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ORPHÉA
Sin pausa
Dicen que los límites existen para mostrarnos hasta dónde podemos llegar. Sin embargo, nadie habla de ese momento en el que dejan de ser una meta y comienzan a convertirse en un peso invisible. No es una herida que pueda verse ni una enfermedad que aparezca en una radiografía. Es algo más silencioso, más discreto. Llega poco a poco, como una niebla que se instala sin permiso y termina cubriendo cada rincón de la mente. A eso le llamamos estrés académico.
Durante mucho tiempo pensé que el estrés era una palabra reservada para los adultos, para quienes cargaban con responsabilidades demasiado grandes. Creía que era algo lejano a la vida de un estudiante. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que también puede esconderse entre tareas, proyectos, exposiciones y exámenes. Puede aparecer en una agenda llena de pendientes o en una noche en la que el sueño se interrumpe porque la mente sigue repasando todo lo que falta por hacer.
Lo extraño es que, desde afuera, todo parece normal. Las personas continúan asistiendo a clases, entregando trabajos y sonriendo en los pasillos. Pero por dentro ocurre algo diferente. La mente se convierte en una habitación oscura donde los pensamientos se acumulan como sombras. Una recuerda la fecha de entrega que se acerca. Otra susurra el miedo a equivocarse. Otra más pregunta constantemente si todo el esfuerzo será suficiente. Y aunque intentemos ignorarlas, permanecen ahí, ocupando espacio hasta que el silencio desaparece.
A veces el estrés no se parece a una tormenta. Se parece más a una gota de agua que cae una y otra vez sobre la misma piedra. Al principio parece insignificante, pero con el tiempo deja una marca imposible de ignorar. No siempre llega acompañado de lágrimas o de una crisis evidente. En ocasiones se presenta como cansancio constante, falta de concentración o una sensación de agotamiento que permanece incluso después de descansar.
Lo más difícil es que muchas personas aprenden a convivir con él. Se acostumbran a vivir entre pendientes, expectativas y preocupaciones. Continúan avanzando mientras intentan ocultar el peso que llevan dentro, como si admitir que están cansadas fuera una señal de debilidad. Sin embargo, reconocer nuestros límites no nos hace menos capaces; nos hace humanos.
Quizá por eso es importante hablar del estrés académico. Porque no se trata únicamente de calificaciones, tareas o exámenes. También se trata del miedo a
fracasar, de la presión por cumplir expectativas y de la sensación de que siempre podríamos hacer más. Y aunque a veces parezca una sombra imposible de alcanzar o una niebla que nunca termina de disiparse, es importante recordar que nuestro valor no depende de una nota. Después de todo, ninguna calificación debería tener más poder sobre nosotros que nuestra propia paz mental.
Por Meredith Villalba
Publicado en Orphéa
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