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ORPHÉA
Sin rencor
Hay despedidas que ocurren sin que nadie se vaya.
Hay personas que siguen estando ahí, siguen apareciendo en los mismos lugares, siguen formando parte de tus recuerdos y, aun así, algo cambia. Algo se rompe. Algo deja de sentirse igual.
Supongo que por eso estoy escribiendo esto.
No porque quiera pelear.
No porque quiera señalar culpables.
Ni siquiera porque espere una respuesta.
Estoy escribiendo porque hay cosas que pesan demasiado cuando se quedan guardadas. Porque hay palabras que nunca dije y pensamientos que llevan meses dando vueltas en mi cabeza. Porque a veces escribir es la única manera de acomodar el desastre que uno tiene dentro.
Y porque, aunque este texto se llama Sin Rencor, eso no significa que no me haya dolido.
Todavía recuerdo aquella discusión.
Y no, no fue la fotografía.
Nunca fue la fotografía.
Porque si soy sincera, una foto no tiene el poder de destruir una amistad de años. Lo que me dolió fue todo lo que vino después.
Me dolió que una fotografía se convirtiera en una prueba de lealtad.
Me dolió que una situación tan pequeña terminara convirtiéndome en una traicionera ante tus ojos.
Me dolió escuchar palabras que jamás imaginé escuchar de alguien que me conocía desde hacía tantos años.
Y más que nada, me dolió que pareciera que todo lo que vivimos juntas hubiera desaparecido de un momento a otro.
Porque si algo me quedó claro en todo esto es que nunca viste lo que yo veía.
Mientras tú veías una traición, yo veía una situación en la que me estaban obligando a escoger.
Y quizás esa sea la parte que más me lastimó.
Me sentí como esos hijos que quedan atrapados entre dos padres divorciados.
Como si tuviera que elegir a quién querer.
Como si tuviera que escoger un bando.
Como si una amistad tuviera que morir para demostrar que otra sigue viva.
Y la verdad es que nunca quise hacer eso.
Sí, te conocí primero.
Sí, nuestra amistad tiene años.
Sí, fuiste una de las personas más importantes de mi vida.
Pero eso nunca significó que tuviera que darle la espalda a otras personas.
Porque aunque después de que ustedes terminaron empecé a hablar más con él, nunca fue por hacerte daño.
Simplemente pasó.
Coincidimos.
Platicamos.
Y descubrí que también podía llevarme bien con él.
De la misma forma en que me llevaba bien contigo.
Porque una amistad no debería depender de una ruptura amorosa.
Porque los problemas de una relación no tendrían por qué convertirse en los problemas de todos los demás.
Y sin embargo, eso fue exactamente lo que sentí.
Que de pronto tenía que escoger entre dos personas a las que apreciaba.
Y no quería hacerlo.
No porque no te quisiera.
Sino porque tampoco tenía por qué dejar de hablar con alguien más para demostrarlo.
Yo no estaba dentro de su relación.
Yo no fui responsable de sus discusiones.
Yo no tomé sus decisiones.
Yo no cometí sus errores.
Yo solo intentaba estar en paz con ambos.
Y sinceramente sigo sin entender por qué eso estaba mal.
Pero lo que más me confundió fue escucharte hablar de confianza y lealtad.
Porque si vamos a hablar de confianza, entonces hablemos de confianza de verdad.
Muchas veces me enteré de cosas importantes de tu vida por otras personas.
Muchas veces escuché noticias sobre ti antes de que tú me las contaras.
Y ya había llegado un punto en el que ni siquiera me sorprendía.
Cuando alguien llegaba y me decía “¿ya supiste lo que pasó?”, yo ya sabía que probablemente volvería a enterarme por terceros.
Y eso también dolía.
Porque yo sí te dije que me molestaba.
Yo sí te dije que prefería escucharlo de ti.
Yo sí esperaba que me contaras las cosas.
Pero seguía ocurriendo.
Entonces no puedo evitar preguntarme:
¿Dónde estaba esa confianza de la que tanto me hablabas?
Porque la confianza no funciona en una sola dirección.
La lealtad tampoco.
Y cuando hablas de lealtad, hay algo que me gustaría que recordaras.
No para echarte cosas en cara.
No para cobrar favores.
Simplemente para que no se te olvide.
No se te olvide que yo también llegue a ser Maddy.
La amiga que se preocupaba.
La amiga que preguntaba.
La amiga que se quedaba pensando si habías llegado bien.
La amiga que se preocupaba cuando no contestabas.
La amiga que salió a buscarte.
La amiga que recibió regaños por intentar ayudarte.
La amiga que estuvo ahí cuando las cosas se pusieron difíciles.
La amiga que genuinamente quería verte bien.
Porque a veces siento que toda nuestra historia quedó reducida a una sola discusión.
Y no.
También existieron años enteros antes de eso.
También existieron risas.
También existieron conversaciones.
También existieron momentos en los que hice todo lo posible por estar contigo cuando me necesitabas.
Por eso me duele tanto que una de las palabras que usaste fuera “traicionera”.
Porque si realmente fui tan poco leal, entonces no entiendo por qué estuve ahí tantas veces.
No se te olvide que yo también fui esa amiga.
Y tampoco quiero hacerme la víctima.
Porque sería injusto.
Yo también cometí errores.
Yo también me equivoqué.
Yo también pude haber manejado algunas cosas de otra manera.
Y si algo aprendí observando todo esto es que casi nunca existe un único culpable.
Por eso tampoco voy a fingir que toda la culpa fue tuya.
Ni toda la culpa fue de él.
La realidad es que ambos la regaron.
Los dos.
Tomaron decisiones que no ayudaron.
Cometieron errores.
Tuvieron problemas de comunicación.
Siguieron intentando algo que parecía romperse una y otra vez.
Y aunque puedo entender ciertas cosas de una parte, también puedo entender ciertas cosas de la otra.
Porque la realidad rara vez tiene un solo lado.
Pero hay algo que creo que ninguno de los dos llegó a notar.
Mientras intentaban resolver sus problemas, también estaban arrastrando a otras personas.
Y no lo digo con enojo.
Lo digo con tristeza.
Porque en medio de toda esa historia terminé construyendo una amistad muy bonita con una persona que jamás habría conocido de no ser por ustedes.
Y aunque sé perfectamente las cosas que se dijeron.
Aunque conozco versiones distintas.
Aunque he escuchado opiniones que probablemente nunca debí escuchar.
También sé algo más.
Le tengo cariño.
Un cariño genuino.
Porque nuestras conversaciones, nuestras risas y nuestra amistad no nacieron de sus problemas.
Nacieron de nosotras.
Y a veces sentía que mientras ustedes discutían, sin darse cuenta estaban rompiendo mucho más que una relación.
Nos estaban agotando a quienes estábamos alrededor.
Porque mientras tú me contabas una parte, él le contaba otra a ella.
Y después nosotras hablábamos.
Y poco a poco empezamos a cargar con conflictos que no eran nuestros.
Con problemas que no habíamos provocado.
Con situaciones que tampoco podíamos resolver.
Y llegó un punto en el que todo comenzó a sentirse agotador.
Porque ninguna de las dos quería ser juez.
Ninguna de las dos quería escoger un bando.
Ninguna de las dos quería cargar con una guerra ajena.
Solo queríamos conservar nuestras amistades.
Y quizás por eso me duele tanto.
Porque siento que, sin querer, terminaron afectando relaciones que no tenían nada que ver con su historia.
Y aun así sigo apreciando a las personas que conocí en el camino.
Porque las amistades que construí fueron reales.
Y tampoco creo que sea justo tener que renunciar a ellas para demostrar cariño hacia alguien más.
Últimamente también pienso demasiado en la palabra amistad.
Y eso me asusta.
Porque durante años fue una de las pocas cosas de las que estaba segura.
Hay una frase de un libro que no deja de rondarme la cabeza desde que pasó todo esto:
“La palabra amistad me vino a la cabeza, pero la amistad, como la define todo el mundo, me era ajena, algo improductivo que no me importaba en absoluto.”
Y aunque no la siento exactamente igual, entiendo por qué vuelve a mí una y otra vez.
Porque después de todo esto me he descubierto cuestionando algo que antes parecía tan simple.
Me he preguntado qué significa realmente confiar en alguien.
Qué significa ser leal.
Qué significa quedarse.
Qué significa estar para alguien.
Y lo peor es que ya no tengo respuestas tan claras como antes.
A veces siento que la amistad que conocía se quedó en algún lugar del pasado.
Entre conversaciones de secundaria.
Entre tardes que parecían eternas.
Entre promesas que creíamos imposibles de romper.
Y quizás por eso duele tanto.
Porque no siento que solamente haya perdido una discusión.
Siento que estoy despidiéndome de una versión de ti que ya no existe.
La amiga que conocí hace años.
La amiga con la que podía hablar durante horas.
La amiga que pensé que seguiría conmigo durante mucho más tiempo.
Y tal vez eso es lo que más duele.
No la fotografía.
No los insultos.
No las discusiones.
Sino descubrir que las personas también cambian mientras nosotros seguimos aferrados a sus recuerdos.
Aun así, entre todo el enojo y toda la decepción, hay algo que sigue siendo verdad.
Todavía te tengo cariño.
Y probablemente siempre te tendré un poco.
Porque seis o siete años no desaparecen de un día para otro.
Porque los recuerdos siguen ahí.
Porque las risas siguen ahí.
Porque las historias siguen ahí.
Y porque, aunque ahora estemos lejos, no puedo fingir que nunca significaste nada para mí.
No sé qué va a pasar después.
No sé si volveremos a hablar.
No sé si algún día volveremos a arreglar esto.
Pero sí sé algo.
No te guardo odio.
No te deseo nada malo.
Y si algún día decides volver a acercarte, no encontrarás una puerta cerrada.
Porque a pesar de todo, sigo valorando los años que compartimos.
Sigo agradeciendo los momentos buenos.
Y sigo creyendo que las personas son mucho más que sus peores errores.
Quizás el verdadero duelo no es perder una amiga.
Quizás el verdadero duelo es despedirse de la persona que creías conocer.
Sin rencor.
Pero con memoria.
Meredith Villalba
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Colaboradora desde el 13 de mayo de 2026. Escribe en la edición mensual y publica su blog en el sitio web.
IG: @merisvk
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