DESARROLLAMOS SERES HUMANOS CON VALORES, INTELIGENTES, PENSANTES Y CREATIVOS PARA EL PRESENTE Y FUTURO.
En 1984 se estimó que a nivel mundial existían cerca de 60 millones de futbolistas federados e igual número de practicantes que participaban regularmente en competiciones organizadas, de ámbito regional o local.
En los censos de la FIFA en el verano de 2001 se calculó que más de 240 millones de personas jugaban habitualmente al fútbol, mientras que aproximadamente 5 millones ejercían funciones de a rb itra je o actividades relacionadas con el juego. Si a estos datos sumamos el número de espectadores que habitualmente siguen los partidos, los periodistas que cubren los acontecimientos deportivos, los dirigentes y los miembros de los equipos técnicos, fácilmente comprobaremos como estamos en presencia de un fenómeno de dimensión planetaria.
Tal éxito asociativo y mediático ha repercutido en el valor concedido por la sociedad a este deporte y ha provocado profundas transformaciones en los hábitos deportivos de los ciudadanos. Los mejores futbolistas alcanzan salarios millonarios y se han convertido en modelos sociales cuando, sin embargo, se ignora todo el proceso que han seguido hasta llegar al alto rendimiento. Además, el inicio de la práctica deportiva de niños y jóvenes se produce a una edad cada vez más temprana y con una mayor exigencia.
En el caso del fútbol español no será necesario retroceder muchos años para constatar que la práctica deportiva formal se iniciaba solamente alrededor de los 1 8 años de edad, en la denominada categoría juvenil.
Posteriormente, bajó a los 1 ó años y progresivamente ha ido anticipándose hasta los actuales 8-10 años con las categorías de iniciación, si bien en muchos clubes el inicio de la práctica deportiva comienza todavía antes:
sobre los 6-8 años. En una reciente entrevista (2007), José María Amorrortu, director del Fútbol base del Atlético de Madrid, justificaba que antes las captaciones de jugadores “ se hacían a partir de una determinada edad.
Ahora estamos viendo que se está haciendo una apuesta firme por el talento y la modelación a p a rtir de él. Eso provoca que todos los clubes y agentes se fijen en niños de 10 ó 12 años” (Entrevista en la Revista de la UEFA, 23 de marzo de 2007 http://es.uefo .com / magazine / index.html).
La evolución ha sido muy rápida y no parece que haya existido por parte de los agentes del fútbol, fundamentalmente por parte de los entrenadores y los dirigentes deportivos, una adecuada adaptación a esas transformaciones. Uno de los grandes frenos a la evolución del fútbol es la denominada fuerza de la costumbre que hace mostrar entre los agentes deportivos un gran inmovilismo y poca disponibilidad para discutir sobre los problemas del fútbol español en categorías de formación o también para encontrar soluciones.
La ley Bosman, la transformación de los antiguos clubes deportivos en sociedades anónimas, la creación de un nuevo agente social los agentes deportivos (empresarios, representantes, intermediarios)-, la influencia y poder económico de las cadenas de televisión, la nueva Liga de Campeones, así como la probable creación de una liga de fútbol europea, han venido a agitar la pacífica y, hasta cierto punto, conservadora existencia del mundo del fútbol.
Los países y los clubes con un elevado poder económico tienen la posibilidad de incorporar jugadores de cualquier lugar del mundo sin reparar en el coste de su fichaje. La presencia de una inmensa red de ojeadores al servicio de los clubes más poderosos ha permitido globalizar el mundo del fútbol y acceder a las ligas y a los jugadores de prácticamente cualquier país del globo. Futbolistas a veces totalmente desconocidos ocupan los lugares de jugadores jóvenes que han desarrollado su formación en su propio club y que se ven obligados en el mejor de los casos a cambiar de equipo o a jugar en una categoría inferior, cuando no a abandonar la práctica del deporte. En España, por ejemplo, el Real Madrid ha invertido en los últimos 2 años cerca de 300 millones de euros en nuevos jugadores y que en algunos casos no han permanecido en el club más de uno o dos años.
El gasto ocasionado por cualquiera de esos fichajes permitiría soportar el presupuesto económico de todas las categorías inferiores durante varios años. Y, sin embargo, se olvida además que Raúl, Guti, Casillas, Pavón, Torres y Mejía en el Real Madrid o Puyol, Iniesta, Xavi, Oleguer y Valdés en el F.C. Barcelona son futbolistas provenientes del fútbol base de su club.
Los mercados periféricos del mundo del fútbol y los clubes que no poseen el poder económico de los grandes clubes europeos tendrán que adaptarse a esta nueva realidad y reestructurar su plan interno de desarrollo de fútbol si quieren competir de igual a igual con los demás.
Por lo tanto, la apuesta recaería en la formación de jugadores, que parece ser una vía a seguir para asegurar una posición importante en el contexto futbolístico mundial. En la liga Argentina, por ejemplo, sometida a la constante venta de sus mejores jugadores a los poderosos equipos europeos, es fácil constatar como en un partido de fútbol de la primera división hasta 8-10 jugadores juveniles compiten en cada encuentro con futbolistas de categoría profesional. En España, Fernando Vázquez es reconocido por muchos colegas y aficionados como uno de los entrenadores de alto nivel que más ha apostado por la formación de los jugadores jóvenes y su incorporación a la plantillas del primer equipo profesional.
Jaime, Boris, Iván Ania, Esteban y César en el Oviedo de la temporada 1998 -1999 (Primera División); Tristón, Eto’o, Novo, Güiza, Romero, Martí o Riera en el Mallorca de la temporada 1999 -2000 (Primera División); Joaquín, Capí, Melli, Arzu y Varela en el Betis de la temporada 2000-2001 (Segunda División); Carmelo, Rubén, Jorge y Angel López en Las Palmas de la temporada 2001 -2002 (Primera División) o Jonathan Aspas, Oubiña y Del Moral en el Celta de la temporada 2004 -2005 (Segunda División) son ejemplos de los magníficos resultados de esa filosofía de trabajo. Sin embargo, en las dos últimas temporadas (2005 -2006 y 2006 -2007 ) el Celta, ya en primera división, ha fichado a 20 nuevos jugadores. ¿Apuesta decidida por la cantera o exigencias de las limitaciones económicas de los clubes?
La importancia que sin duda asume la enseñanza del fútbol en la actualidad exige por parte de los clubes que se preste una mayor atención y una mejor coordinación a través de la implementación de un modelo de formación e iniciación, con programas, medios y métodos de entrenamiento adecuados.
Los clubes no podrán continuar viviendo sobre modelos improvisados, sin una coherencia lógica de desarrollo, bajo criterios personales de varios entrenadores que cíclicamente van pasando por el club y cuyos resultados no nos parecen los más satisfactorios. En España, el Real Madrid de la temporada 2006 -2007 con Fabio Capello como entrenador ha fichado a 8 jugadores con una inversión de 100 millones de euros y ha despedido o cedido a 13 y todavía se habla de que la próxima temporada los cambios deben ser más numerosos. Además, parece que esa estrategia no garantiza el éxito deportivo.
Los clubes deberán definir claramente aquello que pretenden del fútbol infantil y juvenil, a través de la implantación de modelos de formación propios, con programas adecuados, que contribuyan a un mejor aprendizaje del juego, respeten las diferentes fases de desarrollo de los jóvenes, sirvan de guía para los entrenadores y contribuyan a una mejor y más eficaz formación de los jóvenes futbolistas.
En un reciente coloquio sobre fútbol juvenil (Máster de detección y formación del talento en jóvenes futbolistas, Real Federación Española de Fútbol: M a drid y Universidad de Castilla-La Mancha, M a d rid 2007) que contó, entre otros con diversos entrenadores de fútbol juvenil de los mejores clubes españoles y de dos entrenadores de fútbol de alto nivel, todos fueron unánimes al afirmar:
“ En España no hay una apuesta seria en la fo rm a c ió n de los jugadores de fútbol”Luis Aragonés, entrenador de la selección nacional española se quejó en la disputa del último Mundial de Fútbol de Alemania 2006, de que “ no hay jugadores de mejor nivel en el fútbol español, falta talento y competitividad” . Además, justificó que la gran cantidad de fichajes de jugadores extranjeros por parte de los clubes españoles limita el desarrollo de los futbolistas jóvenes en nuestro país.
Como sugiere Pacheco (2004), se vuelve urgente reflexionar sobre el fútbol juvenil que queremos e intentar resolver los mayores problemas que le afectan en este momento, entre los que destacan:
• Presupuestos reducidos de los clubes destinados al fútbol de formación.
• Falta de un modelo de juego, de entrenamiento, de jugador y de entrenador, que son condicionantes para una intervención de calidad en la formación.
• Inexistencia de una programación coherente y específica para la progresión entre las diferentes categorías de formación.
• Carencia de los objetivos intermedios a alcanzar en cada etapa deportiva y de los objetivos finales del proceso de formación.
• Falta de criterios objetivos para la detección y selección de talentos.
• Horarios escolares incompatibles con los horarios de entrenamiento.
• Bajas condiciones materiales y de entrenamiento.
• Número de campos insuficientes y con superficies inapropiadas.
• Clubes de fútbol de primera división que poseen un único campo propio para sus jugadores y categorías de formación, pero poseen más de 200 jugadores para entrenar y competir, llegando a entrenar dos categorías al mismo tiempo.
• Enseñanza del juego suministrada en la mayoría de los casos por entrenadores aficionados, a los que les gusta el fútbol, pero que no son los más habilitados.
• Gran dependencia de funcionamiento deportivo de personas “aficionados”, sin ninguna preparación específica.
• Falta de remuneración de la mayoría de entrenadores de fútbol infantil y juvenil.
• Calendarios competitivos heterogéneos y no ajustados a la realidad.
• Elevada presión competitiva sobre los jóvenes.
• Iniciar la competición formal en edades muy tempranas.
• Falta de acompañamiento en información a los padres de los jugadores, para identificarles con el desarrollo del proceso de enseñanza y competición.
• Excesiva importancia atribuida al resultado deportivo inmediato, en detrimento de la calidad de la formación deportiva a largo plazo,
• Falta de equipos médicos, psicológicos y sociales adecuados, al lado de los jóvenes futbolistas.
Uno de los debates que de forma más agitada ocupa la atención de los agentes deportivos en España es el perfil que debería tener el entrenador de fútbol encargado de la formación de jóvenes. Dos posiciones opuestas intentan justificar los méritos que debería poseer el entrenador en el fútbol de formación. ¿Debería ser un ex-futbolista quien aplicando su experiencia deportiva se encargue de la formación de los jóvenes? o ¿deberían tener los que enseñan a los más jóvenes una formación específica de fútbol?
Para Johan Cruyff, ex-futbolista profesional y entrenador de alto nivel, la transmisión de conocimientos en el fútbol debe producirse de futbolista a futbolista, ya que ambos hablan el mismo idioma y, por tanto, pueden llegar a entenderse y sintonizar. Así, para Cruyff si un entrenador no posee un elevado nivel técnico-táctico no puede enseñar el juego del fútbol a los jóvenes futbolistas: si estás entrenando a un chaval y le puedes explicar cómo se debe tocar el balón, con qué parte del pie, en qué posición ponerse para golpear, qué precauciones tomar si se le acerca un rival, qué circunstancias ha de tener en cuenta, cómo debe ser de rápido al ejecutar, podrá entrenarse luego por su cuenta, copiar, imitar, insistir, mejorar, aprender, pulir y luego adaptar y aplicar estos conocimientos a su propia manera de jugar, a su propia personalidad futbolística. Repito, si tú no sabes hacerlo, no puedes enseñarlo” (2002, pp. 26-27).
Para Horst Wein (1 995), una de las referencias internacionales más consideradas en la formación de talentos deportivos, sobran entrenadores y faltan formadores. Para Wein, uno de los problemas más graves en el fútbol base es que los responsables conocen bien la materia de fútbol, pero no conocen bien a sus discípulos. El fútbol con sus competiciones y programas de formación debe adaptarse siempre a las capacidades físicas e intelectuales de los niños. De la misma manera que el niño crece paso a paso físicamente y mentalmente, la dificultad y complejidad del juego deben aumentar.
A nuestro juicio, el educador/entrenador de jóvenes no debería continuar siendo el ex-futbolista o el practicante al final de su carrera deportiva quien, careciendo de formación específica, es invitado por tradición a entrenar a los jóvenes como recompensa por los muchos años de dedicación a su club y que se limita a aplicar su experiencia de antiguo atleta y a organizar y dirigir sesiones de entrenamiento. Poseer vivencias deportivas específicas de la especialidad deportiva que se enseña puede, sin duda, ser una estimulante fuente de orientaciones y conocimientos para guiar el aprendizaje de otros. Pero si las experiencias motrices no han sido bien vividas y reflexionadas por parte de los practicantes, es posible también que se conviertan en una peligrosa influencia. No se pueden reproducir prácticas o tareas bajo la justificación de la fuerza de la costumbre: “ si yo lo he aprendido así y siempre se ha hecho del mismo modo, ¿por qué cambiar?” Si observamos una sesión de entrenamiento, como explica Pacheco (2004), no difiere mucho de aquellas que se hacían hace 20 0 30 años atrás. Existe una primera parte destinada al calentamiento, realizada normalmente sin balón; una segunda parte dedicada a la práctica de las habilidades técnicas, descontextualizadas del juego, y una tercera parte orientada al juego formal (5x5, 7 x7 , 11x11).
No es cierto, como suponen los ex-practicantes cuando intervienen en la práctica, que los deportistas aprendan las habilidades y conductas del fútbol sólo por imitación. Cuando alguien observa a otra persona realizando una habilidad con eficacia, se puede favorecer el aprendizaje de esa habilidad. Es cierto. Por el proceso de imitación, se aprende a realizar una actividad de forma similar a como la realiza el modelo, aunque la adquisición de una habilidad nueva requiere que el aprendiz practique la actividad y compruebe las consecuencias que obtiene. Es decir, el aprendizaje de una habilidad nueva por imitación incluye también a otros procesos de aprendizaje: en este caso la asociación de estímulos y de consecuencias. El proceso de aprendizaje y adquisición de habilidades y conductas es algo muy complejo donde interaccionan diferentes mecanismos de aprendizaje (ver Tabla 1).
Mostrar la habilidad para orientar la actividad del aprendiz antes de realizarla (imitación) es sólo uno de los recursos didácticos de los que dispone el entrenador para informar al practicante acerca del entorno con el que interactúa, la tarea que realiza y la utilización del instrumento.
El educador/entrenador deberá aprender a utilizar y combinar estos procedimientos con eficacia. Ni demasiada información, ni muy pobre en detalles.
Para Riera (2005) en cuanto a los procesos de aprendizaje y los procedimientos de enseñanza:
• Todos los procesos de aprendizaje pueden intervenir en la adquisición de todas las habilidades
• Al aprendizaje de cualquier h ab ilid ad puede ser facilitado por todos los procedimientos de enseñanza
• La adecuación de las condiciones de práctica es el procedimiento más utilizado en el aprendizaje de las habilidades
• Los restantes procedimientos se utilizan casi siempre y son decisivos para facilitar el aprendizaje
• Al educador/entrenador debe seleccionar los procedimientos de enseñanza que considere adecuados a los objetivos educativos/del entrenamiento, las características del aprendiz y la evolución del aprendizaje, procurando siempre que su intervención contribuya siempre a la progresiva autonomía del aprendiz.
Debe quedar claro: las cualidades de los atletas y de los entrenadores son muy diferentes (Matveev, 1 982). El hecho de haber sido jugador no nos hace por sí solo buenos entrenadores. Es necesario poseer un conjunto de cualidades y de virtudes, que se van adquiriendo a través del estudio y la experiencia y, desde luego, la propia práctica deportiva bien vivida.
Para Ruiz (1 998), será un buen entrenador quien tenga condiciones innatas para serlo y que esté dispuesto a aprender toda su vida y a perfeccionarse, tal como la hacen los grandes deportistas, pues entrenar y hacer entrenar es una tarea difícil y muy compleja.
Ahora bien, coincidimos con Pacheco (2004) al señalar que el educador/en tren ado r de jóvenes tampoco deberá ser la persona que, a pesar de tener una formación específica de fútbol, no tiene ninguna experiencia como ex-practicante o de práctica pedagógica con jóvenes futbolistas. El hecho de haber terminado un curso de entrenadores de fútbol o de tener una licenciatura en educación física y deportes, no permite por sí sólo ser un buen entrenador ya que son precisas vivencias de la realidad del entrenamiento y la enseñanza del fútbol.
El educador/entrenador deberá reunir un conjunto de competencias en las siguientes capacidades (Pacheco, 2004):
• saber
• saber hacer
• saber hacer que otros hagan
El tipo ideal de educador/entrenador de fútbol para jóvenes será un individuo que, simultáneamente, posea experiencia como practicante y tenga una formación propia que le habilite para entrenar a jóvenes futbolistas. No obstante, es posible, desde luego, encontrar estupendos entrenadores que no tienen experiencia deportiva de alto nivel o exjugadores con una notable capacidad para reflexionar sobre sus propias vivencias y trasladarlas a sus deportistas.
En cualquier caso, deberá ser un educador que posea sólidos conocimientos de fútbol, que le guste tra b a ja r y que consiga establecer una buena relación con los jóvenes; que sea conocedor de las diferentes fases de desarrollo y que conozca los medios y los métodos mas adecuados para el desarrollo integral de los jóvenes (Pacheco, 2004).
Para Barata (1 999, en Pacheco, 2 004), el entrenador debe constituir un buen ejemplo y un buen modelo para los jugadores, fundamentalmente si son niños y jóvenes, ya que éstos se encuentran en la fase de formación de su personalidad y de su adquisición de valores y referencias determinadas para su vida futura. Por esto, el entrenador debe tener conciencia del impacto que sus opciones y prioridades provocan en los niños y en los jóvenes que entrena, ya que éstos son fácilmente influenciables y diariamente están expuestos a nuevas experiencias y situaciones.
Sobre las influencias de los entrenadores es sugerente la idea transmitida por Wodds (1985, en Pacheco, 2004) acerca de la influencia del entrenador sobre un equipo de jóvenes, refiriendo que el entrenador es una de las más potentes referencias para la identificación de un joven. Simboliza la fuerza, la capacidad competitiva y la independencia que los jóvenes buscan conseguir.
En este sentido, el significado del éxito deportivo del educador/entrenador en el fútbol base no puede ser el mismo que en el alto nivel.
El éxito de un educador/entrenador en el fútbol base no se manifiesta habitualmente en el presente, sino a largo plazo y se basa en los siguientes aspectos (Pacheco, 2004):
• Progresión en el rendimiento deportivo de los jóvenes, de acuerdo con su desarrollo integral y armónico, ayudándoles a compaginar las exigencias de su vida deportiva, escolar, social y familiar.
• Reducido abandono y aumento visible del gusto por el entrenamiento y la competición entre los jóvenes.
• Capacidad para detectar y desarrollar talentos para el fútbol.
• Número de jóvenes jugadores que consiguen elevados niveles de rendimiento deportivo, a medio y largo plazo.
• Capacidad para establecer con los jóvenes que entrena relaciones de amistad que perduren en el tiempo.
• Saber lo que se pretende y cuales son los caminos a seguir, en una correcta filosofía de intervención como
educador/entrenador de jóvenes.
Sin embargo, la importancia social que posee el fútbol y la atracción social ejercida por los grandes encuentros deportivos internacionales han transformado progresivamente las condiciones de su práctica. El soporte ideológico sobre el que descansa el deporte actual, han hecho de éste una actividad donde lo que importa exclusivamente es el resultado (Seirul-lo, 1998). El rendimiento, que inicialmente constituía simplemente una motivación intrínseca, se ha convertido progresivamente en un fin en sí mismo. La lucha denodada por el alto rendimiento y el récord basada en los progresos del conocimiento biológico ha traído como consecuencia la selección precoz y el entrenamiento intensivo de los jóvenes (Le Boulch, 1 991).
Esas prácticas se han generalizado no solamente en los sujetos aptos para grandes rendimientos, sino también en los aficionados más modestos, para quienes el campeón representa un auténtico modelo.
Una investigación realizada por la Federación Italiana de Fútbol (1999) concluyó que de los 19.000 jóvenes que iniciaron la práctica del fútbol sólo uno consiguió llegar a jugar en la primera división. Los restantes acabaron jugando en las divisiones inferiores o dejaron el fútbol. ¿A quién debe ir dirigido entonces el proceso de enseñanza? ¿Es tolerable que para la gran mayoría de los que inician en el fútbol la experiencia sea al final poco gratificante? ¿Son adecuadas las prácticas que se están proponiendo actualmente?
Uno de los valores más destacados del deporte es sin duda su perspectiva agonística. La lucha, la competición con el oponente, que puede ser uno mismo, o con algo con la intención evidente de vencer en ese combate es uno de los elementos fundamentales que dan razón a las actividades deportivas. Es más, la actividad deportiva es la muestra por excelencia del movimiento agonístico: las reglas se transforman en complejos reglamentos que permiten canalizar la fuerza agonística de los contendientes y lograr identificar quien, en esas circunstancias, ha ganado. Ahora bien, un énfasis excesivo en la actividad competitiva puede tener un efecto negativo en el proceso de búsqueda de la excelencia, sobre todo con los niños y niñas.
De ahí la necesidad de realizar algunas matizaciones a la relación entre competición y excelencia.
• La competición puede llevar a un énfasis en la superioridad o el elitismo en lugar de conducir a una excelencia en su sentido más absoluto. Recordemos que la competición se concibe como una lucha consciente entre dos partes que culmina con el establecimiento de la supremacía de una de ellas y, esta noción de lucha, implica la conciencia de una fuerza contraria donde el éxito depende del fracaso de los otros (Devís, 1 996)
• La victoria y el ganar por encima de todo suelen convertirse en la única meta de la competición. Esto puede llevar a la producción de una innecesaria, peligrosa y excesiva especialización en un solo deporte o incluso en una determinada posición o puesto dentro de un deporte.
• Los/as deportistas de alto nivel o de élite suelen proponerse como modelos sociales de excelencia y formación del carácter, cuando se ignora todo el proceso que se han seguido para alcanzar el éxito. Sparkes (1986, en Devís, 1996) señala que estos papeles-modelo, aunque despierten el interés de algunos, pueden ser de limitada utilidad en la creación de intereses a largo plazo.
• La competición puede actuar como homogeneizadora de diversidades corporales y universalizadora de un único lenguaje si no se diversifican las actividades físicas y corporales.
El deporte en edad escolar se presenta así como un modelo reducido del macromodelo deportivo y antesala de éste (Seirul-lo, 1998).
¿Significa esto que no debe estimularse el valor de la competición en la enseñanza del fútbol? Desde luego que no, pero debe ser matizada. La competición se presenta como el factor desencadenante de la práctica
deportiva. Es precisamente su comportamiento agonístico lo que nos atrae de él (pensemos, por ejemplo, la diferencia entre un partido amistoso y los campeonatos). No obstante, “ competir es un comportamiento humano que, por eso mismo, no debe ser considerado como bueno o malo, es el uso y orientación del mismo lo que le puede d a r un carácter u otro” (Hernández Moreno, 1 989:79). Es necesario enseñar a competir, pero siempre como un medio de superación personal, de mejora de resultados personales y nunca violando los derechos de los otros en beneficios propio. (Gómez Rijo, 2001).
Desde este punto de vista, el rendimiento no constituye un fin en sí mismo, sino lo posibilidad de ejercitar; a través de un mayor autoconocimiento, la propia eficacia en el entorno mediante el dominio de la propia motricidad.
La enseñanza del fútbol con niños y jóvenes debe contener en sus propuestas prácticas los otros valores d é la motricidad y el deporte (Casamort y Seirul-lo, 1987): el movimiento como a c tiv id a d lúdica permite localizar la intención de movernos en el área del atractivo por lo intrascendente, lo festivo y fortuito, y d irig irlo sobre uno mismo; la intención expresiva del movimiento proporciona al individuo la posibilidad de comunicar ideas, sentimientos o sensaciones por medio del propio cuerpo al resto de personas con quien comparte esa actividad de movimiento; la creatividad por medio del movimiento pone en evidencia ciertas capacidades del ser humano que le permiten realizar movimientos nuevos, teniendo como base la experiencia motriz mediante la actividad de sus aptitudes creadoras; el movimiento como valor eronista, de sentir las sensaciones que emana el propio cuerpo en sus movimientos.
En el contexto de la formación de jugadores en los clubes de fútbol, el entrenador deberá construir junto con el deportista, un modelo de relaciones interpersonales que permitan e la b o ra r tareas con, entre otros, los siguientes criterios (Seirul-lo, 1998):
• descubrir la estructura del juego e interpretarlo de muchas formas, desarrollando aquella en la que ambos coinciden, para que pueda así florecer con toda la fuerza el talento individual.
• ofrecer al deportista la mayor cantidad posible de información objetiva, tanto en relación a su ejecución, como a su resultado, pero estimulándolo para el acceso a esa información por cuenta propia.
• contrastar los elementos de juicio, con los de auto-observación, para lograr la auto-afirmación en base a resultados reales.
• construir modelos de prácticas que sean estructurales, no cerrados o unidimensionales, pues así se evitará el estancamiento técnico.
• proponer modificaciones tempo-espaciales a todas las adquisiciones motrices, incitando a su auto-exploración para crear un deportista con opciones creativas, no estandarizadas.
• situar al deportista en interacciones individuales o grupales donde tenga que situarse en el lugar del otro para comprender el comportamiento del compañero y el oponente y, si es posible, anticiparlo.
• estimular al deportista a que descubra sus identidades personales con las del fútbol para que pueda jerarquizar sus intereses al modo como los ha constado en la práctica real.
Fútbol Base:
El entrenamiento en categorías de formación
Luís Casáis
Eduardo Domínguez
Carlos Lago