"Mujer virtuosa, ¿Quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a las de las piedras preciosas."
Proverbios 31:10
Amadas hermanas, al explorar el modelo bíblico de la feminidad, nos topamos con que Dios a dotado a las mujeres con virtudes y cualidades maravillosas que las coronan con dignidad, belleza y valor. No es de extrañar que las Escrituras posicione el valor femenino por encima aún de las piedras preciosas.
Una mujer que vive bajo el refugio de Dios y desea siempre hacer su voluntad, es sin lugar a dudas, un tesoro extraordinario.
No obstante para nadie es un secreto que precisamente ese valor que Dios le dio a la mujer, es lo que el enemigo se ha empeñado en atacar y distorsionar. Desde el Edén vemos como a través de mentiras la primera mujer fue engañada dando inicio a la caída completa de la humanidad y a su vez a la degradación de su valor dado por Dios.
La buena noticia es que al igual que con el resto de la humanidad, Dios tenia planes de restaurar y rescatar a las mujeres, para que Su Reino se establezca en sus vidas.
Eso es lo que precisamente lo que buscamos en Coronas del Rey, establecer El Reino de Dios en los corazones de todas la mujeres que se encuentran a nuestro alrededor.
En este espacio estaremos compartiendo contenido y enseñanzas para el crecimiento y edificación de toda mujer que quiera continuar con el legado de Cristo.
John Angell James (1785-1859)
“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” —Génesis 2:18.
La mujer, como tal, tiene su misión. ¿Cuál es ésta? ¿Cuál es precisamente el rango que ella ha de ocupar? ¿Qué propósito ha de cumplir, por encima del cual ella se exalta indebidamente y por debajo del cual sería injustamente degradada? Éste es un asunto que tendría que comprenderse a fondo para que ella pueda saber qué reclamar y el hombre qué conceder; para que ella pueda saber lo que tiene que hacer y para que él pueda saber lo que él tiene derecho a esperar.
Intentaré responder a esta pregunta señalando la naturaleza de la misión de la mujer. Al hacerlo, consultaré el infalible oráculo de la Escritura y no las especulaciones de los moralistas, economistas y filósofos. Sostengo que nuestra regla en el asunto que tenemos delante ha de ser esto: Dios es el Creador de ambos sexos, el constructor de la sociedad, el autor de las relaciones sociales y el árbitro de los deberes, derechos y libertades. Y esto lo admiten todos los que creen en la autoridad de la Biblia.
Estad contentas, mis amigas mujeres, de obedecer las decisiones de este oráculo. Tenéis toda la razón para hacerlo. Aquel que os creó es el mejor calificado para declarar el propósito de sus propios actos y vosotras podéis con seguridad, así como debéis con humildad, confiar en Él para fijar vuestra posición y saber vuestros deberes. En común con el hombre, la mujer tiene la vocación celeste de glorificar a Dios como el fin de su existencia y de cumplir con todos los deberes y gozar de todas las bendiciones de una vida piadosa. Como el hombre, ella es una criatura pecadora, racional e inmortal, situada bajo una economía de gracia y llamada, por el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo, a la vida eterna. La fe cristiana es, tanto su vocación como la del otro sexo. En Cristo Jesús no hay varón ni mujer, sino que todos están a un mismo nivel en cuanto a obligaciones, deberes y privilegios…
Para saber cuál es [la misión de la mujer], debemos, como he dicho, consultar las páginas de la Revelación y establecer el expreso motivo de Dios para crearla: “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Gn. 2:18). Esto también se expresa o, más bien se repite, donde se dice: “Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él” (Gn. 2:20). De estas palabras, nada puede ser más claro que la mujer fue hecha para el hombre. Adán fue creado como un ser con unas tendencias sociales sin desarrollar, que de hecho parecen esenciales a todas las criaturas. Es la sublime particularidad de la divinidad, el ser enteramente independiente de todos los demás seres para ser feliz. Él, y Él solo, es el centro de su propia gloria, la fuente de su propia felicidad y el objeto suficiente de su propia contemplación, sin necesitar nada más para su propia felicidad que la comunión consigo mismo. Un arcángel en el cielo, estando solo, podría añorar, aun allí, algún compañerismo, ya sea divino o angélico.
Adán, rodeado por todas las glorias del paraíso y por todas las distintas variedades que éste contenía, se encontró solo y necesitado de compañerismo. Sin este compañerismo, su vida no era más que soledad, Edén mismo era un desierto. Dotado de una naturaleza demasiado comunicativa para ser satisfecha sólo por sí mismo, él anhelaba estar en sociedad, tener ayuda, contar con algún complemento a su existencia, la cual sólo se vivía a medias mientras él permanecía solo.
Formado para pensar, para hablar, para amar, sus pensamientos ansiaban otros pensamientos con los que compararse y ejercer sus elevadas aspiraciones. Sus palabras se gastaban tediosamente en el aire caprichoso o, como mucho, despertaban un eco, que se burlaba en vez de responderle. Su amor, en lo que respecta al objeto terrenal, no conocía dónde reposar y, al volver a su propio seno, amenazaba en degenerar en un egoísmo desolador. En suma, todo su ser anhelaba a otro ser como él, pero no existía otro ser como él; no había ayuda idónea para él. Las criaturas visibles que lo rodeaban estaban demasiado por debajo suyo y el Ser invisible que le dio vida estaba muy por encima de él para unir su condición a la suya. Con lo cual, Dios creó a la mujer y el gran problema se resolvió inmediatamente.
La característica del hombre no caído fue la de querer tener a alguien con quien simpatizar en sus alegrías, de la misma manera que la del hombre caído es la de querer tener a alguien con quien simpatizar en sus penas. No sabemos si Adán era tan consciente de sus necesidades como para pedir compañía. En el relato inspirado parece como si la idea de este precioso beneficio se originó en Dios y como si Eva, como tantas otras gracias suyas, fue la concesión espontánea de su propia libre voluntad. De esta manera, Adán habría tenido que decir, como lo hizo uno de sus más ilustres descendientes muchos siglos después: “Porque le has salido al encuentro con bendiciones de bien” (Sal. 21:3). Entonces, aquí está el propósito de Dios al crear a la mu