San Fernando del Valle de Catamarca, 24 de enero de 2007.-
Ref: Denuncia por deslealtad comercial y otros ilícitos…
Al Sr. Director de Comercio de la Provincia de Catamarca
S. / D.
Tengo el agrado de dirigirme a usted y por su digno intermedio ante quién corresponda, con el propósito de denunciar un caso de deslealtad comercial extremo. La denuncia es contra cuatro personas, todas ellas vinculadas a un negocio de reparación de heladeras, lavarropas y electrodomésticos ubicado en la esquina sureste del cruce de calles Junín y Zurita de nuestra ciudad conocido como “El Supermercado de las Heladeras”.
Estuve en esta Dirección de Comercio, sección Defensa del Consumidor en los últimos meses del año pasado, pregunte los requerimientos para hacer una denuncia y una empleada me recomendó hacer la nota con la mayor cantidad de detalles posible. Aquí va entonces. Procedo a relatar los hechos de acuerdo a una sucesión cronológica de detalles según me aparecen en el recuerdo.
El señor Ricardo Ramón, amigo y compañero de trabajo, me facilita una habitación en su casa, ubicada en esta ciudad. Domicilio que circunstancialmente comparto algunos días a la semana, durante el periodo lectivo, con la Profesora Griselda, docente tucumana que se desempeña en el Instituto Superior de Arte y Comunicación de esta provincia.
En marzo pasado, es decir año 2006, hace ya casi diez meses, se averió la heladera que está incluida entre los muebles de la casa. Un día de calor note que la heladera no enfriaba lo suficiente y al abrir el congelador vi que solo había hielo en su porción central. No mantenía el frío en el resto del gabinete.
Comentado el hecho con el dueño de casa, solicité su autorización para llamar a un service de heladeras y como me haría cargo de los gastos que ocasionaría el arreglo, me fue acordada dicha autorización.
Busqué en los avisos clasificados del diario El Ancasti de aquella fecha y encontré en la Sección 26 Hogar, 26.1 - Arreglos - Repar. un aviso que rezaba "Heladeras Tel. 454246. Lavarropas Tel. 454246. Acondicionadores Tel. 454246. Trabajos garantidos a domicilio."
Procedí a comunicarme al teléfono de dicho aviso y pedí un técnico a domicilio para reparación de heladeras. Una voz femenina me solicitó una descripción del desperfecto y características de la heladera. En base al cuadro descripto por teléfono, la mujer adelantó que "habitualmente pasa que se tapan los filtros" y a continuación argumentó que “tienen que ir a verla y ahí le dicen lo que tiene y le hacen el presupuesto”. Seguidamente tomó nota de mi solicitud para lo cual pidió datos del domicilio y teléfono. Al coordinar horarios me informó que solamente podrían visitar mi domicilio por la tarde o el fin de semana, ya que el "muchacho" (sic) tenía otro trabajo por la mañana. Como a la vez yo trabajo por la tarde, prefería que venga el fin de semana, lo que fue acordado y confirmado el sábado siguiente por la mañana y la visita del técnico se produjo a la siesta.
Se acercó a mi domicilio un joven de unos treinta años, tez trigueña, de pelo negro largo atado con colita, que se presentó como Juan, sin decir su apellido. Revisó la heladera abriendo la puerta del congelador, la desenchufó y retirándola de su lugar contra la pared miró en la parte baja posterior, revisando la zona del motor. Con aire canchero y de suficiencia describió los problemas técnicos de la heladera. Filtros obstruidos. La solución era cambiar los filtros y ponerle gas. El precio: $ 150 (ciento cincuenta pesos).
Dado lo elevado del monto para mi presupuesto, pregunté por las garantías a lo que respondió que tenía garantía por un año. No conforme con esa situación, y con algunas dudas por el gasto, solicite precisiones. Por segunda vez y con detalles, Juan aseguro que debía quedarme tranquilo ya que el trabajo estaba absolutamente garantizado.
Entonces realicé una tercera y última pregunta: si valía la pena gastar ese monto en reparar una heladera vieja, si quedaría bien? A lo que la respuesta fue taxativa. Juan procedió a cortar el caño de cobre que une la bocha del compresor con el radiador a la altura del filtro, lo extrajo, lo abrió exhibiendo el herrumbre acumulado y dijo que al cambiar ese filtro y ponerle gas, la heladera podía "tirar" muchos años más.
Esas palabras me convencieron y tomé la decisión de reparar la heladera. Juan se fue a buscar las herramientas y volvió una hora después. Traía las herramientas y a un niño con fuerte acento porteño, de unos diez años de edad, a quien presentó como sobrino.
Trabajó con la heladera por espacio de dos horas mientras conversaba de distintos temas. Yo aproveché para observar como trabajaba. A la vez y tal como hago siempre que se presenta la oportunidad de estudiar un personaje catamarqueño de la vida cotidiana, presté atención a los distintos modos de su discurso. Entre otras cosas contó, casi compulsivamente, su afición por las antigüedades, las peripecias para rescatar de la adversidad a ese sobrino que lo acompañaba a trabajar, las características del barrio donde vivía y el origen de distintos apellidos árabes, incluido el suyo, Seleme... Puso cierto énfasis en la gran cantidad de conocidos en común, ya sean vecinos o compañeros de trabajo. Con respecto a este último tema resultó cierto que la ciudad de Catamarca es chica ya que a varias personas a las que nombró, las conozco y lo conocen.
Mientras tanto, el sobrino del técnico jugaba en el jardín y como pasaba el tiempo le preparamos algo para merendar y luego siguió jugando.
A la hora y media el técnico comenzó a decir que la heladera lo estaba haciendo renegar. Había soldado un filtro nuevo en lugar de aquel que había roto cuando hacía el presupuesto. Cortó otro filtro más largo que va del radiador a la serpentina del congelador. Conectó esos caños directamente aduciendo que ese filtro no tiene ningún rol importante y por ende, no hace falta.
Procedió a colocar nuevamente todos los elementos en sus respectivos lugares, cerró la heladera y supuestamente le puso gas. Digo "supuestamente" porque luego me enteraré que no fue el suficiente.
Juntó las herramientas. Me aseguró que en una hora la heladera estaba enfriando. Cobró los ciento cincuenta pesos sin entregar a cambio ninguna factura o recibo. Se puso esquivo respecto de la garantía (ya que no dejaba constancia de fecha ni nada parecido) y se retiró velozmente aduciendo otro compromiso.
A la hora la heladera no enfriaba. A las dos horas el motor seguía machando y el congelador ni se inmutaba. A las tres horas, luego de comprobar que el motor seguía funcionando sin parar sin modificar la temperatura del refrigerador, decidí desenchufar la heladera.
Al rato busqué nuevamente el número de teléfono en el aviso del diario. Llamé. Me respondió la misma voz de mujer que las veces anteriores. Le expliqué lo que sucedía con la marcha ininterrumpida del motor de la heladera. Me dijo que si el motor no "cortaba" mejor la desconectara de la red eléctrica y que el técnico estaba en un "domicilio", que en cuanto se desocupaba pasaba, pero que por la hora suponía que más seguro mañana. Intenté saber en qué horario y respondió que dependía de la cantidad de trabajo.
Al otro día, domingo, esperé inútilmente. Aproximadamente a las 14 o 14:30 decidí llamar nuevamente por teléfono. Me respondió la misma voz femenina de las otras veces y me dijo que ya había transmitido el mensaje y que pasarían por mi domicilio en cuanto se desocupen. La espera llegó hasta las 21 horas.
Volví a llamar por teléfono el lunes. La respuesta fue similar a la anterior. El martes lo mismo. El miércoles igual. Lo mismo el jueves y el viernes.
El sábado cambió algo. La mujer que atendió el teléfono me pidió que esperara y puso al habla con un señor mayor. En la conversación me dijo, posiblemente con otras palabras, lo mismo que me había explicado la mujer: Que disculpe, que tenían mucho trabajo, que en cuanto se desocuparan pasarían por mi domicilio. Que si no es hoy a última hora, será mañana domingo...
Volví a esperar inútilmente todo el fin de semana. Los días que siguieron llamé sistemáticamente por teléfono. Trate de combinar horarios. Les reiteré mis números de teléfonos para que me llamaran en cuanto tuvieran un momento y me puse a disposición de sus horarios. Todo fue inútil. Ni vinieron, ni hablaron y, para colmo, comenzó a notarse cierto fastidio en las voces que atendían el teléfono.
Nunca me fue proporcionado un domicilio al que dirigirme.
En la conversación que había mantenido con Juan Seleme, durante el transcurso de su trabajo el día que vino a mi casa, dijo que vivía en el norte de la ciudad, dando como referencia la cercanía de la Gruta de la Virgen. También dijo que por las mañanas trabajaba haciendo mantenimiento en la Dirección de Discapacidad, en el centro administrativo de la provincia. Eso y alguna otra información, me hizo suponer que el arreglo de heladeras era su changa de ratos libres. Nunca dejó un domicilio y propuso que "cualquier cosa" lo llame por teléfono al 454246.
Tantas veces hablé al teléfono, que la cantidad de gente implicada en las conversaciones y las veces que del otro lado de la línea se hacía referencia a distintas personas, me hicieron comprender que se trataba de una organización comercial, y no de las changas de fin de semana de un empleado de la provincia.
Por más que lo intenté, no logré conseguir un domicilio donde hacer el reclamo personalmente. Me aboqué a la tarea de conseguir una dirección. Consulté a aquellas personas a las que Juan Seleme había hecho referencia y con algunos datos imprecisos, conseguí dar con la dirección que nunca me había sido proporcionada. Junín y Zurita.
En ese momento me encuentro entonces con tres informaciones contundentes que cambian sustancialmente mi visión de todo el trámite de la heladera. Lo primero es que el teléfono al que llamé una y otra vez figura a nombre de una mujer de nombre Norma Cardozo, cuyo domicilio es en calle Junín 1106. El mismo no queda al norte, como intentó hacerme creer Juan Seleme, por ende estaba tratando con una organización comercial falsa y compleja. Por último, posiblemente estaría tratando con delincuentes, tal como lo constataría más tarde…
En cuanto conseguí la dirección fui hasta el domicilio de Junín y Zurita, eran las 18 horas y mientras bajaba del taxi comprobé que Juan Seleme salía del local por la puerta correspondiente a la calle Zurita y se dirigía a la camioneta bordó en la que había llegado hasta mi casa la primera vez que lo vi. En el instante en que me vio se acercó cruzando de vereda y expresó que justo estaba por ir a mi domicilio en cuanto terminara un trabajo para el cual estaba en ese mismo instante llevando un repuesto.
Culpa del fatal destino se enredaría con estas circunstancias otra que traigo a colación: Como ya dije, dirijo la Comedia Municipal de Catamarca. Para una obra de teatro que deberíamos haber puesto en escena en octubre pasado necesitábamos un gabinete de heladera de los años `60. Le pregunté si tenían algo así y me respondió que si, que tendría que buscarlo. Le pregunté cuanto me costaría y si tenía la posibilidad de facturar, porque esa sería una compra que realizaría la Municipalidad y debía tener todo en regla. Me respondió que no tenía ningún problema en facturar, y que el gabinete en desuso costaría alrededor de sesenta pesos. La charla fue amena y se despidió asegurando que en cuanto se desocupara iría por mi casa.
Su tono fue tal que nunca sospeché que estuviera mintiendo tan descaradamente. Esperé inútilmente su visita, volví a llamara por teléfono y en esta oportunidad me dijeron que todavía no se había desocupado del trabajo que estaba haciendo.
Volví al negocio y me atendió un señor grande, de pelo blanco, un poco panzón, del cual no conozco el nombre pero supongo que es el padre de Juancito. Ante mi énfasis verborrágico se hizo cargo de todas y cada una de las recriminaciones que le hice respecto a la mala atención y el tiempo transcurrido sin la respuesta adecuada. Me pidió mil disculpas, solicitó que no me ofuscara, que él personalmente se haría cargo de solucionar mi problema y que tuviera paciencia. Que, en cuanto venían los “muchachos” los mandaba para allá (quiso decir que la enviaría a mi domicilio).
Al otro día volví y Juan no estaba, pero me atendieron los chicos empleados y me dijeron que ya venía el patrón. Apareció el señor mayor y comenzó a charlar de diversas cosas, entre ellas de mi trabajo, y que él conocía gente de teatro. Que tenía cosas antiguas para vender y que en su juventud había visto mucho teatro. El tono de la conversación animada me dio confianza para pedirle un favor. Le conté sobre la escenografía que tenía que preparar, y que necesitaba de un gabinete viejo, en desuso. Le dije también que ya había hablado con Juan Seleme y le solicité, si tenía entre los trastos viejos un gabinete vacío de heladera de los años `60. Me dijo que si y que no habría ningún problema que pasara el deposito de chatarras que tiene en el fondo y eligiera una. Que no me hiciera problemas con el precio, que después arreglábamos. Pero eso si, que para eso fuera de día, porque no tenía luz en el fondo y ya era oscuro….
Dejé ese trámite para otro momento y me dediqué a esperar que pasaran por mi domicilio. Pasaron días sin que se presentara nadie.
Cansado de la situación alquilé una camionetita que hace fletes y transporté la heladera hasta el taller de la Junín y Zurita. El fletero, Don Aguilar, comenzó el viaje hablando de distintas cosas hasta que se percató de adónde nos dirigíamos. Me preguntó por el traslado de la heladera y qué le pasaba, a lo que respondí con la historia que voy narrando hasta ahora. Antes de llegar a destino me ofreció llevarla a otro taller ya que tenía mala referencia de esta gente y conocía un buen service de heladeras en otro barrio.
Insistí en mi teoría de que los técnicos a los que le llevaba la heladera debían hacerse cargo de repararla ya que me habían dado garantías. Me miró con misericordia y me ayudó a bajar el artefacto en la puerta del taller, hoy recuerdo que murmuró que estos eran unos atorrantes, que ya había pasado por esta situación... Allí conocí otros dos personajes que parecen empleados y que actúan a las órdenes del mismísimo viejito que salió a atender. Él se alegró de que hubiera llevado la heladera “-porque así resulta más fácil hacer la reparación”, “-porque la tienen ahí y para mañana le tengo la respuesta…”. Le ordenó a los muchachos que ayudaran a entrar la heladera y le pagué al fletero. Durante todo este trayecto me acompañó la actriz María Pessacq, quién escuchó y presenció estas acciones.
Como me carga un amigo: tengo que haber ido a la universidad para ser tan ingenuo y estúpido… Al otro día me dijo que ya la había probado y que necesitaba más tiempo, que ellos me llamarían a mi teléfono cuando tuvieran una novedad.
No se ría por favor…, nunca llamaron.
Pasada una semana volví, esperanzado en que hubieran encontrado una solución. No la habían tocado. Me volvió a atender el señor mayor y a pedirme paciencia y a deshacerse en disculpas, y que: “cuando volvieran los muchachos la verían…”
Volví al otro día a la tarde, casualmente encontré al joven Seleme que estaba reparando un lavarropas en la puerta misma del local por calle Zurita. Mostrando las manos sucias con grasa me dijo que no me saludaba porque justamente tenía las manos sucias, lo que debía haber sido un signo descifrable para un experto en interpretación del lenguaje. Luego de dar unas vueltas me llamó aparte y medio enojado, pero hablando en voz un poco más baja, me dijo que “ya había gastado mucho gas”, “que él se hacía cargo del trabajo pero no podía seguir poniendo materiales”, “que le sacaría el motor y lo probaría fuera de la heladera”, en otras palabras, que suponía que era eso lo que tenía, “baja presión en el rotor o motor”. Que volviera al otro día y que me tendría una respuesta.
Volví sistemáticamente, no dejé pasar ni un día sin dar una vuelta: A la mañana decían que a la tarde y a la tarde que al otro día. Sabiendo que Juancito trabajaba los sábados y domingos, sistematicé la llegada al taller hasta esos días y la respuesta fue que estaba haciendo domicilios y que en la semana lo vería. Este señor mayor parecía tener algo de vergüenza y se apiadaba de mis reclamos regalándome anécdotas de todo tipo. Un domingo a la mañana golpee la puerta de la calle Junín y me atendieron las chicas que viven allí. Dejaron la puerta abierta y pude ver a una de ellas, espástica, en silla de ruedas. Se babeaba mientras su cabeza caía hacia el hombro izquierdo. El señor mayor salió en pijamas a atenderme y lo vi gastado y acongojado, sin poder darme explicación. Dejó ver la pieza y el cuadro familiar que lo acompaña y prometió tomar cartas en el asunto y que aunque está retirado del negocio, él mismo se pondría a reparar la heladera.
Me dio lástima. Me apiadé de él y de su suerte y me dije a mi mismo que era un rompebolas al reclamar de esa manera, que la gente también tiene problemas peores que los que yo tengo con una heladera. Pero de paso pregunté por la heladera: Que le habían sacado el motor y que lo estaban reparando. Me señaló un motor que estaba sobre un banco de trabajo, pintado a nuevo. Me dijo que esa noche lo probaban y que si todo estaba bien mañana lo colocaban nuevamente en la heladera.
Ya estaba todo mal. Sospechando una mentira al otro día fui y cuando los empleados fueron a dar aviso de mi presencia, me acerque para mirar la parte de atrás de la heladera. No la habían tocado. La heladera estaba como la había dejado el primer día y obviamente aquel motor que me habían señalado era de cualquier otra cosa. Cuando llegó Juan me dijo que no, que el viejo se había equivocado, que el ya la había probado y que el problema estaba en la serpentina del congelador. Que no podía seguir poniendo plata de su bolsillo y que costaba 60 pesos, que si yo le daba la plata, el mañana la compraba y la cambiaba en el acto. Que a la tarde tenía la heladera en casa, y que él mismo la llevaría.
Harto ya, enojado por toda la situación decidí, pagar por ver. Metí mi mano en el bolsillo, saque los exactamente sesenta pesos que tenía y se los di. Me dije a mi mismo que me ponía y ponía a prueba el destino y le dije que si eran sesenta pesos yo prefería pagarlos a seguir con el calvario de la heladera.
Al otro día volví y encontré el mismo planteo de siempre: “que no había tenido tiempo y que sin falta para mañana…” pero mi sorpresa fue cuando miré la heladera y no tenía el motor…!!! Ahora si lo habían sacado. Me confirmó que si, y que lo estaban revisando. Que vuelva después…
Por lo menos habían decidido sacar el motor para repararlo!! Fui al otro día a la tarde temprano. No estaba Juan y hablé con el viejo al que suponía todo el tiempo como el padre de Juancito Seleme. Le pregunté algunos datos y me contestó con otros planteos distintos de los de su hijo. Aproveche para recordarle lo de aquella carcasa de heladera que necesitaba para el teatro y me acompañó hasta el depósito de materiales para mostrarme restos de una heladera, la caja vacía de una heladera vieja sin puerta. Me parecía lo más apropiada a los fines escenográficos. Era exactamente lo que necesitaba. Me dijo que en cuanto venían los muchachos la movían a la habitación de adelante y que la pasara a buscar al otro día.
Al otro día pasé con una amiga que con su auto me ayudaría a retirar la carcaza y llevarla hasta el fondo del Complejo Cultural Girardi donde estábamos ensayando la obra de teatro. Me atendió el señor mayor. Durante ese trámite pude observar que “mi” heladera seguía como entonces. No la habían tocado y cuando pregunté me respondió que ya lo iban a hacer, que no me preocupara y que para eso pasara en otro momento, cuando estuviera Juancito. Llevé el gabinete de la vieja heladera en el porta tablas del auto.
Volví a pasar una y otra vez, nunca le cambiaron la serpentina del congelador, el motor nunca más estuvo en su lugar y habían pasado cuatro meses desde la primera llamada al 454246. Uno de esos días Juancito estaba arreglando algo de su auto en la vereda, me vio y dijo: “Don Neme, usté si que no tiene ningún problema...” no entendí a que se refería. Me dijo que tenía un problema con el auto y que en cuanto lo solucionaba se dedicaba a la heladera, que ya tenía todo lo necesario. Me fui resignado y dispuesto a volver al otro día.
Volví. Soy muy paciente y creo en la persistencia de las acciones y en la ética (y la paciencia) en el manejo de las relaciones personales. Creo que hice una zanja entre mi casa y el local de reparaciones. Un día ya me colmó la paciencia. Reclamé airadamente y me dijeron que “ya” se ponían a trabajar en la heladera.... que por favor no me enojara porque me enfermaría y, que, aunque no lo estaba haciendo en ese momento, no gritara porque el viejito era enfermo del corazón y que se ponía nervioso. Al fin, que la reparaban y la llevaban. Obviamente, ya se lo imagina, esperé inútilmente que la llevaran.
Eran finales de julio, en invierno (si uno no tiene chicos chiquitos) no es tan importante una heladera. Recordaba la primera heladera que conocí en la casa de mis padres, una pequeña caja de hierro con estructura de madera y algunas paredes internas forradas en cinc o estaño. Tendría un metro de alto y una manija que trababa la puerta con mucha fuerza para mi contextura infantil. Por el barrio pasaba el carro del hielero y mi madre compraba un cuarto de barra de hielo todos los días. Hoy esa realidad no se puede creer. Entonces pensé en todas las cosas que se hicieron sin que exista la heladera familiar, dieron vuelta por mi cabeza generaciones y pueblos que antes de tener heladera hicieron construcciones culturales importantísimas, me encomiendo a dios, y renuncié a la ansiedad del reclamo. Pienso más y cierro los ojos por el recuerdo que me acompaña y me doy cuenta que en aquél entonces, posiblemente para ahorrar el hielo (no como pasa con los chicos de ahora que abren la heladera a cada rato), solo mis padres abrían la heladerita…
Volviendo a la historia. Pasaron cinco días y ya era agosto. Al ritmo que me permitían mis ocupaciones y el trabajo, volví al local de Junín y Zurita. Me abarajó en la puerta Juancito, con cara de que no hay ningún problema y al grito de que ya tiene lista la heladera y que ya me la lleva...! ya mismo!
La escena es para hacer una película italiana en donde se rían del incauto. En la puerta Juancito dijo claramente que tenía lista la heladera y que vaya a casa a esperarlos porque ya la llevaban. Yo dije que me iba hasta la plaza “25 de Agosto” a buscar una de esas camionetas que se estacionan sobre la calle Hipólito Irigoyen y que hacen fletes. La verdá, que deseaba transportarla yo mismo sobre mi hombro si hubiese sido posible.
Juancito apoyó su mano en mi antebrazo izquierdo como para contenerme, me miró a la cara y dijo que el hermano de este flaco, señalando a uno de los empleados que estaba allí, y al que conocí la primera vez que hable con el viejo, tiene una camioneta y necesita trabajar, prefiero darle trabajo a él. Acto seguido le dijo al flaco que llamara a su hermano para un viaje. El Flaco tomó el celular que estaba arriba de un lavarropas que estaban reparando en el taller y supuestamente marcó un número. Delante mío habló y yo puedo dar fe que lo escuché decir: -Estás con la camioneta? tenemos un viaje…
Supuestamente del otro lado del teléfono alguien le contestaba que estaba ocupado. El Flaco levantó la cabeza, miró a Juancito, le dijo que estaba ocupado y sin esperar reacción preguntó al teléfono en cuanto se desocupaba. Repitió mirando a Juancito lo que supuestamente le decían del otro lado: En una hora.
Juancito me miró, retiró su mano de mi brazo, se apartó un poco y repitió todo lo que yo ya había escuchado. Que el de la camioneta estaba ocupado. Que se desocupaba en una hora y que me fuera a casa a esperarlo porque en ese lapso de tiempo estarían en mi casa. Un actor no lo podría haber hecho mejor. Estoy acostumbrado a ver escenas, créame que nadie actúa mejor, que no hay un mejor actor que Juancito en Catamarca. Es más, son una troupe, un elenco de teatro de los buenos… Juancito, el viejo, las hijas (incluida la de la sillas de ruedas) y su empleado al teléfono.
Como le iba diciendo, nunca llegaron. Ni ese día, ni ningún otro.
Decidí hacer las cosas de otro modo. Ya era el ocho de agosto de dos mil seis. Fui a la policía con el propósito de denunciar a los propietarios del negocio de Junín y Zurita. Intuí que habiéndose desarrollado la primera parte de la estafa comercial en mi domicilio, debía dirigirme a la Comisaría Cuarta. Allí me recibió un chico joven, que estaba de guardia. Recuerdo que tenía una cicatriz en la cara que me llamó la atención. Me preguntó qué necesitaba, se cercioró de que la denuncia correspondiera con el domicilio de la comisaría y escuchó atentamente lo que yo quería denunciar. Lentamente comenzó a esbozar una sonrisa. Luego un gesto más grande para finalmente agarrarse la cabeza y apoyarse en el mostrador de la comisaría. -No me diga que fue a la Zurita y Junín!!
-Si, ahí fui. - respondí yo mientras me daba cuenta del porqué de su cara.
-Lo mismo le hicieron a mi viejo con la heladera!!!!- dijo cuando ya se le había borrado la sonrisa y le cambió sustancialmente el gesto. Me refirió datos que me permitían reconocer su relato como una copia textual de lo que me había pasado. “Un joven que va a la casa y termina destruyendo la heladera, un viejito que la va de bueno y que cuando uno se ofusca pide perdón...” cada detalle calcado de lo que me había pasado y acabo de describir. El que me estaba relatando esos hechos era un policía...! No salía de mi asombro. El joven se dirigió a los sumariantes de la policía judicial y una señora me tomó la denuncia.
El trámite llevó un rato. La señora que me tomaba la denuncia se asesoraba sobre cada paso que tenía que dar y salió a la luz el tema de si correspondía hacer la denuncia en la comisaría de mi domicilio, o aquella comisaría que tenía jurisdicción sobre el de Junín y Zurita. Al fin me tomó los datos y realicé la exposición policial. Me explicó que entonces, como implicaba a gente que vivía o tenía domicilio en otro lugar de la ciudad, esa actuación pasaría a la comisaría correspondiente. Mientras tanto y al tiempo que tomaba notas, me comentaba sobre las dificultades del caso. Taxativamente me recomendó hacer una carta documento a Seleme. En esa carta debía reclamar la heladera y quedaría constancia sobre mi reclamo. Los términos en que reclamaba implicaban un emplazamiento a devolverme la heladera en condiciones. Antes de despedirme tuvo unas palabras de desazón para con mi caso, no creo que se pueda hacer mucho. No tiene factura, recibos, o constancias por escrito de lo que está diciendo.
Pero es verdá, alcancé a murmurar mientras salía.
Al otro día redacté la carta documento. Di varias vueltas, quería que fuera contundente. No estaba seguro de su redacción legal pero tenía la certeza de lo que debía reclamar.
Fui al Correo Argentino, compré un formulario y tipié lo siguiente:
A. R. CARTA DOCUMENTO
REMITENTE Oscar Németh
DESTINATARIO DEL ENVÍO Juan Seleme
San Fernando del Valle de Catamarca
Sr. Juan Seleme:
Habiendo pasado un plazo de más de cinco meses de la entrega para reparación de una heladera familiar Neba perteneciente al Sr. Ricardo, y luego de haberle abonado de antemano la suma de $ 210.- (pesos doscientos diez), y otros gastos ocasionados por el traslado y el reclamo, intimo a usted a que en el término de veinticuatro horas devuelva la heladera en las condiciones pactadas oportunamente (reparación, normal funcionamiento, garantía y entrega en el domicilio correspondiente).
En todos los casos me reservo los derechos legales a los que hubiere lugar.
Oscar Németh