Existen evidencias de que Don Hipólito fue un hábil mecánico. Debe suponerse que su capacitación se hizo como aprendiz en la fábrica de pianos de su familia y algún instituto politécnico como se practicaba en la época. Fabricó escofinas con la marca registrada Cornalina. Esta herramienta era muy apreciada en su época para rebajar los callos. Consiste en una chapa de metal estañado que tiene perforaciones hechas con puntas que le permiten actuar como escofina. Similar a un rallador de queso fino de cocina. La matricería para hacer las Cornalina las conserva Eduardo Da Costa, a quien se las dejó Edmundo cuando se liquidó la mercería, sin duda debido a sus habilidades mecánicas y al hecho de que tenía en su poder estas herramientas, con el cometido de fabricarlas.

Ha comentado Eduardo la dureza de los materiales con que se ha confeccionado las matrices y la sorpresa de que éstos existieran en esa época. La Mercería, en otros rubros, se dedicaba a la venta de máquinas de coser que se vendían con la marca Ciudadela, nombre tomado de la calle en que estaba el negocio y que recuerda al fabuloso baluarte que defendía la ciudad en la época colonial.

La habilidad en atender máquinas de coser fue adquirida por los tíos Héctor y Coca, que rápidamente solucionaban cualquier problema. No así nuestra madre, que aparentemente no estuvo directamente vinculada la mercería, ya que cursaba estudios en la Universidad.