El neurodesarrollo se refiere al proceso mediante el cual el cerebro madura y se organiza para permitir funciones como el lenguaje, la atención, el movimiento, la memoria y la socialización. En los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), este desarrollo sigue un curso diferente, no necesariamente “retrasado”, sino atípico o divergente, lo que significa que sus cerebros procesan la información de otra manera.
Dificultad para establecer contacto visual.
Retrasos o diferencias en el lenguaje verbal y no verbal.
Menor interés en la interacción con otros niños o adultos.
Tendencia a repetir movimientos, palabras o rutinas.
Preferencia por estructuras predecibles y dificultad para adaptarse a cambios.
Hiper o hiposensibilidad a estímulos como sonidos, luces, texturas o sabores.
Reacciones intensas o ausentes frente a ciertos estímulos del entorno.
En algunos casos, torpeza motora o dificultad en habilidades finas y gruesas.
Posibles diferencias en la planificación motora o en el equilibrio.
El TEA tiene un origen neurobiológico y multifactorial, es decir, no tiene una sola causa. Se asocia con:
Factores genéticos (hay alta heredabilidad).
Alteraciones en la conexión entre distintas áreas cerebrales.
Factores ambientales que pueden influir durante el embarazo o los primeros años de vida.
Comprender estas diferencias permite:
Diseñar intervenciones más efectivas y personalizadas.
Promover la inclusión educativa a través de ajustes razonables y prácticas pedagógicas adecuadas.
Fortalecer el vínculo con los niños desde el respeto y la empatía, reconociendo que su forma de pensar, sentir y aprender es distinta, pero válida.