No busques a quien no debes
Cada sábado que pasaba por aquel parque, veía a la misma anciana sentada debajo del mismo árbol. Lo que me saltaba a la vista era que yo obtenía toda su atención, me observaba hasta que la perdía de vista y eso me generaba un pequeño escalofrío. Me generaba cierta curiosidad el hecho que siempre se sentaba en el mismo lugar, o tal vez que siempre tenía un aire sombrío.
Hubo una tarde que pasé y me di cuenta que no se percató de mi pasar, así que aproveché a fotografiarla. Vi que clavó sus ojos oscuros en los míos, por lo que me fui sin volver la mirada. Al llegar a mi departamento empecé a pasar las fotografías a mi computadora, en eso llegó Guillermo, mi novio. Lo llamé para que viera la imagen de la anciana, pero en cuanto empezamos a pasar las fotos, cada una de ellas salía borrosa o quemada. Me pareció extraño, ya que al tomar las fotos enfoqué lo mejor que mi pulso lo permitió. Lo dejé pasar puesto que mi cámara era vieja y algunos rollos venían malos.
Pasaron algunas semanas y yo no podía sacarme de la cabeza su sombría mirada, así que el sábado siguiente decidí hablar con la anciana.
Era una tarde bastante fresca para ser de comienzos de otoño, no había mucha gente y un silencio insistente se instaló allí. Apenas entré al parque la vi, como cada sábado la anciana se encontraba sentada debajo del ombú, así que me acerqué lentamente.
-Buenas tardes, disculpe que la moleste - dije con una voz medio entrecortada.
Ella me miró sin decir una palabra por lo que continué.
-Cada vez que paso por aquí la veo sentada en este mismo lugar y me dio curiosidad saber qué hacía.
Clavó la mirada en mí y respondió:
-Espero.
Al notar mi mirada confusa me dirigió la sonrisa más espeluznante que había visto en mi vida.
Tartamudeando le pregunté:
-¿A quién?
Ensanchó más aún su escalofriante sonrisa, que no llegó a asustarme tanto como su respuesta:
-A ti, Sofía, a ti te estaba esperando.
Mi corazón dejó de latir por unos segundos y cuando recuperó lentamente un ritmo acelerado, lo único que hice fue empezar a alejarme rápidamente. No quería mirar hacia atrás, ¿Cómo sabía esa anciana mi nombre?¿porque me dejó una sensación horrible en el pecho?¿a qué se refería con que me estaba esperando?
Mientras todas esas preguntas cruzaban por mi cabeza yo empecé a correr, tal así que crucé la calle sin mirar.
Lo único que sentí fue un fuerte bocinazo y un camión al que solo vi de reojo, para finalmente sentir el golpe seco.
La puerta
La tenue luna iluminó el despacho que concedía una vista lúgubre de mis largas noches encerrado allí, sin poder pegar un ojo porque al hacerlo esa puerta oscura y con un pomo que al tacto te quemaba la piel, aparecía frente a mi. Después de un par de cabeceadas, que no me permitían terminar con mis tareas nocturnas, decidí prepararme un café, aunque este sea el culpable de mis profundas y sombrías ojeras. Entré con paso pesado a la cocina, encendí la vieja hornalla de la casa de mi madre ya fallecida y puse la cafetera. Me senté en el añejo sillón que pertenecía a mi padre a esperar el olor perteneciente a los granos de café tostados, que una vez que este estuvo en su punto exacto lo serví en una taza profunda, necesitaba que me alcancen para buen rato. Al oler la estimulante bebida espesa y caliente, decidí quedarme en la sala mirando el fuego, un pequeño hábito que perdí cuando esa horrible pesadilla empezó a asaltar mi sueños sin cesar.
Cuando la última gota de café cayó sobre mis labios, sentí el calor en mis huesos y una sensación de calidad que hace mucho tiempo no recordaba, entonces apoyé la taza en la pequeña mesa ratona que estaba al frente mío, y que mala decisión tomé, esa fue el último movimiento que recuerdo tras caer en un profundo sueño.
Pasé por el largo pasillo, alargando mis pisadas y aumentando la velocidad, no quería mirar hacia atrás, tenía la sensación de su frío aliento en mi nuca, que con cada paso se acercaba cada vez más. Al sentir su mano helada en mi brazo comencé a correr, ya sin aliento y con las lágrimas que recorrían mis mejillas congeladas por el aire gélido del pasillo. Llegando al final del pasadizo, la vi, aquella puerta que interrumpió todas y cada una de mis noches, me atormentó y persiguió por cada rincón. No tuve alternativa, tomé el pomo y empujé la pesada puerta mientras advertía como mi suéter apolillado era apresado por esas manos heladas. De un solo tirón entré y cerré de un portazo, me quedé de espaldas a la habitación sin tener la valentía para ver qué era lo que había allí que tanto me aterraba. Cuando decidí girarme lentamente, percibí una tenue luz que entraba a través de las cortinas, la cabeza me empezó a dar vueltas y unas náuseas abrumadoras me invadieron al darme cuenta que era lo que mis ojos veían.
Allí estaba yo, sentado en mi escritorio, de espaldas a la puerta y escribiendo algo; grité pero sin embargo no me di vuelta. Empecé a dar pasos cortos y silenciosos hasta llegar al respaldo de mi silla, estiré mi mano para tocar mi hombro; cuando por fin lo hice solo escuché un grito desgarrador y la cara mi yo desfigurada del miedo al verme.
De un salto desperté al escuchar como la cafetera hervía sin cesar produciendo un fuerte silbido, apagué la hornalla un poco exaltado, tenía toda la espalda sudada y las manos heladas, solo había sido una pesadilla. Me serví un poco de café quemado y volví a mi despacho. Empujé suavemente la puerta y entré, al instante se me hizo un nudo en el estómago y se me cayó la taza, allí estaba yo, sentado en mi escritorio.