ir solo.
La noche cayó sobre la montaña, y los tres samuráis se dispusieron a dormir, con el rumor lejano de la cascada como única melodía, bajo las estrellas que poblaban el firmamento sobre Nachi.
Día 21
En el caserío junto al templo, brillaban los fuegos de los soldados Minamoto. Kahita Shijin y Shosuro Sanare, que esperaban en el banco bajo el árbol sakaki, habían sido acogidos en el campamento de Minamori, mientras lo tres samuráis y Yoshi seguían acampados en la ladera, junto a un pequeño templete de madera sobre postes.
En su pequeño campamento, súbitamente, oyeron un un tintineo suave, rítmico, que se acercaba desde el bosque sin pisadas que lo acompañaran.
—No os sobresaltéis —dijo una voz desde la oscuridad.
Entre los árboles apareció una figura extraña: un hombre con hábitos de monje, un sombrero que le cubría la mitad de su rostro y una larga barba blanca que le caía sobre el pecho. En la mano llevaba una vara de la que colgaban placas de madera, que chocaban entre sí con cada paso, produciendo aquel tintineo. Del cuello y de la cintura le colgaban amuletos, abalorios y protecciones de todo tipo.
—Me llamo Benzo —anunció, con voz cortante—, sacerdote mayor del templo de Nachi.
Haruki parpadeó. ¿Sacerdote *mayor*? Aquel hombre vestía con austeridad, sin ninguno de los ornamentos que cabía esperar del cargo que declaraba. Y, sin embargo, había algo en su porte, en su hieratismo absoluto, que delataba autoridad.
—Los alrededores, fuera del santuario, son peligrosos —continuó Benzo, acariciándose la larga barba con un gesto que parecía ritual—. Muy peligrosos. No deberíais acampar aquí.
—Lo sabemos —respondió Haruki, con una inclinación de cabeza—. De hecho, venimos de Hayatama. Y hemos visto lo que pasa por los caminos de Kumano.
—Criaturas malignas —dijo Benzo, sin denotar sorpresa—. La protección del kami de Nachi es grande, pero no se extiende más allá de las puertas del templo. —Chasqueó las placas de su vara golpeándola contra el suelo, como subrayando la frase.
Kenji, que llevaba horas mordiéndose la lengua, no pudo evitar soltar una inconveniencia:
—¿Cómo podemos estar seguros de que sois quien decís ser?..
—¡Silencio! —dijo Benzo, sin alzar la voz, pero con una autoridad implacable—. Ya deberíais saber cuando los ojos os dicen la verdad. —Y se acarició la barba otra vez, mirando a Kenjo con los ojos medio ocultos por el sombrero.
Chihiro, aprovechando el silencio, se adelantó un paso y expuso con calma sus razones para acceder al templo: la peregrinación, la profanación que sospechaban, la necesidad de hablar con Taira Shigemori de asuntos que afectaban al equilibrio mismo del imperio, las tres virtudes y las tres regalías.
Benzo lo escuchó sin interrumpir, acariciándose la barba, con las placas de madera balanceándose en silencio.
—Todo eso coincide —dijo al fin, acariciándose todo el largo de su barba— con visiones que he tenido. Sí. Coincide. Sin embargo —continuó—, ningún hijo de Taira Kiyomori ha estado en el templo —continuó Benzo, con una precisión en las palabras que no parecía casual—. Ninguno. —Hizo una pausa larga, con la vista fija en Haruki—. Pero nada os impide ir al santuario de Iro, junto a la cascada de Nachi. Nada. Es un lugar sagrado. Abierto a todos los peregrinos.
Haruki inclinó la cabeza profundamente, comprendiendo la intención de aquellas palabras. Y comprendiendo, también, por qué el sacerdote negaba la presencia de Shigemori.
—Os lo agradezco, venerable —dijo, con voz serena.
—No me agradezcáis nada —respondió Benzo, girándose ya hacia el bosque—. Los caminos los abren los que caminan.
Y se fue, deslizándose entre los árboles sin que se le oyera un solo paso, con las campanillas de sus placas apagándose en la distancia.
Los cuatro se quedaron mirando el lugar por donde había desaparecido.
—¿Ese hombre existe de verdad o lo hemos soñado? —preguntó Yoshi, en voz baja.
Haruki no respondió. Su mente iba mucho más lejos, dándole vueltas a una frase que Kenji había copiado días atrás de un poema atribuido a Shigemori: "Si soy leal, no puedo ser filial. Si soy filial, no puedo ser leal."
Cuando Benzo había dicho que ningún hijo de Taira Kiyomori había estado en el templo, quizá no estaba negando la presencia de Shigemori. Quizá estaba diciendo, con la precisión de los oráculos, que Shigemori había renunciado, por lealtad, a ser hijo del Primer Ministro. Que había dejado de ser "hijo de Kiyomori" para ser solo leal al imperio.
—Está decidido —dijo Haruki, por fin, mirando a sus compañeros—. Mañana iremos al santuario de Iro.
El día amaneció brumoso. Una niebla espesa subía desde el río y se enrollaba en los árboles de la ladera . Se oyó la campana del templo y, a lo lejos, el rumor permanente de la cascada de Nachi.
Decidieron ir hacia la cascada atravesando el bosque y evitando el camino que atravesaba el templo. Al bajar, desembocaron en el camino que iba a la cascada, y allí encontraron a unos campesinos trabajando. Chihiro habría querido preguntar a un niño, pero al no ver ninguno, se acercó a un hombre joven, aunque de rostro curtido.
—Buenos días. ¿Cómo se va al santuario de Iro?
El hombre, dejó la azada y lo miró de arriba abajo.
—¿El santuario de Iro? —Señaló río abajo, donde la niebla se abría un poco—. No es camino fácil sin pasar por el templo. Pero os puedo conducir hasta el sitio desde donde se encuentra.
Los guio un trecho, charlando de lo malos que estaban los tiempos, hasta un punto desde donde les dio indicaciones precisas. Le agradecieron la ayuda con unas monedas, y el campesino se alejó contento.
Bajaron con dificultad por una ladera pedregosa, agarrándose a las raíces y a las rocas, resbalando sobre la piedra mojada por la niebla. Al fin llegaron a un lugar donde el río se ensanchaba más allá del lago donde caía la cascada. Era un remanso amplio y tranquilo. Al otro lado, a media ladera, se alzaba una construcción de madera ennegrecida por los siglos y la humedad, con el tejado de corteza tmbién ennegrecida.
—¿Cruzamos? —preguntó Yoshi, mirando el agua—. Y más importante: ¿cómo subimos eso? La ladera parece un muro.
Kenji, con mirada de explorador, recorrió la orilla con la vista y alzó el brazo, señalando.
—Allí. Hay una escalera tallada en la roca. La vegetación la esconde, pero está ahí.
Cruzaron el remanso por un vado de piedras y subieron por la escalera tallada, peldaño a peldaño, hasta llegar a la construcción. Era media tarde cuando alcanzaron el templete levantado sobre postes, en pie sobre el vacío de la ladera, con el murmullo de la cascada sonando cerca.
Un sirviente salió a su encuentro: un hombre de mediana edad, delgado, con la mirada cansada .
—¿Qué deseáis, señores? —preguntó, con cortesía pero sin apartarse de la puerta—. Este es un lugar de retiro. Yo estoy cuidando a un enfermo. No es buena hora para visitas.
Haruki dio un paso adelante.
—¿Un enfermo? —dijo, con voz serena—. Quizá podamos ayudarlo. Somos viajeros con conocimientos de medicina y de los caminos espirituales. Pedimos verlo.
El sirviente los midió con la mirada, dudando. Al final dijo con cautela:
—Si os envía el sacerdote mayor, podría dejaros pasar.
—Nos envía él —respondió Haruki, con toda sinceridad—. Benzo, sacerdote principal del templo de Nachi.
El sirviente asintió lentamente y los condujo al interior del templo.
Dentro, el aire tenía un olor penetrate. El sirviente se acercó a un panel deslizante de madera, hizo una reverencia hacia el interior, y lo abrió.
Y allí, tendido sobre el suelo en un jergón, iluminado por tres velas cuyo fuego temblaba con la corriente, yacía Taira Shigemori. El ministro prudente. El hijo del Primer Ministro. El hombre más poderoso del clan Taira después de su padre. El hombre al que habían buscado durante semanas.
Y estaba gravemente enfermo. Su rostro, noble y con un cuidado bigote, estaba demacrado, con la piel grisácea y las mejillas hundidas. Respiraba con dificultad, con un silbido leve en cada aspiración. Unas varitas de incienso que ardían en un pequeño braserillo atenuaban el olor.
El criado habló en voz baja:
—El señor llegó padeciendo una grave enfermedad. Empeoró durante el viaje. —Se arrodilló junto al jergón y, con delicadeza, apartó la manta que cubría las piernas del enfermo—. Mirad.
La pierna de Shigemori estaba hinchada, con la carne abultada y brillante, y la recorrían gruesas marcas oscuras, como venas ennegrecidas que treparan bajo la piel desde el tobillo hacia arriba, como raíces de un árbol podrido.
Chihiro sintió que el estómago se le encogía. Reconocía aquellas marcas. Había algo en ellas que no dejaba lugar a dudas.
—Es el toque de la corrupción —dijo, en voz baja, con un nudo en la garganta.
Kenji y Yoshi intercambiaron una mirada de preocupación. Haruki, en cambio, no miraba la pierna. Miraba el rostro del hombre que había cruzado medio imperio para morir en un templo escondido, y en su mente resonaba, como una campana, la frase que llevaba días dándole vueltas:
"Si soy leal, no soy fraternal. Si soy fraternal, no soy leal."
Shigemori había renunciado a su padre para ser leal al imperio. Y él, Haruki, había renunciado a su familia para ser leal a los dioses. Los dos estaban allí, en aquel templete, siendo las dos caras de una misma moneda.
Haruki se acercó a la figura de Kannon que presidía la estancia, en un pequeño altar de madera con ofrendas y una vela. Se arrodilló ante el Buda de la Compasión, juntó las manos, e inclinó la frente hasta el suelo.
“Perdonadme, hombres y dioses” —pensó, con el corazón encongido—, *por no salvar a mi propia familia. Por dejar a mi hermano con su brazo inútil y a mi padre en su senilidad. Que mi elección no sea baldía.*
Y sacando de su pecho el ungüento que había arrancado de las manos del destino, de la cura que solo podía usarse una vez, la cura que podía haber devuelto el brazo a su hermano, se la entregó a Chihiro.
—Aplícalo —le dijo, con voz serena y tranquila, aunque algo en sus ojos brillaba—. Tú sabes cómo.
Chihiro tomó el ungüento con las dos manos, con la reverencia de quien recibe un objeto sagrado, porque lo era. Se arrodilló junto a Shigemori y comenzó a aplicar el ungüento sobre la pierna hinchada, recitando las oraciones que el eremita Ikodo le había enseñado, mientras las marcas de corrupción brillaban bajo la pasta.
Poco a poco, la habitación se llenó de un olor agradable: un aroma dulce y profundo, de hierbas y flores de montaña. Las velas ardieron más tranquilas, sin temblar. Y en el rostro demacrado de Taira Shigemori, por primera vez desde que habían entrado, algo parecido a la paz comenzó a dibujarse.
Al anochecer salió la luna, redonda y blanca como un tambor de plata sobre el valle. Mientras cenaban arroz y pescado seco en el templete de Iro, con el rumor de la cascada como fondo, Kenji se quedó mirando el reflejo de la luna en el agua, y sus pensamientos viajaron hacia atrás, las tardes en que compuso poemas con la Dama Jing, con su voz serena y sus ojos que guardaban más de lo que decían. Hacía mucho que no la veía.
Pero entonces, la luna comenzó a ser cubierta por la sombra.
El sirviente, que dormía en la habitación para velar el descanso de su amo, habló en voz baja desde su rincón:
—A veces no podía dormir bien —confesó—. Por los sonidos que hacía mi amo. Susurros, lamentos, palabras en lenguas que no conozco. —Se cubrió con la manta hasta la barbilla—. No es buena hora, esta, para estar despierto.
Los samuráis y Yoshi hicieron guardias durante la noche, turnándose junto al templete.
Mientras Chihiro dormía, algo lo despertó: un canturreo suave, una melodía antigua, como una nana que se canta a los niños. Abrió los ojos.
Junto a la cabeza de Shigemori, arrodillada, había una mujer empapada. Su ropa goteaba, sus largos cabellos estaban pegados a su rostro. Sin embargo, el suelo bajo ella estaba seco. Su canturreo se mezclaba con las palabras entrecortadas de Shigemori, que hablaba en sueños, como si le respondiera sin despertar.
Chihiro se incorporó con calma, como quien sabe que los espíritus huyen de los movimientos violentos.
—¿Quién eres? —preguntó, en voz baja.
La mujer dejó de cantar y se volvió hacia él, observándolo con una mirada bondadosa.
—¿Y tú quién eres? —preguntó a su vez.
—Un shugenja sin nombre —respondió Chihiro, con la fórmula que le habían enseñado: quien no tiene nombre no puede ser atrapado por los espíritus—. Y te pido, señora, que dejes tranquilo a Taira-sama.
—Vino aquí a curarse —dijo la mujer, con serenidad—. Ha sufrido mucho. Vosotros tres habéis sido muy amables con él.
Y dicho esto, se despidió de Chihiro con una inclinación de cabeza, llena de gracia. Chihiro inclinó la suya para corresponder al saludo, y al volver a alzar la vista, la mujer empapada ya no estaba.
Por la mañana, en el desayuno, Chihiro les contó lo sucedido a sus compañeros, con voz tranquila:
—Soñé que el kami de la cascada velaba el sueño de Shigemori.
Nadie le discutió el uso de la palabra "soñé". En aquella vida, los sueños ya no eran solo fantasías.
Chihiro pasó la jornada velando al enfermo, y creyó ver una ligera mejoría. La respiración era menos superficial, el gris de la piel se había atenuado un poco. Mientras, Kenji y Yoshi exploraron el camino tras el santuario que trepaba directamente hacia el templo principal. Vieron que, antes de llegar a este, el camino estaba protegido por las estatuas de dos leones de madera, guardianes espirituales de feroz aspecto.
Llegó la noche, y con ella, la lluvia. Los samuráis se refugiaron dentro del santuario, oyendo el agua golpear el tejado de corteza. Volvieron a repartir las guardias, aunque Chihiro se propuso estar despierto toda la noche para velar a Shigemori, arropado junto a la sala.
Haruki estaba de guardia pasada la medianoche. Le pareció oírlos ronquidos de Chihiro, al que el sueño había vencido, y sonrió para sí. Entonces oyó un sonido procedente del bosque, como el chasquido de una rama bajo un peso que no era el de un animal pequeño.
Se acercó al borde del templete y miró hacia la oscuridad. Cuando su vista se acostumbró, vio algo oscuro en la espesura que había hacia el norte. Una gran sombra se separó de la sombra del bosque y avanzó, con un balanceo lento y pesado, hacia el santuario.
Haruki despertó a Kenji y a Yoshi con un susurro urgente, y corrió a avisar a Chihiro.
Kenji se levantó de un sato, a tiempo de ver cómo la sombra llegaba hasta el claro ante el templete. La luz de la luna que atravesaba la lluvia la reveló un gigante de piel oscura como el carbón, con cuernos curvos y fauces rojas de las que emanaba un vapor terrible. En uno de sus brazos había un tatuaje que a Kenji le resultó terriblemente familiar.
La criatura miró a Kenji, que se había plantado en el umbral, y le preguntó, con una voz que era como un derrumbe:
—¿Quién eres?
—Da igual quién soy yo —respondió Kenji, firme, sin retroceder un paso—. Te pido que te vayas. Este es un lugar sagrado.
Haruki llegó a su lado, y aunque el horror le encogió el pecho al ver la criatura, consiguió no entrar en pánico. Con una serenidad que le costó un esfuerzo enorme, preguntó:
—¿Y vos quién sois?
—Quien os va a destruir para alcanzar su destino —respondió la criatura—. Pobres mortales.
La criatura siguió acercándose, con pasos que hacían crujir el suelo. Kenji desenvainó su espada con un siseo metálico y entonces se oyó el aullido de un lobo, procedente de ninguna parte.
La criatura se detuvo en seco, mirando el arma con algo que en un ser humano habría sido recelo.
—Reconozco esa arma —dijo, con las fauces rojas brillando más intensamente.
—Pues reconoce también esto —respondió Kenji, alzando la espada—. Soy descendiente y heredero del emperador Sutoku.
Haruki, con una presencia de ánimo sorprendente, dio un paso atrás y proclamó con voz clara, casi ceremonial:
—¡Esta será una batalla épica, y quiero ser testigo imparcial de la misma, para narrarla a las generaciones futuras!
Para su asombro, la criatura asintió, como aceptando un pacto de duelo, y se abalanzó contra Kenji.
El samurái le asestó un tajo profundo, y de su espada pareció emerger una llama que atravesó la ligera armadura del ser, el cual rugió de dolor. La criatura devolvió el ataque con un poderoso golpe de su garra que no acertó en el blanco, dejando tres profundos surcos en el suelo junto a los pies de Kenji. El combate prosiguió entre puyas, insultos y golpes terribles. Haruki comprobó con asombro que Kenji era mejor luchador de lo que había pensado. Sus movimientos eran limpios, sus decisiones rápidas, su espada una extensión de su voluntad. Pero también observó algo más: la criatura, entre golpe y golpe, miraba a su alrededor, como si buscara algo en el santuario, algo más importante que el propio combate.
En un momento del combate, Kenji creyó ver a Chihiro, semiinconsciente junto a la casa, con una vara en la mano, como dormido con los ojos entreabiertos. *¿Qué hace ahí parado?*
Los ataques se sucedían sin alcanzarse. Haruki, desesperado por la tardanza de Chihiro, volvió a entrar a la casa a buscarlo y lo encontró en la galería fuera de la ventana, tendido en una postura extraña. Lo zarandeó, llamándolo, sin respuesta.
Kenji dio un impresionante tajo a la criatura, abriéndole el costado. La criatura lanzó un rugido aterrador, un sonido que hizo vibrar los postes del templete y helaba la sangre. Kenji se mantuvo firme, pero Haruki se tambaleó por el terror, casi cayendo de rodillas.
El gigante herido retrocedió, fuera del alcance de la espada, para atacar a Kenji sin que este pudiera alcanzarlo. Kenji se parapetó junto a la puerta, pero la criatura cogió una piedra del tamaño de una cabeza y se la lanzó, hiriéndolo en el hombro.
—¡Te aplastaré como a una lombriz! —rio la criatura, con las fauces escupiendo humo.
—¡Amtes te mandaré de vuelta al infierno de donde no debiste salir! —respondió Kenji, sangrando.
Kenji se escondió tras la puerta, jadeando. La criatura rodeó el santuario y se acercó a Haruki, que seguía arrodillado junto al cuerpo de Chihiro, incapaz de moverse, con los ojos muy abiertos. Las fauces rojas se abrieron ante él como una puerta al infierno, y entonces...
—¡Kenji! ¡Haruki! ¡Despertad!
Los dos samuráis abrieron los ojos a la vez, sobresaltados, con los cuerpos rígidos por el sueño en el suelo del santuario. Chihiro los estaba zarandeando, con la preocupación en el rostro.
Se miraron, y la revelación les heló la sangre: habían soñado lo mismo. La misma criatura, el mismo combate, las mismas palabras, la piedra, las fauces.
—Eso no es normal —dijo Chihiro, sentándose con ellos en corro, con la lluvia aún golpeando el tejado—. Creo que habéis visto a un baku.
—¿Un devorador de sueños? —preguntó Haruki, frotándose los ojos.
—Sí. Una criatura que se alimenta de sueños y pesadillas. Os ha arrastrado a un sueño compartido para alimentarse. —Chihiro frunció el ceño—. Pero hay cosas que no me cuadran. Los baku suelen alimentarse de sueños dispersos. Esto... esto parecía deliberado.
Y entonces cayó en la cuenta, con los ojos muy abiertos.
—Nos dijeron que Shigemori estaba afectado por un mal del cuerpo y un mal del espíritu. El mal del cuerpo es la corrupción de su pierna. —Se giró hacia la sala donde dormía el ministro—. El mal del espíritu... es el baku. Está dentro de él.
—Un momento —dijo Kenji, con voz grave—. El tatuaje. Ese tatuaje... lo vi en el nue al que combatimos hace meses, en aquella fiesta. Estoy seguro.
—¿Entonces ambas criaturas están relacionadas con...? —Haruki dejó la pregunta en el aire, sin pronunciar el nombre.
—Fu-Hou-Lang —completó Chihiro—. Creo que el brujo puso al baku en el cuerpo de Shigemori para impedir que despierte. Un enfermo que no despierta es un enfermo que no habla, que no actúa —hizo una pausa—. El baku no suele ser una criatura maliciosa, en su naturaleza. Pero se le puede obligar. Es más: apoderándose de los sueños y los recuerdos de Shigemori, puede estar robando sus recuerdos, su conocimiento, sus secretos.
Kenji, con un escalofrío, añadió lo que todos estaban pensando:
—¿Y tu encuentro con la mujer empapada la otra noche?
Chihiro lo miró, con seriedad.
—Pudo ser también un sueño —dijo—. Es más: ahora estoy seguro.
Al día siguiente, la lluvia cesó, y la luz entró limpia por las ventanas del santuario. La pierna de Shigemori estaba experimentando una curación milagrosa: la hinchazón había cedido, las marcas oscuras se estaban secando como viejas cicatrices. El ungüento estaba haciendo su obra. Pero Shigemori no despertaba.
Chihiro propuso su plan con calma:
—El mal del cuerpo está vencido. Falta el del espíritu. Propongo que Haruki duerma en la antecámara junto a Shigemori para atraer a la criatura. Mientras, yo haré un ritual para atraparla cuando salga.
Con el sol todavía alto, Haruki se acostó en la antecámara, junto a la sala del enfermo, y dejó que el sueño lo venciera.
La sala estaba en calma. Shigemori yacía en su jergón, y junto a él, arrodillada y empapada, estaba de nuevo la mujer que Chihiro había visto.
Haruki se acercó al jergón y habló con voz suave al ministro:
—Taira-sama, soy Nakahara Haruki. He viajado desde muy lejos para encontraros. La paz del imperio está en peligro. ¿Podéis hablar conmigo?
Shigemori movió los labios, con los ojos cerrados, hablando como desde el fondo de un pozo. El ministro prudente y Haruki intercambiaron algunas palabras. El cortesano trataba de sonsacar al hijo de Kiyomori la información que necesitaban para acabar con aquella maldición. En un momento dado, Haruki preguntó:
—¿Por qué no queréis volver a la capital?
—No estoy aquí solo para recuperarme —suspiró Shigemori, con voz cansada—. También vine para proteger algo importante.
Una tos seca le sacudió el pecho, y continuó:
—Hay un peligro... porque hay algo quebrado que está en este lugar.
Las palabras cayeron en la mente de Haruki con una súbita revelación: el joyel, la benevolencia rota, la virtud quebrada. Taira sabía que el Magatama estaba allí, y por eso se había retirado a Nachi, no a otro templo.
Antes de que pudiera preguntar más, la mujer empapada se volvió hacia él.
—Gracias —le dijo con una inclinación de cabeza—. Ya sé lo que tengo que saber —y se despidió, desvaneciéndose.
Haruki despertó de golpe en el mundo de la vigilia.
—¡Ahí! —gritó Chihiro, que estaba en posición de ritual, con la vara alzada.
De la boca entreabierta de Shigemori estaba saliendo un espíritu de piel negra: una forma serpenteante con una pequeña trompa, un ser de tiniebla con ojos como ascuas.
—¡Atrapadlo! —gritó Haruki, incorporándose.
Chihiro lanzó su hechizo, un lazo de luz que se cerró alrededor del espíritu, y Kenji descargó su espada sobre él con un golpe certero. La criatura rugió pero, retorciéndose atravesó la pared del santuario como si fuera aire.
En el exterior, se dio de bruces con Yoshi.
—¡Alto ahí! —gritó el monje, y le lanzó un puño de fuego de lleno en la cara, con un estallido de luz que hizo aullar a la criatura, la cual cayó al suelo aturdida.
Chihiro salió tras ella, corriendo, y la rodeó con su ritual: trazó el círculo con la vara, las cuatro direcciones, los sellos, la sal, las palabras que había aprendido en el templo de la montaña. La barrera se cerró alrededor del baku, que quedó atrapado como un pez en un estanque sin salida. Cuando el espíritu despertó de su aturdimiento, se lanzó contra los bordes del círculo, una y otra vez, sin poder atravesarlo.
Lo interrogaron desde fuera de la barrera, mientras el sol se ponía tras las montañas.
—¿Para quién trabajas? —preguntó Chihiro.
El baku, enroscado sobre sí mismo, con los ojos como brasas apagadas, respondió con una voz seca :
—Para una criatura. —Una pausa—. Era un hombre. Ya no lo es.
Los tres samuráis intercambiaron una mirada. Fu-Hou-Lang.
—Podríamos matarte si no nos dices lo que queremos saber —amenazó Kenji, con la espada en la mano.
—Matadme —respondió el baku, casi con desdén—. Pero volveré al infierno. Y desde allí, él podrá volver a invocarme.
Kenji descartó la idea, meneando la cabeza. No valía la pena.
—Negociemos —propuso Haruki—. Tienes algo que ofrecernos: información sobre la criatura que te controla. Y nosotros algo que ofrecerte: tu libertad.
Dentro del círculo, el baku se irguió, con su trompa temblando.
—Esa criatura —dijo, tras una larga pausa— puede cambiar de forma. Ahora viaja con varios samuráis.
—¿Cómo se puede acabar con él? —preguntó Chihiro, con los ojos muy abiertos.
—Solo de dos maneras —respondió el baku—. Interrumpiendo su conexión con el infierno, que es la fuente de su inmortalidad. —Las brasas de sus ojos giraron hacia el exterior—. O encontrando el lugar donde se esconde su esencia. Existen ritos que pueden destruir su cuerpo e impedir que se regenere. Pero la esencia debe ser destruida en su escondite.
Los samuráis guardaron silencio, tratando de entender aquellas revelaciones.
Al final, Chihiro alzó la vara, disolvió el círculo, y el baku se alzó en el aire, una mancha de humo negro contra las estrellas.
Antes de desaparecer, la criatura giró su trompa hacia ellos, y sus últimas palabras cayeron como un mazazo:
—Él ya sabe que estáis aquí.
El interrogatorio se había prolongado hastael último momento de la noche. Cuando el cielo empezaba a clarear hacia el este, Kenji salió del santuario para respirar. La luna se ponía, y su luz iluminaba el paisaje con una calma serena tras el terror de la jornada.
El samurái miró hacia abajo, hacia el lago de la cascada, y notó algo extraño en el reflejo de la luna sobre el agua. El reflejo se movía. No en ondas como el agua: se desplazaba hacia la orilla. Y entonces, del reflejo se alzó una figura surgiendo de las aguas, lentamenta, sin salpicar.
La figura caminó hasta la escalera tallada en la ladera, y comenzó a subir, peldaño a peldaño, hacia el santuario. Kenji no se movía. Su corazón golpeaba su pecho, pero no era miedo.
Cuando la figura llegó al último peldaño, la luna iluminó su rostro. Era la Dama Jing.
Día 22
Kenji se acercó a la escalera tallada, sin apartar los ojos de la figura que estaba de pie en su último escalón. La Dama Jing, con sus ropas empapadas por el ascenso desde el lago, se acercó a él con acostumbrada serenidad. A medida que se aproximaba, sus ropas se secaban mágicamente.
—Kenji —dijo, con una sonrisa luminosa en el rostro pálido—. Me alegra haberos encontrado.
Kenji, con el corazón aún golpeándole el pecho, hizo una reverencia profunda.
—Mi señora... Estoy más que sorprendido. ¿Cómo...?
—Tenemos que hablar —dijo ella, cortando con suavidad las preguntas—. No estaba segura de que estuvierais aquí. Pero conozco este lugar. Ya había estado antes. —Hizo una pausa, y sus ojos oscuros se clavaron en los de él—. Los astros vaticinan un destino oscuro sobre vos, Kenji. Y vine a advertíroslo.
—¿Habéis pensado en mí? —preguntó él, en voz baja.
—Llevo pensando en vos desde hace tiempo —respondió Jing, sin apartar la mirada—. Recibí noticias del abad del templo de Hayatama. Llegaron al palacio de Go-Shirakawa. Y supe que la oscuridad andaba por estos caminos.
Kenji asintió, mirando hacia las montañas que se despertaban con la primera luz.
—Soy consciente de que la oscuridad está en mi camino —dijo el samurái, con voz calmada—. Pero no puedo ignorar mi destino. Se lo debo a mi antepasado. Le di mi palabra a los dioses.
—Hay signos por todo el imperio, Kenji —insistió ella, con un deje de angustia que no supo esconder del todo—. No solo aquí. En todas partes.
Kenji la miró, y por un momento dejó de ser el descendiente de un emperador muerto para ser solo un hombre hablando con una mujer a la que no quería ver sufrir.
—No quiero que os pongáis en peligro —le dijo, con suavidad.
Jing sostuvo su mirada, con la barbilla alzada y una dignidad serena.
—Tenía que intentarlo. Porque vos... sois importante para mí.
Subieron juntos al santuario, pero antes de entrar, Kenji se adelantó solo, para avisar a sus compañeros y prevenir a Chihiro de que no empezara con sus sospechas, que la tratara con cortesía, aunque solo fuera por él.
La entrada de la Dama Jing en el templete produjo saludos de todo tipo. Yoshi la recibió efusivamente, con la calidez desmedida que profesaba a las personas que le caían bien. Haruki la agasajó con cortesía socarrona, inclinándose con elegancia ante ella.
—Siempre es un placer encontraros, Dama Jing. Precisamente el otro día hablábamos de vos... —dijo, y lo dejó ahí.
Chihiro la saludó con frialdad cortante, pero sin añadir nada más.
Jing vio entonces al hombre tendido en el jergón, iluminado por las velas, y se detuvo. Sus ojos se abrieron con auténtica sorpresa.
—Taira Shigemori —murmuró, acercándose al enfermo con paso lento.
Haruki la observó con atención y sintió una ráfaga de sospecha. Pero tampoco dijo nada.
Sabu volvió con el té que había preparado para la Dama Jing, quien parecía haberlo pedido simplemente con la mirada, sin necesidad de dar órdenes. Jing aceptó el cuenco humeante con una inclinación , y luego miró de nuevo al enfermo, con un gesto de preocupación.
—¿Está enfermo? —preguntó.
—Lo está —confirmó Chihiro secamente—. O estaba.
—Es una persona muy valiosa para el imperio —dijo Jing, con voz suave.
Se acomodaron en torno al fuego, y Jing habló, mientras el té humeaba en sus manos.
—Amigo Kenji —empezó, con un evidente tono de disculpa—, como veis, he venido sola. Creo que debéis saber que mis criadas eran servidoras muy especiales de Go-Shirakawa y del primer ministro. Pero han decidido que su servicio ha terminado, y se han ido a su casa.
—¿En este mundo? —preguntó Haruki, arqueando una ceja.
—Qué más da dónde —respondió Jing, quitando importancia a la pregunta con un gesto de la mano.
—¿Cómo de especiales? —insistió Haruki, sin soltar el hueso.
Jing suspiró. Estaba evidentemente cansada, pero parecía decidida a sincerarse algo para conservar la confianza de los samuráis.
—Formaban parte de la recompensa que una diosa-zorro dio a Taira Kiyomori, por haberla protegido. —Bebió un sorbo de té—. Pero esa protección no se extiende a sus descendientes. Y por los actos de Kiyomori... él mismo ya no cuenta con su valiosa ayuda.
Haruki sintió cómo las piezas encajaban en su mente. Kenji fue más rápido en decirlo en voz alta:
—Fueron ellas —dijo, con los ojos muy abiertos—. Ellas se percataron primero de la presencia de Fu-Hou-Lang. Con ayuda de ellas lo aprisionaron aquella primera vez. Las criaturas del bosque que Omi-o nos contó.
Jing no contestó. Pero tampoco lo negó.
—Parece que habéis cumplido la misión del kami —dijo ella, cambiando de tema con elegacia mientras miranba hacia el enfermo.
—Esperamos a que Shigemori se recupere, para ver si la hemos cumplido de verdad —respondió Haruk—. Aunque sus heridas físicas, y algunas espirituales, parecen estar sanando.
Chihiro, que llevaba un rato conteniéndose, no pudo aguantar más:
—¿Por qué habéis venido aquí? —preguntó, con frialdad.
Jing lo miró sin inmutarse, con una sonrisa suave.
—Para ayudar a las personas que me importan.
Dicho esto, se levantó con un suspiro de cansancio.
—Estoy agotada. Si me lo permitís, me retiraré a descansar.
Le prepararon un rincón con mantas, y la dama se recostó, cerrando los ojos con perfecta calma.
Mientras esperaban el amanecer, los samuráis se sentaron en corro, en voz baja, para discutir la cuestión que ardía en todos los ánimos: ¿podían confiar en Jing?
Chihiro fue el primero, con el ceño fruncido:
—Nos ha seguido. Nos ha manipulado desde el principio. El santuario del Lago Ontake, la fiesta de Kioto, el barco de regreso de Kikai-ga-shima, el palacio del Emperador Enclaustrado... todo. Y todo lo que hacemos le llega a Go-Shirakawa. Se lo decimos todo, y ni siquiera sabemos para qué.
Kenji no lo negó. Giró el cuenco de té entre las manos, con calma.
—Es cierto que sirve a Go-Shirakawa. Pero no a las fuerzas de la oscuridad. ¿Por qué desconfiáis tanto de ella, Chihiro? ¿Qué os ha hecho?
—Relacionarse con monstruos, para empezar —respondió Chihiro—. Pero no es lo único que me preocupa. Sabemos muy poco de lo que hace y para quién.
La discusión se dirigió entonces hacia la revelación del baku, y Haruki encendió la mecha del verdadero asunto:
—El joyel corrompido podría estar en el templo de Nachi —dijo, en voz baja, con la vista en la ventana—. Shigemori habló de "algo quebrado en este lugar". Y si Fu-Hou-Lang viaja con el grupo de Minamori Takeda...
—Entonces está justo ahí abajo, esperando la ocasión de entrar en el templo —completó Kenji, señalando con la barbilla en dirección al camino—. Habría que entrar allí cuanto antes, para impedir que ese ser, desesperado, llegue primero.
Haruki, sin embargo, depositó su taza en el suelo con la mirada de quien trata de colocar colocar una piedra en las últimas jugadas de una partida de go.
—Tengo otra idea —dijo—. Que Chihiro convenza a Benzo de purificar el joyel.Al fin y al cabo, pertenecéis a la misma orden —Miró a Chihiro—. ¿El sacerdote podría realizar la purificación?
Chihiro lo pensó un momento, con los ojos entrecerrados.
—Creo que sí. El sacerdote principal de un templo así, con los ritos adecuados... creo que sí podría.
—Y en cualquier caso —continuó Haruki—, la presencia de la regalía puede servirnos para tender una emboscada a Fu-Hou-Lang. Que venga a por el joyel. Nosotros lo esperaremos.
—Hay un problema —dijo Chihiro, con voz grave, mirando de reojo a Kenji—. Dos, quizá. El primero es Jing. Y el otro eres tú, Kenji, con tu marca en el brazo y tu espada maldita. No sé si le estaríais haciendo el juego sin querer a Fu-Hou-Lang. —Hizo una pausa incómoda—. Está bien que seas descendiente imperial: podrías tocar el joyel, cosa que casi nadie puede. Pero tu marca... la del brazo... podría desanimar a Benzo a confiarte nada.
Kenji no respondió. Pero se frotó, sin darse cuenta, el brazo donde la marca estaba oculta bajo la manga.
El fulgor divino de Amaterasu se derramó por el valle, dorando la niebla y encendiendo la espuma de la cascada. Kenji salió a explorar, y regresó poco después con noticias:
—Los samuráis de Minamori están levantando el campamento. Preparan las monturas, cargan las provisiones. Se van, o eso parece.
Entonces Yato, el criado de Shigemori se asomó desde la sala del enfermo, con los ojos muy abiertos:
—¡Señores! ¡El señor Taira se mueve!
Corrieron a la sala. Haruki se arrodilló junto al jergón y le tomó la mano al ministro. La mano se movió débilmente en la suya, y los párpados temblaron. Pero Shigemori seguía inconsciente, como un hombre tratando de alcanzar la superficie de un lago.
—Está cerca —murmuró Chihiro, observando—. Muy cerca.
No había tiempo que perder. Acordaron el plan: Chihiro, Haruki y Yoshi irían al templo por el camino corto: el sendero del norte que iba del santuario a la puerta de atrás del templo, para hablar con Benzo. Jing y Kenji se quedarían cuidando a Taira Shigemori.
—Os dejamos solos, pero comportaros honorablemente —dijo Haruji a Kenji con un guiño—. Recuerda que eres un hombre casado y... En cualquier caso, haz lo que yo digo, no lo que yo hago.
Yoshi, Chihiro Haruki tomaron el camino que trepaba por la ladera entre árboles empapados de rocío. Iban subiendo cuando Yoshi, que caminaba en cabeza, alzó la mano de golpe.
—Un momento —dijo, aguzando su fino oído—. He escuchado algo por encima de nosotros.
Chihiro se detuvo, y con un gesto indicó a los otros que continuaran, mientras él se retrasaba para ver qué era.
Se internó entre los árboles, silencioso como un ciervo, escuchando. La niebla flotaba sobre el suelo, desdibujando los relieves del terreno. Entonces oyó los pasos. No de uno solo: al menos dos personas. Pasos ligeros, descalzos, sin el peso de las armaduras.
”No es un samurái”, pensó Chihiro, con un nudo en el estómago. Pero no era un animal, tampoco. Se quedó inmóvil un largo rato, esforzándose por oír, pero los pasos se alejaron hacia el santuario y sobre la niebla solo podía ver troncos grises.
Mientras tanto, Haruki y Yoshi llegaron a la puerta de atrás del templo, custodiada por un guardia con una naginata y cara de pocos amigos. El hombre los detuvo con obstinación:
—No podéis pasar.
—Vengo a entregar un mensaje urgente al sacerdote mayor —insistió Haruki, cuya paciencia se agotaba—. Es de vital importancia para este templo.
—Nadie pasa. Cumplo órdenes.
—Mira, miserable —dijo Haruki, perdiendo por fin la compostura, con la voz que usaba para gritar a los criados—. Llevo meses cruzando Japón para evitar una terrible desgracia, he dormido en el barro, he combatido con demonios, ¡y no pienso volver por donde he venido! ¡Tomarás este mensaje, lo llevarás al sacerdote, y lo harás ahora!
Y metiéndo un papel sellado entre las hojas de la puerta, lo dejó sin otra opción mlás que obedecer. El mensaje, escrito con una caligrafía un tanto apresurada, decía:
"El enfermo está mejorando. Pero una amenaza mayor se cierne sobre el templo y cuanto alberga. Debemos hablar. Nakahara Haruki."
El guardia tragó saliva, ordenó a alguien que tomase el mensaje y se lo llevase al sacerdote.
Mientras Haruki y Yoshi esperaban la respuesta, Chihiro los alcanzó, jadeando.
—Hay gente en el bosque —les dijo, en voz baja—. Al menos dos. No son samuráis. Pasos ligeros, hacia el santuario.
Haruki y Yoshi intercambiaron una mirada, y la sospecha se despertó simultáneamente en sus mentes.
—Sikome —murmuró Haruki.
En el santuario, mientras tanto, Kenji vigilaba el claro desde la entrada, con la espada cerca. Jing descansaba en su rincón. Todo estaba en calma, hasta que Kenji escuchó, desde dentro, la voz de Yato, el sirviente de Shigemori: un grito corto, interumpido de golpe.
Kenji desenvainó y corrió a la sala del enfermo. Allí estaba: el pobre Yato, tendido en el suelo junto al jergón de su señor, con un cuchillo clavado en el pecho. Había muerto defendiendo a Shigemori,. Kenji giró la cabeza justo a tiempo de ver, bajo la ventana, la cabeza de un sikome desapareciendo por el borde, ágil como una rata, huyendo hacia el bosque. Se arrodilló junto al sirviente, cerrándole los ojos con dos dedos.
—Leal hasta el final —murmuró—. Descansa.
Jing llegó en ese momento, con los ojos aún entrecerrados por el sueño, y vio la escena: el cuerpo, el cuchillo, la sangre.
—Kenji, ¿qué sucede?
—Han venido a por Shigemori —dijo él, levantándose con la espada preparada—. Un sikome ha matado a su criado y ha huido.
Jing se acercó a la ventana, mirando hacia el bosque.
—Ten cuidado con los sikome —dijo, con voz grave—. Contagian su corrupción. Con el toque, con las heridas, con la mirada, si estás débil. No sé qué hacer contra ellos fuera de un lugar sagrado.
Entonces, desde el jergón, una voz ronca y débil, pero real, llamó desde el fondo del pozo del sueño:
—Yato... Yato, ¿dónde estás?
Shigemori había movido la cabeza. Tenía los ojos entreabiertos, mirando sin enfocar. Veía el cuerpo de su criado, y su rostro se contrajo de dolor.
Y entonces vio a Kenji de pie junto a él, con el arma en la mano, y su cuerpo entero se tensó, con la fuerza que le quedaba, en la defensa instintiva de un moribundo.
—¿Quién sois? ¿Por qué habéis matado a mi criado? —preguntó, con voz quebrada.
Kenji envainó la espada lentamente, para no alarmarlo, y se arrodilló a distancia respetuosa, con la cabeza baja.
—Habéis sido atacado por un monstruo, señor —dijo, con voz serena—. Vuestro criado Yato murió protegiéndoos, con un valor que honraría a cualquier samurái. —Hizo una pausa—. Yo soy Isoka Kenji y estoy aquí para protegeros, junto con mis compañeros.
En la puerta del templo, mientras los samuráis y Yoshi se disponían a regresar al santuario, Haruki recibió la respuesta del guardia, que le entregó una simple hoja entre las puertas. Benzo se encontraría con ellos como la vez anterior. Las mismas palabras, breves y cortantes, escritas con una caligrafía apresurada.
Volvieron al santuario a toda prisa. Al llegar, Kenji los recibió con el rostro grave y la noticia amarga:
—Han matado a Yato, el criado de Shigemori. Un sikome entró por la ventana. —Hizo una pausa—. Pero Shigemori ha despertado.
—¿Está despierto? —preguntó Chihiro, con los ojos muy abiertos.
—Despierto, débil, y desconsolado por su criado.
Chihiro miró a los demás, y la decisión se le dibujó en el rostro antes de decir palabra alguna:
—Hay que llevar a Shigemori al templo. Aquí ya no está a salvo. Si los sikome han encontrado este santuario, volverán.
Jing, que se había acercado, alzó la vista hacia el cielo, donde las nubes se acumulaban negras sobre la montaña.
—Parece que va a llover —dijo, con voz serena—. Y yo puedo crear una niebla para ocultarnos en nuestra huida.
Jing se situó en el claro, frente al templete. Se quitó una prenda exterior —una larga pieza de seda que se enroscó en su muñeca— e inició una danza.
Los samuráis habían visto bailar a cortesanas y a actores, pero nunca nada igual. Los pies de Jing se movían con una cadencia primitiva, las manos dibujaban espirales en el aire, y la seda en su muñeca cortaba el aire como una cuchilla de plata. A su alrededor, el aire comenzó a girar en una espiral de niebla que crecía y crecía, transformando el agua en vapor, absorbiendo la humedad de la lluvia que empezaba a caer, hasta que el claro entero desapareció en un capullo blanco de niebla.
Súbitamente, una flecha surgió de la nada y se clavó en el hombro de Jing, que se dobló con un grito de dolor, interrumpiendo la danza a mitad de un giro.
Pero la niebla ya se había formado. Las siguientes flechas emergieron de la bruma y fallaron el blanco, perdiéndose en el vapor blanco.
—¡Ahora! —gritó Kenji—. ¡Corred!
Salieron a toda prisa. Yoshi y Sabu llevaban a Shigemori en brazos, con el ministro medio consciente entre los dos. Kenji ayudab a Jing a caminar, sujetándola por la cintura, mientras la dama apretaba los dientes con el hombro sangrando. Chihiro y Haruki abrían camino con las armas en la mano, adentrándose en la niebla.
El camino de la ladera, sin embargo, estaba resbaladizo por la lluvia. Chihiro y Haruki, en la vanguardia, resbalaron en el barro, cayendo y levantándose, retrasándose. Mientras, los demás conseguían mantener el ritmo guiándose por la voz de Yoshi, hasta llegar al final del sendero que desembocaba en la puerta de atrás del templo, Jing, jadeando de dolor, tiró de la manga de Kenji.
—¡Parad! —jadeó—. ¡Parad!
Kenji se detuvo, y vio lo que ella: los leones guardianes, las dos estatuas de madera que flanqueaban la puerta trasera, habían abierto los ojos. En medio de la niebla, sus pupilas talladas brillaban con una luz propia, y sus bocas de madera parecían haberse vuelto más hambrientas.
—¡Eh! —gritó Kenji hacia la puerta—. ¡Ayuda! ¡Traemos a un enfermo! ¡Abrid!
Pero ni él ni Jing se atrevían a pasar entre los leones despiertos.
En el sendero de abajo, dos sikome saltaron de la niebla interponiéndose en el camino de Chihiro y Haruki, blandiendo sus cuchillos.
Chihiro no se detuvo: golpeó al primero con su bō, derribándolo con un crujido de huesos y haciéndolo rodar ladera abajo. El segundo se lanzó sobre Haruki, quien retrocedió esquivando el ataque. La criatura, viéndose sola frente a dos samuráis, huyó perdiéndose en la niebla.
En la puerta, Kenji, con Jing temblando a su lado, gritó una orden:
—¡Abrid al enfermo! ¡Es el protegido del sacerdote mayor! ¡Abrid!
La orden dio resultado: los guardias, entre la niebla, vieron el rostro demacrado de Shigemori y parecieron reconocerlo. La puerta se abrió con un chirrido y Yoshi y Sabu entraron llevando a Shigemori en volandas. Jing cruzó tras ellos, con el hombro ensangrentado.
Pero cuando Kenji avanzó tras ella, los leones empezaron a moverse. Uno de los komainu giró la cabeza tallada con un crujido de madera y se dirigió hacia él, con los ojos encendidos.
Kenji retrocedió, helado de horror. Y los guardias, al ver aquello, cerraron la puerta de golpe, dejándolo fuera. Desde dentro, una voz gritaba:
—¡Dejadme salir, dejadme salir!
Kenji se quedó fuera, con la niebla girando a su alrededor. Corrió ladera abajo, hacia donde estaban Haruki y Chihiro, que habían vuelto a tropezar en el barro, mientras las flechas llovían sobre ellos, sin alcanzarlos a causa de la niebla. La bruma empezaba a convertirse en lluvia, disolviéndose, pero aún duró lo suficiente para ayudar a Kenji, Haruki y Chihiro a llegar a la puerta del templo indemnes. Jadeando, empapados, cubiertos de barro, vieron entonces la escena: la puerta cerrada y los leones con los ojos encendidos, mirando a Kenji.
—Kenji —dijo Chihiro, con urgencia, señalando los leones—. ¡Tienes que dejar la espada! Es la espada lo que los despierta.
—¡No! —respondió Kenji, con el pecho ardiendo—. ¡No la dejaré!
Chihiro, con la desesperación de ver repetirse aquella escena una y otra vez, se acercó al komainu animado y se arrodilló ante él, hablándole con la voz suave que usaba con los espíritus, pidiendo, rogando que dejara entrar a Kenji.
En su interior, oyó cómo los leones respondían con unas voces antiguas, resonantes como un instrumento de madera:
“Tú puedes entrar... ahora sí.” Las pupilas encendidas giraron hacia Kenji. “Él no. La espada... no.”
Chihiro se volvió hacia Kenji, y sin decir palabra, se quitó del cuello su amuleto de jade, y se lo entregó.
—Tómalo y huye —dijo—. Te protegerá. Vete al bosque. Escóndete de los sikome. Y vuelve cuando sea seguro.
Kenji tomó el amuleto con la mano temblorosa, miró la puerta, miró los leones, miró a sus amigos y huyó al bosque. Desde dentro, alguien habló con los guardias, que dejaron entrar a Chihiro y a Haruki. Los sikome no persiguieron a Kenji. La lluvia, o quizás el amuleto, o la cobardía de las criaturas, las mantuvo a raya.
Kenji se internó entre los árboles, mojado, jadeante, con el corazón golpeándole las costillas. Buscó hasta que encontró un tronco muy distintivo: un cedro antiguo con el tronco hendido por el rayo de alguna tormenta pasada, una horquilla en forma de boca abierta. Allí, con las manos temblando, escondió su espada. La hoja que había pertenecido al emperador Sutoku, la espada con el espíritu vengativo de su antepasado. Se quedó un momento con la mano sobre la empuñadura, como desprendiéndose de una parte de sí mismo.
“Chihiro tenía razón”, pensó, con un sabor amargo en la boca. “Y ahora todos los han visto. Los leones, los guardias, los monjes. Ahora todo el mundo sabe que Isoka Kenji carga con un arma maldita.”
Volvío al templo con paso lento. Esta vez, cuando pasó ante los leones guardianes, estos no se movieron. Los guardias, viendo aquello, le franquearon la entrada, seguramente por órdenes del sacerdote mayor.
Dentro, en el patio cubierto, encontró a sus amigos. Kenji se acercó a Chihiro y se inclinó profundamente.
—Tenías razón —dijo, con voz queda—. Te pido perdón. —Se enderezó, y añadió, con firmeza—. Pero la espada sigue siendo importante para nosotros. La recuperaremos cuando sea el momento.
Chihiro lo miró, con la severidad, pero prefirió no decir nada.
Entonces Jing, a quien habían vendado, se acercó trastabilleando y abrazó a Kenji, ante la mirada divertida de Yoshi y la de Haruki arqueando una ceja. Kenji, rígido, tardó un momento en corresponder al abrazo.
Al cabo de un rato, llegó el sacerdote mayor, con su sombrero, su barba blanca y su tintineante báculo. Se plantó ante ellos, hierático, acariciándose la barba.
—Os he dejado entrar —dijo, con su voz cortante— solo por llevar a Shigemori. —Sus ojos se giraron hacia Kenji—. Uno de los guardianes despertó.
Kenji no lo negó. Inclinó la cabeza.
—Llevaba una espada maldita. Lo reconozco.
—Hay que destruirla —respondió Benzo, sin rodeos.
Haruki, de nuevo diplomático, tomó la palabra y relató su historia desde el lago Ontake: el kami, la misión, la isla maldita, Kikai-ga-shima, la corrupción que perseguían, y cómo la misión de salvar a Shigemori los había llevado a descubrir el peligro que se cernía sobre la Yasakani-no-Magatama.
Benzo escuchó en silencio, acariciándose la barba.
—Seguidme —dijo finalmente—. Creo que puedo confiar en vosotros.
Los llevó a la pagoda, con sus tres pisos de madera que se alzaban hacia el cielo lluvioso. Allí, en la cámara alta, les confió su secreto,con la promesa de los samuráis de no revelarlo, que dieron solemne, uno a uno.
—Recibí a Shigemori —empezó, con la voz baja y cortante de siempre— porque llegó enfermo, y muy desencantado con su padre. —Se acarició la barba—. Le dejé convalecer en el santuario de Iro. No podía hacer más. Sabía que el mal de de su espíritu no venía de él. Shigemori es un hombre íntegro. Uno de los pocos que quedan. —Hizo una pausa larga, con la mirada perdida en la lluvia que caía sobre el tejado—. De algún modo, Shigemori sabía que el joyel se custodiaba aquí, en Nachi. Y me contó que creía que había sido profanado.
Los samuráis contuvieron el aliento.
—Yo lo confirmé —continuó Benzo, con voz más grave—. Aquello solo podía ser la intervención de una criatura del mundo de los kansen. —Los ojos del sacerdote brillaron de indignación—. Algo que debió ocurrir cuando el joyel no estaba en el templo. En alguno de sus traslados para una entronización fue cuando debió de ser tocado.
El sacerdote miró por la ventana, en dirección hacia el santuario de Iro.
—Mis remedios prolongaron la vida de Shigemori —continuó Benzo, con cansancio en la voz—, pero no lo curaron del todo. —Otra pausa—. Hace poco llegaron unos samuráis con órdenes del regente Motofusa de entregar a Shigemori. Me negué.
—Es sabido que Motofusa tiene una querella con Shigemori —comentó Haruki en un susurro.
—Y además —añadió Benzo— no quería que se conociera el mal espiritual que afligía a Shigemori, del cual no era culpable.
Chihiro, con los ojos entrecerrados, dijo:
—Creemos conocer a la criatura que tocó la regalía. Su nombre es Fu-Hou-Lang.
Benzo se acarició la barba, largo rato.
—Se rumoreaba —dijo al fin— de una criatura que fue humana, pero que dejó de serlo para adquirir poder con la práctica del maho. Era uno de los que "hablaban con la sangre". —Su voz bajó hasta ser apenas un susurro—. Pero eso era algo que se decía en China, no en Japón.
La lluvia golpeaba el tejado de la pagoda.
—Ahora que sabéis esto —continuó Benzo, con firmeza—, no podéis salir del templo. Hay que mantener el secreto. La criatura no sabe dónde está la regalía.
Los samuráis intercambiaron miradas.
—Venerable —dijo Haruki, con voz preocupada—. La criatura ahora sí lo sabe. Nosotros lo sabemos por Shigemori. Y ella también.
—¿Qué? —Benzo se irguió.
—Para purificar la regalía, puede que no haya más remedio que destruir a Fu-Hou-Lang —continuó Chihiro—. Y eso solo puede hacerse destruyendo el lugar donde está su corazón. Su esencia.
—La criatura estaba entre la hueste de Minamori —añadió Kenji—. Puede que aún esté ahí fuera, ahora mismo, bajo la lluvia, esperando.
Y Haruki, con voz pausada, concluyó el razonamiento:
—El joyel tendrá que ir a la capital para la coronación del emperador niño Antoku. Y la criatura podría aprovechar ese momento para hacerse con él.
Benzo los miró uno a uno en silencio, durante un largo rato. Luego volvió a mirar a la ventana.
—Una cosa más he de contaros antes de irme —dijo al fin, girándose hacia ellos, con la barba blanca atrapando un rayo de sol—. Vuestra imprudencia produjo el ataque a Hayatama. La espada maldita que introdujisteis en el templo profanó su protección. La corrupción llama a la corrupción.
Los samuráis bajaron la cabeza por el peso de aquellas palabras.
Los condujeron a sus aposentos, unas celdas limpias y sencillas, con mantas y un hornillo de té. Jing, por decoro y reposo, dormía en un pabellón apartado. La noche cayó, con la lluvia cesando poco a poco, y el templo quedó en silencio.
De repente, a las once de la noche, sonó una campana. No la gran campana del templo, con su voz grave y serena, sino una aguda campana de alarma. El patio se iluminó con antorchas y empezaron a oirse gritos.
—¡Nos atacan!
Jing apareció en la puerta de la sala de los samuráis, con el pelo suelto y el rostro pálido, con la venda del hombro aun manchada de sangre.
—Kenji —dijo apresuradamente—. ¡Son soldados! He visto sus katanas.
Desde fuera llegaban las voces de los monjes y los guardias, gritándose en la noche:
—¡Han cruzado el lago a nado!
—¡Han escalado las murallas! ¡Están en las murallas!
En lo alto de los muros del templo, a la luz de las antorchas, se veían siluetas cruzando espadas con los guardias, se oía el clamor del metal chocando contra el metal, los destellos de las hojas iluminadas como relámpagos, mientras la campana seguía sonando con urgencia en el piadoso templo de Nachi.