EVA PERÓN
La historia de la que sin duda fue la mujer argentina más influyente e importante del siglo XX, es la de una auténtica Cenicienta que desde lo más bajo fue ascendiendo hasta acabar ejerciendo de todopoderosa primera dama junto a su esposo el general Perón. Idolatrada por sus seguidores u odiada por sus detractores, nada ni nadie pudo evitar la popularidad que alcanzó en su época.
LOS AÑOS DE SU INFANCIA Y ADOLESCENCIA
A los quince años, Juana Ibarguren comenzó a trabajar como cocinera en la hacienda La Unión, a veinte kilómetros del pueblo de Los Toldos, donde preparaba la comida a los peones del campo. La diligente y hermosa muchacha pronto se convertiría en la amante del patrón, Juan Duarte Echegoyen, hombre casado e importante político conservador de Chivilcoy, una ciudad cercana a Los Toldos. De esta relación extramatrimonial, que duró doce años, nacieron cinco hijos: un varón y cuatro niñas. Eva María, la pequeña de la familia, había nacido el 7 de mayo de 1919. Aunque todo el pueblo sabía quién era el verdadero padre de las cinco criaturas, Duarte no reconoció a ninguno de sus vástagos. Sin embargo, aceptó hacerse cargo de su manutención y los visitaba con frecuencia en el rancho cercano a la hacienda donde les permitía vivir. Juana, terca y arrogante, nunca se comportó como si fuera la querida del patrón, por el contrario, adoptó el apellido Duarte y cuando vivía en la aldea de Los Toldos se paseaba orgullosa con sus hijos bien vestida y perfumada.
Juan Duarte siempre trató con respeto a su amante y se preocupó de que a sus hijos no les faltara de nada. Pero todo cambió en los primeros meses de 1920. Eva tenía menos de un año cuando su padre decidió regresar con su familia legítima, dejando a Juana en una difícil situación económica. Fue una época muy dura para esta mujer humilde y luchadora que consiguió sacar adelante a su numerosa prole gracias a su inquebrantable fuerza de voluntad. Juana y los niños se trasladaron a una nueva vivienda a las afueras de Los Toldos, que tenía dos habitaciones y estaba cerca de la vía del tren. En la parte trasera disponían de un cobertizo mal aireado para cocinar y un pequeño patio. Para poder mantener a los suyos, Juana se dedicó a coser y arreglar prendas en su máquina Singer. Mientras, la gente del pueblo que conocía su pasado –y ahora que no tenía la protección de Juan Duarte-, la criticaba sin piedad. Los vecinos no permitían a sus hijos que jugasen con los suyos porque los consideraban unos bastardos.
La experiencia más traumática en la infancia de Eva fue la repentina muerte de su padre. Aunque los cinco hermanos habían crecido privados del afecto paterno – y Eva apenas tuvo contacto con él-, sentían un gran respeto hacia la figura de Juan Duarte. Cuando en enero de 1929, Juana se enteró de que su amante había muerto en un accidente de coche, decidió acudir al entierro. Quería que sus hijos se despidieran de su padre aunque sabía que su presencia no iba a ser bien vista por la familia legal. Los vistió a todos de riguroso luto y se dirigió con ellos a la casa del fallecido en Chivilcoy. A Juana, las hijas del difunto le impidieron asistir al velatorio, pero a los chiquillos, tras llorar desconsolados frente a la puerta de la casa, se les permitió rezar unos minutos ante el féretro.También se los autorizó a seguir el cortejo fúnebre pero mezclados entre la multitud, no detrás del ataúd. Todas estas humillaciones quedarían grabadas en la memoria de Eva que sólo contaba seis años.
Durante los dos años que siguieron a la muerte del señor Duarte, la vida para Juana y los niños fue muy dura. Aunque nunca les faltó comida, Eva y sus hermanas tuvieron que ayudar a su madre trabajando en las cocinas de algunas de las ricas fincas colindantes. Cuando Eva tenía once años, su madre decidió trasladarse a vivir a Junín, una pequeña ciudad de provincias situada a treinta kilómetros de Los Toldos. Elisa, la primogénita, había encontrado allí un empleo en Correos y Juana pensó que sus otros hijos también conseguirían trabajo. Se dice que los Duarte cargaron todas sus pertenencias en un camión y que salieron de noche porque debían dinero en el pueblo.
Juana no se equivocó y al poco tiempo de instalarse en la ciudad, sus hijos mayores ya se ganaban la vida. La familia fue prosperando y la madre de Evita pudo dejar de coser para dedicarse a un trabajo más rentable. Abrió una modesta casa de huéspedes donde al mediodía, en el patio, ofrecía un suculento menú fijo. El negocio, a falta de competencia, funcionó mejor de lo que imaginaba y gracias a los ingresos de los que ahora disponían, en 1934 la familia pudo mudarse a una casa más amplia y vivir con un cierto desahogo.
Mientras completaba su educación primaria, nunca fue una alumna muy brillante, Eva soñaba con ser actriz y marchar a Buenos Aires. Era una adolescente poco atractiva, flacucha, de mirada triste, morena con el pelo cortado a lo paje y el rostro malhumorado. Nada hacía imaginar entonces que el “patito feo” de su clase se transformaría en una atractiva modelo, de larga melena rubia ondulada, que posaría para las mejores revistas de moda. Tampoco tenía un gran talento dramático, aunque según una de sus maestras, ponía una gran pasión cuando declamaba e incluso hacía llorar a los vecinos cuando recitaba poemas de Rubén Darío o de Bécquer.
Antes de que Eva hiciera realidad su sueño de emigrar a la gran capital, ocurrió un hecho que la marcaría profundamente. Según la historiadora argentina Lucía Gálvez, en 1934, Evita y una amiga fueron víctimas de una agresión sexual por parte de dos jóvenes que las invitaron a pasar un fin de semana con ellos en Mar del Plata. Al salir de Junín, el coche en el que viajaban se desvió de la ruta y los muchachos intentaron violarlas. Es probable que no lo consiguieran porque, como venganza, las dejaron completamente desnudas a las afueras de la ciudad. El conductor de un camión las encontró caminando desorientadas por la carretera y las llevó de regreso a Junín. Eva, al igual que otras humillaciones que sufriría en su adolescencia cuando intentaba triunfar como actriz en Buenos Aires, nunca mencionó este doloroso episodio de su vida.
Su destino cambiaría a principios de enero de 1935 cuando un popular cantante de tangos cuarentón, Agustín Magaldi, se alojó en la pensión Duarte. La leyenda cuenta que la joven aspirante a actriz al conocer a Magaldi le pidió que la llevara con él a Buenos Aires. La mayoría de los biógrafos señalan que tras convencer a su madre, Eva hizo las maletas y se marchó con él tras la segunda función. Fuera de esta manera, o acompañada por su propia madre – como aseguran sus hermanas-, la realidad es que Eva abandonó Junín en los primeros meses de aquel año dispuesta a conquistar la capital. Con quince años, una maleta de cartón y cien pesos en el bosillo, la joven llegaba a Buenos Aires. No estaba del todo sola, su hermano Juan se había instalado un año atrás en la ciudad para incorporarse al servicio militar.
EN BUENOS AIRES
A su llegada a Buenos Aires, Eva alquiló una habitación en una pensión “sólo para señoritas” en la calle Corrientes, donde se concentraba la mayoría de los teatros, cabarets y salas de fiesta de la ciudad. Pronto las luces de neón dieron paso a la cruda realidad: Eva no tenía experiencia artística, vestía mal y tenía un tosco acento propio de la gente del campo. Día tras día recorrió bares y confiterías donde los dueños de las compañías de teatro y productores entrevistaban a las aspirantes. Su físico no la ayudaba demasiado, era desgarbada, medía metro sesenta y cinco, estaba muy flaca y no tenía curvas ( rellenaba su sujetador con medias viejas o papel de periódico).
Durante los siguientes meses, Eva tendría que sobrevivir malviviendo en pensiones baratas y alimentándose de bocadillos. Su hermano trató de convencerla de que regresara a Junín. Pero Eva era muy terca y no dejaba de repetir que algún día llegaría a ser la actriz más importante de Argentina. Mientras ese día llegaba, tendría que conformarse con papeles de poca monta y más humillaciones que fortalecerían su carácter. Nadie sabe con certeza de qué vivió Eva los primeros años que pasó en Buenos Aires. En una época en que las chicas decentes no trabajaban en el teatro y los empresarios abusaban de las jóvenes ingenuas aspirantes a actriz, es fácil imaginar que –tan joven e inexperta- sufriera en su propia piel más de una amarga experiencia.
Evita nunca hablaría de este amargo período de su vida y en las entrevistas que le hicieron cuando ya era la esposa del presidente Perón, prohibía a los periodistas que le preguntaran sobre su pasado artístico. Sus detractores no dudaron en manchar su imagen pública asegurando que en sus inicios había trabajado como prostituta para no morirse de hambre. No existen pruebas de ello, pero a principios de 1937, Eva, a punto de cumplir los dieciocho años, había aprendido muy bien a manejar a los hombres en su provecho. A partir de ese momento se la relacionó con una larga lista de personajes influyentes -directores de revistas, escritores de seriales para la radio, empresarios y militares- que le abrieron las puertas del cerrado mundo artístico.
A Eva la verdadera popularidad le llegó en junio de 1941 cuando firmó un contrato por el cual durante cinco años trabajaría en exclusividad en todos los folletines radiofónicos patrocinados por la firma Guereño, dueños del famoso “Jabón Radical”. Dos años después se había convertido en una de las actrices radiofónicas mejor pagadas del momento. Aunque seguía pareciendo una muchacha tímida y sencilla –y todos coincidían en que era una mala actriz- tenía buenos y poderosos amigos en las altas esferas.
JUAN DOMINGO PERÓN
En un acto benéfico a favor de las víctimas del terremoto de San Juan, celebrado en el estadio Luna Park de Buenos Aires el 22 de enero de 1944, conoció al hombre que la encumbraría a lo más alto y le otorgaría un poder con el que jamás soñó. Se trataba de Juan Domingo Perón, que por aquel entonces estaba al frente de dos importantes carteras – la Secretaría de Guerra y la Secretaría de Trabajo y de la Seguridad Social- y era el hombre fuerte del gobierno militar. Eva se mostró encantadora con él y no le dejó escapar. Para un buen número de damas argentinas, Juan Domingo Perón estaba considerado el mejor partido del país. Era viudo, sin hijos, y siempre iba bien vestido y perfumado. Tenía una sonrisa de galán de cine, una voz profunda y llevaba el cabello peinado hacia atrás con fijador. Perón era un hombre varonil, de aspecto atlético y buena planta – medía un metro ochenta de estatura-, que no pasaba desapercibido.
Los biógrafos coinciden en que la suya fue una relación de mutuo interés marcada por la desmedida ambición de ambos. Sin embargo, Evita consiguió –quizá porque se entregó a él con devoción religiosa- que Perón se enamorara de ella como nunca antes lo había hecho. Eva, ajena al revuelo que su relación con Perón provocaba, ahora ministro de Guerra, proseguía con su trabajo en la radio pero ahora se beneficiaba de ser la amante oficial del coronel. Gracias a la influencia de Perón, su carrera artística sufriría un inesperado impulso. Desde que en 1935 Eva llegara a Buenos Aires, había participado en veinticuatro obras teatrales, en cinco películas y en casi una treintena de seriales radiofónicos.
Evita sabía que no despertaba ninguna simpatía entre los más estrechos colaboradores de Perón –quienes la consideraban una “intrusa”- y que las damas de la alta sociedad la despreciaban. Se envidiaba su juventud, su belleza, su determinación y el que hubiera conquistado el corazón del hombre más poderoso del país. Se temía su influencia, cada vez mayor, en el coronel, su injerencia en los asuntos de gobierno y su ambición. Sin embargo, Eva hacía grandes esfuerzos por aprender e intentaba estar a la altura de las circunstancias. Le enseñaron los buenos modales en la mesa y a mejorar su vocabulario. Eva quiso también mejorar su imagen. La quinceañera morena de cabello corto rizado, que vestía blusas frívolas llenas de volantes y abundante carmín en los labios, poco antes de mudarse a la residencia presidencial en 1946 era una mujer rubia que vestía como una estrella de cine. Le gustaban los escotes exagerados, los tejidos brillantes, las joyas grandes y los peinados complicados.
A Perón no le debió de resultar fácil vivir con una mujer como Eva, propensa a las rabietas y que le exigía en público que se casara con ella. La joven no dudaba en demostrar su desprecio hacia los compañeros de Perón que no consideraba de fiar o que no eran lo suficientemente devotos hacia su persona. Pero a pesar de todo, Eva era la compañera ideal de Perón, le sacó de su apatía y le convirtió en el abanderado de los más desfavorecidos. El coronel no tardó mucho tiempo en darse cuenta del genio político de su nueva compañera y la reclutó para su campaña personal. Al convertirse en la amante del hombre más poderoso del gobierno argentino –y sentirse protegida por él-, Eva dejó de ser la tímida pueblerina y se convirtió en una mujer de carácter, ideas claras y una energía desbordante.
En realidad, durante el primer año y medio de relación, Eva sólo sería su amante y su colaboración se limitaría a apoyarle desde la radio. Antes de que se hubieran convocado oficialmente nuevas elecciones, la locutora no dudaba en hacer campaña a favor de su amante, a quien proclamaba “ el Salvador de la Nación”. En mayo de 1944 fue elegida presidenta del sindicato de artistas de la industria radiofónica. A finales de año, Eva trabajaba en tres programas diarios y, sola o en compañía de Perón, acudía a galas, concesiones de premios y reuniones sindicales. Su salud, que nunca fue muy buena, se resintió en el mes de septiembre y su médico la obligó a tomarse un descanso. Por entonces aparecía en las portadas de las revistas de cine y de radio posando con su rubia melena en traje de baño o disfrazada de marinero. A los periodistas les contaba, entre otras mentiras, que hablaba francés, que le gustaba navegar y que leía a los clásicos y a los contemporáneos.
A principios de 1945, Perón seguía siendo el hombre fuerte del gobierno militar pero su popularidad iba en descenso. Las luchas por el poder eran muy grandes y la hostilidad hacia su persona, dentro y fuera del ejército, era cada vez mayor. La culpa, en parte, la tenía la mujer que ahora compartía su vida y que cada día ostentaba un mayor protagonismo. Para Evita, ajena al escándalo que despertaba su relación con el militar, aquél había sido un año magnífico: había conquistado el corazón de Perón y era propietaria de una casa en la calle de Teodoro García. Algunos biógrafos afirman que esta residencia situada en el elegante barrio de Belgrano, fue un obsequio del multimillonario argentino de origen alemán Ludwig Freude, el hombre que financiaría la campaña política del coronel como candidato a la presidencia.
PERÓN ES DERROCADO
La primera semana de octubre de 1945 fue crucial para Perón y puso a prueba la fidelidad de su compañera Evita. En aquellos días los militares que junto a él habían derrocado al gobierno civil, ahora le echaban en cara su excesivo protagonismo, sus tendencias populistas y sobre todo la intromisión de su amante en los asuntos de gobierno. El día 8 de ese mes se produjo un golpe de Estado dirigido por el general Ávalos que exigió la inmediata renuncia de Perón, que aquel día cumplía cincuenta años. Perón firmó la dimisión de sus tres cargos en el gobierno y pidió al presidente Farrell que cursara su retirada del ejército. El mismo día en que Perón era derrocado, Evita recibía la noticia de que su contrato en la emisora de radio en la que trabajaba había sido cancelado.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, y temiendo por su vida, la pareja abandonó el apartamento que compartían en la calle Posadas y se escondieron hasta que los ánimos se calmaran. La noche del 11 de octubre, un amigo del coronel – el hijo del empresario Ludwig Freude- los llevó a la casa de veraneo de la familia en una isla del delta del Tigre, a escasos treinta kilómetros de Buenos Aires. Evita y Perón se internaron por el río con una lancha hasta llegar a la propiedad donde se levantaba una hermosa casa de madera y tejas de barro, rodeada de césped y árboles centenarios. Allí la pareja esperó el desarrollo de los acontecimientos con la única compañía de un sirviente llamado Otto, que no hablaba apenas español. Tres días más tarde detuvieron a Perón cuando paseaba por el muelle de la isla del brazo de Evita.
Se dice que fue Eva, tras la detención de Juan Domingo Perón, quien buscó apoyo entre los sindicalistas y puso en pie de guerra a los “descamisados” –manera despectiva como la oposición llamaba a los seguidores de Perón- para conseguir el regreso del coronel cautivo. La realidad fue menos romántica, pues entonces Evita no conocía a los líderes sindicales y no tenía ningún apoyo en el círculo íntimo de Perón. Convertida ahora en la amante de un político caído en desgracia, ya no gozaba de protección policial y se encontraba sola y asustada. Cuando se llevaron a Perón, ella tuvo una crisis de nervios y se refugió en la casa de una amiga. Eva, que podía haber huido porque su vida corría también peligro, decidió seguir al lado de su amante.
Evita no desempeñó el papel estelar que los peronistas le adjudicaron en la movilización de los trabajadores que ocuparon la plaza de Mayo, pero sí intentó, sin éxito, obtener de un abogado amigo de Perón un documento para liberarlo. Lo más probable es que durante aquella semana se limitara a esperar, tal como el mismo Perón le aconsejó en una carta. Quien si se movió con rapidez fue otra mujer rubia y desconocida, Isabel Ernst, secretaria y amante del teniente coronel Domingo Mercante – hombre de confianza de Perón- que mantenía excelentes relaciones con los líderes sindicales.
PERÓN ES LIBERADO
El 15 de octubre, los sindicatos comenzaron a movilizarse, miles de obreros en huelga procedentes de las afueras de la ciudad fueron ocupando de forma pacífica la céntrica plaza de Mayo, pidiendo que liberaran a Perón. Esta multitudinaria manifestación, espontánea y sin incidentes, cambió el curso de la historia argentina. Tres días más tarde, los enemigos del coronel, temiendo que se produjera un alzamiento popular en contra del ejército, decidieron liberar al detenido. Perón, con aspecto cansado y enfermo, reapareció ya entrada la noche en el balcón de la Casa Rosada junto al presidente Farrell, el mismo que había dado la orden de que lo encarcelaran. Tras hablar a la multitud que lo aclamaba como a un héroe, prometió presentarse como candidato a las elecciones que tendrían lugar en febrero de 1946.
BODA CON EVITA
Cuatro días después de su comparecencia en el balcón de la Casa Rosada, Perón se casaba con Evita en Junín. Los preparativos del enlace no habían sido fáciles. Eva era hija ilegítima – un detalle que Perón ignoraba- y se las tuvo que arreglar para destruir su partida de nacimiento original y falsificar una nueva. Consiguió cambiar su nombre verdadero – Eva Ibarguren- por el de María Eva Duarte y la fecha de su nacimiento tres años más tarde, en 1922. De esta manera Evita, que contaba en realidad veintiséis años, borraba de un plumazo su “oscuro pasado” y podía contraer matrimonio con el coronel Perón. La partida de nacimiento no fue lo único que Eva mandó destruir de su pasado. Cuando se hizo público su compromiso con Perón, mandó eliminar todo rastro de su anterior carrera de actriz. Reclamó a las emisoras de radio y a las revistas todas las fotografías publicitarias que obraban en su poder, también pidió los negativos a los fotógrafos que la habían retratado cuando era una rubia aspirante a actriz con ganas de triunfar en la capital. Su última película, La pródiga, fue exhibida en sesión privada para Perón y Evita, luego la cinta le fue entregada por su propietario como obsequio.
EL CANDIDATO PERÓN
Evita dejaba atrás sus aspiraciones artísticas para dedicarse de lleno a la causa de Perón. Acompañaría a su esposo en su agotadora gira electoral que los llevaría a las regiones del interior más pobres y olvidadas. La señora de Perón sólo mantendría su puesto en Radio Belgrano, donde fue recibida de manera muy efusiva por su director, el mismo que la había puesto de patitas en la calle unos meses atrás. Éste le dobló el sueldo y le pagó una indemnización por los días en los que no había trabajado. Eva utilizaría la radio para promocionar la candidatura de su esposo a la presidencia y, poco después, compraría la emisora.
El 26 de dicimbre de 1945, el coronel se subió a un tren al que llamó El Descamisadopara recorrer el país en campaña. Se dirigió hacia el norte, a las regiones más pobres y atrasadas, y en la localidad de Santiago del Estero se le unió Evita. Todavía aparecía junto a él tímida y callada, pero repartía besos y abrazos a las gentes que se acercaban a conocer al nuevo “líder de los humildes”. Era la primera vez en la historia argentina que la esposa de un candidato acompañaba a su marido en los actos públicos de una campaña electoral. Evita se haría famosa no sólo por esta razón, sino por su popularidad en las provincias del interior donde era una conocida actriz radiofónica.
El 24 de febrero de 1946, el general Juan Domingo Perón fue elegido presidente por un período de seis años. Evita se convertía en la primera dama del país. Dispuesta a representar bien su papel y a estar a la altura de las circunstancias, se apresuró a elegir un vestido adecuado para la toma de posesión de su esposo. El 4 de junio, en el majestuoso Salón Blanco de la Casa Rosada, la señora Eva Duarte de Perón lució un atrevido vestido gris de seda, con un hombro al descubierto, que ruborizó a su compañero de mesa, el cardenal Copello. Desde el primer momento, la clase alta argentina la acusaría de vestirse de manera vulgar como una estrella de cine y no con la discreción que se espera de la esposa de un presidente.
Pero la gente sencilla del pueblo no opinaba lo mismo. Les gustaba el aspecto despampanante de Evita, las llamativas joyas que lucía y los lujosos vestidos que resaltaban su esbelta figura. Solía llevar tacones altos, enormes pamelas y recargados peinados que sus entregadas seguidoras imitaban. Las jóvenes se teñían el cabello de rubio como ella y pedían a sus peluqueros “el moño en forma de rodete de Evita”. Su foto aparecía en todos los rincones del país, desde la más humilde chabola hasta el balcón de la Casa Rosada. Su popularidad llegó a ser tan grande que las niñas nacidas en las provincias del norte del país se llamaban con preferencia Eva o María Eva. Evita iba a romper muchos moldes en un país donde se consideraba de mal gusto y “poco femenino” que una mujer se ocupara de asuntos políticos. Desde el principio tuvo muy claro que su papel no sería el de simple consorte y que trabajaría activamente junto a Perón.
LA PRIMERA DAMA
A los cuatro meses de la toma de posesión de su esposo, y por iniciativa de éste, Evita se puso a colaborar en el recién creado Ministerio de Trabajo. Allí, en un pequeño despacho que se le acondicionó en el cuarto piso, acudía tres días a la semana para recibir a todos aquellos que precisaran de su ayuda. Evita hizo suya la causa de los trabajadores. No tenía ningún cargo oficial, ni nunca lo tuvo, pero encontró su verdadera vocación entre los humildes y los más desfavorecidos. Apenas sabía de política pero la lucha de clases la llevaba en las entrañas y la sentía como propia. Pronto se convertiría en abanderada de los descamisados y emprendería una auténtica cruzada en pos de la justicia social.
En aquellos meses había un tema que la obsesionaba y del que no dejaba de hablar con Perón: la aprobación de un proyecto de ley a favor de los derechos de la mujer. Estaba dispuesta a conseguir la emancipación de la mujer, aunque para ello tuviera que acudir a los pasillos del Congreso para convencer a los legisladores. En 1947 impulsaría la que ella misma denominó “Cruzada de Ayuda Social Eva Duarte de Perón” para asistir de manera inmediata a los más necesitados. Un año más tarde haría realidad su gran sueño y crearía su propia fundación de beneficencia.
La primera dama dedicaba las tardes a visitar fábricas, escuelas y hospitales. En cada lugar donde se anunciaba su presencia se congregaban grandes multitudes que se peleaban por acercarse a ella y tocarla. Cuando recorría los barrios marginales llegaba en su Packard negro luciendo llamativos vestidos estampados de Dior o de Jacques Fath y cubierta de joyas de gran valor. Maquillada siempre de manera impecable, con los labios de color rojo intenso a juego con sus uñas perfectas, las mujeres la contemplaban embelesadas como si fuera una aparición. Evita gastaría una auténtica fortuna en ropa. Cuando murió tenía en sus armarios más de cien abrigos de pieles, cuatrocientos vestidos y ochocientos pares de zapatos, sin contar su fabulosa colección de joyas. Cuando se la criticaba porque vestía de manera demasiado ostentosa cuando visitaba a los obreros o a los más pobres, ella contestaba: “ Mira, a mí me quieren ver hermosa. Los pobres no quieren que los proteja una persona vieja y desaliñada. Todos sueñan conmigo y no quiero defraudarlos”.
En el primer año de presidencia de su esposo, el poder de Evita ya era notable. A sus veintiséis años y con escasos conocimientos en el mundo de la política, era propietaria de cuatro radios y de dos de los periódicos de mayor circulación de Buenos Aires. Su habilidad y su astucia para manipular los medios de comunicación eran extraordinarias. Nadie como ella supo conseguir la máxima publicidad en cualquiera de sus actos, incluso en aquellas situaciones marcadas por la burocracia, deslucidas y faltas de color. Aunque sus detractores continuaban acusándola de manipuladora y demagoga sin escrúpulos, Evita seguía cuidando el mínimo detalle de su aspecto en todas sus apariciones públicas. Frente al pueblo trabajador se presentaba como una mujer joven y de radiante belleza, vestida a la última moda de París, envuelta en pieles o cargada de diamantes, que les prometía: “ Ustedes también, un día, tendrán ropas como éstas”.
Si durante los primeros meses de mandato de Perón, Evita aún se mostraba tímida y en un segundo plano, a medida que crecía su influencia entre los trabajadores, adquirió más confianza en sí misma. Desde el balcón de la Casa Rosada arengaba a las multitudes que caían rendidas ante sus encantos y parecían estar dispuestas a morir por ella si fuera necesario. Su transformación había sido extraordinaria, ahora su voz era potente y vigorosa, y su filosofía política era simple: amor a los pobres y odio para los ricos. Ya en su primer año como primera dama de Argentina había millones de argentinos que creían en sus palabras, que creían sinceramente que ella les iba a dar lo que nunca antes habían tenido: respeto, dignidad y un lugar donde poder vivir.
A medida que su poder aumentaba, sus opositores se cuidaban mucho de opinar sobre ella en público. En un tiempo en que la gente iba a la cárcel por criticar a Perón e incluso los teléfonos estaban intervenidos, una simple broma sobre la primera dama podía costar muy cara. Eran muchos los que la adoraban y muchos los que la temían. Con fama de mujer rencorosa y vengativa, no perdonaba a los que se atrevían a criticarla y menos a los que no profesaban la misma adoración que ella por Perón. Evita encajaba muy mal los desaires de la clase alta argentina que nunca la respetó, ni siquiera ahora que era la primera dama del país. Sus detractores la acusaban de corrupta por instalar a miembros de su familia en puestos clave del gobierno de Perón.
EL VIAJE A ESPAÑA
En 1947, Juan Domingo Perón recibió una invitación del general Francisco Franco para visitar España. El presidente argentino se excusó al embajador español alegando que no podía abandonar el país, pero que en su lugar viajaría su esposa. En un primer momento, la primera dama se sintió feliz de poder hacer un viaje que, finalmente, se convirtió en una gira europea con escalas en Madrid, Roma, París y Suiza. Tras la euforia, vino el miedo. Nunca antes se había separado de su esposo y nunca se había subido a un avión. A pesar de sus temores, Evita se preparó a conciencia para una gira que inicialmente iba a ser de quince días y acabó prolongándose más de dos meses, donde pensaba llevar un mensaje de paz a una Europa que se recuperaba de las terribles secuelas de la guerra. Quería conocer de primera mano los sistemas de ayuda social allí instalados para a su regreso impulsar una gran reforma en este campo.
El 6 de junio, Evita fue despedida en el aeropuerto con todos los honores por el gobierno en pleno. El avión en el que viajaba, un Dakota DC-4 equipado con todo lujo de detalles que Franco había enviado, fue escoltado por cuarenta y un aviones de combate españoles hasta el mismo aeropuerto de Madrid, donde la esperaba el general Franco acompañado de su mujer Carmen Polo, su hija, los miembros del gobierno, autoridades locales y eclesiásticas. Una vez la recibieron, el séquito formado por una pequeña caravana de coches recorrió diversas calles de Madrid hasta llegar a la Plaza de España. Durante el trayecto la muchedumbre se agolpaba a cada lado de cada una de las calles que componían el itinerario, y al paso de la comitiva agitaban las banderas de ambos pueblos que previamente les habían sido suministradas. Las crónicas escriben que más de medio millón de españoles salieron a la calle a aclamarla. Ella era el símbolo de los barcos cargados de cereales que llegaban de la Argentina a los puertos españoles y representaba a uno de los pocos países amigos, por lo cual fue recibida con toda pompa.
Al día siguiente, Evita recibía en el Salón del Trono del Palacio Real, la Gran Cruz de Isabel La Católica. Tras la ceremonia, Franco y su esposa la acompañaron al balcón para saludar a la multitud que se había congregado en la plaza de Oriente. En los dieciocho días que pasó en España visitó Villa Cisneros, Madrid, Toledo, Segovia, Galicia, Sevilla, Granada y Barcelona. En todas las ciudades fue obsequiada con trajes, alhajas, asistió a muestras típicas, concentraciones, representaciones teatrales y recepciones siempre en olor de multitudes.
Dicen que Evita impresionó al general Franco por su carisma y su fortaleza. Ella, al contrario, quedó decepcionada con el general. Hay decenas de testimonios sobre el desagrado de Evita acerca del modo que se trataba a los obreros y a las personas humildes en España. Durante una visita al monasterio de El Escorial, exclamó: “¡ Qué pena, cuántas habitaciones! Acá se podría hacer un buen hogar de huérfanos”. En un momento de su visita a Madrid, algo cansada de tanto monumento, le pidió a Carmen Polo que le enseñara los hospitales públicos y los barrios obreros de la capital. La esposa de Franco, ante la insistencia de su invitada, no tuvo más remedio que contentarla. Evita repartió sonrisas y billetes de cien pesetas entre los obreros y la gente pobre que habitaban la periferia de Madrid.
En su gira por España, Evita comenzó uno de sus discursos diciendo: “queridos descamisados de España, tenemos que evitar que haya tantos ricos y tantos pobres, las dos cosas al mismo tiempo. Menos pobres y menos ricos…”, y evidentemente éste no era precisamente el discurso que congeniaba con el pensamiento de Franco, cuyo apoyo venía sobretodo de las clases acomodadas. También Evita utilizó su diplomacia e influencia con Franco para obtener el perdón de la militante comunista Juana Doña, condenada a muerte. Cuando un periodista le preguntó si le habían emocionado las obras de arte que había visto en España, Evita le respondió tajante: “ No, me maravillan pero no me emocionan. A mí lo único que me emociona es el pueblo”. El 26 de junio, la primera dama argentina abandonaba España tras haber recorrido medio país y ponía rumbo a Italia.
GIRA EUROPEA
El punto culminante de su gira italiana fue su encuentro con el papa Pío XII, quien la recibió con toda la pompa que el Vaticano prescribe para las esposas de los jefes de Estado.Vestida con un traje de manga larga de seda negra que la cubría por completo desde la garganta a los pies, lucía una sola joya en el cuerpo: la estrella azul y plateada de Isabel la Católica con la que Franco la había obsequiado. Evita confiaba en recibir de manos del Santo Padre el título de marquesa pontificia por su trabajo a favor de los pobres en Argentina. Pero Su Santidad se limitó a agradecerle su piadosa labor y al finalizar la audiencia le obsequió con un rosario, el mismo que cinco años más tarde le colocaría Perón entre sus manos al poco de morir.
Una de las etapas más deseadas por Evita era su visita a París, la capital de la elegancia y el buen gusto. Había reservado sus mejores y más suntuosos trajes para lucirlos en las cenas y recepciones que ofrecerían en su honor. Se había hecho coincidir su visita con la firma de un importante tratado entre Argentina y Francia. Evita podría añadir a la larga lista de importantes condecoraciones que recibió en su corta vida, la Legión de Honor que le impuso el ministro de Asuntos Exteriores francés.
Durante su estancia en Francia, un hecho inesperado quitó esplendor a su visita. Una poderosa familia de origen argentino, con residencia en París, aprovechó su visita para vengarse de ella. Ofreció a la revista France Dimanche una imagen antigua de Eva Duarte donde anunciaba una marca de jabón. Envuelta en una toalla, la joven modelo mostraba toda su pierna al descubierto. La fotografía – un auténtico escándalo para la época- fue difundida por todo el país provocando airadas reacciones. Evita, indignada ante semejante ofensa, decidió tomarse un descanso antes de proseguir con sus compromisos oficiales.
Su amigo Alberto Dodero, preocupado por su salud, la invitó a descansar unos días en la elegante Costa Azul. Evita se hospedó con su séquito en el lujoso Hotel de Paris de Montecarlo, con magníficas vistas al mar. Durante su corta estancia conoció aAristóteles Onassis y a su esposa, Tina, que se encontraban de vacaciones a bordo del yate Christina. Al parecer, el armador griego se quedó prendado de la primera dama argentina y le pidió a su amigo Dodero que le organizara un encuentro a solas.
Según cuentan algunos biógrafos, Evita –tras la insistencia de Dodero- acabó aceptando verse a solas con Onassis en la residencia que el millonario argentino tenía en la Riviera italiana, en Santa Margherita Ligure. El armador llegó a la cita con un ramo de orquídeas en la mano y se fue con diez mil dólares menos. Antes de despedirse, Onassis, que viajaba con pasaporte argentino, le firmó un sustancioso cheque para sus obras de caridad. Años más tarde, el millonario naviero, muy dado a airear sus intimidades y a inventar romances, diría que tras mantener relaciones íntimas con Evita, ésta le cocinó una tortilla, “la más cara que había comido en su vida”.
En aquellos días se había barajado la posibilidad de que la primera dama argentina hiciera una escala en Londres, incluso que fuera recibida por la reina de Inglaterra. Pero Evita no vería realizado su sueño de conocer en persona a la soberana, ni de alojarse en el palacio de Buckingham. El Foreign Office no consideraba su viaje como una visita de Estado y la familia real se encontraba en aquellos días de vacaciones en Escocia.
Ante lo que Evita consideró un desaire, decidió no acudir a Londres alegando motivos de salud. Se tuvo que conformar con una escapada a Suiza donde tampoco fue muy bien recibida. En Berna le lanzaron tomates y en Lucerna una piedra rompió el parabrisas del coche oficial en el que viajaba junto al presidente del país. Evita acortó su estancia en Suiza, voló a Dakar (Senegal) y allí embarcó en un buque de carga argentino rumbo a Río de Janeiro donde asistió, completamente agotada, a la Conferencia Interamericana para el mantenimiento de la paz y la seguridad del continente.
EL REGRESO DE EVA
El 23 de agosto de 1947, Evita regresaba a su país como una heroína. Miles de seguidores, llegados desde los lugares más remotos, la esperaban ansiosos en el muelle del puerto de Buenos Aires. Con lágrimas en los ojos, la primera dama besaba a su esposo, el general Perón. “Con profunda emoción regreso a mi país, donde dejé a mis tres grandes amores: mi tierra, mis descamisados y mi amadísimo general Perón”, diría al pisar suelo argentino. Nunca una mujer en América había sido recibida en su país de manera tan multitudinaria y bulliciosa. Las iglesias de la capital no dejaron de tocar sus campanas y desde el aire una flota de aviones dejaba caer ramas de olivo atadas con cintas de colores de todas las naciones.
A su regreso de Europa, como si tuviera el presentimiento de que le quedaba poco tiempo de vida, Evita se transformó. Se entregó de manera obsesiva a su trabajo en la Secretaría de Trabajo y Previsión dedicando cada vez más horas a su labor social. En sus discursos multitudinarios se mostraba crispada y su delirante lealtad y devoción a Perón caía en el fanatismo. En sus apariciones públicas cambió su manera de vestir y se mostraba más sobria y discreta. Seguía presentándose en los barrios pobres envuelta en pieles y valiosas joyas, pero en menor cantidad. Perón se emocionaba cuando le contaban que su esposa besaba a los leprosos, a los enfermos de tuberculosis o de sífilis, algo que presenció en más de una ocasión su confesor.Tampoco dudaba en abrazar a gente cubierta con harapos y llena de piojos que se acercaba a ella.
En junio de 1948, la primera dama inauguró oficialmente la Fundación Eva Perón, nacida para atender especiamente a las mujeres, los niños y los ancianos. A través de su fundación, Evita creó mil escuelas en las regiones más pobres del país y tres ciudades universitarias para gente sin recursos, más de mil orfanatos, sesenta hospitales, numerosas casas de retiro para ancianos y cerca de 350.000 nuevas viviendas. Concedió becas, creó hogares para madres adolescentes y para muchachas que llegaban del interior del país a la gran ciudad y no tenían ningún sitio donde alojarse. La fundación se financiaba gracias a las donaciones – no siempre voluntarias- de las empresas y de los trabajadores que ofrecían gustosos un día de su sueldo para las obras sociales.
La Fundación realizó también ayudas solidarias para diversos países como Estados Unidos e Israel. En 1951, Golda Meir, por entonces Ministra de Trabajo israelí y una de las pocas mujeres que en el mundo habían alcanzado una posición política destacada en democracia, viajó a la Argentina para entrevistarse con Eva Perón y agradecerle las donaciones a Israel en los primeros momentos de su creación.
EL PRINCIPIO DEL FIN
Evita no se limitaría a ayudar a los que más lo necesitaban, también dedicaría sus esfuerzos a impulsar la ley que permitía el voto femenino. Poco tiempo después de regresar de su gira europea, se la veía con frecuencia en los pasillos del Congreso, presionando a los diputados para que aprobaran el proyecto de ley. El 23 de septiembre de 1947 se aprobó por unanimidad la ley que establecía la igualdad de derechos políticos entre hombres y mujeres y el sufragio universal en Argentina. Dos años más tarde fundaba el Partido Peronista femenino – y era nombrada presidenta del mismo- y nacieron filiales de esta institución a lo largo y ancho de todo el país.
Fue en el año 1949 cuando Evita comenzó a encontrarse mal y tuvo sus primeras hemorragias y mareos. Pero estaba tan absorbida por su trabajo que no le dio importancia y siguió con su frenético ritmo de vida. La primera dama sólo vivía para su gran obra de ayuda social y a ella se entregaba en cuerpo y alma. Ahora parecía otra persona, vestía casi siempre viriles trajes sastre –ella que había sido tan femenina-, de color oscuro, y se peinaba de forma austera con el cabello tirante y recogido en la nuca. Apenas se maquillaba y su rostro –debido a la incipiente enfermedad- era más anguloso, sus manos delgadas y el talle de avispa.
La señal de alarma saltó a principios de 1950 cuando Eva Perón se desmayó en público durante la inauguración de una nueva sede del sindicato de taxistas. Su médico personal y a la vez ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, decidió operarla de una apendicitis aguda, pero las pruebas médicas que le realizaron antes de la intervención revelaron que padecía un cáncer de útero en estado incipiente. Cuando el doctor le sugirió a Perón que su esposa debía someterse a una histerectomía, ésta se negó en rotundo a entrar en el quirófano. Evita, que nunca supo la verdadera naturaleza de la enfermedad que padecía, estaba convencida de que querían apartarla de la política y de que todo era un complot de sus enemigos contra ella. Para Perón, cuya primera esposa había fallecido a causa de un cáncer de útero, la noticia le causó un fuerte impacto.
Una semana después de su operación de apendicitis, Evita pareció recuperarse y volvió a su despacho donde trabajó hasta el mes de marzo, a pesar de las altas temperaturas estivales. Y entonces ocurrió lo que Perón tanto temía: volvieron las hemorragias, los ataques de fiebre alta y los terribles dolores abdominales. Evita había adelgazado mucho, estaba más pálida de lo habitual, tenía los tobillos muy hinchados y profundas ojeras. El doctor Ivanissevich rogó a su paciente que se dejara operar pero Evita se negó en rotundo. Aquella misma tarde, y sabiendo que sin una nueva intervención la enfermedad que padecía la esposa del presidente sería fatal, Ivanissevich renunció a su cargo.
El 22 de agosto de 1951, más de un millón de trabajadores convocados por la CGT ( Confederación General del Trabajo) –la gran central sindical peronista- pidieron a gritos en la gran avenida 9 de julio, que Evita fuera la candidata a la vicepresidencia de la nación. Juan Domingo Perón no esperaba aquellas muestras de cariño tan entusiastas del pueblo hacia su esposa, que aquel día se había visto obligada a quedarse en cama a causa de los fuertes dolores que padecía. Finalmente, y como la multitud allí reunida amenazaba con una huelga general si no aparecía en público, Eva hizo un enorme esfuerzo y se presentó en el estrado. Emocionada, como nunca antes se la había visto, se limitó a decir en voz baja que haría lo que el pueblo le pidiera. Tardó cuatro días en anunciar públicamente por la radio su renuncia irrevocable y definitiva. En realidad fue Perón quien la vetó porque sabía que las Fuerzas Armadas no querían a Evita en ese cargo.
Mientras, la prensa seguía informando que la enfermedad de Eva Perón era una “anemia de regular intensidad que estaba siendo tratada con transfusiones de sangre y reposo absoluto”, su nuevo médico comenzaba las sesiones de radioterapia para intentar reducir la extensión del tumor. A pesar de la fatiga y de la dificultad que tenía para caminar, el 17 de octubre Evita se empeñó en estar junto a Perón en el balcón de la Casa Rosada. Su marido la condecoró con la Gran Medalla Peronista y por primera vez dedicó su discurso –que sonó a despedida- a elogiar la absoluta entrega y abnegación de su compañera. Evita apareció vestida con un traje sastre de terciopelo oscuro y sin maquillar. Gracias a la morfina pudo mantenerse en pie y dar, una vez más, las gracias a Perón por su vida. Tras sus palabras de agradecimiento, y sollozando, se fundió en un abrazo con su esposo.
Durante dos años, Evita intentó esquivar a los médicos pero los diez últimos meses fueron para ella un verdadero infierno. El 5 de noviembre de 1951 fue intervenida quirúrgicamente por un prestigioso oncólogo estadounidense, quien tras practicarle una histerectomía creyó que podría haber detenido el avance de la enfermedad. Pero ya era demasiado tarde, y aunque la paciente continuó con nuevas sesiones de radioterapia que le causaban dolorosas quemaduras en la piel, el cáncer ya estaba muy extendido. Seis días después de la operación, Eva votaba en una urna desde el lecho del hospital donde seguía ingresada. Fuera, en la calle, cientos de mujeres arrodilladas rezaban por ella.
El general Perón volvió a ganar las elecciones –en parte gracias al voto femenino por el que tanto había luchado Evita-, pero esta vez su compañera no podría compartir su éxito. El 1 de mayo de 1952 Evita habló por última vez en público desde el balcón de la Casa Rosada. Aquel día apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie y Perón, mientras su esposa se dirigía al público, tuvo que sujetarla por la cintura para que no se viniera abajo. En las semanas siguientes el estado de Evita empeoró. Su enfermedad la había dejado en los huesos. Eva yacía en su cama y con su caniche Canela a sus pies. Cada día llegaban a la residencia ramos de flores, estampitas de santos, amuletos y piedras con poderes curativos que la gente sencilla le enviaba esperando un milagro.
LA MUERTE DE EVITA
A pesar de que apenas podía sostenerse en pie, Eva Perón quiso estar presente en la ceremonia de toma de posesión de su esposo. Aquel 4 de julio necesitó una gran dosis de sedantes para poder afrontar un largo y emotivo día que no estaba dispuesta a perderse por nada del mundo. Evita acompañó al general Perón en un coche descubierto por las calles de Buenos Aires y se despidió emocionada de la gente que la aclamaba a su paso. Su amplio abrigo de visón ocultaba un arnés especial que se fabricó para que pudiera apoyarse dentro del coche y permanecer de pie durante todo el trayecto hasta la Casa Rosada.
El 25 de julio, Evita, sintiendo que llegaba el fin, mandó llamar a su esposo para permanecer a solar con él y decirle en un hilo de voz: “No abandones a la gente pobre, es la única que sabe ser fiel”. Al día siguiente, por la noche, la primera dama fallecía en la residencia presidencial de Olivos, en aquella cama ortopédica donde había pasado los últimos meses de su espantosa agonía. Acababa de cumplir treinta y tres años y pesaba tan sólo treinta y cinco kilos. Su cuerpo fue velado en una gran sala del Ministerio de Trabajo y Previsión, donde miles de personas pudieron darle su último adiós. Las flores cubrían las aceras y las calles adyacentes formando una tupida alfombra. El 9 de agosto, el féretro fue llevado al edificio del Congreso de la Nación donde recibió honores militares. En menos de quince días, más de dos millones de personas, llegadas desde los puntos más remotos del país, desfilaron bajo la lluvia ante su ataúd. Los funerales por su muerte estuvieron a la altura de los de un jefe de Estado y el dolor –y la histeria- por su pérdida se adueñó de sus más fieles seguidores, aquellos que tras su prematura muerte la elevaron a los altares y pedirían su canonización.
EL PEREGRINAJE DEL CUERPO DE EVITA
Durante tres años, el cadáver embalsamado de la primera dama esperó en una sala del edificio de la CGT en Buenos Aires a que se construyera un mausoleo faraónico que Perón quería levantar en su memoria. Pero en 1955 un golpe militar derrocó al general y los nuevos dirigentes hicieron desaparecer el cuerpo de Evita durante catorce años. En este tiempo, el culto a Evita siguió creciendo y sus más fieles acólitos reclamaban su regreso a casa. En su macabro peregrinaje, el cadáver permaneció enterrado en un cementerio de Milán con una falsa identidad.
En 1972 fue desenterrado y devuelto a Perón –entonces casado con María Estela Martínez, más conocida como Isabelita-, que vivía exiliado en su chalet de Puerta de Hierro en Madrid. Cuatro años más tarde, durante el gobierno militar del general Videla, la familia Duarte recuperó al fin su cuerpo. Hoy sus restos descansan en una cámara acorazada para evitar su profanación –al cadáver le fue amputado un dedo-, en el panteón de la familia Duarte en el exclusivo cementerio de La Recoleta. Cada día hay ramos de flores frescas delante de una placa que recuerda a una mujer que, aún hoy, a nadie deja indiferente.