JUAN GUILLERMO GARCÉS Y LA POLITICA DE LOS PIES DESCALZOS
1. La Vinculación
Yo era anapista. A mi papá lo mataron en Puerto Triunfo. Él era conservador. Empezó su vida en un camión escalera, montó una tiendecita y fue haciendo ahí su trabajo. Mi madre también era de origen humilde, muy pobre, le habían matado el papá. De niño, el sábado me levantaba a cargarles el mercado a las señoras para conseguirme los centavos con qué pagar el cine del domingo. Cuando mataron a mi padre, nos tocó a mi hermano y a mí hacernos cargo de unas tierras que estaba colonizando.
Cuando entré a la Universidad de Antioquia me conocí con Sigorzki, el actor del Pequeño Teatro, en la lucha por el cogobierno dentro de la universidad. Nos empezaron a contactar. Eso era muy secreto. Lo llamaban a uno en una cafetería: «Vamos por allá aparte», era una vaina toda misteriosa: «Compañero, usted es muy activo, lo hemos mirado y queremos hablar, pero es una vaina muy privada, más bien secreta, que nadie debe saber. Queremos proponer que usted se vincule a la Juventud Patriótica». En las asambleas, las discusiones eran con el grupo de Álvaro Uribe. Nos íbamos a sabotearle las cosas, y cuando nosotros hacíamos asamblea, él se iba con su gente a sabotearnos.
2. Marchar a los Pueblos y el Campo
Libardo Botero, que era profesor en Economía, me llamó en una forma rara, ceremoniosa, y me dijo: «Compañero, de toda la gente de la Jupa hemos seleccionado un grupo de los que se han mantenido en el trabajo aquí en la universidad, para proponerles una cosa». Y era lo de Los Descalzos. Ahí mismo le dije: «Sí, a mí me gusta, me suena. Pero lo que usted me está planteando es muy tenaz, y yo tengo mujer y tengo hijos». En una segunda reunión le dije: «Hablé con la mujer y le planteé que si somos verdaderos revolucionarios nos toca hacerlo, y ella me contestó: “Sí, cuente conmigo”». Botero me explicó que había que hacer un entrenamiento, unos cursos, un trabajo de capacitación política. Yo le pedí que me dejaran ir al Magdalena Medio y no a Urabá, porque conocía la región. Le dije: «Yo me crié allá, conozco a los campesinos, conozco cómo se mueve todo. Allá hay mucho anapista, y los abandonaron cuando a Rojas Pinilla le robaron las elecciones y no fue capaz de pelear y se fue para España. Esa gente está suelta, podemos recoger su descontento».
Mi hermano estaba en la finca, era un terrateniente muy reconocido en todo el Magdalena Medio, muy respetado. El problema con él fue tenaz. Me llevaba cinco años. Cuando les conté a mi mamá y a él que me iba a salir de la universidad para irme a organizar a los trabajadores fue muy duro. Un día dijo: «Mamá, tengo un problema muy delicado con Juan Guillermo: él está organizando a los trabajadores. Todas las noches hace reuniones con ellos, me los está tirando encima, está hablando de la tierra para el que la trabaja, que hay que desalambrar y quitarles la tierra a los terratenientes para dársela a los campesinos». Entonces mi mamá me reclamó y yo le expliqué que había tomado esa opción: luchar por la gente pobre, luchar por los campesinos, luchar para que este país fuera distinto y pudiéramos vivir distinto. «Mamá, le tengo que decir a Jorge Tulio que yo de ahí no me muevo, y que estamos luchando en una forma democrática, sin violencia. Yo voy a estar a este lado, y si ustedes están allá, pueden ser mi familia, pero mis principios son de clase y no de familia». Se armó un escándalo, eso fue fuerte, y cuando vi que no pasó nada, les dije: «Me tienen que dejar hacerlo». Fue bonito, fue un momento crítico en la familia. Cuando vieron que yo estaba dispuesto a todo, empecé a explicarles, a educarlos, a mostrarles las diferencias entre el MOIR y la guerrilla, que éramos otro tipo de gente, que habíamos estudiado y comprendíamos que el país necesitaba un proceso de transformación democrática, y que por eso estábamos participando en elecciones, y no en el monte con fusiles, secuestrando, matando o extorsionando. Que por eso me veían trabajando hasta las dos de la mañana, yo mismo pintando consignas, con los obreros, con los pescadores, porque no teníamos plata, todo lo hacíamos con las uñas. Que por eso la gente nos seguía y nos creía, porque veían que éramos distintos, y que la revolución que estábamos haciendo era diferente, para defender la soberanía nacional. Con los años, mi hermano se convirtió en nuestro mayor defensor ante el resto de los terratenientes. Cuando le decían que yo era esto o lo otro, él contestaba: «No, ustedes lo confunden. Él no es guerrillero, él no tiene nada que ver con la guerrilla».
Fue una entrega completa de la vida. Yo le ayudaba a mi hermano en la finca, como yo había estudiado y él no, yo manejaba la contabilidad, la parte financiera, la relación con bancos, conseguía créditos para comprar ganado de leche y montar un hato de la familia. Obviamente, los recursos que me entraban los usaba para mi proyecto político. Como hubo una conciliación y mi hermano y mi mamá aceptaron que yo era del MOIR, hice campaña y fui concejal.
3. Unirse a la lucha de los obreros
En las elecciones pintábamos consignas en las paredes con pintura roja, porque no había con qué pagar una imprenta. Obreros, estudiantes, todos nos fuimos a hacer campaña en el 72, y resulta que sacamos votos: ¡era la primera vez que participábamos, y tuvimos votación en todo el país! Ahí fue cuando se pusieron a pensar, me imagino yo, cómo hacían para extender esa vaina. Y a alguien se le ocurrió decirles a los obreros y a los estudiantes que si eran verdaderamente revolucionarios, debían entregar su vida a esa causa. Que debían abandonar las profesiones que estaban estudiando, lo que querían ser cuando entraron a la universidad: biólogos, médicos, filósofos, matemáticos, químicos. Y además había que dejar a la familia por meses, por años, porque nunca nos dijeron por cuánto, o nos dijeron que era prácticamente por el resto de la vida, y que en diez o quince años lograríamos el triunfo de la revolución y nos tomaríamos el poder. Estábamos seguros de que lo íbamos a lograr, era el sueño del país que anhelábamos, de igualdad, de justicia, del fin de la miseria y la corrupción, de una nueva clase política, construida con la ética y la moral. Teníamos principios muy claros y éramos profundamente estudiosos: estudiamos la filosofía, a Hegel y a todos, y también la economía, El capital. No sé si en las otras organizaciones políticas era así, pero los del MOIR estudiábamos mucho.
Cuando empecé el trabajo en Puerto Triunfo, empecé a hacer reuniones con los campesinos, y como esa es la esquina de Antioquia que limita con Caldas, Boyacá, Santander, Cundinamarca y, más arribita, Tolima, me llegaban campesinos de todos esos departamentos. Entonces pensé que no me podía quedar en Puerto Triunfo y llegué a La Dorada. Averigué cuántos votos había sacado ahí el MOIR en el 72: cien, y quiénes los habían conseguido. Conocí a Gustavito, Gustavo Vélez, y a Ernesto Espejo. Me fui a Boyacá y me encontré a Fernando Guerra, un estudiante de dieciocho años que había hecho campaña por la Jupa. Le dije que era descalzo y que necesitábamos articularnos, y le pregunté: «¿Cuándo los visita a ustedes la gente de Tunja?». «Por aquí no viene nadie de Tunja. ¿A ustedes cuándo los visitan los de Manizales?». «No, por aquí no viene nadie de Manizales». Y en Puerto Salgar: «¿A ustedes cuándo los visitan los de Bogotá?». «No, por aquí no viene nadie de Bogotá». Estábamos demasiado lejos de la capital. Entonces propuse formar un grupo de cooperación y trabajo en red entre La Dorada, Puerto Boyacá, Puerto Berrío, Puerto Triunfo, Honda, Puerto Salgar y Puerto Bogotá: creamos el Comité del Magdalena Medio, sin consultar nada con Bogotá. Me llamó Felipe, el secretario del MOIR en Antioquia: «Compañero, hubo una reunión de los secretarios de los departamentos y me pusieron la queja de que un compañero se está metiendo en los regionales del Magdalena Medio y que no se están respetando las fronteras». Le contesté: «Esa es una biorregión, en el río Magdalena confluyen todos los municipios. La repartición del país es producto del feudalismo y de la división política posterior a la guerra de Independencia, cuando Antioquia y todos los departamentos reclamaron salida al río. En la época de la Colonia, eso era de la Provincia de Mariquita. Aquí hay un problema que tenemos que resolver primero: cuál es la naturaleza de la organización política y social de los territorios. Lo mismo ocurre en otras regiones, como la Bota Caucana, donde la gente debe articularse con Mocoa, porque es más difícil ir hasta Popayán». Se armó una discusión que duró como dos años. Me llamaron a una conferencia nacional para que explicara el tema y finalmente se aprobó la creación del regional del Magdalena Medio, el primero que no coincidía con la división política departamental.
Pero ya estábamos operando. Estábamos a una hora o media hora unos de otros. Logramos recoger gente de la Anapo y articulamos el trabajo en ferrocarriles, recuperamos el sindicato, que desde 1946 estaba en poder de la UTC y la CTC. Empecé a trazar la línea de descalzos con gente de la región, o sea, Los Descalzos fuimos a buscar más descalzos. Yo les planteé esa política a los compañeros de los colegios del Magdalena Medio. Ahí estaba Óscar Restrepo, un muchacho muy callado, muy de pueblo, muy serio: él cogió la línea e inmediatamente entendió. Yo le dije que era prioritario entrar al sindicato del ferrocarril, que tenía en La Dorada, Salgar y Puerto Berrío comités elegidos en asambleas por los obreros, y que para eso necesitábamos estudiantes dispuestos a descalzarse, a abandonar el colegio y convertirse en obreros. Por el 74 hicimos el primer paro que hubo en ferrocarriles desde 1950. Ese proceso en el Magdalena Medio fue un trabajo de fraternidad con los ferroviarios, con los de la USO, hasta con los curas. Los curas López, que no sabíamos si eran del ELN. Ellos no se dejaban descubrir, pero uno sentía cosas extrañas. Eran tres hermanos: uno párroco en Puerto Boyacá, otro en Cocorná y otro en Puerto Berrío. Conversábamos con ellos sobre los problemas de la región y veíamos que eran simpatizantes, entonces bregamos a ganárnoslos para el MOIR, pero nunca pudimos.
Recurríamos a las hojas, como los bolcheviques: cada ocho días sacábamos un volante de una página, donde se denunciaba algo o se lanzaba una consigna política. Pero teníamos que pagar, y eso era costoso, hasta que me fui para Bogotá y me compré una vieja máquina de tipografía. La movíamos a mano, pasaba un rodillo e íbamos tirando. Luego logramos conseguir una con motorcito, para tirar cinco mil boletines. Eso fue extraordinario, le tocaba a uno aprender a escribir y a leer al revés los moldes de plomo.
No alcancé a entregar la secretaría del regional. Tenía cita el sábado 13 de agosto de 1977 con Carlos Naranjo y con Alfonso Calderón. Yo estaba en la Ciénaga Grande, quería escribir sobre la Masacre de las Bananeras, logré entrevistar sobrevivientes, pero suspendí esa investigación y me devolví para la reunión. Pero Naranjo me llamó el viernes para decirme que no podía ir, que llegaba el lunes. ¿Y yo qué hacía en La Dorada? Ya andaba clandestino, no me dejaba ver de nadie, entonces decidí irme para la finca. Allá estaba mi hermano, y yo me sentía más seguro con su protección. Cuando llegué a la finca, me contó que se iba para Medellín, a una competencia de carros. Y me preguntó: «Como la situación tuya está tan complicada, ¿andas armado?». Le respondí que no y me dijo que buscara la escopeta y el revólver, que todas las armas quedaban ahí. Se fue como a las diez de la noche. Un muchacho me avisó que me andaban buscando y que la orden era matarme. Había una tormenta la berraca y se fue la luz. Yo pensaba: ¿será que me van a caer? Preocupado, me fui a la pieza por el revólver, lo puse en la mesa y revisé las balas. Había una con una cruz, mi papá siempre lo había hecho así. Con la linterna simulé tiro al blanco. Después de que mataron a mi papá, para sobrevivir nos tocó guerrearnos mucho desde niños. Con una linterna china que tenía un botoncito, uno miraba una cosa y apretaba, y se fijaba si la luz le daba. Así entrenaba el pulso. Ya después, donde uno miraba, disparaba.
Gustavo, el primo de mi mujer, muy parcero mío de la universidad y de todas las peleas, se enteró de que yo andaba por ahí, y le dijo a su hermano, que estaba con él en Puerto Triunfo: «Vaya, que yo voy después, dígale a Juancho que llego más tarde». Como a las once de la noche, el hermano me avisó que Gustavo estaba tomando trago con una mujer que le gustaba mucho, y que seguramente se quedaría allá. Además, con el aguacero la carretera debía de estar muy mala. Entonces resolvimos no esperarlo. Como yo estaba tan tocado, en vez de dormir en
mi pieza me pasé a otra, donde dormía él con un compañero. Me acosté y me quedé profundo, aunque con mucho miedo, con mucha angustia. Creo que iban a ser las doce, no sé la hora exacta, y sentí un ruido, sentí que estaban abriendo la ventana. Cogí el revólver y empecé a montarlo suave, tratando de no hacer ruido, porque los revólveres tienen un trinquete y cuando uno los monta hacen tin, tin. Me di cuenta de que habían terminado de abrir la ventana porque vi las estrellas, y pensé: van a meter la escopeta, y si me alumbran, me matan. No espero más, voy a hacer un tiro, ahí mismo se espantan, y yo aprovecho y me tiro al suelo, cojo la escopeta y me doy candela con ellos hasta donde sea capaz. Y solté el disparo: ¡pam! El tiro retumbó en el cuarto y después de un segundo de silencio oí un grito: «¡Juancho, me mataste!». Era Gustavo, el parcero, el primo de mi esposa, que estaba tratando de entrar por la ventana, en vez de tocar a la puerta. Apenas escuché su voz me paré, me asomé a la ventana con una linterna y vi un charco de sangre. Salí corriendo y él ya se estaba desmayando. Alcancé a sostenerlo y le dije: «¿Cómo te me metes así? Tú sabes toda mi situación». Me contestó: «Yo sé que no tienes la culpa». Le pregunté dónde estaba herido y me mostró: tenía una herida en la mano, pero la grave era en un costado. Se quitó la mano y eso salía sangre. Fue algo muy trágico. Me miró y me dijo: «Te perdono, tú no tienes la culpa». Yo le dije: «Mi rey», porque así nos tratábamos, «mi rey, ¿cómo pasó esto?». «Me voy a morir». «No, no te puedes morir», y a los diez minutos se me murió. Entré en una crisis muy grande y me entregué en Puerto Triunfo. Me metieron a la cárcel y luego me dejaron libre, porque no tuve intención de matarlo, y la mamá de él declaró en mi favor. Estuve quince días en la cárcel de Puerto Triunfo, encerrado en un calabozo a cuarenta grados de temperatura, no me dejaban salir ni al patio. Mosquera me escribió una carta, que yo perdí. Las prostitutas que estaban presas me pasaban hojitas por debajo de la puerta en las que me pedían que no llorara más. Llevaba días y noches llorando, ya no soportaba lo que sentía. No me maté porque no tenía con qué.
4. Represión, asesinatos y salida
Dejé mi trabajo como secretario del regional en 1977. Quería ir a Estados Unidos a estudiar cine y televisión, y monté una agencia de propiedad raíz. Al año siguiente, Pablo Escobar y otros señores llegaron al Magdalena Medio, Doradal y Puerto Triunfo, para comprar fincas. Rodríguez Gacha empezó a hacer lo mismo en Cundinamarca y en Puerto Boyacá. Tiempo atrás yo había empezado el proyecto Parcela California con tierras de la familia en Doradal. Al observar la relación de esa gente con el narcotráfico, le dije a mi hermano: «No quiero continuar con esto. Nombre a otra persona de gerente porque me voy a Estados Unidos». Ocho días después él se mató en un accidente de avión y tuve que ponerme al frente del proceso de parcelación. Cuando mataron a Lara Bonilla, pensé: «Colombia se acabó, va hacia algo horrible». Entonces reuní a la familia y a los que habían comprado parcelas y les dije: «Voy a repartir la finca: a ustedes les toca esto y esto. Yo me salgo, quiero dedicarme a la televisión».
No sabía que Alfonso Calderón y Sandra White se habían ido para Armero. Cuando ocurrió la tragedia, hice un sobrevuelo con un amigo que tenía una avioneta pequeña. Abrí la ventanilla para obtener mejores imágenes y traté de grabar con la cámara, pero el azufre no nos dejaba respirar. Volamos por donde bajó la avalancha. No quedó nada, la tierra estaba en carne viva, todo había desaparecido.
5. La Hora del Balance
Sí, sí valió la pena. Primero, porque nos formamos como seres humanos. Segundo, porque lo que hicimos fue correcto. Tercero, porque no nos dejamos ensuciar ni de sangre ni de violencia. Cuando nos descalzamos estábamos soñando la construcción de un país nuevo, en engrosar las filas de la organización con campesinos, con estudiantes, con todo el mundo. En ningún momento de la política de descalzos ni de la política de Mosquera se habló de violencia, en ningún momento se habló de que íbamos a construir una base campesina para luego armar una guerrilla. Lo que siempre dijimos era que íbamos a construir el partido de los trabajadores. Pero ese sueño de Los Descalzos se nos empantanó y se nos ensangrentó porque apareció el narcotráfico, ese dinero que empezó a infiltrar a paramilitares, autodefensas, guerrilla, pero que no tocó a la gente del MOIR. El narcotráfico corrompió el país, a jueces, a presidentes. A Mosquera, que había sido el ideólogo, el soñador, el poeta de la revolución, porque eso era Mosquera, también se le va derrumbando la organización que había construido con tanto amor y con tanta ética. Al hombre lo mata toda esa historia.
Fuente:
Fernando Wills y Juan Leonel Giraldo. Sólo teníamos el día y la noche. Bogotá, Editorial Planeta, 2023
—----
Enlace:
https://view.publitas.com/comunidad/juan-guillermo-garces-politica-pies-descalzos/page/
-------