La respuesta puede ser muy extensa. El uso de esta lengua nos permite:
Dirigirnos a Dios de una forma especial y diferente a lo cotidiano.
Usar las mismas palabras que durante siglos han usado millones de católicos con exactamente el mismo significado.
Eliminar la división entre personas que hablan diferentes idiomas o dialectos.
Utilizar un signo sensible y concreto de nuestra comunión y el de todos los templos del mundo con la Iglesia de Roma.
«Además, la lengua latina, que podríamos llamar con razón católica, al ser consagrada por el continuo uso que ha hecho de ella la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, hay que guardarla como un tesoro... de incomparable valor, una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la doctrina de la Iglesia y, finalmente, un lazo eficacísimo, que une en admirable e inalterable continuidad la Iglesia de hoy con la de ayer y la de mañana.» - S.S. Beato Juan XXIII en Veterum Sapientia.
El latín eclesiástico tiene la pronunciación exacta del italiano moderno y ningún hispanohablante deberá tener dificultades en lograrla.
En cuanto a las vocales, observamos lo siguiente: a, e, i, o, u, son igual que en español, pero además tenemos dos ligaduras, a saber: æ y œ, que antiguamente, en tiempos de los romanos, tenían el valor de ai y oi, respectivamente; mas ahora se pronuncian simplemente como e. Así, ‘cælo’ = che-lo, y ‘pœna’ = pe-na.
La j en latín eclesiástico es semi-consonante, y tiene el valor de la y en español, es decir, que NO se pronuncia con el espíritu áspero al que estamos acostumbrados. Por ejemplo, cuando vemos en el misal ‘Alleluja’ o ‘Jesu’, decimos Al-le-lú-ya y Yé-su (pero no Llésu).
La q seguida de u se pronuncia ku. La u nunca es muda como en español, por lo que al leer ‘quotidianum’ decimos kuo-ti-diá-num.
La g seguida de e o i, tiene un sonido suave, como el de nuestra ll: ‘regina’ = re-lli-na.
La g seguida de n suena como la ñ española. Así, ‘regnum’ se pronuncia re-ñum.
La h tiene 2 valores en el latín eclesiástico. Los alemanes, por ejemplo, la pronuncian como una j española muy suave; mientras que los italianos la consideran muda. Entonces ‘hodie’ = ó-die.
La c seguida de e, i, æ y œ, se pronuncia como la ch nuestra: ‘cælo’ = che-lo, y ’sanctificetur’ = sanc-ti-fi-che-tur.
Las dobles consonantes no se simplifican, sino que se pronuncia la primera y a la mitad se pronuncia la segunda: ‘dimittimus’ = di-mit-ti-mus.
[Las excepciones son: la doble c seguida de e o i, que se pronuncia c-che o c-chi: ‘ecce’ = ec-che; la sc seguida de e o i, que se pronuncia che: ‘descendit’ = de-chén-dit; y la ph y th, cuyos sonidos son, respectivamente, f y t.]
La letra t seguida por i + a, e, o, u, toma un sonido complejo: ts. Así, ‘tentationem’ se lee ten-ta-tsió-nem.