Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de un bosque mágico, una niña llamada Carmesí. La llamaban así porque siempre llevaba una capa roja, cosida con amor por su abuela. Un día, la abuela de Carmesí enfermó con un resfriado muy fuerte. Su voz sonaba como el crujir de las hojas secas bajo los pies, y su tos era como el viento soplando entre las ramas desnudas del invierno.
"Carmesí, mi niña," dijo la mamá de Carmesí con voz suave pero preocupada, "tu abuela está muy malita. Necesita un poco de sopa caliente y unas galletas de miel. ¿Serías tan amable de llevarle esta cesta?"
Carmesí, con su capa roja ondeando al viento, asintió con entusiasmo. "¡Por supuesto, mamá! Le llevaré la cesta a la abuela y la haré sentir mejor."
La mamá de Carmesí le advirtió: "Ten mucho cuidado en el bosque, Carmesí. No te salgas del camino y no hables con extraños. El bosque puede ser un lugar maravilloso, pero también puede ser peligroso."
Con la cesta en la mano, Carmesí se adentró en el Bosque Brillante. El sol filtraba sus rayos entre los árboles, creando manchas de luz danzantes en el suelo. Los pájaros cantaban melodías alegres y las ardillas correteaban entre las ramas. Todo parecía mágico y seguro.
Pero, ¡ay!, no todo era lo que parecía. En lo profundo del bosque, un astuto zorro, de nombre Rufino, observaba a Carmesí con sus ojos brillantes. Rufino era conocido por su lengua afilada y sus planes ingeniosos.
"¡Buenos días, pequeña Caperucita Carmesí!" saludó Rufino con una voz dulce y melodiosa. "¿A dónde vas con tanta prisa?"
Carmesí, recordando las palabras de su madre, dudó por un momento. Pero la voz del zorro sonaba tan amable que no pudo resistirse a responder. "Voy a casa de mi abuela. Está enferma y le llevo una cesta con sopa y galletas."
"¡Qué amable eres!" exclamó Rufino. "¿Y sabes qué? He oído que en lo profundo del bosque crecen unas flores silvestres preciosas. ¡Serían el regalo perfecto para tu abuela! ¿Por qué no te desvías un poco del camino y le recoges un ramo? Estoy seguro de que le encantará."
Carmesí, tentada por la idea de alegrar a su abuela con flores, aceptó la sugerencia de Rufino. "¡Qué buena idea! Iré a buscar flores para la abuela."
Mientras Carmesí se adentraba en el bosque en busca de flores, Rufino corrió a casa de la abuela de Carmesí. Llegó jadeando a la puerta y llamó suavemente.
"¿Quién es?" preguntó la abuela desde dentro.
Rufino imitó la voz de Carmesí. "Soy yo, abuelita, tu nieta Carmesí."
La abuela, aliviada, abrió la puerta. ¡Pero en lugar de Carmesí, se encontró con el astuto zorro! Rufino, de un salto, encerró a la abuela en el armario y se puso su camisón y su gorro. Se metió en la cama, esperando la llegada de Carmesí.
Mientras tanto, Carmesí, ajena al peligro, recogía un hermoso ramo de flores silvestres. Estaba tan absorta en su tarea que tardó mucho más de lo que había pensado. Finalmente, con el ramo en una mano y la cesta en la otra, llegó a casa de su abuela.
Carmesí llamó a la puerta. "Soy yo, abuelita, Carmesí."
Rufino, disfrazado de abuela, tosió un poco para hacer que su voz sonara más creíble. "¡Adelante, mi niña!"
Carmesí entró en la casa y se acercó a la cama. La abuela parecía muy rara. "Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!"
"Son para verte mejor, mi niña," respondió Rufino.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!"
"Son para oírte mejor, mi niña," dijo Rufino.
"Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!"
"¡Son para comerte mejor!" gritó Rufino, saltando de la cama y revelando su verdadera identidad.
Carmesí gritó aterrorizada. Afortunadamente, un leñador fuerte y valiente, que pasaba por allí, escuchó los gritos de Carmesí. Entró corriendo en la casa y, al ver al zorro, lo atrapó con su hacha.
El leñador liberó a la abuela del armario y Carmesí la abrazó con fuerza. El leñador, con una sonrisa, le dio una buena lección a Rufino y lo dejó escapar con la promesa de que nunca más volvería a hacer daño a nadie.
Carmesí y su abuela, agradecidas, invitaron al leñador a compartir la sopa y las galletas. Aprendieron una valiosa lección ese día: siempre hay que escuchar a los padres y nunca confiar en extraños. Y aunque el Bosque Brillante era hermoso, siempre era mejor mantenerse en el camino correcto.
Desde ese día, Carmesí nunca más se desvió del camino cuando visitaba a su abuela. Y Rufino, el astuto zorro, aprendió que la bondad y la honestidad son mucho más valiosas que la astucia y el engaño. Fin.