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También en: sites.google.com/site/rescatandotextos he colgado algunos textos que me parecen importantes.

Y en : pulposymedusas.blogspot.com tengo colgados algunos textos antiguos

A CONTINUACION EN ES TA MISMA PÁGINA UN TEXTO SOBRE

'EL DESEO MATERNO Y LA RECONSTRUCCIÓN DEL ORDEN SIMBOLICO DE LA MADRE'


EL DESEO MATERNO

Y LA RECONSTRUCCION DEL ORDEN SIMBOLICO DE LA MADRE

Prefacio: La necesidad de afirmar el orden simbólico materno

El feminismo ha producido una profunda crítica del patriarcado y de las múltiples complicidades, filosóficas, religiosas, literarias, etc., que han sostenido su sistema de dominio.

Pero esta labor de crítica, aunque vasta y precisa, no encuentra su afirmación.

Sólo ésta puede devolver a la sociedad, y ante todo a las mujeres,

la potencia simbólica contenida en la relación femenina con la madre y neutralizada por el dominio masculino.

Luisa Muraro, ‘El orden simbólico de la madre’ (1)

Reflexionando un día sobre nuestra debilidad imperante frente al paradigma patriarcal, me di cuenta de que vivimos en una casi absoluta destrucción del orden simbólico materno. Es decir, tomé conciencia de la falta de respaldo simbólico para dejar de estar a la defensiva, y para pasar de la permanente resistencia, a una alternativa plausible, concreta, viable, firme, coherente, global y convincente al paradigma patriarcal. Las mujeres llevamos siglos viviendo en un estado de permanente resistencia; ahora creo que ha llegado el momento de tomar la iniciativa. Para ello necesitamos ordenar las enseñanzas maternas, estructurarlas, reconstruir el orden simbólico materno para obtener el prototipo completo de la sociedad que buscamos.

También me di cuenta de que el patriarcado, ante su primera gran crisis, está reaccionando con un ataque en toda regla contra los vestigios que perduran del orden simbólico materno. Una prueba es que ahora está divulgando el término ‘buenismo’ con un sentido despectivo. En lugar de permanecer discretamente en silencio ante las conductas de solidaridad que resisten al fratricidio, como ha solido hacer, ahora arremete contra ellas calificándolas de ‘buenismo’ con un tono burlesco y un sentido peyorativo. Nunca el paradigma patriarcal había llegado tan lejos a nivel simbólico para defender la guerra y el fratricidio frente a la paz y a la solidaridad. Para una madre la bondad innata de la criatura que da a luz es una cuestión obvia y evidente, y la confianza en esa bondad innata forma parte de sus coordenadas simbólicas. Criticando directamente la bondad de los seres humanos, el patriarcado deja al desnudo su esencia fratricida.

La madre tiene el sentimiento y la razón: la bondad innata del ser humano es la materia prima de nuestra sociabilidad, que es, en definitiva, nuestra humanidad.

Otra muestra del contraataque patriarcal la tenemos en el desplazamiento del tabú del sexo. Ahora en las pantallas tenemos continuamente escenas de parejas practicando el coito, lo que antes se consideraba tabú; en cambio, han desaparecido por completo las imágenes de la pareja madre-criatura, en especial, de madres amamantando, al mismo tiempo que proliferan imágenes de torsos masculinos con bebés, una nueva versión de la antigua covada (2) usurpadora de la maternidad.

Como decía Luisa Muraro, ha llegado el momento en que es imprescindible, no solo negar el patriarcado sino afirmar el orden social de la madre.

Continuaba así Muraro la cita anterior:

De la crítica al Patriarcado he obtenido autoconciencia, pero no la capacidad de significar libremente la grandeza femenina, que encontré y reconocí plenamente en mis primeros meses y años de vida en la persona de mi madre, y que luego perdí tristemente de vista y casi renegué de ella.

Nos han enseñado que la negación de una negación es una afirmación. Esto no es cierto en todas las circunstancias. Existen condiciones en las cuales la segunda negación, en lugar de anular la primera, la refuerza. En mi caso, en efecto, la labor de crítica era solo una manera de ejercitarme en el rechazo del alimento del pensamiento ajeno, reforzando así indirectamente la doblez mental de mi aversión no sabida hacia la madre. Esto debido a que no tenía otra independencia simbólica, aparte de la derivada de un impulso inconsciente a rehusar, y a que no estaba respaldada culturalmente en mi cuerpo a cuerpo con la potencia materna.

Recuperar la madre para recuperar sus coordenadas simbólicas

En ‘La Represión del Deseo Materno’ (1996) ya proponíamos, de una manera difusa, ‘recuperar la madre’. Ahora, he vuelto a leer ‘El Orden Simbólico de la Madre’ de Luisa Muraro, y, con todo el camino andado, Luisa me ha devuelto con más fuerza, con más intensidad, con más transparencia, la presencia de mi propia madre. Como dice Luisa, para recuperar el amor a la madre, hay que recuperar nuestro amor de niñas. ¡Cómo amábamos a nuestra madre de niñas! Ese es el sentimiento que tenemos que recuperar, y con él el orden simbólico de la madre.

Aunque las principales enseñanzas del deseo materno, que me han llegado a través del amor de mi madre, ya las he escrito en otros libros y textos, ahora las expongo en tanto que orden simbólico de la madre y con el reconocimiento debido a la madre que me amó a pesar de todos los infinitos pesares infligidos por la espada patriarcal.

Dice Luisa Muraro que amar a la madre hace orden simbólico. Y el amor a la madre se produce por la reciprocidad que induce en nosotr@s la pulsión de su deseo materno.

El deseo materno, como veremos ahora, hace directamente orden simbólico, y como explica Bachofen refiriéndose a la matrística, también hace, si le dejan, orden social.

Entonces la secuencia fenomenológica desde el punto en el que estamos, es que el amor a la madre nos lleva al deseo materno, el deseo materno al orden simbólico, y el orden simbólico al orden social que corresponde a nuestra condición humana.

El patriarcado ha dictado leyes, ha sometido a la mujer, ha destruido la diada madre-criatura, ha impedido el ejercicio de la función materna con todas sus culturas y creencias fratricidas, pero no ha podido eliminar la pulsión física y psíquica del deseo materno que brota de nuestros cuerpos. El deseo materno ha sobrevivido a los milenios de patriarcado, y se ha transmitido de generación en generación. No ha sido solo una transmisión biológica; se ha transmitido culturalmente, manteniendo ciertos usos y costumbres de la maternidad: una manera de hablarles a los bebés, de musitar palabras, de mirarles, de sonreír, de estrecharles contra nuestro pecho, de mecerles, de cantarles… usos y costumbres que les transmiten el más profundo sentimiento del alma humana; y que ahora están intentando arrasar de forma definitiva, con la falacia de la igualdad de la paternidad y la maternidad, con el desarrollo de nuevas leyes falocráticas y con la ayuda de las nuevas técnicas médicas que permiten la venta y alquiler por piezas del cuerpo de mujer, a sabiendas de que el despiece del cuerpo de mujer mata el proceso del deseo y con él, la transmisión de los profundos sentimientos del alma humana.

Este texto sobre la reconstrucción del orden simbólico de la madre se basa principalmente en las características y cualidades del deseo materno, pero también en el conocimiento histórico de la matrística, las civilizaciones previas al patriarcado. Porque la matrística, es decir, la sociedades prepatriarcales regidas por las reglas de la madre (el ‘das muterrecht’), son la expresión social del deseo materno; y constituye la prueba histórica de que el orden simbólico y social de la madre es efectivo y viable como paradigma de sociedad y alternativa al patriarcado.

Las enseñanzas del deseo materno no requieren de palabras nuevas; consisten en devolver a ciertos conceptos y palabras la verdad y el sentido que el patriarcado les ha arrebatado. Para ello, para recuperar el sentido de las palabras, tenemos que desvincularlas de los discursos políticos al uso, y vincularlas, con toda su coherencia interna, al deseo materno.

I - EL ORDEN SIMBOLICO DE LA MADRE

1. Las características del deseo materno

Decía Victoria Sau que el gran secreto de la Humanidad es el crimen de la madre. Un crimen que consistió 1) en eliminar de nuestra cultura y de toda la sociedad el reconocimiento de la función materna, tanto en el plano individual como en el social; 2) en eliminar, al mismo tiempo que el reconocimiento general, muchos aspectos, algunos fundamentales, de la praxis misma de dicha función; 3) construir grupos humanos con el vacío de maternidad, y vaciar de maternidad toda la sociedad; 4) calumniar, ridiculizar, desvalorizar y arrasar las reglas sociales y familiares de la madre, que son:

la complacencia, para sustituirla por la dominación,

la paz y la concordia, para sustituirla por la guerra y la disputa,

el conocimiento de la bondad innata de sus hij@s, para sustituirlo por la creencia en un tánatos o maldad innata,

la verdad y la transparencia, para sustituirla por la mentira y la opacidad,

el bienestar de los hij@s, para sustituirlo por su malestar y sufrimiento,

la fraternidad y la sororidad, para sustituirlos por el machismo, la rivalidad y el fratricidio

la igualdad y la justicia, para sustituirlas por la desigualdad y la injusticia,

la armonía de los sexos, para sustituirla por el régimen sexual falocrático.

El deseo de la madre es el bienestar de sus hij@s. Toda la impronta, es decir, la huella en su cuerpo y en su psiquismo de la gestación y de la lactancia, es la identificación absoluta con el bienestar de su hij@. Sus pulsiones sexuales, sus emociones y sus sentimientos son de un amor sin condición y un deseo apasionado por realizar el bienestar de sus hij@s. Según algunos autores (3), es la carga libidinal más alta del ser humano que corresponde al estado de simbiosis, específico de este tramo de la vida humana. Tal es la naturaleza del deseo materno, que es una característica básica y fundamental de nuestra condición humana; no es solo el instinto maternal mamífero, es la pulsión y la emoción de la sexualidad humana, una cualidad de la capacidad de amar de nuestras almas humanas.

Toda la disposición del ánimo de la madre es complacer los deseos de su hij@. En la mujer que da a luz a una criatura no hay impulsos de dominar, sino de complacer, de satisfacer las necesidades de su hij@. No hay un ápice de voluntad de dominio. Si el bebé llora, la madre se preocupa inmediatamente por remediar lo que sea que le produce malestar. La madre no tolera el llanto ni el sufrimiento de su bebé, y emplea toda su energía en eliminar las causas que los producen. El deseo de complacer y la relación de complacencia, borrados de la cultura patriarcal y eliminados de nuestra práctica social competitiva y fratricida, están vivos en el deseo materno; es la pulsión sexual femenina, común en las mujeres cuando parimos, y que el patriarcado no ha podido erradicar.

La neurología y la investigación clínica femenina-materna (Niles Newton (4)) y neonatal (Nils Bergman (5)) han corroborado, con los datos de la fisiología humana, la sabiduría gaiática y la eficacia del diseño biológico mamífero y del amor humano maternal.

En nuestra sociedad, el deseo de complacencia subsiste en la madre de manera más o menos contradictoria durante un tiempo después del nacimiento; y subsiste de manera contradictoria debido a la doble interferencia, de la ignorancia puntualmente servida y del enjambre de mentiras sobre la maternidad, ambas establecidas por el patriarcado.

En los momentos inmediatos al alumbramiento, y en general durante toda la primera cuarentena, el deseo materno y los impulsos de complacencia hoy se neutralizan con los protocolos médicos establecidos, que organizan la separación de la criatura de la madre, sin tener en cuenta la necesidad del cuerpo a cuerpo permanente y continuado entre ambas. Estos protocolos y disciplina médica además bloquean la confianza de la madre en sus impulsos amorosos, pues en su conciencia transmuta la confianza en sus propias pulsiones en confianza a lo que se presenta como científico y experto. En realidad hay una gran ignorancia y una gran mentira que impiden el establecimiento de la diada después del nacimiento (6). La Medicina un día tendrá que pedirle perdón a la Humanidad por el daño inconmensurable que la ha infligido y la sigue infligiendo, por al boicot realizado a la función materna durante las tres o cuatro últimas generaciones de maternidad hospitalaria.

El deseo materno a pesar del boicot no cesa en su empeño, y va buscando los modos y maneras de conectar el cuerpo de la madre con el cuerpo de la criatura. En este proceso, hay que mencionar una desgraciada excepción, la de las madres y padres que bloquean sus impulsos amorosos siguiendo los designios criminales del Dr Estivill, y dejan intencionadamente llorar a sus bebés desde poco después del nacimiento.

En general, lo habitual es que de una forma más o menos contradictoria, el deseo materno prevalezca durante un tiempo, y luego vaya desapareciendo poco a poco conforme la criatura va dejando de ser bebé y comienza la infancia. Aunque hay que decir que en la mayoría de los casos, nunca desaparece del todo, y a lo largo de la vida de la madre, por las grietas de su alma, siempre seguirá goteando el deseo materno.

A los dictados iatrogénicos de la Medicina durante la etapa bebé, se vienen a sumar una presión social y cultural y unos imperativos socioeconómicos, que van sofocando el deseo materno. La madre aprendió la obediencia en su propia infancia como única relación posible, creció sin ningún referente simbólico de que la complacencia existe y es viable; entonces, poco a poco ella va cambiando las relación de complacencia por la relación de dominación. Deja de complacer los deseos y pasa a ejercer, de forma más o menos contradictoria, una autoridad conforme al orden doméstico y social en vigor.

Yo he tenido la tremenda suerte de tener una madre complaciente más allá de la etapa bebé. Una madre que practicaba la complacencia con mis deseos, lo que presuponía un reconocimiento de los mismos lo cual por si solo abre el alma y la conciencia a la vida en lugar de cerrarlas, como sucede en la vía patriarcal de negación de los deseos y dominación. Y al complacer mis deseos mi madre inducía la respuesta de reciprocidad. Sé por ello positivamente que la relación de mutua complacencia con l@s niñ@s es viable, es posible, y desarrolla el sistema empático en lugar de atrofiarlo. En lugar de formar un psiquismo acorazado, lo ensancha y lo mantiene fluido.

He escrito varios textos (7), a los que me remito, explicando que la complacencia es posible y viable, porque es tal la presión del orden simbólico patriarcal, que resulta inimaginable. Sin embargo, imaginarla es de vital importancia, y además de que es real y posible.

La relación de mutua complacencia forma parte del deseo materno y de las coordenadas simbólicas maternas, y es anterior al orden simbólico patriarcal que impone la relación jerarquizada de dominación en todos los niveles y estratos sociales.

Como decía Amparo Moreno Sardá (8), la madre se convierte en madre patriarcal, afin al orden simbólico patriarcal, cuando transmuta la relación erótico-vital, de tú a tú, con su criatura, en relación jerarquizada de dominación. En este punto es fundamental tener el respaldo del orden simbólico materno para resistir al proceso de conversión de la madre antigua natural en madre patriarcal.

La madre tiene un profundo conocimiento de la criatura que ha parido, de su manera de respirar, de parpadear, de gesticular con la boca, de mover sus manitas… ese conocimiento no es solo físico, también es psíquico y conoce por ello que esa criatura es bondadosa al cien por cien, que no tiene nada que ver con lo que dijo Freud de las criaturas humanas, a quienes calificó de ‘perversos polimorfos’, uno de los grandes insultos proferidos por los defensores del orden patriarcal contra nuestra especie.

La madre sabe que la criatura tiene un sistema empático por el que responde con empatía a las muestras de cariño. La madre conoce la capacidad de respuesta empática de la criatura y sabe que es bondadosa.

La madre se desvive por cuidarla y por provocar la sonrisa en su rostro; se apresta a solucionar cualquier cosa que le suponga malestar y por hacerla sonreír. Esto no se lo dicta ninguna ley, ninguna Constitución, ningún precepto cultural. Esto lo lleva inscrito en el deseo materno que produce su cuerpo, que es el deseo que brota de los cuerpos femeninos cuando paren; ahora sobre todo cuando no neutralizan con drogas sus pulsiones vitales. Sí, es nuestra biología, somos mamíferas que nos desvivimos por las criaturas que parimos. Pero somos mamíferas humanas.

Haga lo que haga un hij@, para la madre siempre será la criatura inocente y bondadosa que salió de sus entrañas. A la madre no se la puede engañar con el tánatos innato del ser humano. Una madre sabe que su hij@ nace buen@. El deseo materno es más sabio que toda la cultura patriarcal. La madre cree en la bondad de sus hij@s, cree que el bienestar es posible. Lo cree y durante siglos ha luchado por ello en el espacio privado en el que se ha visto encerrada, el espacio en el que la organización patriarcal la recluyó. Y ha tenido que luchar y seguir luchando, porque en ese espacio privado la organización patriarcal también introdujo la subversión del orden materno, la dominación, la jerarquía y el fratricidio.

El orden simbólico de la madre y su mundo están hechos de esta materia prima: la bondad innata de los seres humanos. En este mundo patriarcal, esto se ignora porque imperan las creencias fratricidas; pero en el día a día cotidiano, esa bondad se hace a menudo visible, se ve como se filtra por debajo de las guerras y de la competitividad fratricida. La bondad innata del ser humano es la materia prima para reconstruir una sociedad humana en paz y solidaria, en armonía con los ecosistemas de la biosfera. Como explicaba Kropotkin (9), no hay constitución, carta magna, ley, religión, nada que pueda sustituir a esta materia prima; las leyes y la cultura humana solo pueden reconocerla, propagarla, auspiciarla; pero esa es la materia prima del orden social de la paz, de la justicia social y del bienestar.

La materia prima que suministra directamente la vida misma.

El supuesto de que biológicamente nacemos con un tánatos innato justifica la represión a lo largo de la crianza y de la educación infantil. Por eso todas las filosofías abocan a esta primera y básica cuestión, si somos buenos o malos por naturaleza. Porque la autoridad, la represión de las emociones y de las conductas, todo se justifica por el supuesto tánatos con el que nacemos.

En las coordenadas simbólicas de la madre existe la certeza de la naturaleza bondadosa de la criatura humana y en esa certeza descansa su afán por la concordia y la ayuda mutua entre l@s herman@s; apela a esa bondad para interceder en las disputas, para hacer la paz. La madre aboga porque l@s herman@s se perdonen los agravios, porque sabe que la misma persona que comete el agravio tiene una base bondadosa que hay que rescatar y que el entendimiento y la concordia son posibles; que existe una naturaleza bondadosa por debajo de la coraza, del ego y de la crueldad.

La concordia y la paz entre l@s herman@s es uno de los afanes maternos. Para una madre es un sufrimiento enorme que sus hij@s se peleen entre sí. Todo su afán es que sus hij@s se lleven bien y se ayuden en las necesidades. Esta es una cualidad del deseo materno. No hay nada más opuesto al orden simbólico de la madre que la guerra, que los hij@s se maten entre sí.

Hoy nuestr@s hij@s crecen y se socializan en una sociedad patriarcal, y se educan para triunfar en una sociedad competitiva y fratricida. Pero aún ahí, la madre sigue luchando porque reine la paz entre l@s herman@s, por evitar las injusticias, por compensar cualquier desagravio que sufra cualquiera de sus hij@s. Una madre sufre cuando sus hij@s se pelean, cuando están divididos.

Por encima de todas las dificultades, el deseo materno es que prevalezca la concordia. Este es el anhelo profundo de la madre, de todas las madres, que reine la paz entre sus hij@s. No hay otro anhelo más profundo en una madre. Y es también el anhelo profundo de todas las almas humanas que se forman en el vientre y en el deseo materno.

La madre, que desea el bienestar de tod@s sus hij@s, sabe que la paz es la condición sine qua non para el bienestar.

La madre entiende que la igualdad y la diferencia no son cosas opuestas; lucha por la igualdad al mismo tiempo que entiende las diferencias que hay entre sus hij@s, y les ama con la condición específica de cada un@. Le da igual que sean rubi@s o moren@s, alt@s o baj@s, gord@s o flac@s, que les guste la música o el deporte, las ciencias o las letras, coser o bordar… por eso no tolera tampoco la discriminación de ningún@ de sus hij@s por ninguna razón de las que en cambio esgrime la organización patriarcal; y su amor reclama justicia e igualdad. Frente a quienes sostienen que la justicia social es una utopía, el orden social de la madre despliega su deseo materno, sus pulsiones y emociones para reclamar un mundo de justicia e igualdad para sus hij@s.

La necesidad de la verdad de las cosas está también presente en el quehacer de la madre.

¿Cómo, si no es en base a la transparencia, se puede complacer los deseos de una criatura? La relación de complacencia presupone la transparencia a diferencia de la relación de dominación que en general presupone la opacidad y la mentira. Las coordenadas de la madre transcurren en la transparencia y no pueden cursar con la mentira. Para realizar el bienestar, la igualdad, la justicia, la paz, hacen falta verdad y transparencia, y la mentira y la opacidad son un obstáculo para que funcionen. En cambio, la dominación y la jerarquía son incompatibles con la verdad y necesitan mentir y engañar continuamente. La dominación es una estructura jerarquizada de mentiras, cada eslabón con su cuota de mentira correspondiente. La dominación necesita de la jerarquía no solo para vehiculizar las órdenes, sino también para organizar la opacidad de sus designios y estructurar el grado de mentira que puede soportar cada peldaño de la escalera jerárquica. Toda la estrategia de la dominación descansa en la mentira, en una gran mentira y en una cadena de infinitas mentiras parciales. La mentira está asociada indefectiblemente al ejercicio del Poder y al matricidio.

Por otra parte, a escala individual, la mentira está asociada al acorazamiento del cuerpo y del alma. Mientras que la transparencia está asociada al fluir del sistema empático humano y es una condición del bienestar del cuerpo y del alma. Una madre no puede realizar sus funciones maternas si las cosas no son claras y transparentes.

En sus notas mi madre dejó escrito:

“La justicia es ante todo la noble y leal transparencia de las cosas y de los sentimientos. Todo lo que es oscuro, es injusto”.

Dentro del deseo de paz de la madre, está el deseo de la paz de los sexos y la oposición de la madre a la violación de sus hijas. Frente al régimen sexual falocrático, la madre representa la armonía de los sexos y el latido del útero que expande el placer y la complacencia. La madre sabe que las emociones y pulsiones sexuales de sus hijos y de sus hijas están ahí para desarrollarse en la armonía de los sexos y no en la guerra. Ni las pulsiones sexuales de sus hijas se producen para ser negadas, ni las de sus hijos para provocar agresiones; sabe que su hijo no nació machista, que el machismo lo adquirió después, en el proceso de integración en la sociedad patriarcal. Las mujeres parimos a los hombres, por eso sabemos que el machismo no es innato, que se incorpora en la socialización en el régimen patriarcal.

Estas son, brevemente, las principales coordenadas simbólicas de la madre. Las palabras paz, complacencia, bienestar, justicia, fraternidad, amor maternal, armonía, transparencia, etc. están en nuestra sociedad vaciadas de contenido; las oímos como quien oye llover, debido al proceso de banalización a las que se han visto sometidas a lo largo de los siglos. No pudiéndolas eliminar del vocabulario, las banalizan y las vacían de contenido para hacerlas compatibles con el fratricidio imperante; y porque su banalización ha sido el único modo de erradicar su praxis. Lo mismo que ahora pretenden hacer con la calificación despectiva del ‘buenismo’, al objeto de afirmar las creencias fratricidas. Sin embargo, si lo pensamos detenidamente tenemos que reconocer la importancia de su significado; son palabras que hacen referencia a lo más importante de nuestras vidas y de la sociedad humana. Todas juntas, unidas y estructuradas, tal como se producen en el deseo materno, con toda su coherencia interna, constituyen el paradigma de sociedad que corresponde a nuestra especie humana.

Nuestra tarea es despojarlas de la banalización a la que han sido condenadas. Porque son palabras básicas y fundamentales, que cobran vida, coherencia y sentido cuando las pensamos y las decimos como las coordenadas del orden simbólico de la madre, las cuales se inscriben en nuestra naturaleza humana de forma material y concreta a través del deseo materno.

Son también las palabras que nos engarzan en la cadena de los ecosistemas de la biosfera. El objetivo de este escrito es tan sólo ése: en la actual crisis del patriarcado, recuperar el significado de estas palabras, situarlas en la Historia de las civilizaciones humanas, en la reconstrucción del orden simbólico de la madre y en la reconstrucción de una sociedad humana en sintonía con la naturaleza.

Si hay que condensar en una sola cosa los objetivos del movimiento feminista, en mi opinión sería el de recuperar el orden simbólico de la madre.

Estas coordenadas simbólicas de la madre tienen dos referentes: uno es el biológico, su consonancia con la fenomenología de la vida y de las cadenas de los ecosistemas.

En el deseo materno es evidente la conexión de la fisiología de la vida con el psiquismo y la sociabilidad humana. La neurobiología en la pasada década de los 90, lo ha demostrado de manera irrefutable (6). En el deseo materno, condensado y transparente, está todo el diseño evolutivo, filogenético y ontogenético de nuestra condición humana. Se ve cómo el ser humano civilizado engarza con nuestra condición mamífera, como explica Michel Odent (10), autor de libros tan importantes como “La cientificación del amor”.

El deseo materno, por un lado, es clave en nuestra biología humana, y por otro, es clave en la construcción de la organización social conforme al orden simbólico materno.

El segundo referente del orden simbólico de la madre es el conocimiento de la historia de la matrística, de la civilización previa al patriarcado.

2. La matrística

El conocimiento del orden simbólico de la madre lo encontramos, además de en el deseo materno de nuestras propias madres, directamente, en la matrística (*), la primera civilización humana, previa al patriarcado, surgida y construida en armonía con la naturaleza. Hoy tenemos plena evidencia de que la organización natural y original de los grupos humanos fue matrifocal, es decir fueron grupos humanos formados físicamente en torno al aliento materno y según los deseos de complacencia y bienestar de la madre.

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(*) La matrística es un término acuñado por Ernest Borneman en 1975, (16) desestimando el término que se venía utilizando habitualmente en antropología de ‘matriarcado’, por su alusión etimológica al ‘archos’ del griego ‘mandar’, y por su absoluta ausencia de paralelismo con el concepto de ‘patriarcado’.

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Las fuentes de conocimiento de la matrística provienen fundamentalmente de la literatura antigua y de la arqueología. En el testimonio escrito de los clásicos griegos antiguos, se basó por ejemplo J.J.Bachofen en su obra ‘Das Mutterecht’. (11)

Pero no solo Bachofen, también nuestros clásicos del Siglo de Oro, que leían a los clásicos griegos directamente en su lengua original, supieron a través de ellos de la matrística, llamándola Edad de Oro, Edad Dorada, o Edad de Plata. Cervantes habló en El Quijote de los años dorados cuando los habitantes que en ellos vivían desconocían las palabras de ‘tuyo y mío’, cuando todas las cosas eran comunes y las chicas andaban tranquilas por los montes y los valles, porque nadie se podía imaginar una cosa tal como violar a una persona, es decir, porque no había aparecido en la Tierra la guerra de los sexos; también Lope de Vega hizo una magistral definición y resumen de la matrística en dos versos:

Cuando la madre antigua reverdece,

bello pastor, y a cuanto vive aplace”.

Según Lope había una madre antigua que de tanto en tanto reverdece, se hace presente, y se la reconoce porque a cuanto vive aplace. Aquí Lope recoge la complacencia del deseo materno a la que me he referido, como una de las cualidades de la madre de la Edad Dorada.

También Lope se refiere a otra de las características de la Edad de Oro en otro soneto dedicado ‘A la Verdad’:

“Hija del tiempo, que en el siglo de oro

viviste hermosa y cándida en la tierra,

de donde la mentira te destierra

en esta fiera edad de hierro y lloro.

Santa verdad, dignísimo decoro

del mismo cielo, que tu sol encierra;

paz de nuestra mortal perpetua guerra,

y de los hombres el mayor tesoro”.

El ensayista francés Michel Montaigne, en el siglo XVI también escribía sobre la Edad de Oro (12):

Las leyes naturales dirigen su existencia muy poco bastardeadas por los nuestros, de tal suerte que, a veces, lamento que no hayan tenido noticia de tales pueblos los hombres que hubieran podido juzgarlos mejor que nosotros. Siento que Licurgo o Platón no los hayan conocido, pues se me figura que lo que por experiencia vemos en esas naciones sobrepasa no solo las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro de la humanidad, sino que todas las invenciones que los hombres pudieran imaginar para alcanzar una vida dichosa, juntas con las condiciones mismas de la filosofía, no han logrado representarse una ingenuidad tan pura y sencilla, comparable a la que vemos en esos países, ni han podido creer tampoco que una sociedad pudiera sostenerse con tan poco artificio, y, como si dijéramos, sin complicaciones humanas. Es un pueblo, le diría a Platón, en el cual no existe ninguna especie de tráfico, ningún conocimiento de las letras, ningún conocimiento de la ciencia de los números, ningún nombre de magistrado ni de otra suerte, que se aplique a ninguna superioridad política; tampoco hay ricos, ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni particiones, ni más profesiones que las ociosas, ni más relaciones de parentesco que las comunes; las gentes van desnudas, no tiene agricultura ni metales, no beben vino ni cultivan cereales. Las palabras mismas que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, la detractación, el perdón, les son desconocidas. ¡Cuán distante hallaría Platón la república que imaginó de la perfección de estos pueblos!!”

Otra referencia a la Edad de Oro la tenemos en el ‘Roman de la Rose’, romance en francés antiguo de Guillaume de Lorris y Jean de Meun, del cual transcribo algunos versos en la traducción de Juan Victorio: (13)

Antes ocurría diferentemente,

pero hoy va todo de mal en peor.

Antes, en los tiempos de nuestros mayores,

en aquellos días que ya transcurrieron

(según el relato expuesto en el libro*

por el cual sabemos lo que sucedía)

los amores eran bellos y leales,

sin codicia alguna y sin interés,

y la vida así era placentera

(…)

Y sobre este manto que estoy describiendo,

sin otro interés que el puro placer,

venían a unirse y a entrelazarse

aquellos a quienes urgía el amor,

mientras que los árboles, copudos y espesos,

a modo de velo y de pabellón

sobre ellos echaban sus tupidas ramas

y los protegían del rigor del sol.

Y allí se ponía a hacer la carola**,

a jugar y a hacer otras diversiones

toda aquella gente tan afortunada,

que entonces vivía sin otro cuidado

que el de divertirse en todo momento

y el tratarse todos muy amablemente.

Por aquellos días, ningún gobernante

había iniciado sus robos aún.

Entonces la gente era toda igual

y no pretendían tener nada propio.

Muy bien conocían el refrán aquel

(el cual se revela en todo verídico,

puesto que el amor con el señorío

no puede jamás hacer compañía,

ni nunca se pueden dar al mismo tiempo)

que dice: “el poder viene a separar”.”

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*Según Juan Victorio debe referirse o bien a ‘Las Metamorfosis’ de Ovidio, o a ‘De Consolatione’, de Boecio, aunque pudiera ser de algún otro, ya que según dice, muchos autores dentro y fuera de la literatura medieval hablaron de la Edad de Oro.

** Carola: en el María Moliner dice: danza antigua acompañada generalmente de canto; y añade que fue suprimida del DRAE en 1956. En realidad son los bailes en corro que hacían las mujeres campesinas en toda la Europa medieval, costumbre que se puede rastrear hasta el paleolítico superior

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‘El amor con el señorío no puede jamás hacer compañía, ni nunca se pueden dar al mismo tiempo’… No se puede dejar más claro la oposición entre el amor y la dominación…

En fin, esta es la idea que ha subyacido siempre a la idea de la Edad de Oro. ¡Aunque la arqueología ya ha probado su existencia real, solo como sueño valía de paradigma simbólico!

Efectivamente, en el siglo pasado la arqueología nos ha confirmado la existencia de la matrística, desenterrando físicamente ciudades enteras en las que no había una casa más grande ni lujosa que otra, sin palacios (y por lo tanto sin ejercito de esclav@s que los construyeran y los mantuvieran limpios y servidos) y sin mausoleos; ciudades enteras sin fortificaciones ni signo alguno de que sus habitantes temieran un ataque ni la existencia de enemigo alguno. Desenterrando también piezas con grabados y pinturas que ofrecen una recreación artística y cultural de la vida y de la sexualidad en armonía con la naturaleza y de un mundo con reconocimiento de la función materna.

Much@s autor@s, como Riane Eisler, Joseph Campbell, Pepe Rodriguez y otros, a los que me remito para quien quiera detenerse en este aspecto, han hecho un trabajo muy importante de divulgación de los hallazgos arqueológicos, en especial de los de Marija Gimbutas y James Mellaart. La existencia de la Edad Dorada o de la matrística es ya irrefutable.

También varios autor@s, desde Morgan hasta la misma Margaret Mead, Ruth Benedict, Frazer o Martha Moia, han cruzado la información de la literatura antigua con el trabajo de campo realizado por la antropología entre nativos de diferentes continentes en los siglos XIX y XX, cuando todavía la occidentalización no se había extendido tanto, rastreando vestigios de la matrística y encontrando testimonios vivos de su existencia. Especialmente significativo es el trabajo de Martha Moia (14).

Los principios maternos y su orden simbólico los tenemos ahí, descritos en la literatura antigua, rastreados por la antropología, desenterrados por la arqueología y experimentados en el deseo materno.

Solo tenemos que ponerlos sobre la mesa, afirmarlos y reivindicarlos como tales. COMO TALES, es decir, empaparnos de su existencia, de su viabilidad, de su origen. Son la alternativa al orden social patriarcal y son viables para construir una sociedad en paz, justicia, verdad y bienestar, porque existe la materia prima para dicha construcción: la bondad innata de los seres humanos y el sistema empático de nuestro psiquismo. Eso que las madres sabemos que existe por debajo de la crueldad, de la guerra, del sufrimiento, del acorazamiento de cada ser humano.

En cualquier caso, en este resumen de los principios del orden simbólico de la madre, voy a referirme principalmente además de al deseo materno, al ‘Das Mutterecht’, en donde Bachofen hace una buena descripción de las cualidades y las reglas de la madre que gobernaron las sociedades anteriores al patriarcado.

Bachofen para describir la matrística utiliza unos términos en alemán que han sido traducidos erróneamente, y que sin embargo son claves para comprender su explicación. Voy a hacer una recapitulación de los mismos.

Mutterlich, en alemán literalmente significa ‘maternal’, y sin embargo, se ha traducido casi siempre por ‘matriarcal’.

Muttertum, literalmente significa ‘el lugar de la madre’. No es un término al uso en alemán, pero compuesto por Bachofen añadiendo a ‘mutter’ el sufijo ‘tum’; ‘tum’ es equivalente al ‘dom’ inglés, así ‘kingdom’ es reino, el espacio físico que corresponde al rey. Con la voz ‘muttertum’ Bachofen quería referir el entorno físico materno que se forma a partir del ‘mutterlich’. Muttertum también se viene traduciendo por ‘matriarcado’ o por ‘familia matriarcal’, oscureciendo por completo la explicación de Bachofen.

Mutterrecht, literalmente, las reglas de la madre, o el derecho materno, que también se traduce por matriarcado. Bachofen utilizó el término ‘mutterrecht’ para dar título a su libro, que también en algunas ediciones como la de Akal, se ha traducido por ‘matriarcado’. Bachofen utilizó ‘gynecocratie’ para referirse al último estadio de la matrística antes de la generalización del patriarcado escogiendo este término para referirse a un archos femenino. (La transición de la matrística al patriarcado no fue un hecho simultáneo e igual en el tiempo y en el espacio, fueron procesos distintos y específicos de cada pueblo, de cada lugar, en donde se dieron estadios ginecocráticos y amazónicos que reflejaban la resistencia de las mujeres a la revolución patriarcal). Cuando Bachofen utilizó el término ‘mutterrecht’, es porque obviamente no quería añadir el sufijo del archos ni a la madre ni a la mujer.

La lucidez de Bachofen es que supo ver y explicar que el ‘mutterrecht’, la sociedad pacífica y apacible de las reglas de la madre, se hacía con la expansión de los ‘muttertum’ o grupos familiares matrifocales; y los ‘muttertum’ se hacían con el ‘mutterlich’, el aliento maternal de las primitivas generaciones de mujeres. Es decir, en Bachofen está muy claro que el orden simbólico y social de la madre se hacía con la producción del deseo materno. Sin embargo, al traducir estos términos en general por matriarcal o matriarcado, se borra de un plumazo esta explicación.

Bachofen también utilizó el término de ‘mutterprinzip’ (principio materno) para oponerlo al ‘väterprinzip’ (principio paterno).

A continuación transcribo y comento algunos párrafos del ‘Das Mutterrecht’ (11):

Aquella relación, a cuya sombra entra la humanidad en contacto con la cultura, y que constituye el origen del desarrollo de toda virtud, del cultivo de lo más noble en el hombre, es la magia de la maternidad que opera como principio divino del amor, de la unidad y de la paz… “

Punto 1º de Bachofen: La maternidad es el origen de la cultura y opera como principio de amor, unidad y paz

“En el cuidado del fruto de su cuerpo aprende la mujer antes que el hombre, a desplegar su amor y cuidados más allá de su propia persona y a dirigir todo el talento creador que colme su espíritu al sustento y embellecimiento de otros seres.”

Es decir, aprende y enseña la sociabilidad humana

Estos cuidados son la base del desarrollo de la cultura (negritas mias), de ellos procede toda buena obra en la vida, toda entrega, todo cuidado y todo duelo final. Esta idea… es expresada por los cretenses cuando vuelcan el máximo amor a su tierra natal en la palabra matria, y a esta idea se hace referencia cuando se ensalza la comunalidad del regazo materno como el lazo más profundo, como la única y verdadera y originaria unión fraterna…” (pag. 65)

Punto 2º de Bachofen: la fraternidad se hace en la comunalidad del regazo materno

El amor procedente del muttertum (dejo en el alemán original los términos empleados por Bachofen) no solo es más tierno, sino también más general, más universal. Tácito, que menciona esta idea restringida a la relación de hermanas entre los germanos, no se percata de su pleno significado ni tampoco del amplio despliegue que ha obtenido en la historia”.

Punto 3º de Bachofen: la igualdad universal de todos los seres humanos, el reconocimiento de lo común y universal, en lugar de la discriminación que justifica la desigualdad, procede de la maternidad.

“Si en el principio paterno impera el límite, en el mutterlich rige la universalidad; si el primero conlleva siempre la reducción a pequeños círculos, el segundo no conoce limitaciones, tan pocas como la naturaleza. La fraternidad universal de todos los hombres procede del muttertum procreador, y su realidad y reconocimiento sucumbirán con el desarrollo de la paternidad… La familia fundada sobre el derecho paterno se encierra en un organismo individual. La familia basada en el mutterrecht por el contrario posee el carácter universal típico que caracteriza a lo comienzos de toda evolución… Cada mujer traerá al mundo niños que serán entre ellos hermanos y hermanas hasta que el desarrollo de la paternidad disuelva esa unidad y la indiferenciación quede superada por el principio de la diferenciación y de la división.

En los mutterstaaten (en la traducción de Ariño ‘estados matriarcales’ pero en el original de Bachofen no hay referencia alguna a un archos materno) ese aspecto del principio materno alcanzó multitud de expresiones variadas… En él se funda el principio de libertad e igualdad universales, que a menudo encontramos como rasgos esenciales de la vida de los pueblos ginecocráticos, y a él se debe también la Philoxenia u hospitalidad…”

Punto 4º de Bachofen: la hospitalidad y acogida que se deriva del reconocimiento de la fraternidad, de que tod@s somos herman@s, hij@s de la misma madre tierra…

“…el significado abarcante de ciertos términos… ya que todos los miembros del estado eran considerados familiares debido a su procedencia común de una misma madre, la tierra… Sobre todo se ha alabado en los estados ginecocráticos la ausencia de disensiones internas y su rechazo a la discordia. Aquellas solemnes asambleas comunales o ‘panegirios’ que todo el pueblo celebraba compartiendo un sentimiento de fraternidad…

El tejido de costumbres del mundo ginecocrático está rodeado de un halo de benévola humanidad… y le otorga un carácter que permite reconocer de nuevo todo lo que el universo materno conlleva de benéfico”.

Punto 5º de Bachofen: el ‘halo de benévola humanidad’ de la matrística… ‘todo lo que el universo materno conlleva de benéfico’… Bachofen también recoge la bondad del ser humano constituido en un valor social de la matrística.

Es un halo benévolo y benéfico de un mutterrecht que, según Bachofen, arrancaba en los grupos humanos matrifocales, donde la madre, desarrollando la función biológica de su sexo, expandía la capacidad de empatizar de sus criaturas, y lo expandía más allá del grupo familiar, a toda la sociedad. El deseo materno al desarrollar el sistema empático del ser humano, desarrolla la benevolencia social.

Sigue así la cita de Bachofen:

“Estas generaciones humanas primitivas, que subordinadas en todo su ser a la ley de la madre proporcionaron a la posteridad los rasgos esenciales de la imagen de la edad de plata de la humanidad, aparecen bajo el aspecto de una ingenuidad saturna.”

Bachofen aquí identifica explícitamente el ‘das mutterrecht’ con lo que los autores clásicos habían llamado Edad de Oro o de Plata.

Punto 6º de Bachofen: El comentario ‘bajo el aspecto de ingenuidad saturna” es también importante, porque en realidad el mundo benéfico de las madres se construye con los elementos más simples de nuestra condición humana. Los elementos que están ahí, aunque desaparecidos de la praxis fratricida y de nuestro imaginario simbólico, gracias al vaciado de las palabras. Por eso hay que insistir en este aspecto para ir más allá de la banalización imperante de las palabras, y entender su condición consustancial a nuestra naturaleza humana. Es decir tenemos que recuperar el sentido matrístico de estas palabras.

Sigue Bachofen despejando dudas:

Qué comprensible resulta ahora el realce las madres y de sus continuos y esmerados cuidados (negritas ahora de Bachofen), tal y como lo describe Hesíodo, así como la eterna minoría de edad de los hijos que siguiendo una evolución más corporal que espiritual, disfrutan hasta una edad avanzada de la paz, de la plenitud que la vida agrícola ofrece al amparo de la madre”,

Los interrogantes que la cantidad de estatuillas e imágenes de mujer, muchas de ellas grávidas, encontradas en cuevas y yacimientos paleolíticos, suscitaron en medios académicos, se desvanecen en este relato de Bachofen: ¡qué comprensible resulta el realce de las madres y de sus continuos y esmerados cuidados! La proliferación de imágenes de mujer es la prueba del reconocimiento del valor de eso que es lo más simple de nuestra condición humana, y que fue el núcleo central de la civilización matrística.

“Estas imágenes corresponden a la de una felicidad perdida, sustentada siempre por el dominio del muterttum, y remiten a aquellas ‘archeia phyla gynaikon’ (generaciones primitivas de mujeres) con las que desapareció la paz sobre la tierra. La historicidad del mito encuentra aquí una sorprendente confirmación. Ni…la fantasía, ni… la poesía… deben desfigurar el núcleo histórico de la tradición, ni ensombrecer el carácter esencial de la existencia humana”. (‘existencia humana’ es la traducción literal, que Ariño traduce por ‘hombre’) (pags 65, 66 y 67)

Punto 7º de Bachofen: la paz asociada a la matrística, hasta el punto en que afirma que desaparece con la desaparición de las primitivas generaciones de mujeres…

Más allá y más acá de las creencias fratricidas, el anhelo común de los humanos que habitamos la biosfera es simplemente la paz, el bienestar individual y colectivo contenido y transmitido por el deseo materno.

Punto 8º de Bachofen: la matrística como el ‘naturalismo organizado’:

En una palabra: la existencia ginecocrática puede definirse como un ‘naturalismo organizado’; su ley de pensamiento es la ley de la materia, su evolución principalmente física: se trata de un estrato cultural unido necesariamente al derecho materno…” (pag. 81)

Y estableció una relación, por un lado, entre el primer estadio de la matrística con ‘el telurismo más puro’, y, por otro, entre la del estadio ginecocrático con la revolución agrícola:

Junto al enaltecimiento demétrico del muttertum, se descubre una concepción de la misma más profunda, más originaria, el naturalismo del telurismo más puro, no sometido a ninguna limitación y abandonado a sí mismo. Y reconocemos también la oposición entre la posterior cultura agraria y la primitiva iniussa ultronea creatio (la del crecimiento silvestre), tal como se muestra a la Humanidad en la salvaje vegetación de la madre tierra, y con mayor riqueza y exuberancia en la vida de los pantanos. El heterismo de la mujer se adhiere a este último modelo, mientras la estricta ley matrimonial demétrica de la ginecocracia responde al primero. Los dos estratos vitales descansan en el mismo principio fundamental: el imperio del cuerpo concipiente; la diferencia radica únicamente en su fidelidad a la naturaleza (negritas mias) a la hora de concebir el muttertum. El nivel más profundo de la materia se corresponde con la región más profunda de la vida telúrica, y la más elevada con la región más elevada de la vida agrícola; el primero divisa la representación de su principio en las plantas y animales de tierras húmedas, a las que ofrece una adoración divina, y el segundo lo descubre en la espiga y el grano, al que erige en símbolo más sagrado de su misterio mutterlich” (matriarcal en la traducción de Ariño). (pag 87).

Si recapitulamos las características de la sociedad de derecho materno descritas por Bachofen y otros, vemos que se corresponden con las que hemos descrito del deseo materno.

Del mutterlich al muttertum, y del muttertum al mutterecht. Del deseo materno al grupo humano matrifocal, y de los grupos matrifocales a la sociedad basada en la paz, en la justicia social y en el bienestar.

Sobre la paz, la Historia nos proporciona también el ejemplo de las sabinas, las mujeres de uno de los pueblos que habitaron el Lacio prerromano y que fueron raptadas por los romanos; estas mujeres han pasado a la Historia porque cuando los suyos emprendieron la guerra para rescatarlas, se pusieron en medio del campo de batalla para parar la guerra. También Bachofen recoge otros ejemplos de intervención de madres para parar guerras y hacer la paz, como el de las matronas galas, a las que se les asignó la resolución de las contiendas en la alianza de Aníbal con los galos… (pag. 69 obra citada)

La principal tesis de Bachofen, confirmada por la arqueología, es que la matrística fue una era humana de paz. Y esta es la primera coordenada del orden simbólico de la madre: la paz. La paz, que desapareció con las civilizaciones patriarcales que trajeron el paradigma de la guerra. El triunfo del paradigma de la guerra fue la primera derrota del orden simbólico de la madre.

Lo que hace falta es poner en valor el orden simbólico de la madre como paso imprescindible para establecer el correspondiente orden material. Es preciso empaparnos de los principios maternos para reivindicarlos en tanto que tales y como alternativa al régimen patriarcal

Hay que insistir en la bondad innata del ser humano, cuya negación ha sido siempre un prerrequisito del discurso patriarcal. Nos bombardean todos los días con documentales que presentan una versión gore de la naturaleza, en lugar de mostrar la armonía, la estabilidad, y la eficacia que rigen en todo el universo orgánico.

Está tan extendida la creencia de la supervivencia del más fuerte y de que la vida es una guerra permanente, que es preciso hacer un inciso aclaratorio.

En primer lugar, no sobrevive el más fuerte (el que más y mejor mata), sino el que mejor se adapta; y el que mejor se adapta es el que mejor se integra en la fenomenología unísona de los ecosistemas; es decir, el que mejor participa en la cooperación de los sistemas orgánicos.

Lo que genera la vida no es la depredación sino la simbiosis, tal y como explicó Lynn Margulis (15) en su teoría de la simbiogénesis.

En segundo lugar, la muerte existe y es parte de la vida, pero no es la vida. La muerte es un aspecto de la vida, el fin de un determinado proceso, pero no es todo el proceso.

Es preciso entender que la vida está hecha de cooperación, que los cuerpos, los órganos, las células, las cadenas de los ecosistemas, están hechas de partes más pequeñas que cooperan, se unen, funcionan sinérgicamente. Esto es la vida. La vida es así. La muerte forma parte de la vida, es el final de ciertos procesos, pero no es la vida. Defender la vida es una cosa diferente de matar y hacer la guerra. La vida transcurre en paz y se duele cuando llega el final, pero mientras ha sido vida, ha transcurrido en paz. Una criatura humana nace para vivir una vida en paz, no para que la maten.

Las creencias fratricidas, que se implementan y se propagan para sustentar las guerras, ocultan deliberadamente la vida con la muerte para argumentar su paradigma de guerra, de fratricidio, de violencia y de dominación.

Este es un recurso común para vender la mentira: el coger una verdad real pero parcial, la muerte, para descontextualizarla y presentarla como la verdad total; desubicarla de su lugar en el orden fenomenológico y decir que la vida es así, depredación y muerte, y que la guerra siempre ha existido porque tenemos el tánatos innato. Y así el paradigma de la guerra se hace con las creencias fratricidas. Entonces en lugar de vivir y de expandir la vida, nos dedicamos a sobrevivir a la muerte, luchando contra l@s herman@s. Las creencias fratricidas han sido cuidadosamente elaboradas por el patriarcado, y siempre han sido el principal ariete contra el orden simbólico de la madre. Pero para la madre las creencias fratricidas son una falacia porque sabe que el desarrollo de la vida de sus hij@s requiere de la paz y de la bondad innata de sus herman@s. Por encima de las creencias fratricidas, tenemos que recuperar lo común que nos hace humanos, el anhelo de paz, justicia y bienestar, que es el deseo biológico materno que nos ubica y nos adhiere al funcionamiento unísono de los ecosistemas de la biosfera. Las madres debemos proclamar la bondad innata del ser humano como el cimiento natural de la fraternidad, de la paz y de la justicia de la sociedad humana sobre la Tierra.

3. La dominación

La principal creencia fratricida es la dominación. Dominar es una creencia fratricida que rechaza la posibilidad de vivir en mutua complacencia, tal cual es el deseo materno. La dominación se propaga en diversos tipos de relaciones sociales. La primera es la dominación del sexo masculino sobre el sexo femenino, cambiando la armonía fisiológica y psíquica de los sexos por un régimen sexual falocrático. Una vez sometidas las mujeres y establecido el matricidio, en el vacío de maternidad, desprovistas las criaturas del amparo del deseo materno, se organiza la dominación del adul@ sobre el niñ@. Luego se establece la servidumbre y la esclavitud, la dominación por clases sociales. Para ello se utiliza cualquier diferencia para establecer una jerarquización: diferencia de edad, de raza, de lugar de nacimiento, de creencia religiosa, de orientación sexual, etc. Una jerarquización que hace viables las relaciones de dominación, que de otro modo serían inviables.

La dominación del adulto sobre el niñ@ educa y retroalimenta la dominación; que la madre y el padre no practiquen la complacencia con l@s hij@s es la manera de perpetuar la dominación, porque presentan un orden simbólico de las cosas en el que lo único que existe es la dominación, y además lo presentan con toda la fuerza de su condición de progenitores amantes de sus hij@s. Así eliminan uno de los pilares básicos del orden simbólico de la madre. Porque la complacencia sería la forma natural de relación entre l@s mayores y l@s pequeñ@s, una regla natural que ahora tenemos perdida. Y que sin embargo sobrevive en el deseo materno. La madre desea complacer a su criatura, y esto dura un tiempo, aunque luego, desgraciadamente, enseguida la crianza pasa a desarrollarse por la vía de la dominación.

Si l@s hij@s no se crian en la vía de la complacencia, no la van a practicar con sus herman@s. La reciprocidad y la complacencia entre l@s herman@s depende del aliento materno en el que se han criado. Si la crianza se desarrolla en la complacencia, cada criatura practicará y jugará en la fraternidad con sus herman@s; si la crianza se desarrolla en la dominación, la criatura practicará la competencia y la rivalidad con sus herman@s, buscará factores de jerarquización, como la edad o la posesión de objetos, para justificar su dominio relativo. Por eso decía Bachofen que la fraternidad depende de la maternidad.

Frente al anhelo de paz y bienestar, el patriarcado ha impuesto que los hij@s compitan en lugar de ayudarse y complacerse; se maten y se violen entre sí en lugar de amarse. Para imponer las reglas de la dominación en la organización social, hay que estar constantemente dividiendo, separando, enfrentando, promoviendo el odio y la venganza, en lugar del amor y de la paz.

Soy consciente que las palabras como paz, amor, solidaridad, justicia, etc. están desgastadas, vaciadas de contenido; incluso que suenan a algo cursi.

Pero precisamente la madre está ahí para llenarlas de contenido. Es el orden simbólico patriarcal el que ha vaciado las palabras de contenido para hacerlas inoperantes. Por eso tenemos que activarlas y reivindicar su coherencia y su lugar en el orden simbólico de la madre. Unas palabras que nos reconectan con nuestros deseos más primarios, pero reales y genuinos, de amor y bienestar.

La complacencia de los deseos de los seres amados forma parte de nuestros impulsos emocionales básicos. Esta complacencia de los deseos arranca con el deseo materno, continua con la crianza, se desarrolla en la infancia cuando los seres humanos somos criados en esa complacencia, porque la reciprocidad al deseo materno brota también de nuestros cuerpos, el deseo materno nos forma, nos hace complacientes. Con el deseo materno, nuestro psiquismo, nuestras almas se hacen complacientes.

De mi madre aprendí que las relaciones basadas en la complacencia son posibles y viables. En lugar de mandar y dominar, nuestra madre complacía nuestros deseos y nosotr@s aprendíamos la recíproca, y por eso no hacíamos travesuras porque también queríamos complacer sus deseos; por eso nos organizábamos para estudiar y hacer las cosas domésticas, para complacerla y no disgustarla. Así supe, aprendí, que las relaciones basadas en la complacencia mutua de los deseos es una alternativa a las relaciones de dominación habituales entre padres-madres e hij@s en nuestra sociedad. Las relaciones de tú a tú frente a las relaciones jerarquizadas de dominación.

4. El perdón y la negociación en el orden simbólico de la madre.

Vivimos en guerra fratricida, en guerra entre los sexos, en guerra contra la infancia, en guerra contra la maternidad, en guerra entre las clases sociales. Es muy importante entender el camino que tenemos que recorrer dentro del patriarcado para poder salir de la espiral de la guerra.

La guerra es una serie continua de agresiones y vejaciones, que se retroalimentan con el deseo de venganza de las víctimas. La única manera de salir de esta espiral de agresión y venganza es cambiar la venganza por el perdón y la lucha por la justicia a través de la negociación. No hay otra manera de salir, no hay otro camino.

El camino que nos traza las coordenadas simbólicas de la madre es, además de la transparencia y la verdad, cambiar la venganza por la justicia y el perdón. Parece elemental, pero es muy complejo y muy difícil.

El deseo materno es hacer justicia a tod@s sus hij@s (Bachofen se refirió a ello al mencionar la “Eunomia” (derecho justo) como característica que sobrevivió en los estados amazónicos (pag 101 obra citada)). Cuando el régimen patrimonial del patriarcado introduce envidias y rencillas, la madre siempre trata de negociar y de buscar las soluciones más equilibradas que hagan justicia para tod@s sus hij@s. Es lo que siempre ví y encontré en mi madre. Buscar la compensación para el hijo o la hija agraviad@ o discriminad@. Luchar por la justicia entre herman@s, por la justicia social, que también forma parte del orden simbólico de la madre que no tolera que se inflijan injusticias a ningún@ de sus hij@s.

El perdón es otra importantísima enseñanza de mi madre. El perdón a la persona que te ofende se otorga porque se sabe que esa persona, aunque te haya hecho daño, tiene un lado bueno, y al perdonar se rescata ese lado bueno, se contempla la posibilidad de que la persona que ha hecho daño desarrolle su lado bueno. Aunque no sea para ti, aunque tú te alejes de la persona que te ha hecho daño, pero el perdón permite que reine la paz entre los allegados… Sin el perdón, continúa la guerra entre los allegados de la víctima y los allegados del agresor; el perdón es sellar la paz cortar el paso a los sentimientos de venganza. Permitir que los allegados de uno y otro lado confraternicen en lugar de pelearse. Las víctimas tienen que reclamar justicia y a la vez perdonar. No es un camino fácil; aparentemente el deseo de venganza es más fácil, solo aparentemente porque a la larga no da resultado, es solo seguir o empezar una espiral de guerra con todas sus secuelas. La madre perdona de forma natural porque naturalmente sabe que existe un fondo básico de bondad en todos los seres humanos. El perdón está asociado a la creencia en la bondad innata del ser humano.

El camino del perdón no es fácil porque tiene que ir asociado a dos cosas: a la justicia reparadora que legítimamente hay que exigir, lo cual supone un tedioso y duro proceso de negociación, y al proceso de autorregulación de las propias emociones. El impulso emocional cuando se recibe una agresión es la indignación, el enfado y la ira; y hay que reconocer y respetar las emociones; pero al mismo tiempo, hay que tener en cuenta otro principio materno que se cruza con éste, y es que muchas veces el bienestar común debe prevalecer sobre el bienestar individual.

5. La armonía de los sexos, el eje del orden simbólico de la madre

Una cosa se desprende claramente de los trabajos de Masters y Johnsons, y es que la domesticación de la mujer solo fue posible con la pérdida de sus costumbres sexuales. El hombre no le ha arrebatado a la mujer solamente sus derechos y libertades, sino sobre todo su sexualidad”. Ernest Bornemann (16)

Dice Bornemann que el patriarcado fue una contrarrevolución sexual… (obra citada, pg 6). Erradicar el orden social materno, dominar a las mujeres y hacerse con el control de la reproducción, exigió arrasar la sexualidad femenina, acabar con las pulsiones sexuales de la mujer. Como explica este autor, el sometimiento de la mujer tuvo y tiene una importantísima componente sexual. Nuestros padres patriarcales acabaron con la armonía de los sexos y establecieron un estado de guerra permanente, imponiendo un régimen sexual falocéntrico, es decir, un régimen que establece de forma unilateral que la única pulsión sexual es la del falo. El coito deja de ser un encuentro entre el útero palpitante y el falo, para pasar a ser considerado unilateralmente como la penetración del falo en la vagina de la mujer, un acto en el que la pulsión sexual y el deseo de la mujer son irrelevantes. Y no solo irrevelantes, sino condenables; y por ello se empieza a producir una cultura, que ha llegado hasta nuestros días, en la cual el deseo de la mujer es algo pecaminoso.

Según esta perspectiva unilateral falocéntrica y falocrática, la vagina es supuestamente el sexo femenino, y el útero desaparece como sexo femenino; después de calumniarlo como monstruo errante etc. pasa a ser silenciado. El lingam y el yoni tántricos, literalmente, el pene y el útero, se traducen falazmente del sánscrito como el pene y la vagina. La pulsión sexual femenina, el latido del útero, desaparece en el orden simbólico del padre, mientras que la vagina receptora del falo pasa a ser considerada como el sexo femenino, destinado a la pasividad y a la sumisión al sexo masculino.

Sin embargo, todavía en el siglo XVI el anatomista francés Ambroise Paré (17), hacía referencia al coito en la armonía de los sexos; y decía que los juegos eróticos entre hombre y mujer previos al coito, eran necesarios… “tant qu’elle soit éprise des desirs du mâle qui est lorsque la matrice lui frétille” (hasta que ella esté embargada de deseos del macho lo que sucede cuando la matriz le tintinea); reconociendo así el deseo y la pulsión sexual femenina, que se expresan con el temblor y el latido del útero. Cuando tiembla o tintinea la matriz es porque el deseo ha producido las necesarias descargas de oxitocina, que no solo hacen temblar la matriz deseando el encuentro con el falo, sino que producen la eyección de fluido lubricante en la vagina. Sin deseo no hay oxitocina y el coito es una violación.

El borrado de la sexualidad femenina ha llegado hasta nuestros días; las niñas (y los niños) crecemos creyendo que nuestro sexo es la vagina. Y la televisión anuncia lubricantes artificiales para continuar desarrollando el coito unilateral falocéntrico.

El coito unilateral es el núcleo central del régimen falocrático que bloquea e impide la armonía natural de los sexos.

Victoria Sau (18) define a la madre patriarcal como una función del padre, y la resume en una ecuación: M= f(p). Y dice que la mayor expresión de la madre patriarcal se produce cuando ésta no defiende a sus hijas de los abusos sexuales de los padres. Dice Sau, que “sólo desde la fórmula: maternidad = función del padre es dramáticamente comprensible el fenómeno de tantas supuestas madres encubridoras o estúpidamente ignorantes de los abusos sexuales de los que son víctimas sus hijas (y también hijos) menores por parte del padre, o figura familiar sustitutiva de las mismas…”

A esta madre patriarcal la llama ‘madre evanescente’, es decir, la madre que desaparece, que deja de ser madre, porque lo primero en una madre natural es defender a las hijas y a los hijos de toda agresión, y en el régimen patriarcal, defender a las hijas de la falocracia.

La reconstrucción del orden simbólico de la madre requiere la recuperación de la armonía de los sexos. Este paradigma está contenido en el deseo materno que tiene la evidencia de la bondad de la criatura humana y sabe que las pulsiones sexuales de sus hij@s están destinadas para la armonía y no para la guerra.

Por otra parte, la negación del sexo y de la sexualidad femenina, nunca fueron absolutas, no podían serlo. En la clandestinidad de los espacios privados, en alguna medida, se han seguido reconociendo y desarrollando; y, a pesar y en contra de los discursos religiosos sobre la ‘pureza’ de la mujer y de las santas inquisiciones y cazas de brujas, a lo largo de los siglos, se ha producido una recreación artística del sexo y de la sexualidad femenina. La segunda parte de este texto, todavía en elaboración, es una recopilación que he hecho de dicha recreación; una recopilación de imágenes reproducidas en cerámicas y tejidos a lo largo de los siglos. Un verdadero legado de nuestras antepasadas (y antepasados) que creo necesario recoger como un elemento básico de la reconstrucción del orden simbólico de la madre.

La Granja y La Alberca, septiembre 2021

P.D. de marzo 2022: La segunda parte que menciono, es un texto separado, "El legado de nuestras antepasadas", colgado ya en el panel izquierdo de esta página.

P.D. de mayo 2022: En las caracteristicas del deseo materno hay una falta importante:

El don frente al trueque y al saqueo que caracterizan el orden patriarcal.

Es muy importante como en cambio explico en "La matristica, aqui y ahora", y en "El metabolismo del psiquismo y la sociabilidad humana".

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NOTAS:

(1) Luisa Muraro, ‘El orden simbólico de la madre’, Cuadernos Inacabados nº 15. Ed. Horas y HORAS, Madrid 1994, pag. 21

(2) Bachofen (ver nota 11) sitúa el surgimiento de la covada en la transición de la matrística al patriarcado. Victoria Sau, en ‘Reflexiones feministas para principios de siglo’ pags 12-15), explica las numerosas referencias que existen en la literatura a la covada, y se refiere a ella como el síntoma de la envidia del parto del hombre, que ‘ante el sentimiento de inferioridad que le produce reconocer la envidia, la escamotea…’

(3) Michael Balint, ‘La Falta Básica’, Paidos 1993

(4) Niles Newton, ‘Maternal Emotions’, Paul Hoeber Dpt of Harper & Brothers, New York 1955

(5) Nils Bergman, ‘Le portage kangaroo’ en ‘Les dossiers d’allaitement’, Leche League France, especial nº6, 18.03.2005. También, Nils y Jill Bergman, documental ‘Restoring the original paradigme’ en www.kangaroomothercare.com

(6) Sobre esta cuestión me remito a mi texto ‘El matricidio y la represión del deseo materno a la luz de la neurobiología y de la investigación clínica neonatal’, colgado en mi web y publicado en ‘Maternidad entrañable y gozosa’ Prensas Universitarias de Zaragoza, julio 2006.

(7) Ver en mi web ‘Poner límites o informar de los límites’ (2005) y ‘Los límites y la complacencia’ (marzo 2010)

(8) Amparo Moreno Sardà, Carta a la Asociación Antipatriarcal, Boletín nº 4, diciembre 1989

(9) Pedro Kropotkin, ‘La moral anarquista’ en ‘Folletos Revolucionarios’, Tusquets, 1977. Pags. 96-97, 102, 105, 119-120

(10) Michel Odent, ‘La cientificación del amor’, Creavida, Buenos Aires, 2001. Cuando se escriba la historia de la recuperación de la maternidad, se tendrá que rendir debido reconocimiento a este autor, que nos ha dado luz a tantísimas mujeres… Cito también entre sus obras más importantes, ‘El bebé es un mamífero’ y ‘Las funciones de los orgasmos’.

(11) Publicado por primera vez en 1861; en este texto utilizo la traducción de Begoña Ariño, en ‘Mitología arcaica y derecho materno’, de la Ed. Anthropos, dirigida por Ortiz Oses. He cruzado en ciertos casos esta traducción con el original alemán en ‘Das Mutterrecht’, Surhamp 1977.

(12) Michel Montaigne (1580),Ensayos’, Penguin Clásicos, 2ª reimpresión 2018. Pags. 59-60

(13) Guillaume de Lorris y Jean de Meun, ‘Roman de la Rose’, (1220-1276). Utilizo la traducción de Juan Victorio en la edición de Cátedra, 1987 (pags. 267-269)

(14) Martha Moia, ‘El no de las niñas’, LaSal edicions de les dones, Barcelona 1981.

(15) Lynn Margulis y Dorion Sagan, ‘¿Qué es la vida?’ , Tusquets, 1996

(16) Ernest Bornemann, ‘Le Patriarcat’, PUF, Paris 1975, pag 287.

(17) Ambroise Paré (1575), ‘L’Anatomie’, Livre XVIII en Ouvres Complètes, citado por Knibielher,Y. y Fouquet, C. en ‘Histoire de Mères’, Montalba, Paris 1977.

(18) Victoria Sau, ‘La maternidad: una impostura m=f(p)’, Revista Duoda nº 6, Barcelona 1994.