La película del mes: ROMERÍA
Julio 2026 por Nataly Olascoaga
Julio 2026 por Nataly Olascoaga
Romería, el tercer largometraje de Carla Simón, llega a salas mexicanas para continuar una de las grandes preocupaciones de su cine: la familia, el origen y la pertenencia.
Lee la crítica a continuación:
La historia sigue a Marina, interpretada por la joven actriz Llúcia Garcia Torras, nuestra protagonista y nuestros ojos, una chica de 18 años que emprenderá un viaje a la ciudad de Vigo con el propósito de conocer a su familia paterna, para obtener un papel (o más bien reconocimiento, en todo el sentido de la palabra) que le permita solicitar una beca para estudiar la carrera de cine. En una atmósfera sumamente estival y nostálgica, seguiremos a Marina en su búsqueda de respuestas e identidad, descubriendo los secretos enterrados en el pasado al mismo tiempo que ella.
La película comienza con lo que será uno de los hilos conductores de la historia que Carla Simón está contando: el mar. Diferentes tomas del mar claramente tomadas con una videocámara vieja nos introducen a una imagen que parece venir de otro tiempo, una memoria incompleta, fragmentada, quizá heredada. El mar, en Romería, además de mostrar los hermosos paisajes que se pueden encontrar en España, funciona como una frontera. Separa y une al mismo tiempo. Es el lugar del recuerdo, de aquello que Marina está intentando reconstruir.
La película comienza con lo que será uno de los hilos conductores de la historia que Carla Simón está contando: el mar. Diferentes tomas del mar claramente tomadas con una videocámara vieja nos introducen a una imagen que parece venir de otro tiempo, una memoria incompleta, fragmentada, quizá heredada. El mar, en Romería, además de mostrar los hermosos paisajes que se pueden encontrar en España, funciona como una frontera. Separa y une al mismo tiempo. Es el lugar del recuerdo, de aquello que Marina está intentando reconstruir.
Desde el inicio, la película plantea una pregunta que atraviesa toda la historia: ¿qué es realmente lo que nos hace familia? ¿Venir del mismo lugar? ¿Compartir la misma sangre? ¿Tener los mismos recuerdos? ¿O basta con que alguien reconozca nuestra existencia dentro de su propia historia? Marina llega a Vigo con un vínculo biológico que, en teoría, debería abrirle las puertas de una familia. Sin embargo, su presencia incomoda. A pesar del buen recibimiento de parte de algunos de sus tíos, para sus abuelos no llega como una nieta esperada, sino como una especie de aparición que los obliga a mirar hacia un pasado que preferirían mantener oculto.
Marina pertenece y no pertenece a la vez. Lleva consigo el apellido, la sangre y el derecho a saber la verdad, pero eso no basta para ser recibida plenamente. Para la familia paterna, ella representa una herida que no ha terminado de cerrar; para ella, ellos representan la posibilidad de encontrar una parte de sí misma que siempre le fue negada. Simón construye esta tensión con mucha delicadeza, sin convertir a sus personajes en villanos absolutos, pero dejando ver la rigidez de cierto modelo de familia “tradicional”, uno que prefiere el silencio y las apariencias antes que la verdad.
En ese sentido, Romería también dialoga con una idea muy concreta de familia española/occidental marcada por la vergüenza, el deber y la importancia de las apariencias sobre todas las cosas. Aunque la religión no ocupa un lugar explícito ni central en la película, su presencia parece sentirse de forma subterránea: en la culpa, en el peso de lo no dicho, en la importancia de guardar las formas, en la necesidad de enterrar aquello que mancha el relato familiar. Incluso el título, Romería, remite a una peregrinación, a un viaje que tradicionalmente tiene una dimensión religiosa o ritual. Marina emprende su propia romería hacia su origen: busca a sus padres, busca una historia, busca un lugar simbólico al cual pertenecer.
Lo doloroso y a la vez maravilloso de la película es que ese lugar no existe de manera sencilla, esa verdad no se da sin reservas. Lo que Marina encuentra es un conjunto de versiones incompletas, recuerdos contradictorios y silencios incómodos. Su viaje se convierte entonces en una búsqueda de identidad que depende de otros, de lo que sus familiares deciden contarle, de lo que callan, de lo que sus padres dejaron escrito o insinuado. La película se pregunta, con mucha sensibilidad, cuánto necesitamos saber de nuestros padres para entendernos a nosotros mismos. ¿Es posible construir una identidad sobre vacíos? ¿Tenemos derecho a conocer la vida de quienes nos dieron origen, incluso cuando esa vida estuvo atravesada por el dolor, la enfermedad, el estigma o el rechazo?
Uno de los mayores aciertos de Carla Simón está en no ofrecer respuestas cerradas. Romería entiende que conocer a los padres no significa poseer una verdad definitiva sobre ellos. Marina no puede recuperar del todo a quienes ya no están, pero puede acercarse a sus huellas: diarios, imágenes, relatos, espacios, gestos heredados. En ese proceso, la protagonista descubre que sus padres no fueron únicamente figuras trágicas ni ausencias idealizadas, sino personas jóvenes, contradictorias, deseantes, atravesadas por una época y por decisiones que otros juzgaron con dureza. La película permite que Marina los imagine no sólo como “sus padres”, sino como individuos que existieron antes (y a pesar) de ella.
Por eso, la mirada de Simón resulta tan cercana. Como en sus trabajos anteriores, la directora vuelve a partir de una experiencia íntima para construir una historia que rebasa lo personal. Romería es una película parcialmente autobiográfica y eso se percibe en la forma en que observa los detalles: las conversaciones familiares que parecen casuales pero esconden tensiones profundas, los gestos de incomodidad, los silencios que pesan más que las palabras, la manera en que una casa ajena puede contener, al mismo tiempo, una promesa de pertenencia y una sensación de expulsión.
Marina se mueve por Vigo como alguien que intenta leer un idioma familiar que no termina de comprender. Está dentro de la escena, pero siempre un poco al margen. Simón filma esa incomodidad sin estridencias, con una sensibilidad que permite al espectador acompañar a Marina en su desconcierto, su curiosidad y su dolor, emociones maravillosamente puestas en acción por Llúcia.
Romería, además de sus aciertos técnicos como la hermosa fotografía de los paisajes costeros o las sutiles y acertadas actuaciones, es una película que destaca porque habla de algo profundamente universal: la necesidad de saber de dónde venimos y, al mismo tiempo, la dificultad de aceptar que nunca podremos saberlo todo. No hace falta compartir la nacionalidad, la historia familiar ni las circunstancias específicas de Marina para reconocerse en su búsqueda. Todos, de alguna manera, hemos intentado comprender a nuestra familia, llenar huecos, preguntar por lo que no se dice, y con ello hemos sufrido el dolor de enfrentarnos a la verdad de nuestra historia.
Carla Simón construye una película personal, íntima y luminosa, pero también atravesada por la tristeza de aquello que no se puede recuperar. Romería invita a mirar la familia como un territorio complejo que puede ser un refugio, una herida o un misterio. Y quizá por eso resulta tan conmovedora, pues nos recuerda que la identidad no siempre se hereda de forma completa; muchas veces hay que buscarla, imaginarla y reconstruirla con los fragmentos que otros dejaron atrás. Por esa cercanía, por la honestidad con la que se aproxima a sus temas y por la conexión profunda que puede establecer con espectadores de cualquier lugar, Romería es una película que merece ser vista en salas.
Ficha técnica:
Romería (España-Alemania, 2025)
Dirección: Carla Simón
Reparto: Llúcia Garcia, Mitch, Tristán Ulloa, Miryam Gallego, Sara Casasnovas, Alberto Gracia, Marina Troncoso, José Ángel Egido, Janet Novás, Celine Tyll
Guión: Carla Simón
Fotografía: Hélène Louvart
Duración: 114 minutos