Fotografía: Sin Autor
Alan González23 de Septiembre del 2019A partir de la negligencia o complicidad de autoridades se privilegio a un pequeño grupo de empresarios; éstos consiguieron proteger y hacer crecer su negocio sin la presión de la competencia, es decir, sin la necesidad de ofrecer mejores bienes y servicios a mayor calidad y precios más accesibles dejando así los mercados bajo el control de muy pocas manos.
México no cambia porque, en lo general, es un país donde no pasa nada al romper las reglas, la clase política no tiene la más mínima presión por hacer las cosas bien y abandonar esta comodidad. Aplicar la ley y fomentar un ambiente de competencia justa genera descontento, por eso es común ver a quien debe aplicar la ley hacerlo a medias, cuidando los intereses personales. No es la tecnocracia quien ha hecho que la riqueza del país esté en manos de unas pocas familias, son años de corrupción; grupos de interés buscando perpetuar sus privilegios. El resultado es el país y los problemas que tenemos en la actualidad.
El día en que la clase política se comprometa con un cambio real que tenga como objetivo principal el bienestar de los consumidores, cuando los empresarios favorecidos por dicho comportamiento, se pongan a competir e innovar y dejen de destinar recursos y fomentar la corrupción, se consolidara otro México, uno donde se tengan la certeza de que sin distinción se aplicarán sanciones si se infringe la ley.
Por último, esta podría ser una de las razones por las que nos resulta casi imposible crecer arriba de 2% anual. Comparado con otras economías en el mundo, México se caracteriza por ser uno de los países con mayores concentraciones de mercado. El poder económico corrompe con más facilidad al poder político, para que las empresas dominantes queden protegidas de la competencia. Ello merma la innovación, la productividad y el espíritu emprendedor.
Lee el punto de vista de la filosofía económica en la siguiente nota: ¿Se puede separar al poder político del económico?.