Historia De Feeira El Hada Roja
Historia De Feeira El Hada Roja
Hace once años, a medianoche, en Dracofeer.
En la superficie del Nivel 2, alguien estaba buscando frutas y plantas para su negocio. Su nombre era Monch, un duende Comerciante del Nivel 3 con magia de ilusión, lejos de la vista de la nobleza del Árbol Central.
Justo cuando ya iba a terminar de recolectar frutas, un estruendo sacudió el suelo.
Un golpe seco, brutal.
Como si algo hubiera caído directamente del cielo.
Monch se quedó inmóvil. Durante un segundo pensó que la clase alta estaba deshaciéndose de objetos de valor, arrojándolos desde la cima del Árbol hacia la superficie, como a veces ocurría. Movido por la curiosidad, decidió acercarse al lugar del impacto.
Lo que encontró lo dejó paralizado.
Entre rocas partidas y tierra removida había una pequeña hada, de piel roja intensa, con el cabello y los ojos completamente blancos y unos pequeños patrones negros en su cuello. Sus alas estaban destrozadas, incapaces de moverse.
Monch retrocedió instintivamente porque el conocia esos rasgos, ese cabello, esos ojos, aunque esos patrones nunca los había visto antes. Aquello no era asunto suyo. Giró sobre sus talones, decidido a marcharse…
pero entonces la niña comenzó a llorar.
Un llanto débil, quebrado.
Monch se detuvo.
Regresó sobre sus pasos. La observó unos segundos más y, contra toda lógica, tomó una decisión que cambiaría su vida: la cargó en brazos y la llevó a su refugio, una cueva oculta cerca del bosque de hongos gigantes que utilizaba para llegar de manera rapida al Nivel 3
No sabía qué hacer con ella.
Solo sabía que no podía dejarla morir.
(Presente)
—Feeira… Feeira, es hora de que subas a la aldea por comida.
Silencio.
Monch frunció el ceño.
No hubo respuesta.
No pasos.
No protestas.
Solo un eco incómodo dentro de la cueva.
Feeira no estaba allí.
El aire del Nivel 3 se llenó de gritos.
—¡Por ahí! ¡No la pierdan!
Feeira corría entre túneles estrechos y pasadizos irregulares, riendo sin poder evitarlo, con sus pies golpeando la piedra. Su respiración era rápida, agitada, no por miedo… sino por emoción.
Los aldeanos del Nivel 3 iban tras ella, torpes y furiosos, tropezando entre sí.
—¡Maldita niña!
—¡Otra vez esa hada!
Feeira giró bruscamente, se deslizó entre dos columnas de roca y saltó sobre un carro de compras abandonado. Por un segundo miró hacia atrás, sacó la lengua y volvió a correr.
No pensaba.
Nunca lo hacía.
Había tomado comida sin pagar.
Había soltado criaturas pequeñas solo para ver qué pasaba.
Travesuras.
Errores.
Decisiones impulsivas.
Era inquieta. Rebelde.
Cuando finalmente logró perderlos, Feeira se apoyó contra una pared de piedra, riendo entre jadeos. El eco de su risa se perdió entre los pasadizos del Nivel 3, ese mundo subterráneo de túneles interminables, mercados improvisados y luces cálidas colgando de vigas viejas, como una mina viva que nunca dormía.
Por un momento, levantó la vista.
La risa se le congeló en el rostro.
Monch estaba frente a ella.
No gritó.
No levantó la voz.
Solo la miró con esa expresión cansada que Feeira conocía demasiado bien.
Antes de que pudiera decir algo, Monch la tomó de la mano.
—No me quiero imaginar los problemas que darias su pudieras volar—vamos—añadió.
No fue brusco, pero tampoco discutible.
La llevó consigo a través del pueblo subterráneo. El Nivel 3 no era solo pasadizos y roca: era hogar. Allí había puestos de comercio, herreros, duendes, elfos del subsuelo y todo tipo de gente que había nacido y crecido bajo tierra.
Y todos conocían a Monch.
—Otra vez la niña… —murmuró alguien al pasar.
—Es igual a ti cuando eras chico —le dijo un viejo comerciante, negando con la cabeza—. Igual de inquieta, igual de problemática.
Monch no respondió. Solo asintió levemente.
Porque era verdad.
Él siempre había sido del Nivel 3.
Había crecido allí, corriendo por los mismos túneles, causando problemas, escapando de guardias y aprendiendo a sobrevivir en un mundo que nunca fue amable.
Y ahora Feeira caminaba a su lado.
Mientras avanzaban, Monch se detenía una y otra vez frente a los aldeanos.
—Perdón —decía—. Fue ella. No volverá a pasar.
Algunos suspiraban.
Otros la miraban con desconfianza.
Unos pocos simplemente la ignoraban.
Feeira sentía esas miradas clavarse en su piel rojiza y sus alas se movían solo por reflejo
No la tomaban en serio.
La evitaban.
La apartaban.
Un hada roja no encajaba en ningún nivel, un hada que no podía volar...
En el fondo, Feeira lo sabía.
Sabía que hacía travesuras para que la vieran.
Para que alguien la notara.
Para dejar de ser “la rara”, “la que nadie escucha”.
Pero solo una persona nunca la soltó.
Monch.
Desde el primer día.
Desde aquella noche la superficie.
Él la aceptó sin preguntas.
Sin miedo.
Sin condiciones.
Mientras caminaban por el Nivel 3, Monch no soltó su mano y Feeira se preguntó: —¿Será posible arreglar mis alas rotas?
— deja que yo me encargue de eso, Feeira...
El Nivel 3 nunca dormía del todo.
Incluso cuando las luces se debilitaban y los túneles quedaban sumidos en una penumbra cálida y persistente, la vida seguía fluyendo bajo tierra. Pasos lejanos resonaban entre las galerías, murmullos apagados se filtraban por las grietas de la roca, el tintinear de monedas marcaba intercambios nocturnos y, en algún punto indeterminado, el golpe rítmico de un herrero rompía el silencio con metal contra metal.
Era un mundo vivo, enterrado bajo el peso del Árbol Central.
Aquella noche Monch caminaba solo.
Había dejado a Feeira en la cueva, con la excusa de asuntos pendientes que no admitían compañía. Ella había protestado, como siempre. Palabras rápidas, gestos impulsivos. Pero no insistió demasiado. Monch lo notó. En el fondo, ambos necesitaban distancia. Espacio para respirar. Espacio para no mirarse demasiado de cerca.
Sus pasos lo condujeron, casi sin pensarlo, a un lugar familiar.
La taberna de Grinch se alzaba entre dos enormes columnas de roca, sostenida por vigas de madera envejecida y bañada por una luz tenue que parecía no alcanzar nunca el fondo del lugar. Desde afuera se filtraban risas apagadas, voces superpuestas, el sonido irregular de vasos golpeando la barra. Monch empujó la puerta sin anunciarse.
El olor lo recibió de inmediato: alcohol fuerte, tierra húmeda, hongos fermentados. Un aroma denso, pesado, cargado de historias que nadie contaba en voz alta.
—Llegás tarde —dijo una voz grave desde la barra.
Monch no respondió.
Ocupó su lugar habitual, apoyó los codos sobre la madera gastada y dejó caer una moneda frente al dueño. El sonido fue seco. Definitivo.
Grinch alzó la vista.
Era un elfo del bosque, más viejo de lo que su postura dejaba ver. El rostro surcado de cicatrices que nunca se molestó en ocultar, la mirada cansada de quien ha visto demasiado y ya no espera sorpresas del mundo. No hacía falta que Monch pidiera nada. Grinch sirvió la bebida con un gesto automático, sin palabras.
Durante unos segundos, el ruido de la taberna llenó el vacío entre ambos.
—Se habla de una niña corriendo por los túneles otra vez —dijo Grinch al fin, con una sonrisa en su rostro
Monch apretó la mandíbula.
No levantó la vista. No respondió.
Grinch lo observó en silencio, como si midiera el peso de lo que acababa de decir.
Monch llevó el vaso a los labios. El alcohol ardió al bajar, quemándole la garganta. Pero no tanto como los recuerdos que comenzaban a despertar.
La taberna se desdibujó lentamente.
Las voces se apagaron.
La luz se volvió lejana.
Y el pasado volvió a alcanzarlo.
Quince años atrás, el Nivel 3 le parecía distinto.
Los túneles eran más claros. El aire, menos denso. Monch avanzaba con paso firme, espada en mano, alerta a cada sombra. A su lado caminaba Grinch, más joven, más liviano, con una sonrisa despreocupada y un arco apoyado en el hombro. En aquel tiempo, Monch era uno de los mejores cazarrecompensas del momento. Su nombre imponía respeto.
—Si seguimos este rastro, la recompensa es nuestra —dijo Grinch.
Monch asintió.
Cazar era fácil. Vivir de ello, también. No pensaba demasiado en consecuencias. El mundo se reducía a reglas simples: objetivo, pago, siguiente encargo.
Esa noche regresó a casa con el cuerpo cansado y la mente tranquila.
Empujó la puerta.
—¡Papá!
La voz lo detuvo en seco.
Una pequeña niña duende salió corriendo hacia él, riendo, lanzándose a sus brazos como si el mundo entero se redujera a ese instante. Monch sonrió sin darse cuenta. Dejó el equipo a un lado y la alzó con facilidad.
—Te dije que no corrieras dentro de la casa —murmuró, fingiendo severidad.
Ella rió aún más fuerte.
—Papá, ¿vamos a jugar? Te extrañé mucho —dijo, con una felicidad limpia, sin grietas, sin miedo.
Ese recuerdo nunca duraba demasiado.
Los golpes en la puerta llegaron después.
Secos. Urgentes.
Ese mismo día, el periódico había anunciado la primera y única recompensa con 4,000 Dracoins por su cabeza,una de las reconpensas mas grandes del momento. El cazador ahora era la presa.
Monch reaccionó tarde.
La puerta cedió. Un cazarrecompensas irrumpió en la casa con el arma ya preparada. No hubo advertencia. No hubo tiempo. La flecha voló.
No iba dirigida a ella.
Pero fue ella quien cayó.
El cuerpo pequeño golpeó el suelo con un sonido imposible de olvidar. Demasiado liviano.
El mundo se contrajo en un solo punto.
Monch no escuchó su propio grito.
Uso magia de Ilusión y en un parpadeo y su cuerpo se desdibujó, volviéndose irreal. El atacante vio una sombra al frente, una figura que se desvaneció al intentar tocarla. Monch apareció un instante más allá, sembró duda, y volvió a desaparecer.
Un paso. Confusión. Silencio.
Entonces surgió a su espalda. El cuchillo ya estaba en su mano. Un solo impulso, un movimiento ciego y preciso.
Cuando la magia se disipó, el hombre yacía inmóvil en el suelo.
Nada de eso importó.
El recuerdo se fragmentó en imágenes borrosas: sangre, gritos, magia fuera de control, una casa que dejó de ser hogar.
Monch no volvió a cazar después de eso.
Abandonó la casa. Abandonó su nombre en ciertos lugares. Se convirtió en comerciante, en alguien que movía mercancías entre niveles, que sobrevivía sin levantar demasiado la cabeza. Y cuando el peso de los recuerdos se volvió insoportable, se alejó incluso de eso.
Hasta que el destino volvió a golpear.
Un impacto contra el suelo.
Un llanto débil en la oscuridad.
El rostro de Feeira apareció en su mente, superpuesto al de su hija.
Monch abrió los ojos de golpe.
La taberna había vuelto. El ruido, las luces, el olor a alcohol.
Grinch lo observaba en silencio.
Monch dejó el vaso vacío sobre la barra
Entonces—
Un estruendo.
Metal contra piedra.
Platos rompiéndose.
Un armario cayendo.
El ruido vino desde la cocina.
Monch levantó la mirada lentamente.
Grinch ya estaba de pie.
Otro golpe. Más fuerte.
—Eso no fue el viento —murmuró Grinch.
En un movimiento rápido debajo del mostrador sacó un arco corto de madera oscura junto con unas flechas finas. Su expresión cambió por completo; ya no era el tabernero despreocupado, sino alguien alerta para el combate.
Monch entrecerró los ojos.
—Voy contigo.
Grinch avanzó primero, arco tensado, respiración controlada.
Monch levantó una mano y murmuró unas palabras apenas audibles.
La figura de Grinch comenzó a distorsionarse.
Primero los bordes.
Luego el torso.
Luego desapareció por completo.
Invisible.
—Tienes treinta segundos —susurró Monch—. Después necesitaré concentración.
La puerta de la cocina estaba entreabierta.
Un ruido más. Algo metálico rodando por el suelo.
Grinch entró primero, apuntando.
Monch lo siguió con cautela.
Y entonces—
Silencio.
En medio del desastre: harina esparcida, platos rotos, una olla caída… y encima de la mesa, con las mejillas infladas y las manos llenas de comida…
Una pequeña figura roja.
Con alas rotas.
Masticando.
Grinch reapareció cuando Monch deshizo el hechizo.
Ambos la miraron.
Ella los miró.
Un trozo de pan cayó lentamente de su boca.
—Oh —dijo Feeira.
Silencio incómodo.
Grinch bajó el arco con incredulidad.
—¿Vas a pagar todo lo que te comiste, niña hada?
Feeira tragó con dificultad.
—No estaba robando… solo… probando.
Monch se llevó una mano al rostro.
—Feeira… te dije que te quedaras en casa.
Ella frunció el ceño.
—No me iba a quedar sola mientras tú ibas a una “reunión misteriosa”. Además… —miró alrededor— tenían buena comida.
Grinch cruzó los brazos.
—Buena y no gratis.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Aquí nadie come sin pagar.
Feeira miró sus alas rotas. Luego el desastre. Luego a Monch.
Monch suspiró.
—Ni modo. Si te lo buscas…
Grinch chasqueó la lengua.
—Trabajará.
Ambos lo miraron.
—¿Perdón? —preguntó Feeira.
—Tres días limpiando mesas, fregando platos y ayudando en la cocina de la taberna. Así pagas lo que devoraste… y lo que rompiste.
Feeira abrió la boca para protestar.
Pero Monch habló primero.
—Acepta.
La pequeña hada roja apretó los puños.
Humillada. Enojada. Pero sin opción.
—Está bien —murmuró.
Grinch sonrió apenas.
—Bienvenida al turno nocturno, empiezas mañana a las 6:00 PM
Y mientras Feeira miraba el desastre que tendría que limpiar, no notó la mirada distinta que Monch intercambió con Grinch.
Monch Salió de la taberna junto con Feeira
Mientras avanzaba por los túneles del Nivel 3, la volteó a ver
En su forma de correr sin pensar.
En su necesidad constante de ser vista.
En cómo el mundo la miraba sin entenderla.
Y por primera vez, aceptó una verdad que llevaba años evitando.
No la protegía solo porque era lo correcto.
La protegía porque ya había fallado una vez.
Y no estaba dispuesto a perderla también.
El sol estaba en lo más alto cuando Munch regresó a casa.
Traía una mandrágora atada por las hojas y un conejo colgando del cinturón. Empujó la puerta con el pie y entró sin suavidad.
—¡Feeira! —gritó—. ¡Feeira!
No hubo respuesta.
Frunció el ceño y caminó hasta el cuarto. Abrió la puerta sin tocar.
Feeira dormía profundamente, despeinada, con el cabello blanco desparramado sobre la almohada. Sus alas, desgastadas y opacas, descansaban abiertas sobre la cama. Dormía de forma descuidada, relajada, como si el mundo no pesara sobre ella.
—¡Feeira! ¡Despierta! —la voz de Monch retumbó en la habitación—. Estas no son horas para dormir. Deberías estar ayudándome a cazar… o en la cocina. Y no olvides que hoy trabajas en la taberna de Grinch.
Feeira abrió los ojos completamente blancos. Parpadeó lento.
—Tienes que dejar de comportarte como una niña —continuó Monch—. Así no llegarás a ningún lado.
Ella no respondió.
Se levantó en silencio, se vistió sin mirarlo y pasó junto a él sin despedirse.
—Voy a la taberna.
Y se fue.
Grinch la estaba esperando.
—Bienvenida —dijo con una media sonrisa—. Te daré un recorrido… aunque creo que ya conoces bastante bien el lugar.
La taberna parecía pequeña desde afuera: algunas mesas, una barra modesta, el pasillo para los clientes. Pero atrás… era diferente.
Había una bodega amplia, un sillón gastado para descansar y, al fondo, un cuadrilátero de combate que no se estaba usando. Decorativo, silencioso. A un lado, un saco de boxeo colgaba del techo.
Feeira se acercó al saco.
—¿Por qué está cosido? —preguntó, tocando las costuras gruesas.
—Porque lo golpeo —respondió Grinch, ajustándose las vendas de las manos—. Se rompe. Lo arreglo. Y vuelvo a golpearlo.
Empezó a entrenar.
Sus puños impactaban el saco con fuerza seca. No usaba magia. Solo técnica, velocidad y disciplina. El sudor corría por su frente. Era rápido. Preciso. Fuerte.
Feeira observaba desde el sillón, inmóvil.
Algo en su interior despertó.
—Quiero aprender —dijo de pronto.
Grinch sonrió.
—Claro. Pero será después. Primero, trabajo.
Las horas pasaron. Feeira atendía mesas, escuchaba historias, aprendía cómo funcionaba el negocio.
Entonces entraron dos duendes marginales.
Pidieron cerveza. Una. Otra. Y otra más.
Cuando estuvieron ebrios, empezaron a mirarla demasiado.
—Oye, hada… —dijo uno, sonriendo con dientes torcidos—. ¿Cuánto cuesta un juego fuera del menú?
Feeira se tensó. Dio un paso atrás.
Grinch lo notó.
—Feeira —preguntó Grinch en voz baja—. ¿Qué sucede?
—Están diciendo cosas desagradables.
Grinch asintió.
—Atiende otra mesa. Yo me encargo.
Se acercó a los duendes.
—Muy buenas. ¿Algo más?
—Sí —respondió uno—. Queremos al hada, Cuanto por ella?.
Rieron.
Grinch dejó de sonreír.
—Ella no está a la venta. Es mi trabajadora. Tiene once años. Si continúan, se van de la taberna.
—¿Echarnos? —el otro se levantó lentamente y mostró una navaja de hueso negro—. ¿Tú y cuántos más?
Grinch no respondió.
La silla bajo el duende comenzó a crujir.
Raíces delgadas crecieron desde la madera, rápidas y silenciosas. Se enroscaron en la muñeca del duende, le arrancaron la navaja y la lanzaron lejos.
Los ojos del duende se abrieron.
—Elfo del bosque… —murmuró.
La pelea duró poco.
Un golpe limpio. Otro más. Uno cayó inconsciente. El otro huyó tambaleándose fuera de la taberna.
Silencio.
Feeira miraba todo con los ojos muy abiertos.
No estaba asustada.
Estaba fascinada.
Esa noche volvió a casa tarde.
Munch la esperaba sentado.
—¿Cómo te fue?
Feeira sonrió.
Una sonrisa distinta.
—Muy bien.
Se fue a su cuarto riendo en voz baja.
Munch se quedó inmóvil.
No entendía qué estaba cambiando en ella.
Desde ese día, Feeira comenzó a llegar a la taberna una hora antes.
Entrenaba sola.
Golpe tras golpe.
Sus alas dañadas se tensaban con cada movimiento.
No usaba magia.
Solo puños.
Solo rabia.
Y por primera vez…
sentía que estaba avanzando hacia algo.
Los tres días de trabajo habían terminado para Feeira.
En teoría, ya no tenía ninguna obligación con la taberna.
Pero al cuarto día volvió.
Grinch levantó una ceja al verla entrar tan temprano.
—Pensé que ya eras libre —dijo.
Feeira se acomodó el delantal con cierta rigidez.
—Quiero quedarme. Quiero ayudar a Monch en casa… si me pagas, podré aportar dinero. Y también quiero seguir entrenando.
No dudó al decirlo.
Sus motivaciones eran claras: ayudar a Monch y volverse más fuerte.
Grinch la observó en silencio unos segundos. Había algo distinto en su postura. Más firme. Más decidida.
Sonrió.
—¿Sigues interesada en entrenar?
—Sí.
—Entonces sube al cuadrilátero.
Feeira rodeó el ring y subió por las cuerdas con agilidad.
—He visto que has entrenado duro con el saco —dijo Grinch mientras estilaba las articulaciones de su cuerpo—. Tal vez ya sepas dar buenos golpes. Pero pelear contra alguien real es distinto. El saco no se mueve. No te ataca.
Se colocó frente a ella.
—Yo sí lo haré. Vas a entrenar conmigo de ahora en adelante. Ninguno de esos matones que llegan aquí volverá a intimidarte.
Feeira sonrió.
—Gracias.
Era extraño verla así. Disciplinada. Agradecida. Concentrada.
Grinch pensó que era inusual.
las hadas, no pelean, ellas son pacificas
Sus alas rotas no la estaban deteniendo. Al contrario… parecían empujarla hacia algo.
Decidió empezar de inmediato.
Al principio fue suave. Solo esquivaba. Observaba sus movimientos. No la golpeaba. Quería medirla.
Feeira atacaba con decisión, aunque aún torpe. Aprendía rápido.
Muy rápido.
Días después, en una de sus jornadas, Monch apareció en la taberna.
Se sentó cerca de la barra, observando en silencio.
Feeira se movía con soltura entre las mesas. Atendía sin distraerse. Ya no parecía incómoda. Se veía enfocada.
Grinch se acercó a Monch.
—Es buena chica. Ayuda mucho. Más de lo que imaginé.
Monch sonrió.
—Me alegra oír eso.
En ese momento entraron dos sujetos. Goblins.
Pidieron cerveza tras cerveza.
Uno de ellos empezó a hablar incoherencias cuando ya estaba ebrio.
—¡Más tragos! —le gritó a Feeira.
Grinch notó algo extraño en su mirada y se acercó a ella.
—Diles que ya no queda cerveza.
Feeira asintió.
—Lo siento, ya no hay más.
El goblin se levantó de golpe.
—¿Tú qué sabes, niña? Tú harás lo que yo diga.
Le tomó el brazo con fuerza.
Monch se levantó de la silla dispuesto a intervenir.
Pero no fue necesario.
En cuestión de segundos, Feeira tensó el brazo, giró el cuerpo y adoptó posición de combate.
Tomó al goblin por la camiseta y, usando su propio impulso, lo arrojó contra una mesa.
La madera crujió.
Silencio absoluto.
Monch quedó paralizado.
—¿Cómo…? ¿Cuándo…?
Miró a Grinch.
Grinch tenía una sonrisa leve.
—Eso es, niña.
El segundo goblin retrocedió y salió de la taberna sin decir palabra.
Monch volvió a mirar a Grinch.
—Es increíble. Nunca lo esperé de ella.
Grinch cruzó los brazos.
—Ella es más de lo que crees. Esa niña es especial.
Monch la observó ponerse de pie con calma, acomodarse la ropa como si nada hubiera pasado.
Sonrió, esta vez con orgullo.
—Ya lo veo… ¿Tú le has estado enseñando?
Grinch sostuvo su mirada.
—Claro que sí. Así como tú me enseñaste a mí, Monch...