Detrás de las ruinas que quedan de la fábrica Massó en Cangas y de la chimenea que permanece en pie en el centro de Bueu, se encuentra una larga historia que abarca cuatro generaciones familiares.
Esta historia nace con la construcción de la primera compañía de salazón en Bueu (La Perfección), en 1816 cuando llegó Salvador Massó Palau, con siete personas francesas que traían grandes aportaciones del proceso industrial de la salazón, y fundó con ellas una compañía con el fin de explotar la salazón de sardina y distribuirla por el levante español.
En 1883 se produjo el tránsito de la industria de la salazón a la de la conserva creando una sociedad mercantil con Paul Dargenton y Félix Domingo y con la instalación de una fábrica en Bueu llamada «A Perfección». El objetivo de esta sociedad era comercializar en Francia la producción de sardinas en aceite, aprovechando la crisis francesa, pero también de otros pescados, aves y otras fabricaciones de lata. Aunque esta sociedad fue disuelta en 1894.
Se crea una nueva sociedad (Massó Hermanos S.A.) en la que son socios fundadores Gaspar y Salvador Massó Ferrer, hijos menores de G. Massó Palau. Esta compañía se dedicó a la producción de conservas y salazones de pescado, compra y venta de harinas, y a la fabricación de toda clase de artefactos de pesca. Los hermanos Massó tenían claro que tenían que ser innovadores para diferenciarse del resto de conserveras. Daban ayudas a sus trabajadores y aminoraban sus penurias causadas por el paro o la enfermedad. En 1919 se instalaba entre fábricas y almacenes la primera línea telefónica privada de España.
A finales del siglo XIX, con el fundador de la conservera fallecido ya, los herederos Gaspar y Salvador, cometieron el primero de los errores que fue disolver la sociedad con sus socios franceses (1925). Ahí empezó el declive de Massó.
Durante la primera guerra mundial la empresa obtiene grandes beneficios que propiciaron la construcción de una modernizada fábrica en Bueu, inaugurada en 1926, junto con un muelle de madera frente a la fábrica para facilitar la entrada de la materia prima. El crecimiento de las fábricas de Massó continúa hasta principios de los años treinta, cuando desciende el comercio internacional por consecuencia de la Gran Depresión. Pero se recupera con prontitud, hacia 1933, gracias al consumo interno.
En 1929 se registró la Sociedad Massó Hermanos. Posteriormente, los hermanos Gaspar, José María y Antonio Massó García (tercera generación) vuelven a repuntar la empresa, colaborando con los hermanos Fernández López, que comercializan carne en lata, aprovechando la tecnología de sus fábricas de conservas.
Con la llegada de la Guerra Civil, y bajo la gerencia de Gaspar Massó García, la empresa experimenta una etapa de crecimiento con un incremento de las ventas, ya que las conservas gallegas fueron utilizadas para suministrar a los territorios ocupados por los nacionales. En esta época la plantilla está formada por alrededor de 600 mujeres y 100 hombres y la fábrica de Bueu se empieza a quedar pequeña y es así como empiezan las obras para la construcción de la factoría de Cangas en 1937.
El complejo de Cangas, finalizado en 1941, contaba con la fábrica, dos dársenas, un kilómetro de litoral, varadero para la reparación de barcos pesqueros, taller, sección de envases metálicos, una central eléctrica de emergencia, cámaras frigoríficas, una factoría ballenera, una fábrica de hielo y otra de harinas de pescado. Pero no solo eso, porque además tenían guardería y salas de lactancia, hospedería, un campo de deporte y viviendas para los trabajadores y la primera asistenta social. Franco le dio el distintivo de “empresa ejemplar”. Entrevistando a gente que vivió en esta época en Cangas todos apuntan a decir “moita famiña quitou Massó en Cangas”.
En la postguerra la escasez de sardina y el nuevo régimen establecido en España, que era intervencionista en la política de precios y limitaba los beneficios empresariales, obligaron a Gaspar Massó a tomar medidas y en los años 60 tuvo que reestructurar la empresa, con ayuda de sus hermanos. Decide abandonar la elaboración de envases e integrarse en la sociedad francesa que se instala en Vigo. Se implantó el sistema Bedaux que consigue una mayor productividad de las fábricas; mejores condiciones de trabajo para trabajadores/as al pertenecer a una gran empresa que apostó por la alfabetización de los mismos. Fue una época de bonanza económica que aprovechó Massó. En esta época asume la gestión de la conservera la cuarta generación de los Massó y empiezan a surgir desavenencias entre los primos.
A partir de los años setenta la situación cambia para la empresa Massó. La industria conservera siente diferentes condicionantes: restricciones externas, políticas bancarias restrictivas, factores sociales y la crisis del petróleo (1973). Que también dañaron seriamente a la empresa Massó y bajó tanto la pesca como la producción de latas.
Con la entrada en la CENE y la demanda externa pudieron experimentar un aumento en las ventas que permanecieron estables en los años 80. Pero, esta década de los 80 dejó mermada la empresa por los problemas con los sistemas de pagos de los clientes mediante letras y el crédito de los bancos. A esta situación se une la crisis del aceite de colza (con los envenenamientos) que fue un detonante para la quiebra de la factoría. De 1988 a 1990 la empresa pasó a facturar casi la mitad ( de 5700 M. de pesetas (34,3 millones de euros) a 3100 M. de pesetas (18,6 M. de euros).
La Xunta trazó en 1993 el primer intento de reflotación con un crédito sindicado y con la compra del material que hoy en día conforma el Museo Massó de Bueu. Pero esto no fue suficiente.
La factoría buenense fue la primera en desaparecer, tras la muerte de Gaspar Massó García, y la de Cangas sufrió una jubilación anticipada de sus trabajadores para reducir plantilla y a la espera de encontrar un comprador que nunca apareció. Lo que provocó en 1995 el cese de la producción en Cangas, cerrándose un gran episodio de la historia industrial de Galicia y de la que hoy en día sólo quedan como recuerdo: el Museo de Bueu y una de las chimeneas de la fábrica y en Cangas, todas las edificaciones en estado ruinoso. Eso sí, también siguen vivas muchas historias vividas detrás de esas paredes.