LAS MARMOTAS
La conducta de las marmotas parece estar marcada por un instinto fundamental: la prudencia. No son unos animales atrevidos ni demasiado valientes. Aunque los individuos jóvenes sienten inclinación a curiosear lejos o tienen ganas de correr aventuras, los adultos no se lo permiten. La familia no se aleja de su madriguera más que unos pocos pasos.
En las cálidas mañanas estivales, sólo cuando el sol está ya muy alto, las marmotas asoman el hocico al exterior de su escondrijo, escrutan en todas direcciones, olfatean, escuchan los menores ruidos y vigilan que no haya ninguna amenaza cerca. No se atreven a salir más que cuando están plenamente convencidas de que no existe peligro.
Las marmotas suelen estar erguidas sobre sus patas posteriores, arrancan con las uñas los bocados más tiernos de las plantas situadas en las cercanías. Beben muy poco. Una vez saciadas, se tienden plácidamente al sol. Pero siempre hay una de ellas que está de centinela. La que se queda vigilando avisará a las demás con un silbido si siente cualquier posible amenaza o percibe la inminencia de un cambio de tiempo.
Durante el invierno —puesto que falta sol, un elemento que las marmotas aprecian muchísimo— no les queda más remedio que dormir en su madriguera. Obstruyen su entrada y permanecen aletargadas, durmiendo hasta el verano siguiente.
EL HUEVO MISTERIOSO
La tortuga Graciela estaba desconcertada, no podía creer lo que pasaba y avisó a los animales de una charca cercana.
—Mirad, chicos —explicó la tortuga—. Hace ya cinco días que nacieron mis tortuguitas, pero aquí queda todavía un huevo.
—¡Qué grande es! —exclamó la rana Silvina—. A mí no me parece un huevo de tortuga.
—Ya, pero estaba aquí enterrado con mis otros huevos, así que ¿qué va a ser si no? —dijo Graciela.
—¡Quizá sea un huevo de cocodrilo! —dijo una avispa.
—Esperad, que viene Octavia —anunció una libélula—. Seguro que ella sabe de qué es el extraño huevo.
Octavia era la tortuga más anciana del lugar y todos los animales admiraban su sabiduría. Tras inspeccionar atentamente el huevo, Octavia también dio su opinión.
Lo siento, Graciela, pero un huevo de tortuga seguro que no es. Y mucho menos, un huevo de cocodrilo... —dijo mirando a la avispa—. ¡Ya me diréis cuándo se ha visto un cocodrilo por aquí!
—Entonces, ¿de qué será? —preguntó Graciela—. ¿De pato? ¿De lagarto?
—Pues, si queréis mi opinión —dijo Octavia—, esto va a ser humano.
—¿Humano? —exclamó la rana Silvina—. ¡Si los humanos no ponen huevos!
—¡Pues claro que no! —dijo Octavia—. Yo he dicho que es humano, no que sea un huevo. Debe de ser alguna de las cosas que ellos hacen. ¿Pero no os dais cuenta de que esto es demasiado redondo para ser un huevo? Además, ni siquiera es liso. Fijados bien, tiene como rugosidades, como pequeños huecos en la superficie.
Los animales le dieron la razón a Octavia y decidieron investigar qué era aquella cosa. Un ruiseñor se encargó de volar por los campos cercanos para espiar a los humanos. Y así fue cómo descubrió el misterio. Les explicó a los demás que lo que hacían los humanos era golpear eso con una especie de palo e intentar que se colara en unos agujeros que había en el suelo.
A la mayoría aquello les pareció algo bastante tonto. Sin embargo, Graciela, Silvina y Octavia sintieron curiosidad y decidieron probar. Hicieron unos agujeros en la tierra y buscaron un palito cada una. Y, desde aquel día, pasaron muy buenos momentos jugando al golf.
EL GRILLO TRISTE
En un precioso prado del valle del rocío vivía el grillo Cristóbal. De pequeño, Cristóbal fue un grillo como los demás, alegre y curioso. Pero en cuanto se hizo mayor se fue convirtiendo en un tipo triste y solitario.
—¿Qué le pasará a Cristóbal? —preguntaba extrañada la luciérnaga Aurora.
—¿Qué bicho le habrá picado a Cristóbal? —decía su amigo Alfredo el mosquito.
Por fin, un día se hizo público el motivo de la tristeza del grillo. En la asamblea de insectos, al amanecer, Cristóbal confesó avergonzado:
—Cri, cri, cri, cri, yo... yo desafino al cantar, cri, cri. Por eso ya hace tiempo que decidí permanecer callado.
Aquella revelación desató murmullos de asombro.
—¡Cristóbal desafina!
—¡Un grillo condenado al silencio!
Todos se compadecieron del pobre Cristóbal, y lo miraron apenados sin saber qué decirle. El grillo sintió la vergüenza de aquellas miradas de compasión clavadas en sus antenas.
Así pasaron los días. A nadie se le ocurrió nada para ayudar a Cristóbal. Por fin, un mañana, Plácido, un alegre ruiseñor, se encontró por casualidad con Cristóbal junto al avellano. El grillo y el pájaro comenzaron a hablar del tiempo. Después la conversación se alargó, y, al final, congeniaron tan bien que acabaron hablando de sus vidas. Cristóbal le contó su terrible secreto a Plácido.
—¡No te preocupes, eso tiene arreglo! No hagas planes para la próxima semana. Te espero todos los días, a partir del lunes, de 8 a 2, en el bosque de los arándanos, ¡sé puntual!
Todas las mañanas, durante siete días, Cristóbal asistió a las clases de canto de Plácido. Y resultó que era muy buen alumno. Aprendió enseguida y al cabo de poco tiempo se convirtió en la alegría del prado.
—¡Escuchad! ¿No es Cristóbal? —decían todos los animales cuando le oían cantar. Y se quedaban embelesados, escuchando su dulce canto durante largos ratos.
La alegría de su cri-cri se propagó por el campo.
Así fue como, gracias a Plácido, Cristóbal volvió a ser el grillo dicharachero de su infancia.
LA INFANTITA
Éranse un rey y una reina que, después de solicitarlo mucho al cielo, tuvieron una hija, a la que decidieron poner de nombre Margalida. Al bautizo fueron invitadas todas las hadas del país, menos una, llamada Isaura, de la que no tenían la menor noticia.
Todas las hadas invitadas colmaron a la infantita de preciosos dones: una le deseó belleza, otra salud, otra bondad, otra sabiduría, otra alegría.
Pero, Isaura, furiosa por no haber sido invitada al bautizo, entró en la alcoba de la princesita y pronunció un voto funesto. Dijo con voz ronca:
—Cuando llegues a la edad de casarte, Margalida, te convertirás en almendro.
El hada madrina, la bondadosa Mafalda, se acercó a la cuna en que dormía inocentemente su ahijada la infantita. Y como no podía destruir por completo el maleficio de la despechada Isaura, quiso neutralizarlo con un voto supremo y dijo:
—Sí, te convertirás en árbol al llegar a la edad de casarte, ahijada mía, pero recuperarás la forma en cuanto encuentres novio...
Pasaron quince años.
La infantita salió una tarde a cazar mariposas al jardín y... no volvió a palacio.
Se había convertido en almendro.
Sus padres, aunque estaban consternados, no se desesperaron. Se había cumplido el vaticinio de Isaura, el hada mala. Pero tenían la esperanza de que también se realizaría el de Mafalda, el hada buena.
Una mañana de primavera pasaba un pastor por debajo de un almendro en flor y oyó decir al árbol:
—Pastorcito, pastorcito, soy la princesita Margalida. ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó el pastorcillo la vista y vio surgir, entre las rosadas flores del almendro, la rubia cabecita de la infantita. Asustado, echó a correr.
A mediodía pasó por el mismo lugar un escudero y oyó que el almendro le decía:
—Escudero, escudero, soy la princesita Margalida. ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó la cabeza el escudero y vio el hermoso rostro y las doradas trenzas de la infantita.
—Sí, quiero, mi princesa; pero antes he de obtener el permiso de mis padres.
Por la tarde pasó un caballero bajo el almendro en flor.
El almendro le dijo:
—Caballero, caballero, soy la princesita Margalida. ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó la mirada el caballero y, descubriendo la cabecita de la infantita entre las rosadas flores del árbol, respondió:
—Sí, quiero; pero antes he de verte en forma humana. No permito a nadie que me engañe.
Y se alejó lentamente, volviendo de vez en cuando la cabeza.
Por la noche pasó por debajo del almendro un príncipe azul y oyó decir al árbol:
—Príncipe, príncipe, soy la princesa Margalida. ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó el príncipe los ojos hacia el árbol y, tan pronto como descubrió la cabecita angelical de la infantita, cayó de rodillas y exclamó:
—Sí, quiero.
La infantita salió entonces del tronco del árbol, vestida con una túnica blanca cubierta de estrellas y con la cabeza coronada de flores de almendro.
Cuando se dirigía a palacio, acompañada de su novio, el príncipe azul, encontró en su camino al pastorcito, al escudero y al caballero.
Los tres volvían a buscarla.
Al pastorcito le dijo, sonriendo:
—Ya es tarde, mi buen pastorcito.
Al escudero, muy seria:
—No has llegado a tiempo; vuélvete.
Y al caballero no le dijo nada, sino que volvió la cabeza al otro lado, como si hubiese visto un basilisco.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
EL MUÑECO DE NIEVE
Cuando Sara, de tres años, miró por la ventana, no se lo podía creer. El jardín estaba completamente blanco.
—Es nieve —le dijo su madre—. ¿A que es bonita? Si quieres, ahora salimos a jugar... Pero te tienes que tomar todo el desayuno, ¿vale?
Sara dijo que sí y se tomó el zumo, la leche y las galletas en un santiamén. Luego, dejó que mamá la lavara, la peinara y la vistiera sin rechistar, y se puso el anorak como le habían enseñado en el cole.
—Venga, a jugar —dijo Sara, impaciente.
Su madre dijo que esperara y le puso también el gorro, la bufanda y los guantes. Cuando por fin salieron al jardín, se llevó una alegría...
—Hola, chicas. Os traigo a Miguel —dijo Mercedes, la vecina—. Quiere jugar con Sara en la nieve. En dos horas vuelvo a por él.
Miguel, que tiene cinco años, era el mejor amigo de Sara, así que la niña se puso muy contenta. Estuvieron un rato tirándose bolas de nieve, flojito, para no hacerse daño, y luego la mamá de Sara tuvo una gran idea.
—¿Hacemos un muñeco de nieve? —preguntó.
—¡Sííí! —chillaron los dos niños a la vez.
Entonces pasaron a la casa a coger todo lo que necesitaban y, enseguida, se pusieron manos a la obra. Hicieron el muñeco con tres bolas de nieve: una grande, para la parte de abajo; otra mediana, para el tronco, y una pequeña, para la cabeza. Después, le pusieron ojos de botón y nariz de zanahoria, y lo vistieron con un gorro, una bufanda y unos botoncitos rojos por el tronco. Y, por último, le pusieron una escoba, como si la estuviera sujetando. Quedó un muñeco precioso, tanto que Sara se ilusionó demasiado:
—¿Mamá, esta noche puedo dormir con él? —preguntó.
—No, cariño, aquí no puedes dormir, que hace mucho frío.
—Pues lo llevo a mi cuarto y lo acostamos en mi cama —dijo Sara.
—¡No se puede! ¡Te mojarías! —le explicó Miguel.
—¿Por qué? —preguntó la niña—. ¿Se hace pis?
Mamá se rio mucho y le explicó que no, que lo que pasaba era que la nieve con el calor se convierte en agua. La niña se quedó un poco triste porque no iba a poder llevárselo, pero al rato se le olvidó. Además, Miguel, por la tarde, le llevó un dibujo precioso de los dos con el muñeco de nieve, y eso la puso muy contenta.
Aquella noche la pequeña Sara se durmió abrazada al papel y soñó que su amigo de nieve se movía, y que los dos iban corriendo a buscar a Miguel para jugar con él.
LA FERIA
Cada año llega la feria al barrio en el que viven Claudia y Nicolás; es una feria grande y tiene todo tipo de diversiones. Un viernes, cuando Claudia y Nicolás salían de la escuela con sus amigos, vieron que ya estaban instalando los puestos, la rueda de la fortuna y el carrusel; se emocionaron y empezaron a hacer planes para ir el domingo, todos juntos, a divertirse.
Todos iban muy contentos, menos Rafael; él estaba muy pensativo.
—¿Qué te pasa, Rafa? —preguntó Nicolás.
—¿No quieres ir con nosotros a la feria? —preguntó Claudia.
Lo que pasa —respondió Rafa— es que tal vez no pueda ir; mis padres me han dicho que el próximo domingo iremos a visitar a unos tíos que viven un poco lejos de aquí, y a mí me gustaría ir con vosotros porque así me divertiría mucho más.
Todos los niños se quedaron muy callados, estaban pensando qué hacer para que Rafa pudiera ir con ellos.
De pronto, Guadalupe dijo:
—¡Pero si no hay problema! Pedimos permiso a nuestros padres para ir el sábado y así podremos ir todos juntos.
¡Qué buena idea! —dijeron los demás a coro.
Ese mismo día los niños pidieron permiso a sus padres. La mamá de Claudia y Nicolás dijo que ella también iría para cuidarlos.
Cuando los padres de sus amigos lo supieron, se quedaron muy tranquilos y les dieron permiso para ir.
El sábado por la tarde ya funcionaban todos los juegos: los caballitos, la rueda de la fortuna, los autos de choques, el tren de la bruja; había tantos, que los niños no sabían a cuál subirse primero.
Por fin decidieron subir todos a la rueda de la fortuna, les gustaba sentir algo así como un hoyo en el estómago cada vez que la rueda bajaba. Claudia gritaba mucho, Rafa alzaba los brazos, Guadalupe y Nicolás reían y cogían fuertemente la barra de protección de su asiento.
Así, durante un buen rato los niños subieron a varios juegos, hasta que Nicolás dijo:
—¿Qué os parece si vamos al castillo del terror?, yo ya estoy mareado de las muchas vueltas que hemos dado.
Rafa y Claudia estuvieron de acuerdo, pero Guadalupe prefirió no entrar porque le daba mucho miedo la oscuridad.
Al salir del castillo del terror la madre de Claudia y Nicolás compró globos y dulces para todos.
Ya había oscurecido, era hora de regresar a casa. Los niños estaban contentos porque habían podido ir juntos a la feria.