La Casa Marlo esconde un oscuro secreto, aunque Yoshaya no quiera aceptarlo. Deshabitada, en medio de un bosque, y alejada del pueblo, parecen ser los ingredientes perfectos para que su mente imagine vestigios imposibles.
Querer ignorar su instinto resulta más complicado cuando conoce a Éveril Gábula, el nuevo propietario; un citadino excéntrico y de intenciones dudosas, quien conduce una investigación, presuntamente prohibida, de un campo de estudio metafísico llamado La Paradoja del Alma. Éveril está convencido de que la casa esconde las respuestas que lo llevarán a un gran descubrimiento y de que Yoshaya es quien tiene la habilidad de encontrarlas.
Vencido por el hostigamiento de lo paranormal y en contra de su sentido común, el joven Yoshaya acepta ayudarlo en su búsqueda. Sin embargo, ese es solo el comienzo. En adelante, cada paso en el camino consume una tarifa más costosa de su fe. Cada paso revela que siempre estuvo más enredado de lo que pudo imaginar. Cada paso, otro velo que cae para desmentir un misterio más intrincado y peligroso de lo que esperaban, y que podría cambiar sus vidas por completo.
Esta novela surgió de mi interior como un grito que necesitaba salir, semejante a cierto momento en la historia cuando ocurre un despertar. Aunque los temas más visibles en este relato son de fantasía y misterio, en cierta manera, para mí, fueron más bien un transporte para poder llevar los asuntos que más acaecían en mi interior. Por ejemplo, los amaneceres de la conciencia, la persecución de la identidad, la autonomía, etc. Me encanta pensar en nuestro arte como método de crecimiento, depuración o redención; y este proyecto solo vino a confirmar mi creencia. En esta sección me gustaría hablar acerca de mi viaje al escribir esta novela y, también, de algunas interpretaciones personales sobre decisiones artísticas en la obra.
Era el año 2013 cuando empezaba en mi primer trabajo "en serio" y acababa de sobrepasar uno de los momentos más turbulentos, hasta entonces, de mi composición humana. O así lo recuerdo. Venía de un episodio crucial donde había hecho derrumbar los cimientos de mis creencias y donde había, en términos un poco violentos pero certeros, asesinado una versión de mí. Una parte que necesitaba desaparecer o, de lo contrario, habría hecho marchitar todo de mí. Durante este primer trabajo, me sentía de muchas maneras transformativas. En cierta manera lo recuerdo como una prisión, una que también se asemejaba al mito de la cueva, de Platón; fue un tiempo de ignorancia, interpretación y conjetura. Más tarde, lo llegué a identificar también como con la primera temporada de The OA. (Una gema, en mi opinión, que no creo poder llegar a superar.) Por un lado, me sentía a la deriva, como las olas que vienen y van. Por otro, celoso de cualquier "verdad" que se me presentara. Y en ocasiones, encallaba en algún banco de arena que aparecía como una tierra de revelación (creo que todos en algún momento descubrimos que no existe la tierra de la revelación absoluta, solo acampanos en islas lo suficientemente extensas para nuestra tranquilidad).
Toda esta mezcla de emociones vino a colisionar con un catalizador. En ese trabajo conocí a una persona muy peculiar y querida, a quien recuerdo como un enviado de luz, y quien me recomendó varios libros. Entre estos, varios títulos de Hermann Hesse como Siddhartha y Demian. Mi mente se convirtió en un campo de juegos pirotécnicos, por ponerlo de alguna manera. Desde hacía años que el tema de la escritura me gustaba, a menudo escribía borradores de fantasía que no conducían a nada porque no tenía ningún rumbo; supongo que hasta ese punto creaba historias a manera de escapismo. Sin embargo, cuando descubrí que un libro podía explorar temas existencialistas como los que llevaba revoloteando dentro de mí, se me encendió una chispa. No sabía cómo, pero de pronto sentí que necesitaba sacar lo que llevaba dentro, a través de una historia.
Como un preso que escribe en las paredes de su celda, los primeros esbozos de esta historia comenzaron por ahí del 2014 en unos papelitos que la empresa daba para tomar apuntes. Supongo que en mi necesidad de un iluminado, la historia empezaba con un greñudo y críptico sujeto llamado Éveril, quién aparecía en un pueblo pequeño de una montaña y alquilaba una casa misteriosa y alejada, para el asombro y prejuicio de los habitantes del lugar. Palabras más adelante, el sujeto tropezaba con Yoshaya, un joven taciturno y un tanto amargado. Es curioso regresar a los apuntes iniciales e inmaduros de esta historia y ver en lo que se convirtió. Durante vario tiempo intenté desarrollar escenas y construir tonos para esta realidad. Necesitaba conocer a estos personajes y descubrir cuál era la historia que quería contar, me sentía apasionado acerca de ellos y la incógnita de su viaje, sin embargo, la falta de experiencia y teoría, me mantuvo atascado varios años antes de que pudiera escribir capítulos completos.
No fue hasta el 2018, al retomar la historia, que logré reunir, con mucha dificultad, algo que se parece a lo que hoy es la primera parte del libro (son cinco en total). Hasta este punto había experimentado tanto con la historia que en ocasiones terminaba escribiendo otras. Fue un tiempo de pura intuición y descubrimiento. En retrospectiva, ese proceso tuvo un tremendo impacto en mi vida. Tenía situaciones personales que aún no podía mirar a los ojos y, en cierta manera, se traducía en mis creaciones. Por ejemplo, la historia empezaba muy exenta del viaje que quería expresar. Yo deseaba un relato transparente, vulnerable, de transformación, pero no me estaba atreviendo al compromiso. Tuve que ponerme más en los pies de Yoshaya y hacer la historia en primera persona, en tiempo presente, enfrentarme a las situaciones a través de sus ojos. Fue un reto hacer sonar su voz de manera más genuina (y no digo que he perfeccionado ese arte aún). Durante muchas revisiones Yoshaya parecía sonar poco dimensional, pero descubrí que entre más buscaba su trasfondo y más me sinceraba como escritor, más integral comenzaba a sonar el personaje. Por eso quise apegarme a la perspectiva en primera persona durante toda la novela, para abrazar sus limitaciones y hacerle frente a los retos como lo hacemos en nuestra realidad.
Parte de esto se filtra en el título de la obra. Para mí, el nombre La Paradoja de mi Alma habla de inmediato de un viaje personal, un viaje cercano, algo que va muy dentro del personaje. Por un lado, y estas son solo mis interpretaciones, este nombre es como si Yoshaya hiciera un resumen de su viaje en esta historia. Es como si volviera a ver atrás y pensara, "encontré mi propia versión de la Paradoja del Alma". Por otro lado, me encanta la idea de que en nuestras vidas experimentamos una superposición del ser. Creo que no navegamos la vida siendo solo una persona, sino que a lo largo del camino somos varias versiones de nosotros mismos. Es una pequeña paradoja: somos diferentes, pero al mismo tiempo somos una persona. Por esto, en esta historia quise jugar con elementos como la máscara de varios rostros, o el hecho de que Yoshaya viera a otros en su propio reflejo del espejo, o qué un conocimiento que hoy es la verdad absoluta, mañana suene como un invento de fantasía, o el mismo desenlace de la historia. Son guiños, a la búsqueda de la identidad, sí, pero también a la idea de que estamos conformados por un complejo paradójico de facetas con las que nos manejamos en la vida.
Una novela toma tanto de su creador que es difícil hacer un marco que encapsule desde el lugar del que venimos. Espero que estos párrafos den una impresión de la esencia de La Paradoja de mi Alma. Si has llegado hasta aquí, te agradezco. Y si tienes preguntas sobre esta historia, no dudes en preguntarme.
Ken
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Próximante:
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