It all comes back... to you
Prometí buscarte en esta vida y en las siguientes; fueron todos mis años compartidos contigo, la razón por la cual hice esta promesa. Dando mi último respiro y cerrando mis ojos, recordando los tuyos de color de los pinos, finalmente me despedí de esa vida.
Martes siete de la mañana me despertó un ruido molesto del despertador, el cual apagué de un golpe y seguí durmiendo. Media hora más tarde me levanté exaltado, a los tropezones logré vestirme y salir corriendo hacia mi trabajo. Para las 8.15 de la mañana ya estaba sentado en mi oficina, ordenando los papeles de esa mañana. Hacía varios años que quería dejar este trabajo, mi vida se había vuelto una monotonía absoluta. De lunes a viernes trabajaba 8hs en un trabajo que no me gustaba, los jueves por la noche cenaba en lo de mis padres para hacerles compañía, sábados por la mañana jugaba partidos de tenis y los domingos eran días de hacer absolutamente nada. Me sentía perdido y se lo había comentado varias veces a mi terapeuta, pero esta seguía diciéndome que busque una nueva actividad para hacer ¿para qué? no tenía ganas de conocer gente, pero bueno, no era yo el profesional.
Manteniendo mi cabeza ocupada, logré que mi día se pasara en un dos por tres. Por eso al salir del trabajo decidí pasar por mi cafetería favorita que tenía una pequeña biblioteca en el fondo; la atendía una señora muy agradable con la cual siempre me quedaba charlando acerca de algún libro.
Llegué y como siempre me recibió Orquídea, la gata siamesa de la librería, le rasque el lomo y la alcé para llevarla conmigo al fondo, encontrándome con Estela. Me contó de unos libros nuevos que habían entrado y que necesitaba ayuda para acomodarlos, de modo que me dirigí hacia la biblioteca de libros nuevos.
Pasé un rato largo acomodando libro por libro, era una tarea que me entretenía lo suficiente como para olvidarme del mundo. Estaba colocando el último libro en la repisa cuando empecé a escuchar un leve tarareo, una melodía armoniosa y delicada. Me sonaba de algún lado pero no recordaba, por eso con paso lento seguí las notas dispersas por el aire hasta toparme con una muchacha de espaldas a mí, que estaba observando un libro de la sección de historia. Al notar mi presencia se dio vuelta a mirarme y yo quedé completamente helado, observando boquiabierto los ojos más bellos que alguna vez había visto. Eran del color de los pinos invernales, trayendo consigo una oleada de nieve y frío mordaz.
Nos quedamos mirando mutuamente un par de minutos, asombrados por algo que no sabíamos que era. Mi pecho golpeaba tan fuertemente que sentía que iba a tirar todo el edificio abajo, tenía la boca seca y ni una palabra salía de ella. La muchacha se encontraba igual que yo, sin decir una palabra.
Por mi mente pasaron un sinfín de imágenes que no recordaba haberlas vivido nunca, y sorpresivamente en cada una de ellas aparecía esta mujer de ojos invernales. Finalmente me dirigió la palabra:
-¿Bartolomé? - preguntó tímidamente.
Ese no era mi nombre, ni era parecido, pero involuntariamente mi cabeza asintió y me arrastró a un torbellino donde solo escuchaba un nombre girando por mi cabeza, entonces pregunté:
-¿Inés?
De su rostro vi que empezaron a caer unas lágrimas y noté que de los míos también.
La última calada de la vida
Comenzó su historia diciendo:
-“Empecé a fumar a los trece años”.
Terminó la frase exhalando el humo.
Mientras me iba contando de cómo nació y creció en el campo, me puse a observarlo. Sus manos ya estaban arrugadas por los años, con grandes callos que formaban círculos en las palmas de sus manos; unos profundos ojos azules del color del cielo, en los cuales todavía veía reflejado ese niño rubio que manejaba un tractor y encendía un cigarrillo con la compañía de su padre.
Pasaban las horas y solo se sentía el arduo calor de diciembre que empapaba nuestras frentes, una brisa caliente y el olor a cigarrillo impregnado en mis fosas nasales. Antes que cayera el sol me mostró unas fotos amarillentas por el paso del tiempo,de él y su padre. Logré ver el parecido que compartían; un cuerpo robusto, manos grandes y expresión dura.
Encerró las ovejas, le dió dos vueltas a la llave de la casa y se subió a la camioneta, finalmente cerró la tranquera con candado y tomó la ruta. Miré por última vez la extensión de maíz con el atardecer anaranjado de fondo. Él dió su última pitada y tiró el cigarrillo.
El lejano aroma del mar II
Pasaron los meses y el verde incandescente de los árboles se transformó en un café apagado. Los pájaros dejaron de cantar y solo se sentía un susurro, asustado por el viento gélido que comenzaba a correr entre las ramas. Me senté en el sillón frente a la ventana a ver las estaciones pasar, no me acuerdo de cuantos inviernos conté, pero tengo la certeza que fueron los suficientes para que se me vieran unas pequeñas arrugas bordeando los ojos. Hacía años había dejado de llorar, tan solo unos meses después que lo dejé en aquel espantoso lugar. Se me habían secado las lágrimas y el corazón cegado. La culpa no tardó en llegar, nada más bastó mirar por el espejo retrovisor y ver sus ojos color ámbar prendidos fuego, no sé si por la pena o por la angustia. Cualquiera de las dos eran razones suficientes para cargar con una soledad abrumadora por el resto de mi vida.
No sé en qué momento se me pasó por la cabeza hacerle caso a mi madre y llevarlo a aquel lugar, él solo era un niño que veía cosas que no quería ver. No recuerdo muy bien qué cosas lo atormentaban, solo una. El era pequeño, pero empezó a despertarse todas las noches llorando, no podíamos calmarlo. Solo recuerdo que decía que no quería entrar por esa puerta, que le quemaba la mano. Nunca entendí a qué se refería, pero después de las primeras veces pasaba la noche en vela, intenté muchas veces hacerlo dormir, pero fue imposible. Las noches se fueron haciendo cada vez más largas, mi madre no lo soportaba, se tomaba una pastilla para dormir y nos dejaba solos. Fueron años sin poder dormir bien, él cada vez dormía menos y nos decía que la puerta se iba haciendo más nítida. Mi madre no lo toleró más y me pidió que lo llevara allí, me convenció de que estar cerca del mar le haría bien. Me dejé envenenar los oídos con mentiras, pero ¿Qué culpa tenía yo?
No fue hasta hace algunos meses que lo vi, casi se me detiene el corazón. Ya era un hombre, tenía barba y era robusto. No supe qué hacer, me quedé helada. Mi terror fue aún mayor cuando lo vi entrar por aquella puerta. Era la misma puerta que nos describió durante tantos años.
El lejano aroma del mar
El iba tenso mirando por la ventanilla del auto. Iban cruzando colinas que se hacían cada vez más pequeñas, eran tan verdes como los loros barranqueros que solían encontrar en casa. Después de varias horas angustiosas, terminaron de cruzar la última colina y lograron ver el mar. El abrió despacio la ventana y entró una brisa fresca con gusto a sal, se quedó saboreando un buen rato hasta que…
¿Podes cerrar? -
¿Por qué? -
Porque tengo frío -
Abrígate -
No quiero y no te lo voy a volver a pedir, cerrá la ventanilla -
De mala gana terminó subiendola y su entrecejo se cerró más, generando unas profundas líneas entre sus ojos color ámbar. Se acordó cuando su madre le decía que tenía ojos de tigre, afilados y con una expresión dura; dejó de decírselo cuando la sombra se coló entre ellos. Sombra que no se había vuelto a ir, sombra por la cual tenía que viajar a distintos lugares en busca de una cura.
Después de otra hora de viaje, más tranquilo que antes procedió a preguntar:
Meg -
Dime -
¿Puedo abrir un poco la ventanilla? -
Se hizo un pequeño silencio.
Está bien, pero solo un rato -
Bien, gracias -
Lentamente volvió a abrir la ventanilla y procedió a cerrar los ojos para sentir la brisa. En la radio sonaba “Sailing” de Rod Stewart. Una lágrima se deslizó por su mejilla y cayó por su barbilla hasta chocar con su pantalón azul. Empezaron a salir una detrás de la otra, con una marcha al compás de la canción, ya no había vuelta atrás y él lo sabía.
Llegaron a su destino, él se bajó y Meg detrás agarró su pequeña mochila.
¿Volverás por mí? - Preguntó tímidamente
No lo sé, espero que sí -
Yo también - Dijo con aire solemne, hizo una pausa y continuó - T-te quiero Meg -
Sabes que yo también, pero esto es necesario -
Sus ojos verdes se oscurecieron y cayó una lágrima.
Fue la primera vez que la vió llorar, y con eso supo que no la vería en un largo tiempo.
18 de noviembre de 2022
La única persona de mi futuro
Comencé mi viaje hace un largo tiempo… Empezó cuando me crucé con mi mirada en el espejo del baño. Se notaban unas pequeñas bolsas oscuras debajo de los ojos, unas arrugas en la frente y la piel con una textura grasosa. Me enojé y cerré la puerta de un portazo. No volví a cruzarme con esa mirada de reproche en los siguientes cinco días; si podía la evitaba y solo cuando me tenía que peinar me permitía mirar algún punto fijo en el reflejo. Luego de esos cinco días se me hizo costumbre el evitar mi mirada juiciosa, tanto así que al correr de los días había olvidado cómo se veía mi rostro, mi perfil había pasado a ser un desconocido y la silueta de mi cuerpo se veía desdibujada.
Pasaron los años y me convertí en una desconocida. Hasta ese día.
Iba caminando con paso tranquilo por una calle que no había recorrido antes y me topé con una limitada cafetería en una esquina, entré con una mirada curiosa y el olfato conquistado por el olor a café recién molido. Me senté en un rincón, pedí una bebida bien caliente y me puse a leer un libro viejo que me había prestado mi madre hace unos meses. Al terminar mi bebida recorrí el lugar con la mirada y de pronto me encontré con unos ojos color miel algo cansados, un rostro redondo con pequeñas pecas dibujadas; cabello corto bien oscuro, tanto así que me hizo acordar al de mi padre. Seguí manteniendo la mirada fija puesta en aquella mujer, que daba la sensación de oler a primavera y almendras; pase mis ojos por sus brazos delgados y sus caderas voluptuosas, pero me detuve cuando noté que me estaba devolviendo una sonrisa algo tímida, sin un ápice de maldad ni rencor. Allí mismo me di cuenta que esa desconocida era yo, y digo desconocida porque al verme no me di cuenta
que esa mujer era yo, al correr de los años. Me agarró un poco de pesadumbre el ver que había estado conviviendo con el olvido y había perdido todos esos años de verme crecer, de ver las pequeñas arrugas que se me hacian por reírme, de permitirle a mis piernas llevarme a donde quisiese, de abrazar a mis sobrinos con mis pequeños brazos. Tantas cosas que dejé de permitirme solo por ahogarme en un sinfín de prejuicios personales. Una pequeña lágrima salió de mi ojo derecho.
Al final del día volví a mi casa con un ramo de flores y una temerosa sonrisa en el rostro, una cita inesperada fue un total éxito, tal así que decidí pasar el resto de mi vida enamorada de mi misma.