Libertad convertida en fusil; amor convertido en odio; palabras que gritan órdenes. El 19 de julio de 1936 la ciudad de Jerez de la Frontera cayó en manos del franquismo. Salvador Arizón Mejías llegaba para quedarse. Cientos de sindicalistas, maestros y otras personas inocentes fueron humillados y asesinados por el mero hecho de pensar de forma diferente.
Jerez se convertía en una carnicería, cuyos puntos más negros se encontraban situados en la Huerta de Terry, el cementerio de Santo Domingo e incluso caminos y carreteras que la unían con La Barca y Trebujena. La represión en nuestra ciudad terminó con la ejecución de entre 600 y 1.000 víctimas.
Las personas encarceladas pedían a sus familiares ser recordados. Otros tenían miedo de ser apresados, otros no se explicaban por qué se habían llevado a sus seres queridos. En algunas casas se podía oír Radio Pirenaica pero tanto era el miedo instaurado que se veían obligados a cerrar las ventanas y puertas a cal y canto por si algún vecino o ciudadano que pasara por allí los escuchaba y los denunciaba ante las fuerzas franquistas.
Familias rotas, infancias destruidas cargadas de pobreza, mujeres maltratadas y mucha sangre derramada. Todavía muchas personas piden la búsqueda de familiares perdidos y asesinados. Son cuerpos de seres humanos los que yacen en las cunetas de nuestras carreteras. Son lágrimas llenas de desconsuelo por las que la memoria lucha, pero que a día de hoy todavía no tienen una tumba a la que rezar.
Queremos seguir caminando hacia un futuro del que esperamos mejoría pero estamos cargadas de un pasado cuyas preguntas aún no han sido respondidas. Como bien dice Cristóbal Orellana “las heridas no se cierran de cualquier modo, se cierran con justicia”.