Las tijeras se aburren en el costurero.
Con el pico cerrado son un pájaro absorto
en rutas de papel, de seda, de cabellos.
A veces seccionan estas nubes deshilachadas
que son los cordones umbilicales del firmamento
y me desconcentran de la labor.
Y acabo flotando
entre el tejido y el ensueño.
Llegaron hasta mí otras tijeras
como regalo de despedida.
Castigadas en un cajón durante meses
me estremecía hallarlas por accidente
y acabaron de punta en la basura.
Nunca supe si fue una conmovedora sutileza del inconsciente
o la metáfora más cruel y absurda del abandono.
Las de ahora no parecen mariposas afiladas
sino amables armas domésticas.
Observan mis desvaríos
desde las cuencas de sus ojos metálicos,
pero no me juzgan ni me amenazan.
Cortan los patrones de mi pensamiento
y los hilos perdidos
de las conversaciones de mi casa.
Materia oscura
Leo que han simulado la colisión de la Tierra
contra un microscópico agujero negro.
Parece que en su origen
el Universo estaba vacío de ellos,
poroso como una esponja.
Nada que temer, dicen,
tan solo un pequeño terremoto.
Cuatro grados en la escala Richter,
mientras le atraviesa el corazón a mi planeta
esta bala perdida de algún dios arrogante.
No sé de agujeros negros
ni de curvaturas en el espacio-tiempo,
pero intuyo la nada
apuntando directamente a mi pecho.
El escalofrío reducido al bolsillo de un viejo abrigo,
hallazgo trivial que la casualidad me propone.
Los dedos se abren paso
palpando el infinito
a través del forro desgarrado:
un papel escrito con letras desvaídas,
la entrada de un concierto,
el fósil de un caramelo,
una horquilla oxidada,
la emergencia de un beso.
Y una piedra pulida y pequeña,
talismán de un momento,
arcano interrogante
sobre mi mano perpleja.
SILENCIOS
Lo que no se dice
nos pellizca los párpados,
y tenemos que cerrar los ojos
para que no eche las ramas ahí afuera.
Lo que callamos
extiende sus raíces por las venas,
tan real y corpóreo
como el soplido que aviva el incendio.
Lo que no te digo, lo que tú callas,
permanece viajando entre la piel y la carne
en un murmullo de erizos.
Y algunas veces
crecen tanto sus tallos,
que se nos acaba desbordando
una insurrección de flores mudas
desde las yemas de los dedos.
DÉCIMA DE SEGUNDO
La muerte vino para inundar mi casa.
Se filtró por los resquicios de la puerta esbozando nubes de tormenta,
augurando un invierno perpetuo.
Gotas de una lluvia densa martilleaban cada día.
Cada día percuten con un compás disonante.
Parece que todo lo que amé se disuelve en el ácido de la negligencia
y yo comienzo a estar sin ser, me difumino, soy capaz de atravesar las paredes.
Hoy sueño con un día en el campo, y ciertamente
la hierba brilla como sólo puede hacerlo en un sueño.
Mi madre se convierte en mi padre por una décima de segundo.
Viste un jersey color púrpura y sonríe a sus hijos que lloramos maravillados.
El suelo está vivo.
Bajo mis pies respira un murmullo resbaladizo de insectos y raíces.
Wislawa
llamando
a gritos
al Yeti
provoca
una
avalancha.
Letras se despeñan ladera abajo reaccionan en cadena forman palabras se vienen vertiginosamente rodando por las gargantas más profundas desde las más altas cumbres evolutivas.
En el Himalaya,
una Homo Sapiens Sapiens
desarrolla la facultad del lenguaje simbólico:
Pare una rosa de carne
sobre la nieve
e inventa el primer poema.
No hay estrella
que alumbre a los errantes.
Dejamos a la espalda un mundo
que pudo ser nuestro.
Extranjeros sin sombra,
tan felices un día
reposábamos en la verde pradera
donde pastan los caballos.
Huellas sobre agua,
canción de cuna en la tempestad.
Una marcha de corazones apátridas
cruza el horizonte de Europa.
Allá quedan las vastas llanuras del Este.
Allá el viento que despeina
a las hijas de los nómadas.
La lámpara encendida
se adivina
bajo el quicio de la puerta.
Una grieta rasa, boca
que escupe esplendores de hogar
sobre sus ojos de sílice.
Escuchad
la intimidad de los pasillos.
Escuchad, el mantel murmura
cuando acaricia la mesa.
El deseo es apenas un débil eco.
Al otro lado, la cerillera
se quema los dedos y los sueños.
Un charco es el espejo de la noche.
La oscuridad se mancha de luz.
El cielo es el sobre cerrado
de una vieja carta.
Nos miramos temblar en el agua
y creemos ser la firma de las estrellas,
espectadores de la magia en la que se bañan las cosas invisibles.
Estamos así, sin tocarnos,
cada cual abrazado a su propio silencio,
empapándonos de una eternidad indigente y frágil.
Hay deudas sin saldar en todas las vidas
y vidas que parecen el pago de una deuda pretérita.
Desplegando por las entrañas una calma de brisa
soplas la llama de una cerilla,
lanzas ese guijarro
que eres tú
y cuentas hasta tres.
Y así abres en el cielo,
desde la tramoya del corazón,
la maquinaria oculta de las palabras.
CONVERSACIÓN CON EL ESPEJO
Mi enemiga,
te encuentro en el sueño
y reconozco tu frágil presencia lunar
bajo la máscara de un rostro ajeno.
Ven.
Te pongo a prueba
pronunciando palabras de un idioma oscuro
que sólo tú entonces comprendías.
Dime si conservas acaso
los secretos adolescentes,
la triste cadencia en la voz de mi padre,
el olor pútrido y dulce del invierno
en los charcos del patio de recreo…
Pero tú te desvaneces
con el fantasma de la infancia,
y yo me quedo sola por las aulas desiertas.
Sola con tanto vacío y tantas ruinas
y tanta vigilia que sostener
entre mis pequeñas manos sonámbulas.
CUENTO DE LAS ALMAS HELADAS
Macabra danza de las zapatillas rojas.
Todas tenemos un reloj de plomo
para podernos ahorcar.
Dame tus manos
para apuñalarme con ellas,
para arrancarme el corazón,
para no perderme en el bosque.
Dime, espejito.
No tengas miedo. No te dolerá.
Después de algunas noches
llegan mañanas de posguerra.
Ya se escuchan motores en lo oscuro.
Ya es hora de recoger los sueños.
Hay una luna redonda y quieta
reflejada en la ventana.
Hace algún tiempo, no mucho,
miraba de frente las noches lentas
y descubrí cómo ardían sus cráteres,
ojos de arena.
Los hechos son ahora un juego de espejos acerados,
superficie pulida donde patinan los sueños.
Esta es la opacidad de los días,
la luna en un cristal.
He aquí el laberinto.
He aquí el liquen dibujando de oro y ceniza
los muros herméticos.
La rabia de los huesos calcinados,
los sueños en el fango del tiempo detenido,
los arañazos de los extraviados.
Las palabras de amor escritas en la piedra
son rastros de sal para mi sed.
Sólo dame un poco de dinamita.
Yo pondré el fuego.
LLAMARADA
Dejaste olvidadas
algunas caricias en mi cuerpo.
Tatuajes invisibles atravesados,
para siempre,
en los laberintos de la memoria.
A este lado
las horas, los minutos, los segundos,
avanzan como ejércitos de hormigas
devoradoras de tiempo.
Pero detrás de las ventanas
existe un enigma que lleva tus ojos.
Y como único alimento de mi obstinación
voy diseccionando un encuentro fugaz.
En la espera.
Estoy haciendo trampas.
Burbuja. Mano de espuma.
Cuerpos en batalla
que roban de la muerte su última palabra.
Tu sólida luz me dejó ciega.
MOTÍN
Hoy me concedo el alivio de tu ausencia,
rebelión de mariposas tan adentro.
Ya no soy la mancha insomne
que busca su alma
desvanecida por los espejos.
Ya no me duelen las noches.
Mi testamento
lo dejé escrito anoche
sobre tu cuerpo.
HVALS
En soledad viajo por senderos de tinta
escuchando los ecos de sangres dibujadas,
donde jugábamos a ser dioses los habitantes de la sombra,
animales sedientos agazapados bajo la carne.
Y así te busco, como a moneda, bajo la lengua
de un caballo de aire que desenreda las hebras de los sueños.
Somos guardianes de un paso secreto
que llevan un brindis de raíces tatuado en la inocencia.
No hay tanta pureza, sino un corazón de fruta
sobre las vértebras aladas del alma.
En tu cintura se me anochece este destierro tan mío,
bajo las arenas azules de un cielo desierto.
La sonrisa de los objetos nos delata:
me parezco a ti cuando me miras.
Por eso toda bandera es prescindible
salvo aquella que arranca la urgencia del sabor que amamos.
Un veredicto bajo nueve lunas amarillas
y el durmiente cae y nace, nace por el hueco por donde asoma el día.
Me pongo de pie en los días negros.
Apenas despierta caigo en picado,
respirando el viento del desierto que sacude mi cuerpo,
y remonto el vuelo.
Me pongo de pie en los días negros.
El paladar amargo,
chorreando la pereza de un animal de circo;
ahí va la muerte silbando a mi paso.
Me pongo de pie en los días negros.
Mastico al levantarme la demencia correosa
y trago esta bola de pena reseca.
Después, acaricio mi nombre escrito en el vaho:
todo un océano donde lavarme el corazón.
Seco el corazón del pájaro
que anidaba
en el corazón del pájaro.
Mudo el canto.
La palabra agoniza arrancada del sintagma.
Pero es mayo
y yo cuido de un campo
de amapolas en mi pecho.
Vuelapluma dijo a Manoalzada:
sé que es pronto para meditarlo
pero he aquí una pista de patinaje antiartístico
donde el papel corta más que el hielo.
Cada voluta en el aire es una expiración,
una llamada a Traspiés, el enemigo de la armonía.
No hay permanencia en un puñado de sal húmeda
como no hay dos rostros idénticos
ni salas de despiece en el paraíso.
Así que corre, corre,
no demores el salto integral,
la danza infinita,
el silbido que rasga y deleita
- oídos sordos -
sobre un campo de minas.
DELIRIO
Palpita
enterrado bajo el árbol del sueño
en su cajita de plata.
Verdes y negras
las arañas de la fiebre
trepan por mis manos.
Sálvame.
Solo necesito tu voz
para soñar con volcanes dormidos.
ORFIDAL
Desearía olvidar
aquellos ojos de perro en la cuneta,
vuelo de un pájaro ciego
por el bosque de las estatuas,
el trapecio sin red oscilante del insomnio,
la caída libre para la esperanza herida.
Una llave cierra un mundo.
Pasos del agua que llora
bajo las grutas de lava.
¿Habrán muerto ya los pájaros
que comieron de mi mano?