El Presidente de los Estados Unidos Herbert Hoover, Ingeniero de minas, realizó esta observación:
La gran responsabilidad del Ingeniero en comparación con otros profesionales es que su trabajo queda expuesto ante todo el mundo. Sus actos, realizados paso a paso, quedan registrados como materia sólida. No puede enterrar sus errores en una tumba como los médicos. No puede hacer que se desvanezcan en una cortina de humo o culpar al juez, como lo hacen los abogados. No puede, como en el caso del arquitecto, ocultar sus errores con árboles y hierba. No puede, como los políticos, encubrir sus faltas culpando a sus oponentes y abrigando la esperanza de que la gente lo olvide. El ingeniero simplemente no puede negar que él lo hizo. Si sus obras no funcionan se le maldice. Estos son los fantasmas que lo atormentan por la noche y lo persiguen durante el día. Regresa de su trabajo al final de la jornada resuelto a realizar de nuevo los cálculos. Luego, despierta en la mañana y durante todo el día se estremece en pensar en los errores que inevitablemente surgirán y pondrán en peligro su contrato.
Por otro lado, a diferencia del médico, la suya no es una vida entre los débiles. En contraste con el soldado, la destrucción no es su meta. En oposición al abogado, los pleitos no son su pan de cada día. Al ingeniero le corresponde arropar los huesos desnudos de la ciencia con la vida, comodidad y esperanza.
El Ethics Commitee of Engineer`s Council for Professional Development (Comité de Ética del Consejo de Ingenieros para el Desarrollo Profesional) preparó la siguiente declaración que describe el compromiso e ideal de un ingeniero:
“YO SOY INGENIERO. Siento un profundo orgullo de mi profesión, pero sin vanagloriarme; a ella debo solemnes obligaciones que anhelo poder cumplir.
Como Ingeniero no participaré sino en empresas honestas. A quien haya solicitado mis servicios como empleado o cliente le daré lo mejor de mi desempeño y fidelidad.
Cuando sea necesario, daré sin reservas mi capacidad y conocimiento para el bien del público. Una capacidad especial conlleva la obligación de usarla en beneficio de la humanidad y acepto el reto que ello implica.
Celoso de la alta reputación de mi carrera, me esforzaré por proteger los intereses y el buen nombre de cualquier ingeniero que a mi entender lo merezca; pero, si lo dicta el deber, no me acobardaré en revelar la verdad con respecto a cualquiera que, mediante actos sin escrúpulos se haya mostrado indigno de la profesión.
Desde la edad de piedra, el progreso humano ha sido condicionado por el genio de mis antecesores profesionales. Por ellos ahora son útiles a la humanidad los vastos recursos de la naturaleza, tanto en materiales como en energía. Gracias a ellos se han vitalizado y han adquirido importancia práctica los principios de la ciencia y los hallazgos de la tecnología. De no ser por esta herencia de experiencia acumulada, mis esfuerzos serían poco efectivos. Prometo dedicarme a difundir el conocimiento de la ingeniería, y especialmente a instruir a los miembros más jóvenes de mi profesión en todas sus artes y tradiciones.
A mis compañeros les prometo, en la misma medida que lo demando a ellos, integridad y trato justo, tolerancia y respeto y devoción hacia los principios y la dignidad de nuestra profesión; siempre con la conciencia de que nuestra capacidad especial lleva consigo a la obligación de servir a la humanidad con toda sinceridad.”
La responsabilidad de los ingenieros es tan grande que cuando se cometen errores en la práctica por pequeños que sean pueden tener consecuencias catastróficas como lo muestra el siguiente documental.