Este tipo de dispositivos siempre contienen nicotina, aunque la dosis puede variar dependiendo del dispositivo. No obstante, en cualquier caso esta sustancia se caracteriza por ser adictiva y producir daños en el organismo. La nicotina aumenta el nivel de dopamina del cerebro y actúa sobre las áreas cerebrales que regulan las sensaciones de placer, por lo que fácilmente produce dependencia.
Así, la persona pronto necesita consumir nicotina de nuevo para volver a experimentar sus efectos placenteros. Añadido a esto, es capaz de actuar sobre el sistema cardiovascular, incrementando la frecuencia cardíaca y el riesgo de arritmias (especialmente en altas dosis). También produce efectos en nuestra sangre, aumentando su viscosidad e incrementando los niveles de colesterol y triglicéridos.
Esta sustancia puede, además, estimular nuestro sistema nervioso central. Con ello puede incrementar nuestra respiración, frecuencia cardíaca y presión arterial. A largo plazo, la nicotina contribuye al desarrollo de patologías cardíacas, coágulos de sangre y úlceras estomacales.
El líquido que contienen estos dispositivos no es, como venimos comentando, inofensivo. En primer lugar, las empresas no siempre etiquetan de manera completa los ingredientes, por lo que el usuario no siempre conoce con seguridad los componentes que consume. Por otro lado, este líquido suele poseer sustancias químicas que resultan tóxicas y pueden contribuir al desarrollo de enfermedades.
Cuando el líquido pasa a un estado gaseoso no deja de ser dañino. Las partículas que el usuario inhala pueden dar lugar a inflamación en los pulmones y favorecer la aparición de infecciones bacterianas o neumonía.
El daño de esta sustancia no se limita al consumidor que la inhala. En algunos casos que el dispositivo se ha dejado al alcance de los niños se han producido envenenamientos e intoxicaciones al tocar, oler o beber el contenido del vapeador.
El uso de estos dispositivos no impide que las personas alrededor del fumador puedan respirar las sustancias tóxicas. El vapor que se libera puede perjudicar los pulmones y el corazón de los allegados que están cerca, algo que resulta especialmente peligroso si estos sufren alguna enfermedad respiratoria como el asma.
La popularización de los vapeadores favorece que se banalice el hábito de fumar y que este se vea como algo divertido e inofensivo. Así, el uso de estos dispositivos entre los adolescentes constituye una puerta de entrada al consumo del tabaco tradicional e incluso al uso de otras drogas. Por ello, lejos de ser una alternativa saludable y segura, constituye un factor de riesgo para tener problemas de adicción.
A diferencia del tabaco tradicional, la regulación de los cigarrillos electrónicos aún no está del todo configurada. Esto se debe a que aún existe desconocimiento sobre estos dispositivos, incluso entre los profesionales sanitarios. Por ello, aún se sigue considerando que su uso es inofensivo, lo que no hace más que agravar el problema y estimular a muchas personas a utilizar el vapeo como alternativa al creer que es seguro.