Este historiador se inscribe en la corriente historiográfica marxista, aunque realiza críticas a Marx.
Según Marx y Engels, su objeto de estudio principal es el capitalismo. Cuando se refieren a etapas anteriores —modos de producción precapitalistas— lo hacen solo para explicar el origen y desarrollo del capitalismo. Por eso, las formaciones económicas anteriores aparecen en sus obras como un esbozo o síntesis, sin un análisis profundo, ya que no constituyen su foco central.
En la definición clásica del marxismo, el surgimiento de las clases sociales provoca la aparición del Estado. Este es, siempre, un aparato de dominación de clase, donde una clase ejerce el poder sobre otra. Marx y Engels señalan que, en algunos momentos históricos, se producen equilibrios de fuerzas: una clase dominante que ya no puede mantener su poder y una clase emergente que aún no puede conquistarlo. En este “empate” político, el Estado atraviesa una situación de tensión. Marx identifica como ejemplos de este equilibrio el absolutismo y el Estado bonapartista.
Sin embargo, Perry Anderson considera que aquí Marx se equivoca. A su juicio, en el Estado absolutista no hay tal equilibrio. Este no sería un árbitro entre aristocracia y burguesía, ni un instrumento de la burguesía contra la nobleza, sino un aparato político de dominio feudal.
Anderson sostiene que el absolutismo fue la respuesta de una nobleza amenazada por las revueltas campesinas de los últimos siglos (recordemos que el 90% de la población vivía en el campo y mantenía conflictos con el sistema feudal).
Frente a esta amenaza, los nobles cedieron parte de su autoridad a un Estado centralizado, lo que permitió unificar fronteras, formar ejércitos mercenarios, controlar la administración estatal y asegurar la fuerza suficiente para mantener el control sobre el campesinado. De este modo, el absolutismo fue, según Anderson: “El absolutismo fue esencialmente (...) un aparato reorganizado y potenciado de dominio feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional, a pesar y en cambio de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia conmutación de las cargas.
Dicho de otra forma el Estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía no, muchos menos, un instrumento de la naciente burguesía contra la aristocracia: fue el nuevo caparazón político de una nobleza amenazada”
Prof. Barreto Ana Paula
ILSU Claudia Álvarez