2007 -2010
UNIVERSIDAD ARTE MORDENO Y CONTEMPORANEO
UNIVERSIDAD ARTE MORDENO Y CONTEMPORANEO
Entré a la facultad con la ilusión de que la academia con la pasión de consolidar mi carrera como artista, pero me topé con un arte contemporáneo que me dejó anonadado. Mi formación, anclada al arte moderno me se sentía en el limbo. Recuerdo la desolación de ir a una exposición y no entender la propuesta plástica y, al preguntarle al creador, recibir por respuesta un: “¿Acaso no has leído a tal libro?”. Me miraban con un sarcasmo que rozaba el menosprecio por no conocer el metalenguaje de moda. Allí comprendí mi postura ética: el arte debe comunicar, no excluir. Mi obra nació entonces como una propuesta democrática, pensada para un público de los 7 a los 99 años, sin barreras de estrato social.
Esa "pelea" interna fue desgarradora. Me encontraba atrapado en un fuego cruzado: mis amigos artistas con los que aprendí en el taller cuestionaban mi apertura al nuevo arte, mientras mis compañeros de clase ridiculizaban mis esculturas en, hierro y cerámica, tachándome de "anticuado" por mi apego al oficio.
Decidí enfrentar este problema que llevaba años cuestionándome y peleando en la clase de la profesora Paula Silva. Con ella, el estudio fue una confrontación definitiva: consumí libros y los vomité. En este camino, el texto de Lucy Lippard, Seis años: la desmaterialización del objeto artístico, fue mi eje y mi campo de batalla. Lo cuestioné hasta entender que mi lucha no era por abandonar el objeto, sino por dotarlo de una capacidad comunicativa radical. Fue un ejercicio visceral de asimilación y rechazo que me sirvió para romper mis estructuras.
Recuerdo la rabia creativa que sentí cuando, al socializar mis esculturas —obras que me habían costado tiempo y alma—, algunos se mofaron. Al ver el trabajo de quienes me ridiculizaban, me dije: “Puedo hacer esto cien veces mejor, pero sin olvidar el objeto”. Decidí dejar de pelear y, simplemente, ser yo.
En ese hervor universitario conocí a Alejandro Moreno. Él trabajaba arte de nuevos medios y tecnología; cosas que yo no entendía, pero nuestras tertulias eran el combustible que necesitaba. Una tarde le dije: “Hagamos un colectivo”. Lo bautizamos Punto Colectivo, porque el arte era el único punto que teníamos en común desde la diferencia. Se sumaron amigos fundamentales:
Alexander Acosta: Compañero de la Ópera de Colombia, grafitero con sentido histórico y social que fue nuestro polo a tierra.
Camilo Leal: Diseñador de raíces ancestrales boyacenses, cuya sensibilidad aportó profundidad coherencia y muchas dudas a nuestras acciones.
Éramos los "raros", los que no encajábamos en la asepsia de las galerías convencionales. Sin embargo, en esa diferencia encontramos nuestra mayor fuerza: un grito democrático que buscaba sacar el arte de los pedestales para devolverlo a la gente. Nuestra práctica no era solo formal, era una insurrección simbólica en el espacio público de Bogotá.
1. Nuestro bautismo de fuego fue el proyecto de intervención en el Museo Nacional de Colombia. No buscábamos una exhibición pasiva; presentamos siete propuestas disruptivas que cuestionaban frontalmente el contexto social y los relatos hegemónicos del museo. Fue un ejercicio de curaduría crítica desde la base, donde pusimos en duda quién narra la historia y a quiénes se intenta invisibilizar en las vitrinas institucionales. De las 7 solo logramos hacer una ya que el museo se enteró y fortaleció su seguridad.
2. Arterias: El Arte como Gestión y el Permiso como Obra Nuestro segundo gran desafío fue "Arterias", un proyecto a gran escala diseñado para intervenir la Carrera Séptima, la vena vital de la capital. Aquí descubrimos que, en el arte público, el papel es tan material como el hierro.
Lo que inició como una propuesta plástica terminó convirtiéndose en una obra procesual hecha de burocracia: cientos de cartas, radicados, solicitudes y papeleos para obtener los permisos de ciudad. En la muestra final, la pieza no fue un objeto, sino una pared tapizada de documentos; una cartografía de los obstáculos institucionales que debe sortear un artista para ocupar la calle. Fue la estetización del proceso administrativo como una forma de resistencia.
3. Memorias de una Desfragmentación: Los 60 años del Bogotazo, El proyecto más profundo de esta etapa fue "Memorias de una Desfragmentación", gestado para los 60 años de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Esta intervención en el Eje Ambiental de Bogotá no fue una lección de historia, sino un acto de justicia narrativa.
Buscamos confrontar la "historia oficial" de los periódicos de la epoca con la memoria viva de los sobrevivientes. Al intervenir este espacio emblemático, permitimos que los relatos de quienes caminaron entre las cenizas de 1948 dialogaran con el presente. No era solo recordar una fecha; era reparar simbólicamente la herida abierta de la violencia en Colombia, transformando el agua la calle en un soporte para la memoria colectiva.
En medio del comienzo de la efervescencia creativa, apareció una figura fundamental en mi producción y la estructura misma de. colectivo: Leonor Uribe. En aquel entonces, ella gestaba Cero Galería, un espacio que no tardó en convertirse en la pieza angular de nuestra construcción artística. Leonor fue, simultáneamente, un soporte incondicional y un interrogante constante. No se limitaba a darnos un espacio físico; nos empujaba a diseccionar cada acción de Punto Colectivo, invitándonos a observar nuestras propias intervenciones desde ángulos incómodos y perspectivas que no habíamos imaginado.
Recuerdo con absoluta nitidez nuestro primer encuentro. Yo era apenas un estudiante de artes, cargado de dudas pero también de una obsesión material. Llevaba conmigo el boceto de una escultura en la que había trabajado durante años; una pieza que, en mi mente, era una arquitectura de significantes, un equilibrio complejo entre la plástica y la matemática.
Frente a la rigidez que yo había experimentado en otros círculos, Leonor me recibió con una generosidad inmensa. No solo acogió la obra, sino que validó mi camino cuando este apenas comenzaba a trazarse. Ese gesto fue el que me permitió entender que mi búsqueda —ese diálogo entre el oficio técnico y la carga conceptual— tenía un lugar en el mundo. Hoy, Leonor sigue siendo un eje fundamental de mi producción y una amiga entrañable; la voz que, años después, me sigue invitando a no conformarme con la primera mirada y a entender el arte como un proceso de eterna pregunta.
Mi fascinación por los hilos invisibles de la historia comenzó en la infancia. Recuerdo preguntarle con insistencia a mi abuela sobre los hechos que fracturaron a Colombia, especialmente sobre aquel fatídico 9 de abril y la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. A través de sus relatos, no solo descubrí el dolor de la pérdida, sino el trauma de un toque de queda que se extendió por casi nueve años.
Ese dato cambió mi forma de entender la ciudad: comprendí que, durante casi una década, el espacio público en Bogotá fue sentenciado a muerte. Con el encierro forzado llegó la agonía de los cafés, el silencio de las tertulias y el cierre de los cines del centro; lugares donde antes palpitaba el pensamiento y la palabra.
Ese descubrimiento fue mi motor definitivo y ético. Entendí que si la violencia y la historia oficial nos habían arrebatado la calle —el derecho a habitarnos y a conversar—, mi arte tendría la misión de reconquistarla. Por eso, hoy mi obra se desprende de la asepsia del museo cerrado. Mi búsqueda late en la calle abierta, en el espacio público recuperado, allí donde la memoria del se encuentra para volver a hablar, para sanar y reconfigurar el futuro.
MANIFIESTO
Plantea una REFLEXIÓN del SER con el ARTE
desde diferentes contextos culturales- sociales- históricos, y múltiples
técnicas-formatos.
También la hipóTESIS que “cualquier
espacio donde haya participación colectiva es apto para (realizar-exhibir)
proyectos ARTISTICOS”; y la obra logra altos niveles de crecimiento a nivel
persuasivo cuando el (individuo-espectador) logra hacer parte de la obra misma
o intervenir de alguna manera en ella.
Permitiéndole al individuo-espectador
percibir la OBRA a su manera, sin estar influenciado por el AUTOR.
Con el fin de lograr los objetivos
trazados nos valdremos de diferentes técnicas entre
ellas:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
IDEA ART – PERFORMANCE – HAPPENNIG – LAND
ART – VIDEO ARTE – INTERVENCIÓN
puntocolectivo.blogspot.com/2009/11/manyfiesto.html
.colectivo
Técnica: Vinilo adhesivo
Dimensiones 66,07cm X 3,07cm
Fecha:23/12/2007
Intervención Museo Nacional de Colombia
CON-TEXTO
Intervención en el Museo Nacional de Colombia: Dispositivo de Memoria
La intervención realizada en lo que fue alguna vez el panóptico, específicamente en el área de "Las Cadenas" (segundo piso), opera como un dispositivo de memoria en una Colombia que, hacia el año 2007, intentaba procesar décadas de dolor bajo nuevas estructuras políticas. En este escenario, la obra se aleja de la literalidad de la violencia para enfatizar la relación entre el individuo y la construcción social. A través de mi propuesta "MI ESTADO", planteo una dicotomía narrativa donde el duelo se percibe como una búsqueda constante por "situar el pensamiento" en un territorio que parece desvanecerse.
En esta pieza, el colectivo deja de ser un observador pasivo para convertirse en un investigador-creador: alguien que utiliza la forma para organizar el caos de un país que se desfragmentaba entre la guerra y la esperanza. Se genera así una tensión dialéctica entre el contexto histórico de las cadenas y la ausencia, materializando la sombra del desplazamiento y la pérdida. La obra sirve para contener y dar orden a una realidad social desbordada, utilizando el vacío y el silencio como herramientas para invitar a la reflexión sobre la identidad y la pertinencia.
Desde la necesidad de una pedagogía de la memoria, el arte en Colombia deja de ser un adorno para transformarse en un puente entre los contextos sociales y la forma estética; una herramienta definitiva para trascender los muros del conflicto. Es imperativo entender el arte no solo como estética, sino como un acto de restauración simbólica. En aquel año, el país atravesaba la tensión entre la consolidación de la seguridad democrática y las persistentes heridas del conflicto interno, a buscar Lugares cargados para narrar la tragedia sin renunciar a la poesía
Obra :Mi Estado en AucEncia
La Novia de Piedra/Conquistando a Rebeca: Estéticas del Afecto , el Patrimonio
"La Novia de Piedra" trasciende la mera intervención urbana para consolidarse como una pieza fundamental sobre la devoción del artista hacia el arte, entendido simultáneamente como musa y como acto de resistencia. Este proyecto, que se despliega como una serie de acciones performáticas de sitio específico sobre "La Rebeca" —primera escultura semidesnuda de Bogotá y epicentro de antiguos escándalos moralistas—, propone una relectura del monumento desde la marginalidad y el afecto.
Hoy, despojada de su antiguo pedestal aristocrático, "La Rebeca" sobrevive como la protectora de locos, bohemios y habitantes de calle. El artista, asumiendo el rol de investigador-enamorado, se desprende de la mirada académica para habitar el territorio como un sujeto itinerante. Mediante una ritualidad sistemática de cortejo, el artista intervino la frialdad del mármol con gestos de cuidado y devoción: baños de vino, limpiezas manuales , ofrendas florales, poesías y la entrega de una cadena de plata. Estos actos no solo desafiaron la vigilancia del Estado y la constante interrupción policial, sino que fracturaron la cotidianidad de la Carrera Décima, convirtiendo la pileta en un escenario de teatro social donde transeúntes y tribus urbanas fueron testigos de una conquista simbólica.
El clímax conceptual de la obra reside en el encuentro con "el otro": un habitante de calle de vasta cultura que, en un duelo caballeresco bajo las sombras de la razón, disputó el amor de la escultura. Este debate, cargado de una locura compartida y lúcida, culminó en una cesión de derechos afectivos, otorgándole al artista el título de "novio" de la escultura.
Ante la erosión de la memoria y la pérdida de los registros visuales originales, el fragmento testimonial que sobrevive en video trasciende su función de soporte para erigirse como la reliquia de una intervención que logró lo que el tiempo institucional nunca pudo: dotar de piel ala piedra y de sacralidad a la marginalidad. Es una obra de restauración simbólica que no solo rehabilita un objeto físico, sino que devuelve la capacidad de asombro a un patrimonio envejecido, rescatando la pulsión de vida en el corazón de una Bogotá que se debate entre el olvido y el rito. Esta acción, nacida en la capital, proyecta su movimiento y su ética del cuidado hacia nuestra actual labor, reafirmando que el patrimonio solo vive cuando es amado.
"Como toda conquista apasionada, el idilio con La Rebeca dejó en mi cuerpo una impronta indeleble que trascendió lo poético. El fin de la acción no solo estuvo marcado por la victoria simbólica frente a mi rival bohemio, sino por una secuela física que me acompañó durante los seis meses posteriores: una persistente infección fúngica en los pies, contraída en las aguas estancadas y residuales de la pileta. Este padecimiento; fue el precio de habitar el abandono de un patrimonio que la ciudad había olvidado, recordándome cada día que el amor al arte en el espacio público colombiano no es un acto higiénico, sino un compromiso carnal que se padece y se porta. Aquellos hongos fueron la última conexión física con mi 'novia de piedra', una extensión del rito que me obligó a cargar con el peso del territorio mucho después de haber abandonado la fuente."