Mi nombre es Joseph Ramesar, pero prefiero que la gente me llama Joey. He vivido en el Bronx, Nueva York por mi vida entera y desde que puedo recordar, el español ha sido una parte integral de mi formación como persona. Mi madre es puertorriqueña y mi padrastro es dominicano. Los dos hablan español, pero mi padrastro- como nació y vivió en la República Dominicana por veinte años- no habla inglés con suficiente fluidez. Para complicar la situación, mi madre no me permitió hablar español mucho. Ella quería que yo no tuviera un acento, que yo pudiera hablar inglés como un “americano”. Por eso no puedo hablar español como un hablante nativo aunque puedo entender la idioma muy bien. No he podido comunicar con profundidad con los muchos nativos en mi barrio ni con mi padrastro, su familia y sus amigos. Así que, cuando llegue a Amherst decidí, por razones personales, que tenía que estudiar español.
Mi primer año de español era muy difícil. Como vivo en una parte de Nueva York con tantos puertorriqueños y dominicanos, el español que yo había aprendido era muy diferente al español que enseñan en la universidad. Tenía miedo de hablar y escribir porque la idioma que pensé que sabía relativamente bien de repente se convirtió en algo muchos más complicado y desconocido. Mi timidez me limitó por todo el año y aunque aprendí la gramática básica en su entera, todavía me faltaba la confianza de hablar español en clase y con los hispanohablantes que conocía.
Esa confianza empezó a nacer en mí en mi segundo año dando cursos en español aquí en Amherst. En mi primer semestre, dio un curso llamado Spanish Conversations en que no tuve más remedio que hablar en clase. Al principio me dió tanto miedo saber que cada clase tendría que hablar pero paso a paso podía hablar con más rapidez y ritmo. Lo mostré en la última clase del semestre en la que tuve que dar una presentación sobre la gente indígena de América Latina. Por la primera vez podía hablar sin para y dudar mis habilidades. Eso no quiere decir que mi nivel de hablar ya estaba lo más alto posible sino que me dio cuenta de que cometer errores, pronunciar mal las palabras y ponerse tensos mal era una parte importante de mejorar. El segundo curso que dio en mi segundo año me ayudó con el otro componente importante que todavía me hacía falta: la lengua escrita. El curso se llamaba Spanish Writing Workshop y aunque había aprendido la gramática de la idioma, no tenía la habilidad de escribir textos o ensayos complejos o intelectuales. Hay dos razones por las que es una de mis clases favoritas que he tomado en el major: primero, aunque no era muy interesante, revisemos a la gramática y me di cuenta de todas las cosas que había olvidado y, segundo, porque escribimos textos más creativas y estilísticas en vez de escribir solo como un ejercicio necesario para nuestro beneficio como escritores.
En mi tercer año, fui a estudiar en Madrid, España por un semestre entero y, sin duda, era la experiencia más importante en mi desarrollo como estudiante de español. Por la primera vez en mi vida, tenía que hablar y escribir exclusivamente en español en cada lugar que estaba. No puedo describir la intensidad de las emociones y los nervios que yo tenía en el avión yendo a España en enero pero cuando mi tiempo en Madrid se terminó, era irrefutable que yo había crecido como hispanohablante más en esos cinco meses que en toda la vida. El programa C.V. Starr de Middlebury en Madrid me ayudó con la lengua hablada y escrita de una manera muy efectiva. Dio diez presentaciones en español durante el semestre y escribí sesenta páginas de ensayos en temas que van desde la antropología urbana a la geopolítica de la Unión Europea. Lo que más valoro de toda esta experiencia son los interacciones y conversaciones que yo tenía con los españoles en cafeterías, autobuses, museos o simplemente en los calles. Ahora tengo una perspectiva más amplia de la vida y de mí mismo.
Después de tres años, aquí estoy, empezando mi cuarto año estudiando español. Mientras escribo en este momento, me siento un orgullo inexplicable porque cuando empecé este viaje en mi primer año, dije a mí mismo qué no aprovechar de la oportunidad de aprender la idioma de mi familia, de mis amigos y de la comunidad que represento era necesario. Para mí, era- y sigue siendo- un deber y estoy feliz que estoy cumpliendolo. Ahora, puedo hablar con mi padrastro y preguntarle cómo fue su día, sí quiere algo, sí se siente bien o mal; puedo hablar con los amigos de mi madre que no hablan inglés; puedo ver la tele con ellos y disfrutar de su compañía. Aunque pueden ser cosas muy insignificantes para otros, para mí tienen una significado que siento en mi corazón porque he esperado veintiuno años para experimentar estos momentos.