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A continuación en esta página, el texto ‘El paradigma original del nacimiento y de la crianza’ que recoge mi intervención en el Encuentro sobre ‘Los orígenes’, organizado por la editorial Cauac, en Arnedillo, el 30 de junio 2025.
La organización del Encuentro nos pidió a l@s ponentes una reflexión post-encuentro. A pesar de que, debido a mis condiciones de salud, yo no pude participar en los eventos que tuvieron lugar durante tres días, sí me alcanzó su energía y su sentimiento reivindicativo, y escribí lo siguiente:
“Reivindicar los orígenes es remontar la sociedad patriarcal, los siglos de historia patriarcal interiorizados en nuestros egos individuales y que conforman las relaciones sociales que prevalecen en nuestra sociedad.
Reivindicar los orígenes es reivindicar nuestras cualidades humanas primigenias:
Frente a la competitividad, la cooperación
Frente al mercantilismo, el don gratuito
Frente al ejercicio de la autoridad, el ejercicio de la complacencia
Frente a la guerra, la paz
Frente a la indiferencia y el odio, la empatía
Frente a la coraza y la mentira, la transparencia
Frente a la guerra de los sexos, la armonía de los sexos
Frente al arquetipo viril machista, el hombre amante
Frente al borrado del sexo femenino, el latido del útero
Frente a la adultocracia, la rendición del poder
Frente a la madre patriarcal, el deseo materno
Frente al padre patriarcal, el padre complaciente
Frente al orden patriarcal de todas las cosas, el orden simbólico de la madre que es el anhelo de paz y amor que alienta en el fondo del psiquismo subegótico de todos los seres humanos.”
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EL PARADIGMA ORIGINAL DEL NACIMIENTO Y DE LA CRIANZA
INTRODUCCION
El paradigma original y natural del nacimiento y de la crianza es un tema que requeriría horas y días de exposición, ya que el orden patriarcal ha alterado de manera muy compleja y por múltiples mecanismos dicho paradigma; así pues, remontarnos hasta el mismo, desde la situación actual, no es tarea sencilla. La alteración del nacimiento y de la crianza consiste en eliminar aspectos fundamentales de la función materna, razón por la que se estableció un régimen social de dominación y de represión de la mujer. Es una alteración que tiene siglos de sutil elaboración y de cínica normalización, y está falazmente arraigada e institucionalizada en nuestras culturas. Como decía Victoria Sau, “el crimen de la madre es el secreto de la Humanidad”.
1. EL PARTO Y EL NACIMIENTO
Para empezar el paradigma original y natural del parto y del nacimiento es parir y nacer con placer y no con dolor. Esta es la primera parte del ‘secreto de la Humanidad’, como muy bien dice la asociación estadounidense ‘Orgasmic birth, the best kept secret’. Algo tiene que ver que en la Biblia, el ‘parirás con dolor’, está expresado en tiempo futuro, reconociendo que en aquel presente no se paría con dolor.
Desde nuestra perspectiva de mujeres que parimos la gran mayoría con dolor, es difícil de entender que parir con placer es el paradigma natural del parto. La clave está en entender la fisiología del útero.
Lo primero que hay que saber es que la fisiología del útero es una función de la sexualidad femenina, y por tanto el parto es un proceso sexual regido por el cerebro límbico, lo que significa la desactivación del neocórtex, es decir, requiere el estado de relajación total de la mujer. En el estado de relajación y de inhibición del neocortex, cuando la oxitocina, la hormona de los procesos sexuales, llega a sus receptores específicos que hay en los músculos longitudinales del útero, estos músculos se activan. Comienzan a encogerse y tras una pausa a distenderse, vuelven a pausarse y vuelven a encogerse, pausarse y distenderse, de forma rítmica, propulsando un placentero, lento y rítmico oleaje; y en el tiempo del parto, al mismo tiempo, este oleaje de los músculos uterinos, es el que empuja lenta y delicadamente el bebé hacia la salida. Este tipo de oleaje muscular es importante, porque al adquirir la posición erecta el plano de inclinación de la pelvis se hace más vertical, y el bebé en la bolsa uterina para salir tiene que hacer una delicada maniobra: al tiempo que desciende tiene que girar sobre sí mismo para encarar la cavidad pélvica, atravesarla y deslizarse hacia la salida. Los movimientos potentes pero lentos, suaves y delicados de los músculos uterinos, el verdadero latido del útero, son necesarios para que el bebé vaya buscando el canal de paso y se alinee en el canal de tránsito, poco a poco sin estrellase contra los huesos pélvicos.
Decía Juan Merelo-Barberá (1) que el latido del útero, el orgasmo, fue el invento evolutivo de homo sapiens para adaptar el nacimiento a la posición erecta. El paradigma original y natural es parir y nacer con placer, nacer sonriendo y no llorando.
La alteración del parto se produce cuando se cortocircuita el proceso sexual, cuando el cerebro límbico, que es quien dirige y controla todos los procesos sexuales, se inhibe por la actividad neocortical. Si la mujer está racionalmente activa sucede además que el sistema nervioso involuntario simpático mantiene activos y apretados los músculos circulares (el cérvix) que cierran la bolsa uterina. Los músculos circulares del útero son también potentísimos y están diseñados para estar activos y cerrar firmemente la bolsa uterina sosteniendo hasta 10-12 kgs de peso o más contra la fuerza de la gravedad, para que la mujer gestante pueda estar activa. Pero en el parto los músculos circulares tienen que relajarse y abrirse, y el simpático desactivarse, para permitir los movimientos de contracción y distensión de los músculos longitudinales. Y si los músculos del cervix aprietan y ofrecen resistencia al movimiento de los longitudinales, se produce la disfunción muscular y los dolorosísimos calambres; actúan como una garra que no suelta a la presa. Los músculos circulares del cérvix y los longitudinales funcionan como un par sincronizado (como muchos otros en el cuerpo humano): cuando uno se inhibe, el otro se relaja y viceversa, como el bíceps y el triceps de los brazos, que uno se inhibe cuando el otro se activa, y así doblamos y extendemos los brazos sin dolor, sin disfunción.
El parto con dolor es una disfunción de los músculos del útero que se produce porque se cortocircuita el proceso sexual. Lo que se llaman contracciones adecuadas, como dice Leboyer (2) son altamente patológicas; los músculos longitudinales se contraen bruscamente y se suelan de golpe (por eso se le llama sólo contracción y no latido). Dice Leboyer que las contracciones verdaderamente adecuadas y normales se pueden observar desde el exterior: el abdomen de la madre sube lentamente, hace una pausa y vuelve a bajar lentamente haciendo otra pausa, y se asemeja al movimiento del cuerpo de un niño cuando duerme plácidamente.
Es muy importante saber también que los dolores de los calambres del útero los padece también el bebé. En lugar de la caricia del suave oleaje del latido del útero, recibe los golpes de los músculos que se contraen y se sueltan bruscamente.
Para la Medicina la fisiología del útero no tiene que ver con el sistema sexual humano. Toda la violencia obstétrica tiene este aspecto básico: ignorar que es un proceso sexual delicadísimo que hay que proteger y respetar. La incoherencia de la Medicina es que utiliza oxitocina sintética, que saben que es la hormona de los procesos sexuales, para inducir los partos. No tienen otra forma de provocar las contracciones del útero. Esto tendría que dar lugar a reflexión para cambiar 180º los protocolos de la obstetricia y de la ginecología.
…
El quebrantamiento de la autorregulación del parto y del nacimiento está también asociado históricamente a la represión y estagnación de la sexualidad femenina, al borrado del sexo femenino que acontece en la sociedad patriarcal.
En el régimen de dominación lo único que cuenta es la voluntad del que domina, voluntad que la otra parte tiene que acatar; así se estableció una sexualidad en la que lo único que contaba era la pulsión sexual masculina, y las mujeres sólo tenían que consentir al desarrollo de dicha pulsión, por imperativos legales, religiosos, familiares o económicos: la pulsión sexual femenina no existía y a las mujeres se nos educaba para el consentimiento al llamado débito conyugal. Así quedó establecido un concepto unilateral del coito como el desarrollo de la única pulsión sexual existente, la masculina. Freud, a quien por otra parte le debemos el reconocimiento científico de la sexualidad y del deseo, declaró que no había más que un sexo, el masculino, y definió a la mujer como un ser castrado. Aprovechándose del hecho de que los órganos sexuales femeninos, el útero y los ovarios, a diferencia de los masculinos, son órganos internos, se borró la existencia del sexo femenino y del latido del útero. Los órganos sexuales femeninos hoy todavía se les cataloga exclusivamente como ‘órganos reproductores’, y el ‘yoni’ tántrico que en sánscrito quiere decir exactamente útero, se sigue traduciendo por vagina.
Entonces, como dice Juan Merelo Barberá, se produce la socialización de la mujer en la desconexión entre el útero y la conciencia, en la represión y en la estagnación de sus pulsiones sexuales, lo que tiene como consecuencia la rigidez uterina, el estado de los úteros cuando dejan de temblar y de latir. Como decía Reich (3), los nacimientos son dolorosos porque los úteros están en estado espástico
El borrado del sexo y de la sexualidad femenina no ha sido una operación casual; ha sido una estrategia clave para mantener el sometimiento de la mujer y poder reprimir la función materna; sin un régimen de dominación de la mujer no hubiese sido posible eliminar la función materna en el tiempo y en la medida en que se ha realizado.
2. LA IMPRONTA Y LA CUARENTENA
El cuerpo humano tiene una inmensa capacidad de autorregulación, y después de cualquier accidente o alteración, siempre vuelve a coger el hilo de la autorregulación, y así sucede incluso después de los partos más traumáticos.
El diseño natural de la reproducción humana es un diseño perfecto, y como tal tiene previsto todo lo que tiene o que tendría que suceder después del parto. La criatura humana es una especie neoténica, que nace antes de tiempo, con un cuerpo todavía en estado de gestación. Los perros y los gatos nacen y se ponen de pie; el bebe humano tardará ¡un año! en hacerlo. Durante este primer año, que los expertos han llamado de exterogestación, lo previsto es habitar el cuerpo materno y ser llevado en brazos, ser porteado; no solo por una cuestión de motilidad, sino también por la alimentación, por la lactancia. Toda la fisiología de los cuerpos, tanto el materno y como el del bebé, se preparan para un nuevo estado de simbiosis después del nacimiento, pues durante toda la exterogestación los dos cuerpos deben funcionar de manera sincronizada. La preparación para este nuevo estado de simbiosis comienza con la impronta, que son las descargas de oxitocina más altas de la vida humana, y que se producen en la mujer inmediatamente después del alumbramiento. La impronta tiene como objeto transformar el cuerpo materno para que su deseo sea tan potente que no pueda evitar separarse del bebé.
Nils Bergman (4) (a quien debemos el concepto de paradigma original del cuidado de los bebés) ha explicado cómo es la regulación natural en el inmediato postparto, y como se altera dicha regulación con los protocolos pediátricos y con las costumbres de nuestra sociedad occidental. El paradigma original del nacimiento es que la madre recoja el bebé en el momento de salir y lo coloque sobre su abdomen, sin cortar el cordón umbilical. En diez o veinte minutos el bebé por sí mismo y sin que nadie le toque, comenzará a reptar guiado por el olfato y se enganchará al pezón de la madre. Con la estimulación de la succión se reactivan las descargas de oxitocina en la madre que producen las contracciones uterinas necesarias para la expulsión natural de la placenta.
Se han tomado las constantes vitales del metabolismo básico del bebe después de nacer sin despegarse de la madre: las constantes cardiorespiratorias son constantes, sin apneas ni arritmias. El estudio de Nils Bergman durante 12 años como jefe de neonatología de un hospital, ha hecho replantearse los protocolos pediátricos del nacimiento que consideraban normales las apneas y las arritmias de los recién nacidos, examinados en una mesa separados de la madre. Estas alteraciones del metabolismo básico -y otras como la regulación térmica- se deben al gravísimo estrés que la separación de la madre produce en el bebé. La neonatología, con el apoyo de la neurología, ha probado que un recién nacido reconoce el cuerpo materno como el lugar donde tiene que estar, y se estresa muy gravemente si se le coloca en cualquier otro lugar. El trauma no es el nacimiento, el estado de shock lo produce la separación de la madre.
Lo previsto en el paradigma original y natural es la no separación. Dice Nils Bergman que separar un neonato de su madre es lo peor que le puede suceder a una criatura y que constituye una violación de su cuerpo.
La separación de la criatura de la madre, con la excusa de algún protocolo médico, o para lavarla y vestirla, como si eso hiciera falta, para la madre significa que la impronta se inhibe. También se inhibe la impronta, sin necesidad de llevarse a la criatura, en los partos en casa, estimulando la atención racional de la madre, manteniendo activo el neocórtex, por ejemplo, organizando la celebración familiar del nacimiento, el pasarse de unos a otros al bebé, con la excusa del recibimiento por parte de los hermanitos, del papá etc. La impronta forma parte del proceso sexual y, al igual que en el parto, es necesaria la inhibición neocortical de la madre para que la impronta se produzca. El momento de la impronta es irrepetible, y si se pasa ya no podrá producirse. El proceso es muy sencillo. Solo hace falta dejar que la criatura repte por sí misma sobre el cuerpo materno y no hacer nada. No hacer nada, solo dejarles solos a la madre con el bebé, para que se produzca la impronta, para que la madre pueda entregarse a este episodio de su vida sexual. Si se ha esperado 9 meses bien se pueden esperar 3 ó 4 horas más para ver y celebrar la llegada del bebé.
Antes de seguir, hay que señalar un aspecto muy importante del daño que produce el stress de la separación en el recién nacido. Además de alterar las constantes de su metabolismo básico, la separación produce descargas de las llamadas hormonas del stress (cortisol y otros glucocorticoides) que son tóxicas para el cerebro del recién nacido. Cuando nacemos solo tenemos un 25% del cerebro formado, con un número muy grande de neuronas pendientes de formar las redes neurales que nos acompañaran de por vida. Muchas neuronas desaparecerán, otras se unirán en cadena por medio de sus dendritas. Las descargas de cortisol y otros, producidas por el estado de stress en el recién nacido y durante toda la exterogestación, son muy tóxicas e impactan en este proceso de poda y formación, determinando las redes neurales que prevalecerán, y qué áreas del cerebro se van a desarrollar: si va a formarse un cerebro adaptado a la placidez y al bienestar, o si va a formarse un cerebro para el stress y la lucha. La neurología ha explicado lo que hacían los espartanos, de tirar a los bebés por un terraplén porque el que sobreviviera al shock sería un buen guerrero… es decir ha explicado lo que significa el stress del recién nacido. Hoy sabemos que el stress de la separación en el bebé es, en palabras de Bergman, un impacto de por vida, porque dicho stress se queda fijado para siempre en el cerebro.
Cuando un bebé solo en la cuna llora para reclamar el regazo materno, en principio es un llanto de aviso; si acude la madre enseguida, el bebé se relaja y todo el stress y la tensión se recupera; pero si no acude, la tensión aumenta y el llanto va cambiando de timbre, se va haciendo más desconsolado y desesperado. Hasta que el bebé ya no puede más y se desconecta para no sufrir, entonces se calla… a un precio inadmisible. La psicología ha relacionado esta desconexión para no sufrir con diferentes patologías autistas.
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Los primeros cuarenta días después del parto (más o menos) son determinantes para toda la exterogestación y para el éxito de la lactancia. Y todo está maravillosamente previsto en el eficaz y sutil diseño natural de la crianza. El cuerpo de la criatura en la vida intrauterina funciona con el sistema inmune de la madre; pues bien, al salir va a recibir con los primeros calostros los chutes de inmunoglobulinas necesarias para adaptarse al medio exterior. El bebé solo necesita estar en su hábitat, sobre el cuerpo materno para tomar los calostros. El estómago y todo el aparato digestivo del recién nacido, inactivos durante la gestación intrauterina, van a recibir con las primeras leches maternas todas las enzimas y otras sustancias necesarias para su puesta a punto: sólo es necesario que el bebé esté en el lugar adecuado, con su madre.
Las primeras leches, nos explica Nils Bergman, están adaptadas a ese aparato digestivo todavía inmaduro; son muy líquidas, pobres en nutrientes y en grasas pero ricas en todas las sustancias que el cuerpo del recién nacido necesita para su adaptación a la propia digestión y en general al medio exterior. Además, se ha comprobado que la madre sincronizada con el bebé, va a ir modificando la composición de la leche a demanda del bebé. El bebé al principio, además de no poder ingerir leches densas, no puede realizar grandes ingestas, no tiene el estómago preparado para ello, y tiene que hacer tetadas cortas y frecuentes. El ritmo de sueño y vigilia está sincronizado con la frecuencia de las tetadas. Un bebé recién nacido necesitará dormir dos o tres horas, pasar por estados de semivigilia, mamar un poco, volver a dormir, etc. a lo largo del día y de la noche. Esto es fundamental para mantener hidratado un cuerpo que no puede realizar grandes ingestas ni puede dormir ocho horas seguidas. Lo que la ciencia ha demostrado es que la madre tiene el mismo estado de organización que el bebé. El mismo ritmo y frecuencia de estados de sueño y vigilia día y noche. Lo previsto es que la madre durante la cuarentena yazca permanentemente con el bebé, duerma cuando el bebé duerme y esté en vigilia cuando el bebé requiere mamar. Las tradiciones antiguas conocían esta necesidad, como así lo reflejan numerosos testimonios que la antropología ha recogido. Por ello la comunidad se hacía cargo de todos los trabajos que la madre solía hacer, y aportaba el esfuerzo necesario para hacer posible proteger y respetar la cuarentena. Hoy, ignorando esta necesidad, la madre, sola o con la ayuda insuficiente de su pareja, se pone a hacer las tareas domésticas o no domésticas, aprovechando los ratos que el bebé duerme, como si luego pudiera dormir 8 horas seguidas. Como esto no es posible, la madre entra en una dinámica de falta de sueño y pronto cae en el agotamiento y a menudo en la depresión. ¡Encima se culpabiliza por no poder vivir sin dormir! La madre que no puede respetar la cuarentena llega a la extenuación, y la maternidad que había concebido con tanta ilusión, poco a poco se convierte en una decepción.
Sin embargo, en el paradigma original de la crianza, esta transición de la vida intrauterina a la extrauterina, está todo previsto. La sociedad patriarcal moderna ha borrado el conocimiento de esta transición y de todas las costumbres asociadas. Además, ha destruido el tejido social que sostenía la maternidad, porque la familia nuclear no es un soporte suficiente para la maternidad. Hoy, y a pesar de que ahora ya la Ciencia ha explicado con todo tipo de datos lo que las antiguas tradiciones reconocían, son pocas las mujeres que pueden vivir la cuarentena de acuerdo con el paradigma original.
Creo que la ignorancia establecida con respecto a estos procesos juega un papel muy importante, y que el conocimiento de los mismos permitiría la recuperación de la impronta y de la cuarentena.
3. EL DESEO MATERNO
El deseo materno es una pulsión física y psíquica que brota de nuestros cuerpos para impulsar la gestación y la crianza de la vida humana; brota y fluye con mucha fuerza, con mucha intensidad, conmoviéndonos el cuerpo y el alma.
La fisiología siempre tiene un correlato psíquico, y en el caso de la compleja fisiología de la maternidad el correlato es el deseo materno. Las descargas de oxitocina de la impronta forman una nueva matriz, lo que Mahler (5) llamó matriz extrauterina, hecha de líbido, hecha de un deseo muy intenso de tener al recién nacido apegado al propio cuerpo. Este fortísimo deseo materno es el punto de partida de la formación de la díada madre criatura para impulsar la exterogestación.
La criatura humana también nace enamorada de su madre, y la reconoce de entre todos los demás cuerpos. Clínicamente se ha comprobado que cuando un neonato se estressa al ser separado de la madre para ser examinado, las descargas de cortisol solo se regularizan cuando vuelve sobre el cuerpo materno, pero no sucede lo mismo si se le coloca sobre otros cuerpos. Bergman dice que para el bebé, solo hay dos alternativas ‘Mother vs Other’; el bebé no reconoce más que esas dos cosas, o con la madre o sin la madre; todo lo que no sea la madre es lo que no debe ser. Mantener la confianza del bebé en que tiene lo que necesita, evitarle el stress, es asegurar el cuerpo a cuerpo con la madre. El deseo materno es recíproco con el deseo del bebé.
La principal cualidad del deseo materno es la identificación absoluta con el bienestar del bebé, lo cual nos lleva a practicar la complacencia con sus deseos, y a una compasión que nos mueve a hacer lo que sea para evitarle todo malestar y sufrimiento. El deseo materno es no separarse nunca de la criatura, es hacerse regazo, el hábitat del recién nacido. El deseo materno es también el don gratuito, el placer de dar sin pensar en recibir nada a cambio. Es la aceptación incondicional del otro, y es la transparencia de una relación que nos permite quitarnos las corazas con las que andamos por este mundo. El deseo materno es en definitiva un grado máximo de empatía humana. La neurología ha comprobado la transformación del cerebro de la madre durante la gestación para desarrollar la empatía hacia el bebé.
……
El deseo materno es como es porque no está contaminado de las relaciones de competitividad y de Poder de todo tipo que prevalecen en nuestro mundo; de hecho son un vestigio de las verdaderas cualidades de los seres humanos en el paradigma original de toda la vida humana.
En el paradigma original, las cualidades del deseo materno son las coordenadas que definen la conducta de las madres y configuran lo que Luisa Muraro (6), en el siglo pasado, desde el feminismo de la diferencia, llamó el orden simbólico de la madre, que a su vez prefigura otro orden social diferente al patriarcal, basado en la expansión del deseo materno y en la empatía, como el que existió en las civilizaciones matrísticas prepatriarcales. La Edad de Oro, también llamada de Plata, que se ha recogido de forma persistente en toda la literatura clásica, no es una leyenda como se ha querido establecer, pues la Arqueología ha desenterrado su existencia real. Tal y como también se ha comprobado desde la Sociología, fueron sociedades en las que el intercambio de bienes no era el trueque ni la compraventa ni el saqueo, sino el don gratuito. Así decía Cervantes, en boca de D. Quijote, que en aquellas sociedades no se conocían las palabras de tuyo y mío y que todas las cosas eran comunes.
El deseo materno es expansivo, forja y extiende las relaciones de empatía más allá de la díada madre-criatura. Como describió Bachofen (7), en las civilizaciones prepatriarcales, el foco maternal organizaba el grupo familiar matrifocal, y éste a su vez tramaba las relaciones sociales extrafamiliares basadas en lo que este autor llamó derecho materno.
Las cualidades del deseo materno no son utopías o preceptos religiosos: forman el núcleo expansivo de un estado emocional del cuerpo humano, y son verdaderas, perceptibles y reconocibles.
Somos seres sociables. Ningún ser humano puede vivir aisladamente. Y lo que nos abre y nos conecta unos humanos a otros es la empatía, la capacidad emocional del cuerpo humano de ponerse en el lugar de otro, de sentir, percibir y corresponder las necesidades y deseos de otros.
El paradigma original del nacimiento y de la crianza nos llevan, pues, al paradigma original de la sociedad humana. La Humanidad está hecha para la cooperación pacífica y sostenible; no está hecha para la autodestrucción, aunque las guerras atroces que existen, la industria de armamentos que producimos, y el odio y los fanatismos que se propagan, parezcan afirmar lo contrario
Si contemplamos la sociedad humana desde la perspectiva de la Biosfera, somos una parte de sus cadenas de ecosistemas, en las que todos los seres vivos estamos interconectados. Ningún ser vivo puede vivir aisladamente; de un modo u otro todo lo que vive forma parte de los ecosistemas. Y en la sociedad humana, la empatía es la emoción que impulsa nuestra interconexión, nuestra sociabilidad.
Podemos entonces entender por qué en la reproducción humana hay una carga tan fuerte de empatía y de líbido: hay que reproducir la capacidad de empatizar de los seres humanos. Es decir, la fuerte carga de empatía y de líbido de la maternidad no están destinadas únicamente a promover la gestación y el cuidado del bebe, sino también a reproducir la sociabilidad de los seres humanos.
Cuando gestamos no gestamos solo la anatomía y la fisiología de un cuerpo, gestamos también su psiquismo. El psiquismo humano se forma durante la gestación, en interacción con el psiquismo de la madre que está impregnado de deseo materno. Así se forma nuestra capacidad de empatizar, nuestra capacidad de amar que nos acompañará toda la vida. La reproducción de la empatía es la reproducción de nuestra sociabilidad, por eso el deseo materno tiene una trascendencia social.
El vacío de maternidad que decía Victoria (8), es un vacío de empatía. Y si los seres humanos podemos vivir inmersos en una sociedad de relaciones de competitividad y de Poder es porque hay una carencia de la función materna, un vacío de maternidad.
….
Durante siglos, la formación de la díada madre criatura durante la exterogestación fue imprescindible para la mera supervivencia de los bebés, y ha sido así hasta los tiempos modernos de leches de fórmula, pezones de plástico, parques, cunas, sillitas portabebés, etc. Ahora los bebés sobreviven con protocolos artificiosos, pero al apartarse del paradigma original, pierden algo importantísimo, el cuerpo a cuerpo con la madre y la transmisión de la carga de líbido y de empatía que el cuerpo a cuerpo conlleva. Y con esta pérdida, se pierde también la capacidad de amar y de empatizar, la sociabilidad humana. Lo peor del chupete no es que el pezón sea de plástico, lo peor es el cuerpo que falta detrás del chupete.
Es importante decir que el deseo materno no es sacrificio ni abnegación, es gozo; y es preciso afirmarlo para remontar el discurso de la maternidad como sacrificio y esclavitud. En el paradigma original del nacimiento y de la crianza, el deseo materno cursa con placer, y voy a citar dos pruebas. Una prueba son los pulpos que las mujeres micénicas, en plena contrarrevolución sexual patriarcal, pintaban en las panzas de los cántaros con los que todos los días iban a las fuentes a por agua. El cántaro no era una pieza cualquiera, era cotidiana y pública a la vez, y es fácil imaginar la ostentación de la resistencia a la sexualidad falocéntrica que representaban. Pues bien, en la casi totalidad de estos pulpos, y he visto muchos, los tentáculos que representan las olas de placer, salen de los pechos. Podemos imaginarnos cómo serían esas madres, esas maternidades, y ¡toda la libido y el amor que las criaturas recibían! Tenemos también el testimonio que recoge Ruth Benedict (9) de las madres japonesas del siglo pasado. Cuando las autoridades sanitarias japonesas hicieron una campaña para promover el destete de los bebés a los 8 meses (allí la lactancia todavía en esos tiempos era prolongada), tratando de engañar a las madres, diciéndolas que científicamente se había demostrado que era mejor para los bebés, las madres se opusieron diciendo que aunque fuese mejor para los bebés, para ellas era peor.
Niles Newton (10), una ginecóloga clínica norteamericana, a mediados del siglo pasado, hizo un estudio con mujeres que habían dado a luz en su hospital, encontrando una correlación significativa entre el deseo de ser madres y el éxito de la lactancia demostrando la dependencia de la fisiología del deseo materno.
Michel Odent (11) además de estudiar y divulgar toda la fisiología de la maternidad, lleva años recopilando estudios aislados epidemiológicos que muestran el impacto de por vida que señala Nils Bergman. Estudiando la relación de diversos protocolos perinatales con diversas patologías adultas. Estos estudios epidemiológicos pueden consultarse en la web del Primal Health Research Centre.
La neurología también ha estudiado los efectos en las criaturas humanas de las crianzas artificiales. No voy a extenderme aquí, pero hay una literatura muy abundante y contundente que explica el alcance del daño neurológico que produce la alteración del paradigma original del nacimiento y de la crianza. Nils Bergman tiene una recopilación de esta literatura, actualizada en 2014: ‘The neuroscience of birth and the case of zero separation’.(12)
4. LA COMPLACENCIA VS LA AUTORIDAD
A pesar de todo lo dicho, el deseo materno en nuestras sociedades suele tener un recorrido limitado sobre todo durante la etapa bebé. Durante esta etapa diríamos que lo más frecuente es que la sonrisa de bienestar del bebé colme a las madres y a los padres de felicidad. Existe la identificación con el bienestar del bebé. En este estadio podríamos decir que la complacencia con los deseos de la criatura y su bienestar suelen ser una prioridad en los padres, frente al cumplimiento de sus múltiples y estresantes tareas cotidianas. Aunque hay que matizar esta afirmación, porque es una prioridad que se ejecuta con más o menos acierto, según el grado de conciencia que tengan los padres del paradigma original.
Sin embargo, en cuanto la criatura empieza a andar y a adquirir cierta autonomía, las prioridades de las madres y de los padres empiezan a cambiar sin darse apenas cuenta de ello. Las prioridades se desplazan a la ejecución de la tareas domésticas y laborales al tiempo que los deseos de la criatura pasan a convertirse en caprichos improcedentes, hasta que llega un momento en que ni siquiera se valora la viabilidad de los deseos de la criatura. La madre tiene el Poder, la autoridad para decidir lo que crea conveniente para el orden doméstico y laboral en el que vive. Y por lo general no se tiene en cuenta que el orden doméstico de un hogar ya no es el mismo, ahora hay en él una criatura rebosante de deseos y necesidades, y el orden doméstico debe cambiar para acogerla.
Se suele argumentar que las criaturas desconocen los límites y que hay que ponerles límites. Parece que es un argumento irreprochable; y sin embargo, si lo analizamos un poco, poner límites es una forma de llamar a la represión, de manera eufemística, para neutralizar nuestra voluntad de complacencia. Lo de reprimir a nuestros hijos nos suena muy mal, en cambio poner límites, suena a método pedagógico, y así es como nos lo venden.
Es cierto que las criaturas tienen que aprender los límites del hábitat en el que viven; pero los límites no hay que ponerlos, existen, todo hábitat es un hábitat limitado. La cuestión es ¿desde qué tipo de relación van a aprender las criaturas los límites de su hábitat? Porque los límites se pueden aprender, y de hecho se aprenden mejor, desde una relación de complacencia, teniendo siempre en cuenta los deseos de las criaturas como presuntos viables, valorándolos, empatizando con la criatura, haciendo todo lo posible por complacerlos, sólo porque son sus deseos, la expresión de su rebosante vitalidad.
Aunque desde nuestro punto de vista los deseos de nuestras pequeñas criaturas nos parezcan erráticos y sin sentido, tenemos que recordar que son sus pulsiones vitales, sus raíces emocionales, y no podemos cortarlas como si fueran bonsais. Tenemos que tratar los deseos de las criaturas con el mayor interés y delicadeza para que sientan la empatía, la identificación y mantengan la confianza. Si mantenemos la actitud y la dinámica de la complacencia, la criatura no pierde la confianza, sigue manteniendo la confianza con la que nació; y entonces cuando un deseo no es viable y la madre se lo dice, la criatura, que no tiene la menor duda de que su madre ha tenido en cuenta sus deseos, acepta la negativa sin problema alguno. Si la criatura protesta es porque ha perdido la confianza en que su madre se identifique con sus deseos, es decir, vive la negativa como una falta de amor. No cogerá una pataleta por el deseo no colmado, sino porque siente que no reconocen la pertinencia de sus deseos y no la quieren.
Cuando realmente no se puede complacer el deseo de una criatura, es importantísimo darle todas las explicaciones, aunque si la confianza original se ha mantenido, tampoco son necesarias porque la criatura confía plenamente en la palabra de los padres.
Si la criatura es tratada con represión de sus deseos, su respuesta siempre al principio va a ser ofrecer una resistencia. Si el ejercicio de la autoridad es sistemático, llega un momento en que la resistencia también se convierte en reacción sistemática, porque el ejercicio de la autoridad ha sustituido a la dinámica de la confianza y de la complacencia.
Tan normalizado está el ejercicio de la autoridad de los padres, que parece que la resistencia y la oposición de la criatura es cosa natural; se dice que los niños son así, que son egoístas por naturaleza; pero no, las criaturas humanas son sumamente generosas, es la dinámica de la resistencia a la autoridad la que esconde esta generosidad.
Las criaturas pese a todo, mantienen el amor a sus padres y para ellas es vital tener su beneplácito. Por ello, para tener ese beneplácito, las criaturas empiezan a cambiar la resistencia por el sometimiento, por la obediencia. Para tener la aceptación materna y paterna que al principio teníamos de manera incondicional, poco a poco y de manera inconsciente, aprendemos a someternos. Así comienzan las relaciones de autoridad que prevalecen en nuestra sociedad.
El paradigma original de la crianza es que las criaturas humanas aprendan los límites de su hábitat mediante el juego y la imitación, en un ambiente de relaciones de confianza y de mutua complacencia. No hace falta la autoridad, la complacencia es un motor mucho más eficaz y pacífico para impulsar el aprendizaje de las criaturas humanas.
Si de verdad deseamos la felicidad presente y futura de nuestrxs hijxs, debemos esforzarnos por mantener el deseo materno de complacencia, porque si un ser humano aprende en su infancia la complacencia, la practicará de adulto y será feliz.
PARA TERMINAR….
En el paradigma original la maternidad es un desarrollo gozoso de la vida de la mujer, pero en nuestra sociedad se produce en unas condiciones muy adversas, muy alejada del paradigma original y natural de la reproducción humana. Además de la falta de reconocimiento del esfuerzo económico que supone una maternidad, existe la falta de tejido social comunitario para sostenerla, y están los protocolos médicos a contracorriente de su fisiología natural, que las mujeres aceptamos por desconocimiento de nuestra propia sexualidad. Estas condiciones adversas por sí mismas asfixian la producción del deseo materno, el meollo básico de la maternidad verdadera.
Esta profunda la alteración del paradigma original no se reconoce como tal alteración, y entonces parece que las condiciones adversas fueran lo original y propio de la maternidad. Así se ha desarrollado un discurso de la maternidad como sacrificio, como abnegación, como una lacra para la mujer.
Es preciso que las mujeres que hemos tomado conciencia de la verdad de la maternidad, la reivindiquemos como un desarrollo gozoso y placentero de nuestras vidas; que reivindiquemos nuestra sexualidad, que remontemos el discurso de la maternidad como esclavitud y afirmemos tanto el placer como la eficacia del deseo materno; que desde el feminismo reivindiquemos nuestros derechos sociales, siendo uno de ellos fundamental, el derecho a la verdadera maternidad.
La ignorancia es nuestro gran enemigo. No se puede acabar con todas estas condiciones adversas sin acabar con la ignorancia y desmontar todas las costumbres asociadas a la ignorancia. En general, es urgente y necesario cambiar la noción y el modelo de maternidad que existe en la sociedad.
Desde mi punto de vista, la recuperación del paradigma original del nacimiento y de la crianza implica profundos cambios en las principales relaciones sociales, porque se trata nada menos que empezar a construir un tejido social basado en la empatía y en el apoyo mutuo, dejándonos guiar por el orden simbólico de la madre, que no es otra cosa que el anhelo profundo de nuestras almas que subyace a todo el psiquismo egótico. Tenemos que avanzar en el reconocimiento de los derechos sociales de la mujer y en la recuperación de nuestra sexualidad; pero también en la reconversión de la función del padre, en la rendición del poder de los padres y madres a los hijxs, en la recuperación del tejido social comunitario y también en la recuperación de nuestras cualidades humanas primigenias.
En los tiempos actuales parece que la sociedad humana ha emprendido un camino de autodestrucción; yo soy optimista y creo que vamos a sobrevivir. Pero es necesario emprender otro camino, el de la recuperación del paradigma original del nacimiento y de la crianza y del orden simbólico de la madre, que es el camino de la salvación de la Humanidad.
Arnedillo 30 de junio 2025
NOTAS
(1) Juan Merelo-Barberá, ‘Pariras con placer’, ed. Kairós, 1980
(2) Frederik Leboyer, ‘El parto, crónica de un viaje’, ed. Altafulla, 1999
(3) Wilhelm Reich, ‘Carta a A.S. Neil, marzo 1951’, en Placzeck, B.R. ‘Testimonio de una amistad: correspondencia entre Reich y Neil (1936-1957)’, ed. Farrar, Straus&Giroux, 1981. Traducción de Ester www.esternet.org
(4) Nils Bergman, ‘Restoring the original paradigm of infant care’, ed Nils&Jill Bergman Productions, 2001, www.kangaroomothercare.com
(5) Mahler, M. ‘On childhood psicosis and schizophrenia’, Psychoanal.Study Child. Vol 7, 1952
(6) Luisa Muraro, ‘El orden simbólico de la madre’, ed. Horas y horas, 1995
(7) Bachofen, J.J. (1861), ‘Mitología arcaica y derecho materno’, ed.Anthropos, 1988. También ‘Das Mutterrecht’ ed.Surhamp, 1977
(8) Victoria Sau, ‘El vacío de la maternidad’, ed.Icaria, 1995
(9) Ruth Benedict (1946),’El crisantemo y la espada’, Alianza editorial, 2006
(10) Niles Newton, ‘Maternal Emotions’, ed. P.B.Hoeber, 1955
(11) Michel Odent, ‘El bebé es un mamífero’, ed.Mandala, 1990; ‘La cientificación del amor´, ed.Creavida, 2001; www.primalhealthresearchcentre
(12) Nils Bergman, ‘The neuroscience of birth,- and the case of zero separation’, Curationis, 2014; 37(2):el-e4