Serendipia. Para leer sin prisa y conquistar sin pausa
«¡Este año es el último que organizo este evento!» Es la frase preferida del director del museo Conde de Lemos en la ciudad de Cáceres.
Todos los años se destinan quince días, durante las vacaciones de verano, para realizar unas jornadas dedicadas a los estudiantes de Bellas Artes.
Tanta presión le hace perder el control. Deambula por los pasillos como un torbellino, entra y sale de las salas, gesticulando y dando miles de instrucciones. Más que ayudar agota a los trabajadores con tantas preguntas.
—¿Se ha revisado el tema de las luces?, ¿los micrófonos y el proyector?, ¿y los aires acondicionados? Es fundamental que las salas estén a una temperatura algo más baja de lo habitual; eso los mantendrá relajados. Necesitamos contener las energías desbordantes de tanta juventud, —el director habla de forma compulsiva. Crea a su paso una maraña de palabras que nadie es capaz de desliar.
Nunca entendí por qué este hombre pierde el juicio durante este mes. Llevamos más de diez años con las jornadas, y muchos premios que certifican lo bien que lo hacemos. En fin, habrá que tener paciencia.
El personal de mantenimiento revisa hasta el último detalle para que nada falle. Mañana, cuando el conserje abra las puertas, los pasillos se llenarán de jóvenes cargados de risas ahogadas en falsas muecas de seriedad. Un renovador aire de vida desafiará la rutina diaria. Los monitores deberán hacer uso de todo su ingenio para cautivar el interés de estos futuros artistas.
Primer sábado de las vacaciones de verano, nueve y treinta de la mañana, Camilo, uno de los empleados más antiguos del museo, recibe al primer grupo. Una veintena de jóvenes acalorados por el viaje y ansiosos de aventuras.
—Buenos días. Mi nombre es Camilo, hoy seré vuestro guía. Por favor, me acompañan. —Señala la sala que está al final de la galería.
Dos azafatas abren las puertas y sitúan a los jóvenes en el lugar indicado.
—Nos encontramos en la sala del barroco italiano —explica Camilo—. Antes de comenzar el recorrido, me gustaría comentar un detalle curioso sobre la pintura que se encuentra a mi espalda. Jugadores de cartas de Caravaggio, con fecha de 1595.
Camilo se gira y acciona una luz que ilumina desde el techo de forma directa al cuadro.
—Sobre esta obra pesa una maldición lanzada por el propio artista —Camilo se coloca en un costado y comienza la explicación—. Forma parte de una serie de cuadros de escenas de género picaresco. En todos ellos existe como elemento común un ingenuo que es timado por un pícaro. —Con el puntero de luz destaca los rostros de los distintos personajes según menciona sus características.
Matías, uno de los alumnos estrella del grupo, acostumbrado a destacar entre sus compañeros, completa la información del guía.
—El artista, trata toda la escena como una novela. Pretende evocar el drama del engaño y los abusos de los timadores, tan característicos en la época. Además, refleja escenas de la propia vida de Caravaggio, que se movía en ese ambiente de engaños y pequeños delincuentes.
—Gracias por su comentario —dice Camilo, poniendo de manifiesto su malestar por las inoportunas intervenciones del joven—. La leyenda cuenta que Caravaggio quería que en este cuadro el timado descubriera al timador. Él había sido la víctima en su última partida de cartas y se sentía muy humillado. Su protector, el Cardenal Del Monte, se lo prohibió bajo amenaza de expulsión de la corte. Caravaggio maldijo el cuadro y juró que no descansaría hasta poder cambiarlo.
Mientras Camilo continúa con la historia, Matías mira embelesado la obra. Todo a su alrededor comienza a desaparecer. Una luz tenue y un bullicio apagado lo envuelven. Está sentado junto a una mesa, sus ropas lucen distintas. Dos personas lo acompañan. Una habitación desconocida, un tiempo que no es el suyo.
—Le toca tirar cartas. ¿A qué está esperando? —El timador se inclina sobre la mesa para increpar a Matías. El joven reconoce la escena y siente que tiene una misión que cumplir.
—No. No jugaré todavía, estoy pensando —Matías se vuelve hacia atrás, mira al secuaz, y sonríe—. ¿Qué hace? ¿No pretenderá ver mis cartas?
—¡No! No, solo intento colocarme el guante.
—Creo que las cartas que tiene escondidas, no le serán útiles esta vez. —Matías ha decidido poner en evidencia a los embaucadores; no se dejará timar.
El timador, desconcertado, comienza a ponerse nervioso.
— ¿Quién eres tú? ¿Qué haces?
Las preguntas quedan flotando en la nebulosa que envuelve a los personajes. Atemporal pero tan real como el fogonazo que le devuelve a su tiempo.
—No está permitido sacar fotos. Por favor, el flash es muy dañino para las pinturas —dice el guía y continúa con su explicación.
Matías ha vuelto a su tiempo, pero el cuadro refleja una realidad distinta, aunque apenas perceptible. Sin saber muy bien porqué, se siente satisfecho. Imprecisos recuerdos, como si de un sueño se tratase, se agolpan en su mente. Un escalofrío recorre su cuerpo y una voz le susurra al oído: «Gracias. Ya puedo descansar en paz».
Matías se vuelve en busca de aquella extraña voz. Pero nada delata al emisor.
—¿Te ha sucedido algo? —pregunta Camilo, sorprendido por la reacción del joven.
—No, solo tengo un poco de frío.
—Bien, entonces continúo. Con esta obra Caravaggio contrarió a su mecenas, lo que le supuso perder su apoyo y la inmediata expulsión de su séquito. Este acto de rebeldía cautivó a la creciente aristocracia, haciendo que sus cuadros fuesen muy codiciados.
Esta mañana, cuando se abrieron las puertas, presentí que por fin mi historia cambiaría.
Solo se necesitaba alguien con imaginación, una pizca de coraje y que se dejara llevar.
Relato perteneciente al libro Serendipia: Relatos que se leen sin prisa y conquistan sin pausa
Serendipia. Una serie de relatos cortos donde podrás vivir otra vida durante cinco minutos cuentosdeSerendipia KindleUnlimited
Un paseo de la mano de sus personajes para descubrir los demonios que agitan su corazón.
Te invito a que letra a letra descubras la historia secreta de cada cuento. Al final de cada uno, siempre desearás una página más.