A Chuck Hall (Clinton, Colorado, 1939) la fama le ha llegado 30 años tarde. Una noche de marzo de 1983, este ingeniero despertó a su esposa en plena noche para mostrarle entusiasmado lo que había conseguido: había imprimido una pequeña copa negra de plástico con un nuevo método creado por él mismo, al que bautizó como estereolitografía (conocida en la actualidad también como SLA). Chuck Hull llevaba meses empleando sus noches y fines de semana para intentar desarrollar un nuevo aparato con el que pudiera crear pequeños objetos de plástico. No lo sabía todavía, pero se había convertido en el padre de la impresora 3D. Un invento que ahora está empezando a cambiar la forma en la que fabricamos: desde juguetes y creaciones espaciales hasta, incluso, órganos humanos. Las posibilidades de su invento se han vuelto casi infinitas. Pero han hecho falta tres décadas para empezar a ver lo que hoy llamamos futuro.
Todo empezó a principios de 1980. Hull trabajaba entonces en Ultra Violet Products, una empresa de California que se especializaba en el moldeo de resina con luz ultravioleta y la utilizaba para el recubrimiento de muebles. Un día se dirigió a su jefe con una idea: quería colocar cientos de capas de plástico, una encima de otra, y aprovechar la luz ultravioleta para darles distintas formas. Pero, para poder convertir un montón de plástico apilado en un verdadero objeto en tres dimensiones, necesitaba una máquina, y que esta fuera rápida. Hull, como ingeniero de diseño, se sentía frustrado por la lentitud de la producción, incluso de pequeños prototipos de plástico, ya que era necesario esperar meses solo para probar los nuevos diseños.
A Hull no le permitieron dedicarse a su sueño durante sus horas de trabajo, pero, afortunadamente, le proporcionaron un pequeño laboratorio donde poder hacerlo realidad. Tras un año de esfuerzo, el ingeniero desarrolló un sistema en el que luz ultravioleta iluminaba una cubeta rellena de un material llamado fotopolímero. Este tipo de material cambia de líquido —su estado natural— a sólido cuando recibe esta luz. De esta manera, podía dibujar la forma e ir rellenando con capas hasta que el objeto estaba completo.
Para que la impresora conociera qué tipo de forma debía completar, Hull debía escribir él mismo el código. Esta limitación provocó que, al principio, la impresora solo realizara figuras muy simples. Sin embargo, a mitad de los 80, la máquina ya había evolucionado lo suficiente como para convertirse en un producto comercial. El estadounidense patentó su invento en 1986, el mismo año que fundó 3D Systems, la primera compañía de impresoras 3D. Hubo que esperar un año más para que saliera a la venta el primer ejemplar. Como era demasiado pesado para llevarlo a demostraciones, Hull realizaba pequeños vídeos para mostrar sus capacidades a los ejecutivos de otras empresas.
Ya en los primeros años, la compañía tuvo una cierta acogida, especialmente con la industria automovilística. General Motors y Mercedes-Benz pronto comenzaron a utilizar la tecnología de 3D Systems para construir y probar prototipos, ya que les ahorraba meses en el proceso de diseño. Sin embargo fue un éxito discreto, una discreción que nunca preocupó a su creador. Hull se lo dijo entonces a su mujer: la tecnología 3D iba a tardar entre 25 y 30 años en madurar y encontrar su lugar. Pero iba a ser algo importante. Acertó en ambas predicciones. La paciencia se convirtió en su mejor aliada.