Ramón J. Sender





Propuesta de lectura compartida: Réquiem por un campesino español, publicada en México en 1953.


Mister Witt en el Cantón, novela histórica publicada en 1935 y ambientada en la Cartagena cantonal de la Primera República, prefigura ya el ambiente prebélico de las vísperas de la guerra civil. En ella, Sender hace un explícito llamamiento al respeto por la dignidad humana y la compasión por el desvalido.

Contraataque, reportaje de guerra escrito al hilo de la contienda, se publicó en 1938 en España, aunque un año antes ya había visto la luz en sus traducciones al inglés y al francés. A él pertenecen los fragmentos que aparecen a continuación.

Texto 1. En Madrid

El gran escritor Valle Inclán, que murió poco antes de comenzar la guerra, me decía un día mirando melancólicamente la gente desde la terraza del café:

- En treinta años la vida española ha avanzado mucho. Vea usted. Los hombres, las mujeres, son mucho más guapos hoy que cuando yo era joven. La belleza física en España es mucho más frecuente que en otros países. La salud, la alegría de vivir, la inteligencia, el buen gusto han ganado todo el terreno perdido por el fanatismo religioso. Somos uno de los pueblos más cultos, más hermosos y más sanos de Europa. Es doloroso pensar que vamos a perder todo esto en unos meses. ¡Qué lástima!

Presentía la sangre, el hambre, los horrores de una guerra civil. Creíamos que exageraba. A mí mismo (claro es que yo vine a la vida dentro de este siglo, cuando ya era posible bañarse y comprar libros y no conocí la generación de Valle Inclán), me parecía que sus temores iban más lejos de la realidad. Pero, ¡cuántas profecías en sus palabras! Y no solo en estas, sino en sus augurios sobre la relación de Franco con el fascismo alemán e italiano y otros detalles de la guerra que se avecinaba. Con sus ojos perdidos en la vaguedad del presentimiento, repetía:

- ¡Qué lástima!

Hoy nos duelen esas palabras viendo a nuestra España herida, envilecida y puesta en almoneda. Pero confieso que entonces, si alguna vez aceptaba los presagios del gran escritor, era para creerlos una verdadera promesa. El día que intenten algo las fuerzas antisociales de España -pensábamos muchos-, serán definitivamente aplastadas.

Texto 2. En San Rafael (Segovia)

A principios de julio de 1936 la desorientación y la ansiedad estaban ya en los ánimos de todos. Yo esperaba, como cada cual, el estallido. En vista de que, al parecer, los militares no se decidían, y como el ambiente en Madrid era enervante -el triunfo, la prisa por organizarlo, la necesidad de consolidarlo, la alegría de haber derrotado a todo lo que en España representaba atraso, suciedad, barbarie o muerte-, yo, que tampoco sabía cómo empezar a trabajar en aquella atmósfera, me fui al campo. Tomé una pequeña casita en San Rafael, lugar de veraneo de la gran burguesía madrileña, entre bosques de pinos, detrás del macizo madrileño del Guadarrama. [...] Estaba muy lejos de suponer la importancia que aquellos adorables parajes iban a tener en nuestra guerra civil y en los recuerdos más entrañables de mi vida. [...]

La Radio me trajo la noticia. Se había producido la primera explosión en Marruecos, como presentía el capitán de la Legión. Respiré tranquilo. Supongo que lo mismo les pasó a la mayoría de los españoles. La situación -cualquiera que fuera su resultado final- quedaba definida, y esto era un gran alvio. [...] En Madrid se habían sublevado regimientos enteros y de provincias las noticias eran confusas. Todo el ejército de África estaba en pie contra el régimen. Mi única contribución a la defensa de la República fue, durante las treinta primeras horas, la de permanecer al lado del aparato de Radio constantemente, con la mano en el manipulador, filtrando, a través de mis nervios excitados, las alocuciones, los decretos y los informes de un campo y de otro. Por algunos detalles iba formando una idea aproximada de la situación. [...]

El frente quedaría situado en las crestas del Alto del León, tres kilómetros más atrás de mi casa. Era preciso concentrar allí, con armas o sin ellas, el mayor número posible de hombres. [...] Por la noche llegó un camión de guardias civiles. Con ellos iba el oficial que mandaba el puesto de San Rafael. Al principio creímos que eran la vanguardia de una columna más fuerte que iba quizá sobre Madrid, pero se detuvieron en medio del poblado frente a su pequeño cuartel. Algunos curiosos se acercaron. Dos obreros, con la escopeta en la mano, vacilaban. ¿Serían leales? ¿Serían facciosos? Antes de apearse los guardias hicieron dos descargas de fusil contra los grupos, sin que de estos hubiera partido una sola palabra y ni siquiera un gesto. Cuatro quedaron muertos en tierra. Todos los demás huyeron, se metieron en las casas próximas y cerraron las puertas. Solo un muchacho joven quedó de pie, impasible, frente al camión. El oficial y varios guardias descendieron. El primero, con la pistola ametralladora en la mano, se dirigió al muchacho y lo cogió del brazo. El obrero se desasió violentamente y lo miró con dignidad:

- No me toque usted -le dijo-. Eso que han hecho es un crimen y una cobardía.

El oficial comenzó a dar voces histéricamente. "Este el cabecilla. Dejádmelo a mí". Empujándole con la pistola -obligándole a llevar los brazos levantados-, lo hizo entrar en el vestíbulo de la central de Teléfonos. Apenas traspuesto el umbral le disparó dos tiros a quemarropa. El cadáver estuvo allí mismo todo el día siguiente.

Texto 3. En Guadarrama (Madrid)

"Cuando salí de casa vi a los compañeros de la Comandancia y a varios grupos de milicianos marchar hacia el centro del pueblo. Iban al entierro de un compañero, muerto dos días antes en el primer bombardeo de Guadarrama. Era un campesino que vivía allí mismo y que se incorporó a las primeras fuerzas llegadas de Madrid.

Me uní también a ellos y marchamos todos hacia la estrecha callejuela de casas de una planta. Al exterior tenían solo la puerta y un ventanuco que se abría a la izquierda. Ocultaba el interior una cortina de arpillera y el viento bamboleaba en la ventana, sin cristales, una cortinilla roja. A los dos lados de la calle el pueblo campesino se apiñaba en largas filas superpuestas. Mujeres enlutadas, hombres viejos con la chaqueta nueva colgada del hombro y la camisa sudada de la labor, y algunos chicos curiosos y asustados. Bajo el cielo azul, entre la cal de las paredes, el silencio tenía la solemnidad del silencio rural. Los campesinos nos vieron llegar con satisfacción. Era el homenaje de los luchadores de otras provincias, quizá de Madrid, la gran ciudad, a su héroe. Algunos pasamos al interior de la casa. Dos milicianas habían recogido, en los jardines de los lujosos hoteles abandonados, todas las flores rojas que encontraron y traían dos grandes brazadas.

El muerto yacía en una caja de pino, sin pintar ni forrar, en el centro de una habitación que era cocina, comedor y dormitorio. Una miseria aseada y honesta en los desconchados de la pared, la silla coja. El suelo estaba limpísimo. La viejecita lavaba cinco veces al día cada baldosa, y la tragedia de toda su vida fue no tener más que catorce baldosas que fregar. Una protesta desesperada nos subía a la garganta viendo aquella pulcritud en la miseria, que nos hablaba de una resignación y de una costumbre impresionantes. Los padres, ya viejos, sentados a la cabecera, esperaban con una actitud de dolor pasivo. La madre se llevaba de vez en cuando a la nariz un pañuelo blanquísimo. Lloraba en silencio, como el día lejano de su boda, el del primer bautizo, el día que se casó el otro hijo -que estaba allí, con su mujer- y aquella tarde que marcharon al Ejército. Ahora, no pudiendo hacer otra cosa, lloraba también.


Texto 4. Aviones sobre Madrid

Los aviones alemanes e italianos volaban a diario sobre Madrid. En la frecuencia de sus agresiones veíamos que bombardeaban la capital, no como un obejtivo aislado, sino como una parte de vida de nuestra retaguardia o de nuestra segunda línea.

"Hacen sobre Madrid -nos decíamos- lo que hacían sobre Talavera cuando iban a tomar Talavera, lo que hacían sobre Toledo cuando iban a tomar Toledo."

Y detrás de estas reflexiones nos preguntábamos todos si el enemigo llegaría a tomar Madrid. En esta pregunta había algo más que un cálculo de estrategia; había una probabilidad de la que dependía la muerte y la derrota, la vida y el triunfo para todos. Cien mil hombres con armas nos habíamos hecho esta reflexión y estábamos dispuestos a defender cada esquina, cada ventana, cada portal, mientras tuviéramos un aliento de vida. Pero las viejas preguntas volvían siempre: estas condiciones nuestras, ¿serían ya las del triunfo o nada más que las del sacrificio? En la casualidad o la probabilidad incierta es donde acecha el verdadero dolor de la guerra. El peligro claro y neto no importa, aunque su amenaza sea muy superior a nuestros medios de defensa. Lo peor era la incertidumbre, el espacio donde actúa lo imprevisto. Y era ahí donde el enemigo maniobraba. [...]

Los bombardeos de aquellos días permitían ir formándose una idea. Llegaban los grandes trimotores -que en la mañana a que nos referimos eran por primera vez blancos- escoltados por más de veinte cazas. Traían en su blancura un presagio de entierros infantiles. En las calles de los barrios populares, preferidos por los pilotos porque estaban más concurridos y cada bomba podía hacer muchas más víctimas, se agitaban los muchachos con sus juegos, iban y venían las mujeres con las cestas de la compra. Grupos de milicianos con permiso o convalecientes de sus heridas, que habían dejado el hospital por esa prisa de curarse que tenían todos, miraban al cielo y veían acercarse la gran nube mecánica preñada de rayos, como los campesinos ven llegar las tormentas. Los niños buscaban con la mirada los ojos de sus madres y estas consultaban con gesto rápido la expresión de los milicianos. Cuando los soldados del pueblo, sin perder su calma de hombres de guerra, advertían que el peligro estaba llegando sobre sus cabezas, todos se refugiaban en los sótanos de las casas próximas. Pero no siempre sucedía así. Y muchas de las que sucedía, caía sobre los refugiados en los sótanos la bomba de cien kilos, la casa derrumbada. En Madrid, como en todas partes, los barrios populares tienen muchas calles estrechas. Los remates de las altas casas de cuatro o cinco pisos parecen unirse en lo alto, y la aparición de los aviones era a veces inesperada. Al principio los pilotos preferían esas callejas hundidas, con viejos edificios amontonados. Aquella mañana tiraron bombas en la Cuesta de Santo Domingo (treinta muertos, de ellos trece niños); en una callejuela inmediata a la Cava baja, sobre una cola de mujeres que esperaba turno para proveerse de leche (once mujeres muertas, una con un niño en los brazos); en el Hospital de San Carlos, adjunto a la Facultad de Medicina (siete hospitalizados, dos enfermeras y un médico muertos), y en el barrio obrero de Tetuán de las Victorias, donde las casas suelen ser de dos plantas, manzanas enteras deshechas y humo y sangre entre los escombros. Poco más o menos este era el balance de cada incursión. A veces arrojaban las bombas sobre un "grupo escolar", cuyos pequeños pabellones, en medio de jardines, no podían ser confundidos con depósitos de armas, fábricas ni cuarteles, y entonces eran sesenta, ochenta, cien niños muertos (una vez trescientos nueve), que llenaban el barrio, la ciudad y toda la España de un duelo sin fondo, de un dolor sin fin. ¿Por qué los niños? ¿Por qué esas vidas de cinco o seis años, todas inefable esperanza? La metralla -el casco más pequeño- era monstruosamente grande para su pechos. La ira de quienes arrojaban esas bombas no podrían comprenderla nunca todos los niños del mundo juntos.

Texto 5. Noticia final

A finales del mes de diciembre me dijeron que me buscaba un miliciano que prestaba servicio en el parque central de Intendencia. Días después ese miliciano y yo nos encontramos. Era (recordaré siempre la hora y el lugar) entre dos luces, al atardecer, al final de la Castellana. Llegaba más o menos fuerte el fragor de las ametralladoras, según la dirección del viento. Aunque yo había acudido a la cita con cierta ansiedad febril, estaba muy lejos de suponer cuáles iban a ser las palabras de aquel miliciano.

Al principio de estos recuerdos, escritos velozmente, sin propósitos de composición literaria, hice el de no hablar de esa escena. No veo manera de eludirla, y, si en el segundo capítulo pasé en silencio circunstancias de mi vida familiar, era con la intención de no tener que volver sobre ellas ahora, al final. Pero no tengo derecho a callar nada. Los periódicos dieron noticia del fusilameinto de mi hermano Manuel. Los mismos periódicos hablaron también del asesinato de mi mujer. El egoísmo de callarme, de dejar que el dolor cierre su curva sobre mí mismo, será, si se quiere, no solo respetable, sino divino, pero son crímenes que pertenecen al debe de la Bestia; sé que mi dolor lo han sentido millares de compañeros. Crímenes y dolores que definen por un lado la monstruosa barbarie de las hordas de Franco, y, por otro, la serena indignación, la disposición heroica (simple, sin gestos ni frases) del resto de España para castigar esos crímenes y hacerlos imposibles en el porvenir. Voy a contároslos en las menos palabras posibles. Dejaré aquí, en esquema, el hecho. Callaré -apagaré- voces que hablan muy alto y muy inisistentemente en mi corazón. Siempre he escrito por cierta vaga necesidad de darme íntegra y despreocupadamente a los demás y no por esconderme. Esas verdades (dos anécdotas, al fin, como millares más) tienen las más hondas raíces en mi vida. Nacieron en aquella entrevista con el miliciano, un miliciano que llegaba a Madrid, desde Valencia, con un convoy de víveres. En Valencia le había buscado el que fue director de Montes en Valencia y le había dicho aquellas palabras para mí.

En San Rafael no estaba yo solo. Estaba conmigo mi mujer y mis dos niños. Nos acompañaban una hermana mía y su marido, los dos de ideas conservadoras. Cuando vino el que entonces era director general de Montes, trajo consigo sus dos niñas, una de nueve años y otra de cinco, y con ellas una sirvienta. Ante la inminencia de la columna de Mola nos reunimos y acordamos que el director de Montes, su mujer y yo marcharíamos, a través de las montañas, a Guadarrama. Las niñas de mi amigo quedarían allí, porque era imposible tratar de llevarlas con nosotros. Mi mujer, mis niños, mi hermana y su marido, también. Primero, porque nada tenían que temer de los rebeldes. Después, porque era más arriesgado, desde todos los puntos de vista, obligarles a hacer una jornada que solo hace habitualmente un buen alpinista. Finalmente, porque estábamos firmemente convencidos de que ocho días después iríamos de nuevo a reunirnos con ellos allí mismo. Esas mismas consideraciones hicieron posible que el presidente del Consejo de ministros, señor Giral, se quedara también en San Rafael después de haber llegado la columna. Todo quedó previsto, hasta en los detalles que podían rozar las más lejanas hipótesis, puesto que mi hermana y su marido nos tranquilizaron diciendo que ellos estarían al lado de los niños, con mi mujer, y que nada podría suceder a ninguno de ellos. Si tenemos en cuenta que mi hermana y su marido son religiosos, católicos y conservadores, y que asimismo lo eran todas sus relaciones de amistad o parentesco, con la sola excepción, quizá de mí, se comprenderá que saliéramos de allí absolutamente tranquilos.

Mientras yo luchaba al lado de los míos en Guadarrama, al otro lado de la Sierra ocurrían los siguientes hechos: los señoritos de Falange, que llegaron con la columna y habían de volver a Valladolid, en cuanto vieron que la columna era contenida por los campesinos en el Alto del León, se lanzaron a perseguir, a detener y a fusilar a todo el que parecía sospechoso. Los fusilamientos en plena carretra convirtieron San Rafael en un horrendo patíbulo. Mi mujer y mis niños, mi hermana y su marido, y la sirvienta de mi amigo con las dos niñas, marcharon a El Espinar, villa que está cinco kilómetros más atrás. Allí se enteraron por la Prensa de que mi hermano Manuel había sido fusilado en Huesca. Todo su delito consistió en haber sido alcalde de elección popular durante dos años. El día antes de detenerlo le avisaron amigos oficiosos, que lo eran también de los rebeldes: "Márchate a Francia con tu mujer." Pero mi hermano -un muchacho fuerte y sano, de 29 años, cuya inteligencia y cuya honradez herían a las viejas cornejas de la política provincial, a quienes les resultaban cualidades insolentes y ofensivas- se negó.

"Si me marchara -dijo- mis electores tendrían dereho a pensar que yo no tenía mi conciencia tranquila. Pero nada temo y nada tengo que reprocharme. No huyo. De nada pueden acusarme y ningún daño pueden hacerme."

A mi hermano, como a mí, como al director de Montes, nos pasaba inadvertido un dato, en nuestros cálculos: el del crimen. Pero un hombre normal, ante los acontecimientos de aquellos días ni ante ningún otro acontecimiento en la vida, puede suponer la voluntad del crimen en los demás. El director de Montes marchaba a Madrid, a incorporarse a su puesto. Yo, a Guadarrama, a unirme a los míos. Los dos creíamos, de ese modo, hurtarnos nada más que a la prisión pasajera de ocho días, que era lo que creíamos que duraría la sublevación, y cumplir con nuestro deber.

El asesinato de mi hermano (sin juicio, sin acusación, ni siquiera por indicios) y los que en San Rafael y El Espinar cometían los correligionarios de Franco, sembraron el terror en mi familia. Como la vileza es contagiosa entre determinados espíritus, mi hermana y su marido marcharon a Burgos, dejando a mi mujer sola con mis niños, los del director de Montes y la sirvienta. Días después todos ellos se fueron a Zamora, donde vivía la familia de mi mujer. Pero al llegar allí supieron que uno de los hermanos de mi mujer había sido también asesinado. El otro fue detenido el mismo día que llegaron ellos. Tres días después de su detención el jefe de los requetés -pariente de mi mujer- llegó a la casa de ella y dijo, con aire del que posee altos secretos políticos:

- Antonio ya no vive.

Mi mujer fue al Gobierno civil a solicitar un pasaporte para marchar a Francia con los niños. No solo no había pertenecido ella nunca a ningún partido político, sino que su familia había sido considerada en la ciudad como "gente de orden", burgueses liberales. Pero el hecho de solicitar un pasaporte, después de haber sido asesinada su familia (sus padres murieron hace años), fue sin duda muy sospechoso. Además, en cada crimen está vivo el germen del siguiente, esperando la menor coyuntura para brotar. El terror, a quien aterra antes que a nadie, es a quien lo ha ejercido. Si mi mujer llegaba a Francia, llegaría también a la España leal y contraria lo que había visto en aquel rincón de España, donde no habían sido disparados otros tiros que los de los asesinos. La detuvieron en el mismo Gobierno civil. Los niños, abandonados entre tanto, fueron por fin recogidos por gente de corazón no contaminado. Un mes después de ser detenida, le llevaron un cura, que la confesó, y la transportaon al cementerio, donde la asesinaron.

Me enteré por mi amigo el director de Montes, que había logrado rescatar a sus niñas y con ellas a la sirvienta que las acompañaba, y me dirigí a la Cruz Roja Internacional, que, pasados dos meses, me entregó a mis hijos. Quiero que conste aquí mi agradecimiento a esa organización y personalmente al doctor Junod, de Ginebra, quien se propuso en vano obtener una explicación del asesinato de mi pobre mujer. En Zamora no supieron qué decirle. No pudieron acusarla ni siquiera de lo que habían acusado a sus dos hermanos: de haber votado al Frente Popular. Aquí queda el hecho, sin calificación, porque sería imposible. Lo he contado como me lo contaron a mí, en las menos palabras posibles. Las que diría no se han dicho nunca y quiero guardarlas en esa zona de las palabras increadas, en ese núcleo moral de cada uno, en el que se condensan las esperanzas muertas. Ese crimen me liga más, y de una manera permanente y eterna, a mi pueblo y a las fecundas pasiones de los trabajadores.

Cuando tuve noticia de él volví al frente y todavía pensé si tendría derecho a seguir haciendo la guerra, acabándose como se había acabado quizá para siempre, dentro de mí, la piedad.

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Aunque quisiera no podría escribir más de esto. Entre mis sentimientos íntimos y la pasión política de las masas, de las cuales yo soy una parte, hay caminos que todavía no se pueden andar. Para mí, y en este momento, es imposible.

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He dicho antes que se había acabado la piedad, pero el hecho es que volvi a ver al fascista herido. Estoy seguro de que un día peleará a nuestro lado, pero no es esa esperanza la única razón por la cual yo sería incapaz de denunciarlo. Las hordas del cinismo criminal no llegan a deshumanizarnos. Lo único que se deshumaniza ahora, a veces, es lo que me rodea.

Recobrados mis hijos, restablecidos, vuelta la alegría -esa sí que es divina- a sus ojos, volveré al frente.

Pronto os podré contar cómo fue el triunfo, aunque para mí, en el círculo de mis alegrías o mis dolores privados, ya no será un triunfo, sino una compensación.