Érase una vez, en un valle verde y florido, tres chamchitos hermanos: Tito, el más pequeño; Coco, el mediano; y Ramón, el más grande y fuerte. Estaban cansados de vivir en su casita vieja y decidieron construir nuevas casas para ellos mismos.
"¡Construiré una casa de paja!" exclamó Tito, el más pequeño. "Será rápida y fácil." Y así lo hizo. En un solo día, Tito terminó su casita de paja, que aunque bonita, parecía un poco frágil.
Coco, el chamchito mediano, pensó que la paja era demasiado débil. "¡Yo construiré una casa de madera!" dijo con determinación. Trabajó duro, cortando ramas y uniéndolas con barro. Su casa era más fuerte que la de Tito, pero aún no era muy resistente. Le tomó tres días construirla.
Ramón, el chamchito mayor, era el más sensato y trabajador. "¡Yo construiré una casa de ladrillo!" anunció con firmeza. Los otros dos chamchitos se rieron de él. "¡Eso te tomará una eternidad!" se burló Tito. "¡Y será muy aburrido!" añadió Coco. Pero Ramón no se inmutó. Sabía que una casa de ladrillo era la más segura. Trabajó día tras día, mezclando cemento y apilando ladrillos. Le tomó semanas, pero finalmente, su casa de ladrillo era sólida y fuerte.
Mientras los chamchitos construían sus casas, un lobo feo y gruñón llamado Fermín los observaba desde lejos. Fermín tenía mucha hambre y pensó que los chamchitos serían una deliciosa cena. Primero, se acercó a la casa de paja de Tito.
"¡Chamchito, chamchito, ábreme la puerta!" gritó Fermín con voz ronca.
Tito, asustado, respondió: "¡No, no, no! ¡No te abriré la puerta!"
"¡Entonces soplaré y soplaré y tu casa derribaré!" rugió el lobo. Fermín respiró hondo y sopló con todas sus fuerzas. ¡Puff! La casita de paja de Tito se vino abajo en un instante. Tito, aterrorizado, corrió tan rápido como pudo a la casa de madera de Coco.
Fermín, con una sonrisa malvada, siguió a Tito hasta la casa de madera. "¡Chamchitos, chamchitos, ábranme la puerta!" gritó.
"¡No, no, no! ¡No te abriremos la puerta!" respondieron Tito y Coco, temblando de miedo.
"¡Entonces soplaré y soplaré y su casa derribaré!" bramó el lobo. Fermín respiró hondo y sopló con aún más fuerza que antes. ¡Puff, puff! La casa de madera de Coco se tambaleó y finalmente se derrumbó. Tito y Coco, muertos de miedo, corrieron a toda velocidad a la casa de ladrillo de Ramón.
Ramón los recibió con alivio. "¡Entren, entren! ¡Aquí estarán seguros!" dijo, cerrando la puerta con llave. Fermín llegó a la casa de ladrillo, furioso.
"¡Chamchitos, chamchitos, ábranme la puerta!" gritó con rabia.
"¡No, no, no! ¡No te abriremos la puerta!" respondieron los tres chamchitos juntos, sintiéndose un poco más valientes.
"¡Entonces soplaré y soplaré y su casa derribaré!" aulló el lobo. Fermín respiró hondo y sopló, y sopló, y sopló con todas sus fuerzas. Sopló una y otra vez, pero la casa de ladrillo no se movió ni un poquito. Estaba construida demasiado fuerte.
El lobo, cansado y frustrado, pensó en otra manera de entrar. Vio una chimenea en el techo y tuvo una idea malvada. "¡Entraré por la chimenea!" pensó Fermín.
Pero Ramón era muy listo. Había preparado una gran olla de agua hirviendo sobre el fuego debajo de la chimenea. Cuando Fermín bajó por la chimenea, ¡zas!, cayó directamente en la olla de agua hirviendo.
"¡Ay, ay, ay! ¡Me quemo!" gritó Fermín, saltando fuera de la olla y corriendo aullando de dolor, lejos, muy lejos de la casa de los tres chamchitos. Nunca más volvió a molestarles.
Los tres chamchitos aprendieron una valiosa lección ese día. Tito y Coco aprendieron que es importante construir cosas con calidad y cuidado, y Ramón aprendió que ayudar a sus hermanos es lo más importante. Desde ese día, vivieron felices y seguros en la casa de ladrillo, siempre juntos y cuidándose unos a otros.