Las relaciones entre el pensamiento y la lengua siguen siendo objetivos necesarios en la conversación entre las ciencias sociales y las humanidades. Su necesidad es un quehacer de la historia la cual es un terreno de cruces permanentes por apropiarse del origen y la utilidad de los conceptos y palabras clave, a través de los que los pueblos modifican su sensibilidad (pathos), su comportamiento con los otros (ethos) y su discurso (logos). La necesidad está planteada como fuente de la emancipación de las hegemonías. Y es ahí donde la retórica nos ofrece un instrumental, se diría una tecnología conceptual, para nombrar, describir, interpretar e intervenir en las luchas por la palabra de los dominados. Categorías retóricas que poblaron la elocuencia de oradores clásicos, han dejado de usarse para persuadir y convencer. Y no porque ya no sea necesario persuadir y convencer, sino porque estas operaciones, este aparato complejo se ha visto transformado desde la práctica de los usuarios de la palabra y de las disciplinas, sociales y de las humanidades. Enriquecido convendría decir, extendido al tiempo que desplazado a otros objetivos. Por ejemplo, el ejercicio de la toma de la palabra por comunidades que durante siglos de colonización (ideológica) han sido excluidas del discurso, de los saberes y de la dignidad individual y colectiva. Las comunidades indígenas, las mujeres, las diferencias sexo-genéricas se han apropiado de la fuerza de las palabras para visibilizar la injusticia, la cual durante siglos había sido considerada normal, natural, no transformable y evidente. La retórica nos enseña que lo evidente es siempre un producto, un efecto de maquinarias discursivas dominantes en ejercicio desde aparatos de control del estado y sus instituciones. El falogocentrismo que es un estilo del antropocentrismo articulado en el control patriarcal. Modificar las palabras que dan sentido al mundo y que generan efectos transformadores éticos y políticos, es un esfuerzo de la retórica reinterpretada por los activismos de las mujeres.
La palabra CUERPA, rescatada de una semántica falogocéntrica que presume la normalidad de los vocabularios, es un caso altamente emblemático, alegórico. Los y las hablantes son agentes del lenguaje, su agencia constituye las acciones que se realizan mediante las lenguas, las cuales no tienen dueño; la agencia es anónima. No hay sujeto dominante (dueño) de las lenguas; hay, por el contrario, instituciones para ejercer controles hegemónicos sobre el pensamiento, los saberes de la gente, la sensibilidad, el pathos y el ethos, el discurso. La cuerpa nombra la práctica emancipatoria de las comunidades y activismos feministas. Su propósito es intervenir como una consigna, un emblema de las luchas y una alegoría de la lucha por el sentido y del derecho humano al pensamiento crítico.
La cuerpa es un pequeño caso de la fuerza descomunal de la palabra, la cual mueve mundos éticos, políticos, sensibles y bioculturales. Fuerza que nos asombró aprender en el Encomio a Helena de Gorgias y que funciona como epígrafe de todo texto y de la transtextualidad entre ciencias sociales y humanidades.