Me siento muy feliz y muy agradecida a Óscar, que me ha dado la oportunidad de volver a casa, esto es, de echar la vista atrás, hacia los tiempos y las gentes del “Juan”, cuando yo era una de las alumnas que andaban por aquellos pasillos. Es, además, un honor hacerlo para escribir sobre mi profesor de latín. Al principio, cuando acepté su amabilísima invitación, pensé en una semblanza más general de Leoncio, que incluyera, además, su labor como director de este instituto en años nada fáciles. Pero a medida que le iba dando vueltas a uno u otro borrador, más claro iba viendo que el mejor homenaje es siempre el más sincero, aquél que emana de recuerdos para los que no se necesita acudir a ninguna fuente de referencia externa: esos recuerdos que nos acompañan siempre, los que constituyen la sustancia de nuestra memoria, de nuestra vida. En ambas, en mi memoria y en mi vida, mis mejores maestros ocupan un lugar privilegiado. Estas líneas son, pues, las de una alumna recordando a uno de sus maestros preferidos: ése, me parece, es el mejor homenaje que puede hacérsele a alguien que te ha enseñado tanto, a alguien a quien le debes parte del mobiliario más valioso de tu cabeza.
Yo he sido afortunada en unas cuantas cosas. Mucho, en algunas: por ejemplo, aterrizar en el “Juan”, para cursar el primer “Bachillerato Unificado Polivalente” que en el mundo ha sido, supuso una fuente de muchas cosas buenas para mi vida; mi profesor de latín entre ellas. Las “abupinadas”, que era el epíteto nada caritativo que nos endosaron las alumnas que cursaban el bachillerato a extinguir, llegamos en un número que, imagino, hoy haría saltar lágrimas de nostalgia a cualquier demógrafo: si no recuerdo mal, éramos nueve grupos de primer curso, nueve, cada uno con unas treinta y cinco alumnas, de entre trece y catorce años. Llegamos en 1975, y en noviembre tuvimos una semana de vacaciones inopinada que, además de sabernos a gloria, nos vino de perlas: a nosotras todavía nos dieron clase muchos de los “genio y figura” legendarios del Juan, que no se andaban con chiquitas a la hora de mandar deberes. De aquella, las novatas sólo conocíamos al director de vista y de lejos, y supongo que porque alguna compañera, un poco más informada, nos lo habría señalado alguna vez: lo de organizar un acto de recepción y presentación para los alumnos recién llegados a los centros no se estilaba de ninguna manera. A lo mejor también me dijeron cómo se llamaba, pero, si he de ser franca, no lo recuerdo. Mi primer recuerdo nítido de Leoncio es oír su nombre en la lista de profesores que nos leyó nuestra tutora, un año después, al darnos el horario a mi grupo de segundo, que era el curso en el que se empezaba con el latín en el BUP.
Con aquel señor… Hagamos un inciso: la verdad es que Leoncio tenía entonces bastantes menos años de los que yo tengo ahora, pero qué se le va a hacer, nosotras rondábamos los quince, y es la alumna la que escribe, de modo que sí, me quedo con el “señor”. Prosigo: con aquel señor alto y afable que entró en el aula al día siguiente, llegaron muchos descubrimientos y una decepción, la única que el latín me ha dado de entonces para acá: yo había visto libros con portadas llenas de fotos a todo color, con muchos templos y con muchas ruinas; y el libro que Leoncio escogió para nosotras, y que conservo aún hoy, era bastante sobrio, con fotos en blanco y negro. La decepción se me pasó en seguida, la verdad; esa primera clase fue un bautismo por inmersión, en toda regla, en la lengua latina, porque ese mismo día ya tradujimos: “Luna in firmamento clara et serena lucet”. Eso sí, para que no pensáramos que aquello iba a ser Jauja, a continuación Leoncio nos mostró otro texto del libro, que, según nos dijo, también era latín, pero que a nosotras nos pareció chino mandarín de la dinastía Ming:
“Primus ibi ante omnes, magna comitante caterva
Laocoon ardes summa decurrit ab arce”.
También nos hizo una promesa: “No se asusten, llegarán a entenderlo”. Le creímos: Leoncio tenía un modo de decir las cosas que inspiraba una enorme confianza en sus alumnas sin necesidad de ponerse categórico ni tajante. Los adolescentes han sido siempre mucho más listos de lo que piensan los ministros y los consejeros, y se dan cuenta en seguida de quién les dice la verdad, de quién, en cambio, pontifica campanudamente sin ton ni son, o de quién hace posturitas intelectuales en el estrado. Leoncio ni pontificaba ni era aficionado al postureo. Con el transcurrir de los años, he comprendido que esa era la razón por la que le creímos sus alumnas: supimos, intuitivamente, que era de los que se habían parado a reflexionar sobre lo que decían, y que lo decía desde el convencimiento fruto de esa reflexión… con un margen de saludable escepticismo, que en su caso, era muy matizado y muy galaico.
Decía que Leoncio nos aseguró que llegaríamos a entender a Virgilio. Lo consiguió, claro. Al final, estuvimos en condiciones de traducir en la Selectividad el sueño en el que Héctor se le aparece a Eneas. Por el camino, tres años en los que pasamos del calor atrox que Julia y Claudia no conseguían mitigar en la piscina natatoria de los primeros textos adaptados, a los tiempos y las costumbres que Cicerón le echaba en cara al muy conspirador de Catilina. Tres años en los que Leoncio acabó por construirnos una arquitectura mental sólida y flexible a la vez, un hábito a la hora de pensar que nos hizo contraer con él (no creo ser la única) una impagable deuda intelectual, y en consecuencia, personal. Y lo hizo de una manera que está al alcance de muy pocos: enseñándonos latín. Nada más… y nada menos.
Con él y gracias a él, que las cosas tenían un porqué, lo aprendimos buscándole las interioridades a las declinaciones, en vez de memorizarlas sin más; aprendimos que las relaciones entre esas cosas podían deberse a fundamentos más allá de la mera apariencia declinando sintagmas como bonus poeta” y fagus alta… caso por caso, nada de hacer trampa listando primero el adjetivo y luego el nombre. Aprendimos que las afirmaciones hay que respaldarlas con hechos y datos:
- “No señorita, la traducción le ha quedado muy bonita y muy aparente, pero eso no es lo que dice el texto latino: ¿no ve que esa palabra es un ablativo, no un acusativo?”
Con Leoncio aprendimos a ir a la raíz de las cuestiones, porque lo primero que se hacía para analizar una oración, antes de traducirla, era buscar el verbo principal; aprendimos a ver el bosque, y no un totum revolutum de árboles, mediante el análisis sintáctico de las oraciones complejas de catorce líneas de las Tusculanas…
Aprendimos que las lenguas, por divertido que fuera estudiarlas sin más y por vicio, han sido y son, ante todo, el vehículo de expresión de gentes muy diferentes a nosotros… y muy iguales también; gentes de las que siempre merece la pena saber. Así, en COU, los domingos por la noche teníamos unos deberes que llegaron a escandalizar a más de una abuela:
- “Pero… ¿cómo que el profesor de latín os ha mandado ver esta golfería? No, si cuando yo digo que el instituto ese es un nido de rojos…”
Que lo era, afortunadamente, y en buena medida gracias a Leoncio; de todos modos, hay que tener en cuenta que a finales de los años setenta, el adjetivo “rojo” era tan polivalente como nuestro bachillerato, y servía para describir cualquier heterodoxia. “Esa golfería” era Yo, Claudio: comparado con las series que han venido después (Roma, un poner), Yo, Claudio se ha quedado, poco más o menos, en Mary Poppins. Claro está, en 1979 en Cuelgamuros no se había fraguado del todo el cemento sobre Franco. Los lunes lo comentábamos en clase, y Leoncio, además de aclararnos todos los líos familiares, sentimentales, y políticos, nos situaba en el tiempo y en el espacio cultural, lingüístico, histórico… y como sabía latín en más de un sentido, se callaba cosas interesantes hasta que viéramos otro episodio al domingo siguiente. Lo tenía más fácil entonces que en ahora, la época de los datos a pedir de tecla, es verdad, para mantenernos intrigadas, porque no todas sus alumnas tenían en casa medios de información sobre el asunto. El caso es que entre la benemérita BBC y él se las arreglaron para que lo que no dejaba de ser, en sus trazos más gruesos, historia conocida, nos tuviera tan enganchadas como pueda estarlo hoy cualquiera a Juego de Tronos (a cuya trama, por cierto, dejan en mantillas las intrigas de todo tipo bajo la dinastía Julio-Claudia).
También aprendimos a distinguir entre el gusto personal, la opinión política, y el juicio académico: dos “bestias negras” que mencionaba a menudo en clase eran, por este orden, Julio César y Raphael. Nunca supimos muy bien qué le había hecho el de Linares, aunque nos maliciábamos que tenía que ver con el favor que, en su tiempo, le había dispensado Carmen Polo de Franco; pero sí nos explicó muy claramente el papel de Cayo Julio César en el fin de la república romana, y por qué le cuadraba el apelativo de “dictador”, y tan estupendamente como a otros más modernos. No obstante todo ello, tradujimos a César hasta que el legado Labieno nos acabó pareciendo el primo ese que siempre se deja caer por casa a la hora de la cena. Porque Veni, vidi, vici era el cuento chino de un fantasmón, sí, pero también era un prodigio de concisión y ritmo literario. Los prejuicios se les quitan a los alumnos no teniéndolos tú a la hora de escoger a los autores que traducen, y explicando sus obras sin omitir ninguna de sus aristas. Eso también lo aprendí con él.
Poco más me queda por escribir: han pasado cuarenta años desde que dejé aquella aula de COU que daba a un patio con piscina (vacía y nada natatoria, pero allí estaba). Seguramente ahora esa clase será muy distinta. Mi profesor de latín sigue vivo ahí, en mi aula particular, con su chaqueta tres cuartos de cuero marrón, o su jersey azul claro de pico, sentado a una mesa al lado de la ventana: una mesa que, mira tú por dónde, estaba a la izquierda, vista desde mi pupitre.