La luz hace temblar las paredes
Captar una siesta que encandile, entender la sombra como encaje. Sus obras en papel fijaron su interés por la luz y la claridad. Como si pudiéramos transparentar el mundo y darle materialidad a lo que se nos escapa del tocar.
En esta muestra Ileana Gonella quiere ver el efecto de las distintas luces, la solar, la de luna, la de los artefactos sobre las pinturas. Incluso el propio rebote de unas sobre otras. La luz y el tacto. El paso de la luz, las paredes, las ventanas.
Ileana nos hace mover la mirada hacia lo no habitual. Las obras bajan y trepan, se estiran. Nos invita al espacio entre las cosas y a mirar las sombras generadas entre sí. Con ese material, aquello que surge al caminar la sala, hará un registro de lo que la luz le hace a las cosas.
Florencia Sabattini
Paraná, Entre Ríos
Abril 2026
Sonaban ligeras en la brisa
Las acumulaciones livianas, las apariencias sutiles y el registro íntimo. Desde hace un tiempo Ileana insiste en estas ideas. Su trabajo parece destinado a enhebrar lo frágil con lo sólido, lo visible con lo evanescente.
La hojarasca otoñal, un montículo de azúcar impalpable. Los penachos del diente de león. Una cabellera. Una nube. Son acumulaciones livianas. La sombra de un pétalo, el rastro húmedo de una lombriz. El perfume de la persona que acaba de dejar la habitación, son apariencias sutiles. La cita de un libro, un dibujo en un retazo de papel, el calado paciente, constituyen un registro íntimo.
Ileana articula las variaciones lumínicas bajo una lógica diurna, lo flotante evade el drama, genera sombras que se acoplan sin tensión. Una conversación monocromática se instala en el espacio cobijando papeles de distinto calibre y espesor. Crujientes y translúcidos, opacos y filosos, los dibujos funcionan como un calendario y un electrocardiograma: captan el pulso de los días, el nervio del instante, sus ascensos y sus declinaciones. Concebidos bajo estímulos sonoros - el rumor del deslizamiento, la percusión de la herramienta fabricando puntos o rayitas sobre el papel-, estos dibujos tienen algo de partituras. Desplegados en la pared, son escamas añejas que esperan ser auscultadas. El espectador puede acercarse, hojear y descubrir qué hay debajo para luego pasar a otra cosa, casi distraídamente. La acumulación de dibujos invita al paseante sensible a demorarse.
En la voluntad de registrar la particularidad de un momento surgen las alteraciones de la línea, desde el enrollado y balbuceo hasta la repetición regular y la tachadura. Bajo este inventario abstracto de sucesos se desplaza una certeza que hilvana los cientos de dibujos superpuestos sobre la pared: dejar rastros es existir.
Las preguntas se presentan dulcemente, suenan ligeras en la brisa, como quien se recuesta bajo un árbol y no distingue el pensamiento de la ensoñación. Cuánto pesa el vacío. Cómo suena el pensamiento. A qué huelen las sombras. Cuál es el mínimo movimiento perceptible. En qué lugar se archivan las imágenes residuales. Si menos es más entonces qué forma tiene esa demasía intocable. Lo que queda del día son los gestos superpuestos, la sensación táctil del paso del tiempo.
Verónica Gómez
Buenos Aires, 2023