Historias de Ángeles y Ciudades
La Fundación de Puebla
Cuenta la leyenda que no habían pasado más de 10 años desde la conquista española de Tenochtitlán cuando el obispo de Tlaxcala, el dominico fray Julián Garcés tuvo un extraño sueño, exactamente el día 28 de septiembre de 1530, un día antes de la fiesta de San Miguel.
En su sueño vio un gran valle verde rodeado por volcanes, montañas y ríos, sobre el que se abría el cielo para dejar que varios ángeles descendieran con hilos de oro en sus manos. Al volar sobre el valle iban trazando con estos hilos las calles y manzanas de una gran ciudad, de forma similar a un tablero de ajedrez.
Poco tiempo después fray Julián Garcés se dio cuenta que el valle con el que había soñado se ubicaba entre Tlaxcala y Cholula, rodeado por otros señoríos indígenas como Huejotzingo, Calpan, Cuauhtincha, Totimehuacan y Tepeaca. Se dice que este lugar era conocido en lengua náhuatl como Cuetlaxcoapan, que significa “lugar donde las serpientes cambian de piel”, muy cercano a un río denominado Huitzilapan, es decir, “río de colibríes”, y que fue reconocido posteriormente como “Río de San Francisco”.
Los otros ríos que rodeaban ese valle eran el Atoyac y el Alseseca, mientras que los volcanes que vio fray Julián Garcés eran el Popocatépetl, el Iztacíhuatl y la Malinche. Más allá de la leyenda, en ese valle no existía población indígena habitándolo, por lo que era un buen lugar para construir una ciudad para españoles, debido a que su posición geográfica era ideal al estar ubicada en el camino entre el Puerto de Veracruz y la Ciudad de México.
Siguiendo esta idea fray Julián Garcés, el franciscano Toribio de Benavente llamado por los indígenas de la región Motolinia que significa “el pobre” y que estaba en esta región evangelizando, comenzaron el proyecto fundacional con una misa realizada el 16 de abril de 1531.
Toribio de Motolinia en sus escritos relata que él supervisó la construcción de un cobertizo muy sencillo con un altar para realizar esa primera misa de fundación.
El lugar exacto de este gran acontecimiento en la historia de la Ciudad de Puebla sigue siendo desconocido. Algunos autores lo sitúan en el barrio de “El Alto” justo en donde se construyó la Parroquia de Santa Cruz, mientras que otros dicen que se ubicó al sur de lo que hoy es el Cerro de Guadalupe.
Para la construcción de esta nueva población se utilizó mano de obra indígena proveniente de lugares como Tlaxcala, Cholula y Calpan, asignándole lugares específicos para que vivieran. De esta forma nacieron los barrios de Puebla. Sin embargo se sabe que algunas inundaciones hicieron que se buscara otro sitio para la población. Algunos autores como Veytia en el siglo XVIII, dicen que la “Segunda Fundación” se realizó el 29 de septiembre de 1531. Sin embargo por documentos de la época sabemos que esto ocurrió en 1532, en los cuales además se empieza a llamar a esa nueva población como “Ciudad de los Ángeles”.
La talavera
Uno de los muchos secretos que los mexicanos tenemos con la cultura árabe, o más precisamente con la cultura arábigo andaluza, es visible en la alfarería que conocemos como Talavera de Puebla. En esas vasijas de loza vidriada se esconde concentrada la historia de los ocho siglos que los árabes vivieron en dos terceras partes de lo que ahora es España y Portugal. Porque fue en un lugar que ahora conocemos como Talavera de la Reina, cerca de Toledo, donde los alfareros árabes se establecieron e implantaron las técnicas y las formas que a través de los siglos hemos heredado.
Cuando compramos en Puebla una vasija de Talavera, estamos dando nueva vida a los gestos milenarios de los hombres que inventaron esas formas y texturas que ahora podemos disfrutar. De manera paralela, la alfarería que ahora se hace en un país árabe, también heredero de lo arábigoandaluz, Marruecos, es muy parecida a la que se hace en Puebla. Tal vez más parecida a la mexicana que la alfarería que se sigue haciendo en España, en Talavera de la Reina, porque ahí la artesanía tuvo a lo largo de los siglos una evolución renacentista que no se dio en Marruecos ni en México.
Lo cierto es que la Talavera de Puebla es una muestra de la pluralidad de razas y culturas que confluyen en México ya que, en cada vasija blanca y azul hecha en los alfares de Puebla, lo árabe, lo español, lo mexicano aparecen sutilmente hechos técnica y dibujo de la materia, herencias mudas que nos hablan por la vista y el tacto.
El origen oriental de la Talavera va más allá de los países árabes y se remonta a la China. Aunque también en el Medio Oriente, desde el siglo IX, se hacía una alfarería que pudiera ser antecedente de la Talavera. Sin embargo, tal como la conocemos ahora, en formas y técnicas, la Talavera se remonta al siglo XVI.
Es impresionante todo lo ajeno que hay en lo más nuestro, todo lo que nos viene de muy lejos. En sí misma, la palabra Talavera es un término lleno de misterio, como misterioso es que los hombres se empeñen en obtener de la tierra objetos vidriados y pintados que, al chocar entre sí, suenan a campana ronca y que llaman nuestra atención por su belleza. Hacer bellos los objetos útiles revela una extraña tenacidad de algunos hombres, una obsesión que es uno más de los secretos que albergan estos objetos artesanales. La loza que conocemos como Talavera de Puebla es sin duda uno de los temas mayores de las artes tradicionales de nuestro país.
Por su parte, Herbert Read, el conocido historiador del arte, nos propone la idea de que la creatividad de un pueblo, su fineza y sensibilidad, se pueden apreciar a través de su alfarería. Según lo cual, la Talavera sería un índice confiable para juzgar la sensibilidad creativa de los artesanos mexicanos en diferentes épocas. Según Read, "la alfarería es al mismo tiempo la más simple y la más complicada de todas las artes. Es la más simple porque es la más elemental.
Es la más complicada porque es la más abstracta. Históricamente, es de las primeras artes. (...) Un jarrón griego es armonía estática, pero el jarrón chino, una vez liberado de todas las influencias impuestas por otras culturas y otras técnicas, adquiere armonía dinámica. No sólo es una relación sino movimiento vivo. No cristal sino flor." Las piezas de Talavera de Puebla son las flores centenarias de nuestra cultura.
La alfarería de Talavera es un arte ligado históricamente a ciertos espacios: la cocina, la iglesia y el convento, la fachada de la casa y su interior. Más el espacio del taller, donde los rituales centenarios de las manos del artesano buscando repetir y al mismo tiempo crear las formas, se llevan a cabo cotidianamente.
Es así como el 20 de marzo del mismo año, la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, expidió una Cédula Real por la que se concedía a esta “puebla de españoles” el título de Ciudad de Ángeles. Además en ese año se tiene noticia de los 34 primeros habitantes de esta nueva población, debido a una repartición de tierras realizada el 5 de diciembre, entre los que llama la atención una viuda: Marina Muñoz. Años después, en 1538 la ciudad tenía un impulso tan grande que incluso recibió su escudo de armas, escudo que aún en la actualidad sigue vigente y por el que se reconoce a la Ciudad de Puebla.
La ciudad empezó a recibir varios títulos como los que gozaban las grandes ciudades europeas. El rey Felipe II en 1558 le dio el título de “Noble y Leal”, el de muy noble en 1561, y en 1576 alcanzó todos los honores al obtener el título de “muy nombre y muy leal Ciudad de los Ángeles”.
A finales de 1532 las autoridades españolas y los franciscanos habían establecido una nueva traza en el segundo lugar de fundación de Puebla, a cuyo alrededor se habían entregado terrenos a los habitantes de esa época. Pero de la traza y de la forma de la ciudad hablaremos en el siguiente número.
El “Noble y Leal”, el de muy noble en 1561, y en 1576 alcanzó todos los honores al obtenerle título de “muy noble y muy leal Ciudad de los Ángeles”.
A finales de 1532 las autoridades españolas y los franciscanos habían establecido una nueva traza en el segundo lugar de fundación de Puebla, a cuyo alrededor se habían entregado terrenos a los habitantes de esa época.
La cocina poblana es uno de los ambientes naturales de la Talavera: azulejos en los muros y hasta en los techos y recipientes de alimentos a punto de ir a la mesa se unen formando una "arquitectura culinaria" donde el espacio interior de la cocina es como un gran reflejo de los platillos típicos de Puebla, ricos en sabor, originalidad y colorido. La cocina de azulejos y la vajilla de loza blanca vidriada son como cámaras de ecos donde los platillos reciben también el condimento visual de la Talavera. Así, al placer de la comida, la Talavera añade un placer que entra por los ojos y que, como el de los alimentos, es un placer compartido.
En un tipo muy diferente de cocina, en las farmacias de otras épocas, abundaban los recipientes de Talavera por ser prácticos y muchas veces hermosos. Su interior era impermeable y en su exterior se mandaba escribir, desde antes de entrar al horno, el nombre de las hierbas o sustancias que albergaría. Lo mismo que el emblema de la orden religiosa que encargaba la pieza, si ésta estaba destinada a la farmacia de algún convento.
Un último espacio de la Talavera, y más reciente, es el de los museos donde estas flores de barro cristalizado se ofrecen a nuestra contemplación alejadas de sus usos. En México, dos museos tienen las mejores colecciones: el Museo Bello, de la ciudad de Puebla, y el Museo Franz Mayer, de la ciudad de México. Ambos son el producto de dos hombres que tuvieron una gran debilidad por la Talavera, una manía de poseerla, casi podría decirse un enamoramiento tenaz. Porque la Talavera tiene también entre sus secretos el de despertar pasiones.