MARÍA DE MONTPELLIER, Reina de Aragón
María de Montpellier era hija de la princesa bizantina Eudoxia Comneno y del conde Guillermo de Montpellier. María creció en la corte de Montpellier, abandonada y a merced de su madrastra Inés, que en quince años de convivencia con su padre le había dado seis hijas y dos hijos y había de trabajar para que todos los derechos al señorío pasase a su descendencia. Guillermo de Montpellier siempre estuvo empeñado en desheredar a María y dejar su condado al mayor de sus hijos. Deseando librarse de María cuanto antes, a la edad de doce años la entregaron en matrimonio a Barral, vizconde de Marsella, un hombre de más de cuarenta años con la experiencia de haber repudiado a su esposa por no haberle dado hijos. Barral murió poco tiempo después y María regresó a Montpellier. Su esposo le había dejado quinientos marcos de plata, dinero del que se apoderó inmediatamente Inés.
En 1197 volvieron a casarla con el conde Bernardo de Comminges, un hombre entrado en años que arrastraba a sus espaldas tres matrimonios anteriores. La dote de María consistió en doscientos marcos de plata y el novio le regalaba el castillo de Murel. Dos hijas nacieron de este matrimonio: Matilde y Peyrona. Después, su esposo la repudió pretextando lazos de parentesco, la echó de su castillo y la devolvió a casa de su padre.
Muere el padre de María y su hermanastro mayor Guillermo, que sólo contaba con quince años, hereda las propiedades y dignidades familiares. Una revuelta burguesa termina con el gobierno de Guillermo y su grupo, nombrando como señora absoluta a María. El 12 de junio de 1204 se casaba con Pedro II de Aragón, un matrimonio guiado por los intereses del monarca en el mediodía francés. Dos años después de la boda, Pedro arrancó de la reina la renuncia a todos sus derechos sobre el señorío, haciéndole señor absoluto de Montpellier.
Al mes siguiente nació su hija Sancha, que murió prematuramente, y Pedro no tardó mucho en concertar un matrimonio entre la recién nacida y el hijo del conde de Toulousse. La niña llevaría como dote el señorío de Montpellier. A la reina María no se le había consultado este compromiso y reaccionó muy indignada: "Viendo y considerando que estas convenciones son de gran detrimento para mí, no he querido aprobarlas ni confirmarlas. Así de parte del rey, mi marido, he sido objeto de indignas amenazas; he sido crucificada".
En un documento que se ha conservado, se queja del trato denigrante que le dispensa su regio esposo, denuncia el interés de su marido por poseer una tierra, un señorío y una mujer para disponer de todo a su manera y que el rey la había obligado a la fuerza, mediante amenazas, a entregarle el señorío de Montpellier. El rey se apartó de ella y no consintió por ninguna razón acercarse nunca más a su esposa, solicitando al papa la anulación de su matrimonio para contraer nuevos esponsales con María de Montferrato, heredera del reino de Jerusalén. Y aquí comienza la leyenda de como fue concebido el futuro rey Jaime I "El Conquistador" gracias a un ingenioso engaño de la reina para conseguir yacer con su esposo.
Sucedió que el rey andaba cortejando a una dama y la reina María, valiéndose de la complicidad de un intermediario, hizo creer a don Pedro que esta dama consentía en pasar una noche con él, con la condición de que fuera todo a oscuras. El rey acudió confiado a la cita en Miraval sin sospechar que quien lo aguardaba en la oscuridad de la alcoba no era su amada, sino María y no se dió cuenta del cambio. Después de pasar la noche trajo testigos a la estancia que testificasen fehacientemente que ella, la reina, había cohabitado con el rey. Uno de los testigos se llamaba Guillén Alcalá, quien había pasado todas esas horas en vigilia ante la recámara, viendo entrar al rey y a nadie más.
Otra versión dice que fueron los ciudadanos de Montpellier (prohombres, abades, priores, damas y doncellas) quienes organizaron el engaño en la alcoba real y quienes a la mañana siguiente esperarían a la puerta de la habitación del rey, acompañados de un notario para levantar acta de la cohabitación de Pedro y María durante la noche anterior. El rey, lleno de cólera, se puso en pie de un brinco y blandió la espada pero se fue calmando a medida que los cortesanos justificaron el engaño en aras de la necesidad de que el soberano tuviera un descendiente. Al fin, exclamó: « Pues que el cielo quiera satisfacer vuestros deseos », y aquel mismo día abandonó la ciudad a caballo.
Tras esa noche y en espera de la concepción de Jaime toda la ciudad rezaba y se decían misas en honor a la Virgen para que intercediera en favor de la reina. El rey desde que partió disgustado, nunca más se encontró con la reina y ni siquiera el nacimiento del heredero le hizo cambiar de idea.
El 2 de Febrero de 1208 se le presentó el parto a la reina en Montpellier, estando presentes como testigos del acontecimiento los principales ciudadanos con sus mujeres. Nació un infante bellísimo y bien formado y doña María ordenó encender doce cirios con los nombres de los apóstoles, manifestando que el que durara más daría el nombre de su hijo, lo que sucedió con el del apóstol Santiago y así al pequeño se le llamó Jaime. El infante se libraría milagrosamente de un atentado cuando una piedra fue lanzada sobre su cuna.
El rey siguió adelante con su propósito de divorciarse de la reina, presentando dos argumentos para la anulación de su matrimonio: haber mantenido relaciones carnales con una prima de María y que la reina no había conseguido la anulación de su segundo matrimonio con el conde de Commenges cuando se casó con ella.
El rey Pedro no había visto en este enlace más que un medio para asegurar su poder en el Mediodía de Francia. El galante soberano, siempre dispuesto a ofrecer sus homenajes a las damas más hermosas de sus estados, olvidaba a su joven esposa (…) no quiso verla en ningún punto donde él estuviese, y dijo que mucho se había rebajado por ella, pues solamente por Montpellier la había aceptado, aun cuando no era hija de rey.
A los dos años de su nacimiento, el infante es arrancado de los brazos de su madre para ser entregado, por el rey, a la tutela de Simón de Montfort como señal de paz para que Montfort no invadiera sus territorios, a cambio de que el joven infante recibiría de este caballero una educación y un matrimonio pactado con Amicia de Montfort que nunca llegó a celebrarse. La reina María, que hasta entonces no se había enfrentado con su esposo sino que había aceptado en silencio y con paciencia todas las excentricidades e injusticias del rey, sabedora de que su caso de nulidad matrimonial se estaba estudiando en Roma, determinó visitar al Papa Inocencio III y defenderse en persona.
La reina declaró ante el Pontífice que su padre la había amedrentado con amenazas de muerte y obligado a casarse contra su voluntad con el conde de Comminges, con el que tenía lazos de parentesco y no se había solicitado la dispensa a la iglesia. Bernardo de Comminges continuaba casado con la hija del conde de Bigorre y se lo había ocultado a María. El Papa dictaminó que el matrimonio entre los reyes de Aragón era legítimo e instaba al rey a recibir a María como su legítima esposa y a evitar el repudio. Pedro se negó en redondo a tenerla a su lado y la reina, para evitar males mayores, decidió quedarse a vivir en Roma lejos del alcance de su esposo, esta dolorosa decisión la obligaba a dejar atrás a su hijo Jaime por el que ella tanto estaba luchando para demostrar su legitimidad y derecho a heredar.
Su hermanastro Guillermo reclamaba para sí el señorío de Montpellier y de nuevo María tuvo que defender sus derechos ante el Pontífice, puesto que el matrimonio entre Guillermo de Montpellier y Eudoxia Comneno no fue anulado cuando este tomó por esposa a Inés. El Papa sentenció a favor de María, declarándola señora de Montpellier y reconociendo al infante Jaime como el legítimo heredero de las posesiones y señoríos de su madre.
Muerto el rey Pedro repentinamente, sin hacer testamento y sin otro heredero que su hijo Jaime de tan sólo cinco años, los nobles del reino declararon rey al niño. Los hermanos del rey Don Pedro ambicionaban la corona y Simón de Montfort no quería entregar el niño a los aragoneses para ser coronado. Por tal motivo se envió una embajada a Roma para solicitar la mediación del Papa en este delicado asunto. La reina María actuó moviendo sus influencias para que la embajada fuese recibida enseguida. Como consecuencia de las peticiones de los delegados de Aragón y de la propia reina, el Papa envió un legado a Carcassona portando la orden a Simón de Montfort de que entregase el infante a los aragoneses para su proclamación como rey.
Doña María fallecería en Roma en 1213, pobre y casi olvidada. A su muerte se halló que sólo poseía unas prendas de ropa que dejó en testamento a sus dos únicas sirvientas. Pero antes de fallecer logró del Papa la promesa de que cuidaría y protegería mientras viviese a su hijo Jaime. Esta desdichada reina fue sepultada en la iglesia de San Pedro del Vaticano junto al sepulcro de Santa Petronila, en donde sigue en la actualidad.
El rey Jaime escribiría sobre su madre: De la reina Dona María, nuestra madre, solo queremos decir esto: que si había alguna buena mujer en el mundo era ella, tanto en temer y honrar a Dios como por las otras buenas costumbres que tenía. Y podríamos decir mucho y bueno de ella, per sólo diremos, que vale sobradamente por todo lo demás: que es amada por todos los hombres del mundo que conocen sus sufrimientos. Y Nuestro Señor la amó tanto y le otorgó tanta gracia, que reina santa es llamada por aquellos que estan en Roma y por el resto del mundo.
María de Montpellier adquirió tal fama de santidad que tiempo después de su muerte se le atribuyen curaciones milagrosas y su lápida casi desapareció, pues la gente decía que mezclando polvo de esta piedra con agua o vino curaba de sus males.