La pedagogía ignaciana, su origen espiritual y su configuración personalizada
Luiz Fernando Klein pretende la revaloración del modelo pedagógico jesuita con algunas innovaciones aportadas por el modelo de Faure. Incluso, busca destacar las bondades del modelo Ignaciano para poder aplicarlo no sólo en otros centros escolares, sino también en los modelos educativos de otras naciones (como lo ejemplifica con el caso de España).
El padre Klein quiere dejar muy claro que el objetivo de expandir el modelo jesuita de educación tiene como objetivo “formar el ser humano a través del proceso educativo –formal y no formal– a reconocer su dignidad, su filiación divina, su vocación a ser”, de tal forma que las instituciones educativas no se conformen únicamente con la impartición de conocimientos, sino que además fomenten la formación integral de los alumnos.
Para el autor del texto, el objetivo central es que se revalore la propuesta Ignaciana; desde el momento en que afirma: “No es un modelo para ‘formar hombres devotos’ como tampoco lo es formar hombres académicos en una visión unicista. Lo que si busca este enfoque es la búsqueda de la verdad a través de métodos de estudio e investigación”, Klein pretende romper la visión social que se tenía del modelo que defiende.
Incluso busca que romper la visión laicicista de la educación, porque desde su óptica, ésta no está peleada con inculcar valores dentro y fuera del salón de clases, a través de un enfoque personalizado y comunitario.
El tema bajo el que gira el trabajo del padre Klein es el modelo educativo Ignaciano, su constitución, sus elementos, su filosofía, sus alcances. A lo largo de su tesis, el ponente desmenuza cómo lo que en sus inicios fueron ejercicios espirituales, puede adaptarse a la educación para potenciar los alcances del proceso Enseñanza-Aprendizaje, en donde el alumno es el eje rector de la propuesta.
Quizá se comprenda mejor la idea cuando el padre Klein configura la idea central del texto al afirmar que se trata de una metodología para ayudar “a vencerse a sí mismo y ordenar su vida” a través de Dios como elemento central. El texto deja clara la importancia del sujeto del Aprendizaje (alumno) en este modelo, pues todo (actitud, destreza)
La Pedagogía Ignaciana es un acervo pedagógico con visión cristiana para su aplicación en la educación. Se trata de un enfoque pedagógico que parte de los conocidos “retiros espirituales” (Ejercicios Espirituales) que tiene como base el trabajo de San Ignacio de Loyola, en el que sobresalen conceptos como Persona, Sociedad, Mundo, Dios, Procesos Enseñanza/Aprendizaje, Cambio, Colaboración con otros, Trabajo en la red.
La pedagogía Ignaciana, eje rector del quehacer educativo de la Compañía de Jesús, no es exclusiva para un modelo educativo ni para una congregación específica; con tres ejes rectores fundamentales: orientación, acompañamiento y evaluación.
La pedagogía ignaciana busca “formar el ser humano a través del proceso educativo –formal y no formal– a reconocer su dignidad, su filiación divina, su vocación a ser”. También provoca que las personas desarrollen sus potencialidades y dimensiones, sean libres, autónomas y cambien su entorno a partir de la solidaridad. Busca formas personas lúcidas, competentes y hábiles, que encuentren soluciones a los problemas sociales. Sobre todo, pretende que esas personas tengan una “educación vitalicia” y una actitud de servicio a sus semejantes.
Los Ejercicios Espirituales surgen como resultado de una lucha interna en San Ignacio de Loyola: las lecturas de la vida de Cristo y otros Santos, y sus emociones por la princesa Catalina, hermana de Carlos V. Entonces san Ignacio se retiró once meses en los cuales redactó “una ruta de revisión y de crecimiento espiritual”.
Destacan de estos ejercicios la posibilidad de indagar origen, desarrollo y final de los “movimientos interiores” (emociones, pensamientos, sentimientos), y la búsqueda del <<magis>>, es decir, que otros hicieran lo mismo. Se trata de una metodología para ayudar a “vencerse a sí mismo y ordenar su vida” a través de Dios como elemento central.
No es un modelo para “formar hombres devotos” como tampoco lo es formar hombres académicos en una visión unicista. Lo que si busca este enfoque es la búsqueda de la verdad a través de métodos de estudio e investigación.
El modelo considera cuatro aprendizajes:
1) La práctica de un método y de un proceso personalizador
Considera la suma de diferentes modelos con un objetivo único en el que se aprecien los rasgos característicos del modus parisiensis: prevalencia de la formación sobre la educación; dominio de la gramática; ritmo progresivo y adaptado a las condiciones del estudiante; mucha actividad que incluya repeticiones, ejercicios y debates; evaluación por niveles; y proximidad y cuidado personal de los maestros a los alumnos.
Estos rasgos no se alcanzarán si el participante (alumno) no está motivado y no tiene determinación para ponerlos en práctica. En suma, se trata de tener modo (adaptación de modelo según el alumno y su contexto, avance por etapas bien definidas, realizar ejercicios repetitivos) y un orden (puesta en marcha de etapas, actitudes, ambientes y posturas para lograr un objetivo específico).
Este método considera siete momentos didácticos: presentación de la materia para la oración; oración preparatoria de inicio; componer el lugar del asunto que se va a orar; petición a Dios para alcanzar un fruto a través de la oración; oración central; coloquio para concluir la oración y revisión del periodo de oración. Estos momentos irán acompañados de actividades como meditación, contemplación, examen de conciencia, repetición, reflexión o revisión.
También considera la realización de siete etapas: pre-lección del profesor; estudio personal del alumno; memorización; repetición; trabajos grupales; exposiciones (en sus diferentes modalidades), y evaluaciones.
2) La experiencia de roles y relaciones
En primer lugar, el participante ha de reconocerse como una persona grande y digna por la gracia de Dios que le vuelve libre y libertador. En segundo lugar, tener conciencia de que el alumno es el centro de la Pedagogía Ignaciana; donde el docente ha de tener un papel discreto que saque a flote ideas, sueños, proyectos y perspectivas del alumno.
El rol del docente: hablar menos y ponderar mucho para que el alumno decida qué, cómo y cuándo avanzar en el conocimiento. “La frase insistente de San Ignacio es non multa, sed multum: la abundancia no sacia el espíritu, sino la profundidad”.
No quiere decir que el docente pierda autoridad, aunque su éxito dependerá de la relación armónica, respetuosa, colaborativa y de confianza que haya entre maestro y alumno. En otras palabras, debe sugerir el itinerario del estudiante en lugar de imponer o adoctrinar.
3) Una visión integradora
Se desprende de la relación del estudiante consigo misma, con Dios, con los demás y con el medio ambiente. Esto debe llevar al estudiante a identificar y rechazar todo lo que en el mundo amenaza o coarta su libertad. Se trata de que el estudiante actúe bajo una relación con Dios que le permita la construcción del mundo.
Haya cuatro puntos que el alumno no puede soslayar: Dios ama inmensamente todas las etapas y dimensiones de la vida del hombre; Dios está presente en los dones concedidos; Dios sostiene la vida de todos los seres; y Tras el bien experimentado, está Dios.
Luego, el principal fin es despertar la solidaridad con sus semejantes y evitar el individualismo y la indiferencia.
4) La certeza de una misión
El alumno ha de desprenderse “de sí mismo” para asumir un modo de vida y ser consciente de que es participe de la obra de Dios para cambiar la vida de los demás, particularmente de los más pobres.
La Pedagogía Ignaciana es un patrón para inculcar valores dentro y fuera del salón de clases, con un enfoque personalizado y comunitario.
El enfoque personalizador según Pierre Faure
En 1940, los Estados intentaban reorganizar sistemas educativos; la reestructura, sin embargo, no tomaba en cuenta la formación integral de los alumnos. Faure buscó atender este vacío que se cristalizó en 1960 y en 1970 España adoptó el la Ley Somosaguas, con el enfoque de Faure. Dicho enfoque tiene una base antropológico-religiosa y constructivista.
Dicho enfoque ya consideraba que el educador “abriera horizontes” en lugar de transmitir contenidos; trabajo colaborativo (en equipos pequeños) y la progresión didáctica. Este enfoque se basa en seis principios, a saber: personalización en el alumno, autonomía y libertad en el desarrollo de las potencialidades del alumno, actividad para el conocimiento por autogénesis, creatividad para innovar soluciones, sociabilidad para interactuar con los demás y trascendencia para darle sentido de vida.
Será tarea del docente y del colegio motivar al alumno a que “actúe, movilice sus facultades, intercambie con su grupo, genere algo que traiga la marca de su originalidad”, siempre considerando ritmos y habilidades de los alumnos con lo que se rompe el enfoque de homogeneización de la enseñanza.
Para aterrizar su propuesta, Faure establece siete pasos didácticos de su enfoque:
1. Trabajo independiente del alumno. El alumno llega a la escuela con la determinación de lo que va a hacer, lo que habrá de corregir, lo que debe perfeccionar.
2. Trabajo grupal mediante consultas, talleres, laboratorios…
3. Puesta en común de conocimientos y sentimientos. Potencian la reflexión individual para asumir una postura verdaderamente personal, además de valorar el trabajo y la escucha del otro.
4. Síntesis personal del alumno (memoria, registros, documentos…) porque los alumnos se apropian del conocimiento para hacerlo integral, con visión de conjunto.
5. Exposición oral y escrita ante públicos interno y externo para que el alumno socialice el conocimiento construido
6. Evaluación (heteroevaluación, coevaluación…)
7. Toma de conciencia de todo el salón. Es vital para que los alumnos identifiquen los obstáculos y refuercen los avances. Con ello se llegará al dominio, a la excelencia
De esta manera, maestro y alumno son “colaboradores en la construcción del conocimiento”, cada cual con sus respectivos roles de manera cooperativa y mediante el intercambio de conocimientos y métodos. “Faure subraya la normalización como la primera y esencial condición o prerrequisito y el medio eficaz de enseñanza personalizada. Se trata de hacer las cosas normalmente hechas. Como ellas piden ser hechas. Por consiguiente la clase normalizada no significa artificio, uniformidad, presión, obligación o miedo, sino un clima de trabajo natural, espontáneo, gratificante, motivador, interactivo, productivo”.
Se opone el autor a la fragmentación de horarios en las escuelas y sugiere una escuela “de jornada integral” que permita alternar actividades de interés de los alumnos con su formación integral. También sugiere la estructuración de “aulas temáticas”, donde se pueden mezclar alumnos de diferentes niveles, según los desarrollos alcanzados y para fomentar la consulta y la ayuda mutua. De esta manera, el número ideal de alumnos por salón dependerá del talento de los alumnos y de la creatividad del profesor, aunque nunca debe ser exagerado el número. Para complementar la propuesta de este modelo, Faure sugiere que cada escuela debe contar con biblioteca, material senso-motor, material audiovisual y material de síntesis.
Configuración de la Pedagogía Ignaciana
“Así como los primeros jesuitas contribuyeron, de una manera excepcional, al humanismo del siglo XVI con sus innovaciones educativas, también nosotros estamos llamados a una tarea Semejante” (Kolvenbach, 2005). Entonces, el modelo Jesuita se centra en procesos educativos como: Procesos educativos, formas de aprender y pensar, incentivo a la investigación, nuevo diseño organizacional y gestión eficaz, Cultura evaluativa y renovación continua, y Continuo educativo y redes cooperativas.
Con ello, el modelo Jesuita estaría respondiendo al magis propuesto por San Ignacio, particularmente para su adaptación al mundo actual. Está propuesta se sigue alimentando con las aportaciones de muchos autores aunque existe un obstáculo de peso: los mass media, los cuales pueden insensibilizar o distraer los objetivos de este modelo educativo.
Lo que se debe tener presente es que existen propuestas pedagógicas que empatan con los objetivos y postulados del modelo Ignaciano, aunque, eso sí, no son tan integrales, amplios y articulados. El más cercano es el modelo de Faure, aunque la parte más valiosa son los siete “momentos didácticos” que propone el autor, en virtud de su carácter “duradero”, en tanto que los “principios personalizadores y las dimensiones del aprendizaje, carecen de un campo de aterrizaje”.
Y es que desde la óptica Ignaciana, el contexto debe considerar, entre otros factores, el ciclo escolar, las planeaciones docentes, así como las circunstancias tanto del alumno como del docente. Con ello, además de las aportaciones que puedan realizar los dos elementos principales del proceso Enseñanza-Aprendizaje, se debe sumar uno que es considerado como de vital importancia: la reflexión. La reflexión es imprescindible “para la formación de conciencia y del compromiso social”; pero esta práctica debe estar acompañada de “un tiempo privativo, de concentración, para la planificación y la investigación personal”.
A manera de resumen, la visión jesuítica de la educación es que se trata de “su cuota para el perfeccionamiento de la sociedad” a través de un proceso en el que cada sujeto aprende a ser persona. Después de todo, sugiere el autor, cualquier modelo educativo puede ser eficaz siempre y cuando exista un modo y un orden.
Considerando mi experiencia docente, creo que este modelo tiene muchas posibilidades para aterrizarlo en la práctica docente. Creo que la parte más importante, y que actualmente se ha perdido dentro del sistema educativo nacional es que se ha perdido el sentido humano de la persona en el proceso Enseñanza- Aprendizaje. De hecho, como parte del modelo institucional de las Unidades Básicas UPAEP me queda claro que tiene una muy marcada influencia por el modelo jesuita.
Los postulados y las partes que conforman este modelo tienen una alta posibilidad de encajar en la educación en México. Si bien es cierto que la educación en México ha de ser laica, también es cierto que las bondades que puede ofrecer este modelo son tantas, que podrían ser el detonante para atender los graves problemas de violencia que se viven a diario en el país. La fortaleza de instituciones como la UPAEP radica en que al considerar la formación integral de los estudiantes se garantiza la atención en todas las áreas de desarrollo del alumno.
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Referencias Bibliográficas
Klein, L (2014). La pedagogía Ignaciana: su origen espiritual y su configuración personalizada. En 2° Encuentro de directores académicos de los Colegios Jesuitas de América Latina. Cumbayá, Colombia