En nuestro barrio, el coraje es sinónimo de hombría. Lo sé bien; este criterio presidió sobre todas las decisiones de mi vida. Sin embargo, ahora me encuentro indefenso, pues he olvidado mis convicciones. La infalibilidad de mi temperamento a la hora de defender el honor de mis hombres, la fuerza del golpe de mi cuchillo… mis propias cualidades me desertan, y ya nada me importa. Presiento el cataclismo inminente al observar el paso del forastero, firme y ensangrentado, desde mi refugio: la pared del fondo. Callado y taciturno, reflexiono, añorando retornar al guitarreo y baile que tan sólo momentos antes invadía mi mente y ocupaba sus rincones más oscuros. Sin embargo, ya es demasiado tarde: en mis futuros años, mis pensamientos me regresarán a este instante de derrumbe. Pero ya no hay vuelta atrás.
No sólo les fallaré a mis hombres, sino a mi mujercita, mi Lujanera. Juego con la pelambre de mi melena, ya grasienta por el movimiento persistente de mis dedos nerviosos. No puedo perderla. Siento la mirada expectante de mi mujer, la contemplación alerta del salón repleto de hombres. Voy a perderla. Mi chambergo alto está empapado de sudor. No alzo la vista por miedo a que mis hombres reconozcan los vestigios de desasosiego en mis ojos. Y pensar que los perros, los hombres, e incluso las chinas me respetaban.
Sí, debo dos muertes… pero eran lo que solíamos llamar "fáciles”. D. Nicolás Paredes, uno de los hombres de Morel, me mandaba a distritos ya convenidos, donde un sinvergüenza esperaba su muerte; me esperaba a mí. No demostraban resistencia alguna, resueltos a pagar el precio por sus actos desleales. Solía creer que esto era coraje: la habilidad de seguir órdenes y ejecutarlas de manera – como susurraban mis jefes – “impecable”. No obstante, mi propia integridad física nunca había estado en riesgo – hasta ahora.
“Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero, y de malo, y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista”.
Lo escucho a la distancia, como quienes oyen voces en sus sueños. No podía quitar la vista del cuchillón brillante que relucía en la mano derecha. Si aceptaba el desafío, seguramente Francisco Real sería el autor de mi muerte. Su cara aindiada, esquinada, parecía burlona. Pero la ojeada que me echó poseía un resplandor criminal, casi demente.
“Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre”.
Mi Lujanera, mi mujercita... Su voz cortante lacera mis pensamientos; su comentario hiriente se inscribe en mi corazón. No soy viril; quizás nunca fui un verdadero hombre.
Soy sólo un cobarde.