Mientras Geoffrey de Vinsauf escribía su Poetria Nova en la corte papal de Inocencio III, al otro lado del mundo, en Tierra Santa, aún estaba en auge el espíritu bélico de las Cruzadas. La muerte del rey inglés Ricardo Corazón de León, uno de los grandes monarcas europeos que comandaron la Tercera Cruzada, lo marcó profundamente, por lo que en su honor nuestro autor le dedica dos poemas que inscribe en su obra. Es en este contexto que se gestó una de las más interesantes teorías que reciben el conocimiento retórico-poético de la Antigüedad.
La Poetria Nova es un poema hexamétrico de 2120 versos dedicados a la preceptiva de la disciplina retórica para la composición poética. En un ambiente académico donde la escritura estaba por encima de la oratoria, el arte discursivo y sus distintos componentes y operaciones estaban enlazados al quehacer poético. Sin embargo, siguiendo el modelo horaciano de preceptiva, aunque con un esquema pedagógico más sistemático, la Poetria Nova constituía un intento muy bien logrado de cristalizar el espíritu clásico en el seno de una educación especializada con base en el trivium y el cuadrivium; la síntesis de la Retórica y la Poética antiguas en su obra denotan que nuestro poeta se adscribe a esa tradición tardía, pero sus aportaciones se enfrascan en demostrar la pluralidad de opciones composicionales de las que puede hacer uso el estudioso que aspire a hacer una carrera eclesiástica o letrada.
Ejemplo de ello es su teoría en torno a la dispositio. Al narrar, resulta imprescindible acomodar los acontecimientos que se van a exponer siguiendo un orden “artístico” que facilite la comprensión del lector o del auditorio. Narrar sirve, pues, tanto para fines argumentales como poéticos. Geoffrey comienza esta parte de su poema haciendo hincapié precisamente en cómo la narración de hechos puede seguir un orden natural o un orden artificial: Ordo bifurcat iter (v. 87), afirma el poeta; respecto al orden natural, sostiene que “el asunto y las palabras siguen un mismo curso y el discurso no se aleja del orden de los acontecimientos” (res et verba sequuntur eumdem / cursum nec sermo declinat ab ordine rerum, vv. 89-90). Esta es la forma “estéril” (sterilis, v. 101) de narrar un asunto, a diferencia de la forma fértil (fertilis, v. 102) que supone la categoría artificial de ordenar los acontecimientos que serán narrados.
Lo interesante viene cuando Geoffrey aborda el orden artificial, el orden de acomodo artístico, en el que el escritor o el orador pueden alterar la naturaleza cronológica de los acontecimientos. Se trata de un orden mejor (aptior ordo, v. 91) lleno de destreza artística (ars callida, v. 97) capaz de exponer mejor el asunto a narrar (rem melius ponat, v. 99). Lo interesante de la teoría de Geoffrey of Vinsauf es que desdobla el orden artificial en ocho ramales que van más allá del in medias res de la preceptiva poética de los autores clásicos. Así, pues, la Poetria Nova ofrece una pléyade de opciones para iniciar una narración: se puede empezar por el final (finis, praecursor idoneus, intret / primus, vv. 113-114), se puede empezar por el medio (fiat res postera prima, futura / praesens, vv. 122-123) o se puede empezar por el propio inicio, pero artísticamente (Si pars prima velit maius diffundere lumen, v. 126).
No obstante, empezar por el final adopta otras dos variantes: mediante un proverbio o mediante un ejemplo. De igual manera, el inicio por el medio reporta otras dos variantes: mediante un proverbio o mediante un ejemplo. Es decir, aquí tenemos ya seis maneras distintas de iniciar una narración. La parte artística del inicio por el principio sólo tiene 2 variantes (mediante un proverbio o mediante un ejemplo), pues iniciar la narración por el principio sin proverbio o ejemplo implica seguir el orden natural estéril que Geoffrey ha señalado.
En conclusión, el arte de ordenar artificialmente una narratio, operación propia de la dispositio retórica, adopta ocho variantes en la teoría inscrita dentro de esta poética medieval. Conviene tener esta ramificación en mente, porque permite un despliegue mayor de opciones para diseñar y elaborar esa parte fundamental del discurso que se enfoca en relatar los acontecimientos que necesitan exponerse para convencer o deleitar a un auditorio o a un lector.
Cuando estudié Letras Clásicas mi profesora de Latín I solía decir: “Las palabras son como los zapatos: entre más se usan, más se desgastan”. Aquello me hacía pensar en las expresiones que repetimos cada día — “te amo”, “buenos días”, “por favor” — y en cómo van perdiendo fuerza o incluso el sentido cuando se emplean de forma repetitiva.
Reflexiones como esa despertaron en mí el deseo de comprender mejor la estructura de las palabras y con ello, la retórica per se. El estudio sobre etimologías grecolatinas fue el gancho que atrapó mi curiosidad recién nacida, y así, poco a poco, me fui adentrando en el estudio retórico. Intentaba aplicar, en medida de lo posible, las enseñanzas de Isócrates, Cicerón y Quintiliano tanto al escribir como al expresarme oralmente en público; incluso empecé a jugar en las conversaciones cotidianas con figuras retóricas.
Ese gusto se volvió parte de mí durante mi transitar en la licenciatura de Letras Clásicas. Siempre buscaba aprender una palabra nueva para compartirla con quien se interesara y así descubrir nuevos usos y empleos de éstas. Fue así que comprendí que el arte de la palabra estaba presente en cualquier contexto de la vida y no sólo en la academia.
Es por ello que hoy considero a la palabra como una herramienta indispensable de la que todas las personas deberían concientizar su uso. Se puede persuadir sin conocer la retórica, sí, pero el resultado siempre es más pleno cuando se conocen sus preceptos.
Ojalá esta breve reflexión invite a mirar con otros ojos expresiones tan comunes como un “te amo”, y a reconocer la profundidad que puede habitar en ellas.
La retórica es necesaria en la enseñanza de la filosofía para la formación del pensamiento crítico, pues la construcción de un texto conlleva diversas habilidades y estrategias, a través de las cuales, el alumno desarrolla una idea y construye sus argumentaciones. En su libro Historia de la educación en la antiguedad Marrou explica que la educación durante la antiguedad clásica se conformaba de varias etapas. En el equivalente actual del nivel medio superior y superior, la juventud estudiaba con el gramático y, posteriormente, con el rétor. En el caso del gramático, el alumno aprendía, entre otras cosas, a desarrollar sus ideas a partir de textos como fábulas, relatos, dichos de autores famosos u opiniones comunes sobre temas específicos. Por ejemplo, se le pedía al alumno que, a partir de la lectura en voz alta de una fábula, pusiera en sus propias palabras la mísma fábula; que la parafraseara; que la alargara o disminuyera incluyendo o quitando elementos; o que argumentara ya sea a favor o en contra de algún elemento de la misma. Esta forma de enseñanza continuaba con el rétor o maestro de retórica, en esta etapa se trabajaba con textos, ya sea extraidos de alguna obra o formulados por el maestro, como la comparación de cosas, personas o lugares o la descripción de estas mismas. Por último, era importante ejercitarce a partir de las tesis de diversos pensadores como "Que el mundo es redodo" o "Si el ser existe"; y de propuestas de ley en las cámaras legislativas. El conjunto de todos estos ejercicios desde la fábula hasta la propuesta de ley fueron conocidos como progymnásmata o ejercicios preliminares de retórica.
Este proceso educativo fue común en tiempos de la Grecia clásica y Roma, de hecho, estaba reservada a las más altas clases sociales. Es altamente probable que muchos de los grandes pensadores clásicos en diversos campos como la filosofía, la política, el drama, etc. pasaran por esta formación. Este programa concluia cuando el alumno entraba a la escuela del filósofo o con el rétor. Podemos darnos cuenta de que los estudios en filosofía necesitaban de una preparación anterior para que el alumno adquiriera las herramientas necesarias para el desarrollo del pensamiento crítico. Así mismo, observamos que la creación de textos no parte de la nada, sino de algo ya dado, gracias a ello, el alumno podría desarrollar una reflexión sólida a partir de las estrategias de escritura y argumentación ya aprendidas.
Actualmente, la enseñanza de la filosofía a nivel superior en México no contempla una formación que propicie el desarrollo de habilidades para el pensamiento crítico. Tan sólo en la Ciudad de México existen más de seis universidades que ofrecen estudios en filosofía a nivel licenciatura. Cada uno de estos programas ofrecen una formación enfocada en diversos objetivos. Las alumnas y alumnos egresados de cada uno de estos programas adquieren una formación muy distinta entre ellos pero la constante es que presentan problemas muy parecidos, entre ellos, la falta de pensamiento crítico y la escritura. ¿Deberíamos voltear nuestra miráda a la educación clásica para mitigar nuestros problemas actuales? Quizás sea muy difícil que se adapten los actuales programas de estudios en filosofía a los contenidos de la educación clásica pero es posible apropiarse de algún modo de aquellas enseñanzas e ir incluyendo poco a poco dichos contenidos a la formación de las y los estudiantes.
La retórica es, en esencia, el arte de la comunicación eficaz. Se trata de una disciplina milenaria que estudia y sistematiza los procedimientos para usar el lenguaje, hablado o escrito, con el fin de persuadir, convencer o conmover a una audiencia. Lejos de ser un ejercicio puramente académico, la retórica es el motor silencioso que impulsa la mayoría de nuestras interacciones diarias. Sus usos se dividen claramente entre lo práctico (cómo hablamos y escribimos) y lo teórico (cómo analizamos e interpretamos los mensajes que recibimos).
En nuestra vida profesional y personal, empleamos la retórica constantemente para moldear nuestros mensajes y lograr objetivos. Cada vez que preparamos un argumento, consciente o inconscientemente, aplicamos las cinco fases de la retórica clásica. La inventio nos obliga a encontrar las mejores ideas y pruebas para sustentar nuestra petición de aumento. La dispositio nos enseña a estructurar un informe o un correo electrónico, comenzando por lo más importante. La elocutio nos ayuda a elegir el tono y las palabras precisas, diferenciando entre el lenguaje casual con un amigo y el formal con un jefe. Finalmente, la actio y la memoria intervienen cuando utilizamos el contacto visual, los gestos y la modulación de la voz para dar fuerza a nuestra defensa en una discusión o presentación.
El valor más contemporáneo de la retórica reside en convertirnos en receptores críticos. Al conocer las herramientas de la persuasión, podemos desarmar y analizar los mensajes que nos llegan de la política, la publicidad y los medios de comunicación. Cuando reconocemos que un anuncio utiliza la hipérbole ("el mejor producto de la historia") o que un líder político apela al pathos (la emoción) en lugar de al logos (la razón), ganamos una ventaja intelectual crucial. La retórica nos entrena para identificar falacias y argumentos débiles, permitiéndonos tomar decisiones basadas en información sólida en lugar de dejarnos llevar por el atractivo superficial o la emotividad de un discurso.
En resumen, la retórica no es solo una técnica para el orador; es una habilidad dual indispensable para el ciudadano moderno. Nos capacita para producir mensajes claros, organizados e influyentes, y al mismo tiempo, nos enseña a analizar y cuestionar el aluvión de información persuasiva que define el mundo actual. Es el fundamento para ser un comunicador eficaz y un pensador independiente.