Azael J. Mateo Mendoza13 de diciembre del 2018El año pasado, Emmanuel Macron llegó al poder con la intención de reformar Francia, sin embargo durante estas semanas Francia ha lucido irreformable. Las calles de París están llenas de autos quemados, establecimientos saqueados y vidrios de anuncios publicitarios destrozados. Algunas partes del campo están paralizadas debido a que los manifestantes denominados “chalecos amarillos” obstruyen las carreteras y bloquean las gasolineritas. El hombre que una vez prometió una presidencia ejemplar hoy en día luce demasiado débil.
Cuando Macron ganó en mayo de 2017 Francia vislumbraba una nueva época de entusiasmo, junto a ella Europa y también el mundo. Joven, inteligente y lleno de ideas para convertir a Francia en un país más abierto, dinámico y fiscalmente sólido, no pudo hacerle frente a las autocracias de Europa del Este y cedió mucho terreno popular. La esperanza de una amplia renovación del centro radical se posó sobre sus hombros y después desapareció del radar.
Cuando este nuevo partido, recién llegados al mundo político impulsados por las redes sociales, ganó una abrumadora mayoría parlamentaria, la revolución de Macron parecía imparable. Pasó rápidamente las reformas necesarias para que el mercado laboral fuera más flexible, trabajara con sindicatos y enfrentara cualquier obstáculo. Sus reformas educativas ofrecieron clases más pequeñas en áreas pobres y un mayor control de los ciudadanos sobre la capacitación laboral. El presupuesto se puso en forma y alcanzó un límite de déficit del 3% del PIB por primera vez desde 2007.
Sin embargo, Macron olvidó que un presidente francés no es ni un dios ni un monarca, sino simplemente un político en una democracia que requiere constante del consentimiento de su base electoral: el pueblo. Su personalidad ha conducido a una serie de errores inofensivos individualmente pero acumulativamente destructivos.
Macron también parece haber olvidado que, en la primera ronda de las elecciones del año pasado, el 48% de los votantes estaban tan descontentos que respaldaron a los extremistas: Marine Le Pen en la derecha nacionalista, Jean-Luc Mélenchon en la izquierda y Una docena de radicales menos carismáticos. Esos votantes no se han ido.
Uno de sus primeros movimientos fue reducir los impuestos sobre la riqueza. El antiguo impuesto a la riqueza era ineficiente, agotaba los incentivos y a menudo se evitaba. Pero su eliminación debería haber ido de la mano con una intención más redistributiva. Del mismo modo, sus aumentos de impuestos sobre el diesel son una propuesta política ecológica, pero debería haber prestado más atención a las personas más afectadas: las personas rurales que luchan y necesitan ir al trabajo desde la periferia hasta las grandes ciudades. La “etiqueta” más dañina que se ha pegado al ex banquero es que él es "el presidente de los ricos".
Al igual que la campaña electoral de Macron, los manifestantes se organizan a través de las redes sociales. A diferencia de ellos, no tienen líderes y carecen de una agenda coherente, por lo que son casi imposibles de negociar.
Macron hoy en día no puede estar convencido de que su decisión, el 5 de diciembre, de cancelar el aumento del impuesto al diesel para el año 2019, eliminará el conflicto que se derivó en las calles.