publicado enero 19, 2026


LOS OJOS DE DIOS

Pedro Luis Ferrer Montes

Una buena parte de mi infancia tuve de tutores a mis tíos Lilia Ferrer (hermana de mi padre) y a su esposo Maximiliano Pfeifer, austriaco de nacimiento.

Siempre que llego o paso por algún sitio atestado de cámaras vigilantes, o percibo la huella que vamos dejando inevitablemente en cada transacción económica, con nuestras tarjetas y móviles —hasta las fotos registran el mapa y la hora en que fueron tomadas—, me viene a la memoria, invariablemente, aquella obsesión de tía Lilia con la infinita y eterna acechanza de Dios. Contrastablemente, Tío Pfeifer —ateo y  confiado en los «ojos experimentados de la ciencia»— se agenciaba su propia observación y vigilancia.

Católica practicante, en sincretismo con el espiritismo criollo, cuando tía Lilia presentía que alguien urdía una maldad furtiva, gustaba recordar el proverbio 15: 3 de la biblia: «Los ojos del Señor están en todas partes, observando a los buenos y a los malos». O echaba mano al salmo 139:1-6: «Dios sabe lo que hacemos, pensamos y decimos porque nos ve». Frecuentemente la sentíamos susurrar: «Los ojos de Dios no tienen límites. Él lo ve todo, en todas partes, siempre». Y aunque eso pensaba, supongo que no lograba cristalizar directamente la anhelada comunicación con Dios. Quizás por eso frecuentaba la íntima confesión con el cura, intermediario suyo en la Tierra.

Así crecí, entre la convicción de que Dios me observaba ininterrumpidamente —lo cual incentivaba el interés en «portarme bien», a la altura de las exigencias éticas que me inculcaban—; y  el escepticismo pragmático de tío Pfeifer, que tendía a descalificar respetuosamente las visiones «fantasiosas» de su amada esposa, actitud que me aliviaba, pues, a decir verdad, según tía Lilia, Dios era no un pasivo observador: también castigaba. Por eso, decía ella, cuando yo desobedecía y me hartaba furtivamente con las frutas del patio, Dios me castigaba con una diarrea incontenible; o me hacia caer dolorosamente cuando me extralimitaba demasiado en el  vaivén de la hamaca sujeta a la rama del mango; o ponía en evidencia ruidosamente alguna mentirita de mi cosecha. Un día, el «castigo de Dios» me hizo creer que lidiaba con Satanás. Tío Pfeifer, por el contrario, argumentaba con la biología, las leyes de la física y se burlaba de mi ingenuidad a la hora de mentir.

Sin embargo, aquella antigua sensación de ser observado constantemente por unos ojos omnipresentes, que todo lo ven y registran, ha dejado de ser predio exclusivo de la ideología celestial de mi tía, y se ha expandido al reino terrenal mediante la voracidad tecnológica. En todo caso, hasta nuestro planeta hoy es escudriñado desde el cosmos.

Después de mucho bregar, todo retorna en espiral —desmontando dialécticamente aquella «lupa de Dios» que me inculcara mi tía Lilia; sustituyéndola por una lente más palpable y mundanal—; al percibir la huella que inevitablemente Natura compila de todo acontecer. Porque, finalmente, creo en Dios Natura, el Dios de Einstein, de Spinoza, infinito y omnipresente, capaz de registrar e incidir en todo; padre-madre también de la ciencia y la tecnología.

En Dios Natura no existen el bien ni el mal: solo lo estrictamente necesario e inevitable. El Hombre, criatura suya, es quien por momentos adultera imprudentemente el curso y estabilidad del ordenamiento natural que le ha permitido ser y existir. Dios Natura no castiga —a la manera en que lo hace el ser humano—; solo reacciona y fluye necesariamente en pos de su equilibrio universal, en consecuencia con las acciones autodestructivas que el humano emprende contra el entorno natural que ha sido garante de la salud y el bienestar existencial de la Humanidad. Así, Natura registra y replantea todo cuanto acontece en su extensión total: llenando lo vacío y vaciando lo lleno, aplanando la altura y elevando el valle, calentando lo frío y viceversa… De igual manera, como ente de Natura, cada individuo se agencia y propicia, en el entorno que está a su alcance, aquello que lo salva o destruye, tanto en el ámbito biológico como en la convivencia social. El accionar amoroso, Natura lo registra como equilibrio del  soporte que necesita la Humanidad para latir. La maldad y el desamor sin tasa, a la corta o a la larga, Natura los compensa con enfermedad o muerte biológica, y con aborrecimiento social.

No sé cómo hay seres que, a estas alturas, suponen que el daño que hacen quedará sin registro ni consecuencia.


Noviembre 2025