LA MUERTE DEL SOL

(Publicación periodística del diario la Industria de Trujillo 22 de noviembre 2015)

LA MUERTE DEL SOL

                                                                                         CULTURA LAMBAYEQUE / SICAN

Por: Arqueólogo Wilo Vargas Morales

https://sites.google.com/site/arqueologostrujillo/revista-quingnam-n-2/cronicas-y-leyendas-que-no-concilian-con-la-investigacion-arqueologica

¿NAYMLAP?

En el siglo XVII, se iniciaron en el Virreinato del Perú las campañas de extirpación de idolatrías con el objetivo de avanzar en la empresa evangelizadora de las colonias hispanas. Durante estas cruzadas, miles de personas fueron torturadas y condenadas. Gran cantidad de momias, parafernalia y representaciones andinas (llamadas “ídolos” por los extirpadores) fueron destruidas e incineradas. En 1610, el sacerdote cuzqueño Francisco de Ávila fue nombrado el primer juez extirpador de idolatrías por el Arzobispado de Lima. Para dar una idea de la magnitud de su labor, Ávila afirmó que, en sus primeros años de servicio, destruyó más de 18,000 ídolos móviles y 2,000 ídolos fijos. Cabe destacar que no hubo tolerancia para ningún pensamiento diferente al cristiano; todas las imágenes o representaciones de la naturaleza creadas por el hombre andino fueron consideradas ídolos o dioses satánicos, y por lo tanto, su destrucción estaba justificada. Sin duda, fueron tiempos en los que la construcción del sistema eclesiástico colonial fue tortuosa. 

 

Estos acontecimientos quedaron registrados en la historia del Perú, y hoy podría decirse que existen intenciones serias de analizar y estudiar el prodigio andino. Sin embargo, aún falta superar la ligereza de seguir ampliando el panteón andino. Existe abundante literatura en la que se menciona al búho, pulpo, cóndor, felino, lagarto, araña y otros animales como dioses; es decir, muchas imágenes de la naturaleza representadas por el hombre andino fueron etiquetadas como deidades. Convencionalmente, se acepta que a una imagen prehispánica se le otorgue dicha categoría, pues el inconsciente colectivo está predispuesto a no refutarlo. Esto podría ser resultado de la herencia cultural de la época de la extirpación de idolatrías. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Será lo correcto? ¿Existieron tantos dioses prehispánicos? Podemos responder categóricamente que no es así. No existieron tantos dioses como las miles de imágenes representadas en la iconografía andina. No debemos subestimar a las sociedades prehispánicas ni etiquetarlas como grupos con sistemas de creencias tan básicos y pensamientos totalmente politeístas. 

 

El cuchillo de Íllimo, más conocido como el “Tumi de Oro” de la cultura Lambayeque, aún es considerado la representación de una deidad o un dios de gran importancia. Tanto es así que, para algunos investigadores, este cuchillo podría representar al personaje mítico de Naymlap, al dios del agua o al ave mítica prehispánica. La abundancia de representaciones clásicas, estilizadas en los ojos rasgados (alados y/o almendrados) como tema central en máscaras, pinturas murales, textiles o cerámicas, hace de este ícono una supuesta deidad de gran relevancia. 


El principal y único argumento que sostiene que el Tumi o cuchillo de Íllimo representa a Naymlap es precisamente el conocido mito de Naymlap, que para algunos estudiosos es una leyenda y para otros, una narración. Este mito fue registrado por dos párrocos dominicos: Don Miguel Cabello de Balboa en 1586, cuya versión es la más extensa, y en 1782 por Modesto Rubiños y Andrade. La narrativa se resume en la llegada, vía marítima, de un personaje foráneo con su séquito al área de Lambayeque, donde se establece y forma una nueva dinastía, lo cual no ha sido corroborado arqueológicamente. Al morir el personaje, se les dice a sus seguidores que le crecieron alas y desapareció (algunos autores añaden que Naymlap se fue volando al cielo). La narrativa continúa mencionando a doce descendientes y la tentación del demonio en forma de mujer hacia uno de los principales, con quien copula y luego sufre un castigo divino en forma de un diluvio de 30 días. Si analizamos esta narración, fácilmente podríamos notar su contaminación con elementos judeocristianos. Con esto no se intenta desmerecer el relato, sino que es oportuno que el lector tenga una visión más objetiva y crítica del mito o narración de Naymlap. 

 

Asociar un personaje mítico con una evidencia arqueológica no es tarea fácil, especialmente considerando que los mitos disocian la realidad de los hechos históricos, lo que indudablemente distorsiona la interpretación objetiva del material cultural. Sin embargo, algunos investigadores, aplicando el método comparativo, han encontrado elementos que podrían asociar el mito de Naymlap con el Tumi o cuchillo de Íllimo. El principal argumento que toman es la estilización de los ojos (en forma de alas de ave) y el hecho de que Rubiños y Andrade registró que el nombre Namla significaría “ave o gallina de agua”, lo que parece sugerir una cierta relación lógica. Además, el Tumi tiene la nariz ligeramente aguileña y presenta dos supuestas alas laterales. Sin embargo, si se observan detenidamente estas protuberancias trapezoidales, se nota que no poseen el logro estilístico que tienen las verdaderas alas representadas en la iconografía, que cuentan con plumas. Si el artista lambayecano omitió ponerle plumas, es porque no hubo la intención o premeditación de interpretar alas. 

 

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Para interpretar objetivamente este ícono (Tumi), es necesario observarlo como una estructura filosófica andina (Pacha Yachay), que consta de elementos que se relacionan e interactúan entre sí. Así, si los separamos y analizamos individualmente, notaremos que existe una coherencia y justificación en la selección y estilización de cada elemento por parte del artista. El conjunto o la estructura de todos estos elementos conlleva a conceptos filosóficos de la vida y la muerte, que son opuestos complementarios y se unen a través del peculiar viaje en las oscuridades del inframundo. Se trata de una concepción filosófica propia y bastante elaborada, resultado de un largo proceso evolutivo del pensamiento andino que se fue cualificando desde épocas formativas. En la cosmovisión andina, se considera que el hombre, la tierra, los espíritus y todos los fenómenos naturales son una unidad o un “todo” que se relacionan perpetuamente, manteniendo una simbiosis y un equilibrio, al igual que un ser vivo. 

 

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Según la reflexión propuesta, el Tumi representa un paisaje marino, donde el Sol cumple un rol protagónico al ser representado en el momento en que ingresa al inframundo al llegar el ocaso, considerando que el mar es la puerta principal al mundo subterráneo. La forma antropomorfa simboliza al hombre que imita o sigue al sol en ese mágico descenso. El personaje necesita todo lo indispensable para su desplazamiento y se viste con atributos sobrenaturales que le permitirán un mejor desenvolvimiento en ese viaje: una máscara que le otorgará la facultad de ver en la oscuridad, aretes con imágenes de aves marinas capaces de ingresar al mar y, posiblemente, lo que se ha interpretado como alas no sería más que un par de aletas para movilizarse en las extensas áreas acuosas del inframundo. Para el artista lambayecano, la justificación de colocar un cuchillo como base probablemente radica en la cualidad de este instrumento para penetrar en un cuerpo, ya que el hombre, al morir, simbólicamente se estaría introduciendo en el cuerpo de la tierra o pachamama. 

               

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TUMI

MITO DE NAIMLAP

 

“...Dicen los naturales de Lanbayeque (y con ellos conforman los demás pueblos a este valle comarcanos) que en tiempos muy antiguos que no saben numerarlos vino de la parte suprema de este Piru con gran flota de Balsas un padre de Compañas, hombre de mucho valor y calidad llamado Naimlap y consigo traia muchas concubinas, mas la mujer principal dicese auerse llamado Ceterni trujo en su compañía muchas gentes que ansi como á capitan y caudillo lo venian siguiendo, mas lo que entre ellos tenia mas valor eran sus oficiales que fueron quarenta, ansi como Pita Zofi que era su trompetero ó Tañedor de unos grandes caracoles, que entre los Yndios estiman en mucho, otro Ñinacola que era el que tenía cuidado de sus andas y Silla, y otro Ñinagintue a cuio cargo estaua la vevida de aquel Señor a manera de Botiller, otro llamado Fonga sigde que tenía cargo de derramar polvo de conchas marinas en la tierra que su Señor auia de Pisar, otro Occhocalo era su Cocinero, otro tenia cuidado de las unciones, y color con que el Señor adornava su rostro, a este llamauan Xam muchec tenía cargo de bañar Ál Señor Ollop-copoc, labrava camisetas y ropa de pluma, otro principal y muy estimado de su Principe llamado Llapchiluli, y con esta gente (y otos infinitos oficiales y hombres de cuenta) traia adornada, y auturizada su persona y casa.

Este señor Naymlap con todo su repuesto vino á aportar y tomar tierra á la boca de un Rio (aora llamado Faquisllanga) y auiendo alli desamparado sus balsas se entraron la tierra adentro deseosos de hacer asiento en ella, y auiendo andado espacio de media legua fabricaron unos Palacios á su modo, a quien llamaron Chot, y en esta casa y palacios convocaron con devocion barbara un Ydolo que consigo traian contra hecho en el rostro de su mismo caudillo, este era labrado en una piedra verde, a quien llamaron Yampallec (que quiere decir figura y estatua de Naymlap). Auiendo vivido muchos años en paz y quietud esta gente y auiendo su Señor, y caudillo tenido muchos hijos, le vino el tiempo de su muerte, y porque no entendiessen sus vassallos que tenia la muerte jurisdicción sobre el, lo sepultaron escondidamente en el mismo aposento donde auia vivido, y publicaron por toda la tierra, que el (por su misma virtud) auia tomado alas, y se auia desaparecido. Fue tanto lo que sintieron su ausencia aquellos que en su venida lo auian seguido que aunque tenian ya gran copia de hijos, y nietos, y estauan muy apasionados en la nueva y fertil tierra lo desampararon todo, y despulsados, y sin tiento ni guia salieron a buscarlo por todas partes, y ansi no quedo por entonces en la tierra mas de los nacidos en ella, que no era poca cantidad porque los demás se derramaron sin orden en busca de el que creian auer desparecido…”

 Quedo con el Ymperio y mando de el muerto Naymlap, su hijo mayor Cium el qual casó con una moza llamada Zolzoloñi: y en esta y en otras concubinas tubo doce hijos varones que cada uno fue padre de una copiosa familia, y auiendo vivido y señoreado muchos años este Cium, se metió en una bobeda soterriza, y alli se dejo morir (y todo a fin  de que a su posteridad tuviessen por inmortal y diuina). Por su fin y muerte de este governo Escuñain a este heredero Mascuy, a este subcedio Cuntipallec y tras este governo Allascunti, y a este subcedio Nofan nech á este subcedio Mulumuslan tras este tuvo el mando Llamecoll á este subcedio Lanipat = cum, y tras este señoreo Acunta. Sucediole en el Señorio Fempellec, este fue el ulltimo y mas desdichado de esta generacion porque puso su pensamiento en mudar á otra parte aquella Guaca ó Ydolo que dejamos dicho auer puesto Naymlap en el asiento de Choc, y andando provando este intento no pudo salir con el, y a desora se le aparecio el Demonio en forma y figura de una hermosa muger, y tanta fue la falacia de el Demonio, y tan poca la continencia de el Femllep, que durmio con ella segun se dice, y que acabado de perpetuar ayuntamiento tan nefando comenzo a llover (cosa que jamas auian visto en estos llanos) y duro este diluvio treinta días á los quales subcedio un año de mucha esterilidad, y hambre: pues como á los Sacerdotes de sus Ydolos (y demás principales) les fuesse notorio el grave delito cometido por su Señor entendieron ser pena correspondiente á su culpa la que su Pueblo padecia, con hambres pluvias, y necesidades: y por tomar de el venganzas (olvidados de la fidelidad de vasallos) lo prendieron y atadas las manos, y pies, lo echaron en el profundo de el mar, y con el se acabo a linea y descendencia de los Señores, naturales del Valle de Lambayeque ansi llamado por aquella Guaca (o Ydolo) que Naymlap trujo consigo a quien llamauan Yampallec…”

                                                                                                                                  (Versión original de Miguel Cabello de Balboa  1586: 927 - 530)