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MIENTRAS TRATO DE VIVIR
Las horas son nuestras
ULISES BURGO
JUNIO 07, 2026
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Las horas son nuestras cuando su cuerpo y el mío se juntan. Cuando lo único que separa a nuestras bocas son los segundos entre un beso y otro.
La mejor de las experiencias, hasta el momento, ha sido la de abril; una tarde maravillosa de reencuentro y deudas pendientes, donde todo lo que nos habíamos extrañado se había ido con la misma rapidez con la que caímos en la cama. Fue la primera vez que las palabras salieron voluntariamente de mí y de su sonrisa inconfundible y honesta. Fue la primera vez que él habló para preguntar sobre mi estado de placer. Cada minuto era nuestro. Eran nuestros los movimientos y el ansia inagotable de estar juntos y de que ni el tiempo nos separara. Su pelo era tan diferente y tan palpable.
Perdí la noción del tiempo; preferí perderme en él. No he podido ni querido olvidar esa jornada de actividad sexual que, aunque ya he tenido muchas con él, de todas, esa fue la mejor. Éramos, él sol, y yo luna en un eclipse sin igual. Lo extraño. Lástima de situación: solamente sesiones de coito y ni un gramo de amor. No confundamos amor con conexión sexual.
Las horas son nuestras, solo las horas, pues el amor no existe ni para buscarnos cuando ambos necesitamos sentir.
Una experiencia increíble también, fue la que sucedió en julio del 2025. Conocí a un chico cuya voz me parecía rara y cuyos ojos me parecían haber no visto en ningún lado. La conexión con él era increíble, sus besos eran bellos. La experiencia con él, que califico de increíble (como lo he dicho), es la de la ocasión en que me llevó a su casa. Nos vimos en un lugar del centro. Caminamos al punto en donde debíamos abordar el transporte público para llegar. Fue un largo viaje. Su hogar era parte de un fraccionamiento en las afueras de la ciudad.
Bajamos del transporte público, pasamos por el arco de entrada, caminamos un largo tramo de pavimento para poder llegar a su edificio. Su recámara estaba llena de peluches. Las flores que le obsequié momentos antes las dejó sobre la barra de la cocina. Nos besamos. Rogó porque me despojase de la playera; lo hice con la condición de que él lo hiciera, también. Nos besamos más. Estuvo encima de mí hasta el punto en que sintió mi miembro erguido. Estuvimos, aproximadamente, tres o cuatro horas juntos. Con la boca, hizo algunas marcas en mi pecho. Era un chico con el que daban ganas de estar a todas horas. Cuando quiso tomar mi sexo, llegó la hora de irme. Besos inolvidables.
Las horas fueron nuestras, de nosotros y de los besos que lentamente intercambiábamos. Fueron suyas y mías y nunca más de alguien.
Mi tercera experiencia maravillosa, sexual de igual forma, es más reciente. Sexo oral. Fantástico. ¿De qué otra manera lo puedo descubrir? Esas prácticas puedo clasificarlas como ilícitas, por el nivel de placer que provocan. Esa experiencia ha sido la única de su tipo en esta habitación. Me retorcí. Miré al cielo implorando que este momento no terminara y que su boca no se desprendiera de mí. Fue un momento con inicio maravilloso y con el final que prefiero no contar, pero que es posible imaginar a que me refiero.
Las horas no fueron de nadie. Ya ni yo era de él. Fue mía su boca y fue de él mi éxtasis.
No olvido que en estas tres experiencias las horas fueron, son o ya no son nuestras.
Ulises Burgo
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Colaboradora desde el 24 de mayo de 2026. Escribió en la edición mensual y publica su blog en el sitio web.
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